lunes, 25 de abril de 2022

chus pato / porque no es sólo el idioma el que está amenazado


PORQUE NO ES SÓLO EL IDIOMA EL QUE ESTÁ AMENAZADO
SINO NUESTRA PROPIA CAPACIDAD LINGÜÍSTICA, sea cual sea
el idioma que hablemos
LA LENGUA ES PRODUCCIÓN, la lengua produce, produce COMUNICACIÓN
PRODUCE PENSAMIENTO, PRODUCE CAPACIDAD POÉTICA,
produce ganancia y beneficio, NOS PRODUCE como HUMANOS,
nos produce como FELICIDAD.
La lengua es PRODUCCIÓN, de ahí los intentos del CAPITAL por PRIVATIZAR
la lengua, por dejarnos SIN PALABRAS
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LA LENGUA, cualquier LENGUA EN EL CAPITAL, tiende a desvanecerse,
tiende a convertirse en algo que se consume. En algo que ya no
PRODUCIMOS los hablantes, sino que el CAPITAL, en su intento de
privatizarnos, PRODUCE PARA NOSOTROS
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En el CAPITAL los creadores de Lengua, los hablantes, pasan a ser

CONSUMIDORES; la Lengua, cualquier Lengua en el Capital, pasa a ser un
producto de consumo, igual que cualquier otra MERCANCÍA
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LENGUA-SERVIDUMBRE LINGÜÍSTICA
KAPITAL-KILLER
ASESINA

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Chus Pato (Orense, 1955). Traducción de Iris Cochón. En Ficción de la Razón. 

lunes, 18 de abril de 2022

raúl zurita / los poemas muertos


    Es sólo el anticipo de una derrota inminente. He descrito esa imagen antes: la de los rostros de todos los que has amado dibujándose en el cielo. No sobre las bóvedas de las grandes catedrales modernas: los bancos o las estaciones de metro, sino en el cielo. Inmensos retratos trazados por aviones con líneas de humo blanco que se recortan contra el azul sobre el horizonte para luego deshacerse. Me he sorprendido incluso pensando en los ingenieros y las técnicas que se requerirían para realizarlo, en los financiamientos y en los nuevos Medicis de un mundo por venir. De una tierra reabierta donde esos dibujos trazados en lo alto por decenas de aviones al unísono irrumpirían por unos instantes con un silencio infinitamente más vasto el ensordecedor ruido del presente. Luego se evanescerían en el viento. He llegado a imaginar que esos gigantescos murales suspendidos son también lo que se entiende por dimensión americana. Es un sueño y no: no esculpimos el Moisés ni la Pietá, no nos fue dada la cúpula de San Pedro, pero están los Andes, la vastedad del Pacífico y los glaciares, la visión del desierto de Atacama transparentándose frente al océano.

    Es eso: no pintamos el Juicio Final, pero nos tocó el color de los desiertos –el color más parecido al de nuestras caras- y de pronto, casi como si fuera una locura la que mira, me ha parecido ver tan nítidamente los dibujos de esas caras dibujándose en el cielo, que he llegado a sentir que mi carne que envejece, que mis nervios, que mis brazos y piernas son ocupados por la fuerza del viento, por las mareas y las rompientes y entonces sí; me parece que esas figuras me hablan y hablo con las rocas y las olas, con las flores y los árboles, y que no soy yo sino algo parecido a un parto, algo que se golpea modelando los arrecifes, los acantilados, la línea de las montañas. Si en definitiva no me he extraviado del todo me gustaría creer que quizás una ínfima parte de eso, tan sólo un átomo, es lo que fue imaginado en el cielo aún posible de la Sixtina; algo así como una gran imagen de la desdicha compensada por la furia del amor tallando la piedra.

    Como decía, es un sueño y no. La muerte es un hecho inminente y me emociona saber que yo seré el único que habré visto esos dibujos en toda su demencia y belleza. Es ese trazo final de la muerte, su composición, que deshacerá las figuras dibujadas en el cielo igual que el viento, pero que las deshacerá dentro de mí, sin que ningún otro las vea, lo que paradójicamente me hace sentir que todos somos uno. Que lo humano es esa infinidad de poemas, de epopeyas ciegas y cantos, de imágenes extremas que existen únicamente para ser contempladas por un único espectador y que morirán con él. Es como si el mundo entero entonces no fuese otra cosa que el cúmulo incontable de imágenes jamás dichas, de novelas jamás escritas, porque su belleza era demasiado rotunda para ser contemplada por algo más que no fuese un ser solo.

