lunes, 31 de julio de 2023

paul valéry / a propósito de "el cementerio marino"


No sé si aún está de moda elaborar largamente los poemas, tenerlos entre el ser y el no-ser, suspensos ante el deseo durante años; cultivar la duda, el escrúpulo, el arrepentirse –tal como una obra siempre reemprendida y refundida que toma poco a poco la importancia secreta de una empresa de reforma propia.

Esta manera de producir poco no era rara, hace cuarenta años, entre los poetas y entre algunos prosistas. Para ellos el tiempo no contaba, lo cual es muy divino. Ni el Ídolo de Lo Bello, ni la superstición de la Eternidad literaria estaban en ruinas entonces; y la creencia de la Posteridad no estaba abolida del todo. Existía una especie de Ética de la forma que conducía al trabajo infinito. Los que a éste se consagraban bien sabían que mientras más grande es el trabajo, es menor el número de personas que lo conciben y lo aprecian; trabajaban por muy poco, y como santamente...

Con esto se aleja uno de las condiciones "naturales" o ingenuas de la Literatura, y se llega insensiblemente a confundir la composición de una obra del espíritu, que es cosa terminada, con la vida del espíritu mismo –el cual es una potencia de transformación siempre en acto. Se llega al trabajo por el trabajo. A los ojos de estos amantes de inquietud y de perfección una obra nunca está acabada –palabra que para ellos no tiene sentido alguno–, sino abandonada; y este abandono, que entrega a las llamas o al público (sea ello efecto de la indolencia o de la obligación de entregarla), les es una especie de accidente, comparable a la interrupción de una reflexión, que la fatiga, el fastidio o alguna sensación vuelven nula.

Contraje este mal, este gusto perverso del reemprender indefinido, y esta complacencia por el estado reversible de las obras, en la edad crítica en que se forma y fija el hombre intelectual. Volví a encontrarlo con toda su fuerza, cuando hacia los cincuenta, las circunstancias hicieron que me pusiera de nuevo a componer. Así pues, he vivido mucho con mis poemas. Durante cerca de diez años ha sido para mí una ocupación de duración indeterminada; un ejercicio, más que una acción; una busca, más que entrega; una maniobra de mí mismo por mí mismo, más bien que una preparación con miras al público. Me parece que me han enseñado más de una cosa.

No aconsejo, sin embargo, que se adopte este sistema: no poseo calidad ninguna para dar a quien quiera que sea el menor consejo, y, por otra parte, dudo que convenga a los jóvenes de una época apremiante, confusa y sin perspectiva. Estamos en un banco de bruma...

Si hablé de esta larga intimidad de alguna obra y de un "yo", sólo fue para dar una idea de la sensación extrañísima que experimenté, una mañana, en la Sorbona, escuchando al señor Gustave Cohen desarrollando ex cátedra una explicación de "El Cementerio marino".

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A lo que he publicado nunca han faltado comentarios, y no puedo quejarme del menor silencio sobre mis pocos escritos. Estoy acostumbrado a ser dilucidado, disecado, empobrecido, enriquecido, exaltado y abismado, hasta ya no saber yo mismo cuál soy yo, o de quién se habla; pero leer lo que se imprime sobre uno es nada, comparado con esta sensación singular de oírse comentar en la Universidad, ante el pizarrón, como un autor muerto.

En mis tiempos los vivos no existían para la cátedra; mas no encuentro absolutamente nada malo en que ya no sea así. La enseñanza de las Letras saca de ello lo que la enseñanza de la Historia podría sacar del análisis de lo presente; es decir: la sospecha o el sentimiento de las fuerzas que engendran los actos y las formas. El pasado tan sólo es el lugar de las formas sin fuerzas; a nosotros toca llenarlo de vida y de necesidad, y suponerle nuestras pasiones y nuestros valores.

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Me sentía mi Sombra.... Me sentía una sombra capturada; y, sin embargo, me identificaba en momentos con cualquiera de aquellos estudiantes que seguían, anotaban, y que, de vez en cuando, miraban sonriendo a esta sombra cuyo poema leía y comentaba, estrofa por estrofa, su maestro...

Confieso que en tanto que estudiante tenía poca reverencia para el poeta –aislado, expuesto y molesto en su banco. Mi presencia se dividía extrañamente entre varias maneras de estar allí.

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Entre esta diversidad de sensaciones y de reflexiones que componían para mí esta hora de la Sorbona, la dominante era precisamente la sensación del contraste entre el recuerdo de mi trabajo, que se reavivaba, y la figura terminada, la obra determinada y parada a la cual se aplicaban la exégesis y el análisis del señor Gustave Cohen. Eso era resentir cómo nuestro ser se opone a nuestro parecer. Por una parte, mi poema estudiado como un hecho consumado, revelando al examen del experto su composición, sus intenciones, sus medios de acción, su situación en el sistema de la historia literaria, sus ligas, y el estado probable del espíritu de su autor... Por otra parte, la memoria de mis ensayos, de mis tanteos, de los desciframientos interiores, de aquellas iluminaciones verbales imperiosísimas que imponen de repente una cierta combinación de palabras –como si tal grupo poseyese yo no sé qué fuerza intrínseca... iba a decir: yo no sé qué voluntad de existencia, enteramente opuesta a la "libertad" o al caos del espíritu, y que puede a veces constreñir el espíritu a desviarse de su propósito, y el poema a ser otro totalmente distinto del que iba a ser, como no se soñaba que debiese ser.

