lunes, 28 de marzo de 2022

chantal maillard / la razón estética (extracto)


    La reiterada mención, por parte tanto de filósofos como de críticos de arte, de la supuesta pérdida de valores que ha tenido lugar en nuestra sociedad durante el transcurso de estas últimas décadas se ha vuelto bastante incómoda, por no decir tediosa. Parece que no acertamos a superar este discurso. Se da por supuesto la pérdida y no se halla con qué resolver la situación que, según más de uno, debería hacerse bien recuperando los valores perdidos, bien reemplazándolos por otros, disyuntiva que también parece darse por válida sin cuestionarse.

    Sin embargo, ni lo uno ni lo otro es tan evidente: ni que nuestra sociedad carezca actualmente de valores, ni que la única solución sea aquella disyuntiva (recuperar los antiguos valores o inventarnos otros) –‍como tampoco es tan evidente que sea imprescindible tener valores, salvo, si de lo que se trata es de preservar la vida, de aquellos que por consenso se pacten para la supervivencia.

    Si fuese cierto lo primero, a saber, que hayamos «caído» en un vacío de valores, podría ser enormemente provechoso dado que cabría esperar que estuviésemos en situación de recuperar aquella «virtud» a la que menciona el Dao De Jing (§38), el de del dao, aquella fuerza (vis-virtus) que, según él, nos era común a todos en un principio, antes de que se inventaran las falsas virtudes:

    Perdido el dao, comenzó a actuar su de (su virtud).

    Perdida la virtud, le sustituyó el amor (jen: virtud de humanidad).

    Perdido el amor, se echó mano de la justicia.

    Perdida la justicia, se quiso sustituirla por la cortesía.

    Pero la cortesía es poca fidelidad y poca confianza y comenzó de los disturbios.

    La ciencia o el conocimiento de estas virtudes es sólo flor del dao y comienzo de la estupidez.

    El sabio chino entendía que las instituciones morales dan por supuesto las desigualdades y las fomentan al tiempo que ponen de manifiesto la pérdida de un estado inicial: la armonía interior y la sabiduría que es conocimiento activo de ese orden interior. Claro que a esto, como a la fidelidad y la confianza a la que se alude en el citado párrafo, también se le podría denominar «valor», si entendemos por valor lo que alguien aprecia y juzga ser lo más importante. Para el taoísta lo apreciable no eran los códigos o valores que se construyen sobre las huellas de un orden anterior. Éstos no son sino residuos o signos de lo que hubo. Así también lo entendió Fernando Pessoa cuando escribía que la belleza y la moral son como las llamas: simples señales de combustión. Y ciertamente, desde que existe eso a lo que llamamos «belleza» se nos ha hecho más difícil la contemplación. Damos por «bello» un objeto «valioso» o un paisaje tan sólo con verlo porque así nos han dicho que eran o debían ser los objetos valiosos o los paisajes bellos; admiramos una sinfonía con sólo oírla porque «sabemos» que es admirable. Nuestra cultura ha determinado sus objetos de culto y ya no nos hace falta descubrir su valía.

    Cuando el tedio reemplaza la admiración o la extrañeza, deberíamos preguntarnos por qué le pintó Marcel Duchamp un bigote a la Gioconda. En realidad, Duchamp no le puso un bigote a la Gioconda, se lo puso al modo cultural de ver la Gioconda, se lo puso al objeto-valioso-Gioconda; y el bigote escandalizó a aquellos que no veían la Gioconda, a aquellos que oficiaban la misa mientras bostezaban a escondidas. La cultura, dando tanto por supuesto, obstaculiza la espontaneidad y el descubrimiento, cuando no los mata. Y es esto: el tedio que acompaña la falta de impulso de descubrimiento, y no la supuesta falta de valores, lo que despierta ese sentimiento de nostalgia y abatimiento en la cultura posmoderna.

    En los valores vivimos

    Si fuese cierto que hoy en día ya no hay valores, habría esperanza, pues tal vez podríamos averiguar lo que es tener un corazón intacto. Podríamos averiguar de qué fuego son señales, según afirmaba el poeta, la belleza y la moral. Pero es dudoso que así sea. Siempre que hay voluntad hay valores. La voluntad es proyección hacia lo otro (o su rechazo), y lo otro, cualquiera que esto sea, ha de ser un valor si hacia ello (o contra ello) se dirige toda acción.

