lunes, 2 de febrero de 2026

rolando revagliatti pregunta / jotaele andrade


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Es singular esta invitación de perderse (o encontrarse) para alguien que prefiere andar libremente. Incluso de sí mismo. Sin embargo, creo que el arte que uno pueda entregar al mundo ya está imbuido de otredades. Como si fueran materias constitutivas que hacen activar nuestra propia creación las obras y algunas vidas que creemos heroicas ayudan a construir nuestras visiones poéticas que levantan poemas, canciones, trazos, infiernos o paraísos personales.
Tanto de mi asombro al conocer la obra del Bosco, de Remedios Varo como del llanto al concluir Kim, hay en mi escritura, así como también el zumbido cantarino que escuché en la poesía de María Mercedes Carranza o la voz hueco de Raúl Gómez Jattin con su carga de mango herido por el sol. O las canciones de Los Redondos agitando su flema lunar sobre los huesos de los fantasmas sociales. O la  música y la artistitud vital de Juan Gabriel. Ecos de Olga Orozco, de las historietas de la editorial Columba, de las series japonesas, de la ciencia ficción de Bradbury, tan poética. Podría rastrear tantísimos componentes dentro de mi escritura hechos de estados alterados por el asombro, la felicidad y la congoja, el deseo de decir o escribir esas mismas cosas asombrosas: la marea del Torotumbo, el río secreto que va por las piedras arguedianas, la flor corrosiva que crece en los poemas de Eunice Odio, el verso de la flor de batatilla que siempre irrumpe en lo que escribo, siempre abierta en la sombra.
Son tantos e incontables. Como incontables las visiones que rompieron la piedra para que salte el agua de la idea hacia su curso artístico: aquella paloma que chocó contra un escaparate publicitario, aquella otra toda gris, en una mañana neblinosa que escarbando en su ala sacó una pluma blanquísima, el perro que una noche vi haciendo rodar una bolsa con basura, el mar que una tarde fue un espejo plateado y quieto, inaceptablemente quieto, la bolsa negra de residuos que el viento hacía sonar como un corazón en las ramas de un árbol enjuto. 
Pero podría decir que, aunque estoy dentro del algún modo, el universo lorqueano es donde me gusta andar, perdido y reencontrado, resonar en sus canciones y suites:

Limonar, / mi amor niño, mi amor/ sin báculo y sin rosa.” y “La estrella/ nueva/ quiere azular/ la sombra”. En su viaje a la desmesurada New York: “mientras la sangre los seguía con un balido de cordero.”. Recuerdo ver el Prendimiento y muerte de Antoñito, el camborio, su mano arrojando limones hasta volver las aguas de oro. Podría decir que estoy dentro del asombroso, trágico, bello mundo de Lorca. No sólo en su obra escrita. También su vida como una obra de arte comprometida no sólo con la
belleza abstracta, desgarrada en la noche por el fascismo. Sí, haber sido dicho por su voz de la que no hay registro, de esta manera:

Si el cielo fuera un niño pequeñito,
los jazmines tendrían mitad de noche oscura

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Jotaele Andrade (La Plata, 1974). Envío de Rolando Revagliatti.

lunes, 22 de diciembre de 2025

rolando revagliatti pregunta / jorge pablo yakoncick


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En cine, me gustaría que Andréi Tarkovsky me incluyera en “Stalker”.
En novela, que Melville me sentara en una mesa de la posada El Chorro de la Ballena.
En música estoy hecho, porque Pablo Socolsky compuso un tema inspirado en mi libro “Historias inauditas”, tema titulado como dicho libro (ignoro si algún día lo incluirá en un disco).
En pintura, haber inspirado algún personaje de Caravaggio o un sátiro de Rembrandt.
En poesía, que Dante me incluyera en el círculo del infierno que me haya ganado; o que Homero me embarcara en una de las naos prontas a partir a Troya.
En escultura, inspirar el Perseo de Cellini, la vena o un tendón del Moisés de Miguel Ángel...