(Se ve por esto que la noción de Autor no es sencilla: solamente lo es con respecto a terceros.)

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Escuchando al señor Cohen leer las estrofas de mi texto, y dar a cada una su sentido final y su valor de situación en el desarrollo, me dividía entre el contento de ver las intenciones y las expresiones de un poema reputado oscurísimo eran aquí perfectamente entendidas y expuestas, y el sentimiento raro, casi penoso, a que acabo de aludir. Intentaré explicarlo en unas cuantas palabras a fin de completar el comentario de cierto poema considerado como un hecho, con una ojeada a las circunstancias que acompañaron a la generación de ese poema, o a lo que fue, cuando estaba en el estado de deseo y de instancia de mí mismo.

Por otra parte sólo intervengo para introducir, a favor (o como rodeándolo) de un caso particular, algunas notas sobre las relaciones de un poeta con su poema.

Ante todo, debo decir que "El cementerio marino", tal como está, es para mí el resultado de la sección, de un trabajo interior, un acontecimiento fortuito. Una tarde de 1920, nuestro amigo que tanto echamos de menos, Jacques Riviere, al visitarme me encontró ante un "estado" de "El cementerio marino", pensando en reemprender, en suprimir, en substituir, en intervenir esto y aquello...

No descansó hasta que consiguió leerlo; y habiéndolo leído, le encantó. Nada es más decisivo que el espíritu de un Director de Revista.

Así, por accidente, fue fijado el rostro de esta obra. Nada hice para ello. Además, no puedo en general volver a cualquier asunto que haya escrito, sin pensar que lo hubiera hecho totalmente distinto si alguna intervención extraña o alguna circunstancia cualquiera hubieran roto el encanto de no terminarlo. Sólo amo el trabajo del trabajo: los comienzos me fastidian, y sospecho perfectible todo lo que viene de un golpe. Lo espontáneo, aun excelente, a un seductor, no me parece nunca bastante mío... La noción de Autor, como la del Yo, no es sencilla: un grado de más de conciencia opone un nuevo Mismo a un nuevo Otro.

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La Literatura no me interesa, pues, profundamente, sino en la medida en que ejercita el espíritu en ciertas transformaciones –aquellas en las cuales las propiedades excitantes del lenguaje desempeñan un papel capital. Puedo, es cierto, agarrarme de un libro, leerlo y releerlo con delicia; pero sólo me señorea hasta lo más hondo si encuentro en él la marca de un pensamiento de potencia equivalente a la del lenguaje mismo, la fuerza de plegar el verbo común a fines imprevistos sin romper las "formas consagradas", la captura y reducción de las cosas difíciles de decir; y sobre todo, la conducción simultánea de la sintaxis, de la armonía y de las ideas (que es el problema de la poesía más pura), son para mí los objetos supremos de nuestro arte.

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Esta manera de sentir es chocante, quizá. Hace de la "creación" un medio. Conduce a excesos. Más aún: tiende a corromper el placer ingenuo de creer, que engendra el placer ingenuo de producir, y que soporta toda lectura.

Si el autor se conoce un poco demasiado, si el lector se hace activo, ¿qué pasa con el placer?, ¿qué acontece con la Literatura?

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Este punto de vista sobre las dificultades que pueden nacer entre la "conciencia de sí" y la costumbre de escribir explicará, sin duda, ciertas actitudes sistemáticas que a veces me han reprochado. Se me ha culpado, por ejemplo, de haber dado del mismo poema varios textos, y aun contradictorios. Este reproche me es poco inteligible, como puede esperarse después de lo que acabo de exponer. Al contrario, estaría tentado, si siguiera mi sentimiento, a comprometer a los poetas a producir (como lo hacen los músicos) una diversidad de variantes o de soluciones del mismo tema. Nada me parecería más conforme a la idea que me complace de un poeta y de la poesía.

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El poeta, a mi ver, se conoce por sus ídolos y por sus libertades, que no son los de la mayoría. La poesía se distingue de la prosa en que no tiene ni todas, ni las mismas trabas, ni todas, ni las mismas licencias que ésta. La esencia de la prosa es perecer; es decir: ser "comprendida", es decir: ser disuelta, destruida sin remedio, reemplazada totalmente por la imagen o por el impulso que ella signifique según la convención del lenguaje. Pues la prosa sobreentiende siempre el universo de la experiencia y de los actos, universo en el cual (o gracias al cual) nuestras percepciones y nuestras acciones o emociones deben, finalmente, corresponderse o responderse de una sola manera: uniformemente. El universo práctico se reduce a un conjunto de hitos. Tal hito alcanzado, la palabra expira. Este universo excluye la ambigüedad, la elimina; exige que se proceda por los caminos más cortos, y sofoca inmediatamente las armonías de cada acontecimiento que se produce en el espíritu.

