lunes, 30 de agosto de 2021

yevgeny yevtushenko / la autobiografía de un poeta


    La autobiografía de un poeta son sus poemas. El resto es sólo comentario.
    El poeta tiene el deber de presentarse a sus lectores con sus sentimientos, sus pensamientos y sus actos en la palma de la mano.
    Para tener el privilegio de expresar la verdad de los demás, debe pagar el precio: entregarse, sin como pasión. en su verdad.
    Engañar le está prohibido. Si desdobla su personalidad -el hombre real por una parte; el hombre que se expresa, por otra- se volverá inevitablemente estéril.
    Cuando Rimbaud, convertido en negrero, se condujo en contradicción con sus ideales poéticos, dejó de escribir. Era la solución honesta.
    Desgraciadamente, hay otros. Algunos se obstinan en escribir, aun cuando su vida no coincida ya con su poesía. Esta se venga desertándolos. Mujer rencorosa, no perdona la mentira, ni aun la verdad a medias.
    Algunos hombres se envanecen de no haber mentido jamás. Que se miren en el espejo y nos digan, no cuántas contraverdades han proferido, sino cuántas veces eligieron, simplemente, la comodidad del silencio.
    Sé que esos hombres tienen una coartada que debieron de inventar sus hermanos: el silencio es oro.
    Les respondo: ese oro no puede ser puro. El silencio es oro falso.
    Eso vale para todos los mortales, pero es aún cien veces más verdadero para los poetas, que tienen que encarnar una verdad concentrada. Cuando uno comienza a callar la suya, termina inevitablemente por guardar silencio sobre las verdades, los sufrimientos y las desgracias de los otros.
    Durante mucho tiempo, numerosos poetas soviéticos se rehusaron a develar sus propios  pensamientos, sus contradicciones y la complejidad de sus problemas personales. Entonces, naturalmente, llegaron a no poder decir nada de quienes los rodeaban.
    Hubo un tiempo, después de la Revolución, en que los poetas comunistas fundaron la asociación de la "cultura proletaria", y, creyendo ingenuamente servir así a su ideal, al hablar decidieron servirse únicamente del "nosotros". Utilizaron desesperadamente su talento para sofocar su propio método.
    Los sucesores escribieron ya en primera persona de singular. Pero siguieron soportando el peso de ese gigantesco accesorio llamado "nosotros". Si uno de ellos decía: "amo", se escuchaba "amarnos", de tal modo estaban prisioneros de sus artificios.
    En esta época nuestros críticos literarios se ingeniaron para inventar la teoría del "héroe lírico". El poeta, dijeron, debe cantar las virtudes superiores.
    Debe aparecer, en sus obras, no como es, sino como un prototipo del hombre-perfecto.
    Los adeptos de esta teoría escribieron frecuentemente que creían eran poemas autobiográficos. Allí se encontraban, en efecto, el nombre de su ciudad natal, la lista de 109 países que visitaron y otros detalles personales. Pero sus obras estaban vacías, al punto que era imposible distinguir unas de otras.
    Lo sé bien, algunos tuvieron bastante talento para expresarse con más fortuna que los otros. Pero su pensamiento estaba estereotipado. Y lo que distingue a los seres vivientes, no es la forma que adopta su modo de expresión, sino la singularidad de su pensamiento. No existe autobiografía posible que no sea el reflejo de lo que cada uno lleva en sí de único e inimitable.
    No deseo abatir aquí a toda la poesía soviética. No quiero acusarla de haber desnaturalizado el "yo" del poeta.
    Maiakovsky escribió: "Nosotros", era Maiakovsky. 
    El "yo" de Pasternak es precisamente el "yo" de Pasternak.
    Podría citar muchos otros poetas que tienen el mérito insigne de haber conservado su individualidad durante este período difícil, pero sus nombres no dirían gran cosa a los lectores occidentales.
    La obra de un auténtico poeta es la imagen viva que respira, marcha y habla de su tiempo. Pero es también su autorretrato permanente y total.
    Puesto que creo en esto, ¿por qué he aceptado escribir un ensayo autobiográfico? Porque los poemas se traducen mal, y porque en Occidente, en vez de conocer mi obra, se conocen ciertos artículos que dan de mí una imagen muy diferente de la real. 
    Se ha querido hacer de mí una figura aparte, que se destaca como una mancha luminosa sobre el fondo gris de la sociedad soviética.
    Pero no soy esa figura.
    Un gran número de hombres soviéticos detestan, tan apasionadamente como yo, todo aquello contra lo que lucho.
    Lo que me es querido, por lo que combato, lo es igualmente para innumerables soviéticos.
    Sé que hay hombres capaces de marcar su época con sus ideas personales. Las proporcionan a la sociedad como armas de combate. Es la forma más elevada de la creación del espíritu. Desgraciadamente, no pertenezco a esta categoría de creadores.
    Las ideas nuevas, los sentimientos nuevos que se encuentran en mis poemas, existían en la sociedad soviética mucho antes que comenzara yo a escribir.
    Cierto, no habían recibido aún forma poética. Pero si no hubiera sido yo, otro los habría expresado.
    Ustedes dirán que me contradigo de una página a otra, que después de haber alabado el individualismo indivisible del poeta, me presento como un cantor de las ideas colectivas.
    Pero es una falsa contradicción.
    Creo que es necesario tener una personalidad muy propia, muy determinada, para poder expresar en su obra lo que es común a muchos hombres.
    Mi ambición de poeta no es más que esa. Quisiera poder, en el curso de mi vida, incorporar a mis poemas el aliento de los demás sin renunciar a mi propio "yo". Por otra parte, estoy convencido de que el día en que perdiera ese "yo", perdería al mismo tiempo mi facultad de escribir.
    Pero, ¿quién soy "yo"?

