lunes, 6 de abril de 2026

sotirios pastakas / algunos fragmentos cotidianos entre poetas


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DIGAMOS NO A LOS LIBROS DEDICADOS

Ya nadie roba libros. El último que robaba libros, el filósofo Kostis Papagiorgis, ha fallecido. No solo ya nadie roba, sino que, aunque se los regales, aunque se los des en persona, no saben qué hacer con ellos. Hemos encontrado libros con dedicatorias en Monastiraki (el mercadillo) y en todos los lugares donde se venden libros de segunda mano o «al peso»: por lo general, los destinatarios de las dedicatorias ni siquiera se molestan en arrancar la página con la dedicatoria y los venden al primer comprador. Es sabido que M. F., cuando tenía una columna de crítica literaria en un periódico, «pasaba» los libros que le enviaban a un famoso resto de existencias de la calle Solonos. Pues, ¿por qué amigos poetas y jóvenes escritores, me envían sus libros como correo certificado de Correos de Grecia o por mensajería? ¿Temén que les roben su célebre obra creativa? No tienen en cuenta mi esfuerzo, el del lector: tengo que salir con este calor abrasador, atravesar medio Larissa para llegar a la oficina de correos, esperar en la cola media hora en una sala sin aire acondicionado y, si tengo suerte y no me desmayo, recoger en persona su última obra de arte. Piensen también en el riesgo al que me exponen, a mí, un hombre ya mayor, de no recordar el camino a casa después de unas copas de ouzo, porque se me ocurrió saludar a dos amigos, ya que había salido al centro. De ahora en adelante, pues, envíen sus libros por correo ordinario; y si se pierden, al fin y al cabo, no será una gran tragedia.

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SOBRE LA ESCRITURA AL REVÉS Y OTROS ARTIFICIOS

Nada envejece más rápido que lo nuevo. Cuando Borges escribió este aforismo, tenía en mente las diversas vanguardias que surgían como setas a principios del siglo XX, los diversos pequeños -ismos. Él mismo había militado en el «ultraísmo» de su propia invención y, con el tiempo, había llegado a la convicción de que, en literatura, lo antiguo es más resistente que lo nuevo.

En nuestra época, en la que ya no existen movimientos literarios, brotan diversos juegos letristas. Poetas de todas las edades insisten en promover una falsa idea de novedad, que consiste en diversos recursos tipográficos en la disposición de los versos y, sobre todo, en los caracteres: al cambiar de fuente de un verso a otro, creen conferir valor a lo que, la mayoría de las veces, es pobre en contenido. Pero aunque escribas un poema al revés, no perdurará si no tiene algo que decir. Su valor añadido no reside en la forma de su presentación, y la literatura no se renueva de esta manera. La verdadera renovación se encuentra siempre en la expresión del lenguaje, no en su representación tipográfica.

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LOS POETAS Y DUPLANTIS

El viernes por la noche me invitaron a una cena con amigos. Justo frente a mí se sentaron dos profesores de educación física que, por las tardes, complementan sus ingresos trabajando como entrenadores: uno de gimnasia artística y el otro de atletismo. Cuando me preguntaron a su vez a qué me dedicaba y mencioné la literatura, declararon con cierta vergüenza que ninguno de los dos había leído un libro en su vida. Uno de ellos me confesó que solo lee un periódico deportivo una vez a la semana, el otro ni siquiera eso. Ambos me dijeron con orgullo que un colega suyo había empezado a leer literatura solo después de jubilarse, y como ellos también estaban a punto de jubilarse, me lo confiaron como si no estuviéramos en una taberna de las afueras con música popular, sino en un austero podio académico.