    No hemos sido felices, es posible que esa sea la única frase que podamos sacar en limpio de la historia y la única razón del por qué se escribe, del por qué de la literatura. Es ese trazo entonces, esa corrección de la muerte, la que le otorga a la poesía su carácter desmesurado y su enloquecedor silencio. Es nuestro silencio. Vivimos en la época de la agonía de las lenguas y los poetas hoy son aquellos seres a los que les ha tocado el papel de cargar con sus poemas muertos para dejarlos frente a las orillas de un océano que estará o no estará, que esas palabras muertas cruzarán o no cruzarán, pero que nos otorga el extraño privilegio de experimentar, como quizás nunca se había experimentado antes, que desde el primer texto que se haya escrito, desde la Epopeya de Gilgamesh en adelante, sean cual sean las estructuras, los puntos de vista o los personajes que involucre una novela, una epopeya o un drama (muchedumbres como en la Iliada o el Mahabharata o un solo hombre como en los poemas de Giuseppe Ungaretti o Kavafis), toda obra literaria es siempre un monólogo.

    Es lo que pareciera querer decirnos desde el comienzo los millones de millones de poemas fabulosos, de cantos alucinados e increíbles, de interminables rapsodias y frescos contemplados también por incontables seres solos y destinados a desaparecer con ellos. Pero eso también fue representado y su summa son los testigos muertos de la Divina Comedia. Allí el poema les muestra a ese otro sueño que somos: a sus lectores de hoy, que esa sed de Otra mirada, de Otro rostro, de Otro lector, sólo puede ser colmada por Dios, pero que el rostro de ese dios tiene el color del semblante humano. Es lo que se muestra al final del Paraíso preanunciando de paso la declinación del cristianismo y su ausencia final. Vuelvo a ver entonces las caras trazándose con líneas de humo blanco en el cielo azul y es el mismo viento que las borra como si yo también despertara de ese largo periplo por el Infierno, el Purgatorio y el Paraíso, sólo para comprobar que lo que vio Dante al final no fue Dios sino su propio rostro, es decir, el color de la faz de lo humano y su infinita soledad.

    Si la Divina Comedia nos atañe todavía, en este tiempo, es porque es el poema máximo de la soledad, el más desgarrado y conmovedor. Esta es la soledad: escribir algo tan colosal, tan enorme –ni más ni menos que escribir una travesía por lo que está desde siempre fuera del lenguaje, por la muerte- sólo para escucharle decir a su amor, a Beatriz, las cosas que ella jamás le dijo. Y escuchárselas decir de tal forma que pareciese que no es él mismo el que se las está diciendo.

    Porque una existencia entera no basta para el instante en que declaremos nuestro amor a nuestra definitiva derrota y me ha parecido que ese instante a la vez perpetuo e irreparable, es el territorio que, como los muertos de Dante, una y otra vez nos ha sido asignado. Es como si debiéramos cruzarlo todo; cada sombra y su infortunio, cada pedazo de nuestra carne, condenados a seguir algo que son nuestros propios rictus y ademanes, nuestros gestos de pasión o de soberbia. Porque al final, lo que conmociona de un hombre no son sus sentimientos sino sus rictus, esos movimiento casi imperceptibles que poco a poco se van grabando en las comisuras de los labios, en los párpados o en el simple crispamiento de las entrecejas y que no se resignan a morir con nuestros rostros que mueren. Presos de un insomnio inacabable, los personajes de Dante están en el lado de los muertos porque son sus ademanes físicos, sus tics, sus gestos, mucho más que sus crímenes o sus grandes traiciones, los que les han sobrevivido. Lectores a destiempo de un mundo a destiempo, cada uno de nosotros es el Infierno, el Purgatorio y el Paraíso de esa eternidad perdida.

