lunes, 29 de agosto de 2022

dylan thomas / manifiesto poético


    «Usted quiere saber por qué y cómo empecé a escribir poesía y qué poetas o tipo de poesía me emocionaron e influyeron en mí. Para responder a la primera parte de esta pregunta diría que en primer lugar quería escribir poesía porque me había enamorado de las palabras. Los primeros poemas que conocí fueron canciones infantiles, y antes de poder leerlas, me había enamorado de sus palabras, sólo de sus palabras. Lo que las palabras representaban, simbolizaban o querían decir tenían una importancia muy secundaria: lo que importaba era su sonido cuando las oía por primera vez en los labios de remota e incomprensible gente grande que, por alguna razón, vivía en mi mundo. Y para mí esas palabras eran como pueden ser para un sordo de nacimiento que ha recuperado milagrosamente el oído: los tañidos de las campanas, los sonidos de instrumentos musicales, los rumores del viento, el mar y la lluvia, el ruido de los carros de lechero, los golpes de los cascos sobre el empedrado, el jugueteo de las ramas contra el vidrio de una ventana. No me importaba lo que decían las palabras, ni tampoco lo que le sucediera a Jack, a Jill, a la Madre Oca y a todos los demás; me importaban las formas sonoras que sus nombres y las palabras que describían sus acciones creaba en mis oídos; me importaban los colores que las palabras arrojaban a mis ojos. Me doy cuenta de que quizás, mientras repienso todo aquello, estoy idealizando mis reacciones ante las simples y hermosas palabras de esos poemas puros, pero eso es todo lo que honestamente puedo recordar, aunque el tiempo haya podido falsear mi memoria. Me enamoré inmediatamente -ésta es la única expresión que se me ocurre-, y todavía estoy a merced de las palabras, aunque ahora a veces, porque conozco muy bien algo de su conducta, creo que puedo influir levemente en ellas, y hasta he aprendido a dominarlas de vez en cuando, lo que parece gustarles. Inmediatamente empecé a trastabillar detrás de las palabras. Y cuando yo mismo empecé a leer los poemas infantiles. y, más tarde, otros versos y baladas, supe que había descubierto las cosas más importantes que podían existir para mí. Allí estaban, aparentemente inertes, hechas sólo de blanco y negro, pero de ellas, de su propio ser, surgían el amor, el terror, la piedad, el dolor, la admiración y todas todas las demás abstracciones Imprecisas que tornan peligrosas, grandes y soportables nuestras vidas efímeras. De ellas surgían ]os transportes, gruñidos, hipos y carcajadas de la diversión corriente de ]a tierra; y aunque a menudo lo que las palabras significaban era deliciosamente divertido por si mismo, en aquella época casi olvidada me parecían mucho más divertidos la forma, el matiz, el tamaño y el ruido de las Palabras a medida que tarareaban, desafinaban, bailoteaban y galopaban. Era la época de la Inocencia; las palabras estallaban sobre mí, despojadas de asociaciones triviales o portentosas; las palabras eran su propio ímpetu, frescas con el rocío del Paraíso, tales como aparecían en el aire. Hacían sus propias asociaciones originales a medida que surgían y brillaban. Las palabras "Cabalga en un caballito de madera hasta Banbury Cross" (Ride a cock hurse to Banbury Cross), aunque entonces no sabía que era un caballito de madera ni me importaba un bledo donde pudiera estar Banbury Cross, eran tan obsesionantes como lo fueron más tarde Iíneas como las de John Donne: "Ve a recoger una estrella errante. Fecunda una raíz de mandrágora" (Go and catch a falling star. Get with child a mandrake root), que tampoco entendí cuando Leí por primera vez. Y a medida que leía más y mas, y de ninguna manera eran sólo versos, mi amor por la verdadera vida de las palabras aumentó hasta que supe que debía vivir con ellas y en ellas siempre. Sabía, en verdad, que debía ser un escritor de palabras y nada más. Lo primero era sentir y conocer sus sonidos y sustancia; qué haría con esas palabras, como iba a usarlas, qué diría a través de ellas, surgiría más tarde. Sabía que tenía que conocerlas mas íntimamente en todas sus formas y maneras, sus altibajos, partes y cambios, sus necesidades y exigencias. (Temo que estoy empezando a hablar vagamente. No me gusta escribir sobre las palabras, porque entonces uso palabras malas, equivocadas, anticuadas y fofas. Me gusta tratar las palabras como el artesano trata la madera, la piedra o lo que sea, tallarlas, labrarlas, moldearlas, cepillarlas y Pulirlas para convertirlas en diseño, secuencias, esculturas, fugas de sonido que expresen algún impulso lírico, alguna duda o convicción espiritual, alguna verdad vagamente entrevista que tenga que alcanzar y comprender).

    Cuando era muy niño y empezaba a ir a la escuela, en el estudio de mi padre, ante deberes que nunca hacía, empecé a diferenciar una clase de escritura de otra, una clase de bondad, una clase de maldad. Mi primera y mayor libertad fue la de poder leer de todo y cualquier cosa que quisiera. Leía indiscriminadamente, todo ojos. No había soñado que en el mundo encerrado dentro de las tapas de los libros pudiesen ocurrir cosas semejantes y también tanta charlatanería, tales tormentas de arena y tales ráfagas heladas de palabras, tales latigazos a la charlatanería, una paz tan tambaleante, una risa tan enorme, tantas y tan brillantes luces enceguecedoras que se abrían paso a través de los sentidos recién despiertos y se diseminaban por todas las páginas en un millón de añicos y pedazos que eran todos palabras, palabras, palabras, cada una de las cuales estaba viva para siempre en su propia delicia, gloria, rareza y luz. (Debo tratar de que estas notas supuestamente útiles no sean tan confusas como mis poemas). Escribí infinitas imitaciones, aunque no ]as consideraba imitaciones sino más bien cosas maravillosamente originales, Como huevos puestos por tigres. Eran imitaciones de lo que estuviera leyendo en ese momento: Sir Thomas Browne, de Quincey, Henry Newbolt, las Baladas, Blake, la Baronesa Orczy, Marlowe, Chums, los imaginistas, la Biblia, Poe, Keats, Lawrence, los Anónimos y Shakespeare. Como ve, un conjunto variado y que recuerdo al azar. Mi mano inexperta ensayó todas ]as formas poéticas. ¿Cómo podía aprender los trucos del oficio sin practicarlos yo mismo? No me interesa de donde se extraen las imágenes a un poema; si se quieren se pueden sacar del océano más recóndito del yo oculto; pero antes de llegar al papel deben atravesar todos los procesos racionales del intelecto. Los surrealistas, por otra parte, escriben sus palabras sobre el papel exactamente como emergen del caos; no las estructuran ni las ordenan; para ellos el caos es la estructura y el orden. Esto me parece excesivamente presuntuoso; los surrealistas se imaginan que cualquier cosa que rastrean en sus subconscientes y pongan en palabras o en colores debe ser, esencialmente, de algún interés o valor. Yo lo niego. Una de las artes del poeta es la de tornar comprensible y articular lo que puede emerger de fuentes subconscientes; uno de los usos mayores y más importantes del intelecto es el de seleccionar de entre la masa amorfa de imágenes subconscientes aquellas que mejor favorezcan su finalidad imaginativa, que es escribir el mejor poema posible.

