lunes, 28 de febrero de 2022

constantino cavafis / una noche en kalinderi


    Una noche de verano, una de ardientes noches de  agosto, en que en  la  casa  se  sentía fuerte el  gran  calor, decidí ir a Kalinderi a respirar un poco de aire puro y sentarme a tomar un café, si encontraba abierto el café de Andonis. 

    Kalinderi es una extensa playa entre Neojorion y Therapiá - no sé por qué,  pero Buyukderé (en griego Bathirriax) que  tanto admiran, me pareció siempre un lugar frío. 
    
    El camino real de Neojorion, que termina en Kalinderi, tenía cierto movimiento aquella noche. Era la noche del sábado y se hacían preparativos para el domingo. En todas las casas terminaban los aseos y los arreglos que habían comenzado en la mañana. Las ventanas de todas las casas se veían doradas por la luz, mientras que habitualmente otros días la aldea apagaba sus luces a las 9 1/2 y se iba a dormir. Circulaba mucha gente por el camino real y por las callejuelas - la mayoría bajaba al café del muelle, donde cada sábado en la tarde, las modistas del pueblo (es cosa sorprendente cuántas modistas hay en Nijori) muestran sus lujos. 

    Salí del camino real en cinco minutos y comencé a caminar por el hermoso Kalinderi. La noche era mágica... La luna llena extendía un manto plateado sobre las aguas del Bósforo; la costa asiática, al frente, brillaba con sus casitas blancas y  de cuando en cuando algún minarete, y parecía una graciosa escenografía de un teatro encantado. 
    
    El café de Andonis estaba abierto; pero no había muchos parroquianos. El muelle había atraído a  toda la gente. Al fondo del café, estaban sentados dos fumadores de narguilés, discutiendo sobre una herencia. Estaban bastante alejados y como no hablaban muy fuerte, sólo de tarde en tarde, cuando se acaloraban, me llegaba alguna frase: -"¡Ah, hermano, estás equivocado! La tan fina Froso (Dios la perdone a la  pobre, era una buena mujer) tenía sólo una casita, y cuando murió..." "¿Qué me dices? Así que la grande que agarró a Kostakis el guardacosta..." Y  de nuevo las voces bajaban de  tono. En  el  otro  extremo estaba sentado un matrimonio, un viñatero de Therapiá con su pareja. Éstos estaban callados. El hombre jugaba con un gran komboloi y parecía no desear conversación más divertida que el clic clic clic del komboloi; y a  veces el clicclicclicclic, cuando dejaba correr las cuentas de a ocho, de a diez de una vez.

    Elegí el mejor lugar del café - debajo de un árbol de grandes ramas. Y allí, acomodado en dos sillas, con el café a mi lado - café que sólo en la Polisse puede tomar -, decidí pasar dos horas en total tranquilidad, admirando la hermosa visión que la naturaleza desplegaba frente a mí.

    Una característica de la campiña bizantina es para sí su alegría. Sus valles, sus  arroyos, sus  colinas, sonríen siempre. Sus  brisas son  buenos espíritus de  consuelo y  ánimo. Por  más exhausto que  estés, por  más preocupaciones que te opriman, cuando sales a caminar por una llanura de la Polis, a  una playa, sientes que  te  has aliviado - el Alma de la Naturaleza Bizantina te susurra: "Dios provee". 

    La noche que describo tuve vívidamente esa impresión. Una  brisa suave soplaba sobre el Bósforo, removía su tersura y Je levantaba olas. Pero las olas del Bósforo no se parecen a las de otras aguas. No se ven como la expresión de un rostro malhumorado o envejecido. Cuando el Bósforo pierde su tersura y se encrespa, es simplemente porque se alegra, porque ríe. Es un dios de buen corazón y quiere la felicidad de los hombres y ama el buen humor. Por la tardecita, trae con  alegría - desde Besiktás hasta Kavakia, una buena distancia - a los caíques livianos en los que hay tanta risa y  tanta diversión, en  los  que  brillan ciertos ojos negros y  arden tiernos corazones, y se hacen tantos juramentos y se dan tantas promesas. ¿No habrá metido su mano también en las aventuras aquellas de Zeus con Europa?

    Total silencio reinaba a mi alrededor. Los que estaban hablando de la herencia se  habían ido.  La  otra  mesa seguía silenciosa. Una quietud tan grande, tan perfecta, me habría entristecido si yo me hubiera hallado en otra parte. Mientras que, por el contrario, en las costas del Bósforo me sentía lleno de buen ánimo -y permanecía en mi asiento deleitado confortado por muda armonía del silencio, interrumpido sólo de cuando en cuando por el aleteo de un pájaro, el murmullo de las aguas en la orilla o algún ruido de las tazas del cafetero. Los tres o cuatro farolitos que estaban colgados en algunos árboles del café, daban bastante luz para acompañar, sin dañar la tersura de la noche. En esa quietud, mi mente encontró descanso, y, bajo el influjo del panorama que estaba contemplando, mis pensamientos se hicieron optimistas y alegres, acompañados con la belleza feliz que me rodeaba.

