Llegué a estas conclusiones cuando me di cuenta de que todas las artes me pertenecen más o menos por igual, o al menos siento que les pertenezco por igual. Hace más de 20 años - provoca cierta impresión cuando alguien de 40 años dice esto - llegué a los principios que llevan al hombre a la búsqueda de la palabra exacta, a la poesía y a la prosa, pero ahora me doy cuenta de que percibo las demás expresiones estéticas que el mundo ofrece y que he aprendido a reencontrarme cada vez con más. Siento la música palpitando en mi pecho como un latido inconexo y confieso que tengo que mantener las distancias con los instrumentos musicales a propósito, ya que bastaría una chispa para encontrarme dedicando a ese teclado (o a otra cosa), un tiempo no especializado, que debería, para decirlo sin rodeos, quitarle a mi escritura. Tiempo, en verdad, ya demasiado limitado incluso para este arte que se coló furtivamente en mi carne, dejando allí su huella salvífica y mortal cuando el aire de los bosques aún no pesaba sobre las sombras que se agolpan en mis sueños.
Por tanto, soy consciente de la limitación de tiempo que me dificulta intentar la hazaña y aprender algo más como me gustaría, para luego poder expresarme honrando y glorificando el arte sin burlarme de él como parece que los hombres en este nuevo milenio han decidido hacer a menudo. Todo esto me sugiere, al menos por ahora, dejarlo estar, no dejarme embelesar, si no es por mera curiosidad, por lo que no poseo, evitando barajar las cartas, corriendo el riesgo de no contar, más adelante, de la manera más alta y eficaz posible, lo que me interesa de vez en cuando. Confieso, sin embargo, que la tentación es fuerte, y si mi vida no hubiera sido la de un vagabundo, obligado a trabajar el triple que muchos otros hombres a los que podría calificar de más afortunados que yo en cuanto a bienes materiales, tal vez daría inmediatamente rienda suelta al desarrollo de nuevos impulsos. Creo que podría expresarme incluso mejor que con las letras a través de pinceles y cinceles (como hacía de niño en aquel taller de carpintería nuestro que siempre vuelve): me doy cuenta de ello por la suave locura que me asalta si veo colores, un lienzo o virutas esparcidas, que ya en mis ópalos mil matices se superponen, capaces de dar voz a la inmensidad de un agudo espejo interior.
Tiemblo si veo a alguien bailar o cantar o diseñar un objeto -porque el diseño es arte, en contra de lo que muchos dicen-, igual que tiemblo ante un fotógrafo o un director que lo ven todo de forma distinta a como otros se engañan a sí mismos para verlo. Me basta con cerrar los ojos para darme cuenta de que dentro de mí hay visiones sublimes que podrían trasladarse al escenario, si tan sólo aprendiera a manejar una cámara, a crear un efecto, a encender los restos de una vela con una palmadita o a balancear un columpio sin empujarlo.
Confieso el vacío insalvable que sentí ante las artes que no aprendí, y no prometo que algún día no me vea cubierto por capas distintas de la que ahora llevo. Pero aunque nunca lo haga, como bien me sugiere la razón, sé que un artista es aquel que sabe que puede llevarlos decentemente todos, esos mantos multicolores en los que solemos envolvernos para huir del sol que querría fundirnos en un solo color o del frío que haría de nosotros estatuas para su museo marino sin sal. A un ser así se le llamaría un «Artista Total», o un «Artista» con mayúsculas -por fin, pensaría yo-, es decir, aquel que es capaz de contar el cuadro utilizando todas y cada una de las notas musicales.
Esto, en retrospectiva, ocurrió con frecuencia hace años -cuando ya tenía la suerte de ser acogido por auténticos Maestros-, aunque entonces aún no me había dado cuenta, ni mucho menos, de la sabiduría de quienes me mostraron el camino. Pero hoy, que yo también tengo algunos cabellos blancos, todo me resulta de repente terrible y maravillosamente semiclaro. Esto, por un lado, me entusiasma y, por otro, me sume en el desánimo. El desánimo surge de la idea de que una vida no bastará para aprender lo que me gustaría, y me quedo sin aliento, sintiéndome prisionero de los límites del tiempo o de la inmensidad del campo.
Vuelvo a la figura del médico que pedí prestada con audacia: muy seguido en el pasado me había preguntado cómo podía especializarse, abandonando así radicalmente los otros ganglios del mismo cuerpo. Ahora lo sé: elección dolorosa, necesaria, tal vez, para sobresalir, antes de unir fuerzas con los demás... Y si esto se aplica también al arte, ¡será la unión la que nos dará el Artista total que buscamos!