    Lo que este poema pareciera todavía intentar decirnos es que en esta vida no nos cabe toda la vida, que una vida entera no nos basta para declarar nuestro amor o nuestra definitiva derrota. Que es preciso el trazo de la muerte porque ese es el único encuadre, la única toma, que puede hacer de cada instante de nuestras vidas, de cada imagen borrada y de sueño de las que nos tocó ser los únicos espectadores, las obras máximas que la violencia de la historia nos niega. Sin embargo, mimetizados también entre los resplandores fúnebres que acompañan este nuevo milenio –resplandores que nos hemos empeñado en llamar progreso- de tanto en tanto, como si sus mismos sonidos viniesen sobreviviendo desde un tiempo indiscernible, todavía es posible escuchar las notas de una piedad que se niega a apagarse sin antes haber marcado sobre nuestros rostros –y quizás para una nueva sobrevivencia- el rictus de su compasión y de su misterio. Duramente entonces, levantando una vez más las caras aplastadas contra los granulosos pavimentos, a esa piedad por cada detalle del mundo es a lo que llamamos el Poema.

    Pero el lenguaje agoniza y esos poemas son nuestros poemas muertos. El papel entonces del poeta contemporáneo es cargar con sus poemas muertos y nuevamente es una imagen: la de miles y miles de figuras que desde distintos lugares avanzan a trastabillones entre los bocinazos de los automóviles, entre el ensordecedor ruido de los mass media, entre las rutilantes imágenes de la publicidad, cargando con los bultos de sus poemas muertos para dejarlos en una playa que tal vez esté o no esté, frente a las orillas de un mar que estará o no estará, y regresar una y otra vez con esas cargas muertas en las espaldas mientras alguien desde las murallas de una ciudad eternamente sitiada y eternamente destruida, alguien causante de todas las desgracias y por ende de todos los cantos, los observa describiéndoselos a un Príamo también imposible, fantasma entre los fantasmas, que la toma por los hombres arropándola.

    Son miles de siluetas que avanzan sobre la playa a duras penas: uno de ellos es un Homero negro de una diminuta isla del Caribe, otro es un joven mexicano de Tabasco y a su lado un peruano que vive en Arequipa, el más anciano es Parra, hay otros que vienen de Irlanda y de África, otros de regiones montañosas y sangrientas, Albania, que cantan las sagas de guerreros ciegos montados sobre corceles ciegos que rodean atacando con sus lanzas a un rey muerto que llora porque no puede levantarse de su tumba para enfrentarse a ellos, otro soy yo, y avanzamos en silencio dejando nuestros propios despojos allí cruzándonos con los que regresan para volver a buscar sus nuevos restos. Ese es el radical exilio de la poesía y el silencio que rodea en nuestra época a los grandes poemas, a los grandes poemas muertos que hoy continúan escribiéndose, no hace sino reiterar esa agonía general de las lenguas donde la poesía es el arte más frágil porque es lo primero que muere con las palabras que mueren, pero que también es el más poderoso porque es el único que puede levantar desde su muerte la imagen interminablemente borrosa de otra playa. De otra orilla que de nuevo puede estar o puede no estar y donde otros seres, también difusos e improbables, miran dibujarse sobre el cielo los mismos rostros que sobrevivieron sólo por el amor en nuestra memoria. Esos otros que quizás estén o no estén al otro lado, en la playa de un mar que tal vez exista o no exista, que quizás respondan o no respondan, que quizás ensayen las exequias de los poemas muertos o que quizás no las ensayen, es también a lo que desde aquí podemos llamar el Lector.

