lunes, 9 de septiembre de 2024

jerome rothenberg / la poética del chamanismo


La palabra “chamán” (Tungus: šaman) proviene de Siberia y “en sentido estricto es preminentemente un fenómeno religioso de Siberia y Asia Central” (Eliade). Pero los paralelismos en otros lugares en América, Indonesia, Oceanía o China son notables e incluso nos hacen considerar las coincidencias entre lo “primitivo-arcaico” y el pensamiento moderno. Eliade considera al chamanismo, en sentido amplio, como una técnica especializada y un éxtasis, y al chamán como un “técnico-de-lo-sagrado”. En este sentido, el chamán también puede ser visto como un proto-poeta, ya que casi siempre sus técnicas dependen de la creación de circunstancias lingüísticas especiales, como la canción o la invocación.

En 1870 Rimbaud primero usó el término voyant (vidente) para identificar a la nueva especie de poetas que tenían que ser “absolutamente modernos”:

Creo que uno tiene que convertirse en un vidente,
hacerse uno mismo un vidente

o como Rasmussen escribió de los esquimales-iglulik:

el joven, cuando aspira a chamán, debe
usar siempre la siguiente fórmula
takujumaquama: vine a ti
porque deseo ver

y los esquimales-cobre llamaron al chamán-cantante “elik, es decir, uno que tiene ojos”.

•
En una típica (auto)-iniciación al chamanismo, el nuevo chamán experimenta la desintegración de su conciencia común o visión del mundo, y es conducido a un sueño o visión en cuyo centro regularmente hay una canción o serie de canciones “que brotan sin ningún esfuerzo para componerlas”. El aspecto onírico y visionario, de hecho, rebasa cualquier límite del chamanismo, por libremente que esté trazado, hacia áreas donde un sacerdocio (como revelador y transmisor de un sistema fijo) predomina y, por otro lado, hacia áreas donde “todos los hombres” son “chamanes”, es decir, están “abiertos” para el “regalo” de la visión y la canción. Así:

El futuro chamán (bororo) camina en el bosque y repentinamente ve un pájaro posado al alcance de su mano, que luego se desvanece. Bandadas de loros vuelan hacia él, que desaparecen como por arte de magia. El futuro chamán se va a casa temblando y pronunciando palabras ininteligibles. Un olor a podredumbre . . . emana de su cuerpo. Repentinamente una ráfaga de viento lo hace tambalearse; azota como un muerto. En este momento él se ha convertido en el receptáculo de un espíritu que habla a través de su boca. Desde ahora él es un chamán (A. Metraux, “Le Shamanisme chez les Indiens de l’Ámérique du Sud tropicale”, 1944, en Eliade, Shamanism, p. 82.)

Él sueña muchas cosas, su cuerpo está estropeado y se convierte en una casa de sueños. Sueña constantemente muchas cosas, y al despertar les dice a sus amigos: “Mi cuerpo ahora está estropeado; soñé a muchos hombres matándome; escapé no sé cómo. Y despierto, sentí una parte de mi cuerpo diferente a las demás; ya no era el mismo en toda mi extensión“ (H. Callaway, The Religious System of the Amazulu, Natal, 1870, p. 259.)

Todas las canciones de los indios pie-negro, excepto aquellas aprendidas de otras tribus, se ha dicho que fueron obtenidas a través de sueños o visiones… Un hombre puede ir caminando por ahí y escuchar un pájaro, un insecto, una piedra o cualquier otra cosa cantando; él recuerda la canción y la reclama como dada especialmente a él. De la misma manera, un hombre puede obtener canciones de un fantasma (C. Wissler, “Ceremonial Bundles of the Blackfoot Indians”, en Antropological Papers of the American Museum of Natural History, vol. vii, parte 2, 1912, p. 263.)

Cualquier cosa, de hecho, puede entregarnos una canción porque todo (“la noche, la niebla, el cielo azul, el este, el oeste, las mujeres, las muchachas, las manos y los pies de los hombres, los órganos sexuales femeninos y masculinos, el murciélago, la tierra de las almas, los fantasmas, las tumbas, los huesos, el cabello y los dientes de la muerte”)  está vivo. Aquí está la imagen central del chamanismo y de todo el pensamiento “primitivo”, la intuición (ya sea ficción o no, eso aún no importa) de un universo conectado y fluido, tan vivo como el hombre —precisamente así de vivo.

Todo esto parece ser confiado a él —una visión unificante que trae consigo el poder de la canción y la imagen, visto en los propios términos de él como poder para curar-el-alma y toda enfermedad vista como desorden-del-alma, como desconexión y rigidez. No llega fácilmente a esa visión y poder —esta aparente separación de él mismo de las órdenes normales del hombre— sino que frecuentemente manifiesta lo que Eliade llama “una resistencia a la elección divina”.

Aquí estamos en una tierra familiar, dadas las bastante obvias diferencias en terminología y lugar, materiales y técnicas —reconociendo en la experiencia del chamán ese sistemático desarreglo de los sentidos del que habló Rimbaud, no por su propio bien sino hacia la posibilidad de vista y orden. Para el poeta-chamán

como el hombre enfermo… es protegido sobre un plano vital que le muestra los datos fundamentales de la existencia humana, que es, soledad, peligro, hostilidad por el mundo circundante. Pero el mago primitivo, el hombre-medicinal, o el chamán no es sólo un hombre enfermo; él es, sobre todo, un hombre enfermo que ha sido curado, quien exitosamente se ha curado a sí mismo. (Eliade, Shamanism, p. 27)

Pero las técnicas-de-lo-sagrado del chamán lo hacen, más que al poeta moderno, un cirujano supremo y custodio del alma. La creencia fue suficiente para validar la función —que él podría escalar al cielo o descender al inframundo o al mar, podría encontrar una cura o una respuesta para la desgracia, o después de la muerte guiar el alma a su lugar-de-descanso.

En los ritos que acompañan una escalada, generalmente eran usados un árbol o una escalerilla, pero también el tambor del chamán era, por sí mismo, visto como vehículo para transportar; “el tambor”, dijo el chamán yakut, “es nuestro caballo”. El viaje —al “cielo” o al “infierno”— tomó lugar en escenarios marcados por “obstáculos”, las canciones-chamánicas fueron las claves para superarlos. Así, cuando el chamán altaico “negro” en su descenso alcanza “el desierto chino de arena roja (y) sube sobre una estepa amarilla que una urraca no podría atravesar, (él) grita a la audiencia: ‘¡Por el poder de las canciones atravesaremos!’” Cantando y bailando él obtiene ayuda de los asistentes, y a veces la audiencia lo acompaña en los coros.

Aquí está sucediendo algo más que literatura: para nosotros mismos, permítanme sugerir, la cuestión de cómo el concepto y técnica de lo “sagrado” puede persistir en el mundo “secular”, no como nostalgia por el pasado arcaico sino como (según escribe el poeta Gary Snyder) “un vehículo para introducirnos al futuro”.

