lunes, 15 de agosto de 2022

vladimir nabokov / el arte de la literatura y el sentido común


    A veces, en el curso de los acontecimientos, cuando el flujo del tiempo se convierte en un torrente fangoso y la historia inunda nuestros sótanos, las personas serias tienden a reconocer una correlación entre el escritor y la comunidad nacional o universal; y los mismos escritores empiezan a preocuparse por sus obligaciones. Me refiero al escritor en abstracto. Aquellos que podemos imaginar concretamente, sobre todo los de cierta edad, están demasiado pagados de su talento o demasiado resignados a la mediocridad para interesarse por las obligaciones. Ven muy claramente, a media distancia, lo que el destino les promete: la hornacina de mármol o el nicho de yeso. Pero tomemos a un escritor que sí se asombra y se preocupa. ¿Saldrá de su concha para inspeccionar el cielo? ¿Y sus dotes de mando? ¿Tendrá, debería, tener, don de gentes?

    Es conveniente, por numerosos motivos, mezclarse de cuando en cuando con la multitud, y debe de ser bastante tonto o miope el autor que renuncia a los tesoros de la observación, el humor y la compasión, cualidades que el autor puede adquirir profesionalmente manteniendo un estrecho contacto con sus semejantes. Además, para esos autores desorientados que andan buscando a tientas temas morbosos, puede ser una buena cura, dejarse seducir por la apacible normalidad de sus pueblecitos natales, o conversar en apostrófico dialecto con los recios hombres del terruño, suponiendo que existen. Pero en general, yo recomendaría la muy denigrada torre de marfil, no como prisión del escritor sino sólo como dirección estable, provista naturalmente de teléfono y ascensor por si a uno le apetece bajar un momento a comprar el periódico de la tarde o pedirle a un amigo que suba a jugar una partida de ajedrez, cosa ésta sugerida en cierto modo por la forma y la textura de la morada. Es un lugar fresco y agradable, con un inmenso panorama circular, y cantidades de libros y de aparatos prácticos. Pero antes de construirse uno su torre de marfil debe tomarse la inevitable molestia de matar algunos elefantes. El precioso ejemplar que pretendo capturar para beneficio de aquellos que pueden estar interesados en ver cómo se hace es, casualmente, una increíble mezcla de elefante y de caballo. Se llama: sentido común.
En el otoño de 1811, Noah Webster, abriéndose paso decididamente entre los de grado C, definió el sentido común como «un sentido corriente bueno y saludable… exento de prejuicios emocionales o de sutilezas intelectuales… el sentido de los caballos». Es una opinión bastante halagadora para el animal, ya que la biografía del sentido común constituye una lectura antipática. El sentido común ha pisoteado a varios genios bondadosos cuyos ojos se habían deleitado en el temprano rayo de una luna demasiado prematura perteneciente a una verdad demasiado prematura; el sentido común ha coceado los cuadros más encantadores porque su bienintencionada pezuña consideraba un árbol azul como una locura; el sentido común ha impulsado a feas pero poderosas naciones a aplastar a sus hermosas pero frágiles vecinas cuando éstas se aprestaban a aprovechar una ocasión, brindada por un resquicio de la historia, que habría sido ridículo no aprovechar. El sentido común es fundamentalmente inmoral; porque la moral natural de la humanidad es tan irracional como los ritos mágicos que se han ido desarrollando desde las oscuridades inmemoriales del tiempo. El sentido común, en el peor de los casos, es sentido hecho común; por tanto, todo cuanto entra en contacto con él queda devaluado. El sentido común es cuadrado mientras que las visiones y valores más esenciales de la vida tienen siempre una hermosa forma circular, son tan redondos como el universo o los ojos de un niño cuando asiste por primera vez al espectáculo del circo.

    Es instructivo pensar que no hay una sola persona en esta clase, ni en ninguna clase del mundo, que en determinado momento espacio temporal histórico no hubiese muerto allí y entonces, aquí y ahora, a manos de una mayoría con sentido común movida por una justa ira. El color del credo, la corbata, los ojos, los pensamientos, las costumbres, o la lengua de uno tropezaría indefectiblemente en algún lugar del espacio o del tiempo con la objeción fatal de una multitud que detesta ese tono particular. Y cuanto más brillante y más excepcional es el hombre, más cerca está de la hoguera. Stranger [extraño, extranjero] rima siempre con danger [peligro]. El humilde profeta, el mago en su cueva, el artista indignado, el pequeño escolar inconformista, todos comparten el mismo peligro sagrado. Y puesto que es así, bendigámosles, bendigamos al monstruo; pues en la evolución natural de los seres, el mono no se habría convertido en hombre si no hubiese aparecido un monstruo en la familia. Cualquiera cuya mente es lo bastante orgullosa como para no formarse en la disciplina lleva oculta, secreta, una bomba en el fondo del cerebro. Y sugiero, aunque sólo sea por diversión, que coja esa bomba particular y la deje caer con cautela sobre la ciudad modelo del sentido común. La explosión producirá un fulgor, y muchas cosas curiosas aparecerán bajo esa luz brillante; nuestros sentidos más raros y excelsos suplantarán durante un instante a ese personaje vulgar y dominante que atenaza a Simbad por el cuello en el combate de lucha libre entre el yo adoptado y el yo interior. Estoy haciendo una mezcla triunfal de metáforas, pues ésa es la razón de ser de las metáforas cuando siguen el curso de sus conexiones secretas… lo cual, desde el punto de vista del escritor, constituye el primer resultado positivo en la lucha contra el sentido común.