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Pero la poesía exige o sugiere un "Universo" muy diferente: universo de relaciones recíprocas, análogo al universo de los sonidos, en el cual nace y se mueve el pensamiento musical. En este universo poético la resonancia prevalece sobre la causalidad, y la "forma", lejos de desvanecerse en su efecto, es como reclamada por él. La Idea revindica su voz.

(Resulta de ello una diferencia extrema entre los momentos constructores de prosa y los momentos creadores de poesía.)

Así, en el arte de la danza, el estado del danzante (o el del amante de los ballets) es el objeto de este arte, y los movimientos y desplazamientos de los cuerpos no tienen término en el espacio, ningún hito visible, ninguna cosa, que junta los anule; y a nadie se le ocurre imponer a acciones coreográficas la ley de los actos no-poéticos (pero útiles), que es: efectuarse con la más grande economía de fuerzas, y según los caminos más cortos.

Esta comparación puede hacer sentir que ni la sencillez ni la claridad son absolutos en la poesía, donde es perfectamente razonable (y aun necesario) mantenerse en una condición lo más lejana posible de la prosa, aun perdiendo (sin mucho echarlos de menos) tantos lectores como sea necesario.

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Voltaire dijo maravillosamente bien que "la poesía sólo está hecha de hermosos detalles". Yo no digo otra cosa. El universo poético de que hablaba se introduce por el número o, más bien, por la densidad de las imágenes, de las figuras, de las consonancias, disonancias, por el encadenamiento de los giros y de los ritmos; siendo lo esencial el evitar constantemente lo que reconduciría a la prosa, ora haciendo echarla de menos, ora siguiendo exclusivamente la idea....

En suma: mientras un poema es más conforme a la poesía, menos puede pensarse en prosa sin perecer. Resumir, poner en prosa un poema, es simplemente desconocer la esencia de un arte. La necesidad poética es inseparable de la forma sensible, y los pensamientos enunciados o sugeridos por un texto de poema de ningún modo son el único y el capital objeto del discurso, sino medios que concurren igualmente con los sonidos, las cadencias, el número y los adornos, a provocar, a sostener una cierta tensión o exaltación tendiente a engendrar en nosotros un mundo (o un modo de existencia) todo armónico.

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Así pues, si me interrogan, si se inquietan (como sucede y, a menudo, muy vivamente) por lo que he "querido decir" en tal poema; respondo que no he "querido decir", sino "querido hacer", y que la intención de "hacer" fue la que "ha querido" lo que he "dicho"...

En cuanto a "El cementerio marino", esta intención sólo fue al principio una figura rítmica vacía, o llena de sílabas vanas, que me obsedió durante algún tiempo. Observaba que esta figura era decasílaba, y me hice algunas reflexiones sobre este tipo demasiado poco empleado en la poesía moderna: me parecía pobre y monótono. Valía poco comparado con el alejandrino, que tres o cuatro generaciones de grandes artistas han elaborado prodigiosamente. El demonio de la generalización sugería intentar llevar este Diez a la potencia de Doce. Me proponía una cierta estrofa de seis versos y la idea de una composición fundada en el número de esas estrofas, y asegurada por una diversidad de tonos y de funciones que asignarles. Entre las estrofas debían instituirse contrastes o correspondencias. Esta última condición bien pronto exigió que el poema posible fuese un monólogo de mi "yo", en el cual los temas más sencillos y más constantes de mi vida afectiva e intelectual (tal como se habían impuesto a mi adolescencia y se habían asociado al mar y a la luz de un cierto lugar de las riberas del Mediterráneo) fuesen llamados, tramados, opuestos...

Todo esto llevaba a la muerte y tocaba el pensamiento puro. (El verso escogido de diez sílabas tiene cierta relación con el verso dantesco.)

Se precisaba que mi verso fuese denso y fuertemente rimado. Sabía que me orientaba hacia un monólogo tan personal, pero tan universal como pudiera construirlo. El tipo de verso escogido, la forma adoptada para las estrofas, me daban condiciones que favorecían ciertos "movimientos", permitían ciertos cambios de tono, llamaban a cierto estilo...

"El cementerio marino" estaba concebido. Seguía un trabajo bastante largo.

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Siempre que pienso en el arte de escribir (en verso o en prosa), el mismo "ideal" se declara a mi espíritu. El mito de la "creación" nos seduce a que queramos hacer algo de nada. Sueño, pues, que encuentro progresivamente mi obra partiendo de puras condiciones de forma, más y más reflexionadas –precisadas hasta el punto en que ponen o imponen casi... un tema o, por lo menos, una familia de temas.

