lunes, 30 de diciembre de 2024

joseph brodsky / cómo leer un libro


Entre la idea de celebrar una feria del libro en esta ciudad y el hecho de que fuera aquí donde, hace un siglo, perdió Nietzsche la razón existe un vínculo de lo más interesante. O, para ser más exactos, una cinta de Moebius (comúnmente conocida como “círculo vicioso”), pues en diversos pabellones de esta feria pueden encontrarse antologías o las obras completas de este ilustre alemán. En conjunto, la infinitud constituye un aspecto bastante destacado del negocio editorial, aunque solo sea porque prolonga la existencia de un autor fallecido más allá de los límites previstos por este mismo, o bien confiere a un autor vivo un futuro que todos deseamos que no tenga fin.

Los libros son, en efecto, menos finitos que nosotros mismos. Incluso los peores sobreviven a quienes los escribieron… sobre todo porque ocupan mucho menos espacio que ellos. A menudo reposan en una estantería acumulando polvo, mucho después de que el propio escritor se haya convertido en polvo. Pero incluso esta forma de posteridad es mejor que la del recuerdo de unos cuantos parientes o amigos, de los que poco puede uno fiarse, y suele ser precisamente el ansia de esta dimensión póstuma la que pone en funcionamiento a la pluma.

Así que no nos equivocaremos del todo si, al sostener en nuestras manos estos objetos rectangulares —en octavo, cuarto, duodécimo, etc.—, imaginamos que estamos acariciando, por así decirlo, las urnas, reales o posibles, con nuestras cenizas. Después de todo, lo que se invierte en la escritura de un libro —sea una novela, un tratado filosófico, una colección de poemas, una biografía, o un relato policíaco— es, en última instancia, la única vida de que dispone un hombre: buena o mala pero siempre finita. Quien afirmó que filosofar es ejercitarse en el morir tenía razón en más de un sentido, pues escribiendo un libro nadie rejuvenece.

Tampoco leyendo un libro se rejuvenece. Por esa razón, lo lógico sería escoger buenos libros. La paradoja, sin embargo, reside en el hecho de que en literatura, como en casi cualquier otro ámbito, “bueno” no es una categoría aislada: se define por oposición a “malo”. Y lo que es más, para escribir un buen libro, un escritor debe leer mucha subliteratura; de lo contrario no podrá desarrollar el criterio necesario. Esa podrá ser la mejor defensa de la mala literatura el día del Juicio Final; y esa es también la raison d’être de este acto.

Puesto que todos somos moribundos y leer libros consume tiempo, debemos idear un sistema que nos permita mayor economía. No hay duda de que puede resultar placentero retirarse a algún lugar a leer un largo y mediocre novelón; pero todos sabemos que, en definitiva, muy pocas veces solemos permitírnoslo. Al fin y al cabo, leemos no solo por leer sino para aprender algo. De ahí la necesidad de concisión, de condensación, de fusión, de obras que traten sobre el sufrimiento humano de la forma más directa y exacta posible; en pocas palabras, la necesidad de atajos. De ahí, también, y como consecuencia de nuestra sospecha de que tales atajos no existen (aunque sí existen, como veremos), la necesidad de alguna brújula para navegar por el océano de lo publicado.

Esa función de brújula, por supuesto, es la desempeñada por la crítica literaria. Pero su aguja, ¡ay!, oscila locamente. Lo que para unos es el Norte para otros es el Sur (Sudamérica, para ser más exactos), y lo mismo, pero aún peor, ocurre con el Este y con el Oeste. El problema con los críticos es (como mínimo) triple: a) que se trate de comentaristas mediocres, que saben tan poco como nosotros; b) que manifiesten una clara predilección por un determinado tipo de literatura o, simplemente, que se dejen comprar por la industria editorial; y c) que se trate de escritores de talento que convierten la crítica en género literario autónomo (piénsese por ejemplo en Borges), y acabemos leyendo las reseñas sobre los libros en vez de los propios libros.

En cualquier caso, nos hallaremos a la deriva en pleno océano, rodeados de páginas por todas partes, subidos a una balsa cuya capacidad para mantenerse a flote resulta harto dudosa. Una alternativa sería, por tanto, educar nuestro propio gusto, convertirnos en nuestra propia brújula, familiarizarnos —por así decirlo— con determinadas estrellas y constelaciones, de brillo débil o radiante pero siempre remoto. Sin embargo, esto lleva muchísimo tiempo, y puede ser que entonces seamos ya unos ancianos que hacen su mutis con un mohoso volumen bajo el brazo. Otra alternativa —aunque quizá forme parte de la anterior— consistiría en confiar en lo que otros dicen: la recomendación de un amigo, una referencia en un texto que nos gusta. Aunque no esté institucionalizado (y no sería mala idea), este procedimiento “de oídas” nos es familiar desde la más tierna edad. Pero tampoco resulta un recurso muy seguro, pues el océano de literatura disponible crece de forma continua, como queda ampliamente demostrado en esta feria del libro, que no constituye sino una tormenta más en tan proceloso océano.

Así pues, ¿dónde encontrar nuestra propia tierra firme, aunque se trate de una isla inhóspita? ¿Dónde está nuestro buen Viernes, por no decir nuestra mona Chita?

Antes de aportar mi sugerencia —no, digámoslo claro: la que considero la única solución posible para conseguir un sólido gusto literario—, me gustaría decir unas pocas palabras sobre el artífice de tal solución, es decir, un servidor; y no por vanidad personal sino porque, a mi juicio, el valor de una idea se halla en relación con el contexto del que brota. En efecto, si yo hubiera sido editor, habría hecho constar en las portadas de los libros no solo los nombres de los autores sino también la edad exacta que tenían al escribirlos, para que sus lectores pudieran decidir si les interesaba tener en cuenta el contenido o el punto de vista de un libro escrito por un autor mucho más joven, o mucho mayor, que ellos.

