lunes, 24 de agosto de 2026

rolando revagliatti pregunta / patricio torne


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Bowie me salvo de muchos males. Quizá porque en Helvecia, el pueblo litoraleño donde nací y pasé mi infancia, parecía no haber otra alternativa que el chamamé y la cumbia como música sonando en la radio y las fiestas del vecindario, es que haberme encontrado con la figura, las canciones y la voz de David Bowie, fue un tremendo mazazo a mi espíritu que ya se percibía absolutamente diferente al de todos los pibes del lugar. Yo quería ser él, su figura andrógina, sus ojos diferentes el uno del otro, y sus canciones que, por supuesto, no entendía de que se trataban, pero sus títulos me bastaban para hacer mi propia versión de cada una de ellas, eran el horizonte de un mundo que me llamaba cargado de extrañezas que, con el tiempo me di cuenta, eran la poesía, la teatralidad y la originalidad artística ante un mundo que cada vez se iría volviendo más perverso. Bowie me llenaba la cabeza con cosas Interespaciales y yo viajaba y me encontraba con extraterrestres con los que compartía mis sueños. Recuerdo que el 72 fue un año que marcó un punto de inflexión en mi vida, terminé el secundario y me fui de casa, salí al mundo acompañado de “Starman” entre las cosas fundamentales que cargaba, esa canción sonaba intermitentemente en mi cabeza, y no dejó de hacerlo, aun en los momentos en que la vida me mostró su lado mas cruel. En soledad, con frío, esa canción me acompañaba; recorriendo el país, me acompañaba; en la militancia dentro de una organización revolucionaria me acompañaba; en la cárcel y en la tortura me acompañaba, hasta que un día, sin darme cuenta, la reemplacé por otra que todavía me acompaña. Esa canción es “Héroes”. Si, Bowie me es inevitable. En el mismo pueblo de donde me había marchado, yo estaba con libertad vigilada, habían pasado 10 años desde mi partida, y en la radio escuché “Héroes” y fue otra revelación: todos podíamos ser héroes por un día, y cargado de la energía que esta canción me daba, decidí partir otra vez, y todavía, aún sin moverme de la ciudad en la que elegí plantar residencia, sigo viajando acompañado por Bowie. Aun en la vejez escucho sus discos y bailo o escribo al ritmo de su música. Bowie, puedo decirlo, me salvo de muchos males.

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Patricio Torne (Helvecia, 1956). Envío de Rolando Revagliatti.

lunes, 27 de julio de 2026

rolando revagliatti pregunta / oscar a. agu


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Cuando vi por primera vez, y no en directo, una obra de Velásquez quedé impregnado de esa luminosidad que emana de ella. Al recorrer otras, réplicas, tuve la misma sensación. Si algo quedó en mí, un joven de 20 años, fue esa luz.
Años después, en una muestra en el Museo Municipal de Artes Visuales de la Ciudad de Santa Fe, tuve ocasión de estar en la inauguración de la muestra de Juan Arancio referida a la historia de la ciudad en sus orígenes. Y allí, en ese espacio dedicado a los artistas, pude contemplar el cuadro dedicado a los “Siete Jefes”, referido a la rebelión de los mismos contra Juan de Garay.
Y en ese cuadro está también la luz. Charlando con Juan se lo digo. Y le comento la reminiscencia de Velásquez a la que me lleva su obra. Esa luminosidad lograda en los rostros brindada por una vela en medio de una rústica mesa quedó en mi retina. 
Y él, sonriendo, me dice: “¡Ojalá!”, como expresando su admiración hacia el artista español.
Ese aspecto de las obras siempre, de una u otra manera, me lleva a un universo en busca de la claridad y simpleza, más allá de lo que representan las obras de los artistas mencionados, ya sea la corte o personajes de la calle de su España, en Velásquez, o de una reunión secreta donde se tramó una rebelión, según el artista santafesino.
La claridad está en ellas. Y es lo que me impactó y da relevancia a las obras, al menos en mí.
Quisiera habitar siempre ese universo. Universo que, en mi caso, se deja ver en la escritura y que no siempre se representa. Aunque, debo reconocer que luz y sombra se complementan en este “juego” que es el universo todo. No existen una sin la otra. La sombra, en ambos autores, es lo que resalta la claridad. Y a la inversa. 
Poder comprender ese juego. La luz y la sombra se sostienen una a la otra. 
¿Puede, uno, obviarlas?