    Sería útil recordar que la acepción primera y más común del término valor pertenece al ámbito de lo económico: el valor es el precio de una mercancía o de un producto. Y el precio se establece en virtud de una estimación que radica en la demanda, la cual a su vez se origina a partir de una necesidad (natural o creada, no viene al caso). El valor sitúa pues al objeto en el lugar que le corresponde dentro de la jerarquía de las expectativas de transacción. Transportado al ámbito de las costumbres y de la cultura, la noción de valor sigue manteniendo, de manera latente, este significado. El valor moral de una acción o el valor estético de un objeto sitúan a la acción o al objeto en una escala de aceptación o rechazo por parte del grupo que los ha asumido.

    Que los valores los dicten la razón y que así deba ser o no, eso es lo que puede ser discutido. En general no es la razón la que dicta los valores, sino que la razón es utilizada por quienes detentan el poder para procurar razones que soporten los valores y los códigos. Así que siempre conviene preguntarse qué máscara tiene el poder que condiciona nuestra voluntad, propone los cauces de acción y crea, por tanto, nuestros valores.

    No iría descaminado aquel que empezara hurgando en las inercias, en los hábitos, en esos hematomas que se forman a golpe de repeticiones. Mucho tienen que ver estas formas de la reiteración con los valores que elaboramos. No es neutro ninguno de nuestros gestos. Apretar una tecla o un botón para oír música, para ver imágenes, para recibir correo, para oír la voz de alguien, para que salga café, chicle o monedas, para que haya luz o calor, estos gestos mínimos que condicionan nuestra vida a través de todas las sensaciones son, no nos engañemos, una poderosa fuente de construcción de valores.

    No es cierto que no existan valores hoy en día. Lo que ocurre es que el orden que se suponía lógico: primero los valores, luego la acción, es ahora el inverso: primero se da la acción, y luego los valores. Y tal vez así debió de ser desde el principio si le hacemos caso al Génesis, ahí donde se cuenta cómo el dios de los hebreos puso el primer ladrillo del edificio moral: primero actuó: creó, y luego juzgó (que era bueno)…

    En cuanto a lo segundo, esto es, a la disyuntiva entre recuperar los antiguos valores o reemplazarlos por otros, cae por su base desde el momento en que advertimos no sólo que los hay, sino que vivimos con ellos incluso sin darnos cuenta. Cuáles sean estos valores podría advertirse simplemente preguntándonos a qué dedicamos la mayor parte de nuestro tiempo real, cotidiano, y cuáles son los motivos por los que lo hacemos. Pues no son valores reales, sino ideas vacías, aquellos que no lleven implícita su finalidad en la acción cotidiana y en la suma de todas ellas.

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Chantal Maillard (Bruselas, 1951) La razón estética. Barcelona: Galaxia Gutemberg, 2017.

lunes, 21 de marzo de 2022

adam zagajewski / la poesía y la duda


    La poesía y la duda se necesitan recíprocamente, coexisten como el roble y la hiedra, el perro y el gato. Pero su unión no es ni armónica ni simétrica. La poesía necesita la duda mucho más que la duda a la poesía. Gracias a la duda la poesía se purifica de la insinceridad retórica, de la palabrería, de la falsedad, de la logorrea juvenil y de la euforia vacía (que no de la verdadera). Sin la mirada severa de la duda, la poesía—sobre todo en nuestros tiempos lóbregos —podría degenerar en una canción sentimental, un canto exaltado pero estulto o una alabanza irreflexiva de cualquier forma del mundo.

    Con la duda no pasa lo mismo. La duda rehúye la compañía de la poesía; la poesía es para ella un adversario peligroso. Diré más: una amenaza mortal. La poesía, incluso la trágica y oscura, siempre se eleva por encima de la duda y la aniquila, le quita la razón de ser. La duda enriquece y dramatiza la poesía, pero la poesía anula la duda o por lo menos la debilita tanto que los escépticos pierden la cabeza y cierran la boca o bien se convierten en artistas.

    La duda es más inteligente que la poesía, ya que nos dice algo malicioso sobre el mundo, algo que sabíamos desde siempre, pero que no queríamos ver; pero la poesía excede los límites de la inteligencia, señalándonos lo que no podemos saber.

    La duda es narcisista: lo contemplamos todo críticamente, incluso a nosotros mismos, y tal vez nos sintamos aliviados. En cambio, la poesía da muestras de confianza en el mundo, nos saca con fuerza de la escafandra demasiado estrecha del yo, cree en la posibilidad de que la belleza exista y en su dimensión trágica.

    La controversia entre la poesía y la duda no tiene nada que ver con el debate superficial entre el optimismo y el pesimismo.