Siempre es desconocido el momento en que nos encontraremos con la literatura. Al fin y al cabo, esta también es una disciplina atlética. Les dije, porque me caían muy bien, que la literatura también tiene que ver con su trabajo: es una maratón, una carrera de larga distancia y con obstáculos, no una carrera de velocidad. Que los escritores, y en particular los poetas, no son como Duplantis, que cada vez que salta con la pértiga establece un nuevo récord mundial. Los poetas no son plusmarquistas: una de sus colecciones puede ser inferior a la anterior, porque lo que cuenta es el conjunto de la obra, no el récord. Después de todo, la poesía es como el pentatlón.

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Sotirios Pastakas (Larissa, 1954). Inverso Poesia (Traducción al español de Nicolás López-Pérez, desde la versión griego-italiano de Maria Allo y Sotirios Pastakas). Fotografía de Dino Ignani.

lunes, 23 de marzo de 2026

rolando revagliatti pregunta / luis alfredo villalba


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Cuando leí “Las primas” de Aurora Venturini me sentí tan desconcertado como los astrónomos que, en 1970, investigando la galaxia de Andrómeda, descubrieron que, si el universo que nosotros vemos con sus galaxias y estrellas relucientes, mantiene la forma, es porque hay algo invisible que funciona como su esqueleto: la materia oscura. 
O sea que el universo es lo que es por lo que no vemos, por lo que se oculta. Y si no lo vemos es porque no estamos preparados. No queremos conocer el esqueleto del cielo porque para nosotros el esqueleto es un símbolo de la muerte. A pesar de que si nosotros no tuviéramos esqueleto seríamos un charco de vísceras y cartílagos.
Y es lo que hace Venturini con “Las primas”. Muestra sin pudores lo que las personas normales como yo no quieren ver: un monstruo. Pero después de que leí “Las primas” supe que yo nunca había sido normal. Ahora les cuento. 

Me llamo Luis Alfredo Villalba y nací en 1939 con cuatro dedos en el pie derecho. Mi mamá me envidiaba y me lo hacía notar cuando antes de darme la teta se la daba primero a un perrito callejero.
Me llevó a un médico famoso y sus ayudantes me subieron a una mesa blanca y fría. Todos se rieron y gritaron al unísono: ¡Esto es un monstruo! Mi mamá se sentía orgullosa, después de todo ella me había hecho a mí. Hasta que un día agarré y me fui a vivir a la calle.
Me sentaba en el cordón de la vereda y cuando venía gente bien vestida le pedía plata entre toses. Una vez que estaba en la plaza tomando solcito apareció Aurora y me ofreció trabajar en el jardín de la casa grande donde vivían sus parientes. Me puso una condición y era que nunca tenía que entrar en la casa. 
Empecé a trabajar y a veces dejaba el rastrillo para espiar por las rendijas de las ventanas y así supe que en la casa vivían un montón de mujeres taradas. A mí me calentaba Petra, enana y puta. Se bañaba desnuda y tenía el cuerpo y las piernas torcidas. No me gustaba cuando se sacaba la peluca y mostraba la calva. Pero tenía la espalda con pelos enrulados desde el cogote hasta la cintura. Era un monstruo como yo.
Yuma, la disléxica, estudiaba pintura. Un día me tenté, entré a la casa y me pillaron cuando estaba mirando los cuadros. Me echaron.
Desde entonces vivo de las monedas que me dan los chicos de la plaza cuando les muestro mi pie con cuatro dedos. Ellos se burlan porque soy defectuoso, pero con las monedas me lleno la panza de tortitas con chicharrones. Cuando me sobra alguna la dejo en las escaleras de la casa grande. Seguro que ellas saben que soy yo y me van a llamar para que les pase el rastrillo.

Mientras tanto empecé a escribir poesía, pero esa desviación ya es conocida en el ambiente.

