lunes, 6 de marzo de 2023

doris lessing / cómo nos verán en el futuro (extracto)


    Había una vez un próspero y muy respetado granjero que poseía algunas de las mejores vacas lecheras del país, y a quien otros granjeros de la mitad sur del continente acudían en busca de consejo. Esto era recién terminada la Segunda Guerra Mundial en la antigua Rodesia del Sur, hoy Zimbabue, donde me crié.

    Yo conocía bien al granjero y a su familia. El hombre, que era de origen escocés, decidió un día importar de Escocia un toro muy especial. En aquella época la ciencia no había descubierto aún la manera de enviar proyectos de becerro por correo aéreo de un continente a otro en paquetes pequeños. El animal llegó a su debido tiempo, lógicamente en avión, y fue recibido por un comité de bienvenida formado por granjeros, amigos y expertos. Costó diez mil libras esterlinas. No sé cuánto sería eso ahora, pero era una cantidad muy elevada para el granjero. Le prepararon un hogar muy especial. Se trataba de un toro impresionante, de grandes dimensiones, manso como un corderito, según decían, y al que le gustaba que le rascaran en el cogote con un palo desde la distancia prudencial que proporcionaban los barrotes de su pesebre. Tenía su propio cuidador, un muchacho negro de doce años. Todo fue bien; enseguida quedó claro que aquel toro no tardaría en convertirse en padre de un número satisfactorio de terneros. Era toda una atracción; mucha gente acudía los domingos por la tarde y se maravillaba ante aquel animal fabuloso cuya docilidad parecía contradecir su imponente aspecto. Y entonces, de manera tan repentina como inexplicable, el toro mató a su cuidador, al muchacho negro.

    Se creó una especie de tribunal de justicia. Los parientes del muchacho exigieron, y obtuvieron, una indemnización. Pero la cosa no terminó ahí. El granjero decidió que había que sacrificar al toro. Cuando se conoció la noticia, gran número de personas fue a ver al granjero para implorar por la vida de aquella bestia majestuosa.

    A fin de cuentas, como sabía todo el mundo, los toros a veces enloquecían. El muchacho estaba prevenido de ello y debió de cometer un descuido. Evidentemente, no volvería a ocurrir nunca más… Desperdiciar toda aquella potencia, aquella energía, por no hablar del dinero, ¿y para qué?

    «El toro ha matado, el toro es un asesino y debe ser castigado. Ojo por ojo, diente por diente», dijo el granjero, inexorable. Y el toro fue ejecutado por un pelotón de fusilamiento y luego enterrado.

    Como ya he dicho, este granjero no era ni un paleto ni un ignorante. Además, al igual que todos los de su clase –esto es, la minoría blanca gobernante–, se pasaba el día despotricando contra los negros que vivían a su alrededor por considerarlos seres primitivos, atrasados, paganos y demás.

    Pero su acto –el de condenar a un animal por haber cometido una maldad– se remonta al más remoto pasado de la humanidad, es tan antiguo que no sabemos dónde empezó, pero sin duda ya ocurría en aquellos tiempos lejanos en que el hombre apenas sabía diferenciar entre seres humanos y bestias.

    Cualquier otra sugerencia hecha con tacto al respecto por parte de amigos o de otros granjeros fue desechada con un «Sé distinguir entre el bien y el mal, muchas gracias».

    Hubo otro incidente. En una ocasión, al término de la última guerra, un árbol en particular fue condenado a muerte. El árbol estaba vinculado al general Pétain, quien fuera considerado primero el salvador de Francia y luego un traidor a su patria. Cuando Pétain cayó en desgracia, el árbol fue solemnemente condenado y ejecutado por colaborar con el enemigo.

    A menudo pienso en estas dos anécdotas, pues representan ese tipo de suceso que va cobrando significado conforme pasa el tiempo. Cuando las cosas parecen ir más o menos bien –y me refiero a asuntos humanos en general–, es como si de repente surgiera un espantoso primitivismo y la gente volviera a adoptar conductas bárbaras.

    De esto es de lo que quiero hablar en estas cinco conferencias: de hasta qué punto y con cuánta frecuencia nos vemos dominados por nuestro pasado salvaje, como individuos y como grupo. Sin embargo, aunque en ocasiones parezca que no tenemos arreglo, cada vez sabemos más de nosotros –y acumulamos conocimientos con demasiada rapidez para poder asimilarlos–, no solo en cuanto individuos, sino también en cuanto grupos, naciones y miembros de una sociedad.

