lunes, 20 de julio de 2026

hans magnus enzensberger / posdata a "voces fantasma: traducciones e imitaciones"


«¿Acompañan las almas? ¿Se las siente?» se lee en Pedro Salinas. Almas es tal vez mucho decir. Pero voces espectrales de otros tiempos, otras esferas, esto en todo caso sí. Esa invasión de voces al leer poemas de otros suscita extraños ecos y acordes en la cabeza, y a veces es difícil liberarse de estos diálogos radiofónicos señal segura de que el poema vale algo. La manera más radical de combatir estas plagas es la traducción.

Mi predilección tiene poco en común con el trabajo forzado de aquellos que ganan su pan con el traducir al alemán de libros de cocina y novelas, instrucciones de uso y textos filosóficos. Las traductoras y los traductores profesionales son los esclavos aristocráticos de la literatura, imprescindibles, que se matan trabajando, crónicamente mal pagados como ningún otro en el vasto campo de la industria editorial excepto los poetas, cuyo trabajo difícilmente les sirve para sustentar la vida; y esto es aún más cierto para las personas que traducen poemas. Estoy lejos de deplorar tales formas sublimes de explotación. El placer, por no decir la obsesión, se recompensa a sí mismo. Nadie puede entrometerse, a no ser aquí y allá un crítico malhumorado que detecta un error. La culpa es, pues, de quien se aventura en semejantes experimentos. El traductor de lírica no es un mártir, sino un egoísta fraternal.

Ya la selección de sus víctimas lo demuestra. Ésta no responde a un encargo, un ejercicio de obligación, y puede prescindir de una justificación. Cada cual escoge lo que le parece aprovechable, sigue sus predilecciones e idiosincrasias. Lo que de este modo se forma a lo largo del tiempo es más bien una especie de co/lage que un canon; tal vez incluso un reflejo que permite reconocer el autorretrato de un poeta.

No admira que ya en la Antigüedad muchos grandes líricos aprendieron de sus predecesores al traducir los versos de éstos. Si quisiéramos enumerar los nuestros, el catálogo no acabaría nunca: Gryphius y Hofmannswaldau, Goethe y Holderlin, Morike y Rückert, Rilke y George, Eich, Nelly Sachs y Celan ... Ellos sabían que toda poesía se añade a la escritura del texto infinito de la tradición, y que la originalidad pura no es más que una simple quimera de la modernidad.

La traducción es la forma más intensa de la crítica. En cuanto poética aplicada eclipsa cualquier creati·ve writing course. Porque a la hora de los fantasmas sucede la fresca luz de la mañana cuando uno desmonta y vuelve a montar el texto como si de un mecanismo de relojería se tratase. ¿Cómo lo ha hecho el autor? Sólo la destrucción y reconstrucción pueden enseñarlo. Este procedimiento saca diversas cosas a la luz: las grandiosas invenciones y los fallos secretos, los trucos mágicos y las extravagancias, los altos vuelos técnicos y los puntos ciegos. Sin los enigmas y las dificultades la tentativa no merecería la pena.

No sólo se aprende a hacer versos. En el Renacimiento y hasta el siglo xviii muchos estudiaron el griego y el latín a través de Homero y Horacio. Muchas veces sólo al traducir se perciben la particularidad y el potencial seductor de ambas lenguas, tanto de la ajena como de la propia. Causa admiración la estela majestuosa de alusiones, proverbios, idiomas y citas ocultas que ambas traen consigo; las reglas del juego implícitas y explícitas de su sintaxis y de su semántica; las mil tonalidades que el día a día les incrustó; su eterno juego con la connotación, y los abismos fónicos donde la rima halla su botín.

Pasamos por alto, con risa fría, la vieja polémica de si es posible, permitido, aconsejable traducir poemas. Cien traductores intentaron verter los sonetos de Shakespeare al alemán. Evidentemente ninguno alcanzó a Shakespeare. Pero con cada tentativa el poeta se nos hizo más familiar, aunque fuera sólo un poco. Toda migración conlleva conflictos y dificultades, pero sin ella la sociedad humana se desertizaría. Sin los emigrantes e inmigrantes la literatura y también la lengua jugarían aún un desolado partido en el terreno de casa. La traducción funciona como un estímulo y mejora el nivel literario, al tiempo que posibilita una cierta competitividad y sube el listón.

Cabe preguntarse si puede haber traducciones clásicas. Casi todas las versiones tienen sólo una validez provisional, su vida media es limitada. Contrariamente, la durabilidad de un modelo se muestra también en el hecho de cuántas veces y durante cuánto tiempo se vuelve a traducir. Los textos que no ofrecen resistencia se descomponen rápidamente. Así también este libro representa tan sólo una breve selección que bien hubiera podido ser tres veces más extensa, siempre que la exhaustividad hubiese sido mi propósito. Preferí insertar sólo aquellos poemas que a veces, después de décadas, todavía hoy, me complacen.