    Imaginamos entonces un rey muerto que llora porque no se puede levantar para defenderse porque en rigor, la belleza de nuestros poemas muertos radica sólo en el hecho de que nos libera de la tarea de tener que comprobar que esos bultos que vamos dejando en esa playa improbable somos nosotros. Más aún, que si los poemas existen es porque un cúmulo incesante de conmociones inútiles nos ha puesto en la encrucijada de elegir entre simulacros, entre sombras de sombras y de escenas repetidas hasta la extenuación como si el mundo no fuese más que una serie de borradores y de intentos porque la obra, la definitiva, está en el mejor de los casos escrita desde siempre en un par de lugares comunes y, en el peor, en las exigencias de un evangelio que jamás podremos cumplir. Más allá de la típica arrogancia de los indefensos, los poetas eligen ser la humildad de ese lugar común que significa que sólo de vidas a medias, de pasiones sofocadas por pudor, puede levantarse la fulguración de una Beatriz, de la sombra de una Helena sobre las murallas eternamente destruidas y de la nada. Escribir es la constatación simple de esa persistencia. En sus pasiones contrahechas y anónimas también millones de millones saben que su devoción es el rasgo que le da la eternidad a la tierra, pero sólo ellos lo saben, por eso sueñan y ensayan conversaciones impresionantes antes de dormirse con seres lejanos en diálogos siempre perfectos, donde los amores imposibles o las barreras de la distancia o de la muerte dejan de ser vallas infranqueables. Pero hemos leído eso, ya lo hemos escuchado: está en el más grande poema de la soledad. Ese poema nos narra una playa y luego la frase de un posible comienzo. Es el comienzo del Purgatorio. He imaginado esa playa y luego el monte, he escuchado ese “Que renazca la muerta poesía”.

    A esa playa posible o imposible es a lo que me refería. Pero en verdad no hay misterios porque todos podemos comprender, en alguna parte de nosotros mismos, el amor que muere. Todo ser humano experimenta lo más cercano a su propia muerte cuando un ser por él adorado muere. La crónica cuenta que Dante vio dos veces fugazmente a Beatriz y son también dos caras que se miran desde las ventanas de dos trenes que van en sentido contrario detenidos por un instante en una estación de metro. Ese cruce de miradas es el tema de la Divina Comedia. Todo lo demás es especulación, equívoco, crítica literaria. Todos escribimos en un instante algo tan vasto como el poema dantesco cuando nos miramos con el otro. Todos cruzamos el Infierno cuando el otro se muere. Todos imaginamos un Purgatorio donde seremos exculpados del pecado inexcusable de la soledad, todos volvemos al Paraíso cuando imaginamos que esa cara muerta ha vuelto para hablar con nosotros, para decirnos lo que siempre quisimos oír y que no nos fue dicho.

    Esas son las caras que he imaginado dibujándose sobre el cielo. Emergerán o no emergerán entonces los nuevos seres que desde la playa de otro Purgatorio sentenciarán o no sentenciarán el renacimiento de la muerta poesía. De una nueva belleza que recogiéndose desde el fondo de algo que también somos nosotros mismos, nos haga ver la arrasadora plenitud de esta tierra que nunca nos ha necesitado. Que no necesitaba un ápice de nuestra violencia ni de nuestra maravilla. Pero si hablamos de la tierra, de los paisajes, de las obras instaladas en ellas, de lo que se está hablando es de la certeza de que en una sola imagen de los nevados, del Pacífico o de los desiertos: Atacama, Sonora, está contenida más alma –más alma humana- que todas las construcciones que pueda exhibirnos la historia. Los dibujos sobre el cielo, los rostros que imagino tendidos de lado a lado del horizonte nos mostrarían ese hondor de nosotros mismos donde la pasión que erigió las cordilleras, las grandes costas, las rompientes, es la misma que levantamos nosotros al ejercer el sueño, el dolor y el abrazo. Es nuevamente la dimensión americana. Y es entonces cuando las veo, cuando veo cada silueta dibujada, cada detalle, cada cara recortándose sobre el cielo e imagino entonces que si la cordillera de los Andes existe es porque es la cordillera de la compasión, que si el Pacífico existe es porque es el Pacífico de la piedad. En uno de los ángulos del Juicio Final, Miguel Ángel pintó su propio rostro como un pellejo vacío, como una máscara de piel. Lo que pintó en realidad fue una condena: arrasados de amor y de las futuras miserias los artistas que vendrán deberán retomar ese cuero seco, inyectarle de nuevo sus facciones y tenderlo sobre el horizonte para que todos los rostros vacíos de esta tierra vuelvan a mirar el cielo recuperado de sus rasgos.