    Es esta una época en que da miedo estar vivo, en que es difícil pensar en los seres humanos como criaturas racionales. Dondequiera que uno mire solo ve brutalidad y estupidez; se diría que no existe más que eso, que en todas partes se produce una vuelta a la barbarie y que somos incapaces de frenarla. Pero yo creo que, si bien es cierto que en líneas generales vamos a peor, es el hecho de que las cosas sean tan aterradoras lo que hace que nos quedemos como hipnotizados y no advirtamos –o, si las advertimos, les restemos importancia– fuerzas igualmente poderosas en el sentido contrario: las fuerzas de la razón, la cordura y la civilización.

    Y, naturalmente, no se me escapa que mientras digo esto habrá gente que murmure: “¿Dónde? Esa mujer debe de estar loca si ve algo bueno en el cenagal en el que vivimos”.

    Creo que la cordura hay que buscarla precisamente en ese proceso de juzgar nuestro comportamiento, como en el caso del granjero que sacrificó a un animal para que expiara un crimen o el de la gente que condenó a muerte a un árbol. Contra estos instintos primitivos tan sumamente poderosos, tenemos lo siguiente: la capacidad de observarnos a nosotros mismos desde otras perspectivas. Algunas de estas son muy antiguas, tal vez mucho más de lo que pensamos. No hay nada nuevo en la exigencia de que la razón gobierne los asuntos humanos. Por ejemplo, en ocasión de otro estudio me topé con un libro de la India, un texto de dos mil años de antigüedad, un manual sobre cómo gobernar de manera juiciosa. Sus propuestas son tan modernas, sensatas y racionales como cualquier cosa que se nos pueda ocurrir ahora; y tampoco exige menos en lo que atañe a la justicia, suponiendo que entendamos qué es la justicia. Si menciono este libro –por cierto, lo escribió un tal Kautilya, se titula Arthasastra y por desgracia es bastante difícil de encontrar en bibliotecas no especializadas– es solo porque este libro que parece tan inconcebiblemente antiguo se refiere a sí mismo como el último en una larga serie de textos similares.

    Se podría alegar que es motivo de pesimismo, y no de lo contrario, el que después de tantísimos siglos sabiendo a la perfección cómo hay que administrar un país, estemos aún tan lejos de conseguirlo; pero –y este es justamente el meollo de lo que quiero decir– lo que sabemos de nosotros mismos es mucho más complejo y va mucho más allá de lo que se sabía entonces, de lo que se ha sabido a lo largo de todos estos siglos.

    Ay, si pudiéramos poner en práctica lo que sabemos… Pero ahí radica el quid de la cuestión.

    Creo que, cuando la gente analice nuestra época, se sorprenderá sobre todo de una cosa en concreto: que, en efecto, aunque sabemos más de nosotros mismos ahora que en el pasado, nos ha servido de muy poco. Ha habido un gran auge de la información referente al ser humano. Esa información es el resultado de la todavía incipiente capacidad de la especie humana para mirarse a sí misma con objetividad.

    Tiene que ver con nuestras pautas de conducta. A las ciencias en cuestión se las denomina a veces ciencias de la conducta y tratan de cómo funcionamos en grupo y como individuos; no de cómo nos gusta pensar que nos comportamos y funcionamos (tendemos a dejarnos bien), sino de cómo podemos observar nuestro comportamiento de manera tan desapasionada como observamos el de otras especies. Estas ciencias sociales o de la conducta son precisamente el resultado de nuestra capacidad de distanciarnos de nosotros mismos (y no dejarnos siempre bien). Existe un gran volumen de información proveniente de universidades, centros de investigación y aficionados con talento, pero las diversas maneras de gobernarnos no han cambiado nada.

    Nuestra mano izquierda no sabe –no quiere saber– lo que hace la derecha.

***
Doris Lessing (Kermanshah, 1919-Londres, 2013) En: Las cárceles que elegimos. Barcelona: Lumen, 2018. Traducción de Ariel Font. Semanario Universidad.

lunes, 27 de febrero de 2023

lenrie peters / ensayo sobre la poesía


    ¿Qué es la poesía? ¿Se remonta a los orígenes del universo? ¿Al eco de las colisiones intercósmicas, hábilmente conducidas por seres celestiales? ¿Es el despliegue de llamaradas y fogonazos de luz intercósmicos que reconocieron la certeza de una autoridad suprema controlando el universo? ¿Es poesía el hecho de que una Neandertal le acariciara el cabello de un niño?

    Actualmente con una pronunciada madurez de la sensibilidad hemos limitado la poesía de la experiencia a la palabra escrita, actividad que sólo tiene unos pocos miles de años de antigüedad y se halla en declinación.