El artífice de tal solución pertenece a ese tipo de personas (ya no puedo, ¡ay!, seguir utilizando el término «generación», que sugiere masa y unidad) para quienes la literatura viene a reducirse a unos cien nombres. A ese tipo de personas cuyos modales sociales estremecerían a Robinson Crusoe e incluso a Tarzán. Personas que se sienten incómodas en reuniones multitudinarias, que no bailan en las fiestas, que tienden a encontrar justificaciones metafísicas para el adulterio y se muestran reacias a hablar de política. Personas más críticas consigo mismas que con sus propios detractores. Que siguen prefiriendo el alcohol y el tabaco a la heroína y marihuana. Personas a las que, en palabras de W. H. Auden, «no vamos a encontrar en las barricadas, y que nunca dispararán un tiro contra sí mismos ni contra sus amantes». Si alguna vez los vemos nadando en su propia sangre en el suelo de una cárcel o halando desde una tribuna, se deberá a un acto de rebelión (o, mejor aún, de objeción), no tanto frente a una injusticia concreta sino contra el orden del mundo en su conjunto. No se hacen ilusión alguna sobre la objetividad de sus opiniones; al contrario, insisten desde el comienzo en su imperdonable subjetividad. Pero no actúan así para protegerse de un posible ataque: tienen por norma ser muy conscientes de la vulnerabilidad de su punto de vista y de sus opiniones. Sin embargo, adoptando una postura de algún modo opuesta a la darwiniana, consideran la vulnerabilidad el principal rasgo de la existencia. Me apresuro a añadir que este hecho no se relaciona tanto con la tendencia masoquista atribuida hoy a casi todo hombre de letras, como con el conocimiento instintivo (y a menudo de primera mano) de que el subjetivismo extremo, el prejuicio y, desde luego, la idiosincrasia ayudan al arte a aludir el cliché. Y la resistencia al cliché es lo que distingue al arte de la vida.

Ahora que ya saben de qué tipo de persona proviene lo que voy a exponer, no me queda sino enunciarlo: el modo de conseguir un buen gusto literario consiste en leer poesía. Y si creen detectar en mi opinión cierto partidismo profesional, alguna voluntad de defender los intereses de mi gremio, se equivocan: no me interesan tales gremios. La cuestión es que la poesía, siendo la forma suprema de elocución humana, no solo constituye el modo más conciso, más sintético de expresar la experiencia vital, sino que permite, asimismo, la mayor creatividad posible en un acto lingüístico, sobre todo en el caso de los escritos.

Cuanta más poesía leemos, más aborrecible nos resulta cualquier tipo de verborrea, tanto en el discurso político o filosófico, como en los estudios históricos y sociales, o en el arte de la ficción. El buen estilo en prosa es siempre rehén de la precisión, de la rapidez y de la lacónica intensidad de la dicción poética. Hija del epitafio y del epigrama, concebida, por lo que parece, como una forma sintética de tratar cualquier tema, la poesía supone una gran disciplina para la prosa. Le enseña no solo el valor de cada palabra sino también los ricos esquemas mentales del ser humano, las posibles alternativas a la composición lineal, la habilidad de omitir lo obvio, el subrayado del detalle, la técnica del anticlímax. Por encima de todo, la poesía despierta en la prosa el ansia metafísica que distingue la obra de arte de las meras belles letres. Reconozcamos, sin embargo, que en este aspecto concreto la prosa ha demostrado ser un alumno más bien perezoso.

Por favor, no se me malinterprete: no pretendo desacreditar la prosa. Lo que ocurre es que la poesía es más antigua que la prosa y, por tanto, ha recorrido una distancia mayor. La literatura comenzó con la poesía, con la canción del hombre nómada, que antecede a los garabatos del hombre sedentario. Y aunque en algún lugar he comparado la diferencia entre poesía y prosa con la existente entre la aviación y la infantería, lo que ahora sugiera nada tiene que ver con la jerarquía o los orígenes antropológicos de la literatura. Solo intento ser práctico y ahorrarles a su vista y a su cerebro un gran número de lecturas inútiles. La poesía, podría decirse, fue creada a este propósito, pues constituye un sinónimo de economía. Así pues, lo que uno debería hacer sería repetir, aunque a pequeña escala, el proceso que tuvo lugar en nuestra civilización durante dos milenios. Es más sencillo de lo que parece, pues el corpus poético resulta muchísimo menos voluminoso que el de la prosa. Y más aún: si lo que interesa es la literatura contemporánea, miel sobre hojuelas. Hay que hacerse con obras de poetas, a ser posible de la primera mitad de este siglo, que escriban en nuestra lengua materna. Como vendrán a ser, calculo, unos doce libros nada gruesos, a finales del verano ya se habrá conseguido una preparación suficiente.