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Dylan Thomas (Uplands, 1914-Nueva York, 1953). La raíz invertida. Traducción de Henry Alexander.

lunes, 22 de agosto de 2022

octavio armand / estética invertebrada


        Del carrusel a la carroña.
        De L’aur’a a las tiñosas.
        Un trobarric venido a menos.

    Compuesta y descompuesta, justo bajo el cielo de la boca, la lengua remueve el basural y recoge sus tesoros; los saca al tiempo ajeno y al espacio de todos, fuera, lejos, en el papiro vuelto página revuelta para ser leído.

    Cautivado, por un instante, el lector sueña los extraños sueños del poeta. O sus pesadillas. Que no cierre el libro de inmediato, que no lo domine el asco, prueba que él también está lleno de porquería. Porque al final también fue el Verbo. El airecillo nada apacible agitado por tiñosas. Así, amontonada la poesía, revertido el papel, catarsis, despojo, contagio, hasta en los márgenes de la página aparecen las moscas; y zumban, revolotean, advirtiendo al hipócrita lector que está a punto de zambullirse, nariz por delante, en un vertedero.

    Lleno de mí, reza el primer verso de Muerte sin fin (1959). Lo escribió Gorostiza pero lo pudo haber escrito Wittgenstein. Lleno de mí –ahíto–, según lo subrayara el poeta, Wittgenstein desesperadamente quiso desmaterializarse, renunciando a sus abundantísimos táleros; y luego al lenguaje, siempre traicionero, ineficaz, materia burda, artera, con la cual los filósofos dicen tonterías o tergiversan lo que quieren decir al decirlo. Nada difícil de imaginar que también quiso desprenderse, tras pocos venturosos amoríos, del cuerpo y sus oscuras fuerzas instintivas, estorbos adicionales de la mente.

    Añorar en verborreas un silencio definitivo, dicente. Vaciarse, purgarse, soñar en palabras incontrovertibles con una botella de desinfectante. Y bebérsela.

    A buen entendedor, pocas palabras.

    En boca cerrada no entran moscas.

    Villon las sabía reconocer. Por lo menos en un vaso de leche.

    En subrayado blanco y negro, retrata una.
    
    Con ese acento espasmódico la imagen resulta tan elocuente como una danza de la muerte.

    El macabro bailoteo no se pierde en la indiferencia como la caída de Ícaro en el cuadro de Brueghel.

    Leche vestida de negro. Luto lácteo, melancolía.

    Descorchado, el surtidor que hace gala de rotundas pero obvias afirmaciones desencadena al escarnio pormenorizado y recuerda las pestes que periódicamente azotan a Europa.

    Las tautologías subrayan la paradoja del yo, excepcional pero catalogado entre las cosas sin importancia.

    Burla con algo de bula, sarcasmo con sarcófago, balada con balazo, el alado punto ortográfico parece dibujado en la sien.

    Es uno y también innumerable.

    Los libros están llenos de moscas.

    Pasan de poemas a novelas y de novelas a las tablas y de las tablas a ensayos.

    Zumban desde Homero.

    Arqueológicas como las nueve Troyas, en el cobrizo verdinegro de los ojos compuestos y los cuerpos segmentados no es difícil entrever la pátina de un escudo aqueo.

    Plaga, no plagio, y literalmente bíblicas, figuran en el Segundo Libro de Moisés.

    ¿Por qué no hay moscas en los evangelios? ¿No las hubo en el Gólgota? ¿Solo el par de ladrones estuvieron a la altura del Cristo durante su agonía? Hematomas, llagas, sangre, coágulos, pus, baba, orines, ¿no atrajeron un mosquero? ¿Día y noche se lo espantaron al rex ivdaeorvm? ¿Acaso un milagro explica este misterio? 

    A boca cerrada no entran moscas. Y al caricaturizado rey de los judíos tampoco.

    Nuestros dioses mueren. Nuestras verdades también.

    «Las moscas que van a morir acaban con el aceite de la suavidad.»

    Lo asegura San Agustín en su «Tratado I sobre el Evangelio de San Juan» para alertar acerca de los engaños y burlas del diablo. La aristocracia del infierno se identifica con lo abyecto y paladea en seis patas torácicas la corrupción de la carne. A Belcebú, recuerda el santo, se le llama príncipe de las moscas. 

    No hay forma de espantarlas.

    ¿Acaso no pasa a la página en blanco la mosca que derrama el vaso de leche? La suponemos como un hueco negro en la Vía Láctea de Mallarmé, concurrente con el currente cálamo, tenaz como las letras
y la tinta, inquieta en las erratas y los dados que jamás abolirán el azar.

    Últimamente el mosquero asoma hasta en la nieve. Leche derramada, esa nieve. Copos retintos, el mosquero. Subrayado blanco y negro.

    Villon es la mosca en el vaso de leche y Rimbaud la mosca ebria en el meadero de la posada.

    ¿A qué se debe la fascinación que ejercen sobre nosotros?

    Hace milenios los insectos solían ser vinculados a lo solar. El escarabajo pelotero de las orillas del Nilo representa a Amón-Ra, nada menos. Así, divino en la gloriosa amistad de patas traseras, empuja al sol por el firmamento como si fuera una bola de excremento. En otra imagen, de la opuesta orilla del Mediterráneo, el Ícaro extendido por pájaros y abejas se acerca al fuego hasta que, derretidas las alas de cera, cae y muere como las mariposas nocturnas achicharradas por una potente fuente de luz.

