lunes, 27 de septiembre de 2021

josé watanabe / elogio del refrenamiento


    Los hijos de los inmigrantes japoneses escuchamos en nuestra infancia que algún día toda la familia iría a Japón. Era un sueño poco convincente, aun para nuestros padres. El sueño se fue diluyendo y la cultura del entorno nos fue dando a nosotros, sus hijos, una identidad que terminaría siendo irrenunciable. Hoy somos un nuevo grupo de mestizos que forma parte insoslayable del complejo tejido social del Perú.

    Mi padre llegó en 1916. Era un hombre alto y magro. Nunca pude imaginarlo trabajando como agricultor en los latifundios azucareros de la costa peruana, adonde empezaron a llegar los inmigrantes desde 1899. Siempre estaba sosegado. Parecía que todos sus actos tenían un impecable anclaje interior. Esa contención natural fue el aspecto que más le aprecié, el que más me impresionaba. Mis hermanos y yo terminamos por controlar nuestras expansiones ante él. Nunca nos lo pidió, pero de alguna manera supimos que siempre esperaba de nosotros un comportamiento más discreto, más recogido de maneras. No es que hayamos reprimido nuestros modos expresivos, sino que aprendimos a no hacer inútiles aspavientos. Su actitud serena parecía decirnos que hay un orden natural que no requiere comentarios agregados e innecesarios a nuestros actos. Pecho adentro pueden estar las tragedias, las intensidades, los abismos, pero éstos no deben expresarse con largos ademanes.

    Hay ocasiones en que le atribuyo a mi padre algunas de mis reacciones, pero creo que su actitud modifica especialmente mi conducta en circunstancias críticas. Ante la adversidad extrema, me viene a veces una pulsión recóndita que me señala una responsabilidad: sé como tu padre.

    En 1986, en un hospital de Alemania, después de escuchar un diagnóstico terrible, sentí la infinita tentación de descomponerme, de gritar mi angustia e impotencia. Vino entonces a mí un íntimo reproche y me sentí "la única impureza en ese cuarto aséptico". Años después, sobreviviente ya, convertí esa frase en un verso y la continué con otras líneas:

                Mas no patetices. Eres hijo de. No dramatices.
                El japonés
                se acabó "picado por el cáncer más bravo que las águilas",
                sin dinero para morfina, pero con qué elegancia, escuchando
                con qué elegancia
                las notas mesuradas primero y luego como mil precipitándose
                del kotó
                de La Hora Radial de la Colonia Japonesa.

    Esta conducta de imperturbable serenidad ante una situación límite compuso desde muy antiguo el modo de ser de nuestros padres. Ellos crecieron escuchando historias de samurais que luego nos repitieron. Las enseñanzas implícitas en los argumentos abundaban en la dignidad ante las situaciones límites y, particularmente, ante la muerte. Abrevio aquí una de esas historias que mi padre contaba: dos samurais antiguos habían acordado combatir juntos para defenderse mutuamente las espaldas. En una batalla, uno de ellos fue flechado en un ojo por los arqueros del bando contrario. El herido se dejó caer cerca de un árbol mientras su compañero dejaba la espada para auxiliarlo. Se dispuso a poner su zapatilla en el lado sano del rostro de su amigo para fijarlo y tirar de la flecha. El herido lo detuvo con un gesto y le susurró: "Nadie, ni tú, mi honorable amigo, puede poner su zapatilla en mi cara". Enseguida le indicó que lo ayudara a recostarse en el árbol para esperar, con majestad, la muerte.

    Buscar una muerte digna y no dejar el cadáver en una posición vergonzosa es parte del espíritu del Bushido, aquel conjunto de normas éticas con que los samurais gobernaron durante siete siglos el Japón. Con el tiempo, las normas también pasaron a determinar la conducta de la sociedad civil. El Bushido nunca fue escrito pero estaba en el espíritu de todos los japoneses y se transmitía de modo consuetudinario.
    
    Sospecho que la influencia de mi padre también está en la contención de lenguaje que me place practicar. Sé que es imposible explicar convincentemente por qué un poeta escribe como escribe, pero estoy convencido de que el fraseo poético nace de nuestro modo de ser, no de los estilos literarios. Podemos abrirnos a todos los ideales de poesía, pero se decanta en nosotros el que coincide con nuestra personalidad y se procesa con nuestra biografía. Percepciones poéticas y lenguaje acaso sean anteriores a nuestro primer y ya lejano poema.