Observemos que unas condiciones de forma precisas son tan sólo la expresión de la inteligencia y de la conciencia que tenemos de los medios de que podemos disponer, y de su alcance, así como de sus límites y sus defectos. Por esto me acontece definir al escritor por una relación entre cierto "espíritu" y el Lenguaje...

Pero conozco todo lo quimérico de mi "Ideal". La naturaleza del lenguaje es lo que menos se presenta en el mundo a combinaciones seguidas; y por otra parte la formación y las costumbres del lector moderno (acostumbrado a nutrirse de incoherencia y de efectos instantáneos) vuelven imperceptibles toda busca de estructura, casi no aconsejan perderse tan lejos de él...

Sin embargo, el solo pensamiento de construcciones de esta índole sigue siendo para mí la más poética de las ideas: la idea de composición.

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Me detengo en esta palabra... Me conduciría no sé a qué latitudes. Nada me ha asombrado más entre los poetas, ni dado más que deplorar, que la poca búsqueda que hay en las composiciones. En los líricos más ilustres casi no encuentro más que desarrollos puramente lineales, o... delirantes; es decir: que proceden de lo próximo a lo próximo, sin más organización sucesiva que la que muestra un reguero de pólvora por el que huye la llama. (No hablo de los poemas en los cuales domina un relato, y la cronología de los sucesos interviene: éstos son obras mixtas; óperas, y no sonatas o sinfonías.)

Mas mi asombro dura hasta que recuerdo mis propias experiencias y las dificultades casi descorazonadoras que he encontrado en mis ensayos de componer en el orden lírico. Aquí es donde el detalle tiene importancia esencial a cada instante, y donde la imprevisión más bella y sabia debe componer con la incertidumbre de los hallazgos. En el universo lírico cada momento debe consumar una alianza indefinible de lo sensible con lo significativo. De esto resulta que la composición es, en cierta forma, continua, y casi no puede circunscribirse a un tiempo distinto del de la ejecución. No hay un tiempo para el "fondo" y un tiempo de la "forma"; y la composición en este género no se opone únicamente al desorden o a la desproporción, sino también a la descomposición. Si el sentido y el sonido (o si el fondo y la forma) se pueden disociar fácilmente, el poema se descompone.

Consecuencia capital: las "ideas" que figuran en una obra poética no desempeñan en ella el mismo papel, ni son de ningún modo valores de la misma especie que las "ideas" de la prosa.

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Dije que "El cementerio marino" se presentó a mi espíritu en un principio bajo las especies de una composición por estrofas de seis versos de diez sílabas. Este partido me permitió distribuir con mucha facilidad en mi obra lo que debía contener de sensible, de afectivo y de abstracto para sugerir, transportada al universo poético, la meditación de un cierto "yo".

La exigencia de los contrastes que producir y de una especie de equilibrio que observar entre los momentos de ese "yo" me llevó (por ejemplo) a introducir en un punto algún llamamiento de filosofía. Los versos en que aparecen los argumentos famosos de Zenón de Elea (pero animados, revueltos, arrastrados en el arrebato de toda dialéctica –como un aparejo por una racha de borrasca–) tiene por objeto compensar, con una totalidad metafísica, lo sensual y lo "demasiado humano" de estrofas antecedentes; determinan también más precisamente a "la persona que habla" –un amante de abstracciones–; oponen, en fin, a lo que fue especulativo y demasiado atento en él, la potencia refleja actual, cuyo sobresalto quiebra y disipa un estado de fijeza sombría y como complementaria del esplendor reinante, al mismo tiempo que trastorna un conjunto de juicios sobre todas las cosas humanas, inhumanas y sobrehumanas. Esbocé las pocas imágenes de Zenón para expresar la rebelión contra la dureza y la agudeza de una meditación que hace sentir con demasiada crueldad el extravío entre el ser y el conocer que desarrolla la conciencia de la conciencia. El alma, cándidamente, quiere agotar el infinito del de Elea.

–Mas tan sólo quise tomar de la filosofía un poco de su color.

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Las diversas notas precedentes pueden dar una idea de las reflexiones de un autor en presencia de un comentario de su obra. Ve él en ella lo que ésta debió haber sido y lo que hubiera podido ser más bien que lo que es. Así pues, ¿qué más interesante para él que el resultado de un examen escrupuloso y las impresiones de una mirada extranjera? No sé dónde se compone en mí la unidad real de mi obra. Escribí una "partitura"; pero sólo puedo oírla ejecutada por el alma y por el espíritu de otro.

Por ello el trabajo del señor Cohen (abstracción hecha de las cosas demasiado amables para mí que en él se encuentran) me es singularmente precioso. Buscó mis intenciones con un cuidado y un método notables, aplicó a un texto contemporáneo la misma ciencia y la misma precisión que acostumbra mostrar en sus sabios estudios de historia literaria. Tan bien retrazó la arquitectura de ese poema como exaltó el detalle; señaló, por ejemplo, esos giros de términos que revelan las tendencias, las frecuencias características de un espíritu. (Ciertas palabras suenan en nosotros, entre todas las demás, como armónicas de nuestra naturaleza más profunda...) En fin, le estoy agradecidísimo por haberme explicado tan lúcidamente a sus jóvenes alumnos.