    De  repente el silencio se  disolvió. Apareció un  bote  grande que avanzaba hacia Therapiá y en él iba cantando un grupo. Cantaban bien. No por cierto según todas las reglas de la música - los sencillos aldeanos que venían en la barca no tenían idea de las normas de los Conservatoires, como Orfeo, el que removía las piedras. Una canción que interrumpa -o mejor dicho, que  acompañe- el  silencio de una  noche estival, es  una  de  mis debilidades. Es la música natural. Creo que es la verdadera música del alma, así  como  el  inclemente estruendo del  piano del  salón  es  la música que trastorna los nervios. 

    "No lo llevéis a la tumba de prisa, 
    ¡que goce del sol todavía! 
    No lo llevéis de prisa, es una pena 
   -no alcanzó a sentir qué era la vida. 

    Ríe si quieres o vierte lágrimas; 
    todo es mentira en el mundo,
    todo mentira, todo sombras 

    Si aún queda una verdad,
    es el frío, la pobre tierra
    donde pasan nuestras penas y alegrías".

    Sentí un fuerte rechazo. Esperaba una canción jovial, varonil, llena de alegría y vida, una de esas gallardas canciones que engendra la fértil y vivaz costa del Bósforo. En vez de eso, estaba escuchando en esos simples y poco trabajados versos - productos de la musa de algún poeta de aldea - un amargo lamento sobre lo vano de las cosas, aquella antiquísima queja del hombre que sufre: "todo mentira, todo sombras". 

    A mi alrededor, las flores seguían vertiendo su fragante elocuencia; las  aguas seguían riendo y  corriendo como  si  se  marcharan presurosas a felices tierras lejanas; el cielo continuaba presentando la grandeza de su paz -todo en armonía y conforme a una secreta promesa de absoluta felicidad. 

    Y mientras tanto, las voces de los cantores no vacilaban en elevarse melancólicas y  atrevidas, como una  protesta contra la encantadora pero engañosa hermosura del mundo. 

    Ríe si quieres o vierte lágrimas; 
    todo es mentira en el mundo, 
    todo mentira, todo sombras 

    Si aún queda una verdad, 
    es el frío, la pobre tierra 
    donde pasan nuestras penas y alegrías". 

    Callaron los cantores y la barca comenzó a alejarse. Pero también se alejó con ella mi buen ánimo. El aire me pareció un poco húmedo, y me paré y di unos pasos. En un lugar donde no soplaba la brisa, prendí un fósforo y vi la hora. Medianoche. Justamente en aquel momento una nube negra, que hacía rato avanzaba desde el horizonte, ocultó a la luna. Me pareció como un telón que caía. 

    Tomé de nuevo el camino a la aldea. La hallé en profundo  sueño. En el camino real, soledad. Sólo me encontré con el  viejo sereno, que con su bastón marcaba la hora en el suelo - medidor impasible del Tiempo. 

***
Constantino Cavafis (Alejandría, 1863-1933). En Byzantion Nea Hellás N°22, 2003, pp. 147-158. Traducción de Miguel Castillo Didier.

lunes, 21 de febrero de 2022

john ashbery / respeto las cosas por lo que son


    En su introducción a la antología póstuma de los ensayos de Fairfield Porter (Art in Its Own Terms), Rackstraw Downes cita un comentario del pintor durante una de las discusiones tal vez más bizantinas del Artists’ Club de la Eight Street, circa 1952. Sus miembros estaban discutiendo si firmar las pinturas era un acto de vanidad o no. Con la lucidez exasperada de Alicia en la corte, Porter desarmó de una vez por todas ese nudo gordiano: “Si sos vanidoso, firmarlas es un acto de vanidad y no firmarlas también. Si no lo sos, firmarlas no es un acto de vanidad y no firmarlas tampoco”. No sabemos cuál fue la reacción de sus colegas; tal vez ignoraron el comentario como ya habían ignorado otras verdades apremiantes, evidentes pero difíciles de digerir, expresadas con insistencia por Porter en sus escritos sobre arte, durante una época de facciones particularmente rabiosas. A nadie le gusta que le recuerden lo evidente, en especial cuando las verdades a medias son mucho más abundantes y provocativas; ser el moscardón de Molière fue el destino de Porter como crítico y pintor, un Alcestes o Clitandro en una sociedad de précieuses ridicules gritonas. Y, en cierta medida, su reputación de excéntrico se mantiene hasta hoy, resultado de esta insistencia en decir la verdad. La belleza está en los actos, una acción vale más que mil palabras: ¿quién iba a pararse a escuchar estas pavadas en el medio de una sesión turbulenta del Club de Artistas?

