lunes, 11 de julio de 2022

reina maría rodríguez / cortar una seda


«La grandeza de los griegos está en que le daban más importancia que a la verdad del hecho histórico, a la manera en que el poeta lo trataba».

El Goethe de J.P. Eckermann

 
    ¿Qué le pasa al lenguaje cuando por debajo de una sombra se convierte en frutas como puntadas que caen derramándose sobre el papel? ¿Qué le damos a los otros en un mundo donde la velocidad aniquila cada vez más ese instante de reforestación? ¿La astucia de la escritura después de la astucia de la historia? He buscado una identidad entre los residuos con los que he tropezado por el camino de la subjetividad para entrar a un bosque íntimo, pequeño y oscuro. Porque, “desde que era una niña vi a mi madre agacharse para recoger los pedazos cortados a un dobladillo, a una bocamanga. Los alfileres que habían caído al suelo sin sonar (tan ligeros) zafándose del peso, eran recogidos también con un imán que ella frotaba y frotaba contra el piso después de entallar los vestidos sobre cuerpos deformes…”

    “…El sonido y el movimiento de las tijeras cortando una seda, un crepé, una ilusión, no debió ser una visión tan fuerte en su conjunto, como aquella de recoger los restos, las hilachas sobrantes. Allí estaba humildemente mi madre barriendo el suelo con las manos, las pelusas.., al tocar sus dedos siempre había algo herido: un arañazo, una rozadura, cuyo dolor aparecería después marcado con sangre en la tela. Eran dedos ásperos acostumbrados al hilo; ojos acostumbrados a mirar a través de un calado…tenía que embarajar los pechos, la masa contrahecha, la sustancia…” -escribí en “Prendida con alfileres” de “El libro de las clientas”.

    Esa fue mi manera de construir una poética con tiritas sobrantes -que, como ramas pintadas sobre la tela lograría al podarlas, espesura- y me daban la posibilidad de armar una sintaxis, un bosque. “La costura es solo un resto”, decía, pero sospechaba desde entonces, que me involucraba para qué sonaban aquellas tijeras afiladas desgarrando la seda, del que entresaqué justificaciones con un corte transversal sobre otro: la escritura. Cada cual, incluso aunque no escriba, hará seguramente una poética entre los límites de las sombras del lenguaje que significan los límites de su mundo. Pues, de lo que se trata es de recuperar, contra un proceso de olvido sistemático, cada fragmento de lo que hemos sido y vamos siendo. Ya que la sociedad nos impuso lenguajes divididos y podados por el uso.

    Tratar de hacer otro, fue mi propósito.

    Por eso, con el paso del tiempo siento que cada frase está viva en algún lugar de esos retazos, cuyos hilos plateados formaban flores, pájaros, zorros que durante la noche se convertían en arabescos terribles con historias y personajes que salían a deambular. Porque seguir siendo aquella niña o niño, cuyo amasijo de vanidades en la tela cobraría forma algún día, es el empeño de cada poeta. “¡Yo soy un poeta! Yo/ soy. Yo soy. Yo soy un poeta, lo reafirmo avergonzado…”, exclamaba William Carlos William. ¡Qué maravilla tener a cargo la distribución de las puntadas y las palabras! La costura y la poesía son enamoramientos caros y frágiles: puntadas para ensartar la trama de una pequeña existencia. Otros escritores, en diferentes épocas, usaron una suerte de lengua del vestido como Thomas Carlyle y Roland Barthes.

    Sus textos me llevaron por rutas que atravesé sin comprender a cabalidad cómo el lenguaje lo usurpó todo, siendo lo único que podíamos arrebatarle a la sociedad, para cambiarlo. No sé si pude llegar a cambiarlo tanto como hubiese querido. El exceso de surrealismo se quedó unido al sueño y a la pesadilla sin poderlos escindir y sin lograr tampoco la parodia, por lo que hubo un descuido de imágenes, de sobreabundancia (los poetas de mi generación nunca tuvimos cuerpos), buscando el cuerpo de la escritura como única historia, llegamos a creer, ingenuamente, “que lo que se marcha con el espíritu, permanece con el cuerpo”.

    Por momentos intenté hacer vanguardia usando otra puntuación o rompiendo el encasillamiento de los géneros en un viaje “como una gramática” por libros fragmentados: “Travelling”, “Páramos”, “Te daré de comer como a los pájaros”, “Otras cartas a Milena”, “Variedades de Galiano” y “Otras mitologías” cuando, dentro de una vanguardia artística pobre, con relación a una fuerte vanguardia política, pretendía subvertir con una utopía conversacional y social lo simbólico: ese cuerpo que no tuve.