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Jerome Rothenberg (Nueva York, 1931-Encinitas, 2024) Traducción de Heriberto Yépez. Sibila. Revista de poesia e cultura.

lunes, 2 de septiembre de 2024

primo levi / ¿por qué se escribe?


A menudo sucede que un lector, casi siempre joven, le pregunte a un escritor, con toda franqueza, por qué escribió cierto libro o por qué lo escribió de esa forma, o también, por qué escribe o por qué los escritores escriben. A esta última pregunta, que contiene a las otras, no es fácil responder: no siempre un escritor es consciente de los motivos que lo inducen a escribir, no siempre es impulsado por un solo motivo, no siempre los mismos motivos están detrás del inicio y del final de la misma obra. Me parece que se pueden establecer por lo menos nueve motivos que intentaré describir; pero el lector, pertenezca o no al oficio, no tendrá dificultad en descubrir otros. ¿Por qué se escribe?

1)      Porque se siente el impulso o la necesidad. Este es el motivo más desinteresado. El autor que escribe porque algo o alguien  le dicta desde el interior, no lo hace persiguiendo ningún fin; por su trabajo le podrán llegar la fama y la gloria, pero será algo adicional, un beneficio añadido, no conscientemente deseado: en suma, un subproducto. En realidad, el caso presentado es extremo, teórico, poco probable: es dudoso que haya existido un escritor o un artista tan puro de corazón. Así se veían a sí mismos los románticos. No es una casualidad que  nosotros creamos reconocer algunos ejemplos ahí, entre los más grandes, lejanos ya en el tiempo, de quienes sabemos poco y  por lo tanto idealizamos con facilidad. Por el mismo motivo las montañas lejanas nos parecen todas de un mismo color, que a menudo se confunde con el color del cielo.

2)      Para divertir o divertirse. Afortunadamente las dos variantes coinciden casi siempre: es raro que el que escribe para divertir a su público no se divierta escribiendo, y es raro que el que siente placer al escribir no transmita al lector, al menos, una parte de su placer. A diferencia del caso anterior, existen los humoristas puros que a menudo no son escritores de profesión: alejados de las ambiciones literarias, carentes de certezas estorbosas y de rigidez dogmática, ligeros y puros como niños, lúcidos y sabios como quien ha vivido mucho, y no en vano. El primer nombre que me viene a la cabeza es el de Lewis Carroll, el tímido matemático que ha fascinado a seis generaciones con las aventuras de su Alicia, primero en el país de las maravillas y después detrás del espejo. La confirmación de su genio se encuentra en la acogida de la que gozan sus libros después de más de un siglo de vida, ya que no sólo han conquistado a los niños, a los que idealmente estaban dedicados, sino también a los lógicos y a los psicoanalistas que no cesan de encontrar en sus páginas significados siempre nuevos. Es probable que el éxito ininterrumpido de sus libros se deba precisamente al hecho de que no esconden nada: ni lecciones de moral, ni esfuerzos propagandísticos.

3)      Por enseñar algo a alguien. Hacerlo y, hacerlo bien, puede ser valioso para el lector, pero es necesario que los acuerdos sean claros. Salvo raras excepciones, como en el caso de Las Geórgicas de Virgilio, el intento didáctico corroe la tela narrativa desde la base, la degrada y la contamina: el lector que busca una historia debe encontrar una historia y no una lección que no desea; pero las excepciones siempre existen, y el que tiene sangre de poeta sabrá encontrar y expresar poesía incluso hablando de estrellas, de átomos, de la cría del ganado o de apicultura. No quisiera escandalizar a nadie recordando aquí La ciencia en la cocina y el arte de comer bien de Pellegrino Artusi, otro hombre de corazón puro, que dice lo que tiene que decir: no asume la postura de un literato, ama con pasión el arte de la cocina, despreciada por los hipócritas y los dispépticos, pretende enseñarla, lo declara, y lo hace con la simplicidad y la claridad de quien conoce a fondo su tema, y llega espontáneamente al arte.

4)      Para mejorar el mundo. Como se ve, nos estamos alejando cada vez más del arte que es fin en sí mismo. Es importante señalar que la motivación, que estamos discutiendo aquí, tiene poca incidencia en el valor de la obra a la cual dará origen; un libro puede ser bello, serio, perdurable y agradable por razones muy diversas de aquellas por las que fue escrito. Se pueden escribir libros infames por razones nobilísimas y también, aunque con menor frecuencia, libros nobles por razones infames. Aún hoy siento cierta desconfianza por el que “sabe” cómo mejorar el mundo: no siempre, pero muchas veces es un individuo tan enamorado de su sistema, que se vuelve impermeable a la crítica. Es de desear que no posea una voluntad muy fuerte, de lo contrario estará tentado a mejorar el mundo en los hechos y no sólo en las palabras. Así lo hizo Hitler después de haber escrito Mein Kampf, y muchas veces he pensado que muchos otros utopistas, si hubieran tenido la energía suficiente, hubieran desatado guerras y masacres.

5)      Para dar a conocer las propias ideas. Los que escriben por este motivo representan una variante muy reducida, y desde luego menos peligrosa que la anterior. La categoría coincide con la de los filósofos, sean estos geniales, mediocres, presuntuosos, amantes del género humano, diletantes o locos.

6)      Para liberarse de una angustia. Muchas veces la escritura representa un equivalente de la confesión o del diván de Freud. No tengo nada que objetar a quien escribe incitado por la ansiedad. Le deseo más bien que logre liberarse, como me sucedió a mí hace mucho tiempo. Le pido, sin embargo, que se esfuerce por filtrar su angustia, que no la arroje, áspera y en bruto, a la cara del lector, de lo contrario se arriesga a contagiarla a los otros sin apartarla de sí.

7)      Para volverse famoso. Creo que sólo un loco puede ponerse a escribir únicamente para volverse famoso; pero creo también que ningún escritor, ni siquiera el más modesto, ni siquiera el menos presuntuoso, ni siquiera el angelical Carroll, antes recordado, está a salvo de este motivo. Tener fama, leer sobre uno en los periódicos, escuchar hablar de uno, es dulce, no hay duda; pero pocas, entre las alegrías que la vida nos ofrece, cuestan tantas fatigas, y pocas fatigas resultan tan inciertas.

8)      Para volverse rico. No entiendo por qué algunos se irritan o se asombran cuando se enteran que Collodi, Balzac y Dostoievski escribieron para ganar dinero, pagar las deudas de juego o por salvar empresas comerciales en quiebra. Me parece justo que la escritura, como cualquier otra actividad útil, sea remunerada. Pero creo que escribir sólo por dinero es peligroso porque conduce casi siempre a una forma fácil, demasiado respetuosa del gusto de la mayoría y de la moda del momento.

9)      Por costumbre. He dejado hasta el final este último motivo, que es la más triste. No es grato, pero sucede: sucede que el escritor agota sus estímulos, su impulso narrativo, su deseo de dar vida y forma a las imágenes que ha concebido, que no conciba más imágenes, que no tenga más deseos, ni de gloria ni de dinero, pero que escriba de todos modos, por inercia, por hábito, por “mantener la firma viva”. Que tenga cuidado con lo que hace: por ese camino no llegará lejos, terminará fatalmente copiándose a sí mismo. Es más digno el silencio temporal o definitivo.