    La segunda victoria se produce cuando la fe irracional en la bondad del hombre (a la que esos absurdos personajes fraudulentos llamados Hechos se oponen con tanta solemnidad) se convierte en algo más que el tambaleante fundamento de las filosofías idealistas. Se convierte en una verdad sólida e iridiscente. Es decir, la bondad pasa a ser un elemento central y tangible del mundo de uno mismo, mundo que al principio resulta difícil identificar con el mundo moderno de los editores de periódicos y otros brillantes pesimistas; éstos os dirán que resulta cuando menos ilógico celebrar la supremacía del bien en una época en que algo llamado Estado policíaco, o comunismo, trata de transformar la Tierra en cinco millones de millas cuadradas plagadas de terror, estupidez y alambre de espino. Y pueden añadir que una cosa es brillar en el propio universo particular, en un confortable rincón situado en un país bien alimentado y sin minar y otra muy distinta tratar de conservar el juicio en un mundo de edificios que estallan en medio de la noche entre rugidos y aullidos. Pero en el mundo que proclamo como hogar del espíritu, con su decidida e inquebrantable falta de lógica, los dioses de la guerra son irreales. Y no lo son porque estén físicamente lejos de la realidad de una lámpara de lectura y la solidez de una estilográfica, sino porque no consigo imaginar (y eso es decir mucho) que tales circunstancias puedan incidir en un mundo hermoso y encantador que sigue su curso con placidez, mientras que sí puedo imaginar muy bien que mis compañeros de sueños, los miles que vagan por la tierra, siguen estas mismas normas irracionales y divinas en las horas más tenebrosas y deslumbrantes de peligro físico, de dolor, de polvo y de muerte.

    ¿Qué representan exactamente estas normas irracionales? Representan la supremacía del detalle sobre lo general, de la parte que está más viva que el todo, de lo pequeño que el hombre observa y saluda con un amable gesto de su espíritu mientras la multitud a su alrededor es arrastrada por un impulso común hacia un objetivo común. Yo me descubro ante el héroe que se lanza al interior de una casa en llamas y salva al hijo de su vecino; pero le estrecharé la mano si arriesga cinco preciosos segundos en buscar y salvar, junto con el niño, su juguete favorito. Recuerdo una historieta en la que un deshollinador se caía del tejado de un edificio alto, observaba en su caída un cartel con una palabra mal escrita, y mientras caía se iba preguntando por qué a nadie se le había ocurrido corregirla. En cierto modo, todos estamos sufriendo una caída mortal desde lo alto de nuestro nacimiento a las losas del cementerio, y nos vamos maravillando con la inmortal Alicia ante los dibujos de la pared. Esta capacidad de asombro ante fruslerías —sin importarnos la inminencia del peligro—, estos apartes del espíritu, estas notas a pie de página del libro de la vida, son las formas más elevadas de la conciencia; y es allí, en este estado mental infantil y especulativo, tan distinto del sentido común y de la lógica, en donde sabemos que el mundo es bueno.

    En este mundo divino y absurdo de la mente no prosperan los símbolos matemáticos. Su interacción, por muy delicada y obediente que sea imitando las circunvoluciones de nuestros sueños y los quanta de nuestras asociaciones mentales, no puede expresar una realidad totalmente extraña a su naturaleza, en particular si tenemos en cuenta que el principal placer de la mente creadora es el predominio concedido a un detalle incongruente en apariencia sobre una generalización aparentemente dominante. Una vez rechazado el sentido común junto con su máquina calculadora, los números dejan de turbar la mente. La estadística nos da la espalda y, ofendida, nos deja. Dos y dos ya no son cuatro porque ya no hace falta que sumen cuatro. Si sumaban cuatro en el mundo lógico y artificial que hemos dejado, se debía a una mera cuestión de hábito: dos y dos solían sumar cuatro de la misma manera que los invitados a una cena esperan sumar número par. Pero yo invito a los míos a un picnic al tuntún y a nadie le preocupa si dos y dos son cinco o cinco menos algo. En determinada etapa de su desarrollo, el hombre inventó la aritmética con el fin puramente práctico de conseguir algún tipo de orden humano en un mundo gobernado por dioses que, sin que el hombre pudiera evitarlo, devastaban sus sumas cuando se les antojaba. Aceptó ese inevitable indeterminismo llamado magia que ellos introducían de vez en cuando y procedían con serenidad, a contar las pieles que había trocado en rayas de tiza sobre la pared de su cueva. Puede que se entrometiesen los dioses; pero al menos él estaba decidido a seguir un sistema que había inventado con el propósito expreso de seguirlo.

    Luego, al transcurrir los miles de siglos, retirarse los dioses con una jubilación más o menos adecuada, y volverse los cálculos humanos cada vez más acrobáticos, las matemáticas trascendieron su estado inicial y se convirtieron, por así decir, en parte natural del mundo al que meramente se habían aplicado. En vez de basar los números en ciertos fenómenos en los que encajaban por azar, porque nosotros mismos encajábamos en las estructuras que percibíamos, el mundo entero se fue basando gradualmente en los números, y nadie parece sorprenderse ante el extraño hecho de que la red exterior se haya convertido en esqueleto interior. En efecto, excavando un poco más profundamente en cierta región próxima a la cintura de Sudamérica un afortunado geólogo puede descubrir un día, al chocar su pala contra un metal, el fleje del ecuador. Hay una especie de mariposa en cuyas alas posteriores una gran mancha redonda imita una gota de líquido con tan misteriosa perfección que la raya que cruza el ala se desvía ligeramente al atravesarla; esta parte de la raya parece desviarse por refracción, como si se tratase de una auténtica gota globular y estuviésemos viendo dicha raya a través de ese líquido. A la luz de la extraña metamorfosis experimentada por las ciencias exactas desde lo objetivo a lo subjetivo, ¿qué puede impedirnos suponer que un día cayó una gota de verdad, y que se ha conservado de alguna manera, filogenéticamente, como lunar? Pero quizá la consecuencia más divertida de nuestra extravagante creencia en el ser orgánico de las matemáticas es la manifestada hace unos años, cuando a un astrónomo decidido e ingenioso se le ocurrió atraer la atención de los habitantes de Marte, si los había, trazando unas líneas luminosas de varias millas de longitud, de manera que formasen algún teorema geométrico, con idea de que, al comprobar nuestros conocimientos sobre el comportamiento de los triángulos, los marcianos concluirían que era posible establecer contacto con los ¡oh inteligentes telúricos!

    Llegados a este punto, el sentido común vuelve furtivamente para susurrar con voz ronca que, me guste o no, un planeta y un planeta hacen dos planetas, y que cien dólares son más que cincuenta. Si yo replico que tal vez el otro planeta resulte ser un doble, o que como es sabido, una cosa llamada inflación puede hacer que cien sea menos que diez en espacio de una noche, el sentido común me acusará de sustituir lo concreto por lo abstracto. Sin embargo, este último es otro de los fenómenos esenciales del mundo que os invito a examinar.