    Chikamatsu, el gran dramaturgo de bunraku, a comienzos del siglo XVIII dijo: "Cantar los versos con la voz preñada de lágrimas, no es mi estilo. Considero que el pathos es enteramente una cuestión de refrenamiento. Cuando todas las partes de un drama están controladas por el refrenamiento, el efecto es más conmovedor".

    Creo que mi padre nunca conoció a Chikamatsu, pero lo imagino haciéndole una suave venia de aceptación, especialmente cuando ejercía uno de sus varios oficios, el de restaurador de vírgenes y santos caseros, aquellas estatuillas que la gente velaba en las repisas de sus salas o dormitorios. Antes de ser arrastrado por la aventura hasta el Perú, mi padre había sido un joven estudiante en una escuela de arte de Okayama. Era budista, pero ponía el más devoto empeño en resanar las imágenes católicas. Nunca tuvo reclamos, excepto con los Cristos. Su fe sosegada y sin dramatismos lo llevaba a pintarle a los Crucificados sólo una herida discreta en el costado. Entonces sus clientes le exigían las huellas de la pasión, la sangre estridente de la tragedia.

    Mi padre era lector de haikus, que no están lejos de la poética de Chikamatsu. En medio de los pollos y patos del corral de mi casa, me traducía, entre grandes pausas reflexivas, esos breves poemas que entonces yo no entendía claramente. Ese fue el primer lenguaje poético que conocí. El haiku es un ejercicio de pudor frente al propio descubrimiento de la belleza. El poeta Shoogui dijo:

                Lirios del valle
                pensad que se halla de viaje
                el que os mira.

    Shoogui no quería que los lirios se percataran de su presencia porque, al estar allí, se sometía al riesgo de tener que escribir el poema. Teóricamente, el haijin, o escritor de haikus, preferiría no tener que escribir su hallazgo poético. Desearía que todos los hombres estén junto a él y que todos, unánimemente, tengan la misma instantánea percepción. Pero está solo. Entonces, sin afectaciones y del modo más notarial posible, intenta provocar o reproducir en el lector la experiencia que a él le fue revelada.

    Cuando hablo de la actitud de refrenamiento de mi padre, siento que no le hago justicia a mi madre. Ella era peruana, hija de braceros de un enclave azucarero. Los japoneses venían sin pareja y cuando deseaban constituir una familia recurrían al matrimonio por poder. Previamente, los retratos de los varones en Perú y de las casaderas en Japón, embellecidos por los retoques fotográficos, cruzaban el océano en busca de una concertación conyugal. Mi padre fue uno de los pocos que no siguió esa tendencia endogámica de "importar" una esposa.

    Mi madre había heredado de sus orígenes andinos la impronta de templanza que lucía en todas sus actitudes. Pero su contención tenía un matiz de dureza o de aire áspero. Yo admiraba sus frases. Eran bellas. Estaban relacionadas con cosas cotidianas que de pronto alcanzaban la densidad de lecciones morales a veces despiadadas. Muchas de sus frases, pronunciadas como sorpresivos azuzamientos o estímulos para remontar nuestras debilidades, han terminado imponiéndose en mis poemas. Nunca terminaré de agradecerle a mi madre su ayuda para sobrevivir con dignidad: "la olla de barro se hace más dura en el fuego", sentenciaba desde su altura de jueza o matrona.

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José Watanabe (Laredo, 1945-Lima, 2007). Los Logócratas.