    Buscando, en medio del ruido de las calles habaneras, de las conversaciones que escuchamos sin querer, del llanto de los niños, de la televisión -que como sustituto al padre ausente no se apagaba nunca-, así como del pedaleo de mi madre en su máquina de coser “Singer”, una rama, un sentido. Donde hasta el objeto más pequeño se sumaba contra quienes nos hacen víctimas del olvido, resguardando la idea del libro como hogar, como país, donde cupieran el hecho y el desecho; pensando en cómo salir de lo testimonial sin dejar de serio, a través de esa recolección de imágenes para reconstruir la ilusión, partiendo de la idea de que el género es el “yo” pero, ¿cuándo podemos acercamos tanto al “yo” sin perderlo todo? Así fui perdiendo amigos que se fueron y libros. A pesar de haber hecho listas para recuperarlos, los perdí.

    Por eso, cuando se cierran editoriales -muy pocas publican poesía ya- y el libro sufre una devaluación que la tecnología pretende sustituir, pienso en esos amigos por partida doble, manoseados, subrayados, cosidos, pegados que tuve y en ese espacio de la promesa, que un libro da: el lujo más caro. Porque, extender esa piel de sapa y divisar el panorama desde ella (la página, la tela) es la más grande ambición que he tenido.

    Todavía, como en las tareas escolares, escribo y reescribo, para que se consuma el gesto de la mano al hilvanar una palabra con relación a la memoria con una sensación que no tiene molde -como cortaba y entallaba mi madre- al creer, que de ese movimiento sobre el papel o la tela, sobreimpuesto en la mente, podamos mejorar el sentimiento, aunque no sea verdad.

    Cuando veo, cómo se recortan cada vez más las frases, ajustándolas a una concreción tal que, lo que podemos sugerir se escapa, olvidando el olor de una carta escrita con tinta verde sobre un papel de china ¡me aterro! Porque esa reducción del lenguaje y de las formas para expresarlo, logra también la reducción de nuestras cabezas -como el uso de prefijos cambió los significados de la historia durante el fascismo o tachar palabras por otras, borrando los antecedentes que estas tuvieron, ha sido una manera de imponer el poder en los totalitarismos. Ya que, la desmesura de la ideología abarata, corrompe y destruye nuestro ser. Tal vez huyendo de ese no-ser me convertí en un ser de lenguaje.

    La azotea donde vivo ha sido un barco en medio de la tempestad, donde nos agarrábamos como podíamos para sobrevivir. Veo la imagen de Marina Tsvietáieva haciendo una plegaria al cubo contra las goteras. ¿Habrá una plegaria al cubo? y al hacerla, convertía palabras suyas en acciones, cuyo trasfondo quedaba en ese eco que nos da la escritura para vivir dos veces, aquí y allá, con la fuerza de su resistencia: el mayor privilegio que he tenido ante la detención del tiempo real.

    Que no es metáfora, sino la manera de cargar a un presente sin espesor la inocencia del pasado expuesto en su dolor cada vez que regresa. Modelando una contrapartida desde el “yo” y lo observado, como actor y espectador hacia un desvío (un hiato) porque, desgraciadamente, la frustración se vuelve escritura como fruto de maduración y de pérdidas, sin dejar morbosamente de ser placer, porque solo el placer está unido a las circunstancias del “yo” por difíciles que estas sean.

    Y pienso en la infancia de esa niña recogiendo virutas por el día del árbol o por el día del polvo en la cuaresma, sustituyendo con palabras arbitrarias, una falsa nieve casaliana que nunca caería en navidad sobre una plaza de La Habana Vieja esperando a que alguien la quisiera. Porque se tiene necesidad de una respuesta de amor cuando uno escribe. Por imposibilidad de un centro, una fe, un amor y siempre por imposibilidad, lo he dicho ya, traté de rellenar las carencias con textos, tratando de viajar a través de los autores que he perseguido, obsesionada con un estribillo que sonara contra el miedo, frases que me protegieran.

    Pero los textos no son toma y daca de nada -ni del querer siquiera. Se está terriblemente solo frente a la aventura del bosque, extraviándonos ante otro “yo” histórico que amenaza con abandonamos si no cumplimos con sus requerimientos. Ese deber ser del “yo” que no puede dar el cambio a esa cadena retórica, escondiendo los poemas de amor en las gavetas, cuando la épica sufrida fue más fuerte que la civilidad que requeríamos, ocultándolo en los momentos en que más ávido de experiencias y transformaciones para la búsqueda de un tú estaba, sin embargo, creo que nuestro triunfo, a muy pequeña escala ha sido, su deconstrucción entre otros discursos. Porque la poesía como los vestidos- también está reciclándose para usos contaminados, y asumir el destino de un cuerpo, como el destino de la escritura es nuestra única garantía para la sobrevivencia del “yo”.

