lunes, 10 de octubre de 2022

adrienne rich / alguien está escribiendo un poema


La sociedad cuya modernización ha alcanzado el grado de espectáculo integrado se caracteriza por el efecto combinado de cinco factores principales: la renovación tecnológica incesante, la integración del Estado y la economía, el secreto generalizado, las mentiras incontestables y el presente eterno.

Se supone que el espectador simplemente no sabe nada y no merece nada. Esos que miran a ver qué pasa después nunca actúan y tal debe ser la condición del espectador.

Guy Debord 

    En una cultura política de espectáculos gestionados y espectadores pasivos, la poesía aparece como una escisión, un lapso peculiar, en el modo predominante. La lectura de un poema, la lectura de poesía, no es un espectáculo ni tampoco puede ser recibida con pasividad. Es un intercambio de corrientes eléctricas a través del lenguaje, eso diario, mundano, abusado y menospreciado, ese instrumento de decepción y revelación, ese objeto material, ese cuchillo, trapo, bota, cuchara/ la caña se vuelve tubería / el tronco de un árbol se vuelve tambor / el lodo se vuelve  flauta de arcilla / las conchas se vuelven invocaciones de la libertad/ viejos pantalones y las enaguas se vuelven iconografía en bordados de sobrepuesto/ bandas elásticas estiradas alrededor de una caja se convierten en una lira. Diane Glancy: La poesía usa el centro de un convertidor de par para un molde de gelatina. Una vez vi, en un vodevil de Chautauqua, a un hombre que hizo música al emplear varias cucharas de madera de distintos tamaños con sus asombrosos dedos. Toma ese viejo instrumento, la lengua, encontrada a tu alrededor, confusa por la familiaridad, manchada por el uso diario, y hazla algo que signifique más que palabras. La poesía está hecha de algo viejo, tan familiar, que con facilidad se olvida que no son solo palabras, sino también sonidos polirrítmicos, un discurso que se encuentra en sus primeros intentos (cada poema rompe el silencio que debe ser superado), unos significados múltiples encendidos por la luz de todos, teñidos por las sombras de cada uno. En la depuración de la poesía, la vieja, maltrecha y desgastada lengua adquiere colores que desaparecen cuando los ciernes fuera del cauce e intentas aclararlos.

    Y todo esto debe venir del sistema nervioso del poeta, preverbal, al sistema nervioso de quien escucha, de quien lee, aquel participante sin el cual el poema nunca estaría terminado.

    No puedo escribir un poema para manipularte, no lograría su cometido. Quizá has leído tales poemas y has decidido que no te importa la poesía; algo te hizo perder el interés en ella. No puedo escribir un poema que provenga de razones deshonesta. Traicionaría su mezquino origen, como una herramienta de baja calidad, unas tijeras, un taladro, no cumpliría su propósito, se haría pedazos en tus manos al llegar a un punto crítico. No puedo escribir un poema porque simplemente tengo buenas intenciones, deseando poner las cosas en su debido lugar, hacer todo mejor; habría una fuga de energía, terminaría por significar menos de lo que dice.

    No puedo escribir un poema que trascienda mis propios límites, si bien la poesía frecuentemente me ha impulsado más allá de los viejos horizontes, y el escribir un poema me ha mostrado cómo una parte de mí estaba avanzando mucho más que el resto. Puedo esperar que un lector sienta mis límites que yo no puedo, y de acuerdo a su juicio preguntar: ¿Pero qué tiene esto que ver conmigo? ¿Existo en este poema? Y esta no es una pregunta simple o ingenua. Nos apoyamos en la poesía porque creemos que tiene algo que ver con nosotros. También nos apoyamos en ella para adquirir la experiencia de aquel que no soy, para tener una visión que no podríamos concebir de otra manera.

Aquel que escribe un poema cree en un lector, en unos lectores, de ese poema. El “quién” de ese lector se tambalea como una medusa. La autorreferencia siempre es posible: que mi “yo” es un “nosotros” universal, que el lector es mi clon. Que el enviarme cartas es suficiente para que me paguen. Que mi insignificancia de espejo contiene al mundo entero.

Pero muy a menudo quien escribe un poema cree en, depende de, una delicada y vibrante variedad de diferencias, que un “yo” puede convertirse en un “nosotros” sin apartar a otros, que existe una lengua parcialmente común a la cual los extranjeros pueden darle latidos, recuerdos y percepciones. Una lengua que por sí misma ha aprendido de los latidos, recuerdos y percepciones de los extranjeros.

    Los espectáculos controlados y diseñados para manipular la opinión de las masas, las emociones de estas, dependen progresivamente de la posesión de una vasta y extensa tecnología y de la distancia física entre los espectadores y el espectáculo (El bombardeo de Bagdad, los estudios donde las tomas fotográficas fueron seleccionadas, editadas y comparadas para proyectar vía satélite imágenes impresionantes de una justa e incruenta guerra). No afirmo ningún tipo de pureza para la poesía, sólo su forma particular de ser. Sin embargo, es notable que la composición y la participación en la poesía son demasiado independientes de la tecnología de punta. Un buen equipo de sonido en una lectura es claramente una gran ventaja. Sin embargo la poesía se perdería en una inmensa escena performativa con tecnología. Lo que la poesía puede ofrecer debe ser por medio de la lengua y la voz, no a través de grandes efectos de luces, sonido, fotogramas superpuestos ni como un mero complemento del espectáculo.

    Necesito hacer una distinción sustancial aquí. Los medios de la última tecnología están, como el poeta Luis J. Rodríguez ha comentado del microchip, “rodeado por las relaciones sociales y poderosos mecanismos que surgen de otro tiempo, de otro ciclo:… [ellos están] aprisionados por el capitalismo.” Los espectáculos producidos por estos medios transmiten los mensajes de esas relaciones sociales y poderosos mecanismos: que nuestras condiciones son inevitables, que la aleatoriedad prevalece, que la única respuesta posible son una asimilación e identificación pasivas.

Pero hay un diferente tipo de performatividad en el centro del renacimiento de la poesía como un arte oral -el arte del griot, hecho en compañía de música y danza, para evocar y generar una comunidad o comunidades en contra de la pasividad y victimización, para recordarle a la gente sus orígenes espirituales e históricos. Tal arte, aquí y ahora, no depende, ni puede hacerlo, de grandes recursos económicos y tecnológicos, aunque en un sistema diferente de relaciones sociales podría recurrir a una tecnología sofisticada para sus propios fines sin estar dominado por ella.

Alguien está escribiendo un poema. Las palabras son seres puestos en un campo de fuerza. Es como si las palabras mismas tuviesen cargas magnéticas, estas viran juntas o en polaridad, se desvían en contra de la otra. Parte del campo de fuerza, la carga, es la historia activa de las palabras mismas, cómo alguien las ha conocido, usado, puesto en duda o se ha apoyado en ellas en una vida. Parte del movimiento en las palabras está en el campo del sonido. Las guturales, las líquidas, las ásperas, las prolongadas, las entrecortadas, las viscerales. El teatro de cualquier poema es un conjunto de decisiones sobre el espacio y el tiempo. ¿Cómo serán puestas estas palabras sobre la página? ¿Con qué pausas? ¿Qué movimiento precipitado? ¿Qué redacción? ¿Cómo pueden encontrarse con el respiro de quien viene a leerlas? Y parcialmente el campo es cargado de la misma manera en la que las imágenes se introducen al cerebro por medio de la lengua escrita: un cisne, una caldera, unos carámbanos, unas cenizas, unas postillas, unos lárices, un tractor, un velo, un hongo mucoso, unos dientes y una peca.

    Lynn Emanuel escribe sobre la prueba de una bomba nuclear vista en televisión en el desierto de Nevada por una madre soltera y su hija que vivían a canto de un motel: 

EL PLANETA KRYPTÓN 

Fuera de la ventana, la fundición McGill envió

un polvo rojo bajo los patios humeantes de cobre,

en los extremos desgastados de las vías del tren desaparecieron

en la congestión de la tarde. Ely yacía débil

y raída: la punta de una bota de minero desgastada y tenue,

mientras mi madre se arrodillaba ante el Philco para provocar

la denotación de la estática. Desde Las Vegas,

del alcance de Artillería y Armería de Tonopah, el sonido

de la bomba atómica vino zumbado como un enjambre

de abejas. Nos sentamos en la cálida oscuridad de Nevada, encantadas,

cuando se activó el interruptor y se alzó la bomba

hasta su longitud sedosa, entrecerrada, brillante y desenrollada;

silbó y escupió, chisporroteó como un atizador en el ponche.

La bomba no era mente ni cuerpo del todo; envió un incendio

de estática por la columna vertebral. En la oscuridad brilló como la espiral

de una estufa eléctrica. Despojó cada hoja de cada

rama hasta que un sauce junto a un arroyo era un ramo

de interruptores resinosos, desnudos, flexibles y finos.

Bañada en la luz de KDWN, Las Vegas,

mi madre agachada lucía radiactiva, pantanosa,

glauca, como algo del planeta Kriptón.