    El gran drama del siglo XX creó dos tipos de mentalidad: la resignada y la inquisidora. La duda es la poesía de los resignados. En cambio, la poesía es una búsqueda y un interminable peregrinaje.

    La duda es un túnel; la poesía, una espiral.

    El gesto preferido de la duda es el de cerrar, y el de la poesía, el de abrir.

    La poesía ríe y llora; la duda ironiza.

    La duda es la embajadora plenipotenciaria de la muerte y su sombra más larga y más graciosa; la poesía corre hacia un fin desconocido.

    Por qué uno elige la poesía y otro la duda no lo sabemos y no lo sabremos jamás. No sabemos por qué uno nace Cioran y otro Milosz.

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Adam Zagajewski (Leópolis, 1945-Cracovia, 2021) Versión de Jerzy Sławomirski y Anna Rubió. En Ada Lírica.

lunes, 14 de marzo de 2022

allen ginsberg / catorce pasos para revisar poesía


1. Concepción

 “I. EL TERRENO (Situación o percepción inicial)

“Mi escritura es un retrato de la mente moviéndose”. —Phillip Wallen

“Mi mente permanece abierta ante sí misma”. —Gelek Rinpoche

“Atrápate a ti mismo pensando”. —Allen Ginsberg

II. EL CAMINO (Método de reconocimiento)

“El objeto natural siempre es el símbolo adecuado”. —Ezra Pound

“Muestra, no digas”. —Proverbio popular

“Solo la emoción materializada perdura”. —Louis Zukofsky

III. LA FRUICIÓN (Resultado de la apreciación)

“¿Cuál era tu rostro antes de que tus padres se conocieran?”  —Proverbio Zen

“El propósito del arte es detener el tiempo”.   —Bob Dylan

“Solo con los solitarios”.  —Plotino

El primer pensamiento es el mejor pensamiento; lo cual no necesariamente significa que no corrijas tus poemas en lo absoluto, significa simplemente que la forma del poema habría de ser la forma interior que intuiste desde un principio en vez de alguna que se adapte a un nivel superficial de la mente. 

Si la mente es moldeable, el arte es moldeable”.

2. Redacción

“Un pensamiento viene desde otro pensamiento; un poema se abre linealmente, como un telescopio […] Es como hacer un diagrama de la mente. Puedes dividir las líneas en la forma en que las dirías o en la forma en que las vas pensando. A veces será simultáneo e idéntico, a veces puede que no […] Es un proceso natural del pensamiento y después se vuelve algo ágil, astuto, veloz… espontáneo”.

3. Revisa tus poemas desde los ojos de otras personas

“Me fijo en qué fallas tiene el poema de acuerdo a la inteligencia de otras personas con quienes esté familiarizado, inteligencias que estén plasmadas en mí. Pienso en qué es lo que los atraerá dentro del poema. Por ejemplo, al leer un poema desde los ojos de William Burroughs, me vuelvo mucho más cínico y mucho menos tolerante con los sentimentalismos. Al leer desde los ojos de Bob Dylan, me pregunto si es suficientemente sorprendente o si lo que escribo es superficial. Desde los ojos de Gregory Corso, me pregunto si el poema está bien condensado y si está confeccionado de manera interesante [en cuanto a figuras retóricas y poéticas] para evitar ser ordinario […] Es una forma de compaginar una inteligencia mucho mayor a la tuya, porque lo que haces será sensible a la agilidad, la inteligencia y la sensibilidad misma de otras personas, entonces al hacer esto empatizarás con otras inteligencias mientras lees tus poemas para mejorarlos y descubrir sus puntos débiles. 

Piensa en las mejores mentes que conozcas, en las personas a quienes más admiras y lee tus poemas con sus ojos. Piensa en personas a quienes encuentres fascinantes, a quienes realmente quieras complacer o con quienes quieras comunicarte, y entonces házlo, revisa tus poemas preguntándote «¿puedo leérselo en voz alta a mi madre o a mis amigos sin sonar poético ni barroco ni literato ni artificial?» Y tampoco que parezca que quieres robarte alguna especie de actitud poética”. 

4. Revisa tus poemas desde los ojos del lenguaje coloquial

“La gente no cuestionará los fragmentos de lenguaje coloquial que sean intensos y estén repletos de sentimiento, pero la gente sospechará si los momentos cargados de sentimiento que suenen petulantes, literatos o de segunda mano, son auténticos o sinceros. Revisa desde los ojos de la expresión popular y eso corregirá por completo la actitud de tus poemas”.