Si la lengua materna es el inglés, yo recomendaría leer a Robert Frost, Thomas Hardy, W. B. Yeats, T. S. Eliot, W. H. Auden, Marianne Moore y Elizabeth Bishop. Si se trata del alemán, a Rainer Maria Rilke, Georg Trakl, Peter Huchel y Gotfried Benn. Si es español, una buena selección incluiría a Antonio Machado, Federico García Lorca, Luis Cernuda, Rafael Alberti, Juan Ramón Jiménez y Octavio Paz. Si es el polaco, o simplemente si se conoce esta lengua (lo cual supondría una gran ventaja, pues la poesía más extraordinaria de este siglo está escrita en polaco), me gustaría mencionar los nombres de Leopold Staff, Czelaw Milosz, Zbigniew Herbert y Wislawa Szymborska. Si es el francés, por supuesto a Gillaume Apollinaire, Jules Supervielle, Pierre Reverdy, Blaise Cendrars, algo de Paul Éluard, un poco de Aragon, Victor Segalen y Henri Michaux. Si es el griego, habría que leer a Constantino Cavafis, Ghiorghios Seferis, Yannis Ritsos. Si es el holandés, debería leerse a Martinus Nijhoff, en especial su deslumbrante obra Awater. Si es el portugués, habría que leer a Fernando Pessoa y quizás a Carlos Drummond de Andrade. Si se trata del sueco, léase a Gunnar Ekelöf, Harry Martinson, Tomas Traströmer. Si es el ruso, hay que conocer, como mínimo, a Marina Tsvetáieva, Ósip Mandelstam, Ana Ajmátova, Borís Pasternak, Vladislav Jodasévich, Velimir Jlébnikov, Nikolái Kliúev. En el caso del italiano, resultaría imprudente por mi parte sugerirles a ustedes algún nombre, y si menciono a Quasimodo, Saba, Ungaretti y Montale es simplemente porque llevo mucho tiempo queriendo reconocer mi gratitud y mi deuda a estos cuatro grandes poetas, cuyos versos han ejercido una influencia crucial en mi vida, y me alegra poder proclamarlo aquí, en suelo italiano.

Si a algunos de ustedes, tras familiarizarse con la obra de cualquiera de estos autores, se les cae de las manos alguna obra en prosa, que hayan empezado a leer, la culpa será del autor. Si continúan leyéndola, el mérito será del autor, pues eso significará que tiene algo que añadir a las verdades que sobre la existencia humana aportaron los grandes poetas antes mencionados; o como mínimo quedará demostrado que este autor no es redundante, que su lenguaje literario presenta vigor estilístico suficiente. Si siguen leyendo aunque el libro no presente tales cualidades, significará que la lectura para ustedes una adicción incurable. Y, comparada con otras adicciones, no parece esta la peor.


Permítanme esbozar ahora una caricatura, pues las caricaturas acentúan lo esencial. Imagínense a un lector cuyas dos manos sostienen sendos libros abiertos: en la izquierda, una colección de poemas; en la derecha, un volumen en prosa. Veamos cuál deja caer primero. Podría, por supuesto, cargar ambas manos de libros en prosa, pero no le serviría para formarse un criterio. Y, por supuesto, podría preguntarse cómo distinguir la buena poesía de la mala y quién le asegura que lo que sostiene en su mano izquierda merece algún interés.

Bien, en primer lugar, el peso de su mano izquierda resultará, con toda probabilidad, más ligero que el de la derecha. En segundo lugar, la poesía, como dijo Montale, es un arte incurablemente semántico, y este hecho deja muy pocas posibilidades a la charlatanería. Al tercer verso un lector ya se ha hecho una idea de lo que tiene entre manos, pues la poesía cobra sentido con rapidez y la calidad de su lenguaje se pone de manifiesto inmediatamente. Después de leer tres versos, ya puede echar un vistazo a lo que tiene en su mano derecha.

Como he dicho, se trata por supuesto de una caricatura. Pero al mismo tiempo creo que muchos de ustedes van a adoptar sin darse cuenta esa misma postura en esta feria. Así que asegúrense al menos de que algunos libros sean en prosa y otros en verso. Sí, ya sé que ese movimiento de ojos de izquierda a derecha puede resultar enloquecedor, pero ya no hay jinetes por las calles de Turín*, y la visión de un cochero azotando a su caballo no agravará el estado en que se encontrarán ustedes al abandonar este recinto. Además, dentro de cien años poco importará que alguien esté loco o no lo esté, cuando el número de los habitantes de la Tierra supere con creces el de las letras negras de todos los libros de esta feria juntos. Así pues, nada les impide probar el pequeño truco que acabo de sugerirles.

*Alusión a la crisis de demencia de Nietzsche, que se manifestó el 3 de enero de 1889 en la Piazza Carlo Alberto, en Turín, cuando se abrazó al cuello de un caballo que estaba siendo azotado por un cochero (N. del T.)

***
Joseph Brodsky (San Petersburgo, 1940-Brooklyn, 1996) Del dolor y la razón. Madrid: Ediciones Siruela, 2015, pp. 85-90. Traducción de Antoni Martí García. El ojo en la paja.

lunes, 23 de diciembre de 2024

hernán miranda casanova / la poesía ha sido mi tabla de salvación


La poesía ha sido mi tabla de salvación, yo siempre digo que soy el resultado de la Educación Pública, el compromiso con las causas progresistas, el compromiso político, en especial en mi juventud, y el ejercicio de la escritura.

*

Los poetas buscan abultar su currículum con doctorados y otros estudios, lo que les permite postular a becas y fondos concursables. Esto se asocia al éxito poético. Hoy los poetas se miden por el currículum. Y no deja de ser divertido.

*

Para mí es notable que un poema escrito en la soledad del poeta pueda prefigurar el futuro. Validaría la idea de que el arte “vaticina” lo que va a pasar. Curiosamente, un comentarista escribió con frustración que en el libro “no se vaticina nada”. También me comentó un librero que una persona compró el libro pensando que era un manual de magia para aprender a adivinar el futuro. Y quizá le haya servido… 

*

El poema tuvo su origen en un recuerdo de infancia que me marcó y que tuve en la mente durante muchos años, y que un buen día se convirtió en lo que es. En verdad, pienso que hubo algo inconsciente respecto de su significación.

*

Desde niño me llamaron mucho la atención los insectos y he seguido interesándome en ellos. Me ha sorprendido mucho que tengan sus propias vidas, como mundos paralelos, con los cuales uno no se puede comunicar como sí ocurre con las mascotas.