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Oscar A. Agu (Hersilia, 1947). Envío de Rolando Revagliatti

lunes, 20 de julio de 2026

hans magnus enzensberger / posdata a "voces fantasma: traducciones e imitaciones"


«¿Acompañan las almas? ¿Se las siente?» se lee en Pedro Salinas. Almas es tal vez mucho decir. Pero voces espectrales de otros tiempos, otras esferas, esto en todo caso sí. Esa invasión de voces al leer poemas de otros suscita extraños ecos y acordes en la cabeza, y a veces es difícil liberarse de estos diálogos radiofónicos señal segura de que el poema vale algo. La manera más radical de combatir estas plagas es la traducción.

Mi predilección tiene poco en común con el trabajo forzado de aquellos que ganan su pan con el traducir al alemán de libros de cocina y novelas, instrucciones de uso y textos filosóficos. Las traductoras y los traductores profesionales son los esclavos aristocráticos de la literatura, imprescindibles, que se matan trabajando, crónicamente mal pagados como ningún otro en el vasto campo de la industria editorial excepto los poetas, cuyo trabajo difícilmente les sirve para sustentar la vida; y esto es aún más cierto para las personas que traducen poemas. Estoy lejos de deplorar tales formas sublimes de explotación. El placer, por no decir la obsesión, se recompensa a sí mismo. Nadie puede entrometerse, a no ser aquí y allá un crítico malhumorado que detecta un error. La culpa es, pues, de quien se aventura en semejantes experimentos. El traductor de lírica no es un mártir, sino un egoísta fraternal.

Ya la selección de sus víctimas lo demuestra. Ésta no responde a un encargo, un ejercicio de obligación, y puede prescindir de una justificación. Cada cual escoge lo que le parece aprovechable, sigue sus predilecciones e idiosincrasias. Lo que de este modo se forma a lo largo del tiempo es más bien una especie de co/lage que un canon; tal vez incluso un reflejo que permite reconocer el autorretrato de un poeta.

No admira que ya en la Antigüedad muchos grandes líricos aprendieron de sus predecesores al traducir los versos de éstos. Si quisiéramos enumerar los nuestros, el catálogo no acabaría nunca: Gryphius y Hofmannswaldau, Goethe y Holderlin, Morike y Rückert, Rilke y George, Eich, Nelly Sachs y Celan ... Ellos sabían que toda poesía se añade a la escritura del texto infinito de la tradición, y que la originalidad pura no es más que una simple quimera de la modernidad.

La traducción es la forma más intensa de la crítica. En cuanto poética aplicada eclipsa cualquier creati·ve writing course. Porque a la hora de los fantasmas sucede la fresca luz de la mañana cuando uno desmonta y vuelve a montar el texto como si de un mecanismo de relojería se tratase. ¿Cómo lo ha hecho el autor? Sólo la destrucción y reconstrucción pueden enseñarlo. Este procedimiento saca diversas cosas a la luz: las grandiosas invenciones y los fallos secretos, los trucos mágicos y las extravagancias, los altos vuelos técnicos y los puntos ciegos. Sin los enigmas y las dificultades la tentativa no merecería la pena.

No sólo se aprende a hacer versos. En el Renacimiento y hasta el siglo xviii muchos estudiaron el griego y el latín a través de Homero y Horacio. Muchas veces sólo al traducir se perciben la particularidad y el potencial seductor de ambas lenguas, tanto de la ajena como de la propia. Causa admiración la estela majestuosa de alusiones, proverbios, idiomas y citas ocultas que ambas traen consigo; las reglas del juego implícitas y explícitas de su sintaxis y de su semántica; las mil tonalidades que el día a día les incrustó; su eterno juego con la connotación, y los abismos fónicos donde la rima halla su botín.

Pasamos por alto, con risa fría, la vieja polémica de si es posible, permitido, aconsejable traducir poemas. Cien traductores intentaron verter los sonetos de Shakespeare al alemán. Evidentemente ninguno alcanzó a Shakespeare. Pero con cada tentativa el poeta se nos hizo más familiar, aunque fuera sólo un poco. Toda migración conlleva conflictos y dificultades, pero sin ella la sociedad humana se desertizaría. Sin los emigrantes e inmigrantes la literatura y también la lengua jugarían aún un desolado partido en el terreno de casa. La traducción funciona como un estímulo y mejora el nivel literario, al tiempo que posibilita una cierta competitividad y sube el listón.

