«¿Acompañan las almas? ¿Se las siente?» se lee en Pedro Salinas. Almas es tal vez mucho decir. Pero voces espectrales de otros tiempos, otras esferas, esto en todo caso sí. Esa invasión de voces al leer poemas de otros suscita extraños ecos y acordes en la cabeza, y a veces es difícil liberarse de estos diálogos radiofónicos señal segura de que el poema vale algo. La manera más radical de combatir estas plagas es la traducción.
Mi predilección tiene poco en común con el trabajo forzado de aquellos que ganan su pan con el traducir al alemán de libros de cocina y novelas, instrucciones de uso y textos filosóficos. Las traductoras y los traductores profesionales son los esclavos aristocráticos de la literatura, imprescindibles, que se matan trabajando, crónicamente mal pagados como ningún otro en el vasto campo de la industria editorial excepto los poetas, cuyo trabajo difícilmente les sirve para sustentar la vida; y esto es aún más cierto para las personas que traducen poemas. Estoy lejos de deplorar tales formas sublimes de explotación. El placer, por no decir la obsesión, se recompensa a sí mismo. Nadie puede entrometerse, a no ser aquí y allá un crítico malhumorado que detecta un error. La culpa es, pues, de quien se aventura en semejantes experimentos. El traductor de lírica no es un mártir, sino un egoísta fraternal.
Ya la selección de sus víctimas lo demuestra. Ésta no responde a un encargo, un ejercicio de obligación, y puede prescindir de una justificación. Cada cual escoge lo que le parece aprovechable, sigue sus predilecciones e idiosincrasias. Lo que de este modo se forma a lo largo del tiempo es más bien una especie de co/lage que un canon; tal vez incluso un reflejo que permite reconocer el autorretrato de un poeta.
No admira que ya en la Antigüedad muchos grandes líricos aprendieron de sus predecesores al traducir los versos de éstos. Si quisiéramos enumerar los nuestros, el catálogo no acabaría nunca: Gryphius y Hofmannswaldau, Goethe y Holderlin, Morike y Rückert, Rilke y George, Eich, Nelly Sachs y Celan ... Ellos sabían que toda poesía se añade a la escritura del texto infinito de la tradición, y que la originalidad pura no es más que una simple quimera de la modernidad.
La traducción es la forma más intensa de la crítica. En cuanto poética aplicada eclipsa cualquier creati·ve writing course. Porque a la hora de los fantasmas sucede la fresca luz de la mañana cuando uno desmonta y vuelve a montar el texto como si de un mecanismo de relojería se tratase. ¿Cómo lo ha hecho el autor? Sólo la destrucción y reconstrucción pueden enseñarlo. Este procedimiento saca diversas cosas a la luz: las grandiosas invenciones y los fallos secretos, los trucos mágicos y las extravagancias, los altos vuelos técnicos y los puntos ciegos. Sin los enigmas y las dificultades la tentativa no merecería la pena.
No sólo se aprende a hacer versos. En el Renacimiento y hasta el siglo xviii muchos estudiaron el griego y el latín a través de Homero y Horacio. Muchas veces sólo al traducir se perciben la particularidad y el potencial seductor de ambas lenguas, tanto de la ajena como de la propia. Causa admiración la estela majestuosa de alusiones, proverbios, idiomas y citas ocultas que ambas traen consigo; las reglas del juego implícitas y explícitas de su sintaxis y de su semántica; las mil tonalidades que el día a día les incrustó; su eterno juego con la connotación, y los abismos fónicos donde la rima halla su botín.
Pasamos por alto, con risa fría, la vieja polémica de si es posible, permitido, aconsejable traducir poemas. Cien traductores intentaron verter los sonetos de Shakespeare al alemán. Evidentemente ninguno alcanzó a Shakespeare. Pero con cada tentativa el poeta se nos hizo más familiar, aunque fuera sólo un poco. Toda migración conlleva conflictos y dificultades, pero sin ella la sociedad humana se desertizaría. Sin los emigrantes e inmigrantes la literatura y también la lengua jugarían aún un desolado partido en el terreno de casa. La traducción funciona como un estímulo y mejora el nivel literario, al tiempo que posibilita una cierta competitividad y sube el listón.
Cabe preguntarse si puede haber traducciones clásicas. Casi todas las versiones tienen sólo una validez provisional, su vida media es limitada. Contrariamente, la durabilidad de un modelo se muestra también en el hecho de cuántas veces y durante cuánto tiempo se vuelve a traducir. Los textos que no ofrecen resistencia se descomponen rápidamente. Así también este libro representa tan sólo una breve selección que bien hubiera podido ser tres veces más extensa, siempre que la exhaustividad hubiese sido mi propósito. Preferí insertar sólo aquellos poemas que a veces, después de décadas, todavía hoy, me complacen.
La fidelidad / infidelidad del traductor es un tema favorito de discusiones enmohecidas. Con todo es obvio que cada uno traduce de manera diferente, a cuenta y riesgo propios. A mí, una cosa, por lo menos, me parece bien clara: sin un mínimo de falta de escrúpulos no es posible. Con el debido respeto a la Filología —incluso la pedantería no debe ser del todo despreciada—, que lo que salga de la imprenta sea algo vivo, eso es harina de otro costal. Cierto, donde el texto lo permite a cualquiera le gustaría traducir con equivalencia absoluta. Donde no lo permite hay que arbitrar grados de libertad más elevados. En estos casos, la traducción roza la paráfrasis o la imitación. Incluso el capriccio y la parodia le son menos ajenos de lo que piensa la gente ingenua. Los griegos, que en esto no solían andarse con rodeos, llamaban Παρωδος, contra-canto, a «un tipo de canción indirecta repleta de alusiones ocultas» o «un poema serio que en clave se vuelve burlesco». ¿Quién podría restringir o prohibir tal contrabando? Al puro nada le es sagrado, o mejor: únicamente en el sacrilegio se muestra lo que alguien toma en serio, así como la blasfemia sólo significa algo para el devoto.
Casi todo lo que sé de poesía se lo debo a mis predecesores y compañeros de lucha, de ahí que este libro de cuarenta años sea también una forma de agradecérselo.
Múnich, otoño de 1998
H.M.E.
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Hans Magnus Enzensberger (Kaufbeuren, 1929-Múnich, 2022). Traducción de Charlotte Frei. Aquí. En: H. M. Enzensberger (1999). Geisterstimmen. Übersetzungen und Imitationen. Frankfurt am Main: Suhrkamp 1999, pp. 389-394
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