En cuanto a la explicación de la letra, ya me expliqué en otra parte sobre este punto; pero nunca se insistirá lo bastante: no hay sentido verdadero de un texto. No hay autoridad del autor. Aunque haya querido decir, escribió lo que escribió. Una vez publicado, un texto es como un aparato del que se puede servir cada uno a su antojo y según sus medios; no hay seguridad de que el constructor lo use mejor que cualquier otro. Por lo demás, si el autor sabe bien lo que quiso hacer, este conocimiento turba siempre en él la percepción de lo que ha hecho.


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Paul Valéry (Sète, 1871-París, 1945) Traducción de Miguel Rodríguez Puga. Material de Lectura - UNAM.

lunes, 24 de julio de 2023

malú urriola / la escritura poética aparece


Aprender a caminar, erguirse en dos patas, hablar, luego leer y escribir son los ejercicios primeros de un cuerpo irreflexivo, insensato, que a través de la palabra gestiona una bitácora, un depósito del conocimiento de una vida fugaz y en el futuro, poco probable.

Entre el cuerpo y la palabra se hilvana la historia humana, tal como entre el nacer y el morir germinan y yacen las palabras que en un consenso de pensamiento lograron traducir el acontecimiento del todo en lo uno, del cuerpo como limite entre el yo y lo que no sea yo.

La escritura poética aparece, emana de pronto y no se le reconoce hasta el momento de su aparición. Alojada en algún lugar ignoto regresa al cuerpo para ser depositada afuera como un trayecto inefable. Este conocimiento de las palabras, su contenido se vacía al ritmo de una grafía que tienta a decir.

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La escritura acontece de pronto cuando no se conoce nada respecto de la palabra (que se avecina, presiente y precipita) hasta el momento de su aparición.  De la misma manera que titubea frente a la veracidad antes de inscribirse como el eco, el inventario de una ficción ineludible, o el destello de un sonido alucinante y fugaz.

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La poesía no es otra cosa que un viaje hacia el sentido y el sonido. 

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Escribir es quizás uno de los tantos gestos inalienables y trémulos, entre el yo y lo otro, el yo y la ajenidad, pero también es una política, un mérito, un fundamento, un origen, un quiebre del imaginario del deber ser y una libertad auto otorgada que afortunadamente se toman las mujeres que escriben frente a una cultura de cientos de años de dominación.

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La poesía es un ojo, una herida, una perla.

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Malú Urriola (Santiago de Chile, 1967-2023). Selección de textos hecha por Nicolás López-Pérez. Fuente: Proyecto Patrimonio.

lunes, 17 de julio de 2023

julio barco & nicolás lópez-pérez / café nazca (adelanto)


N. L. Estos últimos años he llegado a pensar que la reflexión del oficio mismo de escribir es un círculo virtuoso y, a la vez, una serpiente que se envenena al morderse la cola. Me explico. El oficio de escribir puede ser pensado como una inconmensurable obra por hacer, por venir. Una obra cuyo pasado se sabe a medias, porque siempre está incompleto. El futuro permite algunas nuevas interpretaciones o exámenes críticos. Una obra cuyo presente es un tránsito incesante, diluido en un gerundio que no puede verse. Como un caballo de carreras, mientras se escribe, la mirada está en otra parte y en la pantalla, en el papel, en la marea de cada palabra que se va arrojando al mar y que se va recogiendo de ese mismo mar. Una obra cuyo futuro es, por gracia y desgracia, incierto. Lo que sí es posible entrever es el envejecimiento de una obra. Pienso en la idea de fe literaria, o sea, saber qué es lo que harás con tu trabajo el día de mañana y, por lo tanto, no esperar que sea, del todo, una pérdida de tiempo. Es una pérdida y no. Cuando hay cosas que quedan de lado o en el camino, el avance del oficio y su sofisticación requieren tiempo. Efectivamente, el tiempo para dar tu propio estilo, ritmo, melodía, a ese caos que logra concretarse en un universo, aunque sea caótico. Es peligroso estar convencido, pero también dudar hasta de la propia sombra. El oficio de escribir, entonces, como una obra por hacer. Tal vez una obra que jamás podría descubrir que es una obra. Cuando eso sucede, viene bien una ayuda desde el exterior. Ojos ajenos. O la escritura, a la postre, como experiencia colectiva. Se escribe en soledad, ¿ya lo hemos escuchado, leído, tantas veces, no? Hasta lo hemos visto en los retratos de escritores “en acción” o mediante las propias declaraciones de cada cual. Es cierto. Es un momento de suspenso en el espacio-tiempo, una ventana a otro mundo -dentro de este- que se abre y expande a partir de las palabras que dan y quitan límites. El paso siguiente es qué ocurre luego de la escritura y no estoy pensando en publicar. Sino en una operación más sencilla: socializar. Podría también decirse “compartir” y romper esa hegemonía de las redes sociales o el consumo que ha hecho de esa palabra -y otras- una retórica, una lengua propia y más difundida que el inglés. No hablamos de códigos, sino maneras de hablar. Imagínate, un eslogan de Coca-Cola: “comparte la magia de la realidad”. O el cliché “lo bueno se comparte”. El peligro de que una estructura algo descompuesta nos haya expoliado de bellos modos de referir. Socializar, aliarse con quienes puedes crecer. Quizás una de las dimensiones más lindas de la fe literaria.