lunes, 20 de septiembre de 2021

anne waldman / feminafesto


    ¿Qué tan diferentes son los tiempos de hoy para las escritoras? – te preguntas. Mujeres cualquier cosa. ¡Mujeres científicas! ¡Mujeres budistas! Mi madre sufrió por su creatividad una escasa generación delante de mí. No tuvo un “cuarto propio”. Sus hijos fueron su trabajo. Solo en los años sesenta tuvo la confianza —con el apoyo de su hija, otras mujeres y el editor de poesía Leandro Katz— para publicar sus traducciones del francés de Cesar Moro y del griego de Angelos Sikelianos. Murió una década más tarde, interpretando el “espíritu de heroína” en una producción fuera del circuito de Broadway, basada en “El almuerzo desnudo” de Burroughs. En ese entonces, ella era, para mí, una personificación de la “bruja” que se liberó de las cadenas de la mera expectativa, pudiendo manifestarse más allá de ser “chica”, “esposa” y “madre”. Hasta cierto punto había dejado de moderarse a sí misma frente a un mundo heterosexista. Me dijo: “joven, no dejes que los hombres te toquen hasta que te pruebes a ti misma”. ¿Qué quiso decirme? ¿Probarle algo a ella? ¿A ellos? Una carga que aún llevo. ¿Acaso la sexualidad de una mujer y su trabajo están diametralmente en desacuerdo? ¿No puede ser “fácil” y respetable para alguien hacer cualquier cosa que quiera? El trabajo era hierático, en cierto sentido, intocable, pero esos pobres tipos estaban confundidos y no podían aguantar una mujer pensando. ¿O podía ser dejada de lado y mis verdaderas pasiones de escritura y estudio “religioso” marginadas? ¿Ese amor sería mi perdición en lugar de ser musa? Y yo, entonces joven, quise vivir incluso la fantasía de la monja erudita en una torre de marfil cómoda aunque modesta, lejos de las tentaciones seculares y sexuales. El cuidado del marido (“la manera más rápida de llegar a su corazón es a través de su estómago”) y los niños. Mi madre dijo, cuando me casé por primera vez: “Te juro que si te veo empujando un cochecito de bebé dentro de unos meses, juro que vendré y te dispararé”. Tenía una gran ambición por mí y tenía razón en preocuparse. Porque yo era y todavía soy, como dicen ellos, una romántica incurable. Pero poco de eso tiene que ver con tener una familia. ¿”Un hombre necesita una nana”? Nunca prometí felicidad doméstica.

    Y sin embargo, mi padre era una especie de figura heroica, sobrevivió a la guerra, regresó a casa desde Alemania, sobrio por su experiencia trayendo botín: bayonetas nazi, medallas, imágenes inquietantes. Era sensible, alfabetizado, ex “pianista” bohemio, un novelista frustrado. Como pareja, ambos se habían casado anteriormente y mi madre tenía un hijo. Eran optimistas sobre la construcción de algún tipo de cenizas, fragmentos de guerra, depresión, prohibición. Las cosas deben haber parecido más brillantes. Fue a la escuela gracias al G.I. Bill y siguió el camino de un doctorado en la Universidad de Columbia. Mi madre había abandonado la universidad y quería estudiar pintura. Fue a Provincetown, una comunidad artística marcadamente alternativa. Luego a los 19 años se casó con el hijo del famoso poeta griego Sikelianos y acto seguido, zarpo hacia Grecia por una década. Estaba cerca de su suegra, Eva Palmer, joya de Maine, libertaria, que usaba las prendas que ella misma se tejía al estilo griego clásico y que mantuvo su cabello rojo largo. Había estado cerca de Nathalie Barney en París y era parte de ese grupo exótico de artistas y poetas lesbianas y bisexuales que no estaban satisfechos con las expectativas en su país y que vivían en un exilio ritual autoimpuesto. Gertrude Stein fue otra. Mi madre conoció a Isadora Duncan en Grecia. Después de poco más de una década, ese capítulo de su vida estaba “cerrado”. El divorcio, la guerra, de regreso a Provincetown maduró, conoció a mi padre en una fiesta de Isamu Noguchi. Vivía al lado de John Dos Passos. Se enamoraron. Un segundo matrimonio. No es que él la detuviera exactamente. Era una condición para estar en los tiempos. Y te fusionas con el hombre en una imitación de la iluminación. Unirse al “otro”, unirse a la “luz”, ¿qué tan cerca se puede llegar?

    Todos mis profesores en los años de básica eran varones. Recuerdo especialmente al Sr. Grief en la PS 8, nuestro profesor de poesía, que sostenía a las estudiantes por el cuello y las doblaba por la ventana. “El señor Grief nos trae el dolor” era el canto común como “Rose es una rosa es una rosa”. Era claramente desdeñoso de “las chicas”. Eran seres menores. El profesor de secundaria Jon Beck Shank era alegre, una bendición, cuyas declamaciones de poesía clásica y moderna nunca olvidaré, ni su simpatía con la referencia “las chicas”. ¿Porque también éramos blandas con la poesía? Mis profesores varones en la universidad nos consideraron diletantes. Siempre estaba necesidad persistente de probarse a uno mismo. Ponte seria. Falta a clase. Escribe un poema. Uno de mis mentores, Howard Nemerov, me dijo: “Eres una campesina y una reina”.

