lunes, 22 de mayo de 2023

robert creeley / ¿qué es la poesía?


¿Qué es la poesía? En un diccionario que he cargado durante casi tanto tiempo como el que llevo escribiendo (The Pocket Oxford Dictionary of Current English, de Fowler and Fowler, en una “Versión nueva y aumentada, revisada por George Van Santvoord”, 1935) se dice para mi horror: “expresión elevada de un pensamiento o sentimiento elevado, esp. en forma métrica…” Si voy a un diccionario más reciente The American Heritage Dictionary of the English Language, 1969, se me dice que la poesía es “el arte o el trabajo de un poeta”, lo que equivale a darse por vencido. Así es que, todos estos años, la gente ha gritado que no estábamos escribiendo verdadera poesía, y resulta que nadie, ni uno sólo de todo ese montón, sabía, para empezar, lo que era la poesía. ¡No me extraña que hayan insistido en esas formas! No sabrían que alguien es una mujer si no tuviera puesto un vestido.
     Así que ahora inventaré la poesía, como siempre lo he hecho: una palabra después de otra, convirtiéndose en algo, como sonidos, digamos, como golpes, tum tum. Todo muy conocido. Pero, cada vez que tomo el autobús, veo realmente algo nuevo. ¿Unos ojos, posiblemente? Ciertamente un mundo que da vueltas. El verso da vueltas, y alterna al dar vueltas –que en mi libro se llaman versos, entendidos como cambios, no como estancias, fijas, determinadas. Avante entonces, múltiples hombres, también las mujeres irán con ustedes –¡buuh! Que es un poema porque yo lo digo, porque rima. Ése fue un requisito primordial durante años y años. Pero un requisito muy hermoso cuando esa rima, cuando esa congruencia de sonidos que ocurre en el tiempo con la suficiente cercanía como para resonar, hacer eco, y recordar, cuando eso nos mueve al placer y la intensidad, y se siente la cualidad física del movimiento de las palabras con una gracia que no distorsiona nada. Decir cosas –y decirlas con una articulación que imprima un carácter físico a las palabras que se han convertido–, esa es la maravilla.
       También es una maravilla cuando los ritmos que las palabras pueden encarnar mueven a un eco y a una congruencia semejantes. Es un lugar, en suma, al que uno llega, donde las palabras bailan, en verdad, informándose unas a otras, captando la atención, provocando participar.  

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Robert Creeley (Arlington, 1926-Odessa, 2005) Fragmento de "¿Es un verdadero poema o nada más se lo inventó?". De: Lo creativo y otros ensayos (Universidad Iberoamericana, 1998). Traducción de Patricia Gola.   

lunes, 15 de mayo de 2023

julio barco / de "siete arengas populares"


de "Arenga sobre la poesía"



La poesía es un estado de nuestro pensamiento, perpetuamente agitado, que se sujeta a la creatividad (y sus oleajes); a la libertad, a un sueño discursivo personal que termina siendo canto compartido en la intimidad.



¿Qué diferencia el latido del poema del latido del humano?



La poesía es un contacto más intenso con la realidad de las cosas, con la realidad de uno mismo entre la realidad y las cosas, y la naturaleza mental que brota de ese contacto.



La poesía solo puede seguir siendo obstinadamente fiel a su fe de comunicar, de elaborar lenguajes y espejos, brújulas y laberintos.



La poesía tiene la misma duración de la especie humana.



La poesía se da en la vida misma, como un estado de alerta, como un estado de juego o de apertura a la libertad.



La poesía es un horizonte de poder desde la libertad.



La poesía te permite ver los límites de todo lenguaje; ese ver no es solamente un simple mirar sino un descubrir; el lenguaje se hace visión en el poema, visión de nuestro código humano, tribal, de la naturaleza que habitamos; en últimas, en una sociedad cerrada y con pocas posibilidades de lo divergente, la poesía guarda el fuego del imposible y de la posibilidad.



Lo peor que le puede pasar a un poeta es dejar de leer, o reflexionar, dejar de nutrirse, justamente de lenguaje, porque también la cualidad del poeta es la de intérprete, entonces, tiene como un paladar más abierto a observar matices, a ver mosaicos.