J. B. Primero que nada: hay un hermoso -y potentemente deprimente- andar a ciegas. Escribir, en un inicio, resulta la batalla de una hormiga contra una montaña. La paciencia, la locura, el vicio, el amor propio, la vehemencia llevan a seguir pese a no saber bien cuál será el futuro real de tu trabajo. ¿Se llega a saber algún día? Lo cierto es que, pasan los años, y sucede lo inevitable: algunos siguen escribiendo, otros lo dejan. La literatura, como quehacer, en el Perú resulta un trabajo de alto riesgo. Un deporte extremo donde se juega el futuro inmediato y real por algo que parece juego o chiste, pero termina siendo lo más serio y exigente de tu vida. El punto se encuentra, creo, en cómo esa fe literaria permite navegar, permite seguir. En el fondo, nunca me planteé la literatura como un hobbie o pasatiempo más: la visualicé como una forma real de existencia. Entré a la universidad a estudiar para ser profesor, pero, en realidad, quería ser escritor. La fe, en todo caso, era el combustible del quehacer diario. En la secundaria, en mi salón, pocos leían; resultaba difícil tener amigos con quiénes compartir el gusto literario. Así, ya en la academia, que es un tiempo de reforzamiento previo al ingreso universitario (lo que prueba la precariedad de la educación secundaria en el Perú) y se me ocurrió fundar Albatroz. El plan en sí era fundar una revista, que terminó siendo un tríptico. Después, en la universidad, fundé un movimiento literario y revista que se llamó Tajo. Y digo funde, en individual, pues era un proyecto que ya saboreaba antes de ingresar a la Universidad Villarreal. Me acuerdo que lo primero que hice en la universidad fue preguntarle a un flaco de mi costado si le gustaba leer. Era Miguel Urbizagástegui, poeta y traductor en tres idiomas de nuestro grupo universitario. Y como dijo que sí, nos hicimos amigos hablando de Poe y Vargas Llosa y quién sabe de qué más o menos. En sí, ya desde la escuela tuve la idea de fundar sociedad, de hacer encuentros, de tejer redes y equipos, que promuevan el movimiento lírico. Uno escribe, como bien dices, en soledad, pero la socialidad es necesaria para que el movimiento literario se renueve y florezca. Este espacio de sociedad genera mucha riqueza y experiencia en cada integrante, en cada persona que sigue el itinerario donde danza el fuego de la cultura: y se libera, y avanza como un gusanito verde encima del teclado del infierno. Lo genial de todo esto es que me hizo ver que pensar proyectos a futuro es vital para realizarlos en un punto del espacio y tiempo: así, después, fundé Lenguajeperu.pe y en mi barrio el Poético Río Hablador. En esencia, no era solo el nombre sino un trabajo de contactos, de tiempo, de caminar, de organizar, de armar, de invitar. También realicé infinitos recitales en Lima antes de la Pandemia, donde mi convocatoria fue muy amplia e interdistrital: un día me iba a Villa El Salvador, al otro a Miraflores, el otro a Ate, el otro a San Juan de Lurigancho, el otro a Villa María del Triunfo. Ahora, en el 2013 que habitamos, mi convocatoria es a través de las redes, que si bien no son perfectas, creo que ayudan a mover ideas en un instante que reúne todos los instantes: la conexión entre diferentes mentes de diferentes lugares del mundo en un espacio genera todo tipo de reflexiones. Ciertamente, el editar y difundir son tareas de los Editores y Difusores, en mi caso, no sé por qué, parte de mi propio tesón: yo edito y difundo mi arte. El asunto es aprender a usar los espacios virtuales con el fin de motivar una cultura literaria; si antes solamente existía lo que decía El Comercio y Somos ahora por Facebook existe mi voz para difundir lo que quiero. ¿Con qué fin? Tejer puentes. Existir y difundirse: la literatura debe dejar los espacios cerrados y ser parte de la realidad cotidiana. Volviendo al punto de la fe: creo que es una forma de afirmar el deseo de hacer literatura en un ambiente muchas veces lejano a lo literario; ahora, no es que se necesite mucho para formarse como escritor: una biblioteca, un cuarto y trabajo constante. Pero ¿qué esperamos de barrios sin bibliotecas? ¿de casas sin libros? Fue gracias al gusto por leer, que empezaron a comprar libros de todo tipo en casa,  más allá de las típicas enciclopedias, diccionarios y las obras literarias que leyeron en el colegio mis familiares. Y, en ese sentido, lo Literario es la Vida, y debe ir con la Vida, en su día a día,  en su cotidianidad. Sé que puede ser infantil o idealista, pero vamos caminando a una cultura de abrir más espacio a la cultura, de darnos cuenta de que rol en el ser diario. En ese sentido, escribir ya fue otro tema. Recuerdo eso que dice Verástegui, “la poesía te aleja de tu cuna culeca/ te pinta tu paisaje de Herodes/ y un viento fresco remece los sueños”. Empezó, me acuerdo, con un regalo. Mi abuela me regaló un diario y empecé a escribir mi voz interna. Esa relación con el lenguaje me hizo alucinar. Y leyéndola en otros libros fue una revelación. A veces, no tenía ganas de escribir y mi madre me llenaba algunas líneas con su letra, redondita y cursiva. Siento que la literatura, la poesía, el registro literario guarda un cosmos de placer y misterio, nos devuelve aquella temporada del infinito ser y uno navega en diferentes realidades. Escribir, eso sí fue otro asunto. Empecé con cuentos, poemas, ensayos de todo tipo, incluso crónicas literarias y textos como listas, o simplemente anotaciones de sueños, intentos de acrósticos, muchos acrósticos, porque es un género fácil: pones el nombre en horizontal y piensas en la otra persona. La poesía nace de esas sensaciones, de ese impulso, de ese afán; pero hay que aprender a oírla en su intensidad. Mi plan era ser un novelista y triunfar antes de los veinte años, asunto que hoy recuerdo sin vergüenza: así de ingenuo era. En esas épocas recuerdo que leía a Bukowski, a Fuguet, a Vargas Llosa, a Caicedo, a Gógol, a Dumas, a Dostoievski, a Chejov, a Melville, a García Lorca, a Raymond Chandler, a Scott Fitzgerald, a Truman Capote, a Carson McCullers, a Faulkner, a Bécquer, y, claro, Homero, Stevens y Víctor Hugo… También revistas sobre ánimes, como Kidis, que llegaba como boletín especial los sábado por la mañana, junto a otra revista de animaciones llamada Explora. Frente a todo esto, creo que la fe es una forma de afirmar con orgullo tu quehacer; pero también es un salto al vacío. ¿Cómo vive un artista? ¿Qué come un artista? ¿Cómo vive un poeta? ¿Es posible la poesía en el Perú?  Hay que aguantar años para lograr lo auténtico, que mantenga una forma coincida con el fondo, que merezca la pena. Todo es paciencia, una ardiente paciencia. Siento una relación instintiva y placentera con crear, es estimulante, me sacude, me refresca y creo que es un proceso biológico, de modificar las posibilidades del sentido, de darle la vuelta a la propia razón, de ver el pensamiento en signo. Hablando de la fe, creo que hay un verso de Adam Zagajewski… Leo a los poetas vivos y muertos, / aprendo de ellos tenacidad, fe y orgullo… volviendo al punto: la fe literaria es como el deseo que se termina volviendo realidad. Uno desea, desea demasiado, luego se que, en esencia, es hacer y no hacer, según el estado del yin yang donde se encuentre tu ser.