Ni un poco me consuela este pensamiento: especializarse significa crear eminencias sectoriales, permitirnos dar lo mejor de nosotros mismos a los demás, dada la escasez de tiempo, y nada nos impedirá, entonces, unirnos para dar al mundo, aunque no satisfagamos plenamente los impulsos personales que tal vez en el arte, a diferencia de otras esferas, tengan todavía una razón de ser. Hay que añadir, sin embargo, que incluso en la misma rama del arte sentimos, en efecto, necesidades diferentes: no es casualidad que, a menudo, permaneciendo en el ámbito literario, escribamos poesía, luego teatro, no ficción, aforismos, etc.; y me pregunto, de paso, por qué no nos especializamos, entonces, en un solo subgénero, siguiendo así la misma lógica de los límites que impone la mujer enlutada con la guadaña lista o los límites prácticos de la especialización. En este último caso, en cambio, nos dejamos llevar, seguimos el instinto y el impulso que nos llevan ahora a un verso, ahora a una prosa: amarilla, negra, rosa. Tal vez esto ocurra porque, en los casos mencionados, se dedica menos tiempo a aprender algo diferente que sólo requiere un pequeño salto: desplazamos nuestra atención, en tales circunstancias, hacia temas que tienen una etimología en común.
¡Es un asunto espinoso! La guerra en mis propias manos. El entusiasmo, de hecho, nace de la constatación de que todo viaje tiene un destino codiciado, pero que igual de valioso puede ser el camino que conduce hasta él. Destinos sin viaje son los de los recomendados, que de repente se encuentran donde no saben dónde estar y que no se dan cuenta de lo valioso que sería llegar moviendo cada piedra del camino que conduce a la cima, llegar a ella y no sufrir el vértigo de la brusca cumbre, y saber que han adquirido el mapa necesario para el casi inevitable descenso.
Por tanto, no debemos ser voraces, saboreando el plato con todos nuestros sentidos, descubriendo tal vez otros nuevos en nuestro interior. Las artes que no conocemos son el alimento que nos vuelve glotones, de las que a veces saboreamos pequeños bocados que en cada paladar generan exhalaciones...
No, no seré voraz y no permitiré que el abatimiento del infantilismo me impida saborearlo por exceso de ansia. Tendré que ser paciente y contentarme con esa parte del mundo que puedo ver. Y paciencia si luego tengo que volver a esos mismos lugares: aprenderé a mirarlos de nuevo y a encontrar en ellos otros detalles míticos. Esta es la magia salvífica del arte que nos permite «satisfacer» todos los paladares aunque sólo sea con nuestro plato favorito, aquel que elegimos o que nos sucedió y que hemos aprendido a amar y al que, sobre todo, nunca querríamos renunciar.
Respuestas, estas respuestas parciales son vagamente consoladoras. Me siento pequeño e impotente ante mis gigantescos impulsos que me empujan ineluctablemente hacia otras orillas. Pero es de acero saberme contento con el continuar este viaje sabiendo que, al fin y al cabo, la etapa intermedia es un destino en el que uno puede permanecer y, aunque inmóvil, poder desde allí seguir indagando, vagando, creando, soñando... Al fin y al cabo, el Universo mismo nunca podrá ser conocido en su totalidad, aunque nos gustaría, y no nos sentimos postrados ante tan insalvable carencia.
Debemos abandonar toda creencia en poder captar verdades unívocas y objetivas de una visión. De cualquier verdad sólo es posible captar fragmentos y siempre observada desde puntos de vista subjetivos y por tanto únicos e irrepetibles, ya que el espacio y el tiempo serán inevitablemente diferentes para quien desee repetir la experiencia.
Hay que hacer también una reflexión sobre el tipo de arte que se está desarrollando en nuestra sociedad, teniendo en cuenta el cambio en la comunicación y las nuevas propuestas artísticas que a menudo son extravagantes y tienden a nivelar hacia abajo. Si aceptamos, como he oído a muchos movimientos artísticos, no sólo a los de los jóvenes, que todo puede ser «poesía» (un juicio crítico de belleza absoluta, aplicable a todas y cada una de las artes), lo que ocurre es que la «poesía» corre el riesgo de degradarse, es decir, de dejar de ser lo mismo, el resultado de un determinado estudio, como era en siglos pasados, para convertirse, ahora, un conjunto de sugerencias y efectos que, en verdad, son frutos muy alejados de lo que exige el Dios de los artistas, contado a través del riguroso evangelio que los hombres inspirados nos han transmitido a lo largo de los siglos. Y entonces: ¿sería realmente una poesía tan desatinada lo que queremos y necesitamos? Tal vez, una vez más, deberíamos volver a partir de los clásicos, en lugar de dar crédito a las nuevas modas que tienden a querer imponer, prepotentemente, su visión del arte, unas veces hija de intuiciones extemporáneas que carecen de base sólida, otras hijas de la arrogancia de quienes quisieran reinar por derecho de nacimiento.