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Primo Levi (Turín, 1919-1987) Traducción de Tania Favela Bustillo. Vallejo & Co.

lunes, 26 de agosto de 2024

hugo gola / prosas (selección)


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Todo verdadero poema es una composición que contiene, preserva y transmite la energía que le dio origen, sin permitir que ésta se derrame, se destruya o se pierda. Mientras se lo escribe, el poema va evolucionando, desplegándose, con el fin de cumplir esa finalidad, incierta pero inevitable. Al desarrollarse el poema, configura su propia forma, una forma que no existía antes de la escritura sino que es engendrada por el juego de la mente, el lenguaje y el silencio.

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Cada vez me atrae más la idea de la poesía como un “no decir”. No la adhesión que suele producir la palabra que enumera, o cuenta, sino aquella revelación que la palabra aislada, cargada de silencio puede originar. La palabra sumida, hundida, inmóvil como un animal estático, que sólo por la respiración sabemos que está vivo. Una palabra que se niega a seguir la ruta prefijada de la comunicación para llevarnos a convivir con la oscuridad y el misterio. La palabra poética tiene ese rostro, que difiere radicalmente de cualquier otro. Los que más me entusiasman son aquellos poetas que tienden al silencio. Un simple garabato sobre la página blanca esboza un gesto, es una incisión reveladora, un trozo zen, que todo lo sugiere o que todo lo expresa con el silencio.

 
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Wallace Stevens dice: “Un poema no precisa tener un significado y, como la mayoría de las formas de la Naturaleza, muchas veces carece de él”. Que el poema no tenga un significado preciso, o que no pueda reducirse a una significación conceptual, no quiere decir que carezca de sentido. El poema transporta un peso, “un aura sensorial”, una flexibilidad rítmica, sonora, capaz de producir en el lector un vivo placer. No hay que olvidar que la palabra en el poema tiene otro modo de comportarse, de respirar, de sugerir. En el poema la palabra es un material viviente, es porosa, grávida, subrepticia.


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Lo difícil es aguardar impasible la llegada de ese momento luminoso. Ya que nada se puede hacer para provocarlo, no es difícil que quien lo espera se hunda en la desesperación. Ningún esfuerzo puede promoverlo, más aún, una insistencia para provocar su advenimiento suele alejarlo. Tal vez puedan hacer más por su aparición el olvido, el abandono, el desdén, que cualquier tipo de búsqueda.


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Cuando Gottfried Benn dice: “En general no sé lo que escribo, ni siquiera lo que pretendo y cómo surge algo en mí…”, está ─me parece─ exponiendo claramente el proceso oscuro por el que transita siempre, o casi siempre, el poema lírico. William Carlos Williams afirma, por su parte, que el poeta piensa con el poema, en el poema. Es decir, que no existe para él un pensamiento anterior que dé origen al poema. El poema es quien descubre, al hacerse, esa especie de pensamiento oscuro, cuya escritura permite que sea revelado. Todo poema, entonces, sería la expresión de un complejo de sentimientos, pensamientos, sensaciones, articulados en una unidad significativa.

Lo que dice Benn y lo que dice Williams proviene de una semejante experiencia personal. El estado de disponibilidad que el poema lírico reclama, el vaciamiento interno, la suspensión o la capacidad negativa de la que habla Keats, son quizá las condiciones necesarias para que se canalice la energía que desembocará en el poema. En líneas generales, puede afirmarse que antes que el poema esté escrito ─y aun sólo a medias después─ el poeta no sabe con qué elementos se construye ese objeto verbal que condensa, en su materialidad, sensaciones, experiencias, ideas, recuerdos.

Cuando Conrad dice: “Nada que sea verdaderamente grande en el sentido en que lo es lo humano ─grande de veras, es decir, susceptible de afectar a un gran número de vidas─ procede de la reflexión”, está ─desde su perspectiva de narrador ─poeta─ expresando también la misma idea.

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Hay poetas que escriben sobre poesía y, en lugar de aproximarnos a ella, nos alejan. Se refieren a la poesía como algo que nada tiene que ver con la propia experiencia, utilizando un lenguaje más cercano al de la crítica que al del poema. Pero hay otros que iluminan con sus textos y nunca nos alejan de la intimidad de la poesía. Son ejemplos de ello Valéry, Pavese, Williams, Wallace Stevens, Westphalen, Pound, Bayley, Creeley, Denise Levertov, etcetera. Sus reflexiones son tan imprescindibles como sus poemas.

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Lin Tsung Yuan, considerado un prosista sobresaliente de la dinastía T’ang, dice en su Prólogo a ocho poemas, que tradujo Octavio Paz: “En desacuerdo con el mundo que me rodea, consuelo mi pena con la literatura”. ¿Quién en el mundo actual podría decir algo semejante? Ciertamente, es necesario alcanzar una gran sabiduría para consolar la pena de ese desacuerdo con el ejercicio de la literatura. Lo que nosotros podemos verificar, sin demasiado esfuerzo, es que la sabiduría, por lo menos en el mundo occidental, no es un estado frecuente. Lo que en general sucede ─y no sólo a los escritores─ es convertir nuestro desacuerdo con el mundo que nos rodea en indignación o en airada resistencia. Pero la literatura no admite ser abordada desde estos estados de crispación. Es probable que si antes no nos despojamos de esa perturbación del ánimo, no entraremos a la literatura con la indispensable equidistancia y ecuanimidad que ella reclama. Si intentamos servirnos de la literatura para intervenir en los conflictos del mundo, ésta se alejará de nosotros, ya que no acepta ser rebajada a simple medio o a instrumento de nuestra indignación.

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Cuando Montaigne escribe que lo que desea es investigar el mundo exterior, pero sólo en tanto escenario y ocasión de sus movimientos internos, nos propone ciertamente un método no muy bien visto por la ciencia. El apego constante a la propia visión personal para estudiar el contorno tiene, entonces, un límite: la subjetividad del observador. Pero sucede que, cuando leemos hoy los Ensayos de Montaigne, adquirimos un conocimiento mucho más variado y rico de ese mundo exterior que al frecuentar textos científicos contemporáneos a los Ensayos. Algo semejante podemos comprobar también en la poesía lírica. Tan subjetiva parece, tan estrechamente ligada a la experiencia de su autor, y sin embargo, cuando el tiempo transcurre, comprobamos que nada nos revela mejor el pasado que la poesía lírica. Quizás por eso nos sintamos más cerca de Catulo o de Propercio o de los líricos griegos que de muchos otros poetas de la antigüedad. Quizá nada pueda revelar mejor lo que acontece en el mundo que una subjetividad abierta y sensible. El hombre cambia, pero su íntima naturaleza cambia mucho más lentamente. Lo que fue verdad hace veinte siglos, en muchos casos, sigue siéndolo para nosotros. Y es lo que sucede con los textos de Montaigne, con algunos de los poetas griegos y con ciertos poetas latinos.