    ¿Qué significaba eso? Más categorías de definición en un mundo heterosexista. Cuando fui a conocer a mi primer maestro budista, el lama mongol Geshe Wangyal, a los 18 años, mi novio me suplicó que me quitara el labial, ¡por favor, es irrespetuoso! Y un esposo podía acusar: Eres como todos los poetas varones. ¡Al igual que Robert Creeley! Viajando por el mundo dejando hogar y hogar, abandonando niños, hablando con otros poetas hasta altas horas de la madrugada. Dios mío,  ¿cómo podría confiar en ti? ¿Y cómo podría él? Yo quería desesperadamente este otro camino. Poeta, outrider, mujer libre. ¡Podría celebrar con los cabros! ¡Podría “beber como un hombre”! ¡Podría “hablar como un hombre”! Por supuesto, siempre me identifiqué con los protagonistas masculinos en las novelas que leía vorazmente cuando era niña. Era la lectora constante. Y tenía hambre de su aventura. Quería estar justo dentro del mundo de Balzac, pasar el rato con actrices y dandis, retorcerme en intrigas mortales de amor y crítica. Seguiría, “viviría” el viaje de Siddhartha a través de las palabras de Hermann Hesse. Tuve una caja de disfraces exóticos. Disfraces favoritos: Robin Hood, Prince Harming, Annie Oakley, sacerdote. Interpreté a un personaje llamado Tommy Joe y a Puck el “feliz vagabundo de la noche” de Shakespeare en una escuela antes de que me crecieran los dolorosos senos. Años más tarde, quise interpretar primero Hamlet y luego el Rey Lear. Me vi a mí misma como Puer, aventurero picaresco, viajero con ropa de niño, entrando al templo hindú en Puri, estrictamente prohibido para las mujeres. O haciendo el largo Hajj, la peregrinación a La Meca. ¿Tienes que estar circunscrito? ¿Realmente tienes que estar circuncidado? Las mujeres son consideradas “sebel”, impuras, en Bali. Está prohibido ingresar a los templos si estás menstruando. Llevas el chador que cubre todo menos los ojos, pero incluso éstos deben bajarse y evitarse en las estrechas calles árabes. Tu poder, tu desnudez haría que los hombres se volvieran locos, cometieran actos terribles e indescriptibles. ¡Cambiaría el mundo! Lo pintaría escarlata. Tomaría y restablecería la noche, un viejo control. Echa un vistazo a las leyes levitas en la Biblia, la destrucción de los templos de la diosa Astoreth. Tu pasión se volvería loca, causaría disturbios. ¡Tus orgasmos múltiples, tus océanos de felicidad, tu “leche” inundarían el mundo!

    Cuando llegué al poder como escritora — y creo que esto también tenía que ver con ser madre también, podía decir cosas escandalosas—, podía proclamar mi “desprendimiento de endometrio”. Podía manifestar la “grieta en el mundo”. A viva voz, dije: “Ustedes, hombres que salieron de mi vientre, de mi mundo, ¡ATRÁS!” Literalmente pude pisotear y “caminar en la periferia del mundo”. Pude, como lo hizo la Inanna sumeria, intoxicar a los poetas varones (mis padres) con alcohol, metedrona, éxtasis; encantarlos con mi ingenio, mi piedad y luego, robar sus secretos. Podría nombrar a todas las mujeres que han sido eso, para ser. Eche un vistazo perspicaz a las antologías progresistas de la poesía, ¿todavía tenemos que contar a los hombres versus las mujeres? ¿Y el canon es una causa perdida o quizás el campo de batalla? Miren la escasez de mujeres en cualquier institución, sagrada o secular. Sigue contando: ¿cuántos rosados a tantos azules? ¿Es el lenguaje falocéntrico? ¿Escribir es un acto político? ¿Escritoras, estoy hablando para sentirme marginada? ¿Están de acuerdo, casi tendrían que estarlo, queridas hermanas académicas, que las experiencias de las mujeres en y con la literatura son diferentes a las de los hombres? Muchas críticas feministas se han centrado en la misoginia de la práctica literaria (signos como ángeles o monstruos, madres o monjas, hijas o prostitutas), el acoso a las mujeres en la literatura y el texto masculino clásico y popular. Lo sabes: Kerouac, Mailer, Henry Miller, Homero, la Biblia, el Corán, el Vinaya, etcétera. Pero me gustaría declarar aquí una poética ilustrada, una poética andrógina, una poética definida por su energía originaria, no por un mundo heterosexista que deba medir cada palabra, actuando contra sí mismo. No por una norma que asume una posición dominante subordinando, maltratando, excluyendo cualquier otra posibilidad. De hecho, podrías ser un hombre con una conciencia “lesbiana” en ti, una mujer con una conciencia “gay” dentro. Propongo un campo creativo utópico donde nos definamos por nuestra energía, no por el género. Propongo una literatura transexual, una literatura hermafrodita, una literatura travesti y, finalmente, una poética de transformación más allá del género. Esa que solo canta su sabiduría. En que el cuerpo sea una extensión de la energía, de forma que no seamos definidos por nuestras posiciones sexuales como hombres o mujeres en la cama o en la página. En que la página no sea una hembra vacía en espera de la penetración por la tinta fálica y oscura. En que las energías masculinas y femeninas se comprendan tal vez en el sentido budista de Prajna y Upaya, esto es, la sabiduría y las habilidades, que existen en todos los seres sintientes. En que estas energías coexisten y son esenciales la una para con la otra. Esa poesía se percibe como una especie de siddhi o logro mágico que comprende estas energías fundamentales.