    He dicho que este mundo era bueno; y la «bondad» es algo irracionalmente concreto. Desde el punto de vista del sentido común, la «bondad» de un alimento, pongamos por caso, es tan abstracta como su «maldad», ya que el sano juicio no puede percibir estas cualidades como objetos tangibles y completos. Pero cuando realizamos ese giro mental necesario, que es como aprender a nadar o hacer cambiar súbitamente la trayectoria de una pelota, nos damos cuenta de que la «bondad» es algo redondo y cremoso y hermoso y sonrosado, algo con delantal limpio y cálidos brazos desnudos que nos ha criado y nos ha dado consuelo; algo, en una palabra, tan real como el pan o la fruta aludidos en el anuncio; los mejores anuncios son ideados por individuos astutos, conocedores de los métodos que ponen en marcha los cohetes de la imaginación; su saber es el sentido común, comercial, utilizan los instrumentos de la percepción irracional para fines totalmente racionales.

    En cambio, la «maldad» es una desconocida para nuestro mundo interior; se sustrae a nuestra comprensión; la «maldad» es en realidad carencia de algo, más que una presencia nociva; y al ser abstracta e incorpórea, no ocupa un espacio real en nuestro mundo interior. Los criminales son por lo general personas sin imaginación, ya que si ésta se hubiera desarrollado, aunque fuera siguiendo la mediocre trayectoria trazada por el sentido común, les habría impedido hacer el mal revelando sus ojos mentales el grabado de unas esposas; por otra parte, la imaginación creadora les habría inducido a buscar una salida en la ficción y a hacer que los personajes de sus libros realizasen de forma más completa y profunda lo que ellos sólo podrían hacer en forma de chapucería en la vida real. Faltos de verdadera imaginación, se conforman con banalidades imbéciles tales como verse conduciendo por Los Angeles un fastuoso coche robado al lado de la rubia fastuosa que les ha ayudado a destripar al dueño. Sin duda, esta realidad puede convertirse en arte cuando la pluma del escritor conecta las corrientes necesarias; pero, en sí mismo, el crimen es el triunfo de la vulgaridad, y cuanto más éxito tiene, tanto más idiota parece. Jamás admitiré que el oficio del escritor consista en mejorar la moral de su país, en señalar ideales elevados desde las enormes alturas de una tribuna callejera, administrar los primeros auxilios escribiendo libros de segunda categoría. El púlpito del escritor está peligrosamente cerca de la novela barata, y lo que los críticos llaman novela fuerte es generalmente un penoso montón de lugares comunes o un castillo de arena en una playa populosa: y no hay nada más triste que ver deshacerse su foso fangoso cuando se han ido los domingueros y las frías olas empiezan a roer las arenas solitarias.

    Hay, no obstante, una mejora que, sin querer, todo auténtico escritor aporta al mundo que le rodea. Cosas que el sentido común tacharía de banalidades insustanciales o exageraciones grotescas e irrelevantes; la mente creadora las utiliza de tal forma que vuelve absurda la iniquidad. El convertir al malo en bufón no es objetivo prefijado en vuestro auténtico escritor: el crimen es una farsa lastimosa tanto si el recalcarlo ayuda a la comunidad como si no; por lo general sí ayuda, pero ése no es el objetivo directo o el deber del autor. El guiño del autor al advertir el labio colgante e imbécil del asesino, o al observar el dedo índice rechoncho de un tirano profesional explorando un agujero productivo de la nariz en la soledad de su suntuoso dormitorio, ese guiño castiga a vuestro hombre más certeramente que la pistola de un conspirador solapado. Y viceversa, no hay nada más odioso para los dictadores que un resplandor inatacable, eternamente inaprensible, eternamente provocativo. Una de las principales razones por las que el valeroso poeta ruso Gumilev fue asesinado por los rufianes de Lenin hace treinta y pico años es que durante toda la dura prueba, en las oscuras oficinas del fiscal, en la cámara de tortura, en los tortuosos corredores que conducían al furgón, en el furgón que le llevó al lugar de ejecución, y en ese sitio mismo, con la tierra revuelta por los pies pesados de un pelotón sombrío y desmañado, el poeta no dejó de sonreír.

    Que la vida humana no es sino la primera entrega de un alma seriada y que el secreto de uno no se pierde en el proceso de la disolución terrenal, es algo más que una conjetura optimista, e incluso más que una cuestión de fe religiosa, si tenemos en cuenta que sólo el sentido común excluye la inmortalidad. Un escritor creador —creador en el sentido particular que estoy intentando explicar— no puede por menos de sentir que al rechazar el mundo de lo práctico, al tomar partido por lo irracional, lo ilógico, lo inexplicable y lo fundamentalmente bueno, está haciendo algo parecido, aunque con medios rudimentarios bajo los cielos nublados del planeta gris Venus.

    El sentido común me interrumpirá en este momento para advertirme que una mayor intensificación de tales fantasías puede conducir a la más completa locura. Pero eso sólo ocurre cuando la exageración morbosa de tales fantasías no enlaza con la obra deliberada y fría del artista creador. Un loco es reacio a mirarse en el espejo porque el rostro que ve no es el suyo: su personalidad está decapitada; la del artista, en cambio, está incrementada. La locura no es más que el sentido común un poco enfermo, mientras que el genio es la mayor cordura del espíritu; y el criminólogo Lombroso, cuando trató de descubrir las afinidades entre el loco y el artista, se embarulló al no percibir las diferencias anatómicas entre obsesión e inspiración, entre un murciélago y un pájaro, una ramita seca y un insecto en forma de rama. Los lunáticos son lunáticos porque han desmembrado, de forma completa y temeraria, el mundo que nos es familiar; pero no tienen o han perdido el poder necesario para crear un mundo nuevo tan armonioso como el anterior. El artista, en cambio, desconecta lo que quiere, y al hacerlo es consciente de que una parte de sí mismo conoce el resultado final. Cuando examina su obra terminada se da cuenta de que, cualquiera que sea la lucubración inconsciente implícita en su inmersión creadora, el resultado final es consecuencia de un plan preciso que estaba contenido en el shock inicial, como se dice que el desarrollo futuro del ser vivo está contenido en los genes de su célula germinal.