El poeta no persigue la misma vida rutinaria que padecen todos e inventa un lenguaje, que es su habitar.



La poesía como mente extendida en el espacio del papel, es también un testimonio de cada época, o, en todo caso, un testimonio de que cada época posee un trozo de eternidad que puede ser develada, oíble, entendible a lo largo de las épocas.



Lo poético propiamente jamás se trató de un juego de palabras, o de un trabalenguas, o de aprender a hacer métrica, o de escribir bonito o seguir una moda del extranjero, sino fue y es un asunto más urgente, una forma de embestir a toda la hipocresía, una suerte de catarsis social donde nos jugamos el uso del lenguaje.



La poesía vence a la muerte y yo río de su porvenir. La poesía nos afirma que la vida es más grande que la muerte. Que la muerte es siempre música del uno mismo. Sin embargo, el poeta no vence a la muerte. Por ello, la poesía es inmortal y todo poeta mortal. Y yo busco tus ojos.



El poeta observa el disfraz de la retórica, la golpea, la profundiza e interpreta, para buscar lo nuevo: nada huye de la urgencia de fundar un nuevo planeta, sino el delirio de crear una sustancia, un lenguaje y una rotación para que circule esta voz.


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Julio Barco (Lima, 1991) Siete arengas populares. Rancagua/Lima: Astronómica/Higuerilla, 2023.

lunes, 8 de mayo de 2023

antonio gamoneda / en el amor a la vida


Majestad.

Excelentísimo Señor Presidente del Patrimonio Nacional, Excelentísimo y Magnífico Señor Rector de la Universidad de Salamanca, señoras, señores, amigas, amigos.

Nunca me atreví a pensar que recibiría de manos de la Reina de España el reconocimiento de mi trabajo poético, de mi muy largo medio siglo de trabajo poético. Hoy es, pues, para mí, un día feliz y, simultáneamente, sorprendente.

Sobre la condición de sorpresa basta con lo que tengo ya dicho: nunca me atreví a pensar en esta circunstancia. Sobre la felicidad temporal que el hecho me proporciona, algo tengo que añadir.

Es cierto que mi escritura, que intenta –no sé si lo consigue– tener o un poco o nada que ver con la ficción y sí desprenderse de mí y comportarse como una emanación de mi realidad existencial, está mayoritariamente concebida en la perspectiva de la muerte, y esto lo digo aceptando con humildad la opinión de la crítica, porque yo, limitado a mi propia y única autoconsideración, no sé llegar a ésta ni a otras muchas conclusiones sobre la significación final de mi poesía.


Debo añadir (y ésta sí pudiera ser la conclusión más fuerte y verdadera) que mi contemplación de la muerte se produce y alcanza su mayor intensidad y, quizá, una cierta condición luminosa, en el amor a la vida.

Si esto es así –y yo creo firmemente que es así–, tengo que decir también que este amor lleva consigo inocultables exigencias: yo necesito que esa vida que amo sea más digna de ser vivida, que se produzca la desaparición de la pobreza límite, creada por formas espurias de poder, y la desaparición también de esa terrible “normalidad” consistente en la opresión y en todas las formas, declaradas o encubiertas, de ejercicio criminal y despojamiento.

Consecuencia y causa de la superación amplia de este sufrimiento que tiene dimensión histórica, ha de ser la aparición universal de la paz, la comprensión fraterna entre los seres humanos y los pueblos y la solidaridad que ignora todas las diferencias.

¿Es éste un sueño irrealizable?

Yo quiero pensar que, aunque la historia del pasado parece indicar lo contrario, todas estas actitudes y hechos, estas apariciones y desapariciones, están potencialmente incluidas en un entendimiento correcto y pleno de la democracia, y ésta, trabajosa pero continuadamente, está siendo descubierta y procurada (aunque también, desdichadamente y no en pocos casos arteramente interpretada), está siendo descubierta y procurada, insisto, cada día que transcurre, por más personas y países sobre la superficie de la tierra.