    Durante mucho tiempo tuvimos que abortar la metáfora y dar una connotación deficiente – por no decir, miserable-, cuando solo se podían usar juegos del simbolismo o del realismo, alegóricamente, bicéfalos y nos fuimos convirtiendo, junto a otros poetas cubanos como Ángel Escobar y Raúl Hernández Novás, en náufragos de una historia para ser, ante la muerte de las utopías, solo textos a sabiendas de que, la cultura no nos redime de nada. Y es penoso el hecho de que el desacuerdo con la vida se convierta en cultura.

    Tal vez por eso hay en la isla más poéticas que destinos: formas de adquirir la diferencia; monedas de cambio para pagar la culpa de un ego exacerbado que nos ha perseguido por intentar disminuir la distancia entre ficción y realidad, Única opción ante una vida no vivida. Así, José Lezama Lima pudo sustentar a través de eras imaginarias su invención poética: la bestia que se encuentra en el laberinto es un delfín para William Butler Yeats, para Ezra Pound, una polilla. O para un poeta cubano hoy, Juan Carlos Flores: la goma de un carro para saltar sobre un charco.

    “Los alfileres de Slater [Sléirer] no tienen punta, ¿te has dado cuenta?”, nos dice- Virginia Woolf en uno de sus relatos, mientras vemos desprenderse del vestido una rosa y, con su caída, nos llama la atención sobre la dificultad de la escritura: porque hay alfileres sin punta. De eso se trata, de hincar sin tener con qué. La cuestión es cómo afilar las puntas y hallar ese “cómo es” desde la marginalidad. Esa intemperie donde vivimos casi siempre los poetas sin estar sostenidos por nada, vigilando una ruta insignificante que nos da terror, pero a la vez fortaleza.

    Creando un espacio nuevo dentro de otro sacralizado y vencido. Rompiéndose la unidad de un sujeto -dividido-, pero permaneciendo “adentro”, donde se da la única subversión posible en el precario espíritu de modernidad que nos tocó. Porque nuestro imaginario, pobre en comprobaciones, ha sido fértil en simular, asegurando cáscaras, fisuras, detritos: “Coloquemos el pañuelo/sobre el cenicero para que no se vea/el fondo de su cristal…”, escribe Lezama confesando sus farsas y me pregunto, ante un mundo con tales carencias: ¿dulce o truco, el poema?

    Vengo de un país de poetas y utopías. Una Isla mental -partimos para entrar, con mirada oclusiva, siempre a ella-, rodeados de agua por todas partes, esa “maldita circunstancia”, de la que nos hablara Virgilio Piñera, por eso quise hacer un puente, un nudo, un texto, bajo su sombrilla en medio de ese mar-muerte.

    Al obtener el año pasado este premio José Kozer y ahora yo, las dos puntas de un tejido rematan: no más poetas de adentro y de afuera. No más literatura territorial. Que esa falsa frontera la enlacen los poetas es algo simbólico, pero a la vez político; pues, “el espacio orden del deseo” sobrepasó el volumen “orden de la censura” y, añadiría: el orden del dolor. Porque el dolor de la lengua -esa separación injusta producida por tajos, cortada en sílabas- destruyó esa relación, mutilándonos de un lado y del otro. Pero el lenguaje no está del lado de la verdad ni del error, sino en ambos a la vez, intentando contrapesos, desvíos y retornos, cuando se rebela para no ser solo una puesta en escena de la historia, uniéndonos hoy aquí.

    Al recibir este premio que me involucra también por la manera en que he vivido la lectura de sus libros, a un poeta como Pablo Neruda y otros a los que tanto les debo -sin jerarquizar entre mayores ni menores, sino pensando en sus esfuerzos por construir, a través de diferentes razas, el poeta que somos- esa medida que les arrebato como si fuera un depredador hambriento, entrecruzando hilos por debajo del zafado, siento colocar el anzuelo, oculto, invisible, como la costura que hacía mi madre para que nunca se supiera dónde estaban su impaciencia y su dedal.

    Por lo que, este premio Iberoamericano que el Consejo Nacional de la Cultura y las Artes y el Consejo de Libro y la Lectura de Chile me han dado y que nunca imaginé merecer, no será límite ni fin, sino deuda infinita a tantos autores por la leña que cortaron. Porque escribir es la leña que se acumula de “una madera sólida y fina, de aquí que escojan con preferencia el lado norte de un árbol, que ellos llaman lado de invierno -como se refieren los carpinteros al valor que tiene la madera-, como tan bien lo supo mi madre frente a las imperfecciones y los huecos de la tela, esos abismos del lenguaje, en un proceso que se fue convirtiendo en precio muy alto, pero necesario, para constatar qué vale un tejido de otoño al entrar en el bosque.