En la afable y brillante potencia de la bomba, no éramos

pobres. En la efervescencia de los átomos y en el estallido, escuchamos

la posibilidad descorchada. Un manto de tafetán murmurado en un sofá-cama.

Un nuevo planeta floreció sobre nosotros; en su luz

los tocones de pino cortado resplandecían como platos.

El mundo comenzaba de nuevo, fresco y caliente;

podíamos tener todo lo que quisiéramos. 

    En la afable y brillante potencia de la bomba, no éramos pobres. Esto, podría decirse, es el núcleo político del poema, el “significado” sin el cual no podría existir. Todo lo que la bomba estaba destinada a significar, como un espectáculo de poder que prometía posibilidades sin límites a los indefensos, toda la falsedad de su promesa, la devastación original de dos ciudades, la continua caída de radiación sobre los sitios locales, reservaciones -hacia las islas del pacífico- esto es el poderoso impulso del poema, la energía que carga. Empero, todo esto sería olvidable y un mero “mensaje” sin la furia visual del poema, sin sus extraordinarios cambios abruptos de sonido e imagen: Ely yacía débil y raída: la punta de una bota de minero desgastada y tenue… Un manto de tafetán murmurado en un sofá cama. Krypton es el planeta de Superman derrumbándose, los pedazos de escombros que lanza hacia la tierra peligrosa para el héroe; la Tierra se ha convertido en su propio planeta Krypton -autotóxico.

    En un momento concreto, una mujer, que escribe este poema, ha tenido que considerar el poder de la poesía como distinto al de la bomba nuclear, de las lesiones radioactivas de su planeta, el poder de la pobreza para minimizar a la gente como espectadores de eventos distantes. Ella no puede quedarse como una espectadora, hipnotizada por la magnificencia de una fuerza destructiva liberada más allá de su control. No puede sentir los viejos deseos primitivos de destrucción y creación dentro de ella; opta por la creación y la lengua. Pero para hacer esto tiene que ver claramente -y hacer visible- cómo alguna vez el poder destructivo pareció atender sus necesidades, cómo la duración sedosa, entrecerrada, reluciente y desenrollada podría haber embelesado a una madre e hija mientras veían, dos mujeres marginadas, sujetándose a los bordes de las partículas en el desierto. El manejo de su necesidad, esa destrucción, en la lengua, es la forma en la que asume su verdadero poder.

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Adrienne Rich (Baltimore, 1929-Santa Cruz, 2012). Traducción de Samuel Isaac Romay Mayoral y Daniel Fierro Sánchez. Circulo de Poesia. 

lunes, 3 de octubre de 2022

octavio paz / el ritmo


    Las palabras se conducen como seres caprichosos y autónomos. Siempre dicen "esto y lo otro" y, al mismo tiempo, "aquello y lo de más allá". El pensamiento no se resigna; forzado a usarlas, una y otra vez pretende reducirlas a sus propias leyes; y una y otra vez el lenguaje se rebela y rompe los diques de la sintaxis y del diccionario. Léxicos y gramáticas son obras condenadas a no terminarse nunca. El idioma está siempre en movimiento, aunque el hombre, por ocupar el centro del remolino, pocas veces se da cuenta de este incesante cambiar. De ahí que, como si fuera algo estático, la gramática afirme que la lengua es un conjunto de voces y que éstas constituyen la unidad más simple, la célula lingüística. En realidad, el vocablo nunca se da aislado; nadie habla en palabras sueltas. El idioma es una totalidad indivisible; no lo forman la suma de sus voces, del mismo modo que la sociedad no es el conjunto de los individuos que la componen. Una palabra aislada es incapaz de constituir una unidad significativa. La palabra suelta no es, propiamente, lenguaje; tampoco lo es una sucesión de vocablos dispuestos al azar. Para que el lenguaje se produzca es menester que los signos y lo sonidos se asocien de tal manera que impliquen y transmitan un sentido. La pluralidad potencial de significados de la palabra suelta se transforma en la frase en una cierta y única, aunque no siempre rigurosa y unívoca, dirección. Así, no es la voz, sino la frase u oración, la que constituye la unidad más simple del habla. La frase es una totalidad autosuficiente; todo el lenguaje, como un microcosmo, vive en ella. A semejanza del átomo, es un organismo sólo separable por la violencia. Y en efecto, sólo por la violencia del análisis gramatical la frase se descompone en palabras. El lenguaje es un universo de unidades significativas, es decir, de frases.

    Basta observar cómo escriben los que no han pasado por los aros del análisis gramatical para comprobar la verdad de estas afirmaciones. Los niños son incapaces de aislar las palabras. El aprendizaje de la gramática se inicia enseñando a dividir las frases en palabras y éstas en sílabas y letras. Pero los niños no tienen conciencia de las palabras; la tienen, y muy viva, de las frases: piensan, hablan y escriben en bloques significativos y les cuesta trabajo comprender que una frase está hecha de palabras. Todos aquellos que apenas si saben escribir muestran la misma tendencia. Cuando escriben, separan o juntan al azar los vocablos: no saben a ciencia cierta dónde acaban y empiezan. Al hablar, por el contrario, los analfabetos hacen las pausas precisamente donde hay que hacerlas: piensan en frases. Asimismo, apenas nos olvidamos o exaltamos y dejamos de ser dueños de nosotros, el lenguaje natural  recobra sus derechos y dos palabras o más se juntan en el papel, ya no conforme a las reglas de la gramática sino obedeciendo al dictado del pensamiento. Cada vez que nos distraemos, reaparece el lenguaje en su estado natural, anterior a la gramática.

Podría argüirse que hay palabras aisladas que forman por sí mismas unidades significativas. En ciertos idiomas primitivos la unidad parece ser la palabra; los pronombres demostrativos de algunas de estas lenguas no se reducen a señalar a éste o aquél, sino a "esto que está de pie", "aquel que está tan cerca que podría tocársele", "aquélla ausente", "éste visible", etc. Pero cada una de estas palabras es una frase. Así, ni en los idiomas más simples la palabra aislada es lenguaje. Esos pronombres son palabras frases (1).

El poema posee el mismo carácter complejo e indivisible del lenguaje y de su célula: la frase. Todo poema es una totalidad cerrada sobre sí misma: es una frase o un conjunto de frases que forman un todo. Como en el resto de los hombres, el poeta no se expresa en vocablos sueltos, sino en unidades compactas e inseparables. La célula del poema, su núcleo más simple, es la frase poética. Pero, a diferencia de lo que ocurre con la prosa, la unidad de la frase, lo que la constituye como tal y hace lenguaje, no es el sentido o dirección significativa, sino el ritmo. Esta desconcertante propiedad de la frase poética será estudiada más adelante; antes es indispensable describir de qué manera la frase prosaica — el habla común— se transforma en frase poética.

Nadie puede substraerse a la creencia en el poder mágico de las palabras. Ni siquiera aquellos que de desconfían de ellas. La reserva ante el lenguaje es una actitud intelectual. Sólo en ciertos momentos medimos y pesamos las palabras; pasado ese instante, les devolvemos su crédito. La confianza ante el lenguaje es la actitud espontánea y original del hombre; las cosas son su nombre. La fe en el poder de las palabras es una reminiscencia de nuestras creencias más antiguas: la naturaleza está animada; cada objeto posee una vida propia; las palabras, que son los dobles mundo objetivo, también están animadas. El lenguaje, como el universo, es un mundo de llamadas y respuestas; flujo y reflujo, unión y separación, inspiración y espiración. Unas palabras se atraen, otras se repelen y todas se corresponden. El habla es un conjunto de seres vivos, movidos por ritmos semejantes a los que rigen a los astros y las plantas.

    Todo aquel que haya practicado la escritura automática —hasta donde es posible esta tentativa— conoce las extrañas y deslumbrantes asociaciones del lenguaje dejado a su propia espontaneidad. Evocación y convocación. Les mots font l’amour, dice André Breton. Y un espíritu tan lúcido como Alfonso Reyes advierte al poeta demasiado seguro de su dominio del idioma: "Un día las palabras se coaligarán contra ti, se te sublevarán a un tiempo...". Pero no es necesario acudir a estos testimonios literarios. El sueño, el delirio, la hipnosis y otros estados de relajación de la conciencia favorecen el manar de las frases. La corriente parece no tener fin: una frase nos lleva a la otra. Arrastrados por el río de las imágenes, rozamos las orillas del puro existir y adivinamos un estado de unidad, de final reunión con nuestro ser y con el ser del mundo. Incapaz de oponer diques a la marea, la conciencia vacila. Y de pronto todo desemboca en una imagen final. Un mundo nos cierra el paso: volvemos al silencio.