    Quizás las mujeres, en este momento, tienen la ventaja de producir un tipo de escritura radicalmente disruptiva y subversiva, porque están experimentando los desequilibrios y contradicciones actuales que las llevan a ello. Están recurriendo a medios hábiles para descubrir cómo combatir los asaltos a su inteligencia y tiempo. Desean explorar y bailar con todo lo que no está reconocido, mudo y controvertido en la cultura para poder subvertir los sistemas existentes que reprimen y malinterpretan la “diferencia” femenina. Abordarán temas de censura, aborto y acoso sexual. Desafiarán a sus padres, sus esposos, compañeros varones, maestros espirituales. Pondrán el cuerpo del lenguaje al revés, ¿qué les parece?

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Anne Waldman (Millville, 1945) Original en: Lion's Roar, 1° de mayo de 1998. Traducción de Nicolás López-Pérez, previamente publicada en Revista Litost.

lunes, 13 de septiembre de 2021

wislawa szymborska / propongo leer los ensayos con estupor


    Ya no recuerdo las sensaciones que me produjo leer por primera vez a Montaigne. En cualquier caso, la admiración no se encontraba entre todas ellas. Acepté como un hecho natural el que una obra como esa existiese y continuase hablando con esa voz tan vívida. ¡Menudo disparate! Hoy, en cambio, la existencia de cualquier cosa buena me llena de admiración. Y dado que los Ensayos son precisamente eso, algo bueno (de hecho, es uno de los mayores logros que haya alcanzado el alma humana), todo cuanto contiene me maravilla, en particular, la excepcional amalgama de circunstancias favorables que posibilitaron su redacción. Por ejemplo, faltó poco para que el infante varón bautizado con el nombre de Michel muriese poco después de nacer. La mortalidad entre los recién nacidos era un suceso tan habitual por entonces que ni siquiera se preocupaban de determinar cuál, de entre las numerosas posibilidades, había sido la causante. Lo que Dios da, Dios quita, y las extraordinarias habilidades del pequeñín fallecido se habrían convertido en un misterio sin resolver. El muchacho sobrevivió; sin embargo, cada minuto, cada semana o año, una infinidad de enfermedades mortales (necesitaría varias páginas escritas a máquina solo para enumerarlas todas) amenazaba con atacarle. ¿Y un desgraciado accidente? El pequeño Montaigne podría haberse caído de un árbol, de un caballo, por las escaleras, quemarse con agua hirviendo, atragantarse con una espina o ahogarse mientras se bañaba en el río. Dicho sea de paso, estos accidentes también pueden sucederles a los adultos. Pero al adulto le aguardan, además, otras trampas como los duelos, las peleas de taberna accidentales o pasar la noche en un albergue en donde alguien, por un descuido, ha provocado un incendio. Sin embargo, la razón principal por la que nos podríamos haber quedado sin los Ensayos es que, por entonces, una guerra religiosa causaba estragos en Francia. No había lugar para una postura de neutralidad, así como tampoco había ningún escondrijo en donde esperar a que, de alguna manera, la tormenta pasase. El temporal parecía no remitir y recorría todo el país una y otra vez. Montaigne se decantó del lado de los católicos, e incluso llegó a tomar parte en algunas campañas contra los hugonotes. Sin embargo, no parece que el fanatismo religioso fuese la razón. Su mentalidad crítica no encajaba para nada en ninguno de los bandos que guerreaban. El peligro al que se exponía no era, con todo, menor. Todo lo contrario, se sentía al mismo tiempo amenazado por los dos bandos. Pero uno no moría únicamente como resultado de sus creencias en todo ese alboroto. Veamos. Tenemos el ocaso del día otoñal y el sol que se pone. Dos jinetes, un viajero y su lacayo, vuelven a casa por un camino forestal. No se les ve bien, hay niebla y anochece rápidamente. De repente, varios disparos salen de los matorrales, se oye un grito, el relinchar de los asustados caballos, un