*

Hay que aclarar que en los años sesenta, o antes, autopublicarse era carísimo, inalcanzable para un joven poeta. Incluso hubo iniciativas desesperadas como una Sociedad de Autores Inéditos, que formó un grupo que pretendía juntar dinero para comprar una linotipia y crear, así, una editorial popular. No prosperó, ante el argumento de que esa sociedad tenía poco futuro, porque al publicar un libro el autor dejaría de ser inédito y se acabarían los socios.

*

El tema de la muerte aparece en varios poemas míos. Un conjunto nuevo que pienso publicar próximamente tiene como título tentativo Memento mori, como se sabe, una frase en latín (“recuerda que has de morir”) que ha sido utilizada a través de los siglos, y según dicen especialmente en la época barroca, en libros o imágenes acompañadas siempre de una calavera. Ahora lo usan hasta los cantantes de rock satánico.

*

Lo que pasa es lo siguiente: cuando un poeta publica un libro tiene un grado mayor o menor efecto en ese momento, pero después se pierde, y viene el siguiente y después el siguiente y los anteriores quedan perdidos. Esta reunión es muy importante, actualiza los poemas. Además, la recepción de la gente cambia a través del tiempo, no es la misma que fue en su momento.

*

Contrariamente a lo que se puede pensar, en Santiago no había mucha relación entre los poetas. Sí la había bastante en provincia: en Valdivia, en Concepción, en Arica, en Chiloé. En Santiago funcionaba más bien en las universidades, o en torno a la Sociedad de Escritores. Participé en un encuentro de poetas del sesenta en Valparaíso, en 1971, convocado por la sede porteña de la Universidad de Chile. Ahí conocí a poetas como Floridor Pérez, Omar Lara, Gonzalo Millán o Waldo Rojas. En 1972 participé en el Taller de Escritores de la Universidad Católica, dirigido por Enrique Lihn, Alfonso Calderón y Luis Domínguez (todos fallecidos), donde conocí a varios escritores más.

***
Hernán Miranda Casanova (Quillota, 1941-Santiago de Chile, 2024). Selección de fragmentos de entrevistas por Nicolás López-Pérez.

lunes, 16 de diciembre de 2024

robert desnos / reflexiones sobre la poesía


Hay una constante poética. Hay cambios de moda. Hay cambios de manías. Hay también motivos de inspiración tan imperiosos que a toda costa es preciso que sean expresados. Esos motivos de inspiración existen en ese momento y deben expresarse en ese momento.

*

Cada cual encuentra su alimento poético donde le place. La lectura de Los dioses verdes de Pierre Devaux* me enseñó más sobre un posible mecanismo de la imagen poética que cualquier clase de artículo cargoso.

*

Villon, Gérard de Nerval, Góngora me parecen junto al gran Baffo temas de reflexiones actuales acerca de la técnica poética. Unir el lenguaje popular, el más popular, con una atmósfera inexpresable, con una imaginería aguda; anexar ámbitos que aun en el presente parecen incompatibles con el "lenguaje noble" que renace sin cesar de las lenguas arrancadas del cerbero sarnoso que defiende la entrada del ámbito poético, esto es lo que me parece una tarea deseable sin olvicar, repito, algunos motivos imperiosos de inspiración actual...

*

Los mayores nombres de nuestra época (hablo de los poetas) todavía no tienen asegurado un sitio superior en el tercer estante de la biblioteca de un erudito curioso del año 2000. Lo que por otra parte no tiene ninguna importancia. La gran poesía puede ser necesariamente actual, de circunstancias... por lo tanto puede ser fugaz. La poesía puede ser esto o aquello. No debe ser forzosamente esto o aquello... excepto delirante y lúcida.

*

Las escuelas se suceden y se confunden. El romanticismo abarca ahora el Parnaso, el simbolismo, el naturalismo. Hay un romanticismo ateo, un romanticismo católico. Y visto de más cerca, el romanticismo concilia el siglo XVIII filosófico con la Edad Media metafísica... concilia a la manera de un cocinero que creyera conciliar el aceite con el vinagre haciendo una ensalada.

*

Me parece que más allá del surrealismo hay algo muy misterioso por reducir, más allá del automatismo está lo deliberado, más allá de la poesía está el poema, más allá de la poesía experimentada está la poesía impuesta, más allá de la poesía libre está el poeta libre.

*

Ese ámbito misterioso del que acabo de hablar, lo percibo detrás de Nerval, de quien habría que volver a empezar para liberarse de Mallarmé, de Rimbaud, de Lautréamont. Pero las puertas de ese ámbito quizás no se abran sino con una palabra hallada en las baladas en argot de Villon.

*

Góngora... el poema sigue su camino recto, a través de la selva oscura y espesa, por una gran avenida, pero a derecha e izquierda salen caminos transversales, senderos sinuosos hasta las lindes, y a eso Góngora no lo suprime, lo absorbe, lo conserva, lo lleva como un prisionero perseguido llevando consigo los mismos campos y no su llave.

*

Baffo es el hombre en el sentido más animal y más abstracto. ¡Pero qué buen temperamento! Sade dijo: "F... es delicado cuando c..."; sí, pero la poesía no tiene que ver con la delicadeza. Y no creo en Babylou poeta. 

La poesía puede hablar de todo con total libertad. Prueben un poco para ver, amigos míos, poetas renacientes, para ver que no son libres.

París, enero de 1944


* N. del T. Escritor satírico y humorístico que usaba el argot en sus obras. El libro mencionado se publicó en 1943 y llevaba el subtítulo "Nueva mitología escrita en lengua verde con ilustraciones del autor". 