    Hoy sostenemos que cualquier conjunto de palabras que responden a estos tiempos salvajes en los que vivimos es poesía, sin importarnos si esas palabras tienen o no tienen significado. Ahora necesitamos una nueva tecnología que nos permita arrojar luz sobre la conciencia general. Sin embargo, no se puede negar que la tecnología científica posee su propia poesía, una que se aleja en proporciones geométricas de las necesidades del hombre, de su dignidad en esta época brutal, en este nuevo siglo en que el hombre enfrenta la barbarie del hombre y de la naturaleza.

    Un tiempo en que la tierra agota sus recursos, el tiempo del calentamiento global y de un futuro de creciente codicia; sí, en el presente la poesía declina hacia el limbo de la humanidad y necesita del G20 de la sabiduría humana y de la reflexión para revivir sus glorias pasadas.

    El futuro de la poesía, como el de muchas cosas depende de los niños. Debemos preguntarnos si los niños reciben una educación que les permita apreciar y emocionarse con el espíritu de la poesía. Pienso que no. Si deseamos que el fuego de la poesía sobreviva debemos comenzar desde el principio asumiendo el arrobamiento y el temor reverente que la rodea. Debemos lograr que los niños perciban la poesía como parte de sus juegos y entretenimientos para poder enfrentar la crudeza de la televisión, los videos e incluso del cine. Para que puedan acceder a la poesía, en tanto esta pueda constituir su salvación, representando la sangre eterna de la vida. Este proceso en un sentido amplio debe incluir el acertijo cósmico introduciendo la alegría y el respeto por el pulso de la vida.

    Cuando en Gambia se enteraron del Festival de Medellín se escucharon varios comentarios negativo, decepcionantes. Oh en ese país existe la guerrilla, están asesinando personas. ¿Cómo pueden pensar en la poesía? ¿Tendrás suficiente comida? ¿Y si te secuestran? Para mí fue suficiente que en esa tierra se viviera y honrara la poesía. ¿En cuántos países se organizan festivales de poesía? Me asombró profundamente que a pesar de la violencia y todos los problemas que esta acarrea en Medellín se pensara en la poesía.

    Cuando meditamos sobre los cataclismos y todas las dificultades que han tenido lugar en este último siglo, debemos reconocer que el mundo ha sufrido cambios que van más allá de todo entendimiento humano.

    Sin ir más lejos, los cambios ocurridos en la Unión Soviética. Recordemos la poesía mecánica de comienzos del proceso revolucionario, sólo quebrada marginalmente por Maya Skorsky y Yevtushenko y Mandelstam y Akhamatova y algunos otros que se zambulleron profundamente en las aguas de la poesía como los pescadores de perlas, emergiendo con su brillante tesoro.

    Actitud retomada por A. Ginsberg que guió a los poetas. Luego, la rebelión de la juventud de Occidente, enfrentando el status quo y también su desesperada búsqueda de la igualdad.

    Recientemente hemos escuchado a los raperos que aspiran a que nos paremos sobre nuestras cabezas para comprender su mensaje. Algunos raperos incluso se han hecho famosos por derecho propio e ingresan a los salones de la fama. Lo que no los exime de que cuestionemos la moralidad de sus obras; esa preferencia por las regiones más burdas de la actividad humana y su voluntarismo de combinar fama, celebridad y el mundo de la criminalidad.

    Indudablemente la poesía ha recibido fuertes golpes destructivos de parte de distintos poetas de generaciones diferentes, pero a pesar de ello continúa existiendo; y remodelará y corromperá a muchas generaciones más. Allí, Neruda permanecerá sentado en su trono. Quizás el dicho mejor conocido de nuestra época es aquel que sostiene que: “Hablar y hablar es mucho mejor que guerrear y guerrear. No se me ocurre otro deletéreo comentario sobre este nuestro tiempo.