crujido de ramas y el pataleo de los agresores que huyen hacia las profundidades del bosque. El viajero abre los brazos a lomos del encabritado caballo y se precipita de cabeza, inerte, hacia el suelo. ¡Vaya, qué desgraciado malentendido!: era otra persona que tenía que pasar por ese camino a esa hora. No el bondadoso Sr. Michel de Montaigne, a quien agita ahora el aterrado lacayo tratando inútilmente de devolverlo a la vida. La víctima tenía treinta y tantos años, ya se acercaba a la cuarentena, y justo comenzaba a proyectar su obra magna. En la torre de un pequeño castillo le aguardaba sobre una mesa papel en blanco y un tintero con una afilada pluma de ganso. Incluso es posible que las primeras frases ya ennegreciesen alguna de aquellas hojas. ¿Cómo no vamos a maravillarnos de que, con todo, los Ensayos llegasen a nacer? ¿De que fuesen publicados en su forma original cuando el autor aun vivía? ¿De que, por encima de todo, aquella edición no fuese quemada junto con el impresor? No hay nada más sencillo, después de todo, que encontrar un millar de deslealtades en un escritor que piensa por cuenta propia. ¿Cómo no vamos a maravillarnos de que las numerosas correcciones que ya se han hecho a la obra publicada, y que forman parte de esa edición final que hoy conocemos como los Ensayos, no hayan sido olvidadas, extraviadas, robadas o, por el contrario, guardadas para ser incluidas en una edición posterior, tres años después de la muerte del autor? Por tanto, propongo leer los Ensayos con estupor. Si el destino hubiese conseguido desbaratar su creación, probablemente otra obra o conjunto de obras se habrían convertido para nosotros en la cúspide intelectual máxima del siglo XVI. No tendríamos ni idea de que ese lugar de honor se debería a una simple victoria por incomparecencia del adversario. No hay lugar en el abigarrado tejido de la historia para los espacios en blanco. Es decir, que los hay, pero no hay manera de confirmar su existencia.

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Wislawa Szymborska (Prowent, 1923-Cracovia, 2012) Lecturas no obligatorias. Prosas. Trad. de  Manel Bellmunt Serrano. Barcelona: Alfabia, 2014.

lunes, 6 de septiembre de 2021

breyten breytenbach / la poesía es un soplo de la consciencia


    “Por mucho que alimentes a un lobo, siempre mirará hacia el bosque. Todos somos lobos en el denso bosque de la Eternidad”. Esto fue escrito por la poeta rusa Marina Tsvetáyeva, dijo suavemente el hombre mientras acariciaba el pelaje plateado del animal acurrucado en sus brazos. El animal aguzó las orejas y luego se esforzó por mirar atrás al oscuro grupo de árboles donde las sombras se movían como si estuvieran vivas. Como si estuvieran vivas y esperando salir a la luz.

    Escucha: este proceso llamado poesía es un ejercicio para imaginar la memoria, y luego de atraparla, contemplar la imaginación. Sin embargo, cada poema es y será una cápsula de territorio en el tiempo presente perpetuo, un barco que toma los colores siempre cambiantes del mar.

    La poesía es el soplo de la conciencia y la respiración de la misma. Me refiero a esto, incluso literalmente, para destacar que el flujo y la caída de los versos son “unidades naturales” de conciencia esculpidas por el ritmo, por el recuerdo y por el movimiento que alcanza los límites del significado y de la oscuridad. Esto se podría ilustrar afirmando que el poema es una membrana ondulada, estruendosa; recordándonos que estamos respirando organismos que traducen continuamente el espacio que nos rodea, traduciéndonos continuamente en espacios de lo conocido y, así, dibujando circunferencias alrededor de ubicaciones de lo desconocido. De esto se podría extrapolar que la práctica y el proceso de recordar / evocar / despertar eventos y nosotros, somos conducidos con naturalidad a cuestionar las polaridades del otro y del yo, a escribir (y des-escribir) el yo, y a reescribir el mundo. El barco cambia el agua.