    Pero, ¿cuánto cuesta un bosque en otoño? —me preguntaba en el poema “Tulip de liebre. Tulip de oveja” y hallar esa respuesta fue el más simple y complejo proceso de mi vida. Igual lo hacía ella, la modista sobre un vestido, dije. Al comparado con la escritura, advertía Proust, para reconstruirlo luego asumiendo que el destino de las palabras como el de los alfileres solo buscaba sostener sobre el papel, la seda y la hechura su espacio de libertad. Que de eso se trata. Porque una de las preocupaciones más urgentes del “yo” es el problema de su ética de vigilancia con relación a la política, a la historia y a la nación, sin que por ello tenga que verse privado de “el placer del texto”.

    Y me quedo pensando en Neruda escribiendo sobre un madero frente al fuego, junto al mar, entre dos perros, fumando su pipa, mientras un pequeño insecto sobrevuela y nos advierte.

     “Todos pican mi poesía con invencibles tenedores
    buscando, sin duda, una mosca Tengo miedo”.

    Cuando un poeta solo puede recoger los miedos y atarlos lenguaje, como única posesión.

    Pero el vuelo de esa mosca fue más frágil que su deseo de hallar un límite y hacer todo lo que estuviera a su alcance para no defraudar esa labor en la que creímos hasta llegar al poema, el lugar de una espera: Algo tan sencillo como si esos “yoes”, a través de los sonidos volvieran a formar vocablos, y pudieran encontrar sus “túes”. Tiritas que vuelven a reconstruir cuerpos; insectos que quieren sobrevivir, salvar una frase, un verso o una costura de la violencia y de la soledad de un bosque.

    Muchas gracias.

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Reina María Rodríguez (La Habana, 1952) En Portal de Cultura - Fundación Pablo Neruda.

lunes, 4 de julio de 2022

pier paolo pasolini / de "cine de poesía"


    Creo que una reflexión sobre el cine como lengua expresiva no puede comenzar actualmente sin tener al menos presente la terminología de la semiótica. Porque, en términos muy simples, el problema es éste: mientras los lenguajes literarios fundan sus invenciones poéticas sobre una base institucional de lengua instrumental, posesión común de todos los parlantes, los lenguajes cinematográficos no parecen fundarse sobre nada: no tienen, como base real, ninguna lengua comunicativa. Por consiguiente, los lenguajes literarios aparecen inmediatamente válidos en cuanto actuación al máximo nivel civil de un instrumento (un puro y simple instrumento) que sirve efectivamente para comunicar. En cambio, la comunicación cinematográfica sería arbitraria y aberrante, sin precedentes instrumentales efectivos, de los cuales todos sean normales usuarios. En suma, los hombres comunican con las palabras, no con las imágenes: por consiguiente un lenguaje específico de imágenes se presentaría como una pura y artificial abstracción. Si, como parece, este razonamiento fuese justo, el cine no podría existir físicamente: o, de existir, sería una monstruosidad, una serie de signos insignificantes. No obstante, el cine comunica. Quiere decir que también él se basa en un patrimonio de signos comunes. La semiótica se sitúa imparcialmente frente a los sistemas de signos: habla de «sistemas de signos lingüísticos.», por ejemplo, porque existen, pero esto no excluye en absoluto que se puedan presentar teóricamente otros sistemas de signos. Supongamos: sistemas de signos mímicos. Es más, en la realidad, al integrar la lengua hablada, debe invocarse efectivamente un sistema de signos mímicos.

    De hecho, una palabra (len–signo) pronunciada con determinada expresión tiene un significado, pronunciada con otra expresión tiene otro significado, quizás completamente opuesto (especialmente si quien habla es un napolitano): una palabra seguida de un gesto tiene un significado, seguida de otro gesto, tiene otro significado, etc.