    Los estados contrarios —extrema tensión de la conciencia, sentimiento agudo del lenguaje, diálogos en que las inteligencias chocan y brillan, galerías transparentes que la introspección multiplica hasta el infinito— también son favorables a la repentina aparición de frases caídas del cielo. Nadie las ha llamado; son como la recompensa de la vigilia. Tras el forcejeo de la razón que se abre paso, pisamos una zona armónica. Todo se vuelve fácil, todo es respuesta tácita, alusión esperada. Sentimos que las ideas riman. Entrevemos que pensamientos y frases son también ritmos, llamadas, ecos. Pensar es dar la nota justa, vibrar apenas nos toca la onda luminosa. La cólera, el entusiasmo, la indignación, todo lo que nos pone fuera de nosotros posee la misma virtud liberadora. Brotan frases inesperadas y dueñas de un poder eléctrico: "lo fulminó con la mirada", "echó rayos y centellas por la boca"... El elemento fuego preside todas esas expresiones. Los juramentos y malas palabras estallan como soles atroces. Hay maldiciones y blasfemias que hacen temblar el orden cósmico. Después, el hombre se admira y arrepiente de lo que dijo. En realidad no fue él, sino "otro", quien profirió esas frases: estaba "fuera de sí". Los diálogos amorosos muestran el mismo carácter. Los amantes "se quitan las palabras de la boca". Todo coincide: pausas y exclamaciones, risas y silencios. El diálogo es más que un acuerdo: es un acorde. Y los enamorados mismos se sienten como dos rimas felices, pronunciadas por una boca invisible.

    El lenguaje es el hombre, pero es algo más. Tal podría ser el punto de partida de una inquisición sobre estas turbadoras propiedades de las palabras. Pero el poeta no se pregunta cómo está hecho el lenguaje y si ese dinamismo es suyo o sólo es reflejo. Con el pragmatismo inocente de todos los creadores, verifica un hecho y lo utiliza: las palabras llegan y se juntan sin que nadie las llame; y estas reuniones y separaciones no son hijas del puro azar: un orden rige las afinidades y las repulsiones. En el fondo de todo fenómeno verbal hay un ritmo. Las palabras se juntan y separan atendiendo a ciertos principios rítmicos. Si el lenguaje es un continuo vaivén de frases y asociaciones verbales regido por un ritmo secreto, la reproducción de ese ritmo nos dará poder sobre las palabras. El dinamismo del lenguaje lleva al poeta a crear su universo verbal utilizando las mismas fuerzas de atracción y repulsión. El poeta crea por analogía. Su modelo es el ritmo que mueve a todo el idioma. El ritmo es un imán. Al reproducirlo —por medio de metros, rimas, aliteraciones, paronomasias y otros procedimientos— convoca las palabras. A la esterilidad sucede un estado de abundancia verbal; abiertas las esclusas interiores, las frases brotan como chorros o surtidores. Lo difícil, dice Gabriela Mistral, no es encontrar rimas sino evitar su abundancia. La creación poética consiste, en buena parte, en esta voluntaria utilización del ritmo como agente de seducción. 

La operación poética no es diversa del conjuro, el hechizo y otros procedimientos de la magia. Y la actitud del poeta es muy semejante a la del mago. Los dos utilizan el principio de analogía; los dos proceden con fines utilitarios e inmediatos: no se preguntan qué es el idioma o la naturaleza, sino que se sirven de ellos para sus propios fines. No es difícil añadir otra nota: magos y poetas, a diferencia de filósofos, técnicos y sabios, extraen sus poderes de sí mismos. Para obrar no les basta poseer una suma de conocimientos, como ocurre con un físico o con un chofer. Toda operación mágica requiere de una fuerza interior, lograda a través de un penoso esfuerzo de purificación. Las fuentes del poder mágico son dobles: las fórmulas y demás métodos de encantamiento, y la fuerza psíquica del encantador, su afinación espiritual que le permite acordar su ritmo con el del cosmos. Lo mismo ocurre con el poeta. El lenguaje del poema está en él y sólo a él se le revela. La revelación poética implica una búsqueda interior. Búsqueda que no se parece en nada a la introspección o al análisis; más que una búsqueda, actividad psíquica capaz de provocar la pasividad propicia a la aparición de las imágenes.

    Con frecuencia se compara al mago con el rebelde. La seducción que todavía ejerce sobre nosotros su figura procede de haber sido el primero que dijo No a los dioses y Sí a la voluntad humana. Todas las otras rebeliones —esas, precisamente, por las cuales el hombre ha llegado a ser hombre— parten de esta primera rebelión. En la figura del hechicero hay una tensión trágica, ausente en el hombre de ciencia y en el filósofo. Éstos sirven al conocimiento y en su mundo los dioses y las fuerzas naturales no son sino hipótesis, ni tampoco, como para el creyente, realidades que hay que aplacar o amar, sino poderes que hay que seducir, vencer o burlar. La magia es una empresa peligrosa y sacrílega, una afirmación del poder humano frente a lo sobrenatural. Separado del rebaño humano, cara a los dioses, el mago está solo. En esa soledad radica su grandeza y, casi siempre, su final esterilidad. Por otra parte, es un testimonio de su decisión trágica. Por la otra, de su orgullo. En efecto, toda magia que no se trasciende —esto es, que no se trasforma en un don, en filantropía— se devora a sí misma y acaba por devorar a su creador. El mago ve a los hombres como medios, fuerzas, núcleos de energía latente. Una de las formas de la magia consiste en el dominio propio para después dominar a los demás. Príncipes, reyes y jefes se rodean de magos y astrólogos, antecesores de los consejeros políticos. Las recetas del poder mágico entrañan fatalmente la tiranía y la dominación de los hombres. La rebelión del mago es solitaria, porque la esencia de la actividad mágica es la búsqueda del poder. Con frecuencia se han señalado las semejanzas entre magia y técnica y algunos piensan que la primera es el origen remoto de la segunda. Cualquiera que sea la validez de esta hipótesis, es evidente que el rasgo característico de la técnica moderna —como de la antigua magia— es el culto del poder. Frente al mago se levante Prometeo, la figura más alta que ha creado la imaginación occidental. Ni mago, ni filósofo, ni sabio: héroe, robador del fuego, filántropo. La rebelión prometeica encarna la de la especie. En la soledad del héroe encadenado late, implícito, el regreso al mundo de los hombres. La soledad del mago es soledad sin retorno. Su rebelión es estéril porque la magia —es decir: la búsqueda del poder por el poder— termina aniquilándose a sí misma. No es otro el drama de la sociedad moderna. La ambivalencia de la magia puede condensarse así: por un parte, trata de poner al hombre en relación viva con el cosmos, y en ese sentido es una suerte de comunión universal; por la otra, su ejercicio no implica sino la búsqueda del poder. El ¿para qué? Es una pregunta que la magia no se hace y que no puede contestar sin transformarse en otra cosa: religión, filosofía, filantropía. En suma, la magia es una concepción del mundo pero no es una idea del hombre. De ahí que el mago sea una figura desgarrada entre su comunicación con las fuerzas cósmicas y su imposibilidad de llegar al hombre, excepto como una de sus fuerzas. La magia afirma la fraternidad de la vida —una misma corriente recorre el universo— y niega la fraternidad de los hombres.

    Ciertas creaciones poéticas modernas están tan habitadas por la misma tensión. La obra de Mallarmé es, acaso, el ejemplo máximo. Jamás las palabras han estado tan cargadas y plenas de sí mismas; tanto, que apenas si las reconocemos, como esas flores tropicales negras a fuerza de encarnadas. Cada palabra es vertiginosa, tal es su claridad. Pero es una claridad mineral: nos refleja y nos abisma, sin que nos refresque o caliente. Un lenguaje a tal punto excelso merecía la prueba d fuego del teatro. Sólo en la escena podría haberse consumido y consumado plenamente y, así, encarnar de veras. Mallarmé lo intentó. No sólo nos ha dejado varios fragmentos poéticos que son tentativas teatrales, sino una reflexión sobre ese imposible y soñado teatro. Mas no hay teatro sin palabra poética común. La tensión del lenguaje poético de Mallarmé se consume en ella misma. Su mito no es filantrópico; no es Prometeo, el que da fuego a los hombres, sino Igitur: el que se contempla a sí mismo. Su claridad acaba por incendiarlo. La flecha se vuelve contra el que la dispara, cuando el blanco es nuestra propia imagen interrogante. La grandeza de Mallarmé no consiste nada más en su tentativa por crear un lenguaje que fuese el doble mágico del universo —la Obra concebida como un Cosmos— sino sobre todo en la conciencia de la imposibilidad de transformar ese lenguaje en teatro, en diálogo con el hombre. Si la obra no se resuelve en teatro, no le queda otra alternativa que desembocar en la página en blanco. El acto mágico se transmuta en suicidio. Por el camino del lenguaje mágico el poeta francés llega al silencio. Pero todo silencio humano contiene un habla. Callamos, decía sor Juana, no porque no tengamos nada que decir, sino porque no sabemos cómo decir todo lo que quisiéramos decir. El silencio humano es un callar y, por tanto, es implícita comunicación, sentido latente. El silencio de Mallarmé nos dice nada, que no es lo mismo que nada decir. Es el silencio anterior al silencio.