    En sus orígenes larvarios, la astronomía se apoya en la entomofilia para poner al firmamento y a los dioses a ras de tierra. El mito los contamina, los entierra. Se contempla el cielo como por un telescopio a través de las patas quitinosas para arrastrarlo hasta el inframundo y allí protegerlo con amuletos del bicho petrificado. Para momificarlo durante su repetida muerte en la pirámide invertida de la noche.

    La paradoja del dios viviente que muere a diario se celebra en el paisaje. Las lecciones del horizonte rinden frutos aparentemente imperecederos. La noche se hace menos temible. El hombre entierra al cielo.

    El doble cuerpo de los emperadores romanos divinizados –uno incinerado, otro, la imago, conservado en cera–, que facilita la ascensión al cielo, fase final del ritual funerario; y el dogma de la Trinidad, sagrada oferta 3x1, entrañan en su revelada apoteosis una velada metamorfosis. Larva, pupa, imago, Dios como escarabajo o mariposa.

    Pupilos de las pupas, los sacerdotes intuyen en la aparente muerte un renacer. Inventan la eternidad y la momificación, rebobinan el fin del tiempo como un tiempo sin fin para que los dioses asistan al alma, sucia, culpable, lo más humano de la anatomía, y por supuesto lo primero que se pudre, pues se pudre en vida. Cuando la seducción de la incredulidad desgasta los mitos, el insecto y sus metamorfosis azogan otros cristales. La escala de las imágenes se reduce entonces a lo humano, aunque los rituales de transformación resulten repulsivos y provoquen una repentina parálisis.

    Olvidadas las lecciones de las ninfas y las crisálidas, el culto reverencial del insecto invierte su signo. Apocalíptica, la entomofobia anuncia un calendario sin redención. Un tiempo irreversible que no se puede envolver en tiras de lino. Caducidad. Intemperie.

    Kafka soñó un destino capaz de devolvernos a los fueros de la audacia. Un destino como para desaparecer. Para reanudar la raza en el instinto compartido entre el animal y el hombre.

    El deseo de ser piel roja hace revivir exactamente ese deseo, que fue tuyo y mío mucho antes de leer a K., tuyo y mío a los seis, siete, ocho años, tuyo y mío ahora y siempre en la nostalgia despertada por ese puñado de líneas.

    En una forma de vida salvaje, primitiva, ay, sentir la suerte envidiable del humo como fuego apagado todavía. Como serpiente que muda la piel para dejar de ser nube o pájaro renacido en espirales de las cenizas. O nube una y otra vez. 

    Pero K. también soñó el reverso de ese sueño, la simetría inversa de la pesadilla, al presentir rasgos o destinos no menos humanos que el del legendario piel roja en formas de vida tan primitivas que resultan pavorosas o despreciables.

    Tal es el caso de Gregorio Samsa, esa posdata de Ovidio. Samsa es samsara, la reencarnación como condena. El destino como delito. Que el extraño personaje no se haya transformado en cucaracha sino en escarabajo pelotero, como sostenía Nabokov, da a su metamorfosis una gravitación de amplio alcance alusivo. La condición humana, si acaso es eso lo que ahí se insinúa, vuelve a tener algo piramidal y sobrecogedor. Algo que titubea, como en el balancín de Osiris, entre lo divino y lo horroroso.

        Samsa es un Cristo que no asciende.
        A buen entendedor, pocas moscas.
        Hasta en boca cerrada entran.

Caracas, 22 de marzo 2012.


Referencias bibliográficas

San Agustín (1950). Obras de San Agustín. Tomo XIII. Tratados sobre el evangelio de San Juan (1-35). Madrid: Biblioteca de Autores Cristianos.
Kafka, F. (2011). La metamorfosis. Madrid: Alianza.
Gorostiza, J. (1959). Muerte sin fin. México: Loera y Chávez.

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Octavio Armand (Guantánamo, 1946) "Cuatro ensayos de Octavio Armand", en Investigaciones Literarias Anuario IIL N° 21, 2013, pp. 192-196.

lunes, 15 de agosto de 2022

vladimir nabokov / el arte de la literatura y el sentido común


    A veces, en el curso de los acontecimientos, cuando el flujo del tiempo se convierte en un torrente fangoso y la historia inunda nuestros sótanos, las personas serias tienden a reconocer una correlación entre el escritor y la comunidad nacional o universal; y los mismos escritores empiezan a preocuparse por sus obligaciones. Me refiero al escritor en abstracto. Aquellos que podemos imaginar concretamente, sobre todo los de cierta edad, están demasiado pagados de su talento o demasiado resignados a la mediocridad para interesarse por las obligaciones. Ven muy claramente, a media distancia, lo que el destino les promete: la hornacina de mármol o el nicho de yeso. Pero tomemos a un escritor que sí se asombra y se preocupa. ¿Saldrá de su concha para inspeccionar el cielo? ¿Y sus dotes de mando? ¿Tendrá, debería, tener, don de gentes?

