lunes, 23 de agosto de 2021

denise levertov / la naturaleza de la poesía


    La poesía es una forma de construir existencias autónomas fuera de las palabras y los silencios.

    Todas las palabras son, hasta cierto punto, onomatopéyicas. 

    Aunque los poemas sin sonido (puramente visuales) existen, lo convencional es que la poesía sea sónica. Utiliza lo visual para denotar el sonido (en otras palabras, la distribución de la palabra impresa en la página es un registro para los efectos sonoros al igual que la partitura de las obras musicales).

    La poesía hace más uso de los silencios en sus estructuras que la prosa, aunque la buena prosa está más organizada, en términos rítmicos, de lo que la mayoría de los lectores, sobre todo, la mayoría de los profesores -ay de mí- parecen reconocer.

    La mayoría de la poesía se deriva del inconsciente, de un modo más directo, que la mayoría de la prosa.  

    La didáctica tiene un lugar en poesía, aunque solo cuando es inseparable de lo intuitivo. Por ejemplo, la opinión no es una fuente de poesía, pero la poesía de la angustia política es, en su mejor punto, tanto didáctica como lírica. 

    En nuestro tiempo, una poesía política sin teñirse de angustia es inimaginable, aun cuando evoque y celebre momentos de esperanza. 

    A pesar de que la poesía crea estructuras autónomas imbuidas con vida y que revuelven la vida de quienes la experimentan, la poesía es, en curso y en esencia, intrínsecamente afirmativa.

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Denise Levertov (Essex, 1923-Seattle, 1997) "The Nature of Poetry", Light Up the Cave. Nueva York: New Directions, 1981Traducción de Nicolás López-Pérez. La costura del propio códex

lunes, 16 de agosto de 2021

vicente huidobro / la poesía


(Fragmento de una conferencia leída en el Ateneo de Madrid, el año 1921 )