La fidelidad / infidelidad del traductor es un tema favorito de discusiones enmohecidas. Con todo es obvio que cada uno traduce de manera diferente, a cuenta y riesgo propios. A mí, una cosa, por lo menos, me parece bien clara: sin un mínimo de falta de escrúpulos no es posible. Con el debido respeto a la Filología —incluso la pedantería no debe ser del todo despreciada—, que lo que salga de la imprenta sea algo vivo, eso es harina de otro costal. Cierto, donde el texto lo permite a cualquiera le gustaría traducir con equivalencia absoluta. Donde no lo permite hay que arbitrar grados de libertad más elevados. En estos casos, la traducción roza la paráfrasis o la imitación. Incluso el capriccio y la parodia le son menos ajenos de lo que piensa la gente ingenua. Los griegos, que en esto no solían andarse con rodeos, llamaban Παρωδος, contra-canto, a «un tipo de canción indirecta repleta de alusiones ocultas» o «un poema serio que en clave se vuelve burlesco». ¿Quién podría restringir o prohibir tal contrabando? Al puro nada le es sagrado, o mejor: únicamente en el sacrilegio se muestra lo que alguien toma en serio, así como la blasfemia sólo significa algo para el devoto.

Casi todo lo que sé de poesía se lo debo a mis predecesores y compañeros de lucha, de ahí que este libro de cuarenta años sea también una forma de agradecérselo.

Múnich, otoño de 1998

H.M.E.

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Hans Magnus Enzensberger (Kaufbeuren, 1929-Múnich, 2022). Traducción de Charlotte Frei. Aquí. En: H. M. Enzensberger (1999). Geisterstimmen. Übersetzungen und Imitationen. Frankfurt am Main: Suhrkamp 1999, pp. 389-394

lunes, 25 de mayo de 2026

rolando revagliatti pregunta / mario nosotti


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Me gustaría salir a caminar y conversar con Pier Paolo Pasolini. Como en alguno de sus largos poemas narrativos en donde observación y pensamiento se entrelazan, charlar de lo que sea mientras nos perdemos en alguna barriada de la periferia romana de posguerra, o en alguna callecita de un suburbio africano o hindú, quizá al caer la tarde, quizá después de un día de rodaje. Mientras él suelta palabras sobre la realidad, la política, sobre algo que le llama la atención, o simplemente compartiríamos el silencio de ambos, escucharíamos el rumor de la gente, el trajín de la vida cotidiana con su mezcla de luz y oscuridad.

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Mario Nosotti (San Fernando, 1966). Envío de Rolando Revagliatti.

lunes, 13 de abril de 2026

rolando revagliatti pregunta / mario fagiano


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Mujeres de la memoria y el deseo*. Me he sumergido en casi todas tus ciudades invisibles y espero, antes de morir, transitar con mis pasos por las que aún me restan descubrir. En cada uno de esos fantasmas arquitectónicos me ha enamorado una mujer, he dejado hijos y riquezas en el camino siguiendo mi destino de viaje y, aunque crea que cada vez amo a una mujer distinta es siempre la misma, idéntica al deseo clavado en las pasiones que me quitan el aire. El abandono de la mujer amada será temporario pues es circular el itinerario que describo con mi sangre. Será inevitable entonces mi regreso a sus brazos y besar la descendencia aparentemente abandonada.
La primera señal la obtuve después de cabalgar por tierras selváticas y arribar a Isadora, allí como forastero, estando indeciso entre dos mujeres, apareció una tercera. Hay bellezas que hieren con estacas de felicidad a la existencia, dan muerte al espíritu y no queda otro remedio que admirar sin ya ser nada. Al girar la cara vi su silueta espigada en una ventana y descubrí que no hay mejor manera que una mirada directo a los ojos para acabar con las cataratas que nublan el erótico cristalino. En otra ocasión ella se bañaba en un estanque de un jardín de Anastasia, me invitó a desvestirme y perseguirla en el agua. Al llegar a Zobeida pude ver a la mujer fundante de aquella ciudad correr de noche, de espaldas, desnuda y con el pelo largo. Aún la persigo en mis sueños. En Ipazia una hermosa mujer morena montada a caballo, con los muslos desnudos y la caña de las botas sobre las pantorrillas, me tumbó sobre un montón de heno y me apretó con duros pezones. Otras me han enamorado con sus cantos, algunas arqueadas bajo duchas suspendidas sobre el vacío, todas fueron mujeres descomunales, tejedoras, parlanchinas, trapecistas en el amor. Cuando la belleza estalla en los ojos, hay que cerrarlos para liberar los sentidos que despierta la ceguera. ¿Cómo puede reunirse tanta belleza concentrada en una sola imagen? Me he sentido dichoso de recibir sus amores tal cual un joven toro que guarda en su gaveta secreta todo el esperma del cosmos.
Estoy sintetizando en mi mente lo mejor de cada ciudad, lo mejor de cada mujer, anoto en mi devenir todas las riquezas descartando lo obvio e inservible. Sé que voy detrás de la ciudad utópica que contenga al imposible amor que refresque de estremecimientos el alma y, aunque intuyo que todavía no existe, me es imposible dejar de crearla. Tampoco es inocente que cada ciudad tenga el nombre de una mujer. Llevo siglos construyendo el genuino espacio que contenga la luz y la sombra para alcanzar la deshojada perfección. Sin tus pétalos Ítalo, me hubiera sido imposible edificar estos sueños.
Estamos condenados a repetir las innumerables obras poéticas escritas, imitar los múltiples espejos que no han perdido aún su inmortal brillo. Camino por el desierto con mis últimas fuerzas. Lo sé, detrás de las colinas rosadas de este planeta que aún gira está la ciudad invisible que alojará mi ser por toda la eternidad, ahí están ellas, la única mujer que amo, y mis hijos, esperándome.