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Luis Alfredo Villalba (Mendoza, 1939). Envío de Rolando Revagliatti.

lunes, 2 de febrero de 2026

rolando revagliatti pregunta / jotaele andrade


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Es singular esta invitación de perderse (o encontrarse) para alguien que prefiere andar libremente. Incluso de sí mismo. Sin embargo, creo que el arte que uno pueda entregar al mundo ya está imbuido de otredades. Como si fueran materias constitutivas que hacen activar nuestra propia creación las obras y algunas vidas que creemos heroicas ayudan a construir nuestras visiones poéticas que levantan poemas, canciones, trazos, infiernos o paraísos personales.
Tanto de mi asombro al conocer la obra del Bosco, de Remedios Varo como del llanto al concluir Kim, hay en mi escritura, así como también el zumbido cantarino que escuché en la poesía de María Mercedes Carranza o la voz hueco de Raúl Gómez Jattin con su carga de mango herido por el sol. O las canciones de Los Redondos agitando su flema lunar sobre los huesos de los fantasmas sociales. O la  música y la artistitud vital de Juan Gabriel. Ecos de Olga Orozco, de las historietas de la editorial Columba, de las series japonesas, de la ciencia ficción de Bradbury, tan poética. Podría rastrear tantísimos componentes dentro de mi escritura hechos de estados alterados por el asombro, la felicidad y la congoja, el deseo de decir o escribir esas mismas cosas asombrosas: la marea del Torotumbo, el río secreto que va por las piedras arguedianas, la flor corrosiva que crece en los poemas de Eunice Odio, el verso de la flor de batatilla que siempre irrumpe en lo que escribo, siempre abierta en la sombra.
Son tantos e incontables. Como incontables las visiones que rompieron la piedra para que salte el agua de la idea hacia su curso artístico: aquella paloma que chocó contra un escaparate publicitario, aquella otra toda gris, en una mañana neblinosa que escarbando en su ala sacó una pluma blanquísima, el perro que una noche vi haciendo rodar una bolsa con basura, el mar que una tarde fue un espejo plateado y quieto, inaceptablemente quieto, la bolsa negra de residuos que el viento hacía sonar como un corazón en las ramas de un árbol enjuto. 
Pero podría decir que, aunque estoy dentro del algún modo, el universo lorqueano es donde me gusta andar, perdido y reencontrado, resonar en sus canciones y suites:

Limonar, / mi amor niño, mi amor/ sin báculo y sin rosa.” y “La estrella/ nueva/ quiere azular/ la sombra”. En su viaje a la desmesurada New York: “mientras la sangre los seguía con un balido de cordero.”. Recuerdo ver el Prendimiento y muerte de Antoñito, el camborio, su mano arrojando limones hasta volver las aguas de oro. Podría decir que estoy dentro del asombroso, trágico, bello mundo de Lorca. No sólo en su obra escrita. También su vida como una obra de arte comprometida no sólo con la
belleza abstracta, desgarrada en la noche por el fascismo. Sí, haber sido dicho por su voz de la que no hay registro, de esta manera:

Si el cielo fuera un niño pequeñito,
los jazmines tendrían mitad de noche oscura

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Jotaele Andrade (La Plata, 1974). Envío de Rolando Revagliatti.

lunes, 22 de diciembre de 2025

rolando revagliatti pregunta / jorge pablo yakoncick


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En cine, me gustaría que Andréi Tarkovsky me incluyera en “Stalker”.
En novela, que Melville me sentara en una mesa de la posada El Chorro de la Ballena.
En música estoy hecho, porque Pablo Socolsky compuso un tema inspirado en mi libro “Historias inauditas”, tema titulado como dicho libro (ignoro si algún día lo incluirá en un disco).
En pintura, haber inspirado algún personaje de Caravaggio o un sátiro de Rembrandt.
En poesía, que Dante me incluyera en el círculo del infierno que me haya ganado; o que Homero me embarcara en una de las naos prontas a partir a Troya.
En escultura, inspirar el Perseo de Cellini, la vena o un tendón del Moisés de Miguel Ángel...

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Jorge Pablo Yakoncick (Rosario, 1965). Envío de Rolando Revagliatti.