***
Robert Desnos (París, 1900-Terezin, 1945) A la misteriosa. Santiago de Chile: Descontexto, 2016, pp. 67-71. Traducción de Silvio Mattoni.

lunes, 9 de diciembre de 2024

philip larkin / escribir poemas


Sería apropiado, tal vez, devolver el alentador cumplido que los seguidores le hicieron a The Whitsun Weddings (Casamientos en pentecostés) con una anotación detallada de su contenido. Sin embargo, y desafortunadamente, hay poco que agregar a lo que ya dije: que esos poemas fueron escritos en o cerca de Hull, Yorkshire, con una serie de lápices Royal Sovereign 2B, entre los años 1955 y 1963. Creo que el efecto que traté de lograr en cada caso está bastante claro. Si fallé en ciertas ocasiones ninguna anotación marginal podrá ayudarme ahora. En adelante, esos poemas pertenecen a sus lectores, quienes a su debido momento dictarán sentencia olvidándolos o recordándolos.

        Si hay algo que decir, debería ser sobre los poemas que uno escribe, los cuales no necesariamente son los poemas que uno quiere escribir. Hace algunos años llegué a la conclusión de que escribir un poema era construir un dispositivo verbal capaz de preservar una experiencia de forma indefinida a través de su reproducción en cualquiera que leyera ese poema. Como definición de trabajo me pareció lo suficientemente satisfactoria como para permitirme escribir mis propios poemas. No obstante, en la medida en que sugería que todo lo que uno debía hacer era elegir una experiencia y preservarla, era bastante simplista. Hoy en día nadie cree en temas “poéticos”, no más de lo que se cree en una dicción poética. Sin embargo, cuanto más lejos avanza uno, más se convence de que algunos temas son más poéticos que otros, al menos porque se escriben poemas sobre estos mientras que sobre otros temas no. Al principio uno escribe poemas sobre cualquier cosa. Más tarde, aprende a distinguir algo más, aunque todavía cometa muchísimos errores que lo hacen perder tiempo. Lo cierto es que mi definición de trabajo define bastante poco: no da cuenta de ese elemento necesario de distinción y no explica la precisa naturaleza de ese encurtido verbal.

        Esto significa que la mayor parte del tiempo uno se dedica a hacer, o a tratar de hacer, algo cuyo valor es dudoso y cuyo modus operandi es impreciso. ¿Puede uno sentirse dichoso del todo con esto? Ya desaparecieron los días en los que uno se definía como el sacerdote de un misterio: hoy, misterio significa ignorancia o paparruchada, ninguna de las dos cualidades está de moda. Sin embargo, escribir un poema no es, después de todo, un acto de voluntad. Lo que hace bueno a un poema no es un acto de voluntad. Por consiguiente, los poemas que efectivamente se escriben pueden parecer triviales o menospreciables comparados con aquellos que no. Pero los poemas que se escriben, aun si no son del agrado de la voluntad, sí le agradan, evidentemente, a ese algo misterioso al que deben agradar.

        Esto no quiere decir que uno se la pasa escribiendo poemas que su voluntad desaprueba. Lo que significa, al contrario, es que entre los componentes que intervienen en la escritura de un poema debe haber una veta de extraña gratificación personal –casi imposible de describir si no es en estos términos–, la presencia de aquello que tiende a anular cualquier tipo de satisfacción que la voluntad podría sentir frente al trabajo terminado. Sin este elemento de interés propio, el tema, aunque sea digno, puede irse a la deriva y ser olvidado. La cuestión está llena de ambigüedades.  Escribir un poema es un placer: a veces lo pongo a competir, deliberadamente, en el mercado –por decirlo de algún modo– con otras actividades de ocio, sobre la base ostensible de que si escribir un poema no es más entretenido que escuchar música o salir por ahí, no será entretenido leerlo. ¿Pero no está ocultando esto, quizás, una objeción subconsciente a la escritura? Después de todo, ¿cuántos de nuestros placeres resisten nuestra reflexión sobre ellos? ¿O se trata sólo de una pereza oculta?

        Que uno se preocupe sobre esta cuestión depende, en realidad, de si uno está más interesado en escribir poemas o en descubrir cómo se escriben. Si es lo primero, entonces tales consideraciones se vuelven otra dificultad técnica –como el ruido que hacen los vecinos o el propio temperamento– paralela a las dudas de un clérigo: uno debe continuar a pesar de ellas.  Al formularlas, creo que uno está buscando alguna justificación en el producto terminado para los sacrificios que hizo en su nombre. Puesto que es la voluntad la que busca, es poco probable que encuentre alguna satisfacción. El único consuelo en todo este asunto, como en casi cualquier otro, es que con toda probabilidad no había ninguna opción.

[1964]

***
Philip Larkin (Coventry, 1922-Kingston upon Hull, 1985). Traducción de Santiago Venturini. Hablar de poesía.

lunes, 2 de diciembre de 2024

maria gabriela llansol / camino sobre la escritura como sobre las aguas (extracto)


4 de marzo de 1972, sábado 

Me ha pasado de nuevo: 
Me gusta perdidamente escribir (y perderme ahí). 
No me gusta leer. 
Me gusta escuchar música como si yo misma escribiese en ella. 
Ya  no  consigo  disociar  la  lectura  de  la  escritura  (si consiguiera  ver  el texto mientras se produce, volvería de nuevo el placer de leer).  
Ya no consigo leer sino escribiendo. 
Si deseo ser reconocida como escritora, no es por soberbia. Es para que otros puedan testimoniar que escribir es la fuente de mi placer.

11 de junio de 1972 

En el principio era la palabra. 
“Labra” - Termino de la propia palabra. 
Parole – rô-le, un papel que se representa.  
Lo que lleva la palabra a hablar es el deseo
La palabra es un juego de no y de aceptación. El no lleva a la esperanza de una aceptación, como la aceptación es ya el principio de un próximo rechazo.  