    Este «sistema de signos mímicos» que en la realidad de la comunicación enlaza con el sistema de signos lingüísticos y lo integra, puede ser aislado en laboratorio; y estudiado autónomamente. Se puede incluso presuponer, como hipótesis abstracta, la existencia de un único sistema de signos mímicos como único instrumento humano de comunicación (todos napolitanos sordomudos, en definitiva): el lenguaje funda la propia posibilidad práctica de existir sobre tal hipotético sistema de signos visivos, al ser presuponibles por una serie de arquetipos naturalmente comunicativos. Claro está que esto sería muy poco. Pero entonces hay que añadir inmediatamente que el destinatario del producto cinematográfico está también acostumbrado a «leer» visivamente la realidad, es decir, a tener un coloquio instrumental con la realidad que le rodea en cuanto ambiente de una colectividad: que se expresa fundamentalmente con la pura y simple presencia óptica de sus actos y de sus costumbres. El caminar solos por la calle, incluso con algodón en las orejas, es un continuo coloquio entre nosotros y el ambiente que se expresa a través de las imágenes que lo componen: fisonomías de la gente que circula, sus gestos, sus expresiones, sus acciones, sus silencios, sus muecas, sus actitudes, sus reacciones colectivas (grupos de gente detenida frente a los semáforos, multitudes en torno a un accidente de tráfico o en torno a la mujer–pez en Porta Capuana); además: señales de tráfico, indicaciones, discos de circulación en sentido anti–horario, y en definitiva objetos y cosas que se presentan cargados de significados y, por consiguiente, «hablan» brutalmente con su mera presencia. 

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Pier Paolo Pasolini (Bolonia, 1922-Ostia, 1975) Cine de poesía contra cine de prosa. Trad. Joaquín Jordá. Barcelona: Anagrama, 1970.

lunes, 27 de junio de 2022

cesare pavese / leer


    Es verdad que no hay que cansarse de pedir a los escritores claridad, sencillez y solicitud ante las masas que no escriben, pero a veces también llegamos a dudar de que todos sepan leer. Leer es muy fácil, dicen aquellos que en virtud de su largo trato con los libros han perdido el respeto a la palabra escrita; pero aquel que más que con libros trata con hombres y cosas, y sale cada mañana para regresar por la noche encallecido, cuando se le presenta la ocasión de enfrascarse en una página advierte que tiene ante sí algo ingrato y raro, algo evanescente y al mismo tiempo duro que lo agrede y lo desalienta. Huelga decir que este último está más cerca que el otro de la verdadera lectura.

    Con los libros ocurre lo mismo que con las personas, han de tomarse en serio. Pero precisamente por ello debemos guardarnos bien de convertirlos en ídolos, es decir, en instrumentos de nuestra pereza. En este aspecto, el hombre que no vive entre libros y acude a ellos con esfuerzo posee un capital de humildad, de inconsciente fuerza –la única que vale– que le permite acercarse a las palabras con el respeto y la ansiedad con que nos acercamos a una persona predilecta. Y esto vale mucho más que la “cultura”; más aún: es la verdadera cultura. Necesidad de comprender a los demás, actitud caritativa con los demás, que es en fin de cuentas la única manera de comprendernos y amarnos a nosotros mismos; la cultura empieza por aquí. Los libros no son los hombres, son los medios para llegar a ellos; quien ama los libros pero no ama a los hombres es un fatuo o un réprobo.

    Hay un obstáculo para la lectura (es el mismo en todas las esferas de la vida): la excesiva confianza en uno mismo, la falta de humildad, la negativa a aceptar lo otro, lo diferente. Siempre nos hiere el inaudito descubrimiento de que otro ha mirado, no precisamente más lejos que nosotros, sino de manera diferente.

    Estamos hechos de mezquina costumbre. Nos gusta asombrarnos, como los niños, pero no demasiado. Cuando el estupor nos exige salir verdaderamente de nosotros mismos, perder el equilibrio para recobrar otro acaso más precario, entonces fruncimos el ceño y pataleamos, volvemos en verdad a ser niños. Pero de éstos nos falta la virginidad, que es la inocencia. Nosotros tenemos ideas, gustos, hemos leído precisamente unos cuantos libros: poseemos algo, y como todos los propietarios tememos por ese algo.

    Todos, lamentablemente, hemos leído. Y así como a menudo los más pequeños burgueses se aferran al falso decoro y a los prejuicios de clase mucho más que los desenvueltos aventureros del gran mundo, así el ignorante que ha leído algo se aferra ciegamente al gusto, a la trivialidad, al prejuicio que allí ha sorbido, y a partir de entonces, si le sucede volver a leer, todo lo juzga y condena según aquel rasero. Es muy fácil aceptar la perspectiva más trivial e instalarse en ella, al calor del consenso de la mayoría.

    Es muy cómodo suponer que se han acabado los esfuerzos y ya conocemos la belleza, la verdad y la justicia. Es cómodo y cobarde. Es como creer que regalando de vez en cuando una moneda al mendigo quedamos desligados de nuestro eterno y temible deber de caridad. Nada haremos aquí sin respeto y humildad: la humildad que abre brecha en nuestra sustancia de orgullo y pereza y el respeto que nos persuade de la dignidad del otro, de lo diferente, del prójimo en cuanto tal.