    El poeta no es un mago, pero su concepción del lenguaje como una society of life —según define Cassirer la visión mágica del cosmos— lo acerca a la magia. Aunque el poema no es hechizo ni conjuro, a la manera de ensalmos y sortilegios el poeta despierta las fuerzas secretas del idioma. El poeta encanta al lenguaje por medio del ritmo. Una imagen suscita a otra. Así, la función predominante del ritmo distingue al poema de todas las otras formas literarias. El poema es un conjunto de frases, un orden verbal, fundado en el ritmo. Si se golpea un tambor a intervalos iguales, el ritmo aparecerá como tiempo dividido en porciones homogéneas. La representación gráfica de semejante abstracción podría ser la línea de rayas: ---------. La intensidad rítmica dependerá de la celeridad con que los golpes caigan sobre el parche del tambor. A intervalos más reducidos corresponderá redoblada violencia. Las variaciones dependerán también de la de la combinación entre golpes e intervalos. Por ejemplo: -I--I-I--I-I--I-I-, etc. Aun reducido a ese esquema, el ritmo es algo más que medida, algo más que tiempo dividido en porciones. La sucesión de golpes y pausas revela una cierta intencionalidad, algo así como una dirección. El ritmo proporciona una expectación, suscita un anhelar. Si se interrumpe, sentimos un choque. Algo se ha roto. 

    Si continúa, esperamos algo que no acertamos a nombrar. El ritmo engendra en nosotros una disposición de ánimo que sólo podrá calmarse cuando sobrevenga "algo". Nos coloca en actitud de espera. Sentimos que el ritmo es un ir hacia algo, aunque no sepamos qué pueda ser ese algo. Todo ritmo es sentido de algo, aunque no sepamos qué pueda ser ese algo. Todo ritmo es sentido de algo. Así pues, el ritmo no es exclusivamente una medida vacía de contenido, sino tiempo original. La medida no es tiempo sino manera de calcularlo. Heidegger ha mostrado que toda medida es una "forma de hacer presente el tiempo". Calendarios y relojes son maneras de marcar nuestros pasos. Esta presentación implica una reducción o abstracción del tiempo original: el reloj presenta al tiempo y para presentarlo lo divide en porciones iguales y carentes de sentido. La temporalidad —que es el hombre mismo y que, por tanto, da sentido a lo que toca— es anterior a la presentación y lo que la hace posible.

    El tiempo no está fuera de nosotros, ni es algo que pasa frente a nuestros ojos como las manecillas del reloj: nosotros somos el tiempo y no son los años sino nosotros los que pasamos. El tiempo posee una dirección, un sentido, porque es nosotros mismos. El ritmo realiza una operación contraria a la de relojes y calendarios: el tiempo deja de ser medida abstracta y regresa a lo que es: algo concreto y dotado de una dirección. Continua manar, perpetuo ir más allá, el tiempo es permanente trascenderse. Su esencia es el más —y la negación de ese más. El tiempo afirma el sentido de un modo paradójico: posee un sentido —el ir más allá, siempre fuera de sí— que no cesa de negarse así mismo como sentido. Se destruye y, al destruirse, se repite, pero cada repetición es un cambio. Siempre lo mismo y la negación de lo mismo. Así, nunca es medida sin más, sucesión vacía. Cuando el ritmo se despliega frente a nosotros, algo pasa con él: nosotros mismos. En el ritmo hay un "ir hacia", que sólo puede ser elucidado si, al mismo tiempo, se elucida qué somos nosotros. El ritmo no es medida, ni algo que está fuera de nosotros, sino que somos nosotros mismos los que nos vertemos en el ritmo y nos disparamos hacia "algo". El ritmo es sentido y dice "algo". Así, su contenido verbal o ideológico no es separable. Aquello que dicen las palabras del poeta ya está diciéndolo el ritmo en que se apoyan esas palabras. Y más: esas palabras surgen naturalmente del ritmo, como la flor del tallo. La relación entre ritmo y palabra poética no es distinta a la que reina entre danza y ritmo musical: no se puede decir que el ritmo es la representación sonora de la danza; tampoco que el baile sea la traducción corporal del ritmo. Todos los bailes son ritmos; todos los ritmos, bailes. En el ritmo está ya la danza; y a la inversa. 

    Rituales y relatos míticos muestran que es imposible disociar al ritmo de su sentido. El ritmo fue un procedimiento mágico con una finalidad inmediata: encantar y aprisionar ciertas fuerzas, exorcizar otras. Asimismo, sirvió para conmemorar o, más exactamente, para reproducir ciertos mitos: la aparición de un demonio o la llegada de un dios, el fin de un tiempo o el comienzo de otro. Doble del ritmo cósmico, era una fuerza creadora, en el sentido literal de la palabra, capaz de producir lo que el hombre deseaba: el descenso de la lluvia, la abundancia de la caza o la muerte del enemigo. La danza contenía ya, en germen, la representación; el baile y la pantomima eran también un drama y una ceremonia: un ritual. El ritmo era rito. Sabemos, por otra parte, que rito y mito son realidades inseparables. En todo cuento mítico se descubre la presencia del rito, porque el relato no es sino la traducción en palabras de la ceremonia ritual: el mito cuenta o describe el rito. Y el rito actualiza el relato; por medio de danzas y ceremonias el mito encarna y se repite: el héroe vuelve una vez más entre los hombres y vence los demonios, se cubre de verdor la tierra y aparece el rostro radiante de la desenterrada, el tiempo que acaba renace e inicia un nuevo ciclo. El relato y su representación son inseparables. Ambos se encuentran ya en el ritmo, que es drama y danza, mito y rito, relato y ceremonia. La doble realidad del mito y del rito se apoya en el ritmo, que las contiene. De nuevo se hace patente que, lejos de ser medida vacía y abstracta, el ritmo es inseparable de un contenido concreto. Otro tanto ocurre con el ritmo verbal: la frase o "idea poética" no precede al ritmo, ni éste a aquella. Ambos son la misma cosa. En el verso ya late la frase y su posible significación. Por eso hay metros heroicos y ligeros, danzantes y solemnes, alegres y fúnebres. El ritmo no es medida: es visión del mundo. Calendarios, moral, política, técnica, artes, filosofías, todo, en fin, lo que llamamos cultura hunde sus raíces en el ritmo. Él es la fuente de todas nuestras creaciones. Ritmos binarios o terciarios, antagónicos o cíclicos alimentan las instituciones, las creencias, las artes y las filosofías. La historia misma es ritmo. Y cada civilización puede reducirse al desarrollo de un ritmo primordial. Los antiguos chinos veían (acaso sea más exacto decir: oían) al universo como la cíclica combinación de dos ritmos: "Una vez Yin —otra vez Yang: eso es el Tao". Yin y Yang no son ideas, al menos en el sentido occidental de la palabra, según observa Granet; tampoco son meros sonidos y notas: son emblemas, imágenes que contienen una representación concreta del universo. Dotados de un dinamismo creador de realidades, Yin y Yang se alternan y alternándose engendran la totalidad. En esa totalidad nada ha sido suprimido ni abstraído; cada aspecto está presente, vivo y sin perder sus particularidades. Yin es el invierno, la estación de las mujeres, la casa y la sombra. Su símbolo es la puerta, lo cerrado y escondido que madura en la oscuridad. Yang es la luz, los trabajos agrícolas, la caza y la pesca, el aire libre, el tiempo de los hombres, abierto. Calor y frío, luz y oscuridad, "tiempo de plenitud y tiempo de decrepitud: tiempo masculino y tiempo femenino —un aspecto dragón y un aspecto serpiente—, tal es la vida". El universo es un sistema bipartido de ritmos contrarios, alternantes y complementarios. El ritmo rige el crecimiento de las plantas y de los imperios, de las cosechas y de las instituciones. Preside la moral y la etiqueta. El libertinaje de los príncipes altera el orden cósmico; pero también lo altera, en ciertos periodos, su castidad. La cortesía y el buen gobierno son formas rítmicas, como el amor y el tránsito de las estaciones. El ritmo es imagen viva del universo, encarnación visible de la legalidad cósmica: Yi Yin - Yi Yang: "Una vez Yin otra vez Yang: eso es el Tao" (2).

    El pueblo chino no es el único que ha sentido el universo como unión, separación y reunión de ritmos. Todas las concepciones cosmológicas del hombre brotan de la intuición de un ritmo original. En el fondo de toda cultura se encuentra una actitud fundamental ante la vida que, antes de expresarse en creaciones religiosas, estéticas o filosóficas, se manifiesta como ritmo. Yin y Yang para los chinos; ritmo cuaternario para los aztecas; dual para los hebreos. Los griegos conciben el cosmos como lucha y combinación de contrarios. Nuestra cultura está impregnada de ritmos ternarios. Desde la lógica y la religión hasta la política y la medicina parecen regirse por dos elementos que se funden y absorben en una unidad: padre, madre, hijo; tesis, antítesis, síntesis; comedia, drama, tragedia; infierno, purgatorio, cielo; temperamentos sanguíneo, muscular, nervioso; memoria, voluntad y entendimiento; reinos mineral, vegetal y animal; aristocracia, monarquía y democracia... No es ésta ocasión para preguntarse si el ritmo es una expresión de las instituciones sociales primitivas, del sistema de producción o de otras "causas" o si, por el contrario, las llamadas estructuras sociales no son sino manifestaciones de esta primera de esta primera y espontánea actitud del hombre ante la realidad. Semejante pregunta, acaso la esencial de la historia, posee el mismo carácter vertiginoso de la pregunta sobre el ser del hombre —porque ese ser parece no tener sustento o fundamento, sino que, disparado o exhalado, diríase que se asienta en su propio sinfín. Pero si no podemos dar una respuesta a este problema, al menos sí es posible afirmar que el ritmo es inseparable de nuestra condición. Quiero decir: es la manifestación más simple, permanente y antigua del hecho decisivo que nos hace ser hombres: ser temporales, ser mortales y lanzados siempre hacia "algo", hacia lo "otro": la muerte, Dios, la amada, nuestros semejantes.