    Decía que es un sueño y no, en el tiempo de la agonía del lenguaje y de la absoluta supremacía de la superficie, el autorretrato vaciado de Miguel Ángel representa una profecía cumplida y al mismo tiempo un posible vislumbre del por qué de la sobrevivencia de la poesía. La imagen es dura: ella morirá y morirá y morirá incesantes veces porque mientras haya un solo ser humano que sufra la poesía continuará siendo el arte del futuro. Y es posible, porque el fin y al cabo es el mismo sueño y la misma locura: la furia del amor golpeando las piedras, la que esculpió las cordilleras, el mar y el deseo humano. El deseo de ver las caras de todos los que amas retratados sobre el horizonte. Luego vendrá la noche y quizás las estrellas.

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Raúl Zurita (Santiago de Chile, 1950). En Proyecto Patrimonio. 

lunes, 11 de abril de 2022

hilde domin / ¿para qué la lírica hoy? (extractos)


    ¿Para qué la lírica hoy? ¿Para qué hemos de leer lírica, para qué escribimos poemas? ¿Hoy? Si se pregunta así, entonces casi se pregunta ya "aún hoy"? Como si en todo caso ayer hubiera tenido sentido lo que hoy requiere disculpa. 

    Dos respuestas extremas se presentan de inmediato; las dos negativas. La primera rechaza la pregunta: aquí no hay un "para qué". La lírica, como todo arte, es fin en sí mismo. Hoy y siempre. Pero precisamente de eso se trata: todo lo que en verdad importa es fin en sí mismo, es decir, inútil e irrenunciable a la vez. Y hoy tal vez más irrenunciable que nunca. También la lírica. Aquí se trata de la demostración de esta irrenunciabilidad, dela investigación de lo que se quiere decir con ello. 

    La segunda respuesta rechaza el asunto: en una época como la nuestra se debe hacer algo más útil, se debe "modificar" la realidad. Pero el arte no modifica la realidad. Es mejor estudiar la parte política de los periódicos leer o escribir poemas. Lo que cual no sólo no es una alternativa auténtica sino que, en el fondo, solamente asume nuevamente la comprobación de Adorno, muy trajinada -y desde hace tiempo retractada-, de que la lírica se ha vuelto imposible después de Auschwitz. Por lo tanto que la lírica no puede satisfacer la realidad justamente de esta época.

    Repito la pregunta más concretamente: ¿tiene la lírica todavía una función dentro de la realidad de nuestra vida moderna? Y si esto es así, ¿cuál? 

    Así formulada, el tema es entonces: Poesía y realidad, o también: Poesía y libertad.

    Pero tan pronto como se pregunte por la lírica como ejercicio en el uso de la libertad, la pregunta se encuentra ya muy cerca de la otra, de la pregunta por la transformación de la realidad. Pues, a diferencia del arte, la transformación de la sociedad no es en modo alguno una finalidad en sí, ella está al servicio de la posible libertad del hombre, de su ser humano. O ella es indiferente. En ese sentido, las dos preguntas se mueven en torno a un eje común. En todo caso se trata de la realidad. Cito a Joyce, quien anunció su decisión de dedicarse a escribir con estas palabras: "Voy por millonésima vez al encuentro de la realidad de la experiencia". Tan pérfida como la realidad que hoy experimentamos no fue nunca la realidad. Amenaza destruir la relación recíproca entre ella y nosotros, borrarnos de una o de otra manera. El peligro más sutil parece ser casi el más inquietante: lo hay y no lo hay. Todos hablan de él. Nadie lo refiere a sí mismo. Como si fuera un resfriado que tienen los otros y al que uno mismo es inmune. El peligro se llama "cosificación", metamorfosis en cosa, en algo manipulable: pérdida de nosotros mismos.

    ¿Puede ayudarnos la lírica a enfrentarnos con una tal realidad?

    Creo que Hegel no tenía razón con el pronóstico de que la ciencia puede sustituir y sustituirá al poeta. Y que sería mucho más que sólo el fin de la poesía si él tuviera razón. En este con-texto no puede hablarse de todos modos del científico de la naturaleza. Él "transforma" la realidad en sentido literal; más s que el político, crea las condiciones bajo las que se vive la vida. La realidad que crean la ciencia natural y la técnica es, empero, sólo el "cómo" de nuestro "que". Ella es condición previa. Ella no es la vida misma (o al menos todavía no lo es).

    (...)

    La lírica nos invita al encuentro más sencillo y más difícil de todos los encuentros: al encuentro con nosotros mismos.

    (...)