    El paso del estadio disociativo al asociativo está marcado por una especie de estremecimiento espiritual que en inglés se denomina a grosso modo inspiration. Un transeúnte silba una tonada en el momento exacto en que observamos el reflejo de una rama en un charco que a su vez, y simultáneamente, nos despierta el recuerdo de una mezcla de hojas verdes y húmedas y una algarabía de pájaros en algún viejo jardín y el viejo amigo, muerto hace tiempo, emerge súbitamente del pasado sonriendo y cerrando su paraguas mojado. La escena sólo dura un radiante segundo, y la sucesión de impresiones e imágenes es tan vertiginosa que no podemos averiguar las leyes exactas que rigen su reconocimiento, formación y fusión —por qué este charco y no otro, por qué este sonido y no otro—, ni la precisión con que se relacionan todas esas partes; es como un rompecabezas que, en un solo instante, se ensambla en nuestro cerebro, sin que el cerebro llegue a darse cuenta de cómo y por qué encajan las piezas; en ese momento, una sensación de magia nos estremece, experimentamos una resurrección interior, como si reviviese un muerto en virtud de una pócima centelleante mezclada a toda velocidad en nuestra presencia. Esta impresión se encuentra en la base de la llamada inspiración, ese estado tan condenable para el sentido común. Pues el sentido común subrayará que la vida en la tierra, desde el percebe al ganso, desde la lombriz más humilde a la mujer más bonita, surgió de un limo carbonoso coloidal activado por fermentos, al tiempo que la tierra se iba enfriando servicialmente. Puede que la sangre sea el mar silúrico en nuestras venas, y estamos dispuestos a aceptar la evolución al menos como fórmula modal. Puede que los ratones del profesor Pavlov y las ratas giratorias del doctor Griffith deleiten a las mentes prácticas; y puede que la ameba artificial de Rhumbler llegue a ser una mascota preciosa. Pero repito, una cosa es tratar de averiguar los vínculos y etapas de la vida, y otra muy distinta tratar de comprender la vida y el fenómeno de la inspiración.

    El ejemplo que he puesto —la tonada, las hojas, la lluvia— supone un tipo de emoción relativamente simple. Es una experiencia familiar a muchas personas que no necesariamente son escritores; otros, sin embargo, no se molestan en observarla. En el ejemplo, la memoria desempeña un papel esencial, aunque inconsciente, y todo depende de la perfecta fusión del pasado y el presente. La inspiración del genio añade un tercer ingrediente: el pasado, el presente y el futuro (nuestro libro) se unen en un fogonazo repentino; de este modo percibimos el círculo entero del tiempo, que es otra forma de decir que el tiempo deja de existir. Sentimos a la vez que el universo entero penetra en nosotros y que nosotros mismos nos disolvemos en el universo que nos envuelve.

    El muro de la prisión del ego se desmorona de repente, y el no-ego irrumpe desde el exterior para salvar al prisionero… que danza ya en el aire libre.

    La lengua rusa, aunque relativamente pobre en términos abstractos, define dos tipos de inspiración: vostorg y vdokhnovenie, que pueden parafrasearse como «rapto» y «recuperación». La diferencia entre una y otra es sobre todo de intensidad; la primera es breve y apasionada, la segunda fría y sostenida. Hasta ahora me he estado refiriendo a la pura llama del vostorg, al rapto inicial, que no se propone ningún objetivo consciente pero que es importantísimo a la hora de conectar la disolución del viejo mundo con la construcción del nuevo. Cuando llega el momento y el escritor se pone a escribir su libro, confiará en la segunda y serena clase de inspiración, en la vdokhnovenie, compañera fiel, que ayuda a recuperar y reconstruir el mundo.

    La fuerza y la originalidad implícitas en el primer espasmo de inspiración son directamente proporcionales al valor del libro que el autor escribirá. En el extremo inferior de la escala un escritor de segunda fila puede experimentar un ligero estremecimiento al observar, digamos, la íntima conexión entre la chimenea humeante de una fábrica, un lilo desmedrado en el patio, y un niño de cara pálida; pero la combinación es tan simple, el triple símbolo tan evidente, el puente entre las tres imágenes tan gastado por los pies de los peregrinos literarios y por las carretas de las ideas estereotipadas, y el mundo que surge de esa interrelación es tan parecido al normal y corriente, que la obra de ficción puesta en marcha tendrá necesariamente un valor modesto. Por otro lado, no pretendo insinuar que el impulso inicial de una gran obra sea siempre consecuencia de algo visto, oído, olido, gustado o tocado por un artista de pelos largos durante sus vagabundeos sin rumbo. Aunque no debe desdeñarse el cultivo del arte de trazar en uno mismo súbitamente diseños armoniosos con hebras muy separadas, y aunque, como en el caso de Marcel Proust, la idea actual de una novela puede surgir de sensaciones tales como la de notar cómo se deshace una magdalena en el paladar o de un enlosado desigual bajo nuestros pies, sería precipitado concluir que la creación de todas las novelas ha de tener como base una especie de experiencia física glorificada. El impulso inicial puede revelar tantos aspectos como talentos y temperamentos existentes; puede ser la serie acumulada de varios shocks prácticamente inconscientes o una combinación inspirada de varias ideas abstractas sin un fondo físico definido. Pero de una forma o de otra, el proceso puede reducirse incluso a la forma más natural del estremecimiento creador: una imagen súbita y viva construida en un relámpago con unidades desemejantes que son aprehendidas instantáneamente, en una explosión estelar de la mente.

    Cuando el escritor emprende su obra de reconstrucción, la experiencia creadora le dice lo que debe evitar en determinados momentos de ceguera que doblegan de vez en cuando incluso a los más grandes, cuando los duendes gordos y verrugosos del convencionalismo o los astutos trasgos llamados «llenadores de lagunas» tratan de trepar por las patas de su escritorio. El llameante vostorg ha cumplido su misión y la fría vdokhnovenie se pone las gafas. Las páginas todavía están en blanco, pero hay una sensación milagrosa de que todas las palabras están ahí, escritas con tinta invisible y clamando por hacerse visibles. Si quisierais podríais desarrollar cualquier parte del cuadro, pues la idea de secuencia no existe en realidad por lo que se refiere al autor. La secuencia surge sólo porque las palabras han de escribirse una tras otra en páginas sucesivas, del mismo modo que el lector debe tener tiempo para recorrer el libro, al menos la primera vez que lo lee. Tiempo y secuencia no pueden existir en la mente del autor porque ningún elemento temporal ni espacial habían gobernado la visión inicial. Si la mente estuviese construida con líneas opcionales y si un libro pudiera leerse de la misma manera que la mirada abarca un cuadro, es decir, sin preocuparse de ir laboriosa mente de izquierda a derecha y sin el absurdo de los principios y los finales, ésta sería una forma ideal de apreciar una novela, porque así es como el autor lo ha visto en el momento de su concepción.

