lunes, 19 de octubre de 2026

rolando revagliatti pregunta / raúl feroglio


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Estar sumergido en el mundo de la poesía, o mejor del arte, lo imagino como permanecer dentro de un magma viscoso donde se mezclan las influencias de tantos maestros, hermanos mayores, musas, padres. En cada rincón el mundo es una escuela, y cuando pienso algo otros lo pensaron antes, lo escribieron, lo enseñaron. Y como es sabido que cuando algo se nombra, nace o se rompe para siempre, no puede existir creación sin influencias.  
Podría si quisiera entrar en un set de cine, y acompañar al más grande artista de todos los tiempos para mí, Charles Chaplin. Para ser testigo de su crear historias con unas imágenes que apenas están naciendo. O ser vecino del Cuchi Leguizamón, y prestarle un sacacorchos si fuera necesario. 
Pero la pregunta descoloca, me detiene. Y así nomás viene a mí Federico García Lorca. Entonces pienso que sería agradable y sobre todo emocionante caminar esas veredas de ciudades españolas, los glamorosos días de cuando no había guerra. Sentarme callado en un rincón de las tertulias literarias donde Federico se abraza todavía con Neruda, con Vallejo o con Hernández. Tomar con él un café en Nueva York, y que me cuente cómo está pergeñando el libro de poemas que está escribiendo. O encontrar la experiencia en un mundo de gitanos y mujeres morenas, de lunas asomándose a la noche o a los aljibes.  
Y en el final trágico, la guerra, las balas finales, el silencio. Después la prolongación de su larga fama, creciendo y creciendo por el mundo. Escribí un poema en el que planteaba criar un caballo, y cuidarlo, enjaezarlo, y dedicar mi vida con pasión a esa tarea. Para que el bello verbo “enjaezar” y la memoria de Federico no se perdieran.  Y el mundo del teatro, y sus obras. Sí, aunque no soy actor, podría intentar actuar en alguna de las historias donde vive el drama y la pasión de esas mujeres sufrientes de
hace ya un siglo.   
El túnel del tiempo, ir y volver donde uno quiere. Una fantasía que nos haría felices, a riesgo de caer fusilados en una época y un sitio de pasiones y violencia, no muy distinto al nuestro.  A riesgo también de ser discriminado, por pensar distinto, por amar tal vez.

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Raúl Feroglio (Las Parejas, 1960). Envío de Rolando Revagliatti.

lunes, 28 de septiembre de 2026

rolando revagliatti pregunta / raúl astorga


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Me encantaría perderme, o encontrarme, en el universo literario de Paul Auster, a quien tuve el gusto de conocer en persona y que ya no está entre nosotros. Transitar sus mundos con la curiosidad insolente que permite lo lúdico, apareciendo de repente en ese aquí y allá de sus estructuras novelísticas. Siempre existió en mí la fantasía de formar parte de su novela “El palacio de la luna”, si Auster hubiera nacido en Argentina o, redoblando la apuesta, en Rosario, mi ciudad. El juego de convertirme en su protagonista, una especie de Marco Stanley Fogg rosarino, con su tío Victor (en inglés, sin tilde), músico sin buena suerte, caminando por las calles de esta analogía, a escala menor, de Nueva York. Dos ciudades que se parecen en lo cosmopolita y se las ama con todo incluido, sus bellezas culturales y sus crímenes. Aventurarme en una serie de historias cruzadas con ese tío cuya riqueza son sus libros y después dejarme partir hacia algún lugar en busca de una identidad propia y verdadera. Auster ha estado tan cerca de nuestra cultura, ya sea rindiendo homenaje a través del personaje de “El libro de las ilusiones”, el actor de cine mudo Hector (otra vez sin tilde) Mann, argentino en esa ficción, como también cediendo los derechos de su novela “El país de las últimas cosas” a un director de estos lares. Porque internándome en el universo Auster, el azar, la sorpresa, las vidas que podrían vivirse tienen que ver con las páginas de un hombre que ha admitido la influencia de lo borgeano y lo cortazariano en su rol personal de lector, luego de escritor. En ese recorrido onírico de mi fantasía como personaje, hallaría pequeños tesoros que se irían acumulando hasta conformar lo que, por supuesto, se definiría como experiencia extraordinaria. Entre esos tesoros que tienen que ver con las palabras, sin dudas, permanece en mi memoria aquella frase de “El palacio de la luna” respecto del objeto más preciado: los libros no eran tanto el soporte de las palabras como las palabras mismas y el valor de un libro estaba determinado por su calidad espiritual más que por su estado físico.