    Es conveniente, por numerosos motivos, mezclarse de cuando en cuando con la multitud, y debe de ser bastante tonto o miope el autor que renuncia a los tesoros de la observación, el humor y la compasión, cualidades que el autor puede adquirir profesionalmente manteniendo un estrecho contacto con sus semejantes. Además, para esos autores desorientados que andan buscando a tientas temas morbosos, puede ser una buena cura, dejarse seducir por la apacible normalidad de sus pueblecitos natales, o conversar en apostrófico dialecto con los recios hombres del terruño, suponiendo que existen. Pero en general, yo recomendaría la muy denigrada torre de marfil, no como prisión del escritor sino sólo como dirección estable, provista naturalmente de teléfono y ascensor por si a uno le apetece bajar un momento a comprar el periódico de la tarde o pedirle a un amigo que suba a jugar una partida de ajedrez, cosa ésta sugerida en cierto modo por la forma y la textura de la morada. Es un lugar fresco y agradable, con un inmenso panorama circular, y cantidades de libros y de aparatos prácticos. Pero antes de construirse uno su torre de marfil debe tomarse la inevitable molestia de matar algunos elefantes. El precioso ejemplar que pretendo capturar para beneficio de aquellos que pueden estar interesados en ver cómo se hace es, casualmente, una increíble mezcla de elefante y de caballo. Se llama: sentido común.
En el otoño de 1811, Noah Webster, abriéndose paso decididamente entre los de grado C, definió el sentido común como «un sentido corriente bueno y saludable… exento de prejuicios emocionales o de sutilezas intelectuales… el sentido de los caballos». Es una opinión bastante halagadora para el animal, ya que la biografía del sentido común constituye una lectura antipática. El sentido común ha pisoteado a varios genios bondadosos cuyos ojos se habían deleitado en el temprano rayo de una luna demasiado prematura perteneciente a una verdad demasiado prematura; el sentido común ha coceado los cuadros más encantadores porque su bienintencionada pezuña consideraba un árbol azul como una locura; el sentido común ha impulsado a feas pero poderosas naciones a aplastar a sus hermosas pero frágiles vecinas cuando éstas se aprestaban a aprovechar una ocasión, brindada por un resquicio de la historia, que habría sido ridículo no aprovechar. El sentido común es fundamentalmente inmoral; porque la moral natural de la humanidad es tan irracional como los ritos mágicos que se han ido desarrollando desde las oscuridades inmemoriales del tiempo. El sentido común, en el peor de los casos, es sentido hecho común; por tanto, todo cuanto entra en contacto con él queda devaluado. El sentido común es cuadrado mientras que las visiones y valores más esenciales de la vida tienen siempre una hermosa forma circular, son tan redondos como el universo o los ojos de un niño cuando asiste por primera vez al espectáculo del circo.

    Es instructivo pensar que no hay una sola persona en esta clase, ni en ninguna clase del mundo, que en determinado momento espacio temporal histórico no hubiese muerto allí y entonces, aquí y ahora, a manos de una mayoría con sentido común movida por una justa ira. El color del credo, la corbata, los ojos, los pensamientos, las costumbres, o la lengua de uno tropezaría indefectiblemente en algún lugar del espacio o del tiempo con la objeción fatal de una multitud que detesta ese tono particular. Y cuanto más brillante y más excepcional es el hombre, más cerca está de la hoguera. Stranger [extraño, extranjero] rima siempre con danger [peligro]. El humilde profeta, el mago en su cueva, el artista indignado, el pequeño escolar inconformista, todos comparten el mismo peligro sagrado. Y puesto que es así, bendigámosles, bendigamos al monstruo; pues en la evolución natural de los seres, el mono no se habría convertido en hombre si no hubiese aparecido un monstruo en la familia. Cualquiera cuya mente es lo bastante orgullosa como para no formarse en la disciplina lleva oculta, secreta, una bomba en el fondo del cerebro. Y sugiero, aunque sólo sea por diversión, que coja esa bomba particular y la deje caer con cautela sobre la ciudad modelo del sentido común. La explosión producirá un fulgor, y muchas cosas curiosas aparecerán bajo esa luz brillante; nuestros sentidos más raros y excelsos suplantarán durante un instante a ese personaje vulgar y dominante que atenaza a Simbad por el cuello en el combate de lucha libre entre el yo adoptado y el yo interior. Estoy haciendo una mezcla triunfal de metáforas, pues ésa es la razón de ser de las metáforas cuando siguen el curso de sus conexiones secretas… lo cual, desde el punto de vista del escritor, constituye el primer resultado positivo en la lucha contra el sentido común.

    La segunda victoria se produce cuando la fe irracional en la bondad del hombre (a la que esos absurdos personajes fraudulentos llamados Hechos se oponen con tanta solemnidad) se convierte en algo más que el tambaleante fundamento de las filosofías idealistas. Se convierte en una verdad sólida e iridiscente. Es decir, la bondad pasa a ser un elemento central y tangible del mundo de uno mismo, mundo que al principio resulta difícil identificar con el mundo moderno de los editores de periódicos y otros brillantes pesimistas; éstos os dirán que resulta cuando menos ilógico celebrar la supremacía del bien en una época en que algo llamado Estado policíaco, o comunismo, trata de transformar la Tierra en cinco millones de millas cuadradas plagadas de terror, estupidez y alambre de espino. Y pueden añadir que una cosa es brillar en el propio universo particular, en un confortable rincón situado en un país bien alimentado y sin minar y otra muy distinta tratar de conservar el juicio en un mundo de edificios que estallan en medio de la noche entre rugidos y aullidos. Pero en el mundo que proclamo como hogar del espíritu, con su decidida e inquebrantable falta de lógica, los dioses de la guerra son irreales. Y no lo son porque estén físicamente lejos de la realidad de una lámpara de lectura y la solidez de una estilográfica, sino porque no consigo imaginar (y eso es decir mucho) que tales circunstancias puedan incidir en un mundo hermoso y encantador que sigue su curso con placidez, mientras que sí puedo imaginar muy bien que mis compañeros de sueños, los miles que vagan por la tierra, siguen estas mismas normas irracionales y divinas en las horas más tenebrosas y deslumbrantes de peligro físico, de dolor, de polvo y de muerte.

    ¿Qué representan exactamente estas normas irracionales? Representan la supremacía del detalle sobre lo general, de la parte que está más viva que el todo, de lo pequeño que el hombre observa y saluda con un amable gesto de su espíritu mientras la multitud a su alrededor es arrastrada por un impulso común hacia un objetivo común. Yo me descubro ante el héroe que se lanza al interior de una casa en llamas y salva al hijo de su vecino; pero le estrecharé la mano si arriesga cinco preciosos segundos en buscar y salvar, junto con el niño, su juguete favorito. Recuerdo una historieta en la que un deshollinador se caía del tejado de un edificio alto, observaba en su caída un cartel con una palabra mal escrita, y mientras caía se iba preguntando por qué a nadie se le había ocurrido corregirla. En cierto modo, todos estamos sufriendo una caída mortal desde lo alto de nuestro nacimiento a las losas del cementerio, y nos vamos maravillando con la inmortal Alicia ante los dibujos de la pared. Esta capacidad de asombro ante fruslerías —sin importarnos la inminencia del peligro—, estos apartes del espíritu, estas notas a pie de página del libro de la vida, son las formas más elevadas de la conciencia; y es allí, en este estado mental infantil y especulativo, tan distinto del sentido común y de la lógica, en donde sabemos que el mundo es bueno.