La palabra es una escritura del cuerpo, es una contabilidad del cuerpo. 
En cuanto hablamos, el otro levanta vuelo, porque mi pensamiento se corta para dejar hablar al otro (esto pasa realmente).
La palabra es la escritura de mis deseos y de mis conflictos. 
Cuando hablo, corro; el habla no es una lengua. A través de ella desvelo el código íntimo de mi cuerpo a aquellos que están disponibles y pueden hacerlo.  
El habla es un vuelo y una violación del pensamiento, del otro. 
La palabra es como una plaza común a la que dan todas las puertas del cuerpo – puede a través de la articulación reunir varias sensaciones. 

El cuerpo a cuerpo me obliga a hablar del cuerpo a cuerpo. 
Saber hablar es una forma de saber escuchar. 
Poder libidinal de la palabra. 

s.d. [1974?] 
Poner los libros encima de la mesa, apilados, es la sobreimposición de paisajes.  
La importancia que doy al Libro,  a  la  escritura  que  hace  el Libro, es la importancia que doy a la  Revelación  contenida  en  el Libro. 

15  de  agosto  de  1974,  media noche 
Cuando  la  nostalgia, diez años después de haber partido de mi país, me pareció el eterno retorno, tuve, en una noche, la idea de que era necesario encontrar mi máquina de hacer infancias. Poco a poco fui siendo consciente de que tenía afinidades con muchas situaciones y civilizaciones: la civilización de los mayas, la tibetana, la hindú, la condición del ser Sol, claridad, escritura, animal, canto.  
A los cuarenta años el pasado se amplifica y  pierde los límites. Se sobrepone al futuro, que emerge ya en el ciclo del tiempo. No es mi futuro, sino el de la comunidad de las cosas y de los humanos. Entre mis ojos y la mano que escribe se extiende mi cabello casi hasta el viento,  cubierto por el chal negro. Como un diccionario es bello, en él están depositadas las palabras con las que hablo de Eckhart, de N., de Ana de Peñalosa, del oso. En él están depositadas las palabras con las que ellos me escriben. 

Si yo pudiese ser ritmo saldría de casa, en esta noche.  

8 de junio de 1975 
Me doy cuenta de cómo es la escritura, un tejido de deseos por el que nos movemos, lucha entre lo establecido y los recuerdos que quieren liberarse en el archivo del texto.  

Escribir, para  mí, es escribir. Cuando escribo historias no me expreso. Y, finalmente, escribir es hacer una cosa con mis manos. Mis manos forman cosas, que salen de mis manos, de mi pensamiento, de  mis recuerdos. Escribir es aprender a escribir. Escribir es un trabajo difícil, es hacer cosas que, a veces, no me gustan.   
Así, las lenguas, sean francés, flamenco, portugués, no importa cual, respiran todas el mismo aire: espacio total a descifrar, transformación de lo que experimentamos a través de la palabra, la memoria despierta, la explicación directa o metafórica del deseo. Es sonido, oído, mano, todos los campos del saber, concepción de muerte o de vida, lucha entre la demanda de sentido que devora y la gramática que, a veces, la preserva para regurgitarla.  

(...)
***
Maria Gabriela Llansol (Lisboa, 1931-Sintra, 2008). "La escritura, un tejido de deseos por el que nos movemos", en Lectora: revista de diones i textualitat N° 19 (2013), pp. 207-224. Traducción de Diego Giménez.

lunes, 25 de noviembre de 2024

héctor hernández montecinos / notas para kors


Adivino, a partir de su prodigioso arte, la expresión concentrada de su rostro tenso. Inteligiblemente puedo discernir el esquema que determina la perfecta conjunción de movimientos y gesticulaciones que la música del radio convoca en el campo visual de mi mente.