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En el cuerpo sucede todo. Sin este cuerpo precario no hay estados especiales, ni éxtasis, ni iluminación. Basta quizá, para que esto suceda, que los sentidos actúen sin el control del pensamiento. Aquellos estados se producen, entre otras razones, porque el pensamiento ha perdido control, se ha sosegado por un momento y permanece en reposo. En ese caso los sentidos se liberan y actúan por sí mismos, sin atender ninguna orden. Son simples órganos de percepción que se conectan con las cosas y los seres. Mas los sentidos liberados traen al centro receptor una potencialidad desconocida, un esplendor que trastorna y amplía la experiencia, la vuelve imprevisible e inagotable.

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No es que trate de dejar de lado los dramáticos sucesos de la historia. En mi caso tienen siempre una presencia tan fuerte que a duras penas puedo escapar a estos hechos cotidianos. Me resulta imposible prescindir de la información que se consigna a diario. Me siento, aunque no actúe, implicado en las torturas, en las persecuciones, en los destierros, en las muertes. No puedo evitar su repercusión en mi ánimo. Aunque perturbado por estas calamidades, nada puedo hacer para evitarlas. Estoy como atrapado por “la jauría de los tramposos”, que dice René Char, pero sé igualmente, como él también dice, que “no está permitido enloquecer en una época demente”. Trato en lo posible de conservar la lucidez, y en lo que conforma mi pequeño radio de acción, no ceder al fatalismo, ni claudicar ante la locura que nos invade.

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Hugo Gola (Santa Fe, 1926-2015). Prosas. Buenos Aires: Alción, 2007. Vallejo & Co.

lunes, 19 de agosto de 2024

philippe jaccottet / truinas


La víspera del entierro de André du Bouchet, el 20 de abril, María, su hija, me llamó por teléfono para preguntarme si diría algunas palabras en esa ocasión; le respondí que no estaba seguro de tener el valor suficiente. Luego, esa misma tarde, después de pensar que si nadie hablaba –como temía que no iba a haber una verdadera ceremonia– sería aún más doloroso, escribí, rápidamente, esto:

    «En la última carta que recibí de André du Bouchet, fechada el 31 de marzo, estas palabras: ‘He llegado a Truinas con una maravillosa tempestad de nieve…’

    Me acordé entonces de estos versos de Hölderlin en ‘Mnemosyne’:


Y la nieve como muguetes de mayo significando
Nobleza de alma, dondequiera
Que esté, brilla con el verde
De las praderas en las faldas de los Alpes,
Allí donde se toma la alta senda, hablando
De esa cruz plantada al borde del camino
En memoria de los muertos,
Un viajero con
Otro. ¿Pero de qué se trata?
 
‘Nobleza de alma’: palabras que se han vuelto casi impronunciables: sin embargo, esto es lo que todos hemos admirado, amado, en André du Bouchet; como su fogosidad preservada hasta los últimos días a pesar de lo que tuvo que sufrir; y esa valentía, también conservada hasta el final, y que siempre le envidié.

    De este modo, cada vez que regresábamos de Truinas, Anne-Marie y yo, nos sentíamos vigorizados, fortalecidos. Y, si era aún de día, había a la derecha del camino de retorno, pasado Dieulefit, el estrecho río que brillaba delante de nosotros como una luz que nos hubiera precedido, conducido, después de hendir en algunos lugares la roca igualmente brillante. Son esas cosas las que nos han mantenido próximos durante más de cincuenta años, son esas cosas las que él alcanzó con las palabras como pocos otros poetas pudieron hacerlo, lanzando una flecha con el arco en su más viva tensión.

    Palabras incandescentes.

    No oírlas más, quiero decir oralmente, pronunciadas por él, va a darnos mucha nostalgia, a todos.

    ‘Llevado a Truinas este 20 de abril como en una maravillosa tempestad de nieve’: ‘la nieve como muguetes de mayo’ – no van a tardar – ‘significando nobleza de alma, dondequiera que esté’…».

         Ahora bien, saliendo de Grignan hacia las nueve de la mañana, cuando el coche rodaba en dirección a Dieulefit en el valle del Lez, cada vez más estrecho a medida que se avanza, le hice observar a Anne-Marie que las nubes por delante de las cuales íbamos podrían perfectamente anunciar nieve. En efecto, ésta ha empezado a caer justo después de Dieulefit, pesada y húmeda, al mismo tiempo que la niebla se espesaba al punto de inquietarnos vagamente por el fin del trayecto. Al llegar a Truinas, todo el paisaje estaba espolvoreado de blanco, el aire frío, los caminos fangosos; de manera que esa frase sobre la que había previsto abrir y cerrar mis palabras, esa «tempestad de nieve» que no era aún en mi espíritu sino una metáfora, iba a tener que modificarla, pues la nieve que el propio André había calificado de «maravillosa» y que había acompañado su partida forzosa de Truinas a finales de marzo acababa de caer de nuevo – pero para su último regreso…

         Cuando llegamos al pequeño cementerio, en el fondo del valle, al lado de una capilla a la que nunca habíamos descendido en el pasado, una pala mecánica estaba aún cavando la fosa en la tierra embarrada. Había allí algunas personas, desconocidos, también amigos, pero no todavía miembros de la familia, de modo que pensamos protegernos del frío y de la difusa nieve que seguía cayendo en la capilla que, por haber sido secularizada, parecía aún más tristemente fría. Finalmente, divisamos a Anne, luego a Marie, luego a Paule y a Gilles. Parecía que nada, absolutamente nada hubiera sido previsto, organizado; sin hablar ni siquiera de un ceremonial, de un ritual que ninguno de nosotros, sin duda, esperaba; pero ni siquiera un esbozo de orden: una especie de desconcierto extraño, algo también salvaje que tal vez, a fin de cuentas, parecía apropiado. Anne-Marie ofreció su brazo a Jacques Dupin, que estuvo a punto de resbalar por el terreno inclinado. El ataúd estaba colocado sobre unos andamios de tubos metálicos en un pequeño recinto en pendiente en el que creo que no había aún apenas sino una o dos tumbas. Se apoderó de mí entonces una impresión de extrañeza que no cesó de crecer a medida que el tiempo pasaba: a causa de ese frío inesperado, de ese pequeño valle espolvoreado de nieve que yo empezaba a descubrir más allá del muro bajo del cementerio, y más aún de esa especie de desorden y de desconcierto, de ese largo silencio – hasta el punto de que me di cuenta, más tarde, de que ni por un solo segundo pensé que había en el ataúd un cuerpo muerto, y el de un viejo amigo, ni por un solo segundo – y no creo que haya sido sólo una defensa inconsciente contra un exceso de emoción…

         Se había olvidado, o deliberadamente rechazado, todo ritual, y era lo contrario incluso de un ceremonial, por muy pobre y discreto que fuera: el silencio, el frío húmedo, la nieve que ahora había dejado de caer o se transformaba en lluvia, y esa especie de espera entre quienes se mantenían allí de pie, ligeramente alelados, casi como perdidos.

         Finalmente, a falta de una liturgia que tal vez yo, tan anticuado, hubiera preferido (pero que en el fondo, me doy cuenta, hubiera estado fuera de lugar allí, donde lo que fue «verdadero» fue precisamente ese desorden, esa confusión que he mencionado), se pronunciaron unas palabras, casi al azar y –en profundidad— no del todo al azar; como esas flores aquí y allá adivinadas bajo la nieve. Dominique Grandmont se aproximó a la fosa y leyó «el abril», un poema de André de 1983, y era muy bello, porque trataba de una «encrucijada azul» y de flores, que se oponían, finalmente, a la tumba fangosa, palabras florecientes, salvajes: como lo fue luego, salvaje y más calurosa, más desgarradora que todo, este envío de Jacques Dupin: «¡André, hermano!» (y yo seguía sin pensar que se había convertido en un muerto, sólo miraba el paisaje como nunca lo había visto – y más tarde me diría también que unas palabras como aquellas no habría podido decirlas jamás así, y que esto no me honraba). Después leí mis pocas líneas: «la nieve, como muguetes de mayo, significando nobleza de alma», consciente de que con ellas me acercaba en cualquier caso a algo irrefutable que nos había unido desde el principio. Al final, alguien a quien no conocía avanzó con un libro en la mano y se puso a leer a su vez – había dejado completamente de nevar; y la elección de esa lectura intensificó aún más mi sorpresa y mi emoción, puesto que enseguida reconocí las últimas páginas de Obermann, especialmente esas líneas que comienzan con «si las flores no fueran sino bellas» y que habían sido para mí en los años sesenta una verdadera iluminación, tanto fue así que había hecho de ellas el punto de partida de un capítulo de Paisajes con figuras ausentes.

         Escuchaba, y las palabras leídas penetraban en mí de forma tan profunda como el paisaje de ese abril invernal en torno de nosotros:

… ¡Cuántos desventurados habrán dicho, un siglo tras otro, que las flores nos han sido concedidas para cubrir nuestras cadenas, para engañarnos al comienzo, y contribuir incluso a retenernos hasta el final! Hacen algo más, pero tal vez en vano: parecen indicar lo que ninguna cabeza humana profundizará.

Si las flores sólo fueran bellas bajo nuestros ojos, seguirían seduciéndonos; pero a veces ese perfume produce, como una feliz condición de la existencia, como una llamada súbita, un regreso a la vida más íntima. Sea que haya buscado esas emanaciones invisibles, sea sobre todo que se ofrezcan, que sorprendan, las recibo como una expresión fuerte, pero precaria, de un pensamiento cuyo secreto encierra y oculta el mundo material.

 
     Escuchaba, más conmovido aún:

     …pero bastaría un junquillo o un jazmín para hacerme decir que, tal y como somos, podríamos residir en un mundo mejor.

    ¿Qué deseo? Esperar, luego dejar de esperar, es ser o dejar de ser: esto es el hombre, sin duda. Pero, ¿cómo puede ocurrir que después de los cantos de una voz emocionada, después de los perfumes de las flores, y los suspiros de la imaginación, y los impulsos del pensamiento, haya que morir?

 
         Luego, oía que «una mujer llena de gracia amante» se aproximaba, «sin otro velo» que una cortina, retrocedía, regresaba, «sonriendo con su voluptuosa resolución» — como otra especie, aún infinitamente más preciosa, de flor; tras lo cual, bruscamente: «Pero enseguida habrá que envejecer».

         Como si lo más misterioso y lo más necesario de toda vida se tocara al pasar, casi perezosamente… hasta las últimas páginas del libro, las últimas también que se leyeron aquella mañana, ante la fosa aún vacía:

    Si llego a la vejez, si, un día, aún lleno de pensamientos, pero renunciando a hablarles a los hombres, tengo junto a mí a un amigo que reciba mis adioses a la tierra, que coloque mi silla sobre la hierba corta, y que haya unas tranquilas margaritas delante de mí, bajo el sol, bajo el cielo inmenso, para que al dejar la vida que pasa encuentre algo de la ilusión infinita.

          Estas frases habían sido escritas, como en voz baja, hace dos siglos; acababan de ser leídas, también en voz baja, con una voz incluso un poco temblorosa, con qué exactitud de intuición, en esa mañana de abril; y era como si llenaran todo el espacio hasta fundirse con la niebla que escondía el horizonte.

         Después de esto, y tras volver a coger el coche, como nos extraviamos un momento en la carretera de Félines en vez de llegar directamente a la casa en donde se esperaba a los amigos –algunos de ellos iban a pie y los saludamos al pasar–, esas grandes praderas en pendiente, esas rocas en los barrancos como bloques detenidos desde hacía siglos en su desmoronamiento, dos caballos también, inmóviles en una parte hundida de la estrecha carretera, esos árboles de las terrazas en flor, todo eso bajo una ligera capa de nieve que apenas lo disimulaba, todo eso, ¿cómo decirlo?, más bello, es decir, más real en su extrañeza, en su salvajismo, más intenso de lo que lo había visto nunca; todo eso a la vez salvaje y «en bella ordenación» como los robles en otro poema de Hölderlin del que me acordaba, una «presencia» tan fuerte, tan indudable y perfectamente incomprensible como tal vez no la había sentido en toda mi vida, «maravillosa», sí, realmente, como la tempestad de nieve en la última carta de André.

         Uno o dos días más tarde, de regreso a casa y volviendo a pensar en esa mañana, en la exclamación de Senancour: «¡Junquillo! ¡Violeta! ¡Nardo! No tenéis sino instantes…», he aventurado esto: el junquillo nunca dirá «junquillo», y sin duda por eso nos parece al mismo tiempo tan bello e inasequible. Las flores no tienen mirada, ni lágrimas, ni voz. Como los copos de nieve, aquella mañana, como las rocas, como el barro.

         Parecía que Petit-crû, el perro, mirara; comprendiera un poco, comenzara a comprender: pasaba, en parte, de nuestro lado. La historia del Paraíso no era tal vez una fábula vana: la mirada, la palabra habían debido de nacer cuando dejamos de estar por entero en el interior del mundo y armonizados con él como parecen estarlo las plantas y las piedras. «Sus ojos se han abierto»: y a la invención de las fuentes sucedió la de las lágrimas, infinitamente diferentes las unas de las otras.

         Al pensar esto, nos he vuelto a ver ahí, en la «bella ordenación» de ese lugar extraordinariamente real y secretamente resplandeciente, esas figuras que se habían reunido no sin dificultades, primero la joven extranjera que descendía a pie la carretera de Truinas, Gilles y su hija caminando por otra, aquella en la que habíamos visto los dos caballos, esos seres que se deslizaban en el barro del pequeño cementerio en cuesta, que tenían frío, cuya voz, si se aventuraba a elevarse, temblaba un poco por momentos; tristes, seguro, pero sin ser de los que lo ostentan demasiado; sobre todo, tal y como los volvía a ver, nos volvía a ver, extrañamente torpes, perdidos, como si la «bella ordenación» que había podido ser durante mucho tiempo no solamente la de los árboles y los barrancos, sino la de nuestra vida y la de nuestra muerte, se hubiera deshecho, dejándonos allí desamparados ante la tumba, en el fondo de ese pequeño valle, casi como pobres que enterraran a uno de los suyos, víctima de alguna guerra innoble, rápidamente, al margen de los combates… Igual de desamparados.

         Figuras negras preparadas para deshacerse también como los copos, pero mucho más miserables que ellos.

         Más miserables, salvo que, a falta de las antiguas palabras de una liturgia cualquiera, hubiéramos ido a buscar, para aventurarlas allí en el aire, contra la muerte, además del más simple de los gritos del corazón («¡André, hermano!»), unas palabras apenas menos desarraigadas que nosotros – precisamente esas que han nacido del primer exilio, que no se hubieran formado nunca y no hubieran sido necesarias sin él, para intentar apegarnos, al menos durante el tiempo de pronunciarlas o de oírlas, al mundo, al mundo «maravilloso» de las cosas sin mirada y sin voz, al mundo de las flores y de los copos sobre las flores abiertas o que empiezan a abrirse.

         Y ahora regresa a mi espíritu otro momento de esa mañana del 21 de abril, cuando casi todos nos encontramos en la casa de Truinas. Anne de Staël, muy tranquila, con su gran fuerza interior inalterada por la tristeza, se acercó a mí para hablarme unos instantes. Me contó que, pocos días antes de la muerte de André, le propuso leerle unas páginas –que le habían parecido a ella particularmente complejas—escritas a propósito de su poesía, pero él había declinado el ofrecimiento; sí acepto, en revancha, con gratitud, que le leyera unos poemas de Emily Dickinson, que ella, según me confió, admiraba desde siempre; añadiendo, de esa manera tan directa que no puede sino amarse en ella, estas palabras, o unas muy parecidas: «Como si, ante la muerte, noresistiera sino lo que se entiende por sí solo…»

         Para mí, pensé más tarde, fue como si, en esa mañana tan extrañamente plena, otros hilos hubieran venido a añadirse a toda una trama de correspondencias que, desde hacía mucho tiempo, adivinaba entre André y yo, a pesar de nuestras diferencias. Uno era ese pensamiento de lo «simple» (sigue sin ser la palabra, Dickinson no es «simple», ni Hölderlin, ni Hopkins, ni el propio André) que sería lo único que se podría oponer a la muerte, pensamiento que no había dejado de ocuparme desde hacía años. El otro hilo era la mención de Emily Dickinson en ese momento de duelo, debido a lo que yo había escrito veinticinco años atrás, después de la muerte de Gustave Roud, y que no podía dejar de regresar ahora a mi espíritu:

    «La tarde de las exequias, sobre la mesa de trabajo atestada de libros probablemente no leídos y de correspondencia dejada en su mayoría sin contestar, me impresionó la presencia de algunos objetos en los que parecía resumirse una vida. Primero, la fotografía de uno de los amigos campesinos de Roud, tocado con una gorra de piel, un leñador de invierno, y, delante de esa foto, una tarjeta postal que representaba, creo, una cabeza de Apolo arcaica; luego, el pequeño volumen de Emily Dickinson del que la señorita S. me dijo que se sabía de memoria dos poemas que no había dejado de releer a lo largo de los últimos meses en su lengua original; cito aquí la versión que ella me ha proporcionado:

Si al regreso de los petirrojos
Ya no estuviera viva,
Al rojo encorbatado dale
La migaja conmemorativa.
 
Si nada más dormirme
No pudiera decir gracias,
Sabrías que lo intento
Con mi labio de granito…»
 
         Ahora bien, lo he dicho con frecuencia, el encuentro que mantuve, cuando era adolescente, con la obra y la persona de Roud fue decisivo para fortalecerme en una concepción de la poesía en la que el trabajo de escribir y el modo de vida, la manera de comportarse en la vida, debían estar indisolublemente unidos. No creo que André du Bouchet haya apreciado mucho los libros de Roud, ni siquiera sus traducciones de Hölderlin. Pero, por la discreción y la dignidad, estaban próximos, «a la misma altura»; y aún más, en la raíz de sus obras, por ciertas concordancias profundas de las que la aparición de la figura, tan pura, de Emily Dickinson en la inminencia de su muerte, era un signo conmovedor.

         Éramos relativamente numerosos en la casa, y estábamos próximos unos de otros como pocas veces antes: el propio André lo menos muerto posible, si se puede hablar así. Y esos ecos inauditos, en los dos sentidos de la palabra, circulaban allí en el aire, como si estuviéramos presos en la red de una «música callada» — en expresión de San Juan de la Cruz –, como si nos mantuviéramos juntos, habitando juntos una casa distinta de aquella, de piedras trenzadas de plantas, que nos protegía.

         Una red, sí, era exactamente eso, y de ello me iría asegurando cada vez más a medida que volvía a pensar en esta larga y casi siempre tácita amistad.

         «Tenemos las mismas razones.» A pesar de las lagunas crecientes de mi memoria, oigo aún a André du Bouchet decirme estas palabras, tal cuales, durante nuestro primer encuentro, que se produjo en la abadía de Royaumont con ocasión de alguna festividad cultural de la que lo he olvidado todo – fuimos presentados por André Berne-Joffroy, como éste me lo recordó recientemente: en 1948, quizá; como quiera que sea, hace muchísimo tiempo…

         Cuatro palabras breves, perentorias, en las que vuelvo a verlo hoy por completo, breves y bruscas, puesto que no podían fundarse sino en una intuición inmediata; cuatro palabras de las que yo mismo hubiera sido incapaz, por culpa de ese espíritu de duda y de prudencia del que nunca me he desprendido. Cuatro palabras cuya precisión debo reconocer con asombro a partir de ahora.

         (Pero las consecuencias de esas «razones» en nuestros libros han sido tan diferentes, hasta el punto de parecerme a veces difícilmente compatibles, y de preguntarme más de una vez cómo André podía avenirse con mis libros, y cómo yo podía alimentar por los suyos tanta admiración. Como si, a fin de cuentas, de un mismo mantillo pudieran nacer plantas de especies muy diferentes. De un mismo mantillo, es decir: de las «mismas razones».)

         Un ejemplo sería nuestra común admiración por Hölderlin.

         En Paisajes con figuras ausentes, que data de 1970, esta nota añadida a algunas páginas de reflexiones sobre este poeta:

«Una de las más admirables [imágenes de Hölderlin], entre otras, se encuentra en el esbozo de un himno a Colón:
 
         pues
por poca cosa
estaba desafinada, como por la nieve,
la campana que
se toca
para la cena.