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Yevgeny Yevtushenko (Zima, 1932-Tulsa, 2017) Autobiografía precoz. Trad. de Pedro Durán Gil. Ciudad de México: Ediciones Era, 1966.

lunes, 23 de agosto de 2021

denise levertov / la naturaleza de la poesía


    La poesía es una forma de construir existencias autónomas fuera de las palabras y los silencios.

    Todas las palabras son, hasta cierto punto, onomatopéyicas. 

    Aunque los poemas sin sonido (puramente visuales) existen, lo convencional es que la poesía sea sónica. Utiliza lo visual para denotar el sonido (en otras palabras, la distribución de la palabra impresa en la página es un registro para los efectos sonoros al igual que la partitura de las obras musicales).

    La poesía hace más uso de los silencios en sus estructuras que la prosa, aunque la buena prosa está más organizada, en términos rítmicos, de lo que la mayoría de los lectores, sobre todo, la mayoría de los profesores -ay de mí- parecen reconocer.

    La mayoría de la poesía se deriva del inconsciente, de un modo más directo, que la mayoría de la prosa.  

    La didáctica tiene un lugar en poesía, aunque solo cuando es inseparable de lo intuitivo. Por ejemplo, la opinión no es una fuente de poesía, pero la poesía de la angustia política es, en su mejor punto, tanto didáctica como lírica. 

    En nuestro tiempo, una poesía política sin teñirse de angustia es inimaginable, aun cuando evoque y celebre momentos de esperanza. 

    A pesar de que la poesía crea estructuras autónomas imbuidas con vida y que revuelven la vida de quienes la experimentan, la poesía es, en curso y en esencia, intrínsecamente afirmativa.

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Denise Levertov (Essex, 1923-Seattle, 1997) "The Nature of Poetry", Light Up the Cave. Nueva York: New Directions, 1981. Traducción de Nicolás López-Pérez. La costura del propio códex. 

lunes, 16 de agosto de 2021

vicente huidobro / la poesía


(Fragmento de una conferencia leída en el Ateneo de Madrid, el año 1921 )