***
Lenrie Peters (Banjul, 1932-Dakar, 2009) Festival Internacional de Poesía de Medellín.

lunes, 20 de febrero de 2023

arkadii dragomoschenko / ensayo sobre poética


        OPSIS
SIN
        TAXIS

    Todo esto es familiar, y aún así debe repetirse. Es su esencia misma, la retícula decorativa de los interiores chinos es inagotable. Las repeticiones no existen mientras haya tiempo. Por lo tanto la no-coincidencia  la desviación, el residuo, requieren de un acercamiento distinto.
    Un ornamento consiste en agujeros o transiciones de un vacío a otro. ¿En dónde descansa la distinción entre estos vacíos? La distinción no es un sustantivo; la ubicación es imposible. Al cambiarse a sí mismo, nada cambia. Vagar y vagar: “El propósito de uno es observar la desaparición de lo viejo, el propósito de otro es observar el cambio” (Lao Tsé).
    Es tan ridículo dividir un agujero como lo es para mí representar al poeta con alas de mármol y una boca en llamas. ¿Acaso la imaginación dibuja el modo en el cual esta lengua en particular se arruga en la escala viva de la saliva, se adhiere como barro en los dedos y sin embargo es como los dedos mismos sube al paladar, permanece allí un momento esperando que disipe la explosión, se aleja... acaso esta "imagen"  asecha a la imaginación cuando la mano va de "errancia'' a "errancia''? Pienso en Klebnikov cuando hablamos del surco de la errancia: minotauro de su propio laberinto un espejo volcado bajo los Cielos, un topo (ver Mandelstam) que ha caído en una trampa de raíces en busca de la "partícula'' invisible del habla, el centro, la Forma, instantes del Ser, el modo en el que la física cayó en una  trampa lingüística en su búsqueda de la partícula indivisible. Pero tenemos que hablar. ¿Acaso existe la palabra?
    La preferencia que en la antigua China se daba no a las características cuantitativas del número sino a las cualitativas sugiere que el I Ching no es un manual sobre lo aleatorio sino la primera investigación acerca de la sintaxis. Así "el lenguaje no cayó del cielo", "el lenguaje es una actividad" de la sociedad: Pienso en un cántaro porque es un capullo. Lo giratorio le dio  nacimiento  al ornamento. Por un lado, el concepto de "persona" me obliga a hablar sobre la suma de ciertas características, de modo más preciso sobre muchas de ellas; por el otro lado, yo, según mi experiencia, me puedo imaginar a una persona cuya violencia y sufrimiento la vuelven indiferente a su entorno. ¿En dónde se encuentra la diferencia entre una persona y una roca? La expresión propia requiere de cierto yo que exige expresión. La memoria significa solamente alguna otra memoria. Nacemos dos veces, la primera vez en la "separación'' del ser y la madre. No significación sino estratificación. La segunda vez, hasta la muerte misma nacemos infinitamente al mundo -esto es, en esta división infinita. Mientras el mundo se crea a sí mismo, inscribiéndose en mí, lo cambio permaneciendo en la no-coincidencia del nacimiento y de la muerte. Ver es un proceso de aplazamiento. Un proceso cuyo ritmo no coincide con la velocidad de la comprensión. "Ver-crear". La palabra "crear" es una palabra con un "ancla dual". Sin embargo, la vista está respaldada por la ceguera. ¿Qué nos enseña el lenguaje? Yo no escucho. Digo que no es la experiencia y tampoco la expresión de la experiencia sino una actividad; el lenguaje encontrándose encapsulado por la transparencia de las representaciones se abre a sí mismo hacia el futuro (todo esto es familiar, y aún así debe repetirse), hacia lo que nunca estuvo ahí  (¿en  la experiencia?) pero que está por siempre encerrado en él como posibilidad­ ¡movilidad dentro de la movilidad!

    La poesía llega en el acto de anticipar el hecho mismo de la posibilidad. ¿Qué dijiste? La espacialidad del silencio es creada por la temporalidad del habla. Lo sé. La materialización del sentido se revela a sí misma en el silencio de su  "nada" entre sonido y sonido, signo y signo. ¿Entre tú y yo? La no-existencia es el resultado de la sincronía. Pero la poesía comienza como inconsciencia. El mar en Homero era rojo. Los significados se exigen por el hecho de afirmarse... ¿ante qué?
    Existen dos tipos de duración; la "duración'' de un cambio en la conciencia social y la "duración'' del cambio en los significados de la poesía son inconmensurables en su índice de transformación. Como resultado, estamos nuevamente hablado de historia. El lenguaje "apilado", el lenguaje como "tesoro", el lenguaje no desperdiciado por la pérdida­ al r/evolucionar muere. Aquí empieza el círculo de las pequeñas tragedias de Pushkin- "El caballero avaro", si el círculo puede tener un comienzo. La ley de la conservación de la energía nos permite imaginar cierto mapa.