         Conocí esa frase suya gracias al prefacio de Downes, pero me acomodó todos los recuerdos de ese hombre al que conocí tan bien durante más de veinte años (sin pararme nunca, ay, a escuchar o mirar bien). Claramente Porter fue sólo el último de una larga fila de ignorantes brillantes que, cada tanto, encarnan el genio estadounidense, desde Emerson y Thoreau pasando por Whitman y Dickinson hasta Wallace Stevens y Marianne Moore. El título de un poema de esta última, “Desconfianza al mérito”, los representa a todos; su preferencia por el invierno en vez del verano me recuerda otra frase del pintor en una carta a un amigo: “En Long Island, una de las mejores épocas del año es noviembre, cuando ya se cayeron las hojas. Me gusta cuando los árboles dejan de tapar la luz”. Y me di cuenta, después de tanto tiempo de conocerlo, de que sus pinturas, amenas pero difíciles de comentar (¿son lo suficientemente modernas? ¿demasiado francesas? ¿demasiado agradables? ¿esto no se hizo antes?), son parte de la estructura intelectual subyacente a sus ­opiniones, sus conversaciones, su poesía y forma de ser. Son intelectuales en la tradición clásica de los escritores ya mencionados porque no hay ideas en ellas, es decir, no hay ideas que se puedan separar del resto. Son idea, o conciencia, o luz, o lo que sea. Las ideas las rodean pero no se insertan en el ser del arte, como la naturaleza que rodea al frasco de Stevens en Tennessee: un artefacto, paradójicamente más natural que la naturaleza “descuidada” que se le acerca y a la cual “domina”. Porter escribe sobre De Kooning: “El significado es justamente que las pinturas no tienen significado… Dejan un vacío tras de sí, un vacío de logros, de trascendencia y de autenticidad”; y sus palabras como crítico nos sirven para pensar también su propia obra.

         Porter aborrecía el “arte como sociología”, al artista para quien “el arte es la materia prima de una fábrica que produce una mercancía llamada comprensión”. Porque el arte y esa mercancía son una sola cosa. El arte que explica una idea, por más remota o tangencialmente que lo haga, pierde el derecho a ser considerado arte porque genera un conflicto fatal en aquello que sólo puede ser una unidad entera. “No quiero desviar la máxima atención posible de lo que estoy haciendo por evaluarlo antes de tiempo”, le escribió en una carta a la crítica Claire Nicolas White. “Lo real es aquello a lo que uno le presta atención (es decir: la realidad nos llama la atención) y la realidad es todo. No es sólo la mejor parte, no es una esencia. Ese todo incluye tanto al pigmento como al lienzo y al tema.” Y si bien la obra de Porter es el producto de una idea (la de que en el arte no hay lugar para las ideas, o al menos que no tienen una vida propia en él, ninguna autonomía que pueda drenar parte de la “realidad” del conjunto), ésta concuerda, aunque no lo parezca, con la obra más “avanzada” de los contemporáneos a los que admiraba. De Kooning, Johns, Lichtenstein, Brice Marden, la música de Cage y Feldman: artistas cuyo trabajo parece, a primera vista, estar muy lejos de los patios y mesas de desayuno que eran los temas de Porter, si bien eran sólo una parte de este “todo”. Todavía hoy hay admiradores de sus pinturas desconcertados por su gusto artístico, en apariencia caprichoso, así como también hay quienes no pueden entender cómo Cage y Virgil Thomson pudieron admirarse mutuamente: olvidan que el arte diluye categorías. “Prestarle atención a los hechos es la única manera de oponerse a la generalidad”, sigue Porter, “entonces la estética es lo que nos conecta a las cuestiones de hecho. Es antiideal, es materialista. No supone aprobación, sino respeto por las cosas como son”. Este último punto es difícil de digerir para los artistas que creen en el arte como “materia prima de una fábrica que produce una mercancía llamada comprensión”. Por eso los artistas “comprometidos” siguen haciendo cuadros que muestran los horrores de la guerra, la crueldad del hombre para con el hombre; las artistas feministas exaltan a la mujer en sus obras y creen que hicieron algo útil; y habrá, sin duda, una cantidad de espectadores que necesiten un recordatorio de lo mucho que hay para mejorar en el orden existente de cosas. Sin embargo, el asunto secreto del arte se lleva a cabo de acuerdo con misteriosas reglas propias, más allá de los confines angostos del “tema” (que es sólo uno, señala Porter, de varios elementos de igual importancia en una obra de arte). En este contexto más amplio, la ideología no funciona como debería, o directamente atenta contra la obra de arte, la banaliza y banaliza también la importancia de las ideas que quiere mostrar.