    Hablamos de libros. Es sabido que cuanto más franca y llana es la voz de un libro, tanto más dolor y ansiedad le ha costado a su autor. Por lo tanto es inútil confiar en sondearlos sin sufrir las consecuencias. Leer no es fácil. Y quien, como suele decirse, ha estudiado, quien se mueve ágilmente en el mundo del conocimiento y del gusto, quien tiene tiempo y medios para leer, demasiado a menudo carece de alma, está muerto para la caridad, está acorazado y endurecido por el egoísmo de casta. En cambio, aquel que anhela tener acceso al mundo de la fantasía y del pensamiento casi siempre carece de los primeros elementos: le falta el alfabeto de todo lenguaje, no le sobra ni tiempo ni fuerzas, o peor aún, ha sido descarriado por una falta de preparación, por la propaganda que bloquea y desfigura los valores. Quienquiera que se enfrente con un tratado de física, un texto de contabilidad o la gramática de un idioma sabe que existe una preparación específica, una mínima cantidad de nociones indispensables para sacar provecho de la nueva lectura. ¿Cuántos se dan cuenta de que se necesita un análogo bagaje técnico para aproximarse a una novela, una poesía o un ensayo, y que estas nociones técnicas son inconmensurablemente más complejas, sutiles y huidizas que aquellas otras, y que no están en ningún manual ni en ninguna biblia?

    Todos piensan que un relato o una poesía, por el hecho de no dirigirse al físico, al contable o al especialista, sino al hombre que hay en todos ellos, es naturalmente asequible para la ordinaria atención humana. Pero, por otra parte, eso de que poetas, narradores y filósofos se dirijan al hombre así, en absoluto, al hombre abstracto, al Hombre, es una tonta fantasía. Ellos se dirigen al individuo de una determinada época y situación, al individuo que tiene determinados problemas y que, a su manera, trata de resolverlos, incluso y sobre todo cuando lee novelas. Por consiguiente, para comprender las novelas será necesario situarse en la época y proponerse los problemas; lo cual en este campo, implica en primer lugar aprender los lenguajes, la necesidad de los lenguajes. Convencerse de que si un escritor elige ciertas palabras, ciertas entonaciones y actitudes insólitas, tiene por lo menos el derecho a no ser inmediatamente condenado en nombre de una lectura precedente donde actitudes y palabras estaban más ordenadas, eran más fáciles o tan sólo diferentes. Este asunto del lenguaje es el más llamativo, pero no el más peliagudo. Es cierto que todo es lenguaje en un escritor que lo sea de veras, pero basta justamente haber comprendido esto para encontrarse en un mundo de lo más vivo y complejo, donde el problema de una palabra, de una inflexión o una cadencia se vuelve enseguida un problema de modo de vida, de moralidad. O de política, sin más.

    Y que con esto sea suficiente. El arte, como suele decirse, es una cosa seria. Es por lo menos tan seria como la moral o la política. Pero si tenemos el deber de aproximarnos a estas últimas con esa modestia que es búsqueda de claridad –caridad con los demás y dureza con nosotros mismos–, no se ve con qué derecho ante una página escrita olvidamos que somos hombres y que un hombre nos habla.

***
Cesare Pavese (Santo Stefano Belbo, 1908-Turín, 1950)  Literatura y sociedad. Trad. de Jorge A. C. Binachi. Buenos Aires: Ediciones Siglo Veinte, 1975, pp. 11-14.

lunes, 20 de junio de 2022

alejandra pizarnik / el verbo encarnado


Moi je reproche aux hommes de ce temps, de m`avoir
fait naître par les plus ignobles manoeuvres magiques dans
un monde dont je ne voulais pas, et de vouloir par des
manoeuvres magiques similaires m`empêcher d`y faire un trou
pour le quitter. J´ai besoin de poésie pour vivre, et je veux
en avoir autour de moi. Et je n´admets pas que le poète que 
je suis ait été enfermé dans un asile d´aliénés parce qu´il
voulait réaliser au naturel sa poésie.

Antonin Artaud (Lettres de Rodez)

    Aquella afirmación de Hölderlin, de que «la poesía es un juego peligroso», tiene su equivalente real en algunos sacrificios célebres: el sufrimiento de Baudelaire, el suicidio de Nerval, el precoz silencio de Rimbaud, la misteriosa y fugaz presencia de Lautréamont, la vida y la obra de Artaud…

    Estos poetas, y unos pocos más, tienen en común el haber anulado -o querido anular- la distancia que la sociedad obliga a establecer entre la poesía y la vida.