    En este mundo divino y absurdo de la mente no prosperan los símbolos matemáticos. Su interacción, por muy delicada y obediente que sea imitando las circunvoluciones de nuestros sueños y los quanta de nuestras asociaciones mentales, no puede expresar una realidad totalmente extraña a su naturaleza, en particular si tenemos en cuenta que el principal placer de la mente creadora es el predominio concedido a un detalle incongruente en apariencia sobre una generalización aparentemente dominante. Una vez rechazado el sentido común junto con su máquina calculadora, los números dejan de turbar la mente. La estadística nos da la espalda y, ofendida, nos deja. Dos y dos ya no son cuatro porque ya no hace falta que sumen cuatro. Si sumaban cuatro en el mundo lógico y artificial que hemos dejado, se debía a una mera cuestión de hábito: dos y dos solían sumar cuatro de la misma manera que los invitados a una cena esperan sumar número par. Pero yo invito a los míos a un picnic al tuntún y a nadie le preocupa si dos y dos son cinco o cinco menos algo. En determinada etapa de su desarrollo, el hombre inventó la aritmética con el fin puramente práctico de conseguir algún tipo de orden humano en un mundo gobernado por dioses que, sin que el hombre pudiera evitarlo, devastaban sus sumas cuando se les antojaba. Aceptó ese inevitable indeterminismo llamado magia que ellos introducían de vez en cuando y procedían con serenidad, a contar las pieles que había trocado en rayas de tiza sobre la pared de su cueva. Puede que se entrometiesen los dioses; pero al menos él estaba decidido a seguir un sistema que había inventado con el propósito expreso de seguirlo.

    Luego, al transcurrir los miles de siglos, retirarse los dioses con una jubilación más o menos adecuada, y volverse los cálculos humanos cada vez más acrobáticos, las matemáticas trascendieron su estado inicial y se convirtieron, por así decir, en parte natural del mundo al que meramente se habían aplicado. En vez de basar los números en ciertos fenómenos en los que encajaban por azar, porque nosotros mismos encajábamos en las estructuras que percibíamos, el mundo entero se fue basando gradualmente en los números, y nadie parece sorprenderse ante el extraño hecho de que la red exterior se haya convertido en esqueleto interior. En efecto, excavando un poco más profundamente en cierta región próxima a la cintura de Sudamérica un afortunado geólogo puede descubrir un día, al chocar su pala contra un metal, el fleje del ecuador. Hay una especie de mariposa en cuyas alas posteriores una gran mancha redonda imita una gota de líquido con tan misteriosa perfección que la raya que cruza el ala se desvía ligeramente al atravesarla; esta parte de la raya parece desviarse por refracción, como si se tratase de una auténtica gota globular y estuviésemos viendo dicha raya a través de ese líquido. A la luz de la extraña metamorfosis experimentada por las ciencias exactas desde lo objetivo a lo subjetivo, ¿qué puede impedirnos suponer que un día cayó una gota de verdad, y que se ha conservado de alguna manera, filogenéticamente, como lunar? Pero quizá la consecuencia más divertida de nuestra extravagante creencia en el ser orgánico de las matemáticas es la manifestada hace unos años, cuando a un astrónomo decidido e ingenioso se le ocurrió atraer la atención de los habitantes de Marte, si los había, trazando unas líneas luminosas de varias millas de longitud, de manera que formasen algún teorema geométrico, con idea de que, al comprobar nuestros conocimientos sobre el comportamiento de los triángulos, los marcianos concluirían que era posible establecer contacto con los ¡oh inteligentes telúricos!

    Llegados a este punto, el sentido común vuelve furtivamente para susurrar con voz ronca que, me guste o no, un planeta y un planeta hacen dos planetas, y que cien dólares son más que cincuenta. Si yo replico que tal vez el otro planeta resulte ser un doble, o que como es sabido, una cosa llamada inflación puede hacer que cien sea menos que diez en espacio de una noche, el sentido común me acusará de sustituir lo concreto por lo abstracto. Sin embargo, este último es otro de los fenómenos esenciales del mundo que os invito a examinar.

    He dicho que este mundo era bueno; y la «bondad» es algo irracionalmente concreto. Desde el punto de vista del sentido común, la «bondad» de un alimento, pongamos por caso, es tan abstracta como su «maldad», ya que el sano juicio no puede percibir estas cualidades como objetos tangibles y completos. Pero cuando realizamos ese giro mental necesario, que es como aprender a nadar o hacer cambiar súbitamente la trayectoria de una pelota, nos damos cuenta de que la «bondad» es algo redondo y cremoso y hermoso y sonrosado, algo con delantal limpio y cálidos brazos desnudos que nos ha criado y nos ha dado consuelo; algo, en una palabra, tan real como el pan o la fruta aludidos en el anuncio; los mejores anuncios son ideados por individuos astutos, conocedores de los métodos que ponen en marcha los cohetes de la imaginación; su saber es el sentido común, comercial, utilizan los instrumentos de la percepción irracional para fines totalmente racionales.

    En cambio, la «maldad» es una desconocida para nuestro mundo interior; se sustrae a nuestra comprensión; la «maldad» es en realidad carencia de algo, más que una presencia nociva; y al ser abstracta e incorpórea, no ocupa un espacio real en nuestro mundo interior. Los criminales son por lo general personas sin imaginación, ya que si ésta se hubiera desarrollado, aunque fuera siguiendo la mediocre trayectoria trazada por el sentido común, les habría impedido hacer el mal revelando sus ojos mentales el grabado de unas esposas; por otra parte, la imaginación creadora les habría inducido a buscar una salida en la ficción y a hacer que los personajes de sus libros realizasen de forma más completa y profunda lo que ellos sólo podrían hacer en forma de chapucería en la vida real. Faltos de verdadera imaginación, se conforman con banalidades imbéciles tales como verse conduciendo por Los Angeles un fastuoso coche robado al lado de la rubia fastuosa que les ha ayudado a destripar al dueño. Sin duda, esta realidad puede convertirse en arte cuando la pluma del escritor conecta las corrientes necesarias; pero, en sí mismo, el crimen es el triunfo de la vulgaridad, y cuanto más éxito tiene, tanto más idiota parece. Jamás admitiré que el oficio del escritor consista en mejorar la moral de su país, en señalar ideales elevados desde las enormes alturas de una tribuna callejera, administrar los primeros auxilios escribiendo libros de segunda categoría. El púlpito del escritor está peligrosamente cerca de la novela barata, y lo que los críticos llaman novela fuerte es generalmente un penoso montón de lugares comunes o un castillo de arena en una playa populosa: y no hay nada más triste que ver deshacerse su foso fangoso cuando se han ido los domingueros y las frías olas empiezan a roer las arenas solitarias.