    Aparte de la significación gramatical del lenguaje, hay otra, una significación mágica, que es la única que nos interesa. Uno es el lenguaje objetivo que sirve para nombrar las cosas del mundo sin sacarlas fuera de su calidad de inventario; el otro rompe esa norma convencional y en él las palabras pierden su representación estricta para adquirir otra más profunda y como rodeada de un aura luminosa que debe elevar al lector del plano habitual y envolverlo en una atmósfera encantada.
    En todas las cosas hay una palabra interna, una palabra latente y que está debajo de la palabra que las designa. Esa es la palabra que debe descubrir el poeta.
    La poesía es el vocablo virgen de todo prejuicio; el verbo creado y creador, la palabra recién nacida. Ella se desarrolla en el alba primera del mundo. Su precisión no consiste en denominar las cosas, sino en no alejarse del alba.
    Su vocabulario es infinito porque ella no cree en la certeza de todas sus posibles combinaciones. Y su rol es convertir las probabilidades en certeza. Su valor está marcado por la distancia que va de lo que vemos a lo que imaginamos. Para ella no hay pasado ni futuro.
    El poeta crea fuera del mundo que existe el que debiera existir. Yo tengo derecho a querer ver una flor que anda o un rebaño de ovejas atravesando el arco iris, y el que quiera negarme este derecho o limitar el campo de mis visiones debe ser considerado un simple inepto.
    El poeta hace cambiar de vida a las cosas de la Naturaleza, saca con su red todo aquello que se mueve en el caos de lo innombrado, tiende hilos eléctricos entre las palabras y alumbra de repente rincones desconocidos, y todo ese mundo estalla en fantasmas inesperados.
    El valor del lenguaje de la poesía está en razón directa de su alejamiento del lenguaje que se habla. Esto es lo que el vulgo no puede comprender porque no quiere aceptar que el poeta trate de expresar sólo lo inexpresable. Lo otro queda para los vecinos de la ciudad. El lector corriente no se da cuenta de que el mundo rebasa fuera del valor de las palabras, que queda siempre un más allá de la vista humana, un campo inmenso lejos de las fórmulas del tráfico diario.
    La Poesía es un desafío a la Razón, el único desafío que la razón puede aceptar, pues una crea su realidad en el mundo que ES y la otra en el que ESTÁ SIENDO.
    La Poesía está antes del principio del hombre y después del fin del hombre. Ella es el lenguaje del Paraíso y el lenguaje del Juicio Final, ella ordeña las ubres de la eternidad, ella es intangible como el tabú del cielo.
   La Poesía es el lenguaje de la Creación. Por eso sólo los que llevan el recuerdo de aquel tiempo, sólo los que no han olvidado los vagidos del parto universal ni los acentos del mundo en su formación, son poetas. Las células del poeta están amasadas en el primer dolor y guardan el ritmo del primer espasmo. En la garganta del poeta el universo busca su voz, una voz inmortal.
    El poeta representa el drama angustioso que se realiza entre el mundo y el cerebro humano, entre el mundo y su representación. El que no haya sentido el drama que se juega entre la cosa y la palabra, no podrá comprenderme.
    El poeta conoce el eco de los llamados de las cosas a las palabras, ve los lazos sutiles que se tienden las cosas entre sí, oye las voces secretas que se lanzan unas a otras palabras separadas por distancias inconmensurables. Hace darse la mano a vocablos enemigos desde el principio del mundo, los agrupa y los obliga a marchar en su rebaño por rebeldes que sean, descubre las alusiones más misteriosas del verbo y las condensa en un plano superior, las entreteje en su discurso, en donde lo arbitrario pasa a tomar un rol encantatorio. Allí todo cobra nueva fuerza y así puede penetrar en la carne y dar fiebre al alma. Allí coge ese temblor ardiente de la palabra interna que abre el cerebro del lector y le da alas y lo transporta a un plano superior, lo eleva de rango. Entonces se apoderan del alma la fascinación misteriosa y la tremenda majestad.
    Las palabras tienen un genio recóndito, un pasado mágico que sólo el poeta sabe descubrir, porque él siempre vuelve a la fuente.
    El lenguaje se convierte en un ceremonial de conjuro y se presenta en la luminosidad de su desnudez inicial ajena a todo vestuario convencional fijado de antemano.
    Toda poesía válida tiende al último límite de la imaginación. Y no sólo de la imaginación, sino del espíritu mismo, porque la poesía no es otra cosa que el último horizonte, que es, a su vez, la arista en donde los extremos se tocan, en donde no hay contradicción ni duda. Al llegar a ese lindero final el encadenamiento habitual de los fenómenos rompe su lógica, y al otro lado, en donde empiezan las tierras del poeta, la cadena se rehace en una lógica nueva.
    El poeta os tiende la mano para conduciros más allá del último horizonte, más arriba de la punta de la pirámide, en ese campo que se extiende más allá de lo verdadero y lo falso, más allá de la vida y de la muerte, más allá del espacio y del tiempo, más allá de la razón y la fantasía, más allá del espíritu y la materia.
    Allí ha plantado el árbol de sus ojos y desde allí contempla el mundo, desde allí os habla y os descubre los secretos del mundo.
    Hay en su garganta un incendio inextinguible.
    Hay además ese balanceo de mar entre dos estrellas.
    Y hay ese Fiat Lux que lleva clavado en su lengua.