    De modo que ahora está preparado para escribirla. Se encuentra completamente equipado. Tiene la estilográfica llena, la casa está tranquila, el tabaco y las cerillas a un lado, la noche es joven… y nosotros le dejamos en su grata ocupación, salimos furtivamente, cerramos la puerta, y al marcharnos, echamos de la casa al monstruo ceñudo del sentido común que subía pesadamente a gimotear que el libro no es para el público en general, que el libro nunca nunca se… Y entonces, antes de que ese falso sentido común profiera la palabra v, e, n, d, e, r, á, tendremos que pegarle un tiro.

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Vladimir Nabokov (San Petersburgo, 1899-Montreux, 1977) Opiniones contundentes. Trad. María Raquel Bengolea. Barcelona: Anagrama, 2017. Revista Mal Salvaje.

lunes, 8 de agosto de 2022

ben lerner / de "el odio a la poesía"


    En la clase de Literatura Inglesa de noveno la señorita x nos mandó memorizar y recitar un poema, así que fui a pedirle a la bibliotecaria del Instituto de Topeka que me indicara el poema más corto que conociera, y ella me sugirió «Poesía» de Marianne Moore que, en su versión de 1967, dice así: 

        A mí también me desagrada.
             Al leerla, sin embargo, con el más completo
                 [desdén hacia ella,
             uno descubre que, a fin de cuentas, en ella hay
                 [un espacio para lo genuino.


    Recuerdo haber pensado que mis compañeros eran unos pringados porque la mayoría había memorizado el soneto xviii de Shakespeare, mientras que yo sólo tenía que recitar treinta y una palabras. No importaba el hecho de que, gracias a su esquema métrico y al pentámetro yámbico, resultara más fácil memorizar catorce líneas de Shakespeare que tres de Moore, en cada una de las cuales había un adverbio conjuntivo que las interrumpía, un paralelismo confuso que básicamente constituye su forma. Esto, unido a los casos de indeterminación en los que aparece el pronombre ella, hace que Moore suene como un cura que se ve obligado a admitir a regañadientes que la sexualidad tiene su función al tiempo que intenta evitar usar la palabra en sí, un efecto que se amplía gracias al encabalgamiento deliberadamente torpe entre el segundo y el tercer verso («ella / uno»). De hecho, «Poesía» es un poema bastante difícil de retener en la memoria, como bien demostré recitándolo mal en cada una de las tres oportunidades que me dio la señorita x, que no dejaba de mirar al texto mientras mis compañeros se partían de risa.

    Mi desdén hacia la tarea fue, a fin de cuentas, incompleto. Incluso ahora sigo citando mal el segundo
verso. Acabo de buscar en Google el poema y he tenido que corregir lo que escribí arriba, pero ¿quién podría olvidar el primer verso? «A mí también me desagrada» se viene repitiendo en mi cabeza desde 1993. Cuando enciendo un portátil para escribir o un libro para leer, lo escucho con mi oído interno:

    A mí también me desagrada. Cuando un poeta es presentado (yo incluido) en un recital, independientemente de lo que le oiga recitar, escucho: A mí también me desagrada. Cuando doy clase, básicamente lo canturreo. Cuando alguien me dice —como han hecho muchos— que no entiende la poesía en  general o mi poesía en particular, y/o que cree que la poesía ha muerto: A mí también me desagrada. A veces, este estribillo parece una reflexión de signo negativo y otras veces una especie de afirmación maníaca, como un mantra, lo más cercano que conozco a una plegaria incesante.

    «Poesía»: ¿Qué clase de arte asume la aversión de su audiencia? ¿Y qué clase de artista se hace cómplice de esa aversión, alimentándola incluso? Un arte odiado tanto desde fuera como desde dentro. ¿Qué clase de arte tiene como condición para su existencia que la gente sienta hacia él un completo desdén? E incluso leyéndola con desdén, no se alcanza lo genuino. Sólo es posible hacerle espacio, y aun así no se encuentra el verdadero poema, el auténtico objeto.

    Cada pocos años aparece un ensayo en alguna publicación convencional que arremete contra la poesía o proclama su muerte, a menudo culpando a los poetas actuales por la relativa marginación de este arte. Entonces sus defensores incendian la blogosfera antes de que la cultura —si es se puede llamar cultura— dirija su atención —si es que se puede llamar atención— de nuevo hacia el futuro. Pero, ¿por qué no nos preguntamos qué tipo de arte se define —ha sido definido durante milenios— en función de ese ritmo alternante entre denuncia y defensa? Hay mucho más consenso en el odio a la poesía que en la propia definición de lo que realmente es la poesía. A mí también me desagrada, y sin embargo he organizado mi vida en gran medida en torno a ella (si bien con mucha menos disciplina y competencia que Marianne Moore), pero no vivo esto como una contradicción puesto que la poesía y el odio hacia la poesía son para mí —y quizás también para ti— inextricables. 

    Caedmon, el primer poeta en lengua inglesa de cuyo nombre tenemos constancia, aprendió el arte de la canción en un sueño. Según la Historia de Beda, Caedmon era un vaquero analfabeto que no sabía cantar. Cuando, durante alguna celebración, se decidía que cada uno tenía que contribuir por turnos con una canción, Caedmon se retiraba avergonzado, quizás alegando que tenía que ir a cuidar del ganado. Hasta que, una noche, alguien trata de pasarle a Caedmon el arpa después de la cena, y él huye al establo. Allí, entre los ungulados, se queda dormido y recibe la visita de una figura misteriosa, probablemente Dios. «Tienes que cantarme», le dice Dios. «No sé», responde Caedmon (aunque no con estas palabras), «por esa razón estoy durmiendo en el establo en lugar de libar hidromiel con mis amigos junto al fuego». Pero Dios (o quizá era un ángel o un demonio, el texto es impreciso) sigue reclamando una canción. «¿Pero qué debería cantar?» pregunta Caedmon, a quien imagino desesperado
entre fríos sudores en plena pesadilla. «Canta el principio de las cosas creadas», le indica el visitante.