Falta mucho, posiblemente, para que, cuanto he dicho y otras realidades complementarias, se hagan prácticamente universales, y, para que ello suceda, aún habrá de ser creado un inmenso campo de coincidencia moral en el que vengan a reunirse todas las ideologías que no estén enraizadas en la perversión, y también las religiones y los hábitos convivenciales entre las distintas razas; esto es algo que aún no existe, pero sí es verdad que la orientación hacia formas de ordenación democrática se hace sentir, progresivamente, en un mayor número de regímenes, con independencia de que sus valedores estén en las formaciones del poder o de la oposición.

Es cierto todo esto y lo es también que, desde las conciencias, aunque entorpecidas en demasiados casos por las formas contemporáneas de la ambición y por la proliferación de actitudes ligadas a la indiferencia, al pensamiento débil o al trampantojo del consumismo, esta convicción aloja una carga de generosidad sentimental en un número cada vez mayor de espíritus abiertos a la verdad moral y a su realización.

Aquí quería llegar. He empezado diciendo que éste era, para mí, un día sorprendente y feliz.

¿Feliz por qué?

Me siento afortunado, pero esta fortuna tiene, para mí, una excepcional calidad en su causa mayor, en el hecho de que la distinción lleva consigo, Señora, vuestro nombre y en que la recibo de vuestras manos.

Yo creo y siento –y pienso que, conmigo, todos los españoles– que vuestro corazón es un corazón sobrecargado por la contemplación del dolor y por el amor a la vida tal y como yo quiero entenderlo: por el amor a una vida más justa.

Los españoles, sea cual sea nuestra elección ideológica, advertimos en la Reina una sensibilidad que sufre y se inclina a la vivencia de la paz y a la reparación del infortunio, a la desaparición de la pobreza material, moral y cultural, al remedio del desvalimiento y la enfermedad, al prevalecimiento de un orden liberador del desamparo y del dolor que se derivan de la injusticia.

Esta voluntad advertida en Vuestra Persona es lo que hace más valioso el honor que se me depara (honor que tanto tengo que agradecer también al jurado que pensó en mí para concederlo) y lo que me permite aludir a hoy como un día en que puedo concebir alguna felicidad.

Mi poesía y mi vida se han formado llevando en sí las marcas del sufrimiento que, en la infancia, recayó sobre mi existencia y sobre la de tantos otros españoles: el sufrimiento derivado de la orfandad, el desgarramiento de la guerra civil y la pobreza.

Por ello he querido acercarme a Vuestra Majestad cogido de la mano de una criatura a la que amo y para la que necesito y espero un tiempo más generosamente entendido y, en consecuencia, más bello que el que yo he tenido que vivir.

Porque este pequeño ser es en mi poesía el símbolo creciente de ese futuro más bello, quiero terminar mis palabras con una breve expresión poemática que, en su intención, incluye a todos los pequeños seres de España entre los que están, Señora, los que son vuestros descendientes.

Eres como una flor ante el abismo, eres
la última flor.

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Antonio Gamoneda (Oviedo, 1931) Discurso de aceptación del Premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana 2006. 

lunes, 1 de mayo de 2023

martín cerda / vivir / escribir


Escribir es una ocupación que siempre solicita, requiere o exige “hacerse un tiempo”: abrir un paréntesis en el curso del tiempo cotidiano, para emplearlo en “el insensato juego de escribir” (Mallarmé). Este tiempo que, de un modo u otro, se hace el escritor no es, sin embargo, el tiempo real de la vida, ni tampoco el tiempo ficticio que instaura su obra. Es sólo el tiempo de una operación, de un trabajo, si se quiere, de una “diversión”: la escritura.

Hacerse un tiempo es, sin embargo, un modo de emplear o disponer de ese tiempo irremediablemente contado, limitado e irrecuperable que es siempre el tiempo de nuestra vida. Basta un ligero aumento de la presión (u opresión) de la historia para que ese tiempo que nos hacemos se esfume y comience ese otro tiempo que Maurice Blanchot (L´space litteraire, pp. 22-24), ha descrito como el tiempo de “la falta de tiempo”, en el que nada, en rigor, aparece, porque todo amenaza repetirse mortalmente. Es el tiempo muerto que señalan los espacios vacíos, las ruinas, las máscaras funerarias y, en algunas ocasiones, los rostros contraídos por la desdicha, el tedio o la angustia.