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Vicente Huidobro (Santiago de Chile, 1893-Cartagena, 1948). Repositorio, Universidad de Chile

lunes, 9 de agosto de 2021

stéphane mallarmé / el libro, instrumento espiritual

   
    Una proposición que emana de mí, tan, y tan diversamente, citada en elogio mío o tal reprobación — la reivindico con aquellas que se agolparán aquí — , exige en suma que todo, en el mundo, exista para desembocar en un libro. 

    Las cualidades, requeridas en esta obra, ciertamente el genio, me espantan a uno entre los más carentes: a no detenerse ahí, y, aceptado el volumen, no conllevar ningún signatario, ¿cuál? : el himno, armonía y gozo, como conjunto puro agrupado en alguna circunstancia fulgurante, de las relaciones entre todo. El hombre a cargo de ver divinamente, dado que el nexo, a libre voluntad, límpido, carece de expresión salvo por el paralelismo, ante su mirada, de hojas. 

    En un banco de un parque, donde tal nueva publicación, me alegro si el aire, al pasar, entreabre y, por azar, anima, de aspectos, el exterior del libro: varios — acerca de lo cual, mientras el cateo despunta, nadie, tras leerlo, tal vez haya pensado. Ocasión de hacerlo, cuando, libre, el diario predomina, el mío, incluso, que yo descartaba, se echa a volar en la inmediación de rosas, celoso por cubrirles su ardiente y orgulloso conciliábulo: desplegado entre lo masivo, dejaríalo, también las palabras flores a su mutismo y, técnicamente, propone, calar cómo ese jirón difiere del libro, él, supremo. Un periódico, diario, sigue siendo el punto de partida; la literatura se alija a sus anchas.

    Ah Or a Bien —

    El pliegue es, con respecto a la hoja grande impresa, un índice, casi religioso, que no asombra tanto como su compresión, en espesor, ofreciendo la minúscula tumba, de cierto, del alma.

    Todo lo que halló la imprenta se resume, bajo el nombre de Prensa, hasta aquí, elementalmente en el diario: la hoja incluso, en tanto ha recibido una impresión, mostrando, al primerísimo grado, bruto, el vertimiento de un texto. Este uso, inmediato o anterior a la producción como tal, ofrece, por cierto, comodidades al escritor, galeras juntas de punta a cabo, pruebas, que potencian la improvisación. Así, estrictamente hablando, un “diario”, antes que a una visión, poco a poco, ¿pe‐ ro, de quién?, parézcase a un sentido, en la disposición, incluso con gracia, de feria popular, diría. Continuad — el tope o titular de entrada, liberación, superior, a través de mil obstáculos, alcanza hasta el desinterés y, de la situación, precipita y reprime, como por medio de un fuego eléctrico, lejos, después de los artículos que enseguida emergen, la original servidumbre, el económico anuncio, en la cuarta página, entre una incoherencia de gritos inarticulados. Espectáculo, evidentemente, moral — que le falta, con el éxito, al diario, para anular al libro, pese a que, aún visiblemente, de abajo o, más bien, en la base, lo mantiene unido una paginación, por el folletín, ordenando la generalidad de las columnas: nada, o casi — si el libro tarda tal cual es, un vertedero, indiferente, donde el otro se vacía.... Hasta al formato, ocioso, y vanamente, concurre esta extraordinaria, como un vuelo recogido listo para ampliarse, intervención del pliegue o el ritmo, inicial causa que una hoja cerrada, contiene un secreto, el silencio persiste ahí, precioso, y signos evocadores se suceden, el espíritu por entero literalmente abolido. 

    Sí, sin el doblez del papel y las partes bajas que éste instala, la sombra esparcida de negros caracteres, no presentaría una razón de expandirse como un quiebre de misterio, en la superficie, en la separación resuelta por el dedo. 

    Diario, la hoja expuesta, llena, toma de la impresión un resultado indebido, de simple maculatura: nadie duda que patente y ordinaria ventaja sea, a vista de todos, la multiplicación del ejemplar, el que yace en el tiraje. Un milagro tal predomina sobre este aporte, en el sentido elevado en que las palabras, originalmente, se reducen al uso, dotado de infinitud hasta consagrar a una lengua, de veinte letras casi — su llegar a ser, todo allí entra para tan pronto emanar, principio — aproximando a un rito la composición tipográfica. 

    El libro, expansión total de la letra, ha de extraer de ella, directamente, una movilidad y, espacioso, por correspondencias, instituir un juego, insabido, que confirme la ficción. 