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Julio Barco (Lima, 1991) & Nicolás López-Pérez (Rancagua, 1990) Café Nazca. Conversaciones. Adelanto.

lunes, 10 de julio de 2023

especial / galletas de la fortuna


A estas alturas, el miedo a no ser original o a decir algo que ya fue dicho (en el mejor o peor de los casos, sin siquiera saberlo) es un lugar común. El silencio no es un mejor lugar, si se está tratando de construir sobre las mismísimas ruinas de la cultura. El pronóstico no es el mejor, pero al intentarlo ya se fracasa y se tiene éxito. El resultado es, de todas maneras, aleatorio. Lo que quería decirse aquí se ha perdido y lo que quedó es tan solo una celebración de lo que dura. Es probable que la desesperación ante el paso breve pero intenso del tiempo empujen a la reflexión. En general, los proyectos que no reciben financiamiento y son movidos por el mero desinterés de compartir una pasión que, en el fondo, es de pocos, pero que si fuese colectiva, al menos el horizonte utópico sería menos borroso. los tiempos postergados cumple dos años haciendo entregas cada lunes y bien podría dejar de actualizarse en cualquier momento. Esperamos que eso no suceda en el corto plazo para quien sea que esté leyendo esto, en el campo cultural de hoy -cuyos límites son difusos y por capas- la contienda no puede no ser desigual. La escritura -como la lectura- son tiempos que se postergan. A veces les llega su hora, su momento. Y no lo sabemos. Eso es lo mejor. A continuación, un especial de ideas sobre la literatura, el arte, la poesía, la lectura, la escritura, de diversas mentes (acompañadas, por supuesto de su respectiva fuente), a modo del presagio de una galleta de la fortuna. La brevedad de una frase bien articulada, para hacer frente a estos tiempos en que la mirada se ha acostumbrado a un mensaje veloz y noqueador.