    Aparte de la significación gramatical del lenguaje, hay otra, una significación mágica, que es la única que nos interesa. Uno es el lenguaje objetivo que sirve para nombrar las cosas del mundo sin sacarlas fuera de su calidad de inventario; el otro rompe esa norma convencional y en él las palabras pierden su representación estricta para adquirir otra más profunda y como rodeada de un aura luminosa que debe elevar al lector del plano habitual y envolverlo en una atmósfera encantada.
    En todas las cosas hay una palabra interna, una palabra latente y que está debajo de la palabra que las designa. Esa es la palabra que debe descubrir el poeta.
    La poesía es el vocablo virgen de todo prejuicio; el verbo creado y creador, la palabra recién nacida. Ella se desarrolla en el alba primera del mundo. Su precisión no consiste en denominar las cosas, sino en no alejarse del alba.
    Su vocabulario es infinito porque ella no cree en la certeza de todas sus posibles combinaciones. Y su rol es convertir las probabilidades en certeza. Su valor está marcado por la distancia que va de lo que vemos a lo que imaginamos. Para ella no hay pasado ni futuro.
    El poeta crea fuera del mundo que existe el que debiera existir. Yo tengo derecho a querer ver una flor que anda o un rebaño de ovejas atravesando el arco iris, y el que quiera negarme este derecho o limitar el campo de mis visiones debe ser considerado un simple inepto.
    El poeta hace cambiar de vida a las cosas de la Naturaleza, saca con su red todo aquello que se mueve en el caos de lo innombrado, tiende hilos eléctricos entre las palabras y alumbra de repente rincones desconocidos, y todo ese mundo estalla en fantasmas inesperados.
    El valor del lenguaje de la poesía está en razón directa de su alejamiento del lenguaje que se habla. Esto es lo que el vulgo no puede comprender porque no quiere aceptar que el poeta trate de expresar sólo lo inexpresable. Lo otro queda para los vecinos de la ciudad. El lector corriente no se da cuenta de que el mundo rebasa fuera del valor de las palabras, que queda siempre un más allá de la vista humana, un campo inmenso lejos de las fórmulas del tráfico diario.
    La Poesía es un desafío a la Razón, el único desafío que la razón puede aceptar, pues una crea su realidad en el mundo que ES y la otra en el que ESTÁ SIENDO.
    La Poesía está antes del principio del hombre y después del fin del hombre. Ella es el lenguaje del Paraíso y el lenguaje del Juicio Final, ella ordeña las ubres de la eternidad, ella es intangible como el tabú del cielo.
   La Poesía es el lenguaje de la Creación. Por eso sólo los que llevan el recuerdo de aquel tiempo, sólo los que no han olvidado los vagidos del parto universal ni los acentos del mundo en su formación, son poetas. Las células del poeta están amasadas en el primer dolor y guardan el ritmo del primer espasmo. En la garganta del poeta el universo busca su voz, una voz inmortal.
    El poeta representa el drama angustioso que se realiza entre el mundo y el cerebro humano, entre el mundo y su representación. El que no haya sentido el drama que se juega entre la cosa y la palabra, no podrá comprenderme.
    El poeta conoce el eco de los llamados de las cosas a las palabras, ve los lazos sutiles que se tienden las cosas entre sí, oye las voces secretas que se lanzan unas a otras palabras separadas por distancias inconmensurables. Hace darse la mano a vocablos enemigos desde el principio del mundo, los agrupa y los obliga a marchar en su rebaño por rebeldes que sean, descubre las alusiones más misteriosas del verbo y las condensa en un plano superior, las entreteje en su discurso, en donde lo arbitrario pasa a tomar un rol encantatorio. Allí todo cobra nueva fuerza y así puede penetrar en la carne y dar fiebre al alma. Allí coge ese temblor ardiente de la palabra interna que abre el cerebro del lector y le da alas y lo transporta a un plano superior, lo eleva de rango. Entonces se apoderan del alma la fascinación misteriosa y la tremenda majestad.
    Las palabras tienen un genio recóndito, un pasado mágico que sólo el poeta sabe descubrir, porque él siempre vuelve a la fuente.
    El lenguaje se convierte en un ceremonial de conjuro y se presenta en la luminosidad de su desnudez inicial ajena a todo vestuario convencional fijado de antemano.
    Toda poesía válida tiende al último límite de la imaginación. Y no sólo de la imaginación, sino del espíritu mismo, porque la poesía no es otra cosa que el último horizonte, que es, a su vez, la arista en donde los extremos se tocan, en donde no hay contradicción ni duda. Al llegar a ese lindero final el encadenamiento habitual de los fenómenos rompe su lógica, y al otro lado, en donde empiezan las tierras del poeta, la cadena se rehace en una lógica nueva.
    El poeta os tiende la mano para conduciros más allá del último horizonte, más arriba de la punta de la pirámide, en ese campo que se extiende más allá de lo verdadero y lo falso, más allá de la vida y de la muerte, más allá del espacio y del tiempo, más allá de la razón y la fantasía, más allá del espíritu y la materia.
    Allí ha plantado el árbol de sus ojos y desde allí contempla el mundo, desde allí os habla y os descubre los secretos del mundo.
    Hay en su garganta un incendio inextinguible.
    Hay además ese balanceo de mar entre dos estrellas.
    Y hay ese Fiat Lux que lleva clavado en su lengua.


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Vicente Huidobro (Santiago de Chile, 1893-Cartagena, 1948). Repositorio, Universidad de Chile

lunes, 9 de agosto de 2021

stéphane mallarmé / el libro, instrumento espiritual

   
    Una proposición que emana de mí, tan, y tan diversamente, citada en elogio mío o tal reprobación — la reivindico con aquellas que se agolparán aquí — , exige en suma que todo, en el mundo, exista para desembocar en un libro. 

    Las cualidades, requeridas en esta obra, ciertamente el genio, me espantan a uno entre los más carentes: a no detenerse ahí, y, aceptado el volumen, no conllevar ningún signatario, ¿cuál? : el himno, armonía y gozo, como conjunto puro agrupado en alguna circunstancia fulgurante, de las relaciones entre todo. El hombre a cargo de ver divinamente, dado que el nexo, a libre voluntad, límpido, carece de expresión salvo por el paralelismo, ante su mirada, de hojas. 