El nuevo milenio, que se suponía iba a traer riqueza, paz y seguridad para todos, ha resultado ser muy problemático: vivimos un periodo histórico tremendo en materia de comunicación (evito entrar en otros campos, donde el drama sería mucho mayor...). Las redes sociales -cuya verdadera revolución no habrá sido descubrirlas, sino conseguir deshacerse de ellas- llevan la delantera y han dado voz a quienes habitualmente tienen poco o nada que decir, silenciando, a su vez, a los hombres más sabios y animosos, cohibidos por el caos general. Una sociedad que parece en demasiados aspectos neomedieval, como atestigua el incontable ejército de quienes, a pesar de tener la suerte de contar con un trabajo más o menos estable, no pueden, o apenas pueden, llegar a fin de mes económicamente (es decir, que nuestros Estados se autodenominan así y no son realmente civilizados). Habría que profundizar en todos los campos, pero aquí nos limitamos claramente a debatir sobre la Poesía, conscientes, sin embargo, de que al final sigue correspondiendo a los artistas esforzarse por mostrar el camino.
Pero, entonces, ¿qué es lo que la poesía, entendida ahora como texto literario en verso, puede proponer en nuestro escenario contemporáneo? Fundamental, decía, sería volver a partir de los clásicos, de una vez y para siempre. Quienes han tratado de innovar, en todas las artes, olvidando la tradición, han creado, en su mayoría, una revolución efímera y a menudo menos innovadora que la de los artistas que vivieron en siglos anteriores. Aquellos artistas que, por el contrario, absorbieron las enseñanzas de sus padres y luego intentaron mejorar el producto estético o desnaturalizarlo o crear otros nuevos, conociendo así lo que se había hecho antes, fueron en verdad más capaces de innovar que aquellos que habían proclamado la necesidad de una tabula rasa (piénsese, por ejemplo, en el movimiento futurista comparándolo con el movimiento imagista de principios del siglo XX).
En efecto, no hay innovación sin conocimiento y sin la lucha denodada que toda propuesta requiere para subvertir una institución. Los textos en verso -pero esto es aplicable a todas las artes- deben enfrentarse a los fenómenos actuales de globalización, que han puesto al alcance de todos un conocimiento más amplio de lugares, saberes, tradiciones, lenguas, etc. Todo esto debe tenerse en cuenta. La nueva poesía se nutrirá fácilmente de los textos de los demás porque la posibilidad de «apropiación» es hoy inmediata. Pensemos, por ejemplo, en cómo Eugenio Montale, lejos de ser probablemente inocente y de buena fe, se dejó influir por Thomas Stearns Eliot en lo que respecta al concepto de «impersonalidad» o a la técnica del «correlativo objetivo», cuando conoció las innovadoras composiciones de Eliot, recién impresas y traducidas, que el profesor Mario Praz le mostró con entusiasmo, sentado en el Café Literario Giubbe Rosse de Florencia, recién llegado de uno de sus constantes viajes desde la Isla de Albión. Hoy en día es imposible «esconder» la propia obra para que decante lo suficiente como para hacerla verdaderamente propia a los ojos del mundo, por lo que es justo tomar nota de ello y convertirlo en una ventaja, o desventaja, general. La poesía que se escribe en nuestro presente está llena de influencias (que no son mera angustia) como nunca antes. Sobre todo, está llena de calcos de elementos nuevos que acaban de ser impresos por artistas que a veces viven al otro lado del globo y que tal vez no conozcan nuestra lengua, ni puedan imaginar quién se apropiará y camuflará al instante esos versos, haciéndolos suyos. ¡Eso está bien! ¡Seamos conscientes de ello! ¡Y tengamos el valor de decir que esto ocurre!
Pero volvamos a las necesidades básicas. La poesía requiere un tejido vivencial tanto como imaginación y sentimiento, pero sobre todo requiere estudio. Estamos hartos de poetas que no tienen nada que decir, y menos que enseñar, y que siguen vertiendo sobre el papel fantasías mal reelaboradas lingüísticamente, a menudo extraídas de una cotidianidad estéril carente de todo valor artístico, es decir, de esas necesidades primarias que implica la poesía y el arte en su conjunto. Por encima de todo, la poesía necesita talento bien cultivado a través de un estudio intenso capaz de potenciarlo. No hay arte que surja de la nada o, mejor dicho, no hay arte ni talento que no se beneficie de un ejercicio preparatorio, de un estudio constante.
Propongo también una reflexión sobre una cuestión que surgió con la concesión del Premio Nobel de Literatura al cantautor Bob Dylan; y sería «fácil» y poco generoso decir que no fue una elección feliz, aunque confieso que no estuve de acuerdo con ella. Sin embargo, quizá deberíamos tomar nota de que la razón más probable para conceder tal premio a un cantautor hay que buscarla en la modesta producción poética contemporánea.
Pero dejemos a un lado estas consideraciones y volvamos la vista atrás. Antonello Pelliccia, que concibió conmigo este viaje interdisciplinario entre las artes, añade lo siguiente para indicar el claro camino que el Centro quiere trazar y también para aclarar las motivaciones que lo impulsan: