lunes, 18 de septiembre de 2023

aristóteles españa / la invención poética de chile


Poetas y narradores han contribuido a la búsqueda de la denominada “identidad nacional”; recreando gestas, epopeyas, cánticos donde la vida de Chile se va conformando lentamente. Somos un país joven, que construye elementos de paisajes terrenales y metafísicos. Fue Alonso de Ercilla quien describió como ninguno los lugares habitados por nuestros pueblos originarios diciendo “Aquí llegó donde otro no ha llegado”. La inmensidad de la cordillera, los bosques, ese enorme mar que inspiró a Samuel y Eusebio Lillo.

Carlos Pezoa Véliz descubrió al pintor pereza, a los vagabundos que pululaban en ríos y callejones de las ciudades que comenzaban a arder. Diego Dublé Urrutia le cantó a las tías Paulinas de Chile que tejían bufandas y sueños. Víctor Domingo Silva le puso alma a la bandera de una nación que necesitaba y necesita aún de símbolos para reconocerse.

Huidobro creó “Altazor”, ese enorme túnel por donde atraviesan los hálitos de Chile, sus costas y besos perdidos. Neruda reescribió la historia a pesar de los historiadores; Pablo de Rocka cantó a las comidas y bebidas del país, de norte a sur. Gabriela Mistral indagó en las desolaciones del austro y en el desierto florido de Coquimbo.

Andrés Sabella describió un norte riguroso y nostálgico, las ensoñaciones del desierto más árido del mundo.

Raúl Rivera, homenajeó a la mujer chilena que cría chiquillos, da comida al marido, lava la ropa, sustenta el hogar lleno de privaciones de la clase media desde tiempos inmemoriales.
Francisco Coloane da vida y más fuerza al Cabo de Hornos y construye su otra península con el Chilote Otey incomparable.

Nicanor Parra dio un remezón a la poesía de este Chile en crecimiento tenaz como dice Gonzalo Rojas y funda un corpus maravilloso en lo estético con la Antipoesía. Jorge Teillier funda la lírica de los lares inventando un lugar donde habitan mariposas y pueblos perdidos y se escuchan desde lejos los pitos de los trenes.

Nicomedes Guzmán en su “Autorretrato de Chile” da cuenta de las ilusiones y leyendas que dan vida a una comunidad tan disímil como la chilena. El pueblo Lican Antai y los Chonos son tan distintos y habitan históricamente el mismo territorio para efectos del estudio de nuestra historia y geografía.

Sólo la poderosa palabra poética y literaria nos une como el cielo, la nubes , el aire. Poesía para volver a los 17 como decía Violeta Parra. Canciones para amar como en los textos de Sergio Hernández, para imprecar como Armando Uribe Arce, para fabular con ciudades de sol como dijo Humberto Díaz Casanueva, para inventar lluvias de aire como Rolando Cárdenas, jugar con sonetos, como lo hizo Enrique Lihn, en la misma atmósfera de la poesía chilena, única en su matriz y en sus sonidos en estos días en que celebramos la independencia de un imperio... poéticamente hablando.

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Aristóteles España (Castro, 1955-Valparaíso, 2011) Proyecto Patrimonio.

lunes, 11 de septiembre de 2023

josé ángel cuevas / 30 años de poesía

Entre balazos, sirenas, allanamientos masivos y camiones cargados de muertos caminé, caminé febrilmente por Santiago vencido (ésa ha sido de algún modo de mi vida, recorrer calles y más calles, barrios, poblados.) A tres días de ocupación Militar-neofascista-empresarial vi en una muralla de la calle Exposición con grandes letras de brocha gorda "Abajo la Junta Asesina." De un día para otro se terminó la producción de libros, diarios, revistas, programas de televisión, grupos literarios, talleres poblacionales, teatro, danza. Mataron a Víctor Jara, Neruda murió de dolor, Ángel Parra y otros presos en los campos de concentración, "Intí-Illimani", "Quilapayún", Payo Grandona, Manns, huyeron, se exiliaron largas listas de artistas, los grupos Trilce, Tebaida, Escuela de Santiago; los escritores Barquero, Gonzalo Rojas, Armando Uribe, Droguett, Atias, José M. Varas, Germán Marín, Skármeta, Dorfman, Schopf, Ruiz, Soledad Bianchi, Délano, Grinor Rojo, Gonzalo Millán, Tito Valenzuela, Hernán Miranda, etc..., de todas las generaciones y grupos. Son listas y más listas que conformarían el poema de Chile. Se terminó. Es como si de un día para otro nos demolieran la casa, echaran abajo el cerro San Cristóbal con la Virgen Iluminada. Uno está acostumbrado, no es muy conciente, pero cuando desaparece, allí siente lo que perdió. Todos mis amigos se fueron, los del Pedagógico, los poetas underground y, en especial, esa vida libre, poderosa. ¡Destrozada¡ Es más, mucho más que la UP. ¿Por qué no me fui? Debí haberme ido, tenía más derechos que otros, pienso a veces arrepentido.

Hay un acontecimiento increíble de un poeta, no sé si de fines del 73 o 74. Apareció un texto en La Segunda alabando a los militares y el "pronunciamiento". Pero leído como acróstico, decía "Milicos asesinos". Rindo un homenaje a ese poeta desconocido.

Los agentes de la Dina me quitaron la casa de Ñuñoa. En ese tiempo era imposible arrendar, me fui a vivir a un costado de la población San Gregorio. Allí viví entre gente que comía perro asado cerca de un canal lleno de guarenes. El año 1975, sentado en ese canal, tomé la determinación definitiva de empezar de nuevo, la dictadura ya no sería corta. Me resolví a "escribir" como una salida ética a mi vida. Me cito: "no ha existido ninguna forma más gloriosa del vivir nacional/que/Los Extremistas 73/89/ clandestinidad/la admiro/la sueño/dar la vida total/el éxtasis extremista de la muerte/ un punto/ chequeo/ contrachequeo/ Un país ocupado/ Un París Ocupado/".

De vez en cuando iba a ver a algún sobreviviente del Pedagógico, iba donde Carlos Olivárez, que vivía en Lord Cochrane en la borrachera absoluta, unas piezas oscuras detrás de una oficina. El quería pedirle un pasaje a Skármeta para irse a Alemania, pero Skármeta nunca se lo mandó... Yo trabajaba en un liceo en la Avenida La Feria, cerca de la Victoria y José María Caro. Salía de allí y vagaba, vagaba por Estación Central, San Pablo, Conchalí, el Matadero, con mi rollo interior, hasta que comenzaba el toque de queda. La publicación de mi primer libro, el año 79, Efectos personales... y dominios públicos se lo debo a la Dina. En Mayo del 79 fui detenido en la calle, me llevaron a un lugar, y fui conminado a hacerles un contacto con gente del MIR. Se me dio una cita donde debería arreglar dicho contacto. Yo me imaginaba transformado en un delator, "salir a porotear". En realidad no tenía contacto alguno con el MIR, sólo antiguos amigos, mi relación era con el PC, en fin, estaba solo y en mi desesperación junté poemas, los llevé a una imprenta frente a mi trabajo, y me hicieron un libro amarrado con alambre y me fui a la Sech, para tener algún respaldo, como si eso hubiera sido una salvación. No volví a ver a los agentes. Después entendí las rivalidades entre el Comando Conjunto, Dina, Sifa. Empecé a ir a la Sech. Ese tiempo es el más noble de esa casa, donde hoy penan las ánimas. Era un tiempo cálido, estaba lleno de organizaciones, de familiares de desaparecidos, detenidos, mujeres por la vida, artistas por la democracia. Cada año es distinto. Del 75 al 80 hay apenas respuesta al aplastamiento. Conversando con el poeta Omar López, me cuenta que él y su grupo Andamio salían a rayar calles contra la dictadura, hacían recitales relámpagos en poblaciones. Allí nació la Unión de Escritores Jóvenes (UEJ), no sé si el 79 o el 80. Una mezcolanza donde veía a Antonio Gil, Natasha Valdés, Wilson junto a Díaz Eterovic, Pía Barros, Diego Muñoz, Esteban Navarro, Eduardo Llanos, Aristóteles España y, en especial, a Jorge Montealegre, Teresa Calderón, Carmen Berenguer, Bruno Serrano, Heddy Navarro, Elvira Hernández, hicieron revistas, publicaciones, autoediciones. Asimismo la Agrupación Cultural Universitaria (ACU), Gregory Cohen y otros.

Pasó algo curiosos con la interpretación y ruptura del sistema cultural de ese presente: hay una refundición (refundación). Entre los pocos que se quedan aquí, Floridor Pérez, Camerón, Silva Acevedo, emergen nuevos grupos en el sur por el trabajo del profesor Iván Carrasco de Valdivia, Grupo Indice, a fines de los 70 hay ya encuentros muy llenos de afectividad, (como son los de la lucha común, actos, peñas).

De la Agrupación Cultural Universitaria, recuerdo especies de recitales clandestinos en un sótano del Paradero 22 de Santa Rosa, yo me llamaba Ricardo, pero también estaba Bruno y otros, las catacumbas de Santiago, en la precariedad de la vida. Por allí nace la denominación NN creo que de Jorge Montealegre. Me duele no haber conocido a Rodrigo Lira, pero sí a Armando Rubio y su mujer. Todavía no existía el barrio Bellavista, sólo el Café Ulm donde ahora hay una casa de masajes en Alameda 121, el Normandie, el restaurante el Castillo. Comienzan las protestas, un cambio de ánimo generalizado, cierro lo ojos y escucho el golpeteo increíble a lo lejos, después del toque de queda. Tampoco conocí a nadie de la Escena de Avanzada, a Nelly Richards, Eltit, Zurita, Dávila, Rosenfeld, era otro pelaje, mucho acceso a Europa, no sé. Pero sí fui alumno y algo amigo de Patricio Marchant. Desgraciadamente nunca me acerqué a Lihn, tuve prejuicios con él, lo encontraba aristocratizante. Craso error. Recuerdo a Polhammer, un gran tipo. Me junté mucho con Rolando Cárdenas y menos con Teillier. Iba de vez en cuando a la Unión Chica, pero mis amigos eran gente corriente de donde viví, las parcelas de La Pintana, un amigo de apellido Rojas del Pedagógico, T. Valenzuela. El alcohol ayudó a sobrevivir, me acostumbré a vivir en dictadura, a sortearla, a tomar escondido, al fin y al cabo yo vivía en San Gregorio. El año 1982 publiqué Introducción a Santiago desde el fondo total de la negación y en busca de un lugar poético desde donde hablar.

En cuanto a crítica sólo existia la de El Mercurio con Alone e Ignacio Valente. En las revistas pro-regimen Ercilla, Qué pasa, escribían Miguel Arteche, Jaime Quezada, Carlos Olivárez, después en Hoy. Ya a principios de los 80 comienzan a aparecer revistas opositoras: Cauce, Análisis, Apsi. Pero Valente era quien daba el espaldarazo a un poeta, aunque sólo fuera con una línea. En las revistas nuevas escribían Lihn, Calderón. Los libros eran autoeditados. Ya después de 1982 todo empezó a cambiar, un 30% de cesantía, las quiebras masivas "Muevan las industrias", el ruido maravilloso de miles de ollas golpeando en la noche, en medio del silencio del país, después de diez años. Parecía que la dictadura iba a ser infinita. Me alegré mucho, mucho cuando apareció el FPMR y sus acciones. Cambio en la realidad. Sergio Parra escribe: "cuando el Frente Patriótico Manuel Rodríguez atentó contra el Capitán General (...) fornicaba con una chica new age en un cuarto de San Diego". Se fue conformando otro Chile en lucha dentro del Chile feo. Un Chile de ollas comunes, huelgas de hambre, Agech, Comando de Trabajadores, Asamblea de Civilidad, protestas, gente que se inmola entre las llamas. La Alianza DC-Socialistas Renovados santificada desde Estados Unidos, ayudada económicamente desde el mundo entero, privilegió también a sus artistas, aunque los políticos son muy ignorantes y les importa poco la cultura, siempre llegaban pasajes, viajes. Recuerdo "Chile Vive", en España. A Lihn le dieron pasaje a última hora.

Aparecen decenas de revistas, La Castaña, el Cient o Pies, La Bicicleta, etc.
Para qué voy a repetir la grandeza de Zurita o J.L. Martínez, consolidados en la época que comento, pero pienso en la vida feroz de Rodrigo Lira, en la irrupción de la poesía de mujer, que se distinguió durante el régimen, luchando por sus presos, sus desaparecidos, los NN, los pedazos del sueño popular de quienes nos quedamos aquí, el Exilio Interior, la poesía que Iván Carrasco llama etnocultural, los discursos de Rosabetty, Riedemann, Elicura. En realidad existen líneas paralelas de fuerza poética. Pero, ¿y estas hilachas de un país aniquilado, la lengua ebria del ex-Chile? El año 1987 publiqué Canciones rock para chilenos un sujeto poético mínimo, fragmentado pero efectivo para "presentar" un mundo. También me alegré cuando apareció un discurso poético "duro" de lengua chilena y joven dentro de esa despiadada y doble vida en curso. Sergio Parra, Guillermo Valenzuela, Jesús Sepúveda, Malú Urriola. Y los libros: Zonas de peligro, de Tomás Harris; Vírgenes in cabaret, de Alexis Figueroa; La Bandera de Chile, de Elvira Hernández; Helicóptero, de Polhammer; Karra'mawen, de Clemente Riedemann; Perro de Circo, de Juan Cameron; A media asta de Carmen Berenguer; Adiós Muchedumbres, del suscrito.

No me interesa tanto canon, tanta deconstrucción, otredad, clausura, en el correlato vida-poesía. Desde mi marginalidad no conceptual, me acerqué a la escena desde los años 80, al calor de la antidictadura, las ilusiones y las iluminaciones, el conocimiento del manejo del poder desde la dictadura homicida, pero también desde los ex-revolucionarios renovados y desde sectores feos del PC, pero esto es aparte. Los 80 son inolvidables. Botar una dictadura no es cualquier cosa, es hora "de empezar a comentar esa catástrofe de Chile" decía Patricio Marchant el año 89. Pasar desde el sueño de la Gran amistad Social de los 70 a lo que vivimos durante esos 17 años, "yo entré puro a los setenta y soy un ánima no me conozco ni a mi mismo". Rindo homenaje a los que entregaron su vida, ¡Nos estarán viendo desde algún lugar!

Un gran encuentro de todos los poetas de Chile, el año 90, organizado el Pred,una institución de gobierno u ONG. Estaban todos, desde Gonzalo Rojas hasta Rosabety Muñoz, la menor, durante tres días con ponencias, mesas, trago, en el mejor hotel de Viña, tres días. Quizás por qué, quién lo pagó, no se sabe. Recuerdo el último recital en El Cinzano, en los platos unos perniles grandes, rojos, que casi nadie quiso, Stella Díaz Varín los echó en una bolsa gigante, Juvencio Valle dormía, de pronto se paró a leer Redóles y gritó: "Viejo Culiaooo". Juvencio dio un salto... Juan Luis Martínez estaba atrás. Le di un abrazo al terminar mi lectura.. Nunca más hubo un encuentro así. Ya empezaba la transición, las grandes esperanzas en la Concertación. "Cualquiera cosa es mejor que una dictadura", decíamos. La noche del triunfo del No, y los miles y miles de héroes que dieron el pellejo. Como dice mi amigo Alvaro Monje, la aniquilación moral que el fascismo militar y capitalismo salvaje impusieron en las generaciones. Grandes esperanzas. Pronto se vio que importaban más los consensos con la derecha y cúpulas políticas para la "gobernabilidad". Lentamente se fue configurando la escena de la transición, una escena muy vacía, light, la Concertación se dedicó a administrar el sistema. La gente se fue para la casa. La gente de las protestas. No fue considerada. En cultura, no fue un Ministerio ni Instituto, sino un Fondo Concursable, pero también la pelea por ganar puestos, ir posicionándose, ello hizo que determinados personajes adquirieran gran poder. La izquierda desapareció. Recuerdo fotos de la vida de los Renovados, entrevistas en sus casas, mansiones en Lo Curro, La Dehesa, Cachagua, fuera los Palestro, Lazo, González... Las editoriales privilegiaron lo comercial, lo que vendiera. La poesía no vende. Empezaron a desaparecer las Revistas Apsi, Cauce, Análisis, y Fortín Mapocho, después La Época, y toda la prensa en manos de dos consorcios. La literatura de mercado. No sobrevivió la poesía de los 80. A principios de la transición en las invitaciones a Ferias Internacionales, encuentros poéticos, éramos representados siempre por Jaime Quezada, Jaime Hales, Floridor Pérez.., Recuerdo un duro artículo de la revista de poesía joven Piel de Leopardo, le daban duro a Quezada y Pérez, allí escribían Ernesto Cárcamo, Jesús Sepúlveda, Sergio Parra, Jaime Lizama,Vasallo, Vicuña, Guillermo Valenzuela... Mucho Bataille, Barthes, la literatura posmoderna que venía de la línea Nelly Richard, Diamela Eltit, etc... En los años 90 se llenó todo de ruido, a diferencia de los años anteriores, miles de equipos radios, televisores, autos y más autos en la vida cotidiana chilena. En los restaurantes, un televisor en cada lado.

Pero el asunto, a esta altura, en todos los planos es El Poder. Conseguirse un contacto, un pituto, invitaciones, editoriales, hacer su marketing, su empresa de poesía con dos o tres amigos, buenos contactos afuera, conseguir recursos, traer poetas extranjeros. Tomar el poder dentro. Es decir, las mismas trampas del sistema van enseñando a ponerse pillo, malo. Es la lucha, la competencia.

Es curioso, al retirarse Ignacio Valente, el monocrítico como le llamaban, se pensaba que en democracia iba a florecer mucha crítica y variada por la llegada de los exiliados que estudiaron en las universidades europeas: Soledad Bianchi, Schopf, Naín Nómez, Grinor Rojo, pero terminó el diario la Época y con él su súplemento literario donde ellos escribían aveces, además de Carlos Olivares y Mariano Aguirre, Camilo Marks, Ramiro Rivas, Ernesto Cárcamo. Hoy hay mucha publicación, pero muy poca crítica, reseñas, algo en la Revista de Libros, Rocinante. Se pensaba que lo mejor era que los propios escritores se juzgaran entre sí, sus pares, y empezó bien el Fondec, hoy Fondart. Después el Fondo del Libro empezó a repartir 100 millones asignados por el Estado, 50 becas a escritores, pero los "pares" no son tales, son organismo obsoletos y no representativos de los escritores, por ejemplo, la Sech tiene dos miembros en dicho Consejo , y se reparten las becas de modo sospechoso, amigos, favores, busca de pago... Porque con el vacío de la sociedad de mercado, mucha, pero mucha gente se vuelca a escribir,... Lo que quiero decir es que las cosas se han echado a perder, donde hay plata y poder se forma una pugna sucia; puedo dar una cantidad de casos, todos quieren agarrrar algo, nadie se cree mal poeta o mal escritor y tampoco le importa, no hay que ser tonto. Estudíense los premios, becas, compras de libros, los jurados de estos Fondos, de allí se colegirá lo que afirmo. Con todo, editoriales como Lom han hecho un trabajo de gran valor recuperativo, y Sudamericana trabajos como la prosa de Jorge Teillier, la novela de Mellado, el libro de Germán Marín. Me pregunto a esta altura: Y ¿no será mejor corromperse? Trasgrede; Ex guevaristas presidiendo la CTC, ex stalinistas convertidos en escritores adorados por el Mercurio, ¿por que no? Hay que aprender a tomar el Poder. Autenticidad, justicia, respeto, lealtad, son tonteras antiguas. Todos somos ahora liberales, sin cortapisas. Nos pusimos malos. Lo aprendimos en los 17 años de Inteligencia militar "señores, los degollados son ajusticiamientos entre marxistas, eso es frecuente..." decían los comunicados.

¿Qué puede hacer la poesía con este mundo?: Todo. La realidad cabe en el lenguaje. Yo creo en los poetas, en algunos, mis amigos del sur; en el honor, la vieja caballerosidad, me apena que se hayan muerto Jorge Torres, Juan Luis Martínez, Jorge Teillier. Que haya vuelto Barquero, y quizás se vuelva a ir. Y Cameron, Bertoni, Elvira Hernández, Miranda.Tito Valenzuela, Carmen Berenguer, Agens, Damaris, Renato Serrano. Creo que el mejor poeta de este tiempo es Bruno Vidal en algún sentido. Me alegro que Quezada y Quilodrán hayan salido del Fondo del Libro; que Zurita se haya ganado el Premio Nacional y Rosabety el premio Neruda. Y Harris el Casa de las Américas... hace poco fui jurado del Concurso Rolando Cárdenas, de la U de Santiago : No hay nada de poesía tipo Cardenal, ni Parra, ni lárica, ni de tortura y muerte... Sólo cosas de jóvenes enamorados, carreteros, en busca de padre, contra el sistema de mierda. Se dio vuelta la página. Me alegro. Treinta años de poesía a la rápida.,.; la vida continúa. Para no ser desagradecido afirmo que en realidad hay una cantidad de publicaciones que examinan el pasado en forma acuciosa, en Gabriel Salazar, Soubercaseaux, Jocelyn Holt y especialmente Tomás Moulian.

Mi amigo Tom Valenzuela me decía: "Chile ya se chacreó". Quizás esté equivocado. En cuanto a escritura.
Chao.

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José Ángel Cuevas (Santiago de Chile, 1944). Proyecto Patrimonio. Texto de 2004.

lunes, 4 de septiembre de 2023

osip mandelshtam / el fin de la novela


La diferencia entre la novela y el relato, la crónica, las memorias o cualquier otra forma de la prosa está en que la novela es una narración cerrada, extendida y acabada en sí misma, sobre el destino de una persona o un grupo de personas. Las vidas de santos, pese a lo elaborado de las tramas, no eran novelas, pues carecían del interés mundano por el destino del personaje y lo que ilustraban era una idea general; en cambio, el relato griego Dafnis y Cloe es considerado la primera novela europea, ya que este interés aparece por primera vez en él con una fuerza motriz independiente. En el transcurso de un enorme periodo de tiempo la forma de la novela se ha ido perfeccionando y consolidando como el arte de interesar por el destino de sujetos particulares, si bien este arte se ha cultivado en dos direcciones: la técnica de composición convierte la biografía en trama, es decir, en una narración pensada dialécticamente; al mismo tiempo que la trama, se ha fortalecido la otra corriente, secundaria en esencia: la motivación psicológica. Los narradores del Quattrocento y las Cent nouvelles nouvelles se limitaron en su argumentación a la comparación con situaciones externas, lo que comunicaba a los relatos excepcional sequedad, acusada ligereza y entretenimiento. Los novelistas psicológicos, como Flaubert y los hermanos Goncourt, a costa de la trama, dedicaron toda la atención a la argumentación psicológica, y se desempeñaron brillantemente en esta tarea, de manera que convirtieron un recurso secundario en un arte que se bastaba a sí mismo.

Hasta hace muy poco, la novela ha sido la esencia y preocupación central, la forma organizada del arte europeo. Manon Lescaut, el Werther, Anna Karenina, David Copperfield, Rojo y negro, La piel de zapa, Madame Bovary eran no sólo acontecimientos artísticos, sino también de la vida social. Tenían lugar un reconocimiento multitudinario de los contemporáneos, que se miraban en el espejo de la novela, y una imitación masiva, una adaptación de los contemporáneos a los modelos típicos de ésta. La novela ha educado generaciones enteras, ha sido una epidemia, una moda social, una escuela y una religión. En la época de las guerras napoleónicas, se formó alrededor de la biografía de Napoleón un verdadero remolino de pequeños remedos biográficos que reproducían el destino de la figura histórica, cambiándola de distintas formas sin, por supuesto, explorarla en todos sus aspectos. Stendhal en Rojo y negro desarrolló una de las imitaciones biográficas de dicho remolino.

Si inicialmente los personajes de la novela eran personas extraordinarias y talentosas, en el declive de la novela europea se observa el fenómeno contrario: el héroe de la novela es el hombre común, y el centro de gravedad se traslada hacia la motivación social, es decir, el verdadero personaje es ahora la sociedad, como sucede, por ejemplo, en Balzac o en Zola.

Todo esto conduce a reflexionar sobre la relación que existe entre el destino de la novela y la cuestión, en un determinado momento del destino del individuo en la historia; pero aquí no se trata de hablar sobre las oscilaciones reales de papel del individuo en la historia, sino de la forma en que, en cada época, la opinión considera este problema, en tanto que ella educa y forma el pensamiento de sus contemporáneos. 

El auge de la novela en el siglo XIX se puede colocar en directa dependencia de la epopeya napoléonica, que elevó extraordinariamente las acciones personales en la historia y que abonó el terreno a través de Balzac y Stendhal para toda la novela francesa y europea. La biografía típica del Bonaparte invasor y afortunado se le multiplicó a Balzac en una decena de así llamadas "novelas de éxito" (roman de réussite), donde la principal fuerza motriz no es el amor, sino la carrera, entendida como la aspiración de salir de las clases bajas y medias de la sociedad para alcanzar las alturas.

Es evidente que cuando entramos al territorio de los poderosos movimientos sociales, acciones de masas organizadas, las acciones individuales en la historia decaen y junto con ellas la influencia y la fuerza de la novela, para la que el reconocimiento del papel del individuo en la historia funciona como una especie de manómetro que mide la presión de la atmósfera social. La unidad de la novela es una biografía personal o un sistema de biografías. Desde sus primeros pasos, el novelista nuevo sintió que el destino aisaldo no existe y se esforzó por arrancar de la tierra la planta social que le era necesaria, con todas sus raíces, con todos sus satélites y atributos; de esta forma, la novela siempre nos ofrece un sistema de fenómenos, dirigido por un núcleo biográfico, medido en unidades biográficas y que solamente se sostiene en el plano de la composición, pues en él vive la fuerza centrífuga de ese sistema planetario, y la fuerza centrípeta que va de la periferia hacia el centro no prevalece definitivamente sobre aquélla.

Puede considerarse el Jean Christophe de Romain Rolland como el último ejemplo de novela centrífuga biográfica europea, el canto de cisne de la biografía europea que recuerda el Wilhelm Meister de Goethe por su fluidez majestuosa y la nobleza de sus sintéticas maneras. Jean Christophe cierra el círculo de la novela; con toda su modernidad, es una obra pasada de moda: en ella está reunida la antigua miel de las razas germana y latina. Para crear la última novela fueron necesarias dos razas, reunidas en la persona de Romain Rolland, pero aun así fue poco. Jean Christophe se pone en movimiento con el mismo impulso del golpe revolucionario napoleónico que toda la novela europea: a través de la biografía beethoveniana de Christophe, a través del contacto con la potente figura del mito musical, nacido de la misma inundación napoleónica en la historia.

El destino posterior de la novela no será otro que la historia de la atomización de la biografía, de la forma de la existencia personal… incluso más que atomización: será la muerte catastrófica de la biografía.

El sentido del tiempo, que le pertenece a la gente para actuar, vencer, morir, amar, constituía el tono fundamental en la resonancia de la novela europea, porque (lo repito una vez más), la medida compositiva de la novela era la biografía personal. La vida de una persona no es aún biografía ni da a la novela su columna vertebral. La persona que actuaba en los tiempos de la vieja novela europea aparece como el centro de un sistema completo de fenómenos agrupados a su alrededor.