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Jorge Pablo Yakoncick (Rosario, 1965). Envío de Rolando Revagliatti.

lunes, 15 de diciembre de 2025

john berger / autorretrato


Hace unos ochenta años que escribo. Primero cartas, después poemas y discursos, más tarde cuentos, artículos, libros; ahora apuntes sueltos.

Escribir siempre ha sido un acto vital para mí; me ayuda a encontrarle un sentido a las cosas y seguir adelante. No deja de ser, sin embargo, una manifestación de algo más profundo, algo esencial: la relación que mantenemos con el idioma. Y el idioma es el tema de estos apuntes.

Empecemos por examinar la tarea de traducir de un idioma a otro. La mayoría de las traducciones que se hacen hoy en día son técnicas. Yo me refiero a las literarias; es decir, la traducción de textos que exigen una experiencia personal.

La creencia más extendida sugiere que el traductor, o los traductores, analizan las palabras escritas en una página para luego representarlas en otro idioma, en otra. Esto implica, primero, una supuesta traducción literal, al pie de la letra; después, una adecuación a las reglas y a la tradición lingüística del idioma al que se está traduciendo y, finalmente, un trabajo de revisión a fin de reproducir el equivalente a la “voz” del original. Muchas, si no la mayoría de las traducciones, se hacen bajo este método y sus resultados son dignos pero en el fondo mediocres.

¿Por qué? Porque una auténtica traducción no es binaria; no es un romance entre dos idiomas, sino entre tres. El tercer lado del triángulo está en lo que subyace a las palabras del original antes de que éste fuera escrito. La verdadera traducción exige un retorno a lo preverbal.

Uno lee y relee las palabras de un original con el fin de internarse en él a través de ellas y así comprender la experiencia o conmoverse ante la revelación que las ha inspirado. Una vez reunido lo que hay allí —en esa experiencia, en esa revelación— ya puede coger esa palpitante y casi indecible “entidad” y colocarla en la trastienda del idioma a la que va a ser traducida. En ese momento, la tarea principal del traductor es persuadir al idioma anfitrión de que asuma dicha “entidad” como propia y se ponga a su disposición para que pueda ser expresada.

Este ejercicio nos recuerda que un idioma no puede reducirse a un diccionario o catálogo de palabras y frases. Tampoco a un almacén de las obras escritas en ese idioma.

Una lengua es un cuerpo, una criatura con vida propia cuya fisonomía es verbal y sus funciones orgánicas son lingüísticas. Y su hogar está formado tanto por lo que se puede como por lo que no se puede expresar.

Hablemos ahora del término Lengua Materna. En ruso se dice Rodnoi Yazik, que significa “la lengua más cercana o la más entrañable”. Si me apuran, podríamos llamarla Lengua Amada.

La Lengua Materna es nuestro primer idioma, el primero que oímos de boca de nuestra madre cuando somos bebés. De ahí el sentido del término.

Digo esto porque no tengo duda de que esa criatura que es la lengua madre y que estoy tratando de describir es femenina. Me imagino su centro como un útero fonético.

Dentro de una Lengua Materna están todas las Lenguas Maternas. Dicho de otro modo, toda Lengua Materna es universal.

Chomsky ha demostrado con brillantez que todos los idiomas —no sólo los verbales— comparten determinadas estructuras y normas. Por lo tanto, toda Lengua Materna está emparentada (¿rima?) con lenguajes no verbales como el de nuestro propio comportamiento, el de los signos o el del ordenamiento espacial.

Cuando dibujo, intento desentrañar y transcribir un texto compuesto de apariencias que ya tiene su indescriptible pero innegable lugar —lo sé bien— en mi Lengua Materna.

Las palabras, expresiones o frases pueden separarse de su lengua y ser empleadas como simples etiquetas. En ese caso se vuelven inertes, vacías. El uso repetido de siglas y acrónimos es un ejemplo directo de ello. De igual manera, la mayor parte del discurso político dominante hoy en día está formado por palabras que, escindidas de cualquier lengua, carecen de vida, están muertas. Esa palabrería fantasmal borra del mapa la memoria y alimenta una implacable autocomplacencia.