    La constante presencia de formas rítmicas en todas las expresiones humanas no podía menos de provocar la tentación de edificar una filosofía fundada en el ritmo. Pero cada sociedad posee un ritmo propio. O más exactamente: cara ritmo es una actitud, un sentido y una imagen del mundo, distinta y particular. Del mismo modo que es imposible reducir los ritmos a pura medida, dividida en espacios homogéneos, tampoco es posible abstraerlos y convertirlos en esquemas racionales. Cada ritmo implica una visión concreta del mundo. Así, el ritmo universal de que hablan algunos filósofos es una abstracción que apenas si guarda relación con el ritmo original, creador de imágenes, poemas y obras. El rimo, que es imagen y sentido, actitud espontánea del hombre ante la vida, no está fuera de nosotros:
es nosotros mismos, expresándonos. Es temporalidad concreta, vida humana irrepetible. El ritmo que Dante percibe y que mueve las estrellas y las almas se llama Amor; Lao-tsé y Chuang-tsé oyen otro ritmo, hecho de contrarios relativos: Heráclito lo sintió como guerra. No es posible reducir todos estos ritmos a unidad sin que al mismo tiempo se evapore el contenido particular de cada uno de ellos. El ritmo no es filosofía, sino imagen del mundo, es decir, aquello en que se apoyan las filosofías.

    En todas las sociedades existen dos calendarios. Uno rige la vida diaria y las actividades profanas; otro, los periodos sagrados, los ritos y las fiestas. El primero consiste en una división del tiempo en porciones iguales: horas, días, meses, años. Cualquiera que sea el sistema adoptado para la medición del tiempo, éste es una sucesión cuantitativa de porciones homogéneas. En el calendario sagrado, por el contrario, se rompe la continuidad. La fecha mítica adviene si una serie de circunstancias se conjugan para reproducir el acontecimiento. A diferencia de la fecha profana, la sagrada no es una medida sino una realidad viviente, cargada de fuerzas sobrenaturales, que encarna en sitios determinados. En la representación profana del tiempo, el 1 de enero sucede necesariamente al 31 de diciembre. En la religiosa, puede muy bien ocurrir que el tiempo nuevo no suceda al viejo. Todas las culturas han sentido el horror del "fin del tiempo". De ahí la existencia de "ritos de entrada y salida". Entre los antiguos mexicanos el rito del fuego —celebrados cada fin de año y especialmente al terminar el ciclo de 52 años— no tenían más propósito que provocar la llegada del tiempo nuevo. Apenas se encendían las fogatas en el Cerro de la Estrella, todo el Valle de México, hasta entonces sumido en sombras, se iluminaba. Una vez más el mito había encarnado, El tiempo —un tiempo creador de vida y no vacía sucesión— había sido re-engendrado. La vida podía continuar hasta que ese tiempo, a su vez, se desgastase. Un admirable ejemplo plástico de esta concepción es el Entierro del Tiempo, pequeño monumento de piedra que se encuentra en el Museo de Antropología de México: rodeados de calaveras, yacen los signos del tiempo viejo: de sus restos brota el tiempo nuevo. Pero su renacer no es fatal. Hay mitos, como el de Grial, que aluden a la obstinación del tiempo viejo, que se empeña en no morir, en no irse: la esterilidad impera; los campos se agostan; las mujeres no conciben; los viejos gobiernan: Los "ritos de salida" —que casi siempre consisten en la intervención salvadora de un joven héroe— obligan al tiempo viejo a dejar el campo a su sucesor.

    Si la fecha mítica no se inserta en la pura sucesión, ¿en qué tiempo pasa? La respuesta nos la dan los cuentos: "Una vez había un rey...". El mito no se sitúa en una fecha determinada, sino en "una vez...", nudo en el que espacio y tiempo se entrelazan. El mito es un pasado que también es un futuro. Pues la región temporal en donde acaecen los mitos no es el ayer irreparable y finito de todo acto humano, sino un pasado cargado de posibilidades, susceptible de actualizarse. El mito transcurre en un tiempo arquetípico. Y más: es tiempo arquetípico, capaz de re-encarnar. El calendario sagrado es rítmico porque es arquetípico. El mito es un pasado que es un futuro dispuesto a realizarse en un presente. Nada más distante de nuestra concepción cotidiana del tiempo. En la vida diaria nos aferramos a la representación cronométrica del tiempo, aunque hablemos de "mal tiempo" y de "buen tiempo" y aunque cada treinta y uno de diciembre despidamos al año viejo y saludemos la llegada del nuevo. Ninguna de estas actitudes —residuos de la antigua concepción del tiempo— nos impide arrancar cada día una hoja al calendario o consultar la hora en el reloj. Nuestro "buen tiempo" no se desprende de la sucesión; podemos suspirar por el pasado —que tiene fama de ser mejor que el presente— pero sabemos que el pasado no volverá. Nuestro "buen tiempo" muere de la misma muerte que todos los tiempos: es sucesión. En cambio, la fecha mítica no muere: se repite, encarna. Así, lo que distingue al tiempo mítico de toda otra representación del tiempo es el ser un arquetipo. Pasado susceptible siempre de ser hoy, el mito es una realidad flotante, siempre dispuesta a encarnar y volver a ser.

    La función del ritmo se precisa ahora con mayor claridad: por obra de la repetición rítmica el mito regresa. Hubert Y Mauss, en su clásico estudio sobre este tema, advierten el carácter discontinuo del calendario sagrado y encuentran en la magia rítmica el origen de esta discontinuidad: "La representación mítica del tiempo es esencialmente rítmica. Para la religión y la magia el calendario no tiene por objeto medir, sino ritmar, el tiempo" (3). Evidentemente no se trata de "ritmar" el tiempo —resabio positivista de estos autores— sino de volver al tiempo original. La repetición rítmica es invocación y convocación del tiempo original. Y más exactamente: recreación del tiempo arquetípico. No todos los mitos son poemas pero todo poema es mito. Como en el mito, en el poema el tiempo cotidiano sufre una transmutación: deja de ser sucesión homogénea y vacía para convertirse en ritmo. Tragedia, epopeya, canción, el poema tiende a repetir y recrear un instante, un hecho o conjunto de hechos que, de alguna manera, resultan arquetípicos. El tiempo del poema es distinto al tiempo cronométrico. "Lo que pasó, pasó", dice la gente. Para el poeta lo que pasó volverá a encarnar. El poeta, dice el centauro Quirón a Fausto, "no está atado por el tiempo". Y éste le responde: "Fuera del tiempo encontró Aquiles a Helena". ¿Fuera del tiempo? Más bien en el tiempo original. Incluso en las novelas históricas y en los de asunto contemporáneo el tiempo del relato se desprende de la sucesión. El pasado y el presente de las novelas no es el de la historia, ni el del reportaje periodístico. No es lo que fue, ni lo que está siendo, sino que se esta haciendo: lo que se está gestando. Es un pasado que reengendra y reencarna. Y reencarna de dos maneras; en el momento de la creación poética, y después, como recreación, cuando el lector revive las imágenes del poeta y convoca de nuevo ese pasado que regresa. El poema es tiempo arquetípico, que se hace presente apenas unos labios repiten sus frases rítmicas. Esas frases rítmicas son los que llamamos versos y su función consiste en re-crear el tiempo.