Cabe preguntarse si puede haber traducciones clásicas. Casi todas las versiones tienen sólo una validez provisional, su vida media es limitada. Contrariamente, la durabilidad de un modelo se muestra también en el hecho de cuántas veces y durante cuánto tiempo se vuelve a traducir. Los textos que no ofrecen resistencia se descomponen rápidamente. Así también este libro representa tan sólo una breve selección que bien hubiera podido ser tres veces más extensa, siempre que la exhaustividad hubiese sido mi propósito. Preferí insertar sólo aquellos poemas que a veces, después de décadas, todavía hoy, me complacen.

La fidelidad / infidelidad del traductor es un tema favorito de discusiones enmohecidas. Con todo es obvio que cada uno traduce de manera diferente, a cuenta y riesgo propios. A mí, una cosa, por lo menos, me parece bien clara: sin un mínimo de falta de escrúpulos no es posible. Con el debido respeto a la Filología —incluso la pedantería no debe ser del todo despreciada—, que lo que salga de la imprenta sea algo vivo, eso es harina de otro costal. Cierto, donde el texto lo permite a cualquiera le gustaría traducir con equivalencia absoluta. Donde no lo permite hay que arbitrar grados de libertad más elevados. En estos casos, la traducción roza la paráfrasis o la imitación. Incluso el capriccio y la parodia le son menos ajenos de lo que piensa la gente ingenua. Los griegos, que en esto no solían andarse con rodeos, llamaban Παρωδος, contra-canto, a «un tipo de canción indirecta repleta de alusiones ocultas» o «un poema serio que en clave se vuelve burlesco». ¿Quién podría restringir o prohibir tal contrabando? Al puro nada le es sagrado, o mejor: únicamente en el sacrilegio se muestra lo que alguien toma en serio, así como la blasfemia sólo significa algo para el devoto.

Casi todo lo que sé de poesía se lo debo a mis predecesores y compañeros de lucha, de ahí que este libro de cuarenta años sea también una forma de agradecérselo.

Múnich, otoño de 1998

H.M.E.

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Hans Magnus Enzensberger (Kaufbeuren, 1929-Múnich, 2022). Traducción de Charlotte Frei. Aquí. En: H. M. Enzensberger (1999). Geisterstimmen. Übersetzungen und Imitationen. Frankfurt am Main: Suhrkamp 1999, pp. 389-394

lunes, 25 de mayo de 2026

rolando revagliatti pregunta / mario nosotti


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Me gustaría salir a caminar y conversar con Pier Paolo Pasolini. Como en alguno de sus largos poemas narrativos en donde observación y pensamiento se entrelazan, charlar de lo que sea mientras nos perdemos en alguna barriada de la periferia romana de posguerra, o en alguna callecita de un suburbio africano o hindú, quizá al caer la tarde, quizá después de un día de rodaje. Mientras él suelta palabras sobre la realidad, la política, sobre algo que le llama la atención, o simplemente compartiríamos el silencio de ambos, escucharíamos el rumor de la gente, el trajín de la vida cotidiana con su mezcla de luz y oscuridad.

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Mario Nosotti (San Fernando, 1966). Envío de Rolando Revagliatti.