A lo largo de estos años lo que me ha impulsado a escribir es la intuición de que hay cosas que merecen contarse y que si yo no lo intento cabe el riesgo de que nadie lo haga. Me veo más como un hombre-parche que como un notable escritor profesional.

Tras escribir unas cuantas líneas dejo que las palabras vuelvan discreta y serenamente a esa criatura que es su lengua madre. Una vez allí, que sean reconocidas y admitidas por otra multitud de palabras con las que tienen una relación de afinidad semántica, o lo contrario, de discrepancia, o una relación metafórica, o de aliteración, o de ritmo. Escucho su conspiración. Cómo entre todas cuestionan el sentido de las palabras que he elegido. Así que rectifico esas líneas, cambio una palabra, a veces dos, y las presento de nuevo. Comienza otra conspiración.

Prosigo de la misma manera hasta que al fin aparece un suave murmullo de aceptación provisional. Entonces paso al siguiente párrafo.

Y comienza otra conspiración...

Los demás pueden pensar lo que quieran de mí como escritor. Yo sé que soy el hijo de puta. Y ya saben quién es la puta, ¿verdad?

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John Berger (Londres, 1926-Antony, 2017). Traducción de Justo Beramendi González. Proyecto Patrimonio.

lunes, 8 de diciembre de 2025

rolando revagliatti pregunta / jorge dipré


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Existen tantos escenarios como relatos en los que me habría gustado habitar. No sé si con el deseo profundo de ser uno de los personajes imaginados por sus autores, pero de algo estoy seguro: me hubiese asustado en la cueva donde Tom Sawyer y Becky Thatcher se encuentran con el indio Joe. Y también me hubiese enamorado locamente de ella, al punto de desafiar a Tom, a Huck y a toda esa pandilla maravillosa, para quedarme con su amor.
Casualidad o Causalidad, el libro de Mark Twain que me habían regalado era de tamaño tabloide, ilustrado con unas delicadas acuarelas. Aún lo recuerdo, y creo que lo conservé para regalárselos a mis hijos. Lo menciono porque fue decisivo en mi proceso de aprendizaje de la lectura: la impronta de la imagen visual, de las historietas, cuando aún no había comenzado con la palabra escrita. A instancias de mi madre, yo “leía” y le contaba las historias, aunque no supiera leer los textos ni los globos que los acompañaban. Interpretaba el argumento guiado por el soporte gráfico: leía la historia sin leerla. Mérito indiscutible de los dibujantes.
Años después, otro escenario que me fascinó —y que he revisitado en múltiples ocasiones— fue el de Robinson Crusoe. Pero si debo mencionar una historia infaltable en la que realmente hubiese querido tener el privilegio mágico de estar presente, inmerso no como personaje ni como narrador, sino como testigo omnisciente y sensible, esa sería la que Ray Bradbury tituló El maravilloso traje de helado de crema. Ahora, si pienso directamente en un universo, sin dudas elegiría el que plantea Vladímir Nabókov en su vasta obra, dentro de la cual me pierdo, especialmente cada vez que releo Ada or Ardor. Me maravilla su trabajo narrativo, donde recurre sin pruritos a recursos poéticos y a esa —para mí inconcebible— transmigración entre las lenguas en las que escribió, leyó y tradujo, las cuales siempre se hacen presentes de algún modo, muchas veces a través de la sonoridad —recordemos el inicio de Lo-Li-Ta o las variantes fónicas y de traducción en Ada or Ardor. Ha sido una inspiración para algunos de mis relatos inéditos y, en cierta medida, me ha mostrado un horizonte probable para mi escritura, aunque distinto, ya que hasta hace poco cargaba con el complejo de ser un lector de prosa que escribe mayormente poesía. 
Podría mencionar otros autores y obras que han sido claves para mi propio imaginario creativo, como la poesía de Poe —El cuervo— en una intersección inverosímil pero desafiante con Nicanor Parra y Drummond de Andrade… Pero esa es otra historia, para otro momento…

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Jorge Dipré (Santa Fe, 1960). Envío de Rolando Revagliatti.