    A tratar el origen de la poesía, dice Aristóteles: "En total, dos parecen haber sido las causas especiales del origen de la poesía, y ambas naturales: primero, ya desde niños es connatural a los hombres reproducir imitativamente; y en esto se distingue de los demás animales: en que es muy más imitador el hombre que todos ellos y hace sus primeros pasos en el aprendizaje mediante imitación; segundo, en que todos se complacen en las reproducciones imitativas" (4). Y más adelante agrega que el objeto propio de esta reproducción imitativa es la contemplación por semejanza o comparación: la metáfora es el principal instrumento de la poesía, ya que por medio de la imagen —que acerca y hace semejantes a los objetos distantes u opuestos— el poeta puede decir que esto sea parecido a aquello. La poética de Aristóteles ha sufrido muchas críticas. Sólo que, contra lo que uno se sentiría inclinado a pensar instintivamente, lo que nos resulta insuficiente no es tanto el concepto de reproducción imitativa como su idea de la metáfora y, sobre todo, su noción de naturaleza. Según explica García Bacca en su Introducción a la Poética, "imitar no significa ponerse a copiar un original... sino toda acción cuyo efecto es una presencialización". Y el efecto de tal imitación, "que, al pie de la letra, no copia nada, será un objeto original y nunca visto, o nunca oído, como una sinfonía o una sonata". Mas, ¿de dónde saca el poeta esos objetos nunca vistos ni oídos? El modelo del poeta es la naturaleza, paradigma y fuente de inspiración para todos los griegos. Con más razón que al de Zola y sus discípulos, se puede llamar naturalista al arte griego. Pues bien, una de las cosas que nos distinguen de los griegos es nuestra concepción de la naturaleza. Nosotros no sabemos cómo es, ni cuál es su figura, si alguna tiene. La naturaleza ha dejado de ser algo animado, un todo orgánico y dueño de una forma. No es, ni siquiera, un objeto, porque la idea misma de objeto ha perdido su antigua consistencia. Si la noción de causa está en entredicho, ¿cómo no va a estarlo la de naturaleza con sus cuatro causas? Tampoco sabemos en dónde termina lo natural y empieza lo humano. El hombre, desde hace siglos, ha dejado de ser natural. Unos lo conciben como un haz de impulsos y reflejos, esto es, como un animal superior. Otros han transformado a este animal en una serie de respuestas a estímulos dados, es decir, a un ente cuya conducta es previsible y cuyas reacciones no son diversas a las de un aparato: para la cibernética el hombre se conduce como una máquina. En el extremo opuesto se encuentran los que nos conciben como entes históricos, sin más continuidad que la del cambio. No es eso todo. Naturaleza e historia se han vuelto términos incompatibles, al revés de lo que ocurría con los griegos. Si el hombre es una animal o una máquina, no veo cómo pueda se un ente político, a no ser reduciendo la política a una rama de la biología o de la física. Y a la inversa: si es histórico, no es natural ni mecánico. Así pues, lo que nos parece extraño y caduco —como bien observa García Bacca— no es la poética aristotélica, sino su ontología. La naturaleza no puede ser un modelo para nosotros, porque el término ha perdido toda su consistencia. No menos insatisfactoria parece la idea aristotélica de la metáfora. Para Aristóteles la poesía ocupa un lugar intermedio entre la historia y la filosofía. La primera reina sobre los hechos: la segunda rige el mundo de lo necesario. Entre ambos extremos la poesía se ofrece "como lo optativo". No es oficio del poeta —dice García Bacca— contar las cosas como sucedieron, sino cual desearíamos que hubiesen sucedido". El reino de la poesía es el "ojalá". El poeta es "varón de deseos". En efecto, la poesía es deseo. Mas ese deseo no se articula en lo posible, ni en lo verosímil. La imagen no es lo "imposible inverosímil", deseo de imposibles: la poesía es hambre de realidad. El deseo aspira siempre a suprimir las distancias, según se ve en el deseo por excelencia: el impulso amoroso. La imagen es el puente que tiende el deseo entre el hombre y la realidad. El mundo del "ojalá" es el de la imagen por comparación de semejanzas y su principal vehículo es la palabra "como" y dice: esto es como aquello. Pero hay otra metáfora que suprime el "como" y dice: esto es aquello. En ella el deseo entre en acción: no compara ni muestra semejanzas sino que revela —y más: provoca— la identidad última de objetos que nos parecían irreductibles. 

    Entonces, ¿en qué sentido nos parece verdadera la idea de Aristóteles? En el de ser la poesía una reproducción imitativa, si se entiende por esto que el poeta recrea arquetipos, en la acepción más antigua de la palabra: modelos, mitos. Aun el poeta lírico al recrear su experiencia convoca a un pasado que es un futuro. No es paradoja afirmar que el poeta —como los niños, los primitivos, y, en suma, como todos los hombres cuando dan rienda suelta a su tendencia más profunda y natural— es un imitador de profesión. Esa imitación es creación original: evocación, resurrección y recreación de algo que está en el origen de los tiempos y en el fondo de cada hombre, algo que se confunde con el tiempo mismo y con nosotros, y que siendo de todos es también único y singular. El ritmo poético es la actualización de ese pasado que es un futuro que es un presente: nosotros mismos. La frase poética es tiempo vivo, concreto: es ritmo, tiempo original, perpetuamente recreándose. Continuo renacer y remorir y renacer de nuevo. La unidad de la frase, que en la prosa se da por el sentido o significación, en el poema se logra por gracia del ritmo. La coherencia poética, por tanto, debe ser de orden distinto a la prosa. La frase rítmica nos lleva así al examen de su sentido. Sin embargo, antes de estudiar cómo se logra la unidad significativa de la frase poética, es necesario ver más de cerca las relaciones entre verso y prosa.

Notas
1. La lingüística moderna parece contradecir esta opinión. No obstante, como se verá, la contradicción no es absoluta. Para Roman Jakobson, "la palabra es una parte constituyente de un contexto superior, la frase, y simultáneamente es un contexto de otros constituyentes más pequeños, los morfemas (unidades mínimas dotadas de significación) y los fonemas". A su vez los fonemas son haces o manojos de rasgos diferenciales. Tanto cada rasgo diferencial como cada fonema se constituyen frente a las otras partículas en una relación de oposición o contraste: los fonemas "designan una mera alteridad". Ahora bien, aunque carecen de significación propia, los fonemas "participan de la significación" ya que su "función consiste en diferenciar, cimentar, separar o destacar" los morfemas y de tal modo distinguirlos entre sí. Por su parte, el morfema no alcanza efectiva significación sino en la palabra y ésta en la frase o en la palabra-frase. Así pues, rasgos diferenciales, fonemas, morfemas y palabras son signos que sólo significan plenamente dentro de un contexto. Por último, el contexto significa y es inteligible sólo dentro de una clave común al que habla y al que oye: el lenguaje. Las unidades semánticas (morfemas y palabras) y las fonológicas (rasgos diferenciales y fonemas) son elementos lingüísticos por pertenecer a un sistema de significados que los engloba. Las unidades lingüísticas no constituyen el lenguaje sino a la inversa: el lenguaje las constituye. Cada unidad, sea en el nivel fonológico o en el significativo, se define por su relación con las otras partes: "el lenguaje es una totalidad indivisible" (Nota de 1964).
2. Marcel Granet, La pensée chinoise, París, 1938.
3. H. Hubert y M. Mauss, Mélanges d’histoire des religions, París, 1929. Aristóteles, Poética, Versión directa, introducción y notas por Juan David García Bacca, México, 1945.

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Octavio Paz (Ciudad de México, 1914-1998)

lunes, 26 de septiembre de 2022

frank o'hara / personismo, un manifiesto


    Todo está en los poemas, pero a riesgo de sonar como el pobre y rico Allen Ginsberg, te escribiré porque acabo de oír que uno de mis amigos poetas cree que un poema mío no puede alcanzarse en una sola lectura, debido a que yo estaba también confundido. Bueno, vamos. No creo en dios, luego no tengo que crear estructuras sonoras elaboradas. Siempre he odiado a Vachel Lindsay. Tampoco me gusta el ritmo, la rima asonante y todas esas vainas. Solo tienes que ponerte nervioso. Si alguien te está persiguiendo por la calle con un cuchillo, tú solo corres, no tienes que darte vuelta y gritarle "¡Ríndete! yo era una estrella en la pista, en la Prepa Mineola". 

    Eso es para la parte de escribir poemas. En cuanto a su recepción, supongamos que estás enamorado y alguien te está maltratando (mal aimé), no dices: "Oye, no puedes lastimarme de esta manera, ¡me preocupa!", simplemente dejas que todos los cuerpos distintos caigan donde puedan, y siempre lo harán después de unos meses. Pero no es por eso que te enamoraste en primer lugar, sino solo para aferrarte a la vida, así que debes arriesgarte y tratar de evitar ser lógico. El dolor siempre produce lógica, lo que es muy malo para ti.

    No digo que no tenga prácticamente las ideas más sublimes de nadie que escriba hoy, pero ¿qué diferencia hace eso? Son solo ideas. Lo único bueno es que cuando estoy lo suficientemente alto, dejo de pensar y eso es la llegada de un refresco. 

    Aunque cómo entonces puede realmente importarte si alguien lo consigue o consigue lo que significa o si lo mejora. ¿Lo mejora para qué? ¿Para la muerte? ¿Por qué apurar las cosas? Demasiados poetas actúan como una mamá de mediana edad tratando de hacer que sus niños coman mucha carne cocida y papas con grasita (lloro). Me importa un carajo si ellos comen o no. El alimento forzado te lleva a la excesiva delgadez (decadencia). Nadie debería experimentar algo así y ellos no tienen necesidad de, si ellos no necesitan la poesía para intimidar. También me gustan las películas. Y después de todo, solo Whitman, Crane y Williams, de los poetas estadounidenses, son mejores que las películas. El sentido común es justamente para moderarse y para otros aparatos técnicos: si vas a comprar un par de pantalones, quieres que sean lo suficiente ajustados, para que todos quieran ir a la cama contigo. No hay nada metafísico en eso. A no ser que, por supuesto, te halagues a ti mismo pensando que lo experimentado es "deseo". 