5. Revisa tus poemas con los ojos puestos en la condensación de la sintaxis. 

6. Revisa todos los artículos y preposiciones

“¿Necesito todos los artículos, conjunciones, conectores, pronombres, preposiciones …? Examina cada sílaba por separado, especialmente las pequeñas; observa los monosílabos que no tengan información substancial y decide si puedes cambiarlos de lugar o reconectar las cosas de manera más compacta sin todas las partículas y artículos extra, pero tampoco reduzcas tus poemas al lenguaje de una conversación de lavandería china, no querrás hacer eso”.

7. Revisa los lugares en donde estés siendo abstracto e incluye hechos específicos como referencia

“Aterriza el poema, las generalizaciones. Muchas veces las generalizaciones son como espacios en blanco en un formato que puedes llenar […] Por ejemplo, puedes cambiar “caminando por la avenida” por “caminando por avenida tal”. Donde sea que te encuentres generalizando o siendo abstracto, cuestiona las generalizaciones. Si tienes la capacidad de distinguir la diferencia entre los detalles de una bitácora y las vaguedades referenciales, te servirá para examinar los elementos que no tengan algún valor pictórico ni sonoro en especial, todo lo que sea puro moo, moo, moo […] Puedes encontrar muchas palabras provenientes del latín que no tienen ninguna sugerencia sensorial. Son como espacios en blanco de un documento burocrático que hay que llenar con detalles. ¿A qué te referías realmente cuando hablaste de estar solo en la ciudad? ¿Estabas en el techo? ¿O mientras estabas en tu cama?

¿Podrías ser un poco más específico?”

8. Ponle fecha a tus escritos

“Yo mismo le pongo fecha a mis escritos para saber cuál fue su origen, cuándo pensé algo por primera vez. Si trabajo en algo por mucho tiempo, también le pondré fecha marcando el final. 

Si tu ambición es convertirte en un gran poeta, querrás ayudarle a quienes serán tus investigadores y profesores dentro de cien años, porque todos serán unos holgazanes. Si les pones fecha tú mismo, no tendrán que barajear entre todos tus papeles. Ponerle fecha a tu trabajo significa que más adelante se acumularán grandes cantidades de artículos sobre él, tesis de licenciaturas, de maestrías … lo que significa que tendrás mucha mayor atención en el futuro. Si quieres ser inmortal, ponle fecha a tu mortalidad”. 

9. Toma una frase del poema e inventa un título que sea único, curioso o que suene interesante pero realista

“Normalmente leo el poema y encuentro dos palabras interesantes que juntas pueden revelar la esencia del poema. El título, de hecho, comienza por imantar o adentrar a las personas hacia tu poema”.

10. Pon entre comillas los discursos y frases de “slang referencial”, por así decirlo

[Sin mayor información].

11. Revisa los puntos débiles que en realidad no te gustan, pero que dejaste por motivos de inercia

“Al leer mi trabajo en voz alta, he notado que apresuro mi lectura en las partes que no son tan interesantes hasta llegar a la carne del poema, a los versos que de verdad me gustan. Si puedes detectar esta diferencia, quizá quieras examinar las partes débiles y a lo mejor eliminarlas todas de un tirón. 

Si te aburren a ti, puede que también aburran a otras personas. Puede ser una pequeña frase, un enunciado completo o hasta una sección del poema que no sea tan buena… así que, ¿por qué no eliminarlas e ir directo al punto? La frase de William Carlos Williams para esto era “una frase activa es más valiosa que cien páginas de escritura inerte” […] Leer en voz alta es un buen detector de porquerías. Puedo leer un poema cien veces antes de que esté publicado en un libro y después de muchos años me di cuenta que es una muy buena manera de editar. Así que deshazte de las partes “cool” y déjate a ti mismo ser un fragmento ardiente, como Safo. Puede ser que los lectores nunca lleguen al gran fragmento de tu poema porque se quedaron atorados en las primeras diez líneas”.

12. Revisa los verbos activos contra los inactivos

“Por ejemplo, escribir después del viaje en el metro en vez de después de que viajamos en el metro”.

13. Divide tus poemas en líneas de acuerdo a tu respiración al hablar o a las ideas o unidades de pensamiento contenidas en una respiración

“Donde haya puntuación, por favor obsérvala como un signo de respiración”.