    Sancionado por el Areópago de los legisladores un "lenguaje singularmente correcto" (el espectro inoportuno de la aglutinación) lleva a la homogeneidad y al fetichismo, matando la conciencia del otro. Hay tanto que no ocurrió ante nuestros ojos, pero hemos visto repetidamente cómo murió el lenguaje y se volvió un asesino, abandonándose a sí mismo a fantasías melodramáticas acerca de los valores fundamentales. La imaginación difiere de la fantasía como la palabra "es" de la palabra "si". La "vanguardia'' es una de las banalidades que acarrean la muerte.
    La percepción alimenta al mundo. ¿Qué existía ames del dígito? La invención es la selección -de lo inidentificable. La imaginación es la acción intransitiva de la anticipación. Lo opuesto es un deseo de no-diferenciación, de indiferencia: irresponsabilidad. Un ornamento representa un sistema de agujeros, de discontinuidades. El vacío es el corazón del bambú. El origen del eco, una respuesta. No hay vacío, pero hablamos de él. Hablamos de la gente, del amor de la línea, de la poesía. ¿Acaso existen todas estas cosas? La poesía es ese estado del lenguaje que en sus mecanismos excede constantemente el orden real de la verdad. ¿Quién define cómo debiera existir nuestro conocimiento, o cómo es quien se supone debiera identificar lo identificado? Y así sucesivamente. Esta es la frase de Heisenberg, en la cual reemplacé una palabra: ''En poesía ¿estamos describiendo algo objetivamente más real, algo que en cieno sentido existe independientemente del pensamiento humano, o acaso la poesía representa sólo una expresión de las capacidades del pensamiento humano?"
     ¿Qué término en esta frase fue reemplazado con la palabra poesía? O acaso "¿esta vaguedad le pertenece al sujeto o sólo al idioma en el cual hablamos sobre éste y cuya imperfección nosotros en principio  no  podemos  ignorar?" Aquí, en  esta  frase no  hay sustitución.
    Un Yo ilusorio.
   En el momento en el que el lenguaje está inmovilizado la figura del "enemigo de valores" surge. Parece que solamente la negación nos permite hablar acerca de esas cosas que el lenguaje no puede tocar. El gusto y la geometría son dos cosas distintas. El péndulo de la retórica mueve el curso del agonista. ¿Qué le preguntan al poeta?
    El cuerpo de la enciclopedia puede dar satisfacción:
    Los diccionarios proponen:
    Se revelan la psicología, la sociología, la ciencia política. la mitología, las religiones:
    La literatura ofrece:
    Las instituciones de información satisfacen el entusiasmo por las soluciones: Pero la poesía siempre es algo más.
    Todo esto familiar, y aún así debe repetirse. Sin preguntarle nada al poeta, preguntan, ¿es posible preguntar acerca de lo cual no existe ninguna respuesta posible? -sin preguntar, preguntan: ¿acaso existe esa pregunta, cuya ausencia produce la misma ansiedad irresistible que naturalmente incita la duda sobre tantas cosas, y en primer lugar sobre la fascinación de las relaciones paternales entre quien ostenta la verdad y su usuario? O: ¿puede una persona (no reducida a la existencia de la piedra) encontrar eventualmente (de) la posibilidad de ser la pregunta? Y ¿qué clase de "respuesta'' podría ser, esta perla, encerrada en su concha? La responsabilidad es un modo de escuchar. La sombra de un idioma muerto se convierte en el espectro de lo universal, lo único, cuantitativamente infinito: voraz.
    Pero el lenguaje no puede apropiarse porque es perennemente incompleto. Las acciones perfectas no dejan rastro... La poesía es imperfecta, inconclusa, como es. No hay consuelo. Así como la palabra no existe. La transformación a través de la nada hacia la otredad: "La catástrofe no es el término. La culminación del enfrentamiento y la lucha entre puntos de vista (de conciencias igualmente correctas con sus respectivos mundos). La catástrofe no reduce las situaciones sino Lo opuesto, desdobla su imposibilidad en condiciones terrenales, las hace a un lado sin solucionarlas" (Bajtín). Mozart y Salieri de Pushkin es un idioma, la huella de un ciclón, identidad acumulada, que devuelve la idea del sacrificio, de la división, de la distinción , encontrando sentido en su propio disiparse. "¿Acaso existe el habla?" (Chuang Tzu). La transformación de una pregunta  en cuestionamiento, acerca del límite, de la frontera, del delineamiento del significado, acerca de la liberación del sinsentido por el sinsentido, existe sólo en la promesa en el lenguaje, en la poesía. La historia no es una oblea de espacio que se deshace sobre la lengua. La valentía consiste en una afirmación infinita del pensamiento que derrota "el orden de la verdad real".
    La poesía es un gasto de lenguaje "sin un propósito", es de hecho una redundancia; un constante sacrificio a un sacrificio. Es posible que hablemos aquí sobre el amor, en arras palabras sobre la realidad, o sobre la probabilidad de contestar un eco sin origen - sobre la responsabilidad.