    Caedmon abre la boca y, para su asombro, al hacerlo brotan de ella versos magníficos alabando a Dios. Así, Caedmon despierta convertido en poeta, y con el tiempo se hará monje. Pero el poema que canta al despertarse no es, según Beda, tan bueno como el que cantó en el sueño, «puesto que a los cantares, por bien compuestos que estén, no es posible trasladarlos de una lengua a otra, palabra por palabra, sin que se pierdan su gracia y su valía». Si esto es cierto por lo que se refiere a la traducción en el mundo de la vigilia, lo es doblemente en el caso de la traducción en sueños: el poema que trae Caedmon a la comunidad humana es necesariamente un mero eco del primero.
    
    Allen Grossman, cuya lectura de Caedmon estoy pirateando aquí, extrae de esta historia (y hay muchas versiones de ella) una dura lección: la poesía surge del deseo de llegar más allá de lo finito y lo histórico —el mundo humano de la violencia y la diferencia— y de alcanzar lo trascendente o lo divino.

    Uno se siente movido a escribir un poema, se siente llamado a cantar, por ese impulso trascendental.

    Pero en el momento en que uno pasa de ese impulso al poema en sí, el cántico de lo infinito se ve comprometido por el carácter de finitud que condiciona su creación. Los versos que uno sueña pueden derrotar al tiempo, las palabras pueden liberar a la historia de su realización, puedes representar lo que no puede ser representado (por ejemplo, el concepto de representación en sí), pero al despertar, cuando uno vuelve a sentarse con sus amigos junto a la hoguera, se regresa al mundo de los hombres, con su lógica y sus leyes inflexibles.

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Ben Lerner (Topeka, 1979) El odio a la poesía. Trad. Elvira Herrera Fontalba. Barcelona: Alpha Decay, 2017. Extracto.

lunes, 1 de agosto de 2022

louise glück / la cultura de la sanación


    En cuanto al poder restaurador del arte, hay que distinguir entre la experiencia del lector y la del escritor. Para el lector, una obra de arte puede crear una especie de mantra: al dar forma a la devastación, el poema rescata al lector de una oscuridad sin forma ni gravedad; es una isla en caída libre; se convierte en su compañero en la pena, en su salvador, en una prueba de que el sufrimiento puede hacerse de alguna manera para que tenga sentido.

    No obstante, me parece que la relación del poeta con su composición es otra.

    Vivimos en una cultura casi fascista en su aplicación del optimismo. La idea y el espectáculo de la ordalía causan una gran vergüenza: el incentivo para suprimir o negar o truncar la ordalía se manifiesta en dos extremos: el culto a la salud perfecta (tanto física como psicológica) y, en el otro extremo, lo que podría llamarse una pornografía de las cicatrices, el aluvión aparentemente interminable de memorias y poemas y novelas que parten de la base de que la exposición del sufrimiento debe hacer un arte auténtico y potente. Pero si el sufrimiento es tan duro, ¿por qué debería ser fácil su expresión? El trauma y la pérdida no son, en sí mismos, arte: son como una metáfora a medias. De hecho, el tipo de trabajo al que me refiero, sin importar su fuente personal, está contaminado por una especie de avidez preventiva. Parece demasiado listo para habitar los extremos más dramáticos; demasiado listo para negar la pérdida como continuidad, como hecho inmutable. Propone en cambio una narración de triunfo personal, una narración llena de marcadores como "crecimiento" y "curación" y "autorrealización" y que culmina en la declaración de totalidad no calificada o exhaustiva del alma, como si la pérdida fuera simplemente un catalizador para la mejora de uno mismo. Aunque a medida que el poder de la pérdida es socavado o negado, también el orador llega a parecer totalmente construido, inhumano.

    Mi propia experiencia de sufrimiento agudo, ya sea en la vida o en el trabajo, es que durante esos períodos no hago prácticamente nada más que tratar de mantenerme viva, partiendo de la premisa de que si me mantenga vivo al menos estaré presente en caso de que algo cambie. No tengo sentido de mí misma para tratar de efectuar cambios. Tampoco creo que la peculiar resistencia del artista sea una función del poder restaurador del arte. La experiencia del artista en su propio trabajo alterna el pánico con la gratitud. Lo que es constante -lo que me parece la fuente de la resistencia (o fortaleza)- es una capacidad de absorción intensa y dirigida. Tal absorción hace una especie de intermedio del yo; deriva, en el artista, de una profunda creencia en la importancia del arte (aunque no necesariamente de su propio arte, excepto en la presencia de su realización). A intervalos a lo largo de su vida, el artista es sacado de esa vida por concentración; vive durante un tiempo en una suspensión que es también una búsqueda, un respiro que es también una tensión aguda. Su creencia en el arte y su inversión en el arte, en el sueño de la articulación, lo proyectan constantemente hacia el futuro, el momento hipotético en el que la oscuridad comprensiva adquiere límites y forma. Por la nostalgia, sustituye el terror y el hambre; por el ideal de la restauración, sustituye el ideal del descubrimiento. Con este fin, el artista, como el analista, cultiva un disciplinado rechazo al autoengaño, que es menos una posición moral que un acto pragmático, ya que la única ventaja posible del sufrimiento es que puede permitir la perspicacia.

    El gran novelista de policiales Ross Macdonald dice que él, "como muchos escritores", "no podría trabajar directamente con sus propias experiencias o sentimientos". Para Macdonald, un narrador "tendría que interponerse, como chaleco protector, entre [él] y el material radiactivo". Para el poeta, el tiempo basta, ya que introduce una perspectiva alterada. Pero esas obras de arte que pueden ser rastreadas directamente a eventos específicos, sin importar cuánto tiempo después del hecho puedan ser creadas, involucran al artista en una relación particular con estos eventos. El poema es una venganza por la pérdida, que ha sido forzada a ceder a una nueva forma, una cosa que no había existido antes en el mundo. La pérdida en sí misma se convierte, entonces, en suma y resta: sin ella, no habría existido este poema, esta novela, este trabajo en piedra. Y un extraño sentido de traición al pasado puede ocurrir cuando lo absoluto de la pérdida se vuelve ambiguo: el mutilador, benefactor. Una duplicación de funciones tan compleja no me parece una cosa restaurada. Y el agente de transformación, en cualquier caso, es el tiempo, que no puede ser forzado o apresurado.