lunes, 13 de abril de 2026

rolando revagliatti pregunta / mario fagiano


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Mujeres de la memoria y el deseo*. Me he sumergido en casi todas tus ciudades invisibles y espero, antes de morir, transitar con mis pasos por las que aún me restan descubrir. En cada uno de esos fantasmas arquitectónicos me ha enamorado una mujer, he dejado hijos y riquezas en el camino siguiendo mi destino de viaje y, aunque crea que cada vez amo a una mujer distinta es siempre la misma, idéntica al deseo clavado en las pasiones que me quitan el aire. El abandono de la mujer amada será temporario pues es circular el itinerario que describo con mi sangre. Será inevitable entonces mi regreso a sus brazos y besar la descendencia aparentemente abandonada.
La primera señal la obtuve después de cabalgar por tierras selváticas y arribar a Isadora, allí como forastero, estando indeciso entre dos mujeres, apareció una tercera. Hay bellezas que hieren con estacas de felicidad a la existencia, dan muerte al espíritu y no queda otro remedio que admirar sin ya ser nada. Al girar la cara vi su silueta espigada en una ventana y descubrí que no hay mejor manera que una mirada directo a los ojos para acabar con las cataratas que nublan el erótico cristalino. En otra ocasión ella se bañaba en un estanque de un jardín de Anastasia, me invitó a desvestirme y perseguirla en el agua. Al llegar a Zobeida pude ver a la mujer fundante de aquella ciudad correr de noche, de espaldas, desnuda y con el pelo largo. Aún la persigo en mis sueños. En Ipazia una hermosa mujer morena montada a caballo, con los muslos desnudos y la caña de las botas sobre las pantorrillas, me tumbó sobre un montón de heno y me apretó con duros pezones. Otras me han enamorado con sus cantos, algunas arqueadas bajo duchas suspendidas sobre el vacío, todas fueron mujeres descomunales, tejedoras, parlanchinas, trapecistas en el amor. Cuando la belleza estalla en los ojos, hay que cerrarlos para liberar los sentidos que despierta la ceguera. ¿Cómo puede reunirse tanta belleza concentrada en una sola imagen? Me he sentido dichoso de recibir sus amores tal cual un joven toro que guarda en su gaveta secreta todo el esperma del cosmos.
Estoy sintetizando en mi mente lo mejor de cada ciudad, lo mejor de cada mujer, anoto en mi devenir todas las riquezas descartando lo obvio e inservible. Sé que voy detrás de la ciudad utópica que contenga al imposible amor que refresque de estremecimientos el alma y, aunque intuyo que todavía no existe, me es imposible dejar de crearla. Tampoco es inocente que cada ciudad tenga el nombre de una mujer. Llevo siglos construyendo el genuino espacio que contenga la luz y la sombra para alcanzar la deshojada perfección. Sin tus pétalos Ítalo, me hubiera sido imposible edificar estos sueños.
Estamos condenados a repetir las innumerables obras poéticas escritas, imitar los múltiples espejos que no han perdido aún su inmortal brillo. Camino por el desierto con mis últimas fuerzas. Lo sé, detrás de las colinas rosadas de este planeta que aún gira está la ciudad invisible que alojará mi ser por toda la eternidad, ahí están ellas, la única mujer que amo, y mis hijos, esperándome.

*Sobre “Las ciudades invisibles” de Ítalo Calvino.

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Mario Fagiano (Río Cuarto, 1959). Envío de Rolando Revagliatti.

lunes, 6 de abril de 2026

sotirios pastakas / algunos fragmentos cotidianos entre poetas


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DIGAMOS NO A LOS LIBROS DEDICADOS

Ya nadie roba libros. El último que robaba libros, el filósofo Kostis Papagiorgis, ha fallecido. No solo ya nadie roba, sino que, aunque se los regales, aunque se los des en persona, no saben qué hacer con ellos. Hemos encontrado libros con dedicatorias en Monastiraki (el mercadillo) y en todos los lugares donde se venden libros de segunda mano o «al peso»: por lo general, los destinatarios de las dedicatorias ni siquiera se molestan en arrancar la página con la dedicatoria y los venden al primer comprador. Es sabido que M. F., cuando tenía una columna de crítica literaria en un periódico, «pasaba» los libros que le enviaban a un famoso resto de existencias de la calle Solonos. Pues, ¿por qué amigos poetas y jóvenes escritores, me envían sus libros como correo certificado de Correos de Grecia o por mensajería? ¿Temén que les roben su célebre obra creativa? No tienen en cuenta mi esfuerzo, el del lector: tengo que salir con este calor abrasador, atravesar medio Larissa para llegar a la oficina de correos, esperar en la cola media hora en una sala sin aire acondicionado y, si tengo suerte y no me desmayo, recoger en persona su última obra de arte. Piensen también en el riesgo al que me exponen, a mí, un hombre ya mayor, de no recordar el camino a casa después de unas copas de ouzo, porque se me ocurrió saludar a dos amigos, ya que había salido al centro. De ahora en adelante, pues, envíen sus libros por correo ordinario; y si se pierden, al fin y al cabo, no será una gran tragedia.

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SOBRE LA ESCRITURA AL REVÉS Y OTROS ARTIFICIOS

Nada envejece más rápido que lo nuevo. Cuando Borges escribió este aforismo, tenía en mente las diversas vanguardias que surgían como setas a principios del siglo XX, los diversos pequeños -ismos. Él mismo había militado en el «ultraísmo» de su propia invención y, con el tiempo, había llegado a la convicción de que, en literatura, lo antiguo es más resistente que lo nuevo.