***
Arkadii Dragomoshchenko (Potsdam, 1946-San Petersburgo, 2012) Descripción. Traducción al español de Tatiana Lipkes desde la traducción inglesa de Lyn Hejinian y Elena Balasova. Ciudad de México: Mangos de Hacha, 2015, pp. 7-9.

lunes, 13 de febrero de 2023

june jordan / ¿dónde estamos y de quién es este país?


    Hace dos semanas mi tía me llamó comunista. Es mi única tía y yo su única sobrina y, puesto que ambas somos absolutamente caribeñas, el diálogo subió de tono con bastante rapidez. ¿Comunista, yo? Ni siquiera había leído uno de esos voluminosos tomos sobre la materia. Y no creo que pueda tildarse fácilmente de comunista a una episcopaliana local a menos que lleve una de esas insignias que funcionan con pilas o, mejor aún, que se le ocurra colgar uno de esos pequeñas rótulos amarillos en la ventana trasera de su potente BMW azul, ya sabéis: ¡comunista a bordo! Pero lo cierto es que nunca he visto nada semejante en la carretera, ni de lejos, y por eso no estoy tan segura de qué era exactamente lo que tanto preocupaba a mi tía. Y tampoco estoy tan segura de que ella supiera realmente mucho más que yo acerca de esa terrible amenaza que se cierne sobre los patios traseros de todos. Pero su sorprendente acusación me hirió en lo más hondo. Yo entendía que ella entendía, como todo el mundo entiende, que llamar a alguien comunista es una manera enteramente respetable y popular entre la clase media de llamar a alguien sucio perro infame. Esta confrontación entre nosotras comenzó mientras hablábamos por teléfono el fin de semana inmediatamente anterior al Día de Acción de Gracias. Quizá lo recuerden, fue el fin de semana en que casi todo el mundo intentaba cuestionar a Su Alteza, el rey de América. Y, entretanto, Su Alteza intentaba averiguar cómo podría el Pentágono trasladar el Triángulo de las Bermudas hacia algún lugar vecino a Israel, Irán y Nicaragua.

    Era el fin de semana inmediatamente anterior al Día de Acción de Gracias, el mismo de la desafortunada conversación entre mi única tía y yo, unos cuatro o cinco días antes de que el New York Times publicase finalmente lo que tanta gente estaba esperando descubrir: ¡la receta de Nancy Reagan para el relleno del pan de maíz! Yo misma estudié la receta, pero decidí descartarla porque Miss Nancy comenzaba con una mezcla prefabricada para el relleno de pan de maíz y yo no tengo demasiada confianza en algo si no sé cómo o por qué ha acabado juntándose en un paquete, guste o no guste.

    Mi tía me llamó comunista. Y yo, por supuesto, me mostré interesada: ¿qué quería decir con eso?

    a) Quería decir que yo estaba loca por considerar la posibilidad de ir a Nicaragua cuando, en lo que a ella respecta, yo debería visitar su casa y comer y comer y comer hasta alcanzar el reglamentario estado de tradicional empacho.

    b) Quería decir que yo estaba loca por pretender ir a cualquier otro sitio que no fuese específicamente su casa para la cena de Acción de Gracias. «¿Qué harás ahí abajo, en Nicaragua? –preguntó–. ¿Llevarles zapatos?»

    Dije que no me parecía mala idea.

    Ella dijo: «¡Pero es un país comunista!»

    Yo dije: «¡No, es sandinista y, de hecho, el partido comunista solo ha obtenido un par de escaños en las elecciones generales!»

    Mi tía resopló y añadió despectivamente: «¿Qué elecciones? ¿Crees en esa propaganda?»

    Le pregunté: «¿Tú crees, sin ningún género de dudas, que Ronald Reagan ha mentido sobre todas las cosas de este mundo excepto sobreNicaragua –y que en este tema en particular ha sufrido un lapsus y por eso ha dicho la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad?»

    La voz de mi tía adquirió un tono amenazador: «¡Estás hablando del presidente!»

    «¡Estoy hablando de un mentiroso!»

    «Eres una comunista» –repitió ominosamente mi tía.

    «Sin embargo, yo he estado en Nicaragua; he visto el país con mis propios ojos!»

    «¡Y qué!» –contestó.

    «¿Estás diciendo que yo conozco Nicaragua peor que tú precisamente porque he estado allí y tú no has estado nunca, pero Ronald Reagan te jura que Nicaragua está montando una base de misiles para achicharrar las rosas de tu precioso jardín?»

    «Eres una víctima de la propaganda –replicó complacida–. Es una cuestión de Este y Oeste, ¿no te das cuenta?»