    En un banco de un parque, donde tal nueva publicación, me alegro si el aire, al pasar, entreabre y, por azar, anima, de aspectos, el exterior del libro: varios — acerca de lo cual, mientras el cateo despunta, nadie, tras leerlo, tal vez haya pensado. Ocasión de hacerlo, cuando, libre, el diario predomina, el mío, incluso, que yo descartaba, se echa a volar en la inmediación de rosas, celoso por cubrirles su ardiente y orgulloso conciliábulo: desplegado entre lo masivo, dejaríalo, también las palabras flores a su mutismo y, técnicamente, propone, calar cómo ese jirón difiere del libro, él, supremo. Un periódico, diario, sigue siendo el punto de partida; la literatura se alija a sus anchas.

    Ah Or a Bien —

    El pliegue es, con respecto a la hoja grande impresa, un índice, casi religioso, que no asombra tanto como su compresión, en espesor, ofreciendo la minúscula tumba, de cierto, del alma.

    Todo lo que halló la imprenta se resume, bajo el nombre de Prensa, hasta aquí, elementalmente en el diario: la hoja incluso, en tanto ha recibido una impresión, mostrando, al primerísimo grado, bruto, el vertimiento de un texto. Este uso, inmediato o anterior a la producción como tal, ofrece, por cierto, comodidades al escritor, galeras juntas de punta a cabo, pruebas, que potencian la improvisación. Así, estrictamente hablando, un “diario”, antes que a una visión, poco a poco, ¿pe‐ ro, de quién?, parézcase a un sentido, en la disposición, incluso con gracia, de feria popular, diría. Continuad — el tope o titular de entrada, liberación, superior, a través de mil obstáculos, alcanza hasta el desinterés y, de la situación, precipita y reprime, como por medio de un fuego eléctrico, lejos, después de los artículos que enseguida emergen, la original servidumbre, el económico anuncio, en la cuarta página, entre una incoherencia de gritos inarticulados. Espectáculo, evidentemente, moral — que le falta, con el éxito, al diario, para anular al libro, pese a que, aún visiblemente, de abajo o, más bien, en la base, lo mantiene unido una paginación, por el folletín, ordenando la generalidad de las columnas: nada, o casi — si el libro tarda tal cual es, un vertedero, indiferente, donde el otro se vacía.... Hasta al formato, ocioso, y vanamente, concurre esta extraordinaria, como un vuelo recogido listo para ampliarse, intervención del pliegue o el ritmo, inicial causa que una hoja cerrada, contiene un secreto, el silencio persiste ahí, precioso, y signos evocadores se suceden, el espíritu por entero literalmente abolido. 

    Sí, sin el doblez del papel y las partes bajas que éste instala, la sombra esparcida de negros caracteres, no presentaría una razón de expandirse como un quiebre de misterio, en la superficie, en la separación resuelta por el dedo. 

    Diario, la hoja expuesta, llena, toma de la impresión un resultado indebido, de simple maculatura: nadie duda que patente y ordinaria ventaja sea, a vista de todos, la multiplicación del ejemplar, el que yace en el tiraje. Un milagro tal predomina sobre este aporte, en el sentido elevado en que las palabras, originalmente, se reducen al uso, dotado de infinitud hasta consagrar a una lengua, de veinte letras casi — su llegar a ser, todo allí entra para tan pronto emanar, principio — aproximando a un rito la composición tipográfica. 

    El libro, expansión total de la letra, ha de extraer de ella, directamente, una movilidad y, espacioso, por correspondencias, instituir un juego, insabido, que confirme la ficción. 