    Hay, no obstante, una mejora que, sin querer, todo auténtico escritor aporta al mundo que le rodea. Cosas que el sentido común tacharía de banalidades insustanciales o exageraciones grotescas e irrelevantes; la mente creadora las utiliza de tal forma que vuelve absurda la iniquidad. El convertir al malo en bufón no es objetivo prefijado en vuestro auténtico escritor: el crimen es una farsa lastimosa tanto si el recalcarlo ayuda a la comunidad como si no; por lo general sí ayuda, pero ése no es el objetivo directo o el deber del autor. El guiño del autor al advertir el labio colgante e imbécil del asesino, o al observar el dedo índice rechoncho de un tirano profesional explorando un agujero productivo de la nariz en la soledad de su suntuoso dormitorio, ese guiño castiga a vuestro hombre más certeramente que la pistola de un conspirador solapado. Y viceversa, no hay nada más odioso para los dictadores que un resplandor inatacable, eternamente inaprensible, eternamente provocativo. Una de las principales razones por las que el valeroso poeta ruso Gumilev fue asesinado por los rufianes de Lenin hace treinta y pico años es que durante toda la dura prueba, en las oscuras oficinas del fiscal, en la cámara de tortura, en los tortuosos corredores que conducían al furgón, en el furgón que le llevó al lugar de ejecución, y en ese sitio mismo, con la tierra revuelta por los pies pesados de un pelotón sombrío y desmañado, el poeta no dejó de sonreír.

    Que la vida humana no es sino la primera entrega de un alma seriada y que el secreto de uno no se pierde en el proceso de la disolución terrenal, es algo más que una conjetura optimista, e incluso más que una cuestión de fe religiosa, si tenemos en cuenta que sólo el sentido común excluye la inmortalidad. Un escritor creador —creador en el sentido particular que estoy intentando explicar— no puede por menos de sentir que al rechazar el mundo de lo práctico, al tomar partido por lo irracional, lo ilógico, lo inexplicable y lo fundamentalmente bueno, está haciendo algo parecido, aunque con medios rudimentarios bajo los cielos nublados del planeta gris Venus.

    El sentido común me interrumpirá en este momento para advertirme que una mayor intensificación de tales fantasías puede conducir a la más completa locura. Pero eso sólo ocurre cuando la exageración morbosa de tales fantasías no enlaza con la obra deliberada y fría del artista creador. Un loco es reacio a mirarse en el espejo porque el rostro que ve no es el suyo: su personalidad está decapitada; la del artista, en cambio, está incrementada. La locura no es más que el sentido común un poco enfermo, mientras que el genio es la mayor cordura del espíritu; y el criminólogo Lombroso, cuando trató de descubrir las afinidades entre el loco y el artista, se embarulló al no percibir las diferencias anatómicas entre obsesión e inspiración, entre un murciélago y un pájaro, una ramita seca y un insecto en forma de rama. Los lunáticos son lunáticos porque han desmembrado, de forma completa y temeraria, el mundo que nos es familiar; pero no tienen o han perdido el poder necesario para crear un mundo nuevo tan armonioso como el anterior. El artista, en cambio, desconecta lo que quiere, y al hacerlo es consciente de que una parte de sí mismo conoce el resultado final. Cuando examina su obra terminada se da cuenta de que, cualquiera que sea la lucubración inconsciente implícita en su inmersión creadora, el resultado final es consecuencia de un plan preciso que estaba contenido en el shock inicial, como se dice que el desarrollo futuro del ser vivo está contenido en los genes de su célula germinal.

    El paso del estadio disociativo al asociativo está marcado por una especie de estremecimiento espiritual que en inglés se denomina a grosso modo inspiration. Un transeúnte silba una tonada en el momento exacto en que observamos el reflejo de una rama en un charco que a su vez, y simultáneamente, nos despierta el recuerdo de una mezcla de hojas verdes y húmedas y una algarabía de pájaros en algún viejo jardín y el viejo amigo, muerto hace tiempo, emerge súbitamente del pasado sonriendo y cerrando su paraguas mojado. La escena sólo dura un radiante segundo, y la sucesión de impresiones e imágenes es tan vertiginosa que no podemos averiguar las leyes exactas que rigen su reconocimiento, formación y fusión —por qué este charco y no otro, por qué este sonido y no otro—, ni la precisión con que se relacionan todas esas partes; es como un rompecabezas que, en un solo instante, se ensambla en nuestro cerebro, sin que el cerebro llegue a darse cuenta de cómo y por qué encajan las piezas; en ese momento, una sensación de magia nos estremece, experimentamos una resurrección interior, como si reviviese un muerto en virtud de una pócima centelleante mezclada a toda velocidad en nuestra presencia. Esta impresión se encuentra en la base de la llamada inspiración, ese estado tan condenable para el sentido común. Pues el sentido común subrayará que la vida en la tierra, desde el percebe al ganso, desde la lombriz más humilde a la mujer más bonita, surgió de un limo carbonoso coloidal activado por fermentos, al tiempo que la tierra se iba enfriando servicialmente. Puede que la sangre sea el mar silúrico en nuestras venas, y estamos dispuestos a aceptar la evolución al menos como fórmula modal. Puede que los ratones del profesor Pavlov y las ratas giratorias del doctor Griffith deleiten a las mentes prácticas; y puede que la ameba artificial de Rhumbler llegue a ser una mascota preciosa. Pero repito, una cosa es tratar de averiguar los vínculos y etapas de la vida, y otra muy distinta tratar de comprender la vida y el fenómeno de la inspiración.