    La abstracción en poesía, la que Allen [Ginsberg] recientemente comentó en It Is, me intriga. Creo que aparece principalmente en los detalles minuciosos en los que se toma la decisión necesaria. La abstracción (en poesía, no en pintura) involucra la eliminación personal por el poema. Por ejemplo, la decisión involucrada al elegir entre "la nostalgia de lo infinito" y "la nostalgia por el infinito", define una actitud hacia el grado de abstracción. La nostalgia de lo infinito representa un grado mayor de abstracción, eliminación y capacidad negativa (como en Keats y Mallarmé).

    El personismo es un movimiento que fundé hace poco y del que nadie sabe nada, me interesa como un gran negocio, siendo tan completamente opuesto a este tipo de eliminación abstracta que raya en una verdadera abstracción por primera vez, en realidad, en la historia de la poesía. El personismo es a Wallace Stevens lo que fue la poési pure a Béranger. El personismo no tiene nada que ver con la filosofía, es todo el arte. No tiene nada que hacer con la personalidad o la intimidad, ¡está lejos de eso! Aunque para darte una idea vaga de una de sus condiciones mínimas, el personismo está en sí dirigido a una persona (diferente de la del poeta), así evoca los matices del amor sin destruir la vulgaridad del amor que da vida y nutre los sentimientos del poeta hacia el poema, mientras previene al amor de distraerse de lo que se siente sobre la persona. Esto es parte del Personismo. Fue fundado por mí, después de un almuerzo con LeRoi Jones el 27 de agosto de 1959, un día en el que estaba enamorado de alguien (no Roi, por cierto, un rubio). Volví al trabajo y escribí un poema para esa persona. Mientras estaba escribiendo, me di cuenta que si quería podía usar el teléfono en lugar de escribir el poema y eso hizo nacer al Personismo. Es un movimiento muy excitante, y que sin duda tiene cientos de adherentes. Pone al poema de lleno entre el poeta y la persona, al estilo de Lucky Pierre, y el poema es correspondientemente satisfecho. El poema es, al final, entre dos personas en lugar que de dos páginas. Con toda modestia, confieso que eso podría ser la muerte de la literatura tal como la conocemos. En tanto tengo algunos arrepentimientos, sigo dichoso de que llegué ahí antes que Alain Robbe-Grillet lo hiciera. La poesía se hace más rápida y segura que la prosa, solo porque la poesía termina de apagar a la literatura. Por un tiempo, gente pensó que Artaud lograría esto, pero de hecho, por toda su magnificencia, sus escritos polémicos no están más fuera de la literatura de lo que Bear Mountain está fuera del estado de Nueva York. Su relación no es más asombrosa que la de Dubuffet con la pintura. 

    ¿Qué podemos esperar del Personismo? (Esto se esta poniendo bueno, ¿cierto?) Todo, pero no lo lograremos. Es demasiado nuevo, demasiado vital como movimiento para prometer algo. Pero como África, está en vías de. Los últimos propagandistas de la técnica en una mano, y el contenido en la otra, tuvieron que cuidarse mejor. 

3 de septiembre, 1959

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Frank O'Hara (Baltimora, 1926-Mastic Beach, 1966). La costura del propio códex. Traducción de Nicolás López-Pérez.

lunes, 19 de septiembre de 2022

denise levertov / algunos apuntes sobre la forma orgánica


Para mí, detrás de la idea de la forma orgánica está el concepto de que en todas las cosas (y en nuestra experiencia) hay una forma que el poeta puede descubrir y revelar. Existen sin duda diferencias temperamentales entre los poetas que utilizan las formas prescriptas y aquellos que buscan las nuevas –gente que necesita un horario estricto para hacer cualquier cosa, y gente que necesita tener libertad– pero la diferencia en su concepción de "contenido" o "realidad" es funcionalmente más importante. Por un lado, está la idea de que el contenido, la realidad o la experiencia, son esencialmente fluidas y deben tener una forma; por el otro, está la idea de buscar una forma inherente, aunque no se haga evidente de inmediato. Gerard Manley Hopkins inventó la palabra inscape (paisaje interior) para denotar la forma intrínseca, el diseño de características esenciales tanto en objetos singulares como (lo que es más interesante aún) en objetos que se encuentran en relación entre sí, y la palabra instress (énfasis o tensión interior) para denotar la experiencia de la percepción del inscape, su nivel de apreciación. Pensando en el proceso de la poesía del modo en que yo lo conozco, extiendo el uso de estas palabras, que él parece haber utilizado principalmente en referencia a fenómenos sensoriales, para incluir también la experiencia intelectual y emocional; yo hablaría del inscape de una experiencia (que podría estar compuesta de cualquiera de estos elementos o de todos a la vez, incluyendo el sensorial) o del inscape de una secuencia o constelación de experiencias.

Una definición parcial, entonces, de la poesía orgánica podría ser: es un método para apercibirse, es decir, reconocer lo que percibimos, y está basado en la intuición de un orden, de una forma más allá de las formas, en la cual las formas participan, y de la cual las obras creativas del hombre son analogías, semblanzas y alegorías naturales. Esta poesía es exploratoria.

¿Cómo se realiza este tipo de poesía? Yo creo que es así: primero debe haber una experiencia, una secuencia o constelación de percepciones de suficiente interés, sentidas por el poeta con suficiente intensidad como para exigir de él un equivalente en palabras: él es llevado al habla. Supongamos que está la vista del cielo a través de una ventana polvorienta, pájaros y nubes y pedacitos de papel volando por el cielo, el sonido de la música que viene de su radio, sentimientos de enojo y amor y diversión provocados por una carta recién recibida, la memoria de un viejo pensamiento o evento asociado con lo que se ve, se oye o se siente, y una idea, un concepto, sobre el cual él ha estado reflexionando, cada uno calificando al otro; junto con lo que sabe sobre historia; y está también lo que ha estado soñando –tanto si se acuerda como si no– trabajando dentro de él. Este es sólo un borrador de un momento posible en una vida. Pero la condición de ser poeta es que, periódicamente, un corte transversal o constelación de experiencias de este tipo (en el cual puede predominar un elemento u otro) exige, o despierta en él la exigencia del poema. El principio del cumplimiento de esta demanda es contemplar, meditar; palabras que connotan un estado en el cual el calor del sentimiento templa el intelecto. Contemplar viene de templum, templo, un lugar, un espacio para observación, señalado por el augur. No significa simplemente observar, mirar, sino hacer esas cosas en presencia de un dios. Y meditar es mantener la mente en un estado de contemplación; su sinónimo es cavilar, y cavilar viene de una palabra que significa "estar parado con la boca abierta" –algo no tan cómico si pensamos en "inspiración": respirar hacia adentro.

Así que mientras el poeta se para boquiabierto en el templo de la vida, contemplando su experiencia, vienen a él las primeras palabras del poema: las palabras que han de ser su entrada en el poema, si es que ha de haber un poema. La presión de esta exigencia y la meditación sobre sus elementos culminan en un momento de visión, de cristalización, en el cual un indicio de la correspondencia entre esos elementos ocurre; y ocurre como palabras. Si el poeta fuerza un comienzo antes de este punto, no funcionará. Estas palabras a veces quedan al principio, a veces en el poema ya terminado pueden ir a parar a otro lugar, o puede suceder que hayan sido sólo precursoras, que hayan cumplido su función llevando a otras palabras que son el verdadero comienzo del poema. Es la fiel atención a la experiencia desde el primer momento de la cristalización lo que permite que estas primeras o precursoras palabras suban a la superficie: y con esa misma fidelidad a la atención, el poeta, a partir de ese momento en que es adentrado en la posibilidad del poema, debe seguir dejando que la experiencia lo lleve a través del mundo del poema, mientras que su inscape único se revela a medida que continúa.

Durante la escritura de un poema los diversos elementos del ser del poeta están en comunión entre sí y se acrecientan mutuamente. El oído y el ojo, el intelecto y la pasión, se interrelacionan más sutilmente que en otros momentos; y el "control de la exactitud", de la precisión del lenguaje, que debe ocurrir a lo largo de la escritura no implica que un elemento ha de supervisar a los demás, sino que se ha de mantener una interacción intuitiva entre todos los elementos involucrados.

Del mismo modo, el contenido y la forma se encuentran en un estado de interacción dinámica; por ejemplo, la constatación de que una experiencia es una secuencia lineal o una constelación saliendo como rayos desde y hacia un foco central o eje, sólo puede descubrirse en el trabajo, y no antes de él.

La rima, el timbre, el eco, la reiteración, no sólo sirven para tejer los elementos de una experiencia, sino que frecuentemente son los medios, los únicos medios, mediante los cuales la densidad de la textura y el retorno o el trayecto circular de la percepción pueden ser transmutados al lenguaje, de modo tan que el poeta se aperciba de ellos. A puede llevar a E directamente a través de B, C, y D: pero si luego hay un agudo recuerdo o revisión de A, este retorno debe encontrar su contrapartida métrica. Podría hacerlo mediante la repetición efectiva de las palabras que hablaron de A la primera vez (y si este retorno ocurre más de una vez, uno se encuentra con un estribillo, que no está puesto allí porque uno decidió escribir algo con un estribillo al final de cada estrofa, sino directamente por exigencia del contenido). O puede ser que debido a que el retorno a A ahora está condicionado por el pasaje a través de B, C, y D, sus palabras no sean una simple repetición, sino una variación. Nuevamente, si B y D son de naturaleza complementaria, entonces su pensamiento o sentimiento-rima pueden encontrar sus palabras-rima correspondiente. Las imágenes correspondientes son una especie de rima sin aura. En general sucede que dentro del todo, es decir entre el punto de cristalización que marca el comienzo o desencadenamiento de un poema y el punto en el cual la intensidad de la contemplación ha concluido, hay unidades precisas de conciencia; y son éstas –al menos para mí– las que indican la duración de las estrofas. A veces estas unidades son de una duración tan igual que uno termina, por ejemplo, con un poema entero de estrofas de tres líneas, una regularidad en el diseño que parece, pero no es, predeterminada.