Actualmente los europeos han sido expulsados de sus biografías como las bolas de una tronera de billar, y las leyes de sus actividades, como el choque de las bolas sobre la mesa de billar, se rigen por un principio: el ángulo de incidencia es igual al ángulo de reflexión. Una persona sin biografía no puede ser el núcleo temático de una novela, y la novela, por otra parte, es inconcebible sin el interés por el destino particular de alguien, por la trama y por todo lo que la acompaña. Además de ello, el interés por la motivación psicológica ―con el que tan hábilmente se había salvado la decadente novela, cuando ya presentía su fin― ha sido arrancado de raíz y desacreditado por la vencida debilidad de los argumentos psicológicos ante las fuerzas de la realidad, cuyo ensañamiento con la motivación psicológica se vuelve más cruel hora tras hora.

La novela contemporánea ha perdido la trama, es decir, ha perdido los personajes que pertenecían a su tiempo y la psicología, ya que ésta no valida ninguna acción. Es curioso que la crisis de la novela, es decir, de la trama cargada de tiempo, haya coincidido con la enunciación del principio de la relatividad de Einstein. Es curioso también que los novelistas estuvieran buscando una salida a la situación dada en la transposición de los planos, como, por ejemplo, hacen Andréi Biely y Bernhard Kellerman (su imitador inconsciente). Alekséi Nikoláievich Tolstói escribe sus novelas de memoria y las lleva hasta alrededor de 1917, sin saber qué hacer después. Pero la mayoría de los prosistas han rechazado completamente la novela y, sin temer a los reproches en la prensa y en la actualidad, escriben, inconscientemente, crónicas (Pílniak, el grupo de "los hermanos Serapión", etcétera). Se hace evidente que, por la fuerza de las cosas, el prosista se convierte en cronista y que la novela regresa a sus fuentes: El cantar de las huestes de Ígor, las crónicas y las hagiografías como Cheti-Minei. De nuevo el pensamiento del prosista se pierde, como una ardilla, por los árboles de la historia, pero no nos corresponde a nosotros tentar a esa ardilla para que regrese a su jaula.

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Ósip Mandelshtam (Varsovia, 1891-Vladivostok, 1938). La otra revista. Traducción de María del Mar Gámiz Vidiella.