    El ejemplo que he puesto —la tonada, las hojas, la lluvia— supone un tipo de emoción relativamente simple. Es una experiencia familiar a muchas personas que no necesariamente son escritores; otros, sin embargo, no se molestan en observarla. En el ejemplo, la memoria desempeña un papel esencial, aunque inconsciente, y todo depende de la perfecta fusión del pasado y el presente. La inspiración del genio añade un tercer ingrediente: el pasado, el presente y el futuro (nuestro libro) se unen en un fogonazo repentino; de este modo percibimos el círculo entero del tiempo, que es otra forma de decir que el tiempo deja de existir. Sentimos a la vez que el universo entero penetra en nosotros y que nosotros mismos nos disolvemos en el universo que nos envuelve.

    El muro de la prisión del ego se desmorona de repente, y el no-ego irrumpe desde el exterior para salvar al prisionero… que danza ya en el aire libre.

    La lengua rusa, aunque relativamente pobre en términos abstractos, define dos tipos de inspiración: vostorg y vdokhnovenie, que pueden parafrasearse como «rapto» y «recuperación». La diferencia entre una y otra es sobre todo de intensidad; la primera es breve y apasionada, la segunda fría y sostenida. Hasta ahora me he estado refiriendo a la pura llama del vostorg, al rapto inicial, que no se propone ningún objetivo consciente pero que es importantísimo a la hora de conectar la disolución del viejo mundo con la construcción del nuevo. Cuando llega el momento y el escritor se pone a escribir su libro, confiará en la segunda y serena clase de inspiración, en la vdokhnovenie, compañera fiel, que ayuda a recuperar y reconstruir el mundo.

    La fuerza y la originalidad implícitas en el primer espasmo de inspiración son directamente proporcionales al valor del libro que el autor escribirá. En el extremo inferior de la escala un escritor de segunda fila puede experimentar un ligero estremecimiento al observar, digamos, la íntima conexión entre la chimenea humeante de una fábrica, un lilo desmedrado en el patio, y un niño de cara pálida; pero la combinación es tan simple, el triple símbolo tan evidente, el puente entre las tres imágenes tan gastado por los pies de los peregrinos literarios y por las carretas de las ideas estereotipadas, y el mundo que surge de esa interrelación es tan parecido al normal y corriente, que la obra de ficción puesta en marcha tendrá necesariamente un valor modesto. Por otro lado, no pretendo insinuar que el impulso inicial de una gran obra sea siempre consecuencia de algo visto, oído, olido, gustado o tocado por un artista de pelos largos durante sus vagabundeos sin rumbo. Aunque no debe desdeñarse el cultivo del arte de trazar en uno mismo súbitamente diseños armoniosos con hebras muy separadas, y aunque, como en el caso de Marcel Proust, la idea actual de una novela puede surgir de sensaciones tales como la de notar cómo se deshace una magdalena en el paladar o de un enlosado desigual bajo nuestros pies, sería precipitado concluir que la creación de todas las novelas ha de tener como base una especie de experiencia física glorificada. El impulso inicial puede revelar tantos aspectos como talentos y temperamentos existentes; puede ser la serie acumulada de varios shocks prácticamente inconscientes o una combinación inspirada de varias ideas abstractas sin un fondo físico definido. Pero de una forma o de otra, el proceso puede reducirse incluso a la forma más natural del estremecimiento creador: una imagen súbita y viva construida en un relámpago con unidades desemejantes que son aprehendidas instantáneamente, en una explosión estelar de la mente.

    Cuando el escritor emprende su obra de reconstrucción, la experiencia creadora le dice lo que debe evitar en determinados momentos de ceguera que doblegan de vez en cuando incluso a los más grandes, cuando los duendes gordos y verrugosos del convencionalismo o los astutos trasgos llamados «llenadores de lagunas» tratan de trepar por las patas de su escritorio. El llameante vostorg ha cumplido su misión y la fría vdokhnovenie se pone las gafas. Las páginas todavía están en blanco, pero hay una sensación milagrosa de que todas las palabras están ahí, escritas con tinta invisible y clamando por hacerse visibles. Si quisierais podríais desarrollar cualquier parte del cuadro, pues la idea de secuencia no existe en realidad por lo que se refiere al autor. La secuencia surge sólo porque las palabras han de escribirse una tras otra en páginas sucesivas, del mismo modo que el lector debe tener tiempo para recorrer el libro, al menos la primera vez que lo lee. Tiempo y secuencia no pueden existir en la mente del autor porque ningún elemento temporal ni espacial habían gobernado la visión inicial. Si la mente estuviese construida con líneas opcionales y si un libro pudiera leerse de la misma manera que la mirada abarca un cuadro, es decir, sin preocuparse de ir laboriosa mente de izquierda a derecha y sin el absurdo de los principios y los finales, ésta sería una forma ideal de apreciar una novela, porque así es como el autor lo ha visto en el momento de su concepción.

    De modo que ahora está preparado para escribirla. Se encuentra completamente equipado. Tiene la estilográfica llena, la casa está tranquila, el tabaco y las cerillas a un lado, la noche es joven… y nosotros le dejamos en su grata ocupación, salimos furtivamente, cerramos la puerta, y al marcharnos, echamos de la casa al monstruo ceñudo del sentido común que subía pesadamente a gimotear que el libro no es para el público en general, que el libro nunca nunca se… Y entonces, antes de que ese falso sentido común profiera la palabra v, e, n, d, e, r, á, tendremos que pegarle un tiro.

***
Vladimir Nabokov (San Petersburgo, 1899-Montreux, 1977) Opiniones contundentes. Trad. María Raquel Bengolea. Barcelona: Anagrama, 2017. Revista Mal Salvaje.

lunes, 8 de agosto de 2022

ben lerner / de "el odio a la poesía"


    En la clase de Literatura Inglesa de noveno la señorita x nos mandó memorizar y recitar un poema, así que fui a pedirle a la bibliotecaria del Instituto de Topeka que me indicara el poema más corto que conociera, y ella me sugirió «Poesía» de Marianne Moore que, en su versión de 1967, dice así: 

        A mí también me desagrada.
             Al leerla, sin embargo, con el más completo
                 [desdén hacia ella,
             uno descubre que, a fin de cuentas, en ella hay
                 [un espacio para lo genuino.