En nuestra época, en la que ya no existen movimientos literarios, brotan diversos juegos letristas. Poetas de todas las edades insisten en promover una falsa idea de novedad, que consiste en diversos recursos tipográficos en la disposición de los versos y, sobre todo, en los caracteres: al cambiar de fuente de un verso a otro, creen conferir valor a lo que, la mayoría de las veces, es pobre en contenido. Pero aunque escribas un poema al revés, no perdurará si no tiene algo que decir. Su valor añadido no reside en la forma de su presentación, y la literatura no se renueva de esta manera. La verdadera renovación se encuentra siempre en la expresión del lenguaje, no en su representación tipográfica.

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LOS POETAS Y DUPLANTIS

El viernes por la noche me invitaron a una cena con amigos. Justo frente a mí se sentaron dos profesores de educación física que, por las tardes, complementan sus ingresos trabajando como entrenadores: uno de gimnasia artística y el otro de atletismo. Cuando me preguntaron a su vez a qué me dedicaba y mencioné la literatura, declararon con cierta vergüenza que ninguno de los dos había leído un libro en su vida. Uno de ellos me confesó que solo lee un periódico deportivo una vez a la semana, el otro ni siquiera eso. Ambos me dijeron con orgullo que un colega suyo había empezado a leer literatura solo después de jubilarse, y como ellos también estaban a punto de jubilarse, me lo confiaron como si no estuviéramos en una taberna de las afueras con música popular, sino en un austero podio académico.

Siempre es desconocido el momento en que nos encontraremos con la literatura. Al fin y al cabo, esta también es una disciplina atlética. Les dije, porque me caían muy bien, que la literatura también tiene que ver con su trabajo: es una maratón, una carrera de larga distancia y con obstáculos, no una carrera de velocidad. Que los escritores, y en particular los poetas, no son como Duplantis, que cada vez que salta con la pértiga establece un nuevo récord mundial. Los poetas no son plusmarquistas: una de sus colecciones puede ser inferior a la anterior, porque lo que cuenta es el conjunto de la obra, no el récord. Después de todo, la poesía es como el pentatlón.

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Sotirios Pastakas (Larissa, 1954). Inverso Poesia (Traducción al español de Nicolás López-Pérez, desde la versión griego-italiano de Maria Allo y Sotirios Pastakas). Fotografía de Dino Ignani.

lunes, 23 de marzo de 2026

rolando revagliatti pregunta / luis alfredo villalba


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Cuando leí “Las primas” de Aurora Venturini me sentí tan desconcertado como los astrónomos que, en 1970, investigando la galaxia de Andrómeda, descubrieron que, si el universo que nosotros vemos con sus galaxias y estrellas relucientes, mantiene la forma, es porque hay algo invisible que funciona como su esqueleto: la materia oscura. 
O sea que el universo es lo que es por lo que no vemos, por lo que se oculta. Y si no lo vemos es porque no estamos preparados. No queremos conocer el esqueleto del cielo porque para nosotros el esqueleto es un símbolo de la muerte. A pesar de que si nosotros no tuviéramos esqueleto seríamos un charco de vísceras y cartílagos.
Y es lo que hace Venturini con “Las primas”. Muestra sin pudores lo que las personas normales como yo no quieren ver: un monstruo. Pero después de que leí “Las primas” supe que yo nunca había sido normal. Ahora les cuento. 