lunes, 28 de agosto de 2023

george steiner / una carta de amor a la lectura


El solo hecho de que usted se haya detenido a leer esta reseña confirma que pertenece, por más casual que eso sea, al universo del libro. Olvidamos que ese universo es muy reducido en términos de espacio, de tiempo histórico —y olvidamos también que leer es un acto muy especializado. La inmensa mayoría de la humanidad ha pertenecido a culturas orales, al reino de la palabra hablada. Se trata de culturas mucho más antiguas que las culturas de la escritura y la lectura. Las definiciones contemporáneas de alfabetización básica siguen en debate; pero incluso en nuestros días leer es una destreza que cientos de millones de personas conocen sólo de modo muy elemental. La alfabetización de los países privilegiados de Occidente, desarrollados industrialmente, es sólo exterior, engañosa. Muchísimos hombres y mujeres leen con intenciones estrictamente utilitarias y propósitos inmediatos. Es prácticamente infinita la variedad de hábitos que distinguen a un lector obsesivo, que vive para leer —poseído por el libro, como diría Flaubert—, de los miles de hombres y mujeres que simplemente descifran los titulares de la prensa o le echan una ojeada a los cómics.
     Muchos miles de años precedieron a la cultura del libro, y quizá le sucederán muchos milenios. Hay inscripciones rituales, leyendas y pictografías que se remontan tal vez hasta el cuarto milenio a.C. Pero los medios que hicieron posible la lectura, y el propio acto de leer, que solemos dar por sentados, aparecieron más bien tarde en la historia. Por ciertas alusiones en algunos libros de Platón se colige que los griegos contaban con textos filosóficos en forma de rollos, y que solían consultarlos cuando les fallaba la memoria. Los eruditos no se han puesto de acuerdo sobre cuántos hombres y mujeres de la antigua Grecia podían leer algo más que las inscripciones en los monumentos públicos, o cuántos deseaban sinceramente poder leer otras cosas. La célebre anécdota de las Confesiones en la que San Agustín cita a Ambrosio de Milán, su maestro, entre los primeros hombres capaces de leer en silencio, sin mover los labios, admite hoy muchas dudas. Hay constancias indudables de que la lectura en silencio es anterior a esa época. ¿Pero cuántas personas dominaban esa destreza? Las voluminosas épicas de Homero se pudieron poner por escrito y al alcance de lectores privados hasta que el papiro debidamente tratado, o suficientes pieles de animales para fabricar papel pergamino, se volvieron técnica y económicamente accesibles. Para numerosas comunidades y en muchas lenguas, un texto escrito siguió siendo lo que con precisión denota la palabra "litografía": letras esculpidas en roca o talladas en piedra. Fue hasta la Alejandría helenística y su célebre biblioteca que el libro cobró la vida que nosotros le conocemos y se desplegó por fin en la conciencia occidental. Es difícil saber si el libro sobrevivirá y por cuánto tiempo, pero esa pregunta es absolutamente fascinante.
     Y son precisamente las incertidumbres que rodean al formato clásico del libro las que han dado pie, en las últimas décadas, a un muy vivo interés académico en la historia de la lectura. El estudio sistemático del crecimiento de las bibliotecas privadas y públicas, de la imprenta y de los libreros, de la censura y de la economía de la literatura ha fundado extensos conocimientos y reveladores hallazgos, sobre todo en Francia, donde hay vastos archivos. Conocemos hoy mucho mejor que en ningún otro momento de la historia los pormenores de cómo se fijaron por escrito y cómo se leyeron ciertos textos en la antigua Grecia y en Roma, en el París medieval, en la Venecia del Renacimiento y en los centros intelectuales de la Ilustración. La afortunada coincidencia en la era victoriana entre excelencia histórico-literaria (Dickens, Carlyle, Macaulay) y libros más vendidos; el papel seminal de las imprentas pequeñas y semiprivadas en los movimientos modernistas; el fenómeno del samizdat o la distribución clandestina de obras prohibidas bajo el Antiguo Régimen y el despotismo soviético, la historia fulminante del libro de bolsillo, son todos, en fin, acontecimientos culturales rigurosamente investigados. Los especialistas en historia social y en estudios de género dirigen actualmente su atención hacia cuestiones tan elusivas como la accesibilidad de los libros a las mujeres de, digamos, la Edad Media o el siglo xvii. La investigación de los hábitos de lectura de los niños y de las ilustraciones de los libros ha abierto nuevos y fértiles campos de estudio. Como lo expresó el enigmático autor del Eclesiastés: "el componer libros es cosa sin fin".1
     Ahora disponemos de Una historia de la lectura de Alberto Manguel. Manguel pertenece sólo de modo marginal a esta tribu de mandarines. Es un bibliófilo apasionado, un coleccionista, un conocedor de la imaginación literaria, de obras eróticas y de literatura homosexual. Es también un antólogo políglota y traductor, cuyo origen bonaerense lo relaciona, adrede, con la cultura libresca y universal de Borges. Manguel respira en su ambiente en las librerías de Londres y de París. Pero sigue siendo, en el sentido etimológico y en el mejor sentido de la palabra, un aficionado: un amante más que un especialista o un técnico experto. Su ritmo es pausado y caprichoso. Curiosea con apasionamiento fuentes y motivos. Las ilustraciones que acompañan a esta Historia de la lectura han sido elegidas pensando en sorprender y pensando en agradar. Incluso cuando levanta el inventario de conocimientos recién adquiridos, la errancia de Manguel conserva la gracia más bien rara, el toque absolutamente personal y el sabor a menudo autobiográfico de las abundantes memorias de coleccionistas de libros de fin de siglo. Kipling, Stevenson o Henry James son para Manguel, como lo fueron también para Borges, presencias familiares y cómplices de "ese vicio impune" (como definió a la lectura Valery Larbaud, otro bibliómano y traductor de excepcional finura).
     Los capítulos se suceden uno tras otro como en un apacible laberinto. El lector pasa de sentencias más bien vagas sobre la universalidad social de la lectura —un axioma que se sostiene a condición de otorgarle a la "lectura" una connotación un tanto cuanto informe—, a las disquisiciones de un intruso sobre la psicología o la neurofisiología del acto de leer con el ojo y con el cerebro. Luego de una reflexión sobre la lectura en silencio viene una sección sobre las artes de la memoria y sobre la capacidad de los libros para preservar —más notablemente si les encomendamos una remembranza exacta— todo aquello que sin ellos se perdería en el olvido.
     El capítulo sobre el aprendizaje de la lectura contiene también anécdotas iluminadoras, sobre todo en lo que se refiere a las diferencias entre niños y niñas en las sociedades premodernas. Me pareció muy perturbadora la fotografía de Helen Keller sentada junto a la ventana mientras lee con las yemas de los dedos un ejemplar en braile. Una digresión sobre las lecturas de infancia de Kafka nos acerca a las fascinantes interacciones entre imagen y texto, a la "lectura" de las imágenes de los vitrales por iletrados medievales incapaces de descifrar la escritura de las Sagradas Escrituras. En nuestros días, las revistas de tiras cómicas, la televisión, los anuncios publicitarios dirigidos a las masas nos han devuelto a este semi (o icónico) analfabetismo. Después de varias divagaciones —imágenes de sus lecturas de Whitman, de Proust, de Colette— Alberto Manguel vuelve atrás: regresa a los rollos de papiro y a la fundación de las grandes bibliotecas del mundo helénico. La Biblioteca de Alejandría tenía fama de contener casi medio millón de rollos; otros cuarenta mil rollos se conservaban en un pabellón adjunto al Templo de Serapis. Del fértil cieno del Nilo provenía la consecuente fauna de bibliotecarios, gramáticos, editores, reseñistas de libros.
     Una breve meditación sobre el robo de libros es a la vez vívida y triste. Una sola cita vale el precio de entrada. Proviene de la biblioteca del monasterio de San Pedro en Barcelona:
      
     Aquel que roba a su propietario un libro, o lo pide prestado y no se lo devuelve, permite que el libro se le convierta en serpiente en la mano y que se le desgarre. Permite que lo ataque la parálisis, y que se marchiten todos sus miembros. Permite que languidezca de dolor suplicando piedad a gritos, y que no cese su agonía hasta que se apaguen sus murmullos. Permite a la polilla roerle las entrañas en memoria de los gusanos que no comieron. Y cuando reciba por fin su condena final, permite que se consuma en las llamas del Infierno por toda la eternidad.
      