N. L-P.


(imagen: L'incertezza del poeta [1913] de Giorgio de Chirico)

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La secuencia histórica de los poemas de alguien tiene un parecido general al orden en que son escritos. 

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La autobiografía no se corresponde exactamente con la secuencia poética. 


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Las palabras están ya fijadas en la bodega de la memoria. El poema está ahí desde el origen

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Un poema es, no obstante, presente desde la concepción, desde el primer germen de él que atraviesa la mente.

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El poema terminado es presente antes de que es escrito y de que sea corregido por alguien. 


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Es el poema final el que dicta qué está bien, qué está mal.



(Robert Graves, entrevistado por William Fifield & William Buckman, The Paris Review, N° 47, 1969)

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Estaba planeando mi idea de un molino que concentra. Había dos tipos de maquinaria para separar la baba. Estaba empezando a aprender cómo se escribe la poesía.



(W. H. Auden, entrevistado por Michael Newman, The Paris Review, N° 57, 1974)

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Un poema confesional es más como un diario y se confina al aquí y ahora y sin mucha dignidad estética. 

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Cuando estoy escribiendo, no hay placer en revelar los hechos de mi vida. El placer viene desde el impulso de hacer arte, de ensamblar el lenguaje como arte.



(Henri Cole, entrevistado por Sasha Weiss, The Paris Review, N° 209, 2014)

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Todo poema, toda poesía son pequeñas islas en el océano infinito del silencio, pequeños puntos que se dicen entre el infinito de todo lo que no se dice




(Raúl Zurita, entrevistado por Benoît Santini, 2008)

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Un poeta malo no hace daño a nadie. No pone bombas ni insulta a la gente.




(Mircea Cărtărescu, entrevistado por Eva Blanco Medina, Vogue 2021)

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No hay que ser poeta, lo que hay que hacer es escritura.




(José Kozer, entrevistado por Carlos Alejandro, Letras libres 2020)

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Soy un animal esdrujulario. Todo empieza por una dinámica personal. Me estimulaba los sonidos, la iluminación. Estaban allí, en mí. 

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Yo me considero un poeta pasable nada más. Yo solo vivo la vida y la poesía. Es decir, esta relación vida y poesía. Sólo que la transfiguro nada más. 

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Como dice Goethe: un poeta de circunstancias. La palabra se me encendía, se me mostraba desafiante, me transportaba.




(Gonzalo Rojas, entrevistado por Augusto Rodríguez, Letralia  N° 279, 2008)

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La poesía es un testimonio de tu mundo interior y del mundo que te rodea. Es una necesidad de expresión; siempre ha existido y siempre existirá porque siempre hay gente que tiene necesidad de poesía. 

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Probablemente, el que lee poesía se transforma interiormente; esa relación intelectual-afectiva que es la poesía acompaña a otras personas. Pero si se piensa en función política de la poesía es un mito; un mito muy viejo.

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La poesía como todo arte es una lucha contra el tiempo que pasa. Una lucha contra la muerte. La poesía fija los instantes, fija lo que en el tiempo real pasa y va hacia la muerte; tú lo detienes en una imagen, en un poema. 

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Yo creo que la poesía no pide nada, sino rescata. Rescata todas las cosas finitas, todas las cosas hechas para la muerte; las pretende volver o las vuelve permanentes.




(Antonio Cisneros, entrevistado por Fredy Yezzed, Círculo de Poesía, 2011)

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Creo que en mis poemas hay palabras que reitero sin cesar, sin tregua, sin piedad: las de la infancia, las de los miedos, las de la muerte, las de la noche de los cuerpos. O, más exactamente, los términos que designas en tu pregunta serían signos y emblemas.

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El silencio: única tentación y la más alta promesa. Pero siento que el inagotable murmullo nunca cesa de manar.




(Alejandra Pizarnik, entrevistada por Marta Isabel Moia, 1972)

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Me gusta leer, recitar. Sólo el poeta sabe qué color dar a cada palabra.

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Creación y difusión son cosas distintas. A veces hasta se oponen.

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Estamos en un instante en que todos parecemos navegar entre dos mundos.





(Marosa Di Giorgio, entrevistada por Eduardo Espina, El País, 2004)

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A mí, mi poesía me parece una cosa deplorable, o, en el mejor de los casos, falta de importancia alguna.

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No tengo ni idea de qué habla mi poesía.





(John Ashbery, entrevistado por Martín López-Vega, El Cultural, 2014)

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Los poetas que uno cree ser los más inspirados son los que más se corrigen y más trabajan para serlo.

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Ahora creo mucho en la autonomía del lenguaje, y en este último trabajo en el que estoy inmerso, he dejado de que el libro se autogenere. He ido cumpliendo una función de instrumento del lenguaje.

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Soy un lector y autor fragmentario y mi guía es el deseo de mi propia autosatisfacción.




(Juan Luis Martínez, en conversación con Felix Guattari, 1991)

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