    El poema, que se ha independizado, es pues una especie de objeto que "necesitan" los otros, es decir, que ellos requieren y del también se pueden servir. Se ha dicho que el poema es un artículo de uso como cualquier otro. Enzensberger adjuntó a su segundo libro de poemas Landessprache una indicación para su uso ("Instrucción de uso para lectores intrépidos"), con lo cual sólo sigue el Hanspostille de Brecht, que había provisto ya en 1927 con una "Instrucción para el uso de las diferentes lecciones". También poetas norteamericanos modernos como William Carlos Williams se han referido al poema como "artículo de uso", y yo lo hago igualmente. Con una diferencia: el poema, creo, es un artículo de uso de tipo peculiar. Se utiliza, pero no se con-sume como otros artículos de uso, en los que todo utilizar encierra en sí el consumo o agotamiento. Al contrario, es una de aquellas "cosas" que como el cuerpo de los amantes florecen y crecen propiamente en la no conservación. Experiencias configuradas nuevamente, asociaciones que devienen disponibles incrementan al poema incesantemente y lo multiplican, lo profundizan y lo amplían, según las necesidades de sus usuarios. De ahí que el poema sea un "artículo mágico de uso", algo así como un zapato que se acomoda a cada pie, sin el que no podría seguir el camino hacia lo intransitable, el camino hacia aquellos momentos en los que el hombre es realmente idéntico consigo mismo. Algo que precisamente no es en la vida cotidiana. Pues la esencia de la funcionalización consiste en que se pierde la identidad, en que el hombre se convierte en el "punto de reunión de sus funciones". Tanto más importante, tanto más indispensable es entonces aquel objeto mágico, aquel ¡ábrete Sésamo! que es la lírica.

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Hilde Domin (Colonia, 1909-Heidelberg, 2006). En: El poeta y su trabajo, no. 16, verano 2004. Traducción de Juan Fabers.

lunes, 4 de abril de 2022

jack kerouac / ¿los escritores nacen o se hacen?


    Los escritores se hacen, porque cualquiera que no sea analfabeto puede escribir. Sin embargo, los genios del arte de escribir como Melville, Whitman o Thoreau nacen. Examinemos la palabra "genio". No significa ni locura ni excentricidad ni "talento" excesivo. Está derivada del ruido latino gignere (engendrar) y un genio es simplemente una persona que origina algo nunca antes visto. Nadie, salvo Melville pudo escribir Moby Dick, ni siquiera Whitman o Shakespeare. Nadie, salvo Whitman pudo concebir, originar y escribir Hojas de Hierba. Whitman nació para escribir Hojas de Hierba y Melville nació para escribir Moby Dick. No es lo que haces, dijeron Sy Oliver y James Young, sino es la forma en que lo haces. Cinco mil aprendices de escritor que han estudiado las lecturas obligatorias pueden echar mano a la leyenda de Fausto, sin embargo solo un Marlowe nació para hacerlo en la forma en que lo hizo. 

    Siempre me río cuando escucho a esos sabelotodos de Broadway hablar sobre "talento" y "genio". Algún perfecto virtuoso que pueda interpretar a Brahms en el violín es llamado "genio", pero el genio, como fuerza creadora, realmente pertenece a Brahms. El violinista virtuoso es un simple intérprete talentoso, en otras palabras, un talento. O habrás escuchado a la gente decir el fulano de tal es un "escritor mayor" debido a su "tremendo talento". No hay escritor mayor sin genio original. Artistas de genio, como Jackson Pollock, han pintado cosas que nunca antes habían sido vistas. Alguien que haya visto su Samapattis de color no tiene derecho a criticar su "método delirante" de goteo, salpicadura y baile alrededor del lienzo. 

    Tomemos el caso de James Joyce. Mucha gente dijo que él "desperdició" su "talento" en el estilo de corriente de la consciencia, cuando en realidad él nació para darle origen. ¿Quién querría gastar los últimos años de su vida leyendo libros sobre la vida contemporánea, escritos en el estilo pre-joyceano, digamos Ruskin o William Dean Howells o Taine? Algunos genios caminan a pasos agigantados y marchan solemnemente al futuro como Dreiser, sin embargo, nadie escribió mejor sobre esa América como él lo hizo. Los genios pueden resplandecer o pueden ser sombríos, pero tienen esa inescapable pena profunda que los hace brillar a través de la originalidad. 