    «¡Este y Oeste! –exclamé–. Pero si cojo un avión mañana en dirección a Managua, estaré volando hacia el sur y hacia el oeste. ¡Oeste!».

    «¡Eso es mera geografía!» –mi tía estaba a punto de gritar.

    «Pero la geografía no es un asunto opinable» –dije.

    Entonces mi tía sacó su voz solemne de directora de instituto público.

    «Este y Oeste –explicó con paciencia– es una cuestión de ideología».

    «Bien –dije–, permíteme decirte que disiento».

    «Nosotras no disentimos –indicó–. No se trata de eso. ¡Estás en un error! ¡Eres una comunista!»

    (La verdad es que yo misma me estaba poniendo un poco furiosa).

    «Si yo soy una comunista –respondí–, ¡entonces la mayoría de los ciudadanos de este país son comunistas, porque la mayoría de los ciudadanos de este país no apoyan la postura del presidente sobre Nicaragua!»

    Mi tía no replicó, así que continué: «Si yo soy una comunista, ¡entonces hay comunistas en el Congreso de Estados Unidos!»

    «Eso no lo pondría en duda» –espetó.

    «El Senado, el Senado de Estados Unidos. ¿Te das cuentas de que la mayoría del Senado de Estados Unidos va a votar ahora contra las políticas de Ronald Reagan en Nicaragua?»

    «¿Por qué tendría que preocuparme eso? –contraatacó–. «¡Cuatro o cinco votos me importan poco!»

    «¡Pero eso significa mayoría!» –dije.

    «No me preocupa la mayoría –concluyó–. A mí me preocupa mi país».

    Bueno, no fui a Nicaragua la semana siguiente y, para dejar las cosas perfectamente claras y equilibradas, tampoco fui a casa de mi tía. Pero estuve pensando en mi tía y pensado en si yo era o no una comunista y pensado mucho en Su Alteza, el rey de América, y me fui poniendo algo más que un poco furiosa según pasaban los días.

    ¡No me malinterpreten! Quiero a mi única tía. No es una mujer ridícula. No es inconsecuente, desde luego. Y pondré contra las cuerdas a cualquiera que se atreva a faltar el respeto a esta vieja dama caribeña que ha amado durante tanto tiempo a su país que hasta es posible que algún vaquero ladrón con el pelo teñido le haya vendidocomo real una historia digna de una telenovela. Pero:

    1. No creo que Ronald Reagan tenga más idea del comunismo de la que tiene sobre dónde se halla Managua respecto a Memphis, Tennessee. Y mi tía tiene que dejar de emular a un sobresaliente bufón: que algo no te guste no significa que puedas calificarlo de comunista.

    2. Personalmente, no me dedico a calificar a nadie ni a nada de comunista porque no sepa de qué estoy hablando y porque, a diferencia de Su Alteza, el rey de América, intento mantener la boca cerrada cuando no sé de qué estoy hablando.

    3. No me enloquece el comunismo. Lo que me enloquece es que la gente intente ponerme a la defensiva achacándome este u otro polisílabo que nadie puede definir realmente.

    4. No me preocupa el comunismo. Me preocupa mi país: es aquí donde vivo. ¿Y en qué situación nos encontramos aquí donde la gente puede reclamar lealtad extrema a Estados Unidos, y donde el Joe medio y la Jane media pueden articular confusamente montones de «lo tomas o lo dejas» y después dar media vuelta y decirte que la regla de la mayoría no viene al caso?

    5. No me preocupa el comunismo. ¡Me preocupa mi país! ¿Puede darse realmente el caso de que un hombre quebrante la legislación estadounidense, los tratados internacionales, puede darse realmente el caso de que un hombre –de acuerdo, un hombre blanco, pero aun así– ignore y rechace las decisiones del Tribunal Internacional de Justicia y, sin embargo, decir adiós a 235 millones de niños mientras sube a un helicóptero para pasar un fin de semana lejos de las consecuencias de sus fechorías?

    6. ¿Está sucediendo en la vida real presente que un solo hombre suprima y deshonre la Constitución de Estados Unidos y luego espere recibir expresiones de simpatía y apoyo de los líderes de algo llamado Partido Demócrata?

    7. ¿Puede ser cierto que realidades como la geografía no sean ya importantes para Estados Unidos? ¿Es admisible que un hombre pueda mentir y mentir y mentir y seguir y seguir mintiendo una y otra vez y, sin embargo, ocupar el cargo más elevado de la tierra?