14. Reescríbelos.

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Allen Ginsberg (Newark, 1926-Nueva York, 1997) Versión de Faustino Santos. Libreta especial.

lunes, 7 de marzo de 2022

denise levertov / sobre la función del verso


    No solo los adolescentes desafortunados, sino también muchos poetas talentosos y, con justicia, reputados, escriben en formas contemporáneas sin métrica, poseen un concepto del verso de lo más vago y el uso de aquel es bien descuidado. Sin embargo, no tenemos a nuestra disposición ninguna herramienta del arte poético más importante, ninguna que produzca efectos más sutiles y precisos, que el corte del verso si se entiende correctamente.

    Si digo que su función en el desarrollo de la poesía moderna en inglés es evolutiva, no quiero decir que considero que la poesía moderna sin métrica es “mejor” o “superior” a la gran poesía del pasado, que amo y honro. Eso sería absurdo, obviamente. Aunque sí siento que hoy hay pocos poetas cuya sensibilidad se expresa naturalmente en las formas tradicionales (con la excepción de la sátira o la ironía acentuada), y que quienes las usan son más o menos anacrónicos. La calidad acotada y reprimida de tales formas tiene menos relación con el sentido relativista de la vida que inevitablemente prevalece a finales del siglo XX que los modos de vida más exploratorios, más abiertos sin límites fijos. Un soneto puede terminar con una pregunta; pero su estructura esencial, subyacente, llega a la conclusión. Las “formas abiertas” no necesariamente terminan de manera poco concluyente, aunque su grado de conclusión es, estructural y expresivamente, menos marcado y participa de la valoración extendida del todo. No implican, en general, una certeza dogmática; mientras que, bajo una superficie, de dudas, tal vez, individuales, en la estructura del soneto o de la copla heroica da testimonio de la certeza de las respectivas épocas de origen de estas formas. Las formas más aptas para expresar la sensibilidad de nuestra época son las exploratorias, las abiertas.

    ¿De qué manera la poesía contemporánea “no métrica” es exploratoria? Lo que quiero decir con esa palabra es que esa clase de poesía, más que la mayoría de la poesía del pasado, incorpora y revela el proceso de pensar / sentir, sentir / pensar, en lugar de centrarse más exclusivamente en sus resultados; y al hacerlo, explora (o puede explorar) la experiencia humana de una manera que no es completamente nueva, pero que es (o puede ser) valiosa en su sutil diferencia de enfoque: valiosa en tanto testimonio humano en tanto experiencia estética. Y la herramienta crucial y precisa para crear este modo exploratorio es el corte de verso. La función más evidente del corte de verso es rítmica: puede registrar las ligeras (aunque significativas) vacilaciones entre palabra y palabra que son características de la danza de la mente entre las percepciones pero que no se observan por la puntuación gramatical. La puntuación regular es una parte de la estructura regular de la oración, es decir, de la expresión de pensamientos completados; y esta expresión es típica de la prosa, a pesar de que la prosa no está en todo momento vinculada a su lógica. Pero en los poemas uno tiene la oportunidad no solo, como en la prosa poética, de apartarse de la norma sintáctica, sino de manifestar, por un medio estructural intrínseco, la interacción o el contrapunto del proceso y la finalización. En otras palabras, presentar una dinámica de la percepción junto con el alcance de la plena expresión. El corte de verso es una forma de puntuación adicional a la puntuación que forma parte de la lógica de los pensamientos completos. Los cortes de verso, junto con el uso inteligente de la sangría y otros dispositivos de puntuación, representan una puntuación peculiarmente poética, alógica, paralela (no competitiva).