*Sobre “Las ciudades invisibles” de Ítalo Calvino.

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Mario Fagiano (Río Cuarto, 1959). Envío de Rolando Revagliatti.

lunes, 6 de abril de 2026

sotirios pastakas / algunos fragmentos cotidianos entre poetas


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DIGAMOS NO A LOS LIBROS DEDICADOS

Ya nadie roba libros. El último que robaba libros, el filósofo Kostis Papagiorgis, ha fallecido. No solo ya nadie roba, sino que, aunque se los regales, aunque se los des en persona, no saben qué hacer con ellos. Hemos encontrado libros con dedicatorias en Monastiraki (el mercadillo) y en todos los lugares donde se venden libros de segunda mano o «al peso»: por lo general, los destinatarios de las dedicatorias ni siquiera se molestan en arrancar la página con la dedicatoria y los venden al primer comprador. Es sabido que M. F., cuando tenía una columna de crítica literaria en un periódico, «pasaba» los libros que le enviaban a un famoso resto de existencias de la calle Solonos. Pues, ¿por qué amigos poetas y jóvenes escritores, me envían sus libros como correo certificado de Correos de Grecia o por mensajería? ¿Temén que les roben su célebre obra creativa? No tienen en cuenta mi esfuerzo, el del lector: tengo que salir con este calor abrasador, atravesar medio Larissa para llegar a la oficina de correos, esperar en la cola media hora en una sala sin aire acondicionado y, si tengo suerte y no me desmayo, recoger en persona su última obra de arte. Piensen también en el riesgo al que me exponen, a mí, un hombre ya mayor, de no recordar el camino a casa después de unas copas de ouzo, porque se me ocurrió saludar a dos amigos, ya que había salido al centro. De ahora en adelante, pues, envíen sus libros por correo ordinario; y si se pierden, al fin y al cabo, no será una gran tragedia.

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SOBRE LA ESCRITURA AL REVÉS Y OTROS ARTIFICIOS

Nada envejece más rápido que lo nuevo. Cuando Borges escribió este aforismo, tenía en mente las diversas vanguardias que surgían como setas a principios del siglo XX, los diversos pequeños -ismos. Él mismo había militado en el «ultraísmo» de su propia invención y, con el tiempo, había llegado a la convicción de que, en literatura, lo antiguo es más resistente que lo nuevo.

En nuestra época, en la que ya no existen movimientos literarios, brotan diversos juegos letristas. Poetas de todas las edades insisten en promover una falsa idea de novedad, que consiste en diversos recursos tipográficos en la disposición de los versos y, sobre todo, en los caracteres: al cambiar de fuente de un verso a otro, creen conferir valor a lo que, la mayoría de las veces, es pobre en contenido. Pero aunque escribas un poema al revés, no perdurará si no tiene algo que decir. Su valor añadido no reside en la forma de su presentación, y la literatura no se renueva de esta manera. La verdadera renovación se encuentra siempre en la expresión del lenguaje, no en su representación tipográfica.

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LOS POETAS Y DUPLANTIS

El viernes por la noche me invitaron a una cena con amigos. Justo frente a mí se sentaron dos profesores de educación física que, por las tardes, complementan sus ingresos trabajando como entrenadores: uno de gimnasia artística y el otro de atletismo. Cuando me preguntaron a su vez a qué me dedicaba y mencioné la literatura, declararon con cierta vergüenza que ninguno de los dos había leído un libro en su vida. Uno de ellos me confesó que solo lee un periódico deportivo una vez a la semana, el otro ni siquiera eso. Ambos me dijeron con orgullo que un colega suyo había empezado a leer literatura solo después de jubilarse, y como ellos también estaban a punto de jubilarse, me lo confiaron como si no estuviéramos en una taberna de las afueras con música popular, sino en un austero podio académico.

Siempre es desconocido el momento en que nos encontraremos con la literatura. Al fin y al cabo, esta también es una disciplina atlética. Les dije, porque me caían muy bien, que la literatura también tiene que ver con su trabajo: es una maratón, una carrera de larga distancia y con obstáculos, no una carrera de velocidad. Que los escritores, y en particular los poetas, no son como Duplantis, que cada vez que salta con la pértiga establece un nuevo récord mundial. Los poetas no son plusmarquistas: una de sus colecciones puede ser inferior a la anterior, porque lo que cuenta es el conjunto de la obra, no el récord. Después de todo, la poesía es como el pentatlón.

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Sotirios Pastakas (Larissa, 1954). Inverso Poesia (Traducción al español de Nicolás López-Pérez, desde la versión griego-italiano de Maria Allo y Sotirios Pastakas). Fotografía de Dino Ignani.