    Nada fortuito, ahí, donde un azar parece captar la idea, el aparato es el mismo: no juzgar, por tanto, estos planteamientos — industriales o concerniendo una materialidad — : la fabricación del libro, en el conjunto que se expandirá, comienza, ya en una frase. Inmemorialmente el poeta en el lugar de tales versos, en el soneto que se inscribe para el espíritu o en espacio puro. A mi vez, desconozco el volumen y una maravilla que intima su estructura si no puedo, conscientemente, imaginar tal motivo en vistas a un lugar especial, página, y la altura, en la orientación de luz suya o en lo que atañe a la obra. Más el ir y venir sucesivo incesante de la mirada, una línea acabada, a la siguiente, para recomenzar, tal práctica no representa la delicia, habiendo inmortalmente, rota, una hora, con todo, para traducir su quimera. De otro modo o salvo ejecución, como fragmentos sobre el teclado, activa, medida por las cuartillas — ¿qué no se cierran los ojos para soñar? 

    Esta presunción ni servidumbre fastidiosa sino la iniciativa, cuyo relámpago ocurre en casa de cualquiera, acorda la fragmentada notación. 

    Un solitario tácito concierto se da, por la lectura, en el espíritu que retoma, desde una sonoridad menor, la significación : no habiendo ningún medio mental exaltando la sinfonía, no faltará, rarificada y es todo — por cuenta del pensamiento.

    La Poesía, cercana a la idea, es Música, por excelencia — no consiente inferioridad.

    He aquí, para el caso real, que por mi parte, con respecto a los folletos a leer según el uso corriente, alzo, con todo, un cuchillo, como el cocinero degollador de aves.  

    El repliegue virgen del libro, aún, se presta para un sacrificio, del cual emanó la franja roja de los tomos antiguos — la introducción de un arma, o cortapapel, para establecer la toma de posesión. Cuán personal antes, la consciencia, sin ese simulacro bárbaro: cuando ella tome parte, en el libro cogido aquí, allá, en variados aires, adivinado como un enigma — casi rehecho por sí. Los pliegues perpetuarán una marca, intacta, invitando a abrir, cerrar la hoja, según el maestro. Tan ciego y poco procedimental, el atentado que se consume, en la destrucción de una frágil inviolabilidad. La simpatía iría al periódico situado al abrigo de tal tratamiento: su influencia, con todo, es irritante, pues impone al organismo, complejo, requerido por la literatura, al divino libro, una monotonía — siempre la insoportable columna que uno se contenta en distribuir, en dimensiones de página, una y mil veces.

    Empero...

     ‐  Oigo, ¿puede dejar de ser así? Y voy, por una escapada porque la obra,  única o preferentemente, ejemplo debe, satisfacer al detalle de la curiosidad. ¿Por qué — un arrojo de grandeza, de pensamiento o de emoción, considerable, frase perseguida, en mayúscula, una línea por página en emplazamiento graduado — no mantendría al lector en suspenso, la duración del libro, durante el libro, con apelación a su poder de entusiasmo: en torno, menudos, grupos, secundariamente según su importancia, explicativos o derivados — estampados preciosos. 

    Afectación, de sorprender por el enunciado, lejano, la curiosera; lo acepto, si más de uno, que cultivo, no adviertiera, con el instinto venido de allende, que les hizo disponer sus escritos de manera inusual, decorativamente, entre la frase y el verso, ciertos trazos similares a éste ; ahora bien, quiéreselo aislado, sea, por el renombre de clarividencia reclamado por la época, donde todo parece. Uno divulga su intuición, teóricamente y, tal vez, al vacío, como data : él sabe, tales sugerencias, que atañen al arte literario, han de librarse firmemente. La duda, sin embargo, de descubrir bruscamente lo que no es todavía, teje, por pudor, con la sorpresa general, un velo. 

    Atribuyamos a las ensoñaciones, antes de la lectura, en terreno abierto, la atención que solicita alguna mariposa blanca, a la vez por todas partes, y ninguna, desvaneciéndose — no sin que una nonada de agudeza y de ingenio, en que acoté el sujeto, recién pasara y repasara, con insistencia, ante el asombro.

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Stéphane Mallarmé (París, 1842-Vulaines-sur-Seine, 1898). El libro, instrumento espiritual y otras prosas. Trad. de Andrés Ajens. Edición Digital, Philosophia.cl, Universidad ARCIS.
En la imagen, el escritor por Felix Vallotton (1925).