    ¿Cuál es la naturaleza de las pausas alógicas que el corte de verso registra? Si los lectores pensaran en su habla propia o en sus silenciosos monólogos internos, cuando describen pensamientos, sentimientos, percepciones, escenas o eventos, creo que reconocerán que con frecuencia vacilan, aunque sea muy brevemente, como si se tratara de una pregunta no dicha, un “¿qué?”, un “¿quién?” o un “¿cómo?” - antes de los sustantivos, adjetivos, verbos, adverbios, ninguno de los cuales debiera estar precedido por una coma u otro signo de puntuación regular en el curso de la lógica sintáctica. Incorporar estas pausas en la estructura rítmica del poema puede hacer varias cosas: por ejemplo, permite al lector compartir más íntimamente la experiencia que se está articulando; y al introducir un contra-ritmo lógico en el ritmo lógico de la sintaxis, provoca, al interactuar, un efecto más cercano a la canción que a la declaración, más cercano a la danza que a la caminata. Así, la experiencia emocional de la empatía o de la identificación sumada a la complejidad sonora de la estructura del lenguaje se sintetizan en un orden estético intenso que es diferente del que se recibe de una poesía en la que las formas métricas se combinan solo con la sintaxis lógica. Por supuesto, el manejo del verso en formas métricas también puede permitir el registro de tales pausas lógicas; Gerard Manley Hopkins proporciona abundantes pruebas de ello. Aunque Hopkins, en esto como en otros asuntos, parece ser “la excepción que confirma la regla”; y la alianza de formas métricas y el carácter similar “acotado” o “acabado” de la sintaxis lógica parece natural y apropiado, a pesar de las inversiones. Las subversiones del orden normal de las palabras en prosa eran, después de todo, una convención estilística, adoptada por elección, no por ineptitud técnica, durante siglos; aunque si se utilizan después de una fecha determinada, parece una presunción de falta de habilidad, y son, de hecho los primeros signos del declive de la viabilidad de una tradición. No es que la danza del pensamiento / sentimiento alógico en proceso no pueda registrarse en formas métricas, sino que hacerlo parece ir en contra del florecimiento natural de tales formas, como si se forzara un medio intratable a un uso inapropiado mientras que el potencial para tal uso está implícito en la naturaleza en constante evolución de las formas abiertas.

    Aunque la función más específica, precisa y emocionante del corte de verso, y la menos entendida, es su efecto en el melos (la canción, la melodía) del poema. Es aquí, y no solo en los efectos rítmicos, donde reside su mayor potencial, tanto en la exploración de áreas de la conciencia humana como en la creación de nuevas experiencias estéticas. ¿Cómo afectan los cortes de verso al elemento melódico de un poema? Parece tan simple como sorprendente que este aspecto de su función no sea considerado; sin embargo, no solo los talleres de poesía estudiantil, sino cualquier revista o antología de poesía contemporánea proporcionan evidencia de una falta de comprensión general de este factor; e incluso cuando los poetas como individuos manifiestan un sentido intuitivo de cómo cortar los versos, rara vez parece estar acompañado de una comprensión teórica de lo que han hecho bien. Pero no es difícil demostrar a los estudiantes que, dado que el despliegue del poema en la página se considera como una partitura, es decir, como instrucciones visuales para los efectos auditivos, la forma en que se cortan los versos afecta no solo el ritmo sino también a los patrones tonales.

    El ritmo puede sonar monótono, en un solo tono. La melodía es el resultado de patrones tonales combinados con patrones rítmicos. La forma en que los cortes del verso, observados, con respeto, como parte de la puntuación (y considerados como, digamos, aproximadamente una media coma de duración), determinan el patrón tonal de una oración, se puede ver claramente si un poema, o unos pocos versos están escritos de varias formas (cambiando los cortes del verso y nada más) y eso se lee en voz alta. Tomemos, por ejemplo, estos versos míos (escogidos al azar):

    Paralizado por el deseo, lo cuestionó.
    La tarde sobre las alturas, jugo de granada:
    ¿Quién podría conectarlo con la luz solar?

    De “4 bordados: II, Nieve roja”

    Leánlos en voz alta. Ahora intenten leer en voz alta las mismas palabras de este registro:

    Paralizado por el deseo, él
    lo cuestionó. La tarde
    sobre las alturas,
    jugo de granada:
    ¿quién
    podría conectarlo con la luz solar?

    O bien:

    Paralizado por
    el deseo, cuestionó
    eso. La tarde
    sobre las alturas, jugo
    de granada:
    ¿quién podría
    conectarlo con la luz solar?

    La entonación, los altibajos de la voz, cambian involuntariamente a medida que cambia el ritmo (alterado por el lugar donde tiene lugar la pequeña pausa o el “descanso” musical). Algunos instrumentos pueden registrar estos cambios en forma gráfica, como los latidos del corazón o las ondas cerebrales son graficados. El punto no es si los versos, como los escribí, están divididos de la mejor manera posible. En cuanto a eso, los lectores deben juzgar por sí mismos. Solo estoy señalando que se lee de forma natural, pero respetando a la pausa fraccional del corte del verso, se produce un cambio de patrón tonal con cada variación del verso. Un hermoso ejemplo de versificación expresiva es el conocido poema de William Carlos Williams sobre la vieja que come ciruelas.

    Le saben bien a ella.
    Le saben bien
    a ella. Le saben
    bien a ella.