    La poesía también es el viento del tiempo y, así el movimiento y el canto del ser. Un viejo poeta, amigo mío, —que ahora está llegando al final de su vida y de la hipotermia, la tierra tambaleándose bajo su inestable huella mientras oculta sus ojos detrás de gafas empañadas para suavizar el aspecto deslumbrante (tal vez, de regocijo) de Dog Death olfateando más cerca—me contó el otro día que cualquier recuerdo y comprensión que tiene de sí mismo, de la ruta y de los caminos recorridos, de los mares navegados, de la gran H de historia, lo sabe a través de la resonancia de un puñado de poemas.

    “Si queremos saber cómo se siente estar vivo en un momento dado en la larga odisea de la raza, debemos recurrir a la poesía”. (Stanley Kunitz)

    Porque cuando acercas un poema a tu oído, escuchas el sonido profundo, los movimientos de los que formamos parte, entendiendo no tan bien un significado literal como un sentido existencial. Constituye la médula espinal del recuerdo. Y nos recuerda que recordar es movimiento.

    Yehuda Amichai afirmó una vez que la poesía era la última forma de arte destinada a que la sola voz humana se comunicara de forma totalmente libre a través de los límites de la lengua y el tiempo. Nada podría ser más personal y nada podría ser más desinteresado. Esto puede ser mejor descrito como una manera de decir (apagar) el Ser. Asimismo, podría haber agregado que también es la primera forma, el canto más antiguo del amanecer. Frágil e indestructible. No transmite ningún poder (excepto el no poder de la libertad y la caída libre). Normalmente no da acceso al privilegio o al status. Alles van waarde es weerloos, escribió el poeta holandés Lucebert. “Todo lo de valor está indefenso”. Y los indefensos deben ser retenidos en el corazón.

    A medida que pasan los siglos, los contextos se desvanecen hasta convertirse en un palimpsesto, las referencias se interpretan como una corrupción total de la intención original, la religión dentro de la cual el poema vivió como un pez en su océano o en una bañera de comprensión no solicitada habrá desaparecido, la música a la que se dedicó ya no existe. Y esta cosa, esta metáfora extractora y herramienta rastrera de la textura de la vida, inofensiva, pero explosiva, esta fragilidad de corteza —el poema— nos llega a lo largo de los siglos en una forma instantáneamente reconocible. Como un barco ebrio. Soy el amado al que Li Bai habla en su Reino Medio (elegía de muchos, siglos atrás). El sonido profundo me llega a través de la mutación de una lengua de idiomas. El poema sobrevive sin adulterarse porque la poesía participa de cómo es estar vivo, no del porque ni del por eso.

    Siempre es, un homenaje a todos los que están vivos en el momento de leerlo, escrito en tiempo posible, no el pasado o el futuro imperfecto, sino en el perpetuo puede-ser: cuando funcione completamente, traerá una belleza que excitará la lengua y aparecerá sin esfuerzo, así como se ve el agua en un pozo. Y curiosamente, es como siempre un epitafio, empapado y oscurecido por un indicio (y mancha) de muerte tan cierto y tan esclarecedor como el amanecer. Será agua sosegada por el viento que vino de la nada, a la espera de ser arrastrada por el remo de Caronte. Y la voz permanecerá encapsulada en su forma tal como nace el viento desde la nada. El poema es una cripta, o simplemente un hueco en el suelo, donde los restos envueltos de carne que oscurece la podredumbre hace tiempo que han desaparecido, pero donde la voz se mantiene viva. El poema es la cabina telefónica de los antepasados.

    El poema es proceso. Por supuesto, también es producto: el brote de un momento en el tiempo definido por un entorno cualquiera y las sensibilidades que imperan cuando surge. El poema es una cuestión única, nunca se debe subestimar su calidad como objeto. Pero entonces, me sometería a que eso se procesa. Por eso digo que está escrito en el tiempo posible, porque es una toma en progreso, un enunciado visible y audible del combate contra la muerte y la nada. Y una declaración (o estación) para llegar a ser.