    Joyce fue insultado toda su vida por prácticamente toda Irlanda y el mundo por ser un genio. Algunos idiotas del Celtic Twilight (Renacimiento literario irlandés) le concedieron que tenía un poco de talento. ¿Qué más podían decir, desde que ellos empezaron a imitarlo? Pero cinco mil aprendices de escritor, de nivel universitario, podían echar mano a ese día de junio en el Dublín de 1904, o en uno de sus sueños, y nunca lo harían como Joyce lo hizo. Él simplemente nació para hacerlo. Por otra parte, si esos cinco mil "aprendices" de escritor con formación, junto a Joyce, echaran mano a una especie de artículo de Reader's Digest sobre "Claves para vacacionar" o "Consejos para maestrear", creo que Joyce aún así sacaría ventaja de su originalidad nata para trabajar el lenguaje. Tengamos en mente lo que Sinclair Lewis le dijo a Thomas Wolfe: "Si Thomas Hardy hubiera firmado un contrato para escribir cuentos para el Saturday Evening Post, ¿crees que habría escrito Zane Grey o como Thomas Hardy? Conozco la respuesta a eso. Él habría escrito como Thomas Hardy. Él no podría haber escrito como nadie más que Thomas Hardy, Él podría haberse quedado en la escritura de Thomas Hardy, mientras él escribía para el Saturday Evening Post o el Captain Billy's Whiz-bang".

    Por lo tanto, cuando se hace la pregunta "¿los escritores nacen o se hacen?", uno, antes que todo, debiera preguntar: "¿Te refieres a los escritores con talento o a los escritores con originalidad?" Porque cualquiera podría escribir, pero no cualquiera inventa nuevas formas de escritura. Gertrude Stein inventó una nueva forma de escritura y sus imitadores solo tienen "talento". Hemingway más tarde también inventó su propia forma. El criterio para juzgar talento o genio es efímero, para hablar racionalmente en este mundo de gráficos, pero uno tiene una sensación bien definitiva cuando un escritor de genio lo maravilla mediante los golpes de fuerza que nunca antes vio y mediante lo encantadoramente familiar (el famoso "shock de reconocimiento" de Wilson). Tengo ese sentimiento de Por el camino de Swann e Hijos y amantes. No me ocurre con Colette, pero sí con Dickinson. Me ocurre con Céline, pero no con Camus. Me ocurre con Hemingway, pero no con Raymond Chandler, salvo cuando escribe realmente en serio. Me ocurre con el Balzac de La Prima Bette, pero no con Pierre Loti. Y así sucesivamente.

    Lo principal a recordar es que el talento imita al genio, porque no hay nada más que imitar. Desde que el talento no puede originarse, tiene que imitarse o interpretarse. La poesía en la página 2 del New York Times, con todas sus "alas silentes de urgencia en un bosque oscuro y recóndito" y otros gorjeos lapidarios, no es sino una pobre imitación de anteriores poetas de genio como Yeats, Dickinson, Apollinaire, Donne, Suckling...

    El genio hace nacer, el talento entrega. Lo que Rembrandt o Van Gogh vieron en la noche no podrá ser visto otra vez. Ninguna rana podrá saltar en el estanque como la rana de Basho. Los escritores natos del futuro están maravillados ya con lo que están viendo, lo que veremos por primera vez en un tiempo y entonces, veremos como serán imitados, tantas veces, por escritores hechos.

    En el caso de un escritor nato, el genio está implicado en la formación original de un nuevo estilo. Si bien es cierto que la lengua de Kyd es isabelina en términos históricos, la lengua de Shakespeare puede ser, en realidad, solo llamada shakesperiana. Suele pasar que el creador de una nueva forma de lenguaje es llamado "pretencioso" por talentos egoístas. Pero no es lo que escribes, sino la forma en que lo haces.

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Jack Kerouac (Lowell, 1922-St. Petersburg, 1969) "Are Writers Born or Made?" En del mismo, Good Blonde & Others. San Francisco: Grey Fox Press, 1993. Traducción de Nicolás López-Pérez. La costura del propio códex.