    Es difícil captar la relación de estos versos con el himno en sí mismo; pero suspendida aquí como lo está, la imagen hace pensar en un haiku; y algunos me comprenderán si digo que encuentro en estas pocas palabras la apertura infinita que me hace vivir.»

         No sería una casualidad que este fragmento, cuyo enigma me había contentado perezosamente con mostrar y cuyo resplandor, que imantaba mi pensamiento hacia él, no había hecho más que subrayar, fuera a ser retomado, años más tarde, por André du Bouchet como título y punto de partida de una meditación con la que se adentra en regiones que yo no hubiera sido nunca capaz de abordar. Pero, concediéndole tanto el uno como el otro el mismo lugar privilegiado a esa obra en nuestra aventura poética, traduciendo ambos de ella algunas páginas, cada uno a su manera, está claro que habíamos elegido frecuentar los mismos parajes del espíritu. Así pues, tampoco debe sorprender que, para despedirme de él, me viniera inmediatamente al pensamiento un fragmento de «Mnemosyne». No sólo a causa de la nieve, de los muguetes de mayo y de la «nobleza de alma», sino también a causa de la evocación de los dos viajeros que pasan ese puerto de montaña señalado por una cruz «en recuerdo de los muertos»: por ese tema del pasaje que me ha acompañado toda mi vida, y por la multiplicidad de ecos que suscitaba en mí; empezando por la obertura del Lenz de Büchner:

    El 20 de enero, Lenz caminaba por la montaña. Cimas y altas laderas bajo la nieve, descendiendo las cañadas, grava gris, laderas verdes, rocas y abetos.

    Hacía un frío húmedo; el agua chorreaba de las rocas y saltaba al camino…

         Luego, surgiendo detrás de estas líneas –o esas laderas, o esas paredes–, la admirable Entrevista en la montaña de Celan –traducida, justamente, a partir de 1970, por André du Bouchet y John E. Jackson:

 Nosotros los judíos, llegados aquí, como Lenz, a través de la montaña…

          Y, más lejos aún en el pasado, un recuerdo menos inmediatamente convincente pero en cualquier caso aún vivo para mí: ese «Viaje al Harz en invierno» que casi había reconciliado a Rilke con la poesía de Goethe…

         Desde ahí, no había que dar sino unos pocos pasos dentro de uno mismo hasta el Viaje de invierno, hasta Schubert: un día había descubierto con un poco de asombro que André lo admiraba tanto como yo, como lo había amado, de manera, diría, más íntima aún, de nuevo, Gustave Roud; a quien yo había podido comparar, hacia el final de su vida, con otro «viajero de invierno» –y nunca había visto las ventanas bajas de su habitación campesina sin que se grabaran en ella, para mi espíritu, las flores de escarcha que evoca uno de los más bellos lieder del ciclo.

         Ecos menos múltiples que obstinados, oídos en las profundidades del corazón, hasta esas páginas escritas tan generosamente para mí por André y en las que al final aparecen juntos, precisamente, Schubert y Goethe: «Lo que cantan los espíritus por encima de las aguas». Poema de la cascada, «rayo puro» de luz cayendo de la pared abrupta para convertirse en velo de espuma irisada y murmullos en las profundidades, hasta el espejo liso del lago en el que se reflejan las constelaciones:

¡Alma de los humanos,
Tan parecida al agua!
¡Destino de los humanos,
Tan parecido al viento!

         ¿Por qué, por qué aquella mañana, al llegar a Truinas, tuve inmediatamente la sensación de ver la realidad del mundo como «en relieve», como sumergiéndonos, casi hasta cortarnos el aliento? Puedo imaginar de entrada que la circunstancia, dolorosa, había agudizado mi sensibilidad; y que, además, la sorpresa de la nieve que había transformado tan deprisa el paisaje también había contribuido a aguzar mi mirada. (Hay que añadir que siempre había sentido que Truinas era a la vez muy bello y muy «verdadero» — muy bello por ser muy verdadero–, comprendida la gran casa baja que se había convertido en el corazón del lugar.)

         Ese espolvoreamiento de nieve sobre todas las cosas: ese encuentro, el primero o el último, al comienzo o al final de la estación –una sorpresa–, de las praderas y de la nieve, de los follajes y de la nieve; el descubrimiento de todas las cosas en torno a nosotros como remozadas por esa especie de plumaje sin peso, esa sorpresa – como si un pájaro muy grande, en efecto, hubiera rozado el suelo un instante, ese toque ligero, fresco, casi inmaterial – virginal, creo que se puede, que se debe decirlo así («Le vierge, le vivace et le bel aujourd’hui» [«El virgen, el vivaz y el bello hoy»]). Las rocas, los barrancos, las praderas, los setos, los bosquecillos de árboles, las raras granjas de piedra, indudables como nunca, al mismo tiempo que, ¿cómo decirlo?, aligeradas…

         Presencia, peso, densidad imposibles de poner en duda, de ese trozo del mundo; y, por otra parte, el acontecimiento mismo del enterramiento sentido, él también, extrañamente, como más «verdadero», verdadero como esas piedras y ese barro, por la ausencia total de ceremonial y lo que he dicho que incluso parecía desorden, desconcierto, una especie de torpeza ante la muerte.

         Salvaje.

         Lo salvaje: lo que está totalmente al fondo, lo carente de disimulo, el cimiento recobrado, el suelo sobre el que no se vacila –eso mismo que está siempre tan presente en los libros de André du Bouchet–, en el lugar mismo en que, una noche, varios años atrás, equivocando el camino y cayendo de un terraza cultivada a otra, me había roto un hueso del talón: lo contrario del sueño; y allí encima, la nieve ligera, como las plumas abandonadas por una migración tardía.

         El encuentro, casi imposible de decir, de la nieve sobre las flores de los manzanos que comenzaban a abrirse; toques de rosa en todo ese blanco.

         El frío, el barro, las rocas derrumbadas, el vergel en flor; pero también esos dos caballos del color de la más bella madera, inmóviles; y las personas que caminaban allí, y ese sentimiento ingenuo de que eran todos amigos, o habrían debido serlo, a causa de una imantación común que les orientaba hacia la fosa, y hacia la casa.

         Y ese otro sentimiento, en mí al menos, aún más extraño, de que no había vacío, ni ausencia, de que sólo el ataúd estaba vacío, de algún modo. Voy a atreverme a decir incluso que no había exactamente tristeza, en mí al menos; una emoción a la vez muy tranquila y muy intensa, pero no desgarramiento ni rebelión. (Estoy obligado a decir, como siempre he intentado hacerlo, lo que sentí: nada más.)

         Todo estaba más vivo aquella mañana: la sensación de la realidad del mundo, de la maravillosa realidad del mundo en un momento de reencuentro de los contrarios; y el sentimiento del calor humano, de una, sí, lo repito, de una «nobleza de alma» que resplandecía dentro y fuera, bajo el cielo de nieve como bajo el tejado de la casa.