         Para Porter el enemigo era el “idealismo”, cercano a algo llamado “tecnología”. Como ciudadano, las cuestiones de ecología y política lo preocupaban hasta la obsesión. Tenía ideas políticas peculiares: había sido un poco marxista a los treinta, y años después sus declaraciones podían virar de la extrema izquierda a la extrema derecha sin transición. Durante una conversación podía violentarse con temas como el uso de pesticidas o la fluoración del agua, a un punto tal que sus amigos solían ahogar risas o quejidos, pero siempre había que darle la razón; y los años posteriores a su muerte en 1975 demostraron que tenía más razón de la que él mismo creía. Así y todo, este hombre intensamente idealista se sentía amenazado por el idealismo. “La tecnología (…) sólo se relaciona con lo útil y lo evaluable, es lo que amenaza a todas las formas de vida de este planeta. Es el idealismo llevado a la práctica.” Si entiendo bien, lo peligroso no era el idealismo, sino el idealismo corrompido y destruido por hacerlo “útil”. Su inutilidad es sagrada, como lo son las pinturas de Porter: vacías de mensaje y (en muchos casos) limpias gracias a la luz clara y desnuda de noviembre, despojada ya de la máscara del follaje romántico.

         En una carta anterior a la Sra. White, Porter se queja de varias frases de un artículo que ella escribió acerca de él y que le envió antes de su publicación. Una de ellas era: “Como no le gusta la luz blanca y brumosa del verano en los Hamptons, se va a una isla en Maine en verano”. Esto lo irritó: “En realidad vamos a Maine porque desde que tengo seis años veraneo ahí. Es mi hogar más que cualquier otro lugar, es mi lugar… Una luz blanca y brumosa jamás sería una razón para hacer nada”. Y es inconcebible, sin duda, pensar que viajaría para pintar en un lugar donde la luz fuera mejor, ya que el punto era registrar las cosas como estuvieran dondequiera que se encontrara, no con aprobación, sino con respeto. “El tema debe ser normal, en el sentido de que no parezca que se lo haya buscado, sino de que le haya sucedido a uno”, escribe Finkelstein, en una de las mejores discusiones que yo haya leído sobre la técnica y el contenido de las pinturas de Porter (y aquí Finkelstein no quiere dar una receta, sólo caracterizar la “naturalidad” del pintor).

         También objetó otra oración del artículo de ­White: “Los Porter son callados e intensos y parecen vivir en su propio planeta encantado”. No explicó esta objeción, y tal vez no hacía falta. Pero la Sra. White no tuvo la culpa de esta valoración: tenía algo de verdad, a pesar de la incomodidad que le generara a Porter. Su casa en Southampton era un lugar cautivante: enorme y elegante pero siempre un poco revuelta y adorablemente destartalada. Uno de los baños parecía un cuarto, mientras que arriba, en uno de los pasillos, el empapelado colgaba en tiras y a nadie parecía importarle. Sus hijos tenían una belleza extraña, los ojos muy abiertos, eran retraídos y hablaban como adultos. En las paredes había una selección idiosincrática de pinturas de De Kooning, Larry Rivers y Leon Hartl (un artista poco conocido pero muy admirado por Porter), junto con grabados de Audubon y ukiyo-e, y un dibujo extraño de Turner; por toda la casa flotaba un aroma agradable a buena cocina, pintura al óleo, libros y aire fresco de mar. Tal vez todo eso permitía pensar a Porter como un intimista, y esta forma de verlo cobraba más fuerza a partir de su conocida admiración por Vuillard (aunque, fiel a su carácter, prefería los cuadros borrosos de la última época y no los cuadros tempranos que les gustan a todos). Y es posible que ese rechazo sin explicación a lo del “planeta encantado” de la Sra. White tuviera origen en una renuencia a que se interpretara así su obra y se la minimizara en consecuencia.

         Y cuanto uno más mira sus pinturas, menos parecen celebraciones de climas y momentos y más se vuelven fuertes, polémicas, espinosas. Pintaba su entorno como lo veía y daba la casualidad de que su entorno era confortable. Pero se trata de un confort engañoso: reverbera en el tiempo igual que las melodías inciertas de la sección “Los Alcott” en la sonata para piano n.° 2 de Ives. El color local es transparente y poroso, permite que se muestre la luz oscura del espacio. El cuadro tiene la vehemencia de la abstracción, si bien habla en otro idioma.