     Imagino que al terminar de leer, las víctimas de semejantes saqueos susurran: "Amén".
     Una disquisición totalmente fuera de lugar sobre Rilke como traductor sirve para introducir las "lecturas prohibidas" y un epílogo sobre el tema siempre abierto, por fortuna inagotable, de la naturaleza de los libros. El espíritu vaga eternamente por la Biblioteca de Babel de Borges, cuyos infinitos laberintos alojan todos los libros posibles, incluidos los libros perdidos, los libros que vendrán y los libros que no se escribirán jamás. Porque la vida humana es también, y de modo enfático, el Libro de la Vida.
     Manguel es una generosa compañía, de modo que sería grosero detenerse en diversas inexactitudes. Lo que perturba es su desenfadada inconsciencia o su indiferencia ante los desafíos que representa su tema. Quizá no ha habido un maestro más ilustre del lenguaje que Platón, cuya crítica de la lectura no ha perdido nada de su peso desalentador. Los libros llevan al deterioro de la memoria humana, que es la mina de conocimientos de nuestro ser y la fuente del conocimiento y de la imaginación creadora. Por escrito, el discurso impreso adquiere una autoridad completamente ilegítima. Inevitablemente, por su sola disposición tiende a preservar verdades inamovibles, comprobadas, cuando dilucidar verdades de esa naturaleza debiera ser, en todo momento, un proceso dinámico, provisional, en constante rectificación. Lo peor de todo: el libro no se expone a una respuesta inmediata, al cuestionamiento, como sucede con un interlocutor oral en un diálogo en vivo. El lector no le puede responder al autor y aprovechar su cercanía para pedir una aclaración. Para Wordsworth, "el ímpetu de un bosque en primavera" era más valioso que el conocimiento adquirido en la fábrica parasitaria del aprendizaje libresco, entre el polvo de la biblioteca. Todavía más radicales, los herederos del anarquismo fundamentalista de Tolstoi sostuvieron que la obra completa de Shakespeare o de Pushkin era de mucho menor beneficio para hombres y mujeres que un buen par de zapatos. Los incendiarios de libros (los teóricos, por lo menos) no han sido siempre bandoleros totalitarios. Y sin embargo hay un punto de vista antagónico que exige ser refutado una y otra vez.
     ¿Tiene futuro la cultura del libro tal y como la conocemos? La revolución de Gutenberg aceleró la producción de textos escritos, los volvió más baratos y los multiplicó hasta el infinito. Pero no transformó, esencialmente, la naturaleza de las relaciones entre escritor, lector y libro. De otra parte, la revolución electrónica actualmente en marcha va a generar mutaciones en todos y cada uno de los aspectos de la escritura y de la lectura —en la propia estructura del significado. El CD-ROM, internet, la miniaturización en microchips de bibliotecas enteras, el acceso instantáneo a vastas bibliografías, las facilidades hasta ahora incalculables que ofrece la realidad virtual están dirigidos a atenuar el impacto del tipo móvil.
     Hasta un modesto procesador de palabras permite la recomposición de cualquier texto o el montaje de una serie cualquiera de textos que se pueden a su vez superponer, entrelazar y cruzar a voluntad. En nuestros días es posible escribir un libro, editarlo y producirlo desde casa a través de internet. Los fundamentos de la relación entre texto e imagen se han modificado por completo. La concepción del planeta como un libro viviente, como un particular depósito de información, archivo, diversión, argumento retórico —cada dominio específico interrelacionado con todos los demás vía sinapsis electrónica de reconocimiento, clasificación y traducción (como en el cerebro humano)— ha dejado de ser una mera fantasía de la ciencia ficción.
     En gran medida, ya no se disfruta de las condiciones socioeconómicas que rodeaban el acto clásico de leer —Erasmo, Montaigne, Jefferson en sus bibliotecas privadas—, o se dispone de esas facilidades únicamente en el mundo artificial de la academia. El silencio, las artes de la concentración y de la memorización, el lujo del tiempo del que depende la "elevada lectura" han desaparecido casi por completo. Los libros de bolsillo no forman bibliotecas. Con todo, incluso estas degradaciones unidas a la crisis de la enseñanza de las humanidades y los idiomas antiguos que contribuyeron a la alfabetización occidental resultan punto menos que insignificantes comparados con el mundo feliz de la electrónica. Podría ser que estamos ya en presencia de los primeros síntomas de estas transmutaciones en la práctica real de la literatura. Formas con raíces profundas en la oralidad, como la poesía y el teatro, conservan una asombrosa vitalidad. La novela tradicional, con su confianza esencial en la palabra escrita, en la lectura en silencio, en un sentido de clase media de narrativa racional y resolución (como en la música tonal), ha decaído, hasta cierto punto, en un convencionalismo empaquetado. No se trata únicamente, como proclama el posmodernismo, del "final de las grandes narraciones", sino de un cambio radical en los medios a través de los cuales se contaban y se asimilaban esas narraciones.
     Por supuesto que se siguen produciendo y publicando libros en grandes cantidades. Los manuscritos copiados e ilustrados a mano se siguieron multiplicando mucho tiempo después de Gutenberg. Es muy difícil descifrar los periodos de transición. Pero también son intensamente estimulantes. Creo intuir impactos sísmicos localizados en lo más profundo que afectan nuestras percepciones culturales del tiempo, de la muerte individual.
     Esas convulsiones van a poner en tela de juicio las pretensiones de la literatura, del pensamiento escrito, de la fama individual, de la trascendencia "para toda la eternidad". Milton solía decir que un libro debía ser la "sangre vital de un espíritu maestro" (the lifeblood of a master spirit). Sin lugar a dudas este preciado licor seguirá fluyendo, pero tal vez por cauces y tubos de ensayo completamente diferentes. Las niñas y los niños que desde los tableros de sus computadoras descubren o hacen por accidente hallazgos en lógica, en fractales, quizá no provienen de la lectura ni de la escritura en un "sentido libresco". ¿Son iletrados esos niños?

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George Steiner (Neuilly-sur-Seine, 1929-Cambridge, 2020). Letras Libres. Traducción de Arturo Acuña Borbolla.