    ¿Uno puede ser conocido, identificado, señalado como “poeta”? La función, tan antigua como las rocas, está ahí a la vista de todos. El o la poeta bailan con el vacío como compañero. Él o ella son un chamán, un sacerdote, si admites que los sacerdotes fornican, mienten, roban y pueden ser políticamente incorrectos. Naturalmente, lector-poeta no puedo responder por tu fornicación sacerdotal, no he olido los pliegues de tu ropa, pero desearía que la incorrección política (tal vez la “insubordinación” sea un término más cercano), en otras palabras, la rabia de permanecer consciente y críticamente vivo, con todos los sentidos alerta y fiel a la luz cambiante, encuentre en ti un protagonista orgulloso.

    En afrikaans, el chamán sería sieketrooster, wondmeester, geneesheer, expresiones que significan “consolador de los enfermos” y “maestro de las heridas” y “caballero de la curación” respectivamente. El poeta-chamán usa el sonido profundo como exorcismo primitivo para consolar y confirmar lo conocido, pero también para destruir certezas, perturbando especialmente la comodidad de la fantasía moral. Pondrá letreros tan inescrutables, inefables y valientes como las pinturas rupestres expuestas al resplandor (¿y al regocijo?) del viento del tiempo. El poeta pone de manifiesto la magia en la que vivimos, incluso en un mundo globalizado y posmoderno. Siempre tendremos con nosotros el final abierto, el más allá y el antes, la barbarie y el saber, el calor de ver lo que se hace, el soplo profundo de nuestras montañas, nuestra forma humana de convertirnos en parte de las estrellas cuando el fondo de la embarcación cede, y, luego, la nada reverberante y la luz oscura del espacio que no tiene sonido.

    Sugiero que tienes que dejar que ese fuego de la belleza corra a través de ti. Lo que queda es la ceniza del oficio del poeta en el que se recordará todo el fuego, las brasas que se renombrarán y leerán como runas y piedras y huesos que aún arden en las calles de viento y agua. Tan hermosas y tan sombrías. Estos son los restos del poeta al que esperamos regresar. Eso, y la gracia de su continuidad sin certezas, pero con el oído de la escritura siempre alerta a los profundos ecos del comercio humano…

    Ahora me detengo para preguntarme cómo sería ser un poeta en Sudáfrica hoy, en ese país donde ya no vivo, seis años después de que Mandela triunfara y dos años después de la presidencia de Baba Mbeki. La respuesta, espero, puede depender en cierta medida del idioma utilizado. Pero es cada vez más urgente volverse y mirar a los ojos hambrientos de la pregunta…

    Lo que me hubiera gustado detectar sería una voz totalmente de su lugar y tiempo, pero no “sudafricana”, ni en la inflexión ni en la pretensión ni en la excusa, ni siquiera en la preocupación, es decir, en la manera no sudafricana desilusionada, quejumbrosa y caprichosa. Hemos llegado a esperar y experimentar. Me encantaría ver la claridad de la línea y la profundidad del sentimiento, la resiliencia y la truculencia, y una insistencia casi imprudente en las cualidades de la excelencia. Estoy buscando resistencia a las tonterías, al dulce y simple placebo del gordo moral que hace distinciones demasiado fáciles entre “bueno” y “malo”, al zumbido del triunfalismo, al gusano de la desesperación apocalíptica, a la insidiosa barbarie de la mediocridad justificada por el enfoque de una ética “igualitarista” u otras afirmaciones autocomplacientes “postcoloniales”, al suave arte de olvidar el pasado, al atronador silencio de encontrar circunstancias atenuantes para nuestra cobardía, a las nuevas hegemonías del gusto y las nuevas profundidades de la mentira y la adherencia a las ortodoxias bovinas, como las de la llamada variedad de liberación…

    Estoy escuchando, estoy escuchando. (Ah, ¡qué tonto soy!)

la memoria es un espacio:
desliza la tapa de la muerte
y bájate
para ir y volver
a paisajes de recuerdos,
las dimensiones vibrantes
de vista y de respiro

tal vez mis ojos
ya no serán de lo mejor,
los colores sean más temerarios,
las distancias más íntimas,
y esos pájaros
¿son cuervos o murciélagos?
¿Es el cielo de cerámica o felpa
o de carne?

y ese viento silencioso
llorando a través de huecos y coronas
¿cómo volver al lugar
que siempre he llevado
como un ritmo grave bajo la piel?

¿podría ser mi imaginación
o realmente lo he olvidado?


***
Breyten Breytenbach (Bonnievale, Sudáfrica, 1939). Intimate Stranger. Nueva York: Archipielago Books ,2009, pp. 14-21. Traducción de Nicolás López-Pérez. Extraído de revista Litost.