    Recuerdo haber pensado que mis compañeros eran unos pringados porque la mayoría había memorizado el soneto xviii de Shakespeare, mientras que yo sólo tenía que recitar treinta y una palabras. No importaba el hecho de que, gracias a su esquema métrico y al pentámetro yámbico, resultara más fácil memorizar catorce líneas de Shakespeare que tres de Moore, en cada una de las cuales había un adverbio conjuntivo que las interrumpía, un paralelismo confuso que básicamente constituye su forma. Esto, unido a los casos de indeterminación en los que aparece el pronombre ella, hace que Moore suene como un cura que se ve obligado a admitir a regañadientes que la sexualidad tiene su función al tiempo que intenta evitar usar la palabra en sí, un efecto que se amplía gracias al encabalgamiento deliberadamente torpe entre el segundo y el tercer verso («ella / uno»). De hecho, «Poesía» es un poema bastante difícil de retener en la memoria, como bien demostré recitándolo mal en cada una de las tres oportunidades que me dio la señorita x, que no dejaba de mirar al texto mientras mis compañeros se partían de risa.

    Mi desdén hacia la tarea fue, a fin de cuentas, incompleto. Incluso ahora sigo citando mal el segundo
verso. Acabo de buscar en Google el poema y he tenido que corregir lo que escribí arriba, pero ¿quién podría olvidar el primer verso? «A mí también me desagrada» se viene repitiendo en mi cabeza desde 1993. Cuando enciendo un portátil para escribir o un libro para leer, lo escucho con mi oído interno:

    A mí también me desagrada. Cuando un poeta es presentado (yo incluido) en un recital, independientemente de lo que le oiga recitar, escucho: A mí también me desagrada. Cuando doy clase, básicamente lo canturreo. Cuando alguien me dice —como han hecho muchos— que no entiende la poesía en  general o mi poesía en particular, y/o que cree que la poesía ha muerto: A mí también me desagrada. A veces, este estribillo parece una reflexión de signo negativo y otras veces una especie de afirmación maníaca, como un mantra, lo más cercano que conozco a una plegaria incesante.

    «Poesía»: ¿Qué clase de arte asume la aversión de su audiencia? ¿Y qué clase de artista se hace cómplice de esa aversión, alimentándola incluso? Un arte odiado tanto desde fuera como desde dentro. ¿Qué clase de arte tiene como condición para su existencia que la gente sienta hacia él un completo desdén? E incluso leyéndola con desdén, no se alcanza lo genuino. Sólo es posible hacerle espacio, y aun así no se encuentra el verdadero poema, el auténtico objeto.

    Cada pocos años aparece un ensayo en alguna publicación convencional que arremete contra la poesía o proclama su muerte, a menudo culpando a los poetas actuales por la relativa marginación de este arte. Entonces sus defensores incendian la blogosfera antes de que la cultura —si es se puede llamar cultura— dirija su atención —si es que se puede llamar atención— de nuevo hacia el futuro. Pero, ¿por qué no nos preguntamos qué tipo de arte se define —ha sido definido durante milenios— en función de ese ritmo alternante entre denuncia y defensa? Hay mucho más consenso en el odio a la poesía que en la propia definición de lo que realmente es la poesía. A mí también me desagrada, y sin embargo he organizado mi vida en gran medida en torno a ella (si bien con mucha menos disciplina y competencia que Marianne Moore), pero no vivo esto como una contradicción puesto que la poesía y el odio hacia la poesía son para mí —y quizás también para ti— inextricables. 

    Caedmon, el primer poeta en lengua inglesa de cuyo nombre tenemos constancia, aprendió el arte de la canción en un sueño. Según la Historia de Beda, Caedmon era un vaquero analfabeto que no sabía cantar. Cuando, durante alguna celebración, se decidía que cada uno tenía que contribuir por turnos con una canción, Caedmon se retiraba avergonzado, quizás alegando que tenía que ir a cuidar del ganado. Hasta que, una noche, alguien trata de pasarle a Caedmon el arpa después de la cena, y él huye al establo. Allí, entre los ungulados, se queda dormido y recibe la visita de una figura misteriosa, probablemente Dios. «Tienes que cantarme», le dice Dios. «No sé», responde Caedmon (aunque no con estas palabras), «por esa razón estoy durmiendo en el establo en lugar de libar hidromiel con mis amigos junto al fuego». Pero Dios (o quizá era un ángel o un demonio, el texto es impreciso) sigue reclamando una canción. «¿Pero qué debería cantar?» pregunta Caedmon, a quien imagino desesperado
entre fríos sudores en plena pesadilla. «Canta el principio de las cosas creadas», le indica el visitante.

    Caedmon abre la boca y, para su asombro, al hacerlo brotan de ella versos magníficos alabando a Dios. Así, Caedmon despierta convertido en poeta, y con el tiempo se hará monje. Pero el poema que canta al despertarse no es, según Beda, tan bueno como el que cantó en el sueño, «puesto que a los cantares, por bien compuestos que estén, no es posible trasladarlos de una lengua a otra, palabra por palabra, sin que se pierdan su gracia y su valía». Si esto es cierto por lo que se refiere a la traducción en el mundo de la vigilia, lo es doblemente en el caso de la traducción en sueños: el poema que trae Caedmon a la comunidad humana es necesariamente un mero eco del primero.
    
    Allen Grossman, cuya lectura de Caedmon estoy pirateando aquí, extrae de esta historia (y hay muchas versiones de ella) una dura lección: la poesía surge del deseo de llegar más allá de lo finito y lo histórico —el mundo humano de la violencia y la diferencia— y de alcanzar lo trascendente o lo divino.

    Uno se siente movido a escribir un poema, se siente llamado a cantar, por ese impulso trascendental.

    Pero en el momento en que uno pasa de ese impulso al poema en sí, el cántico de lo infinito se ve comprometido por el carácter de finitud que condiciona su creación. Los versos que uno sueña pueden derrotar al tiempo, las palabras pueden liberar a la historia de su realización, puedes representar lo que no puede ser representado (por ejemplo, el concepto de representación en sí), pero al despertar, cuando uno vuelve a sentarse con sus amigos junto a la hoguera, se regresa al mundo de los hombres, con su lógica y sus leyes inflexibles.

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Ben Lerner (Topeka, 1979) El odio a la poesía. Trad. Elvira Herrera Fontalba. Barcelona: Alpha Decay, 2017. Extracto.