         Pero la maravilla extrema, la que era capaz de suscitar, de forma paradójica si no escandalosa, una especie de alegría sorda, tímida y sin embargo poderosa, habían sido con toda seguridad las palabras, también ellas otra especie de flores y de copos, que se habían elevado, habían florecido, habían flotado unos instantes a media altura entre la tierra y el cielo, cosas inmateriales pero no del todo, imposibles de producir si no hubieran estado primero las flores, las rocas, las nubes que ellas evocaban, pero emanadas de un lugar muy distinto de la tierra o del cielo, nacidas de nosotros, emanadas del corazón, pues no podían ser dichas sino por nosotros y no nos hablaban sino a nosotros –y eran ellas, sí, decididamente, las que habían vencido, aquella mañana, el tiempo que duró aquella mañana, al vacío; pero con qué ligereza, que ausencia de pretensión, sin el mínimo acento de triunfo –quisiera saber y poder decir cómo–, tan sencillamente, tan milagrosamente como un arroyo se abre un camino entre las hierbas y las piedras (y ese arroyo, en efecto, corría fielmente, más abajo).

         Un humo luminoso.

         O el perfume que sube de lo más profundo del corazón, cuando ha dejado de cerrarse al mundo.

         Una malla de palabras que reunía, que envolvía como un abrigo, pero que no encerraba, no aprisionaba, al contrario; puesto que todas las palabras escogidas entonces decían un pasaje, eran ellas mismas pasaje, un paso tras otro – y entonces la montaña dejaba de parecer un muro, se había vuelto simplemente lo que lleva la nieve a su cima, la noche que florece al amanecer en su cumbre lejana.

         (Aquí, aún, un pasaje de «Mnemosyne», que precede inmediatamente al citado por mí:

¿Y lo que se ama? Un destello de sol
En el suelo es lo que ven nuestros ojos, y el polvo desecado,
Y los sombríos bosques de la patria…
 
         Y finalmente, justo después del mismo pasaje:

¿Qué es, entonces? Aquiles bajo la higuera, mi Aquiles
Está muerto…)

         Es así como puede ocurrir que se entretejan lo visible y lo invisible, las cosas de la naturaleza, los animales, los seres humanos, vivos y muertos, y sus palabras, antiguas o nuevas, así como la tristeza y una especie de alegría. Entonces, después de rozar en lo más íntimo de uno mismo, por muy frágil que se pueda ser, por muy débil que uno pueda volverse, algo que se parece tanto a lo más íntimo del misterio del ser, ¿cómo olvidarlo, cómo callarlo?

HOJAS REUNIDAS

He aquí, después de darles forma, pero torpemente – tan torpemente que en otro tiempo no las hubiera divulgado tal cual – esas páginas comenzadas inmediatamente después del 21 de abril de 2001 y arrastradas durante tres años como un peso, el peso de un esbozo poco satisfactorio, de una promesa no mantenida. Publicadas, a pesar de todo, a causa del movimiento de amistad que significan antes que nada; y a causa de lo que querrían decir o volver a decir, antes de que definitivamente no pueda ya hacerlo.

         ¡Si al menos hubiera dedicado días a retomarlas, a retocarlas, a cambiarlas, a enriquecerlas! Pero no, esos días los pasaba casi siempre manteniéndome alejado de ellas para evitarme las pruebas de mis debilidades; y de ningún modo distraído por otras tareas que me hubieran disculpado.

         Es justo que pudiera anotar, de vez en cuando, hasta qué punto me sentía «deshecho»; no «desgarrado», sino «deshecho».

         También confuso, como nunca, ante lo que me parecía siempre indispensable delimitar.

         Confuso, deshecho, hastiado a veces, pero con un último resto de obstinación.

         Otro día regresaba a mi espíritu ese verso de un soneto escrito por Góngora en su vejez:


¿Caduco el paso? Ilústrese el juïcio
que yo había traducido así:

Caduc le pas? Que l’esprit s’éclaircisse…

         Nada más natural que el hecho de que este verso me persiguiera. ¿Pero si el mismo espíritu, pensaba, se volviera «caduco»? Nada podía hacerse contra esto. Y era una razón de más para no seguir aplazando la terminación de ese texto si aquella mañana de Truinas había sido verdaderamente, como yo lo creía, uno de los raros momentos de esos años «en la hondonada» en los volví a sentirme «centrado». Tras lo cual, de nuevo, me di pronto por vencido.

         Vivía ese momento en que las «palabras aladas», o que se ha soñado aladas desde siempre, caen en tierra en un lamentable desorden; un poco como esas palomas torcaces, en los Pirineos, capturadas en masa en una red – algo que vi apenas adolescente en el País Vasco, en 1938, y que estoy seguro de que nos habían llevado a admirar como un «bello espectáculo»; y me da miedo haberlo considerado entonces, en efecto, como tal.

         Y mientras pensaba ahora en esto, el desorden de mis pensamientos, me preguntaba si habría habido, entre esas palomas torcaces, algunas que, dominando el esparavel de madera lanzado hacia ellas, hubieran pasado indemnes el puerto de montaña. Lo mismo que yo habría podido soñar para esas «palabras extremas».

         (Parole estreme, dichas por Clorinda moribunda a Tancredo, en las octavas de Tasso traducidas en una música tan admirable por Monteverdi.)

         Aún más tarde – era esta vez el 3 de noviembre de 2003 – había vuelto a recibir una especie de señal: había visto desde un camino entre el lugar que llaman Gleizes y el Rocher des Aures esos pocos álamos que resplandecen o, mejor, se iluminan como cirios de llamas amarillas, casi incluso doradas, sobre un fondo de pastos de un verde sombrío y denso – en particular ante una cuesta bastante empinada donde pacen unas vacas que se dirían pintadas en una tabla vertical, como en los Libros de horas. Esas especies de lámparas encendidas en pleno día, apenas temblorosas, levantadas en esas cañadas, esos fondos de pequeños valles tranquilos; y su luz verdaderamente dorada, su luz de atardecer, devuelta al fin a mis ojos cansados, para que se abrieran al menos en el instante de pasar a sus pies.

         Signos que son ayudas, y que se vuelven cada vez más raros.

         Y finalmente, como último recurso, casi durante tres años día tras día después de aquella mañana en Truinas, esa resolución de contentarse – pero contentarse es decir demasiado – con el trabajo hecho.

         Porque lo que he intentado retener ahí se ha vuelto algo cada vez más lejano.

         Algo que acabará por parecerse a una lengua extranjera que habríamos creído durante mucho tiempo comprender y que incluso nos hubiéramos atrevido a hablar, y que se nos volvería poco a poco ininteligible.

         O a un medicamento que hubiera sido siempre eficaz y que ahora ya no hiciera efecto, y al que no se le lograra encontrar sustituto.

            O sería como una mano que se retira, un rostro que se aparta.

            El sol de la vida que retrocede un paso, y luego muchos pasos.

            Me pregunto si un pájaro puede aún pasar por este cielo.

                                                                                   Abril 2001-Abril 2004


***
Philippe Jaccottet (Moudon, 1925-Grignan, 2021). Traducción de Rafael-José Díaz. Círculo de Poesía.