Salvador Elizondo

·
Deseo recordar lo que escribiré después de esta palabra. [Texto perdido]
·
Lo que encuentro son retazos de lecturas en retazos de libros escritos en retazos con retazos de palabras acumuladas en retazos de mi vida.
·
Vuelvo a escribir después de un largo tiempo. Me siento inseguro y no se me ocurre nada más que acotar los marcos de referencia hasta despojar al poema de un algo.
·
Como si se tratase de un sueño, imágenes sin comienzo ni fin, pura alteración.
·
Trabajar la oscuridad o la lucha entre el blanco de la página y la luz del sol que cae sobre ella. Un círculo sobre un rectángulo imprimiendo la mirada de un ángel.
·
Escribo. Reescribo. Transescribo. No se puede evitar, el tiempo es lenguaje. Palabras arrojadas del cielo de la mente.
·
Escribo con los ojos cerrados, al olvidarme del mundo, desde la muerte en vida. Afuera de mi mente no hay palabras, pura visión.
·
Olvidarse de todo. La realidad finge no hacerlo. Me río de lo que en mi vida ya no existe.
·
El autor se escribe (con la muerte)
·
Repetir hasta olvidarse. Allí el lenguaje se multiplica en su aparición.
*
Acumular todo lo que se ha olvidado. Suprimir y hacer necesario lo que quedó de una línea, de una línea imaginaria.
·
La imaginación es el tercer ojo, escribir esto es ponerle música a este sueño, Kors.
·
Escribo este libro en medio de un largo viaje que es una larga noche; todo lo visto ha desaparecido y ese es el chiste. Ver estas palabras no es leerlas. Un acertijo en bitácora.
·
La página siguiente es una página invisible.
·
Sólo saben leer quienes no acumulan nada.
·
Un libro solamente existe para destruirse a sí mismo. Todo génesis es un apocalipsis, toda oscuridad es luz en una oscuridad mayor.
·
La instantánea de un cambio es la eternidad. ¿Por qué escribir?: sólo sé decir que todo lo que se fue nunca existió.
·
Una palabra está compuesta por las letras de otras cientos de palabras. Esquivar, equivocar. Una atmósfera es mediocre si quiere perpetuarse en los siglos propios y ajenos.
·
Un instante. Eso es.
*
El libro mira a sus lectores, los tolera, los soporta.
·
Una biblioteca quemada, arde. Sigue su instinto de destrucción.
·
Del paisaje natural fijarse en las rocas. Seguirán allí rumbo a su propio silencio.
·
La ciudad está tranquila después del día de muertos. Un árbol se mueve más que toda ella. Se oye a lo lejos el silencio y acá la voz de un sueño que exclama: “Mi mente fue arrasada por un huracán de poemas”.
·
Dos versiones: Ficción o muerte. I: Desaparición de algo que nunca existió y II: Desaparición de algo que siempre existió. La destrucción es una forma fascinada de escribir. Un deseo secreto respecto a lo estúpido de la vida.
·
Insisto en escribir a equivocarme. Pienso en los cazadores y recolectores ¿Quién inventó el libro? El autor asesina lo que no es suyo y guarda lo que hay de sobra.
·
Repugnancia por cierta gente. Escaparme ahora y aquí. Fugitivo se es cuando la vida te ama.
·
No estoy obsesionado con nada, salvo con mi mente. La escritura es una necesidad de los árboles y de los monos para llegar al cielo, ese es su secreto personal.
·
Avanzar en la idea de una escritura neutra. Quiero decir: olvidarse de un hecho es esencialmente estar frente a un misterio que inspira. Es una buena idea, la fiesta debe morir.
·
Escribir fuera del tiempo, sin la tentación del presente. Crear es olvidarse de lo humano, como esa sonrisa en la boca de Dios cuando dice que es amor.
*
Suponiendo que esto sea un poema, una prueba de que ya no me acuerdo de lo que quería decir ¿Existe aún? El work in progress no existe.
·
Tratado. Un intento que ya fue. Fascinación. Sólo notas dispersas. Un poema que era otro y no éste, pero el olvido ha sido quien ha escrito, la muerte me utiliza.
·
Trato de morirme y aparecen más palabras como moscas. Descomposición.
·
Estas notas son para Kors, al menos eso siento ahora. Notas casi musicales de una composición de autor a modo de una buena o mala racha que se reitera como recurso literario.
·
Pienso y leo lo que voy escribiendo, anotaciones que podrían leerse u olvidarse en cualquier orden; textos que conforman este poema que a la vez conforma “El machote de mi vida” que a la vez conforma Traga que a la vez conforma Debajo de la Lengua que a la vez conforma Arquitectura de la Mentalidad que a la vez conforma estalactitas de mí.
·
La ficción y la muerte son incompatibles. Pero aun: la ficción es lo que me ha tocado vivir para que la muerte crea ser un viaje hacia otro lado.
·
Hojear, ojear son lo indicado para contemplar el inicio del otoño de la vida que son los casi treinta años. Todo lo pasado fue imaginación o un mal poema.
·
Entre lo acumulado hasta aquí sólo hay repetición y equivocaciones, un modo de caos. La ciudad está serena y mi espíritu invadido por el viento que produce el paso de una hoja a la otra.
·
En el interior de esta casa todo es imaginario, los árboles, las calles, los autos, las nubes, todo lo que se mueve con ese viento.
·
Dudo sobre seguir escribiendo. Es intrascendental y eso me alienta a escribir hasta la eternidad.
*
No tomo en cuenta a mi voluntad. Renuncio a ella: me gusta algo sólo porque me gusta. Así vivo, atento al abandono de las cosas.
·
La mente produce ruidos al funcionar, es decir al pensar incluso en el sueño que es cuando las ideas tienen forma y color.
·
No sé si exista el no pensar, de ser así la escritura es un llamado. Quiero decir: mi mente me da empleo. El pensamiento no piensa, la escritura no escribe. Está bien, se cree que se existe.
·
La música es un eructo del espíritu.
·
En la música de hoy sólo escucho repetición, que es comprobar la importancia de lo menos importante. Kors lo sabe.
·
Me he propuesto rellenar mi futuro inmediato con estas palabras, y mejor si el tiempo da vuelta con todo.
·
¿Es contradictorio hacer algo para nada? Sí y no. Entre ambas no hay distancia. El secreto es real sólo cuando alguien lo destruye.
·
La ficción de la escritura es una mano autómata manchando un papel con libre albedrío. Sus errores son aciertos y los aciertos los países en un mapa de un mundo paralelo, para leerlo.
·
El arte de mirar las letras, sin leerlas, es un pleno ejercicio reservado a los que odian la acumulación como yo. Un libro es leído cada vez que alguien lo arroja a la basura mental.
·
La exactitud es una forma de mala puntería en el blanco.
*
Alguien me dice: “Voy a cortarte el...”. Es una buena demostración de que nada sobra al escribir, ni siquiera eso.
·