         En la misma carta, el pintor cita de memoria una frase de Wittgenstein que le parecía fundamental para su propia estética: “Toda oración de nuestro lenguaje está en orden tal como está”. Y profundiza esta idea: “El orden viene de la búsqueda del desorden, y la torpeza, de la búsqueda de armonía o de similitud, o por seguir un sistema. El orden más genuino es el que ya encontrás ahí, o el que encontrarás cuando no lo busques. Cuando ponés las cosas en orden, fracasás”. Creo que debemos mirar la obra de Porter a la luz de estas declaraciones, preparados para encontrar el orden que ya está ahí, no el que debería estar, sino el que está.

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John Ashbery (Rochester, 1927-Nueva York, 2017). Hablar de poesía. Traducción de Guadalupe Alfaro.

lunes, 14 de febrero de 2022

ursula k. le guin / ¿por qué los estadounidenses le temen a los dragones?


    Esto iba a ser una charla sobre la fantasía. Pero últimamente no me he sentido muy inspirada y no podía decidir qué decir; así que fui a consultar a algunas personas para obtener ideas. "¿Qué pasa con la fantasía? Dime algo sobre ella." Y un amigo me dijo: "Está bien, te diré algo fantástico. Hace diez años, fui al área para niños de la biblioteca de tal y tal ciudad, y pregunté por El hobbit; y la bibliotecaria me dijo: 'Oh, lo conservamos sólo en el área para adultos; no creemos que el escapismo sea bueno para los niños.'"

    Mi amigo y yo nos reímos y estremecimos ante eso, y reconocimos que las cosas han cambiado mucho en estos últimos diez años. Esa clase de censura moralista de las obras de fantasía es muy poco común ahora, en las bibliotecas infantiles. Pero el hecho de que éstas se hayan convertido en oasis en el desierto no significa que haya dejado de haber un desierto. El punto de vista desde el cual la bibliotecaria habló todavía existe. Ella simplemente estaba reflejando, con toda la buena fe, algo que va muy profundo en el carácter americano: una desaprobación moral de la fantasía, un rechazo tan intenso, y a menudo tan agresivo, que no puedo dejar de verlo como algo surgido, fundamentalmente, del miedo.

    Así que: ¿por qué los estadounidenses le temen a los dragones?

    Antes de intentar responder a mi pregunta, permítanme decir que no son sólo los estadounidenses los que les temen a los dragones. Sospecho que casi todas las naciones tecnológicamente avanzadas son, en menor o mayor medida, antifantasía. Hay varias literaturas nacionales que, como la nuestra, no han tenido ninguna tradición de fantasía para adultos durante los últimos cientos de años: los franceses, por ejemplo. Pero entonces ahí tiene usted a los alemanes, que tienen mucha; y los ingleses, que la tienen y la aman, y la hacen mejor que nadie. Así que este miedo a los dragones no es meramente un fenómeno occidental o tecnológico. Pero no quiero entrar en estas vastas cuestiones históricas; hablaré de los estadounidenses modernos, de los únicos que conozco lo suficiente como para hablar.

    Al preguntarme por qué los estadounidenses tienen miedo de los dragones comencé a darme cuenta de que muchos norteamericanos no sólo son antifantasía, sino también antificción. Tendemos, como pueblo, a considerar todas las obras de género como sospechosas o despreciables.

    "Mi esposa lee novelas. Yo no tengo el tiempo."

    "Yo solía leer cosas de ciencia ficción cuando era adolescente, pero por supuesto que ahora ya no lo hago."

    "Las historias de hadas son para niños. Yo vivo en el mundo real."

    ¿Quién habla así? ¿Quién es el que descarta Guerra y Paz, La máquina del tiempo y Sueño de una noche de verano con esta perfecta autoconfianza? Es, me temo, el hombre de a pie —el hombre americano trabajador mayor de treinta años—, los hombres que dirigen este país.

    Tal rechazo de todo el arte de ficción se relaciona con varias características americanas: nuestro puritanismo, nuestra ética de trabajo, nuestro ánimo de lucro, e incluso nuestras costumbres sexuales.

    Leer Guerra y Paz o El Señor de los Anillos claramente no es "trabajo" —lo haces por placer—. Y si no puede ser justificado como "educativo" o como "automejoramiento", entonces, en el sistema de valores puritano, sólo puede ser autocompasión o escapismo. Porque el placer no es un valor para el puritano; por el contrario, es un pecado.