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Raúl Astorga (Rosario, 1964). Envío de Rolando Revagliatti.

lunes, 24 de agosto de 2026

rolando revagliatti pregunta / patricio torne


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Bowie me salvo de muchos males. Quizá porque en Helvecia, el pueblo litoraleño donde nací y pasé mi infancia, parecía no haber otra alternativa que el chamamé y la cumbia como música sonando en la radio y las fiestas del vecindario, es que haberme encontrado con la figura, las canciones y la voz de David Bowie, fue un tremendo mazazo a mi espíritu que ya se percibía absolutamente diferente al de todos los pibes del lugar. Yo quería ser él, su figura andrógina, sus ojos diferentes el uno del otro, y sus canciones que, por supuesto, no entendía de que se trataban, pero sus títulos me bastaban para hacer mi propia versión de cada una de ellas, eran el horizonte de un mundo que me llamaba cargado de extrañezas que, con el tiempo me di cuenta, eran la poesía, la teatralidad y la originalidad artística ante un mundo que cada vez se iría volviendo más perverso. Bowie me llenaba la cabeza con cosas Interespaciales y yo viajaba y me encontraba con extraterrestres con los que compartía mis sueños. Recuerdo que el 72 fue un año que marcó un punto de inflexión en mi vida, terminé el secundario y me fui de casa, salí al mundo acompañado de “Starman” entre las cosas fundamentales que cargaba, esa canción sonaba intermitentemente en mi cabeza, y no dejó de hacerlo, aun en los momentos en que la vida me mostró su lado mas cruel. En soledad, con frío, esa canción me acompañaba; recorriendo el país, me acompañaba; en la militancia dentro de una organización revolucionaria me acompañaba; en la cárcel y en la tortura me acompañaba, hasta que un día, sin darme cuenta, la reemplacé por otra que todavía me acompaña. Esa canción es “Héroes”. Si, Bowie me es inevitable. En el mismo pueblo de donde me había marchado, yo estaba con libertad vigilada, habían pasado 10 años desde mi partida, y en la radio escuché “Héroes” y fue otra revelación: todos podíamos ser héroes por un día, y cargado de la energía que esta canción me daba, decidí partir otra vez, y todavía, aún sin moverme de la ciudad en la que elegí plantar residencia, sigo viajando acompañado por Bowie. Aun en la vejez escucho sus discos y bailo o escribo al ritmo de su música. Bowie, puedo decirlo, me salvo de muchos males.

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Patricio Torne (Helvecia, 1956). Envío de Rolando Revagliatti.

lunes, 27 de julio de 2026

rolando revagliatti pregunta / oscar a. agu


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Cuando vi por primera vez, y no en directo, una obra de Velásquez quedé impregnado de esa luminosidad que emana de ella. Al recorrer otras, réplicas, tuve la misma sensación. Si algo quedó en mí, un joven de 20 años, fue esa luz.
Años después, en una muestra en el Museo Municipal de Artes Visuales de la Ciudad de Santa Fe, tuve ocasión de estar en la inauguración de la muestra de Juan Arancio referida a la historia de la ciudad en sus orígenes. Y allí, en ese espacio dedicado a los artistas, pude contemplar el cuadro dedicado a los “Siete Jefes”, referido a la rebelión de los mismos contra Juan de Garay.
Y en ese cuadro está también la luz. Charlando con Juan se lo digo. Y le comento la reminiscencia de Velásquez a la que me lleva su obra. Esa luminosidad lograda en los rostros brindada por una vela en medio de una rústica mesa quedó en mi retina. 
Y él, sonriendo, me dice: “¡Ojalá!”, como expresando su admiración hacia el artista español.
Ese aspecto de las obras siempre, de una u otra manera, me lleva a un universo en busca de la claridad y simpleza, más allá de lo que representan las obras de los artistas mencionados, ya sea la corte o personajes de la calle de su España, en Velásquez, o de una reunión secreta donde se tramó una rebelión, según el artista santafesino.
La claridad está en ellas. Y es lo que me impactó y da relevancia a las obras, al menos en mí.
Quisiera habitar siempre ese universo. Universo que, en mi caso, se deja ver en la escritura y que no siempre se representa. Aunque, debo reconocer que luz y sombra se complementan en este “juego” que es el universo todo. No existen una sin la otra. La sombra, en ambos autores, es lo que resalta la claridad. Y a la inversa. 
Poder comprender ese juego. La luz y la sombra se sostienen una a la otra. 
¿Puede, uno, obviarlas?

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Oscar A. Agu (Hersilia, 1947). Envío de Rolando Revagliatti