No hay anécdotas, la escritura no se deja sorprender por la ordinariez de la vida.
·
¿Por qué no terminar acá y empezar de nuevo mañana?
·
No hay comienzo ni término. Se repite un mismo error y eso es estimulante. La imposibilidad de inventar se soluciona con la mirada.
·
La ficción hace secreto lo que era eterno. Lo demás es pura mala voluntad.
·
Las visiones del espíritu no importan hasta que el futuro arrase con todo lo que creíamos era posible. Un huracán de poemas se llevó mi párpado izquierdo.
·
Obviamente: leo lo que escribo y veo que no hay nada más que palabras, un tanto de negligencia y un final que no tiene ganas de comenzar.
·
No quiero escribir un poema, sólo quiero verlo. Sin embargo para verlo lo debo escribir. Hace mal a la vanidad, debo acabar.
·
La escritura es la escritora de todo esto: se ha posesionado de todo lo que yo odiaba de mí. Me escribe y yo soy para ella una mera mano.
·
Todo aquí habla de allá, de otra cosa.
*
Olvidarse de todo es un modo de suicidio simultáneo: la vida se esfuma mientras más se vive ¿Es una muerte que nace del sentido revelador de la vida? Los días pasan como las nubes, el cielo sigue intacto.
·
La catástrofe que significa todo esto es una forma de llegar a una meta, un origen de algo sumamente desconocido, sublime.
·
El poema se exhibe desnudo y su ostentación escandalosa es su miseria.
·
Escribo sobre un tema que no recuerdo, busco en mi mente detalles de las imágenes y sólo está la sensación de que algo falta. Hay huellas y marcas de lo que ya fue, no están en mí.
·
Me resulto ajeno incluso yo mismo. Lo contrario de estar muerto.
·
Escribí todo esto ya antes, pero ahora quiero verlo en mi mente. El papel hace lo suyo, el tiempo se llevó lo mío.
·
Alguien vigila todo esto, preguntarse quién es el que junta letras, las mira o las lee según una orden recibida.
·
Sacerdote del secreto total. Una ficción de una amiga que me hace decir que si hay que elegir entre vida o muerte, ya es muerte.
·
Se es escritor por los errores cometidos. Las cualidades literarias están de más.
·
¿Cuánto podré avanzar escribiendo esta noche?
*
El sentido del humor es el sentido de la vida, dice Kors. Líquidos en el cuerpo y el espíritu. Música de sí.
·
He descuidado todo lo que era importante. Las letras dan luz y sombra, un poema puede ser el sol o las tinieblas.
·
Que se escriba lo que nadie habría de escribir.
·
Que la estructura sustituya a la historia, que la historia sustituya a los personajes, que los personajes sustituyan las situaciones, que las situaciones sustituyan los significados, que los significados sustituyan su referente, que el referente se sustituya por una nube cargada de lluvia.
·
La distancia de esta ciudad consiste en lo urgente que hay entre su fundación y su destrucción.
·
Ciudad, lago, nube, águila, serpiente, cactus, lo que seas.
·
Ciudad que resplandece de noche. Bosques humanos invisibles.
·
También, ciudades cuyas ruinas son su único monumento.
·
Ciudad en ruinas, aunque del presente que significan doscientos años, creciendo día a día. País: color imaginario de un mapa.
·
Se oye el lápiz sobre el papel, se siente el viento al cambiar de página.
*
Mapa y poema son estruendo en forma de rectángulo, una expresión misteriosa de la redondez quebrada.
·
Dudo que el rectángulo no sea un cubo. La mirada de un ángel es el tiempo de una nota musical. Escucho el más alto silencio.
·
Abstracción. Imagen de la imagen de la imagen.
·
El humor y el horror se incluyen desbordados.
·
Escribir, dios mío, contra el tiempo. Todo se destruye a mi alrededor y a lo lejos hay un bosque y sobre él una aurora boreal. Es la entrada a mi fin. No dejo de pensar en eso. Está todo escrito.
·
La realidad es un llamado para dejarse llevar por lo que la escritura sueña despierta. Dentro de mí algo se va, pero algo también llega.
·
La vida humana teme a las convenciones. Los cobardes temen al qué dirán. La escritura es mi única libertad para que la idiotez del mundo no me entre por los ojos de la historia.
·
Me vigilo al soñar. Cazadores y recolectores salen a mirar mi cuerpo tendido en el bosque. Hay una irresponsabilidad caótica de figuras y sonido. Estás tú.
·
El deseo de que todo se destruya es la culpa por escribir. Ser ajeno a uno mismo hace bien.
·
La vida está destinada a continuar dentro de los libros: todo lo que es ya fue. El bosque está lleno de peligros. Palimpsesto destinado a una nueva vida.
*
Ver una historia a lo lejos que se trataba de uno mismo.
·
Ver a todos los que tienen que ver con esta historia, pero sepultados por palabras.
·
Sigo avanzando y mueren ideas y ganas de decir ciertas cosas. La rapidez de la escritura es como expresa su deseo.
·
Este libro exige nacer. Quiere dar a luz. O él o yo.
·
Notas, retazos. Parte de mi segunda trilogía de tres. Aniquilo el secreto al escribirlo. Un trozo de mi vida, es precisamente lo que quedará como desperdicio. Un pentagrama vacío.
·
Escribir para Kors, un tanto atemorizado de que el huracán se lleve absolutamente todo y el polvo sepulte mi mente.
·
La mano es sangre, el papel es árbol, la tinta es océano. Todo lo que hay alrededor es vacío.
·
Me dejo tentar. Es de noche y nadie viene.
·
No me da miedo haberme equivocado. Era lo que había que hacer. Estoy solo y alguien me mira desde lejos. El delito es no querer ver.
·
Encerrado en mí mismo todo me fue imposible, puesto que escogí al más próximo de mis semejantes.
*
Reunir todas estas ideas, palabras, visiones como masas sonoras yuxtapuestas, confundidas en este borrador que es mi vida.
·
Esto no se termina, comienza. Tu silencio me hace hablar solo, me hace escribir este poema.
·
Mi enemigo soy yo y escribo todo lo que su soberbia me aterroriza.
·
Nada hay, sólo universo mental.
·
El caos es perfecto en su error y luz.
·
Escribo sobre nada, me escucho.
·
Escribo. Algo se oye en el caos.
·
Lentamente amanece: me siento enfermo. Todo está enfermo. La luz y la tiniebla en este preciso momento son lo mismo. Se escucha lo lejos que estás.
·
Escribir estas notas para todos ustedes, fantasmas. Les escribo porque no sabrán lo que quise decir debajo de estas palabras. Estoy en el momento de renacer o morir que son la misma cosa.
·
Creo que acabo. Escucho como mi vida se va borrando de mi mente impidiéndome la ordinariez de ser feliz. Se cierran los ojos del sueño y sólo quiero oír el luminoso silencio. Kors, escribo con palabras que nunca lo fueron.

***
Héctor Hernández Montecinos (Santiago de Chile, 1979). acheache, blog personal del autor.