    “A una pobre vieja”

    Primero se hace la oración; luego la palabra bien está (sin el énfasis torpe y excesivo que daría un cambio de tipografía) al centro de nuestra atención (y la de ella) por un instante. Después la palabra “saben” recibe una prominencia momentánea similar, con “bien” en el sonido de una nueva nota, reafirmada, de modo que antes tengamos el reconocimiento general del bienestar, de ahí intensificar esa sensación, después es su voluptuosa ubicación en el sentido de “saben”. Y todo esto se presenta a través de tonos indicados, es decir, por la melodía, y no solo por el ritmo.

    Siempre me ha emocionado la manera en que la musicalidad de un poema podría brotar de lo que llamé “fidelidad a la experiencia”, pero me llevó un tiempo darme cuenta de lo que eran las mecánicas de tal precisión relacionadas con este asunto del patrón tonal. El tema es que, al igual que las vocales y las consonantes afectan la música de la poesía no por simple eufonía sino por una interrelación expresiva y significante, los matices de significado aprehendidos en las variaciones tonales crean una melodía significativa y expresiva, no solo una “canción” bonita en el rango acotado del tono del habla.

    Una de las formas en que muchos poetas revelan su falta de conciencia sobre la función del corte de verso es la forma en que comenzarán un verso con la palabra “eso”, por ejemplo, incluso cuando se torna claro por el contexto que no quieren el énfasis adicional, relacionado tanto con el ritmo como con el tono. Por lo mismo, si uno escribe,

    el no sabía
    eso, pero en su momento
    su casa estaba ardiendo

    La palabra “eso” tiene una importancia indebida. Otro ejemplo se da en mi segunda variante de los versos de “Nieve roja” (Red Snow). Al “eso” en el segundo verso se le da un protagonismo completamente sin importancia, molesto y absurdo. Cuando un poeta coloca una palabra sin sentido desde el punto de vista sónico, parece claro que él o ella no entienden el efecto de hacerlo, o están confusamente vinculados a la idea de “encabalgamiento”. El encabalgamiento es útil para prevenir la monotonía de demasiados versos detenidos en un poema métrico, pero la variedad deseada se puede lograr por otros medios en formas abiertas contemporáneas; y quitar de la versificación contemporánea su pausa fraccionaria (que, como he dicho, representa, o más bien manifiesta, una vacilación minúscula pero afectiva comparable en el proceso de pensar / sentir) es robar una herramienta de precisión de su uso principal. A menudo, el poeta, inseguro de algún principio según el cual terminar un verso, escribirá como si el corte real se produjera después de la primera palabra del siguiente verso, por ejemplo,

    Mientras los niños en sus pija-
    mas suben las escaleras

    donde si uno observa el registro se produce un “descanso” incómodo e inexpresivo entre dos palabras que el poeta, leyendo en voz alta, vincula naturalmente con “pijamas”. La definición de X. J. Kennedy de un verso continuo es que “no termina en puntuación y, por lo tanto, se lee con solo una pausa ligera después de ella”, mientras que “si termina en una pausa completa, generalmente indicada por algún signo de puntuación- -lo llamamos final acentuado” (mi cursiva en “pausa ligera”). Los poetas que escriben poemas sin métrica pero tratan el corte del verso como inexistente, ni siquiera respetan la tradicional “pausa ligera” del verso final. El hecho es que están confundidos acerca de cuál es el verso y, en consecuencia, algunos de nuestros mejores y más influyentes poetas han recurrido cada vez más al párrafo en prosa por lo que creo son las razones equivocadas, menos por el sentido de las virtudes peculiares del poema en prosa que por la desesperación de darle sentido al verso.