    Del mismo modo, en el sistema de valores del empresario, si un acto no aporta un beneficio inmediato y tangible, no tiene ninguna justificación. Así, la única persona que tiene una excusa para leer a Tolstoi o a Tolkien es el profesor de inglés, porque se le paga por ello. Pero nuestro empresario podría permitirse leer un best seller de vez en cuando: no porque sea un buen libro, sino porque es un best seller —es un éxito, ha ganado dinero—. Para la mente extrañamente mística del capitalista, esto justifica su existencia; y al leerlo puede participar, un poco, del poder y el maná de su éxito. Por cierto, si esto no es magia no sé qué es.

    El último elemento, el sexual, es más complejo. Espero no ser vista como sexista si digo que, dentro de nuestra cultura, creo que esta actitud de antifantasía es básicamente masculina. El joven y el hombre estadounidenses se ven forzados a definir su masculinidad rechazando ciertos rasgos, ciertos dones humanos y capacidades que nuestra cultura define como "afeminados" o "pueriles". Y uno de estos rasgos o capacidades es, dicho en forma somera, la absolutamente esencial facultad humana de la imaginación.

    Habiendo llegado tan lejos, fui rápidamente al diccionario.

    El Shorter Oxford Dictionary dice: "Imaginación. 1. Acción de imaginar, o formar un concepto mental de lo que no está realmente presente a los sentidos; 2. Consideración mental de acciones o eventos que todavía no existen."

    Muy bien; ciertamente puedo conservar lo de "facultad humana absolutamente esencial". Pero debo restringir la definición para que se ajuste a nuestro tema actual. Entonces, por "imaginación", en lo personal, me refiero al juego libre de la mente, tanto intelectual como sensorial. Por "juego" quiero decir recreación, re-creación, la recombinación de lo que se conoce para formar algo nuevo. Por "libre" quiero decir que la acción se realiza sin un objetivo inmediato —espontáneamente—. Eso no significa, sin embargo, que no haya un propósito detrás del juego libre de la mente, una meta; y la meta puede ser un objeto muy serio. El juego imaginativo de los niños es claramente una práctica de los actos y emociones de la edad adulta; un niño que no juegue no llegaría a madurar. En cuanto al juego libre de una mente adulta, su resultado puede ser Guerra y Paz, o la teoría de la relatividad.

    Ser libre, después de todo, no es ser indisciplinado. Debo decir que la disciplina de la imaginación puede de hecho ser el método o técnica esencial del arte y la ciencia. Es nuestro puritanismo, insistiendo en que la disciplina significa represión o castigo, lo que confunde al sujeto. Disciplinar algo, en el sentido propio de la palabra, no significa reprimirlo, sino entrenarlo, animarlo a crecer, actuar y ser fecundo, ya sea un melocotón o una mente humana.

    Creo que a muchos hombres norteamericanos se les ha enseñado todo lo contrario. Han aprendido a reprimir su imaginación, a rechazarla como algo infantil o afeminado, inútil y probablemente pecaminoso.

    Han aprendido a temerle. Pero nunca han aprendido a disciplinarla en absoluto.

    Ahora, dudo que la imaginación pueda ser suprimida. Si realmente la erradicaras en un niño éste crecería para ser una berenjena. Como todas nuestras malas inclinaciones, la imaginación saldrá. Pero, si es rechazada y despreciada, crecerá en formas salvajes y como las malas hierbas; se deformará. En el mejor de los casos, será un mero soñar despierto centrado en el ego; en el peor, será un delirio, que es una ocupación muy peligrosa cuando se la toma en serio. En lo que respecta a la literatura, en los viejos, verdaderamente puritanos tiempos, la única lectura permitida era la Biblia. Hoy en día, con nuestro puritanismo secular, el hombre que se niega a leer novelas porque hacerlo es poco masculino, o porque no son verdad, lo más probable es que termine viendo thrillers sangrientos de detectives en la televisión, o leyendo westerns o historias deportivas, o yendo a la pornografía, de Playboy para abajo. Es su imaginación hambrienta, el deseo de alimento, lo que lo obliga a hacerlo. Pero él puede justificar tal entretenimiento diciendo que es realista —después de todo, el sexo existe, y hay criminales, y hay jugadores de béisbol, y solía haber vaqueros— y también diciendo que es viril, con lo que quiere decir que son cosas que no le interesan a la mayoría de las mujeres.

    Que todos estos géneros sean estériles, desesperadamente estériles, es un alivio para él, más que un defecto. Si fueran genuinamente realistas, es decir, genuinamente imaginados e imaginativos, tendría miedo de ellos. El falso realismo es la literatura escapista de nuestro tiempo. Y probablemente la lectura escapista definitiva es esa obra maestra de la irrealidad total, el informe diario de la bolsa.