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Louise Glück (Nueva York, 1943) American Originality: Essays on Poetry. Nueva York: Farrar, Straus and Giroux, 2017. La costura del propio códex. Traducción de Nicolás López-Pérez.

lunes, 25 de julio de 2022

mario montalbetti / lo que no cabe es la forma


    Según Herta Müller (1), si uno despega las palabras de las cosas, uno se topa con la nada. No con los especímenes de nada que encontramos sueltos en la naturaleza (el abismo, el hueco, los orificios) sino con una nada nueva en tanto ella sólo es posible con la ayuda del lenguaje. Podemos generalizar, entonces: no despegar solamente las palabras de las cosas sino todo el lenguaje del mundo. 

    Ese es el truco de la prosa. La prosa nos hace ver la nada entre nuestro lenguaje y el mundo. Esa nada puede moldearse como moral, psicológica, política, utópica, pero el signo de la prosa siempre será jugar con el desfase entre lenguaje y mundo, con esos intersticios que nos permiten ver la nada como la argamasa madre de nuestra condición. 

    Ese mismo truco no es suficiente para el poema. El poema lo emplea, sin duda, pero el truco se agota con los límites de la metáfora. La metáfora es la muerte natural del poema y no su condición esencial. Si vemos el poema como un ente esencialmente metafórico, entonces, si el esquema general de la metáfora es [a es x] el poema (a) promete un x que sistemáticamente incumple. La metáfora genera un efecto, es cierto, que creemos imprime trascendencia, que suponemos lleva hacia otro lugar, pero el poema mismo sucumbe a su propio efecto y termina ardiendo en la gran hoguera de la interpretación. Lo único que resta es «perder el poema»—o como dijo Wittgenstein, uno debe arrojar el poema (la escalera en su caso) una vez que el efecto ha planteado su promesa. Pero la figura del poema-como-escalera permanece románticamente inexplicada. 

    Badiou lo expresa en estos términos: «el poema es una promesa que no debe ser mantenida» (2). No debe o no puede, el resultado es similar —pero, ¿qué hacemos con el poema mismo? 

    Hay una expresión que usamos cotidianamente que es la de dar un paso en falso. Un paso en falso es normalmente entendido como un fallo, como un error de dirección. Si seguimos por ahí, fallamos. Pero fijémonos en el caso literal. Dar un paso en falso es poner un pie sobre una superficie que no está donde creíamos que estaba. Caminamos por la acera y queremos cruzar la calle y no notamos el sardinel que media entre acera y calle. El paso termina encontrando una superficie, pero no es la esperada.

    Un poema es un paso en falso en este preciso sentido. La superficie, el lugar, al que va, y sobre el que uno espera que se pose, no está en su lugar sino en otro. Es así que incumple su promesa—pero termina cumpliendo otra, de la que no teníamos noticia. Contentarse con la metáfora es contentarse con la promesa misma, sin averiguar dónde está la tierra prometida o en qué consiste. Una interpretación (que, de paso, tiene la misma forma general que la metáfora: [a es x]) no satisface plenamente aquí porque siempre deja un resto insondable. Toda interpretación, especialmente las más interesantes, duda de sí misma, ofreciendo sin convicción borrosas visiones metafísicas de x—y se recoge en la promesa como goce precario.

La metáfora, como la mentira, tiene patas cortas

    El tema de fondo de todo esto es la creencia tenaz de que las palabras (del poema) nombran cosas (allá afuera en el mundo). Y regresamos al truco de la prosa, a ver la nada que se abre cuando despegamos el lenguaje del mundo. Pero mientras la prosa puede refugiarse en, o contentarse con, «haber contado una buena historia» o «haber imaginado un orden ético distinto», nada de eso funciona con el poema. La eticidad del poema no es con el mundo sino con el lenguaje mismo y su labor no es la de contar historias.

    El poema despega el lenguaje de otra manera—y ésta es, pienso, su diferencia mayor respecto de la prosa. El poema despega al lenguaje de sí mismo; no del mundo. Y lo que entrevemos no es la nada prelingüística ni la nada de la prosa sino algo muchísimo peor.

    Sospechamos, y con razón, que el poema no es lo que es y nada más. Foucault lo expresa claramente: en el poema «el lenguaje… no dice lo que dice» sino «otra cosa» (3). Hasta aquí el triunfo de la metáfora parece imponerse inicialmente: a es x. El poema (a) es (o apunta hacia) otra cosa (x). Pero el riesgo que sigue es casi inevitable, el riesgo de tomar al poema como un objeto trascendente. Y la pura trascendentalidad del poema lo fetichiza al punto de desinteresarnos soberanamente de x, de la «otra cosa» que supuestamente el poema está llamado a desvelar. El desinterés (o falta de curiosidad) se acentúa cuando declaramos que x es «innombrable» y que lo que hace el poema es «nombrar lo innombrable». La historia de nuestros mejores poemas sería una lista de nombres de lo innombrable. El propio Badiou cede a esta tentación («La poesía es la creación de un Nombre-del-ser anteriormente desconocido» (4). Con ello, la trascendencia deseada (pero inexplicada) del poema termina sellándose.

¿Y si no se trata de nombres?

    A la supuesta trascendencia del poema podemos oponerle una vía que un simple litotes permite. El poema no es trascendente sino no inmanente. Su no-inmanencia garantiza la idea foucaultiana de que el poema no es sólo lo que es (no dice lo que dice, sino otra cosa), al mismo tiempo que rechaza ese otro lugar innombrable al que el poema nos lleva. Pero si es así, entonces ¿qué es x—dónde está?

    La respuesta es simple aunque sus consecuencias no lo sean. En efecto, el poema lleva hacia otra cosa, pero esa otra cosa es el poema mismo. El poema se despega del lenguaje para no ser lo que es. El poema sale de sí mismo solamente para regresar a sí. Ese es el paso en falso. Pero cuando el poema regresa a sí mismo, regresa trufado por ese desdoblamiento, de tal forma que cuando se reúne consigo mismo, el resultado es un objeto inevitablemente desdoblado, des-idéntico. En términos platónicos, el poema no nos lleva a la cosa-misma (a la Idea) sino a la misma-cosa (al poema mismo). El poema describe una parábola que lo despega de sí mismo solamente para estrellarse contra sí mismo.