    Nada fortuito, ahí, donde un azar parece captar la idea, el aparato es el mismo: no juzgar, por tanto, estos planteamientos — industriales o concerniendo una materialidad — : la fabricación del libro, en el conjunto que se expandirá, comienza, ya en una frase. Inmemorialmente el poeta en el lugar de tales versos, en el soneto que se inscribe para el espíritu o en espacio puro. A mi vez, desconozco el volumen y una maravilla que intima su estructura si no puedo, conscientemente, imaginar tal motivo en vistas a un lugar especial, página, y la altura, en la orientación de luz suya o en lo que atañe a la obra. Más el ir y venir sucesivo incesante de la mirada, una línea acabada, a la siguiente, para recomenzar, tal práctica no representa la delicia, habiendo inmortalmente, rota, una hora, con todo, para traducir su quimera. De otro modo o salvo ejecución, como fragmentos sobre el teclado, activa, medida por las cuartillas — ¿qué no se cierran los ojos para soñar? 

    Esta presunción ni servidumbre fastidiosa sino la iniciativa, cuyo relámpago ocurre en casa de cualquiera, acorda la fragmentada notación. 

    Un solitario tácito concierto se da, por la lectura, en el espíritu que retoma, desde una sonoridad menor, la significación : no habiendo ningún medio mental exaltando la sinfonía, no faltará, rarificada y es todo — por cuenta del pensamiento.

    La Poesía, cercana a la idea, es Música, por excelencia — no consiente inferioridad.

    He aquí, para el caso real, que por mi parte, con respecto a los folletos a leer según el uso corriente, alzo, con todo, un cuchillo, como el cocinero degollador de aves.  

    El repliegue virgen del libro, aún, se presta para un sacrificio, del cual emanó la franja roja de los tomos antiguos — la introducción de un arma, o cortapapel, para establecer la toma de posesión. Cuán personal antes, la consciencia, sin ese simulacro bárbaro: cuando ella tome parte, en el libro cogido aquí, allá, en variados aires, adivinado como un enigma — casi rehecho por sí. Los pliegues perpetuarán una marca, intacta, invitando a abrir, cerrar la hoja, según el maestro. Tan ciego y poco procedimental, el atentado que se consume, en la destrucción de una frágil inviolabilidad. La simpatía iría al periódico situado al abrigo de tal tratamiento: su influencia, con todo, es irritante, pues impone al organismo, complejo, requerido por la literatura, al divino libro, una monotonía — siempre la insoportable columna que uno se contenta en distribuir, en dimensiones de página, una y mil veces.

    Empero...

     ‐  Oigo, ¿puede dejar de ser así? Y voy, por una escapada porque la obra,  única o preferentemente, ejemplo debe, satisfacer al detalle de la curiosidad. ¿Por qué — un arrojo de grandeza, de pensamiento o de emoción, considerable, frase perseguida, en mayúscula, una línea por página en emplazamiento graduado — no mantendría al lector en suspenso, la duración del libro, durante el libro, con apelación a su poder de entusiasmo: en torno, menudos, grupos, secundariamente según su importancia, explicativos o derivados — estampados preciosos. 

    Afectación, de sorprender por el enunciado, lejano, la curiosera; lo acepto, si más de uno, que cultivo, no adviertiera, con el instinto venido de allende, que les hizo disponer sus escritos de manera inusual, decorativamente, entre la frase y el verso, ciertos trazos similares a éste ; ahora bien, quiéreselo aislado, sea, por el renombre de clarividencia reclamado por la época, donde todo parece. Uno divulga su intuición, teóricamente y, tal vez, al vacío, como data : él sabe, tales sugerencias, que atañen al arte literario, han de librarse firmemente. La duda, sin embargo, de descubrir bruscamente lo que no es todavía, teje, por pudor, con la sorpresa general, un velo. 

    Atribuyamos a las ensoñaciones, antes de la lectura, en terreno abierto, la atención que solicita alguna mariposa blanca, a la vez por todas partes, y ninguna, desvaneciéndose — no sin que una nonada de agudeza y de ingenio, en que acoté el sujeto, recién pasara y repasara, con insistencia, ante el asombro.

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Stéphane Mallarmé (París, 1842-Vulaines-sur-Seine, 1898). El libro, instrumento espiritual y otras prosas. Trad. de Andrés Ajens. Edición Digital, Philosophia.cl, Universidad ARCIS.
En la imagen, el escritor por Felix Vallotton (1925). 

lunes, 2 de agosto de 2021

blanca varela / antes de escribir estas líneas


    Antes de escribir estas líneas durante varios días dejé un papel en blanco sobre la mesa. Lo miraba en las mañanas cuando salía a mis obligaciones, y allí estaba: blanco, rectangular y vacío.

    Cuando regresaba por las noches continuaba exactamente igual. Nada lo había alterado. Seguía en el mismo sitio: blanco, rectangular y vacío.

    Transcurrieron algunos días y, finalmente, perdí las esperanzas y comprendí que nadie lo haría por mí. Tenía que escribir lo que estoy leyéndoles. Estas pocas palabras en las que he tratado con enorme dificultad de hablar sobre un tema que no domino y que me produce un gran pudor: me estoy refiriendo a mi trabajo de muchos años, a mi poesía.

    Encontrar una coherencia entre estos textos y las circunstancias en que han sido escritos sería lo indicado.

    Ejercitar lo que Roger Caillois llama «la imaginación justa». Es decir, poner los pies en algún lugar de la realidad y repetir en este pequeño testimonio lo que creo haber perseguido siempre con la escritura: no evadir la realidad sino explorarla, encontrarle un sentido, convivir con ella, asumirla.

    Terminada esta frase, me doy cuenta de mi pretensión, pues sé perfectamente que no lograré este propósito, en la misma medida en que mi poesía tampoco lo ha conseguido jamás.

    Este acoso de la realidad al que hago mención no es sino un pretexto más para continuar creyendo que podemos librarnos de ella, de ser «otros» y no aceptar que es ella la que produce nuestros fantasmas, obsesiones y deseos. Que es ella la única que dicta nuestros crímenes o nuestros sueños.

    Alguien ha dicho algo que para mí es cierto: que la poesía es un vicio que se adquiere con la infancia. También es cierto que algunos se curan con los años, y que otros quedamos enredados para siempre en sus buenas o malas artes.

    En mi caso particular todo comenzó desde muy niña, como un juego secreto y obsesivo. Recuerdo claramente que no me gustaba mucho lo que me rodeaba y que, al mismo tiempo, me gustaban demasiado las palabras, su sinsentido, su música.

    Recuerdo, también, que podía y solía repetir una misma palabra durante mucho rato, palabras especiales que tenían una rara fascinación en mis oídos y en mi mente. Las repetía si fatiga, las decía al revés, tan rápido como me fuera posible. O demasiado despacio, alargándolas, estirándolas, adelgazándolas. También podía usarlas para lo que no se debía, o invertía sus sílabas o cambiaba sus acentos, sin otra regla que mi humor o mi voluntad.

    Más tarde, cerca de la adolescencia, estas palabras -no las de todos los días, sino las de mi pequeño juego- comenzaron a adquirir su propio sentido y, cuando no lo encontraban, a reclamarlo.

    Vinieron las frecuentes y numerosas preguntas de esa edad, y la evidente sorpresa de los mayores. Nada ni nadie conseguía aplacar mis temores ni satisfacer mis dudas.

    Entonces, opté por responderme a mí misma, buscándole una variación a mi viejo juego: escondiéndome en lo que se podía llamar mi propio discurso, trataba de confundirme con algo o alguien diferente y de hablar con otra voz en la que me esforzaba en no reconocer la mía.

    Así, poco a poco, me fui aventurando en una región cada vez más imprecisa y delgada de mi pensamiento. Siempre movida por estas pequeñas palabras y sonidos que inventaba, aprendía a irme cada vez un poco más lejos de los objetos y de los gestos y también aprendí a regresar acompañada por pequeños objetos, extraños restos, fragmentos de cosas misteriosas y aparentemente irreconocibles.

    Con estos intentos de poemas en mis cuadernos, pasé por la escuela y llegué a la universidad.