    Artaud no ha entrado aun en la normalidad de los exámenes universitarios, como es el caso de Baudelaire. De modo que es conveniente, en esta precaria nota, apelar a un mediador de la calidad de André Gide, cuyo testimonio da buena cuenta del genio convulsivo de Artaud y de su obra. Gide escribió ese texto después de la tan memorable velada del 13 de enero de 1947 en el Vieux Colombier, en donde Artaud -recientemente salido del hospicio de Rodez- quiso explicarse con – no pudo ser «con» sino «ante» – los demás. Este es el testimonio de André Gide:

    «Había allí, hacia el fondo de la sala -de esa querida, vieja sala del Vieux Colombier que podía contener alrededor de 300 personas- una media docena de graciosos llegados a esa sesión con la esperanza de bromear.  ¡Oh!  Ya lo creo que hubiesen recogido los insultos de los amigos fervientes de Artaud distribuidos por toda la sala. Pero no: después de una muy tímida tentativa de alboroto ya no hubo que intervenir… Asistíamos a ese espectáculo prodigioso: Artaud triunfaba; mantenía a distancia la burla, la necedad insolente; dominaba…

    »Hacía mucho que yo conocía a Artaud, y también su desamparo y su genio. Nunca hasta entonces me había parecido más admirable. De su ser material nada subsistía sino lo expresivo.  Su alta silueta desgarbada, su rostro consumido por la llama interior, sus manos de quién se ahoga, ya tendidas hacia un inasible socorro, ya retorciéndose en la angustia, ya,  sobre todo, cubriendo estrechamente la cara, ocultándola y mostrándola alternativamente, todo en él narraba la abominable miseria humana, una especie de condenación inapelable, sin otra escapatoria posible que un lirismo arrebatado del que llegaban al público solo fulgores obscenos, imprecatorios y blasfemos. Y ciertamente, aquí se reencontraba al actor maravilloso en el cuál podía convertirse este artista: pero era su propio personaje lo que ofrecía al público, en una suerte de farsa desvergonzada donde se transparentaba una autenticidad total.  La razón retrocedía derrotada; no solo la suya sino la de toda la concurrencia, de nosotros todos, espectadores de ese drama atroz, reducidos a papeles de comparsas malévolas, de b… y palurdos. ¡Oh! No, ya nadie, entre los asistentes, tenía ganas de reír; y además, Artaud nos había sacado las ganas de reír por mucho tiempo. Nos había constreñido a su juego trágico de rebelión contra todo aquello que, admitido por nosotros permanecía inadmisible para él, más puro:

    Aún no hemos nacido.
    Aún no estamos en el mundo.
    Aún no hay mundo.
    Aún las cosas no están hechas.
    La razón de ser no ha sido encontrada…

    »Al terminar esta memorable sesión, el público callaba. ¿Qué se hubiera podido decir? Se acababa de ver a un hombre miserable, atrozmente sacudido por un dios, como en el umbral de la gruta profunda, antro secreto de la sibila donde no se tolera nada profano, o bien, como sobre un Carmelo poético, a un vate expuesto, ofrecido a las tormentas, a los murciélagos devorantes, sacerdote y víctima a la vez…  Uno se sentía avergonzado de retomar el lugar en el mundo donde la comodidad está hecha de compromisos.»

    Un escritor que firma L´Alchimiste, luego de trazar un convincente paralelo entre Arthur Rimbaud y Antonin Artaud, discierne en sus obras un periodo blanco y un periodo negro, separados en Rimbaud por la «Lettre du Voyanat»  y en Artaud por «Les Nouvelles Révélations de l´Etre» (1937).

    Lo que más asombra del periodo blanco de Artaud es su extraordinaria necesidad de encarnación mientras que en el periodo negro hay una perfecta cristalización de esa necesidad.

    Todos los escritos del periodo blanco, sean literarios, cinematográficos o teatrales, atestiguan esa prodigiosa sed de liberar y de que se vuelva cuerpo vivo aquello que permanece prisionero en las palabras.

    He entrado en la literatura escribiendo libros para decir que no podía escribir absolutamente nada; cuando tenía algo que decir o escribir, mi pensamiento era lo que más se me negaba. Nunca tenía ideas, y dos o tres pequeños libros de sesenta páginas cada uno, giraban sobre esta ausencia profunda, inveterada, endémica, de toda idea. Son L´Ombilic des Limbes» y «Le Pése-Nerfs.