Cuando algo se repite una y otra vez, como ocurre en las horas crepusculares de una forma, es preciso descubrir en esa repetición un bloqueo, inhibición o temor que, con mayor o menor gravedad, amenaza el equilibrio interno de un individuo, grupo o sociedad. Todo fracaso (personal o colectivo) pone un hito en el curso de una vida, proponiéndose o imponiéndose como un corte, fractura o herida irremediable: antes/después de (la guerra, el divorcio, la muerte).

La vida no es, sin embargo, sólo un transcurso en el tiempo sino que, en rigor, es tiempo: es un hacerse (y deshacerse) en y con el tiempo y, por ende, todo lo que el hombre hace para ser alguien es algo irremisiblemente temporal, hasta ese hacer paradojal que llamamos “perder el tiempo”. Olvidarlo es, en verdad, olvidarse, censurar o amputar la vida propia, inmovilizando imaginariamente su curso real, en beneficio de una vida fija, cosificada, ajena al azar y a la incertidumbre esenciales de toda existencia. Por eso, justamente, el nostálgico es siempre “un alma en pena”, una sombra sombría, un fantasma o una caricatura.

Todo esfuerzo para fijar el curso del tiempo corresponde a lo que Binswanger llamó “la parálisis de la presencia”, en virtud de la cual algunos enfermos mentales se imaginan no existir porque, en último trámite, el tiempo vivido ha perdido para ellos todo sentido. Siempre que un hombre, en efecto, siente cada nuevo día como una atroz repetición, como una “fatalidad” que le aflige, atormenta o castiga, es porque el tiempo real de su vida no tiene ninguna implicancia en la escena fija de su neurosis, y vive, en rigor, como un sonámbulo en un presente sin presencia, vacío, casi mortal. Esta parálisis de la dialéctica (espontánea) de la vida, en la que el mundo se cierra aterradoramente como una prisión, suele determinar que el hombre se observe como si ya estuviese muerto, como lo atestiguan los escritores suicidas (Rigaut, Crevel o Drieu La Rochelle).

En un breve texto sobre Jacques Rigaut (Escritos N°8, Medellín, Colombia, enero-junio de 1978, pp. 53-55), intenté esbozar la experiencia última que nos ofrecen sus escritos fragmentarios. “Lo que espía desde su sombra –decía- nos parece, en rigor, ese trasfondo abismal que ha hecho que, de una u otra manera, el tiempo de la literatura más radical de nuestro siglo sea siempre el tiempo de la aflicción, del fracaso y de la desesperación”. Esta experiencia constituye, en efecto, uno de los ejes, por así decirlo, de la creación literaria (y, en general, cultural) de nuestros días.

En 1961, respondiendo a un cuestionario de la revista Tel Quel, Ronald Barthes distinguía dos modos de fracaso literario: el “histórico” y el “mundano”. Puede hablarse de fracaso histórico de una literatura cada vez que ésta no puede responder a las preguntas más radicales del tiempo de nuestra vida. Ello ocurre, con alguna regularidad, siempre que una forma, llegada a su madurez, deja de aprehender los problemas que el mundo le plantea al hombre. Puede hablarse, a su vez, de fracaso mundano cuando una obra o un autor es socialmente incomprendido y desestimado por sus contemporáneos.

El malestar que, de tiempo en tiempo, invade parcial o totalmente al espacio de una literatura, puede ser síntoma de una reacción oportuna contra la alienación de la vida real en una “vida” imaginaria, pero asimismo, como ocurre en algunos escritores suicidas, puede ser la máscara de una pérdida radical de la responsabilidad de vivir.

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Martín Cerda (Antofagasta, 1930-Punta Arenas, 1991) Proyecto Patrimonio.