Me llamo Luis Alfredo Villalba y nací en 1939 con cuatro dedos en el pie derecho. Mi mamá me envidiaba y me lo hacía notar cuando antes de darme la teta se la daba primero a un perrito callejero.
Me llevó a un médico famoso y sus ayudantes me subieron a una mesa blanca y fría. Todos se rieron y gritaron al unísono: ¡Esto es un monstruo! Mi mamá se sentía orgullosa, después de todo ella me había hecho a mí. Hasta que un día agarré y me fui a vivir a la calle.
Me sentaba en el cordón de la vereda y cuando venía gente bien vestida le pedía plata entre toses. Una vez que estaba en la plaza tomando solcito apareció Aurora y me ofreció trabajar en el jardín de la casa grande donde vivían sus parientes. Me puso una condición y era que nunca tenía que entrar en la casa. 
Empecé a trabajar y a veces dejaba el rastrillo para espiar por las rendijas de las ventanas y así supe que en la casa vivían un montón de mujeres taradas. A mí me calentaba Petra, enana y puta. Se bañaba desnuda y tenía el cuerpo y las piernas torcidas. No me gustaba cuando se sacaba la peluca y mostraba la calva. Pero tenía la espalda con pelos enrulados desde el cogote hasta la cintura. Era un monstruo como yo.
Yuma, la disléxica, estudiaba pintura. Un día me tenté, entré a la casa y me pillaron cuando estaba mirando los cuadros. Me echaron.
Desde entonces vivo de las monedas que me dan los chicos de la plaza cuando les muestro mi pie con cuatro dedos. Ellos se burlan porque soy defectuoso, pero con las monedas me lleno la panza de tortitas con chicharrones. Cuando me sobra alguna la dejo en las escaleras de la casa grande. Seguro que ellas saben que soy yo y me van a llamar para que les pase el rastrillo.

Mientras tanto empecé a escribir poesía, pero esa desviación ya es conocida en el ambiente.

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Luis Alfredo Villalba (Mendoza, 1939). Envío de Rolando Revagliatti.

lunes, 2 de febrero de 2026

rolando revagliatti pregunta / jotaele andrade


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Es singular esta invitación de perderse (o encontrarse) para alguien que prefiere andar libremente. Incluso de sí mismo. Sin embargo, creo que el arte que uno pueda entregar al mundo ya está imbuido de otredades. Como si fueran materias constitutivas que hacen activar nuestra propia creación las obras y algunas vidas que creemos heroicas ayudan a construir nuestras visiones poéticas que levantan poemas, canciones, trazos, infiernos o paraísos personales.
Tanto de mi asombro al conocer la obra del Bosco, de Remedios Varo como del llanto al concluir Kim, hay en mi escritura, así como también el zumbido cantarino que escuché en la poesía de María Mercedes Carranza o la voz hueco de Raúl Gómez Jattin con su carga de mango herido por el sol. O las canciones de Los Redondos agitando su flema lunar sobre los huesos de los fantasmas sociales. O la  música y la artistitud vital de Juan Gabriel. Ecos de Olga Orozco, de las historietas de la editorial Columba, de las series japonesas, de la ciencia ficción de Bradbury, tan poética. Podría rastrear tantísimos componentes dentro de mi escritura hechos de estados alterados por el asombro, la felicidad y la congoja, el deseo de decir o escribir esas mismas cosas asombrosas: la marea del Torotumbo, el río secreto que va por las piedras arguedianas, la flor corrosiva que crece en los poemas de Eunice Odio, el verso de la flor de batatilla que siempre irrumpe en lo que escribo, siempre abierta en la sombra.
Son tantos e incontables. Como incontables las visiones que rompieron la piedra para que salte el agua de la idea hacia su curso artístico: aquella paloma que chocó contra un escaparate publicitario, aquella otra toda gris, en una mañana neblinosa que escarbando en su ala sacó una pluma blanquísima, el perro que una noche vi haciendo rodar una bolsa con basura, el mar que una tarde fue un espejo plateado y quieto, inaceptablemente quieto, la bolsa negra de residuos que el viento hacía sonar como un corazón en las ramas de un árbol enjuto. 
Pero podría decir que, aunque estoy dentro del algún modo, el universo lorqueano es donde me gusta andar, perdido y reencontrado, resonar en sus canciones y suites:

Limonar, / mi amor niño, mi amor/ sin báculo y sin rosa.” y “La estrella/ nueva/ quiere azular/ la sombra”. En su viaje a la desmesurada New York: “mientras la sangre los seguía con un balido de cordero.”. Recuerdo ver el Prendimiento y muerte de Antoñito, el camborio, su mano arrojando limones hasta volver las aguas de oro. Podría decir que estoy dentro del asombroso, trágico, bello mundo de Lorca. No sólo en su obra escrita. También su vida como una obra de arte comprometida no sólo con la
belleza abstracta, desgarrada en la noche por el fascismo. Sí, haber sido dicho por su voz de la que no hay registro, de esta manera:

Si el cielo fuera un niño pequeñito,
los jazmines tendrían mitad de noche oscura

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Jotaele Andrade (La Plata, 1974). Envío de Rolando Revagliatti.