    Conocer a Sebastián Salazar Bondy, recién llegada a la universidad y frecuentar a través de él a un grupo de jóvenes poetas, fue toda una revelación para mí y un cambio fundamental en mi vida. Lecturas, conversaciones y discusiones apasionantes, comenzaron a llenar los días, las tardes y las noches.

    En contraste con mi experiencia propiamente dicha de estudiante en un mundo de hombres -experiencia que no fue especialmente grata ni fácil en el mundo de la universidad peruana de mediados de los cuarenta-, mi entrada al grupo de los jóvenes escritores que he mencionado fue absolutamente natural. De inmediato me sentí aceptada sin reparos, no obstante mi escasísimo o ningún mérito. Me prestaron los libros que leían y así fui descubriendo autores deconocidos en lecturas voraces, incesantes, renovadas y muy poco ortodoxas.

    Lecturas que no vinieron solas, sino acompañadas con un interés común por la pintura, la música y el teatro.

    Recuerdo aún las pálidas reproducciones que nos permitieron descubrir el cubismo y confundir como se debe a Braque con Picasso y a Picasso con Juan Gris. También aquellas largas sesiones de música, escuchando por primerísima vez a Schöenberg o Bartok; y cómo, no obstante la precariedad económica de nuestros bolsillos de estudiantes, tratábamos de no perdernos el estreno de alguna pieza de teatro que nos interesaba.

    Pero esto no fue todo, pues le debo a Sebastián Salazar Bondy algo más. Gracias a él conocí, por primera vez también, a escritores de carne y hueso; poetas y novelistas que caminaban por las calles de Lima. Los mayores, los mejores, que siempre había admirado y mirado de lejos con un respeto casi reverencial. Entre ellos, dos en particular: un novelista y un poeta. O, mejor dicho, dos poetas quienes nos revelaron cosas muy diferentes pero igualmente valiosas.

    Esta vez he hablado en plural porque creo que esta experiencia fue común a toda mi generación.

    Me estoy refiriendo a José María Arguedas y a Emilio Adolfo Westphalen, y a sus respectivas obras y personalidades. La poesía que escribo no sería la que es sin esas dos influencias que jamás se me impusieron de manera inmediata ni anecdótica, sino, más bien, en esa forma sutil, misteriosa, velada y alusiva, con que suele trabajar en nuestro subconsciente la realidad: creando ecos, correspondencias y formas que la imaginación puede trabajar y devolver trasmutados, convertidos en escritura.

    Si bien es cierto que ya había tenido noticias, por pequeñas lecturas previas, de la existencia histórica de André Breton y su grupo, Westphalen significó la encarnación viva y próxima del surrealismo, su libertad y su rigor. El mundo -mi mundo- se hizo mayor, más grande y respirable gracias a la lectura de su poesía. No sólo era la belleza de las imágenes lo que me seducía, ni lo insólito de ellas ni la posibilidad de encuentros con el azar. Había en la lección de surrealismo que me daba Westphalen, algo que trascendía la pura literatura, y que tenía que ver con la dignidad del espíritu y de la inteligencia.

    Por otro camino, no fue menor ni menos importante la enseñanza de Arguedas. Su manera de vivir, de hablar, de ver el mundo, y especialmente su obra constituyeron la revelación de una verdad oscura, dolorosa e impronunciable, con la que hemos nacido todos los peruanos, aunque pretendamos ignorarla.

    A él le debe mi poesía no la forma ni la intención inmediata, sino su paisaje más profundo, algo semejante a la sangre o las raíces. Algo que más tarde, mucho más tarde, en París, se convirtió en mi primer poema legible y adulto, al cual titulé en secreto homenaje a Arguedas: «Puerto Supe».

    He mencionado París, que fue una etapa definitiva de mi aventura. A partir de allí, de París, ya no pude volver atrás.