    Es particularmente en Le Pése-Nerfs donde Artaud describe el estado (y resulta una ironía dolorosa e no poder dejar de admirar la magnífica «poesía» de ese libro) de desconcierto estupefaciente de su lengua en sus relaciones con el pensamiento. Su herida central es la inmovilidad interna y las atroces privaciones que se derivan: imposibilidad de sentir el ritmo del propio pensamiento (en su lugar yace algo trizado desde siempre) e imposibilidad de sentir vivo el lenguaje humano: Todos los términos que elijo para pensar son para mí TERMINOS en el sentido propio de la palabra, verdades terminaciones… 

    Hay una palabra que Artaud reitera a lo largo de sus escritos: eficacia. Ella se relaciona estrechamente con su necesidad de metafísica en actividad, y usada por Artaud quiere decir el arte -o la cultura en general- ha de ser eficaz en la misma manera en que nos es eficaz el aparato respiratorio: No me parece que lo más urgente sea defender una cultura cuya existencia nunca ha liberado a un hombre de la preocupación de vivir mejor y tener hambre sino extraer de aquello que se llama cultura ideas cuya fuerza viviente es idéntica a la del hambre. Y si se pregunta en qué consiste, en el plano de la poesía, esa eficacia que Artaud deseó como nadie y encontró más que nadie, puede ser una respuesta propicia esta afirmación que   encuentro en Marcel Granet («Le penseé chinoise»): Savoir le nom, dire le mot, c´est posséder l´être ou créer la chose. Toute bête est domptée par qui sait la nommer . . .  J´ai pour soldats des tigres si je les appelle: «tigres!»

    Las principales obras del período negro son: Au Pays des Tarahumanas, Van Gogh, le suicidé de la société, Les Lettres de Rodez, Artaud le Momo, Ci-git précéde de la Culture Indienne y Pour en finir avec le jugement de dieu.

    Son obras indefinibles. Pero explicar por qué algo es indefinible puede ser una manera -tal vez ve la más noble- de definirlo. Así procede Arthur Adamov en un excelente artículo en el que enuncia las imposibilidades -que aquí resumo- de definir la obra de Artaud:

    La poesía de Artaud no tiene casi nada en común con la poesía clasificada y definida.

    La vida y muerte de Artaud son inseparables de su obra en un grado único en la historia de la literatura.

    Los poemas de su último período son una suerte de milagro fonético que se renueva sin cesar.

    No se puede estudiar el pensamiento de Artaud como si se tratara de pensamiento pues no es pensando que se forjó en Artaud.

    Numerosos poetas se rebelaron contra la razón para sustituirla por un discurso poético que pertenece exclusivamente a la Poesía. Pero Artaud está lejos de ellos. Su lenguaje no tiene nada de poético si bien no existe otro más eficaz.

    Puesto que su obra rechaza los juicios estéticos y los dialécticos, la única llave para abrir una referencia a ella son los efectos que produce. Pero esto es casi indecible pues esos efectos equivalen a un golpe físico. (Si se pregunta de dónde proviene tanta fuerza, se responderá que del más grande sufrimiento físico y moral. El drama de Artaud es el de todos nosotros pero en rebeldía y su sufrimiento son de una intensidad sin paralelo)

    Leer en traducción al último Artaud es igual que mirar reproducciones de cuadros de Van Gogh. Y ellos, entre otras muchas causas, por lo corporal del lenguaje, por la impronta respiratoria del poeta, por su carencia absoluta de ambigüedad.

    Sí, el Verbo se hizo carne. Y también, y sobre todo en Artaud, el cuerpo se hizo verbo. ¿En dónde, ahora, su viejo lamento de separado de las palabras?  Así como Van Gogh restituye a la naturaleza su olvidado prestigio y su máxima dignidad a las cosas hechas por el hombre, gracias a esos soles giratorios, esos zapatos viejos, esa silla, esos cuervos . . . así, con idéntica pureza e idéntica intensidad, el verbo de Artaud, es decir Artaud, rescata, encarnándola, «la abominable miseria humana». Artaud, como Van Gogh, como unos pocos más, dejan obras cuya primera dificultad estriba en el lugar -inaccesible para casi todos- desde donde las hicieron. Toda aproximación a ellas solo es real si implica los temibles caminos de la pureza, de la lucidez, del sufrimiento, de la paciencia.

    . . . regagner Anotonin Artaud sur ses dix ans de souffrances, pour commencer à entrevoir ce qu´il voulait dire, ce que veut dire ce signe jeté parmi nous, le dernier oeut-être qui vaille d´être dechiffrê. . .

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Alejandra Pizarnik (Avellaneda, 1936-Buenos Aires, 1972). Prosas completas. Santiago de Chile: Lumen, 2018. También en Matar al Buda.