Cuando mi hijo tenía ocho o nueve años lo observé hacer el dibujo de un torneo con crayones. El no estaba interesado en las formas como tales, pero estaba luchando con la necesidad de hablar en términos gráficos, de decir "Y una gran muchedumbre observaba a los caballeros en combate". Había una necesidad de mostrar las hileras de asientos, toda esa gente sentada en ellos. Y de esa necesidad surgió un diseño formal que era bellísimo, compuesto por filas de hombros y cabezas. Es de una manera muy similar que puede surgir, a partir de la fidelidad al instress, un diseño que es la forma de un poema –tanto en su forma total, su extensión y ritmo y tono, como en la forma de sus partes (por ejemplo, las relaciones rítmicas de las sílabas dentro del verso, y de un verso con el otro; la relación sonora entre las vocales y las consonantes; la recurrencia de las imágenes, el juego de asociaciones, etc.). "La forma sigue a la función" (Louis Sullivan).
En su autobiografía, Frank Lloyd Wright escribió que la idea de la arquitectura orgánica consiste en que "la realidad de un edificio yace en el espacio interior a ser habitado". Y cita a Coleridge: "Así como es la vida, es la forma". (Emerson dice en su ensayo "Poesía e Imaginación": "Pídele la forma al hecho".) El diccionario de inglés de Oxford menciona a Huxley (Thomas, es de suponer) diciendo que utilizaba la palabra orgánico "casi como equivalente de la palabra viviente".

En la poesía orgánica el movimiento métrico, la medida, es expresión directa del movimiento de la percepción. Y los sonidos, actuando conjuntamente con la medida, son una especie de onomatopeya extendida, es decir, no imitan los sonidos de una experiencia (que bien puede ser sin sonido, o a la cual los sonidos contribuyen sólo incidentalmente), sino el sentimiento de una experiencia, su tono emocional, su textura. La velocidad y el paso variables de las diferentes hebras de la percepción dentro de una experiencia (pienso en hebras de algas moviéndose dentro de una ola) generan medidas contrapunteadas.

Pensando en cómo la poesía orgánica se diferencia del verso libre, escribí que "la mayor parte del verso libre es poesía orgánica fracasada, es decir, poesía orgánica en la cual la atención del escritor se ha apagado demasiado rápido, antes de que la forma intrínseca de la experiencia haya sido revelada". Pero Robert Duncan me hizo notar que existe un "verso libre" en el que esto no es cierto, porque no está escrito con el deseo de buscar una forma, sino más bien con el deseo de evitar la forma (si esto fuera posible) y de expresar la emoción incipiente tan puramente como sea posible.1 Hay una contradicción aquí, sin embargo, porque si, como yo supongo, existe un inscape de emoción, de sentimiento, es imposible no presentar algo de ello al darle una voz en el poema al ritmo o tono del sentimiento. Pero quizá la diferencia sea esta: que el verso libre aísla lo "correcto" de cada línea o cadencia –si parece expresivo, entonces no importa la relación que tiene con la próxima–, mientras que en la poesía orgánica los ritmos peculiares de las partes son, en la medida en que sea necesario, modificados para descubrir el ritmo del todo.

¿Pero el carácter del todo no depende, o surge, del carácter de las partes? Sí; pero es como pintar del natural: supongamos que imitas fielmente, en la paleta, los colores separados de los varios objetos que vas a pintar; sin embargo, cuando están yuxtapuestos en el cuadro, puede que tengas que aclarar, oscurecer, obnubilar o intensificar cada color para poder producir un efecto equivalente al que ves en la naturaleza. El aire, la luz, el polvo, la sombra y la distancia deben ser tomados en cuenta.

Uno podría ponerlo así: en la poesía orgánica el sentido de la forma o "sentido del tráfico", como dice Stefan Wolpe, se encuentra siempre presente junto con (sí, paradójicamente) la fidelidad a las revelaciones de la meditación. El sentido de la forma es una especie de Stanislavsky de la imaginación: poniendo una silla dos pies más abajo en el escenario, engrosando un nudo de espectadores arriba hacia la izquierda en el escenario, logrando que el actor levante su voz un poco y que la actriz entre un poco más lento; todo en favor de una forma que él intuye. También podría decirse que es una especie de helicóptero de reconocimiento volando por encima del campo del poema, tomando fotos aéreas y reportando acerca del estado del bosque y sus criaturas –o sobre el mar para observar los cardúmenes de arenques y dirigir a las flotas pesqueras hacia ellos.
Una manifestación del sentido de la forma es el sentido que tiene el oído del poeta de una norma rítmica peculiar a un poema en particular, de la cual parten los versos individuales, y a la cual retornan. Oí a Henry Cowell decir que el sonido monótono en la música india se conoce como la nota del horizonte. Al Kresch, el pintor, me envió una cita de Emerson: "La salud del ojo exige un horizonte". Este sentido del latido o pulso que subyace al todo es lo que yo pienso como la nota del horizonte del poema. Interactúa con los matices o fuerzas de sentimiento que determinan el énfasis en una palabra u otra, y deciden hasta cierto punto qué pertenece a un verso determinado. Se relaciona con la necesidad de ese sentimiento-fuerza que condiciona la cadencia a las necesidades de las partes a su alrededor y así al todo.

Duncan también apuntó hacia lo que es quizá una variación de la poesía orgánica: la poesía del impulso lingüístico. Me parece que la absorción en el lenguaje mismo, la conciencia del mundo de significados múltiples revelados en el sonido, la palabra, la sintaxis, y la entrada en este mundo dentro del poema, es tanto una experiencia o constelación de percepciones como el instress de los eventos sensuales y psíquicos no verbales. Lo que puede hacer que el poeta de ímpetu lingüístico parezca estar en otra cosa enteramente es que las demandas de su realización pueden parecer en oposición a la verdad tal como la pensamos; es decir, en términos de lógica sensorial. Pero la aparente distorsión de la experiencia a favor de los efectos verbales en este tipo de poema es en realidad una adherencia precisa a la verdad, ya que la experiencia en sí fue verbal.

La forma nunca es más que la revelación del contenido.

“La ley: una percepción debe llevar inmediatamente y directamente a otra percepción” (Edward Dahlberg, citado por Charles Olson en "El verso proyectivo", Selected Writings). Yo siempre interpreté esto como "nada de llenar las grietas con mena", porque no ha de haber grietas. Sin embargo, al lado de esta verdad existe otra verdad (que he aprendido de Duncan más que de cualquier otro): que también debe haber un lugar en el poema para grietas que no deben ser llenadas con mena importada, grandes brechas entre percepción y percepción por encima de las cuales hay que saltar si uno ha de cruzarlas.

El factor X, la magia, aparece cuando llegamos a esas grietas y hacemos esos saltos. Una devoción religiosa hacia la verdad, hacia el esplendor de lo auténtico, involucra al escritor en un proceso que es gratificante en sí mismo; pero cuando esa devoción nos lleva a abismos no soñados y nos encontramos navegando lentamente sobre ellos y llegando al otro lado –eso es éxtasis.


Amenaza


Podés vivir por años al lado
de un gran pino, honrada de tener
un vecino tan venerable, aun cuando
suelta sus agujas encima de tus flores
o te despierta en medio de la noche
tirando grandes piñas en tu patio.
Y sólo cuando, antes de amanecer
durante el equinoccio vernal, un año, el viento
se levanta y se levanta, trayendo la imagen
de barcos arrojados como cáscaras de nuez
entre enormes murallas de olas que avanzan,
te das cuenta de que siempre,
debajo del respeto, debajo de tu fe
en la belleza del pino, está
el miedo de que un día se caiga
sobre tu casa, sobre tu cama,
sobre lo frágil de la segura
cotidianeidad a la que casi
te has acostumbrado.


Threat

You can live for years next door/ to a big pinetree, honored to have/ so venerable a neighbor, even/ when it sheds needles all over your flowers/ or wakes you, dropping big cones/ onto your deck at still of night./ Only when, before dawn one year/ at the vernal equinox, the wind/ rises and rises, raising images/ of cockleshell boats tossed among huge/ advancing walls of waves,/ do you become aware that always,/ under respect, under your faith/ in the pinetree's beauty, there lies/ the fear it will crash some day/ down on your house, on you in your bed,/ on the fragility of the safe/ dailiness you have almost/ grown used to.

***
Denise Levertov (Essex, 1923-Seattle, 1997)Versión de Jacqui Behrend. Los Logócratas, 14 de marzo de 2018.