    8.¿Debo creer que hay algo equivocado en ofrecer agua a quien tiene sed? ¿Algo equivocado en ofrecer la paz a quien solicita la paz? ¿Algo equivocado en ofrecer zapatos a quien carece de ellos? ¿Debo creer que mi país no respeta ni respetará los derechos de soberanía y autodeterminación de ningún otro país del planeta?

    9. ¿Debo aceptar que mi país ratifique y aliente, infaliblemente, a todos los tiranos y fuerzas malignas en el Primer y del Tercer Mundo?

    Si el tinglado actual ha caído tan bajo que no debo amar la verdad, no debo querer justicia, no debo permitir que otras personas discrepen de mí, no debe importarme la ley lo más mínimo, no debo respetar a nadie que difiera de mi propia y particular imagen –o de lo contrario seré un sucio perro infame–, entonces, sí: ¡soy un sucio perro infame! ¡Soy republicana! ¡Soy seguidora del equipo de béisbol Boston Red Sox! ¡Soy comunista! ¡Soy una poeta caribeña enfadada!

    Y este es mi país, esta Norteamérica. Este es mi hogar, esta democracia. Esta es mi firme esperanza, este conglomerado de estados quejumbrosos, renqueantes, jorobados, maltratados, agónicamente unificados por la Declaración de Independencia y la Constitución. No estoy dispuesta a adorar una perversa telenovela de mi vida. Y no estoy dispuesta a olvidar la realidad de mis derechos.

    A final del Verano de la Libertad de 1964, una auténtica gran dama, la señora Fannie Lou Hamer, viajó desde Misisipi hasta la Convención Demócrata de Atlantic City. Acababa de ser brutalmente apaleada en una prisión sureña donde fue encerrada por incitar a los negroamericanos a inscribirse para votar. Y como miembro del Partido Democrático de la Libertad de Misisipi, la señora Fannie Lou Hamer se dirigió a la nación a fin de pedir que su partido reemplazase a la habitual delegación racista. Ya saben cómo acabó la historia: Lyndon Baines Johnson y su compañero durante tantos años, Walter Mondale, impidieron, en efecto, que la señora Fannie expusiera el caso con detalle a sus compatriotas de costa a costa. Y luego los caciques del Partido Demócrata le ofrecieron lo que llamaron un «compromiso» de dos escaños para el Partido Democrático de la Libertad de Misisipi.

    Esta grandísima dama, la señora Fannie Lou Hamer, ¿saben qué les dijo? «¡No hemos recorrido todo este camino para dos escaños! ¡Ya estamos cansados!»

    Y deseo que esta noche acojáis sus palabras y su espíritu como si fueran vuestros. No es el momento de echarse atrás o contemporizar. No es posible contemporizar con la verdad. No es posible contemporizar con la justicia. ¡No es posible contemporizar con la Constitución de Estados Unidos ni con la horrible contradicción de un rey de América!

    ¡No hemos recorrido todo este camino para dos escaños!

    Lo queremos todo. El legado intacto de la Declaración de Independencia. Cada una de las libertades garantizadas por la Constitución. Una coherente política exterior acorde con los principios de no intervención y con los derechos humanos. Una judicatura y un congreso al mismo nivel, al menos, que la oficina del presidente. Un presidente responsable ante el pueblo. Un presidente que no sea un mentiroso patológico en una carrera homicida.

    Necesitamos un presidente, no un rey americano.

    Necesitamos un nuevo presidente. Para salvar nuestro país, necesitamos un partido opositor en la escena norteamericana.

    Puedes llamarlo Democrático o Arco Iris o Socialista o Comunista o Conservador, da exactamente igual: necesitamos un partido opositor. Un partido opositor decidido a reconquistar nuestras razones para sentirnos orgullosos de Estados Unidos, un partido opositor que desencadene una ofensiva contra todo lo que en nuestras vidas es corrupto y tiránico y antidemocrático.

    ¡Necesitamos un partido opositor que envíe ingentes cantidades de ayuda humanitaria a los sandinistas de Nicaragua!

    ¡Necesitamos un partido opositor que envíe dinero y armas y asesores a los luchadores por la libertad del Congreso Nacional Africano de Suráfrica!

    Necesitamos un partido opositor que ame y honre a los ciudadanos a los que quiere representar del mismo modo que mi tía adora a su vaquero ladrón del pelo teñido. ¿Y por qué no habríamos de conseguir lo que necesitamos? Al fin y al cabo, ¿dónde estamos y de quién es este país?

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June Jordan (Harlem, 1936-Berkeley, 2002) Radio Africa Magazine. Traducción de Juana María Furió y Mireia Sentís.