    Una de las virtudes importantes de comprender la función del corte del verso, es decir, del verso en sí mismo, es que dicha comprensión no hace que los poetas escriban como los demás. Es una herramienta, no un estilo. Como herramienta, su uso puede incorporarse a cualquier estilo. Los estudiantes en un taller que captan la idea de una puntuación precisa no comienzan a sonar igual. En cambio, la voz individual de cada uno suena con más claridad, porque cada uno ha ganado un cierto grado de control sobre cómo quieren que suene un poema. A veces, un estudiante anota un poema en un sentido, aunque lo lee en voz alta de forma distinta. Mi preocupación, y la de sus compañeros una vez que han entendido el problema, es determinar de qué manera el autor quiere que suene el poema. Alguien se lo volverá a leer tal como está escrito y alguien más le indicará las formas en que el texto, el registro efectivo, fue ignorado en la lectura. “Aquí te excediste”, “Aquí te detuviste, pero estás en el medio de un verso y no hay indicios de un ‘descanso’ allí”. Luego, el o la estudiante poeta puede decidir, o sentir, si lo escribió mal, aunque sí leyó bien, o viceversa. Esa decisión es muy personal y tiene tanto que ver con la sensibilidad individual de quien escribe y el carácter único de la experiencia incorporada en las palabras del poema, como pasa con la racionalidad universalmente reconocible, aunque eso también pueda jugar un rol. El resultado es, en cualquier caso, más bien definir y aclarar voces individuales que homogeneizarlas; porque las razones de las pausas y los controles, los énfasis y los cambios expresivos de tono serán tan diversos como las personas que escriben. La comprensión de la función del corte del verso le da a cada creador único el poder de ser más preciso y, por lo tanto, más, no menos, individualizado. La voz así revelada no será necesariamente la reconocible “exterior” que se escucha en los poetas que han tomado la teoría de la “respiración” de Olson demasiado literal, sino la voz interior, la voz de la soledad de cada uno hecha audible y cantando a la multitud de otras soledades.

    El exceso de subjetividad (y, por tanto, de incomunicabilidad) en la toma de decisiones estructurales en las formas abiertas es un problema solo cuando el escritor tiene un sentido de forma inadecuado. Cuando el registro escrito apunta con precisión las percepciones, comienza a emerger un todo -un inscape (fuero interno) o una Gestalt (configuración)-; y el escritor talentoso no está tan sumergido en las partes que la suma no se ve. La suma es objetiva, al menos relativamente; tiene presencia, carácter y, a medida que se desarrolla, necesidades. Las partes del poema se ajustan instintivamente en algún grado para satisfacer las necesidades del todo. Y a medida que se realiza este ajuste, se evita el exceso de subjetividad. Los detalles de una naturaleza privada, a diferencia de la personal, pueden eliminarse, por ejemplo, en interés de un todo más completo, más claro y más comunicable. (Por privada quiero decir aquellos detalles que tienen asociaciones para el escritor que son inaccesibles para los lectores sin una explicación especial del escritor que no forme parte del poema; mientras que lo personal, aunque puede incorporar lo privado, tiene una energía derivada de las asociaciones que se pueden compartir con el lector y que se comparten en el poema mismo).

    Otra forma de aproximarse al problema de lo subjetivo / objetivo, vale decir, que mientras los modos tradicionales proporcionan ciertos estándares para la comparación objetiva y para la evaluación de poemas como estructuras efectivas (técnicamente, en cualquier caso), las formas abiertas, utilizadas con la comprensión de sus oportunidades técnicas, construyen contextos únicos que también prevén dicha evaluación. En otras palabras, aunque la “corrección” de sus versos no puede juzgarse mediante un método preconcebido de exploración, cada uno de esos poemas, si está bien escrito, presenta un todo compuesto en el que los versos falsas (u otras fallas) pueden ser escuchadas por cualquier oído atento, no como no cumplir con una regla externa, sino como fallas en contribuir a la gracia o a la fuerza implícita en un sistema peculiar de ese poema, y derivado del escape de la cual es su manifestación verbal.

    El melos de la poesía métrica no fue fácil de lograr, pese a que hubo pautas y modelos, en último término, nada pudo sustituir al “oído” privilegiado. El melos de las formas abiertas son aún más difíciles de estudiar si buscamos modelos; su secreto no reside en los modelos sino en esa “fidelidad a la experiencia” de la que he escrito en otra parte; y, a su vez, esa fidelidad exige una comprensión delicada y precisa de los medios técnicos a nuestra disposición. Un reconocimiento general de la importancia primaria del verso y de la forma en que el ritmo se relaciona con la melodía sería útil para el estado del arte de la poesía en la forma en que la aceptación general del verso de compás y otras anotaciones musicales fueron útiles para el arte de la música. Se mantuvo una latitud del todo adecuada en el tema de la interpretación de una partitura musical (como cualquiera que escucha a diferentes pianistas tocando la misma sonata, por ejemplo, puede oír) pero al mismo tiempo el compositor adquirió un mayor grado de control. Solo si los escritores están de acuerdo con la naturaleza y la función de esta herramienta, los lectores pueden cooperar plenamente, de modo que el poema tenga el mayor grado de vida autónoma.

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Denise Levertov (Essex, 1923-Seattle, 1997) "On the function of the line". Chicago Review Vol. 30, No. 3 (Invierno, 1979), pp. 30-36. Traducción de Nicolás López-Pérez.