    ¿Y qué pasa con la esposa de nuestro hombre? Probablemente no está obligada a sofocar su imaginación para desempeñar su papel esperado en la vida, pero tampoco ha sido entrenada para disciplinarla. Se le permite leer novelas, e incluso de fantasía. Pero, a falta de entrenamiento y estímulo, es probable que su fantasía se acerque a forrajes enfermizos, tales como telenovelas, "romances verdaderos", novelas de enfermeras, novelas historicosentimentales y toda esa basura digerida para reemplazar obras genuinamente imaginativas por la de esos talleres de explotación artística de una sociedad que desconfía profundamente de los beneficios de la imaginación.

    ¿Cuáles son estos beneficios?

    Verán, creo que aquí tenemos algo terrible: un ciudadano trabajador, recto, responsable, una persona madura y educada que le teme a los dragones, le teme a los hobbits y las hadas le dan terror. Es gracioso, pero también es terrible. Algo ha ido muy mal. No sé qué hacer al respecto, excepto intentar dar una respuesta honesta a la pregunta de esa persona, aunque a menudo la haga con un tono de voz agresivo y despectivo. "¿Cuál es la utilidad de todo esto?", dice. "Dragones y hobbits y hombrecitos verdes —¿de qué sirve?"

    La verdadera respuesta, por desgracia, ni siquiera la escuchará. No la oirá. La auténtica respuesta es, "Proporcionar placer y deleite."

    "No tengo el tiempo", dice bruscamente, tragando una píldora de Maalox para su úlcera y corriendo hacia el campo de golf.

    Así que probamos con la siguiente respuesta. Probablemente no le irá mucho mejor que a la anterior, pero debe ser dicha: "La ficción sirve para profundizar en la comprensión de su mundo, de sus semejantes, y sus propios sentimientos, y su destino."

    A lo que me temo que replicará: "Mira, he conseguido un aumento el año pasado, y le doy lo mejor a mi familia, tenemos dos coches y una televisión a color. ¡Entiendo lo suficiente del mundo!"

    Y él tiene razón, toda la razón, si eso es lo que quiere y nada más.

    La clase de cosas que aprendes al leer acerca de los problemas de un hobbit que está tratando de dejar caer un anillo mágico en un volcán imaginario tiene muy poco que ver con tu estatus social, o el éxito material o los ingresos. De hecho, si hay alguna relación, es negativa. Existe una correlación inversa entre la fantasía y el dinero. Es una ley, conocida por los economistas como la Ley de Le Guin. Si quieren un ejemplo llamativo de la Ley de Le Guin, sólo denle aventón a una de esas personas en la carretera que no llevan nada más que una mochila, una guitarra, una gran cabellera, una sonrisa y un pulgar. Háganlo una y otra vez, descubrirán que estos desamparados han leído El Señor de los Anillos —algunos de ellos prácticamente pueden recitarlo de memoria—. Ahora vean a Aristóteles Onassis o a J. Paul Getty: ¿podrían creer que esos hombres tuvieron algo que ver, a cualquier edad, bajo ninguna circunstancia, con un hobbit?

    Pero, para llevar mi ejemplo un poco más lejos, y fuera de la esfera de la economía, ¿notaron alguna vez la forma tan sombría con que el señor Onassis y el señor Getty y todos esos multimillonarios miran en sus fotografías? Tienen esta extraña y decaída apariencia, como si estuvieran hambrientos. Como si estuvieran hambrientos de algo, como si hubieran perdido algo y estuvieran tratando de pensar dónde podría estar, o acaso lo que podría ser, lo que perdieron.

    ¿Podría eso ser su infancia?

    Así que llego a mi defensa personal de los beneficios de la imaginación, especialmente en la ficción, y sobre todo en los cuentos de hadas, leyendas, fantasía, ciencia ficción y el resto del catálogo. Creo que la madurez no es un crecimiento, sino un desarrollo; que un adulto no es un niño muerto, sino un niño que sobrevivió. Creo que todas las mejores facultades de un ser humano maduro existen en el niño, y que si estas facultades se estimulan en la juventud, actuarán bien y sabiamente en el adulto, pero si son reprimidas y se les niega en la infancia, refrenarán y estropearán la personalidad adulta. Y, por último, creo que una de las más profundamente humanas y humanitarias de estas facultades es el poder de la imaginación, de modo que es nuestro grato deber, como bibliotecarios, maestros, padres o escritores, o simplemente como adultos, alentar la capacidad imaginativa de nuestros hijos, animarla a crecer libremente, a florecer como el laurel, dándole el mejor, simplemente el mejor y más puro alimento que pueda absorber. Y nunca, bajo ninguna circunstancia, suprimirla, ni burlarse de ella, ni tacharla de infantil, afeminada, o falsa.