    Siempre he pensado que el destino ha sido demasiado generoso conmigo, en lo que se refiere a mi vocación por la literatura, pues siempre la ha alimentado con extraordinarios encuentros y amistades. Existen, es verdad, un instinto y un azar «electivos». Sólo así puedo explicarme también por qué tuve la suerte de toparme durante aquel frío y oscuro invierno de un París de posguerra con una persona como Octavio Paz. Sin su ejemplo, jamás hubiera perseverado en mi empeño de escribir poesía, o tal vez hubiera pasado a su lado maltratándola, confundiéndola, traicionándola. Y en verdad no me estoy refiriendo en absoluto a los resultados, sino a la intención que se puede o debe tener frente a ella. Intención presentida ya en la actitud de Westphalen.

    A través de Paz y del poeta nicaragüense Carlos Martínez Rivas, comprendí y aprendí que la poesía es un trabajo de todos los días, y que no la elegimos sino que nos elige, que no nos pertenece sino que le pertenecemos, que no es otra cosa que la realidad y a la vez su única y legítima puerta de escape.
En un ensayo, en el que se refiere precisamente a esa época, Octavio Paz ha contado cuál fue la experiencia de un grupo de personas, escritores y artistas en su mayoría latinoamericanos, que compartió con él aquellos tiempos poco felices que significaron los años inmediatamente posteriores a la última guerra. Habla de un túnel largo que se abrió ante nosotros, un túnel que exploramos juntos «como se explora un continente desierto, una enfermedad, una prisión».

    Es verdad, como lo dice, que aprendimos no sólo a conocer nuestro túnel, sino reconocerlo y aceptarlo. Algunos usamos la poesía, y la continuamos usando todavía con ese propósito. Se trataba y se trata de darle nombre a todas las sombras, a todos los fantasmas de ese túnel; de domesticarlos con la palabra o con el canto, de confundirnos con ellos, de ser ellos, de asumirlos.

    Para mí no fueron tan claras las cosas en un primer momento. Sumé mi pequeña voz a ese coro de los mejores. Los imité. Desentoné como se debe, seguí escribiendo.

    Si es cierto que conocí al Breton de los libros y los manifiestos por obra de Westphalen, la amistad de Paz me permitió acercarme a él de otra manera y sentarme a su mesa en el café de la Place Blanche. Allí pude escucharlo a mis anchas y admirar la majestad leonina de sus gestos y de su mirada.

    Pero París tenía que acabarse. Era como si se hubiera terminado, agotado un tiempo, un ciclo, y que en otro lado del mundo, justamente desde donde había partido, en el Perú, me estuviera esperando lo que precisamente había salido a buscar. Florencia fue la ciudad de salida, la de los adioses, la de las mejores revelaciones, que siempre, hélas, son las últimas. Pero no se trata de un regreso forzado sino de una elección alimentada por un propósito.

    Propósito de preservar una recién nacida identidad, que tenía que ver profundamente con lo que estaba tratando de expresar con mis poemas.

    Fue también por eso, seguramente, que ya desde antes había estado tratando de no perderme en el vértigo de aquellos tiempos, de no ser devorada por un mundo que me era extraño, con otra lengua, otras costumbres, otros dioses y otros muertos.

    En aquel trance había echado mano a lo único que, en ese magnífico caos, reconocí como mío: mi memoria. Y traté de recordar los cantos peruanos, lejanísimos y misteriosos de Arguedas, y de nombrar y recrear mis paisajes de infancia, y llevar mis animales y mis astros, enormemente altos y distantes, hasta mi pequeña ventana de la Rue de Laneau, en pleno Barrio Latino.

    Lo que pasó después, lo demás, si no está escondido entre mis poemas, está entonces definitivamente perdido. Hablo de lo que hace la vida de cualquier persona, de cualquier mujer, como es mi caso. La casa, el amor, los niños, la lectura, la música, los viajes, la ciudad, y también el tedio, el dolor, la impotencia, la soledad y el silencio.

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Blanca Varela (Lima, 1926-2009). Texto publicado en el suplemento "El Dominical" del diario El Comercio, el día 5 de agosto de 2001. Vallejo & Co.