    Hay un episodio temprano de la serie La dimensión desconocida (5) en el que un grupo de astronautas se embarcan en un vuelo interplanetario. La nave sufre desperfectos y los astronautas, desorientados, deciden efectuar un aterrizaje de emergencia en el primer lugar que tienen cerca. La nave cae en un paraje inhóspito y desértico. Luego de una serie de incidentes (la mitad de la tripulación muere en el aterrizaje, la otra mitad se pelea por oxígeno y agua) sobrevive uno solo de los astronautas quien decide explorar los alrededores. Sube una pequeña colina y se encuentra con unos postes de teléfono y un cartel que da la bienvenida a Reno (Nevada, USA). La nave había caído de vuelta sobre el planeta Tierra.

    Algo similar le ocurre al poema en su viaje para desdoblarse de sí mismo: se estrella contra sí mismo y «conoce el lugar por primera vez».
    
    El poema es, entonces, el arte de la distancia del lenguaje consigo mismo. Aún mejor sería decirlo así: el poema es el arte de la distancia del lenguaje consigo mismo.

    La consecuencia inmediata de esto es que el poema es un objeto (tal vez el único de cierto interés) para el que no se cumple el Principio de no Contradicción de Aristóteles. El poema es un objeto tal en el que se da [a & –a]. He repetido varias veces un hermoso haiku de Ikkyu, pero lo repetiré una vez más porque ilumina singularmente este punto:

    Una barca es y no es.
    Cuando se hunde
    ambas desaparecen.

    Fijémonos bien en lo que ilumina: cuando la barca, que es y no es, se hunde, ambas desaparecen. Primero, una misma barca es ambas. Segundo, cuando esa única barca se hunde, no queda ninguna, en especial la que no es. Es decir, no queda aquello a lo que supuestamente nos conduce la versión metafórica del poema. El poema es en su ser y en su no ser juntos, reunidos en un solo objeto imposible. No hay forma de tirar la escalera de Wittgenstein para abrazarnos a lo que deja ver sin ella. Si arrojas a, arrojas x al mismo tiempo. Y, finalmente, tercero: este desdoblamiento des-idéntico del poema (que es y no es) es constitutivo del objeto mismo y no de un perspectivismo subjetivo.

    Claro, la cuestión es definir cómo hace el poema para despegarse del lenguaje—qué fuerzas, torsiones, presiones emplea para hacerlo. Si no se trata de nombrar (de «nombrar lo innombrable»), si, como decíamos, no se trata de nombres, que son los instrumentos primarios de la metáfora, entonces se trata de confrontar aquello que no es metaforizable.

    Hay dos cosas que no son metaforizables. La primera es la metáfora misma: no hay metáfora de una metáfora o, lo que es lo mismo, la metáfora no es nombrable. Tiene patas cortas. Esto probablemente se sigue del hecho de que la metáfora no debe ser tratada como sustitución sino como predicación. En efecto, cuando decimos el tiempo es oro no queremos decir que el significante «tiempo» es sustituible por el significante «oro» (adversus Lacan). Lo que hacemos es predicar de «tiempo» uno (y sólo uno) de los rasgos asociados a «oro». Decir el tiempo es oro es decir que el tiempo es valioso, no que el tiempo es amarillo, ni que es un metal, ni que es soluble en agua regia. Por lo tanto, parece evidente que lo que está en juego no es sustitución sino predicación. Ahora bien, si la estructura de una meta-metáfora sería «[c es [a es b]]» (donde [a es b] es una metáfora) parece imposible forzar que dicho segmento, [a es b], predique algo de [c]. Si no hay predicación sino, aquí sí, posiblemente sustitución, no es extraño que no haya metáfora de la metáfora.

    La segunda imposibilidad de metaforización concierne a la sintaxis. «La sintaxis no es poetizable» escribió Badiou cuando analizaba poemas de Mallarmé (6) . Aquí también, esto equivale a decir que la sintaxis no es nombrable, la sintaxis no tiene nombre. Pero este caso me parece más interesante que el anterior. El poema no puede decir nada de la sintaxis, de la sintaxis que emplea para articularse. Sólo puede mostrar sus efectos. Por eso es tan importante ese grupo de poemas que César Vallejo escribió en setiembre de 1937, apenas 7 meses antes de su muerte, porque en varios de ellos Vallejo razona la relación del poema con la sintaxis. El poema central de este grupo es, sin duda, «La paz, la avispa, el taco…» en el que la sintaxis ha sido abolida (casi, hay remanentes como pecios de un naufragio) y la falta de articulación entre los significantes no hace sino evidenciar el peso imposible que la sintaxis tiene en todo esto. Al tratar de despegar la sintaxis de las palabras Vallejo crea un engendro singular, una nada muy distinta—que ha tratado de ser paliada por algunos comentaristas diciendo que se trata de un «poema experimental».

    Si la metáfora es el límite muerto del poema, la sintaxis es su límite vivo. Entre ambos límites, asoma este objeto imposible que es el poema: el objeto que es y no es a la vez, el objeto que se zurra en el Principio de no Contradicción. Pero no como un alarde gestual anti-aristotélico, sino como necesidad intrínseca. El poema es esa contradicción: a = –a. 

    No se trata de nombres, por lo tanto. Todos los nombres (nombrables e innombrables) como destilados metafóricos del poema caben dentro de él sin problema. Lo que no cabe (en el poema) es la forma.

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(1) H. Müller, “Cada lengua tiene sus propios ojos”, en El rey se inclina y mata, Siruela, Madrid 2011, p. 11
(2) A. Badiou, “El método de Rimbaud…”, en Condiciones, Siglo XXI editores, Buenos Aires 2002, p 121.
(3) M. Foucault, ¿Qué es usted, profesor Foucault?, Siglo XXI editores, Buenos Aires 20013, pp. 44-5.
(4) A. Badiou, L’antiphilosophie de Wittgenstein, Nous, Basse –Normandie 2009, p. 46 (la traducción es mía).
(5) Temporada 1, episodio 15 (“I shot an arrow into the air”) de 1960, dirigido por Stuart Rosenberg, cuyo título proviene de un poema de H. W. Longfellow.
(6) A. Badiou, “Philosophie et poésie : au point de l’innommable” en Que pense le poème ?, Nous, Caen 2016, p. 75

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Mario Montalbetti (Callao, 1953) En: Armando Salgado y Octavio Gallardo (comp.) Estrategia del poema. Michoacán/Santiago: Bitácora de vuelo ediciones, 2020, pp. 65-72.