    Porque la fantasía es verdadera, por supuesto. No es fáctica, pero es verdadera. Los niños lo saben. Los adultos también lo saben, y es precisamente por eso que muchos de ellos le temen. Saben que su verdad desafía, incluso amenaza, todo lo que es falso, todo lo que es fingido, innecesario y trivial en la vida que se han dejado forzar a vivir. Le temen a los dragones porque le temen a la libertad.

    Así que creo que debemos confiar en nuestros niños. Los niños normales no confunden la realidad y la fantasía —las confunden con mucha menos frecuencia que los adultos (como un gran fantasista señaló en una historia llamada "El traje nuevo del emperador")—. Los niños saben perfectamente que los unicornios no son reales, pero también saben que los libros sobre unicornios, si son buenos libros, son libros verdaderos. A menudo, y eso es más de lo que mamá y papá saben, al negar su niñez, los adultos niegan la mitad de su conocimiento, y se quedan con el triste y estéril hecho: "Los unicornios no son reales". Y ese hecho nunca llevó a nadie a ninguna parte (excepto en la historia "El Unicornio en el Jardín", de otro gran fantasista, en el que se muestra que una devoción a la irrealidad de los unicornios puede llevarte directamente al manicomio). Es por enunciados tales como: "Érase una vez un dragón", o "En un agujero en el suelo vivía un hobbit" —es por tan hermosas mentiras— que los seres humanos fantásticos pueden llegar, en su peculiar estilo, a la verdad.

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Ursula K. Le Guin (Berkeley, 1929-Portland, 2018). "Why Are Americans Afraid of Dragons?" en Le Guin, Ursula K. The Language of the Night: Essays on Fantasy and Science Fiction. Nueva York: Ultramarine Publishing,1979, pp. 39-45. Punto en Línea, Cultura UNAM. Traducción de Alonso Núñez Urtilla.

lunes, 7 de febrero de 2022

césar vallejo / poesía nueva


    Poesía nueva ha dado en llamarse a los versos cuyo léxico está formado de las palabras "cinema, motor, caballos de fuerza, avión, radio, jazz-band, telegrafía sin hilos", y en general, de todas las voces de las ciencias e industrias contemporáneas, no importa que el léxico corresponda o no a una sensibilidad auténticamente nueva. Lo importante son las palabras.

    Pero no hay que olvidar que esto no es poesía nueva ni antigua, ni nada. Los materiales artísticos que ofrece la vida moderna, han de ser asimilados por el espíritu y convertidos en sensibilidad. El telégrafo sin hilos, por ejemplo, está destinado, más que a hacernos decir "telégrafo sin hilos", a despertar nuevos temples nerviosos, profundas perspicacias sentimentales, amplificando videncias y comprensiones y dosificando el amor: la inquietud entonces crece y se exaspera y el soplo de la vida, se aviva. Ésta es la cultura verdadera que da el progreso; éste es su único sentido estético, y no el de llenarnos la boca con palabras flamantes. Muchas veces las voces nuevas pueden faltar. Muchas veces un poema no dice "cinema", poseyendo, no obstante, la emoción cinemática, de manera obscura y tácita, pero efectiva y humana. Tal es la verdadera poesía nueva.

    En otras ocasiones el poeta apenas alcanza a combinar hábilmente los nuevos materiales artísticos y logra así una imagen o un rapport más o menos hermoso y perfecto. En ese caso, ya no se trata de una poesía nueva a base de palabras nuevas como en el caso anterior, sino de una poesía a base de metáforas nuevas. Mas también en este caso hay error. En la poesía verdaderamente nueva pueden faltar imágenes o rapports nuevos —función ésta de ingenio y no de genio— pero el creador goza o padece allí una vida en que las nuevas relaciones y ritmos de las cosas se han hecho sangre, célula, algo, en fin, que ha sido incorporado vitalmente en la sensibilidad.

    La poesía nueva a base de palabras o de metáforas nuevas, se distingue por su pedantería de novedad y, en consecuencia, por su compilación y barroquismo. La poesía nueva a base de sensibilidad nueva es, al contrario, simple y humana y a primera vista se la tomaría por antigua o no atrae la atención sobre si es o no moderna.

    Es muy importante tomar nota de estas diferencias.

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César Vallejo (Santiago de Chuco, 1892-París, 1938). Favorables Paris Poema, París, 1926, N°1.