lunes, 4 de septiembre de 2023

osip mandelshtam / el fin de la novela


La diferencia entre la novela y el relato, la crónica, las memorias o cualquier otra forma de la prosa está en que la novela es una narración cerrada, extendida y acabada en sí misma, sobre el destino de una persona o un grupo de personas. Las vidas de santos, pese a lo elaborado de las tramas, no eran novelas, pues carecían del interés mundano por el destino del personaje y lo que ilustraban era una idea general; en cambio, el relato griego Dafnis y Cloe es considerado la primera novela europea, ya que este interés aparece por primera vez en él con una fuerza motriz independiente. En el transcurso de un enorme periodo de tiempo la forma de la novela se ha ido perfeccionando y consolidando como el arte de interesar por el destino de sujetos particulares, si bien este arte se ha cultivado en dos direcciones: la técnica de composición convierte la biografía en trama, es decir, en una narración pensada dialécticamente; al mismo tiempo que la trama, se ha fortalecido la otra corriente, secundaria en esencia: la motivación psicológica. Los narradores del Quattrocento y las Cent nouvelles nouvelles se limitaron en su argumentación a la comparación con situaciones externas, lo que comunicaba a los relatos excepcional sequedad, acusada ligereza y entretenimiento. Los novelistas psicológicos, como Flaubert y los hermanos Goncourt, a costa de la trama, dedicaron toda la atención a la argumentación psicológica, y se desempeñaron brillantemente en esta tarea, de manera que convirtieron un recurso secundario en un arte que se bastaba a sí mismo.

Hasta hace muy poco, la novela ha sido la esencia y preocupación central, la forma organizada del arte europeo. Manon Lescaut, el Werther, Anna Karenina, David Copperfield, Rojo y negro, La piel de zapa, Madame Bovary eran no sólo acontecimientos artísticos, sino también de la vida social. Tenían lugar un reconocimiento multitudinario de los contemporáneos, que se miraban en el espejo de la novela, y una imitación masiva, una adaptación de los contemporáneos a los modelos típicos de ésta. La novela ha educado generaciones enteras, ha sido una epidemia, una moda social, una escuela y una religión. En la época de las guerras napoleónicas, se formó alrededor de la biografía de Napoleón un verdadero remolino de pequeños remedos biográficos que reproducían el destino de la figura histórica, cambiándola de distintas formas sin, por supuesto, explorarla en todos sus aspectos. Stendhal en Rojo y negro desarrolló una de las imitaciones biográficas de dicho remolino.

Si inicialmente los personajes de la novela eran personas extraordinarias y talentosas, en el declive de la novela europea se observa el fenómeno contrario: el héroe de la novela es el hombre común, y el centro de gravedad se traslada hacia la motivación social, es decir, el verdadero personaje es ahora la sociedad, como sucede, por ejemplo, en Balzac o en Zola.

Todo esto conduce a reflexionar sobre la relación que existe entre el destino de la novela y la cuestión, en un determinado momento del destino del individuo en la historia; pero aquí no se trata de hablar sobre las oscilaciones reales de papel del individuo en la historia, sino de la forma en que, en cada época, la opinión considera este problema, en tanto que ella educa y forma el pensamiento de sus contemporáneos. 

El auge de la novela en el siglo XIX se puede colocar en directa dependencia de la epopeya napoléonica, que elevó extraordinariamente las acciones personales en la historia y que abonó el terreno a través de Balzac y Stendhal para toda la novela francesa y europea. La biografía típica del Bonaparte invasor y afortunado se le multiplicó a Balzac en una decena de así llamadas "novelas de éxito" (roman de réussite), donde la principal fuerza motriz no es el amor, sino la carrera, entendida como la aspiración de salir de las clases bajas y medias de la sociedad para alcanzar las alturas.

Es evidente que cuando entramos al territorio de los poderosos movimientos sociales, acciones de masas organizadas, las acciones individuales en la historia decaen y junto con ellas la influencia y la fuerza de la novela, para la que el reconocimiento del papel del individuo en la historia funciona como una especie de manómetro que mide la presión de la atmósfera social. La unidad de la novela es una biografía personal o un sistema de biografías. Desde sus primeros pasos, el novelista nuevo sintió que el destino aisaldo no existe y se esforzó por arrancar de la tierra la planta social que le era necesaria, con todas sus raíces, con todos sus satélites y atributos; de esta forma, la novela siempre nos ofrece un sistema de fenómenos, dirigido por un núcleo biográfico, medido en unidades biográficas y que solamente se sostiene en el plano de la composición, pues en él vive la fuerza centrífuga de ese sistema planetario, y la fuerza centrípeta que va de la periferia hacia el centro no prevalece definitivamente sobre aquélla.

Puede considerarse el Jean Christophe de Romain Rolland como el último ejemplo de novela centrífuga biográfica europea, el canto de cisne de la biografía europea que recuerda el Wilhelm Meister de Goethe por su fluidez majestuosa y la nobleza de sus sintéticas maneras. Jean Christophe cierra el círculo de la novela; con toda su modernidad, es una obra pasada de moda: en ella está reunida la antigua miel de las razas germana y latina. Para crear la última novela fueron necesarias dos razas, reunidas en la persona de Romain Rolland, pero aun así fue poco. Jean Christophe se pone en movimiento con el mismo impulso del golpe revolucionario napoleónico que toda la novela europea: a través de la biografía beethoveniana de Christophe, a través del contacto con la potente figura del mito musical, nacido de la misma inundación napoleónica en la historia.

El destino posterior de la novela no será otro que la historia de la atomización de la biografía, de la forma de la existencia personal… incluso más que atomización: será la muerte catastrófica de la biografía.

El sentido del tiempo, que le pertenece a la gente para actuar, vencer, morir, amar, constituía el tono fundamental en la resonancia de la novela europea, porque (lo repito una vez más), la medida compositiva de la novela era la biografía personal. La vida de una persona no es aún biografía ni da a la novela su columna vertebral. La persona que actuaba en los tiempos de la vieja novela europea aparece como el centro de un sistema completo de fenómenos agrupados a su alrededor.

Actualmente los europeos han sido expulsados de sus biografías como las bolas de una tronera de billar, y las leyes de sus actividades, como el choque de las bolas sobre la mesa de billar, se rigen por un principio: el ángulo de incidencia es igual al ángulo de reflexión. Una persona sin biografía no puede ser el núcleo temático de una novela, y la novela, por otra parte, es inconcebible sin el interés por el destino particular de alguien, por la trama y por todo lo que la acompaña. Además de ello, el interés por la motivación psicológica ―con el que tan hábilmente se había salvado la decadente novela, cuando ya presentía su fin― ha sido arrancado de raíz y desacreditado por la vencida debilidad de los argumentos psicológicos ante las fuerzas de la realidad, cuyo ensañamiento con la motivación psicológica se vuelve más cruel hora tras hora.

La novela contemporánea ha perdido la trama, es decir, ha perdido los personajes que pertenecían a su tiempo y la psicología, ya que ésta no valida ninguna acción. Es curioso que la crisis de la novela, es decir, de la trama cargada de tiempo, haya coincidido con la enunciación del principio de la relatividad de Einstein. Es curioso también que los novelistas estuvieran buscando una salida a la situación dada en la transposición de los planos, como, por ejemplo, hacen Andréi Biely y Bernhard Kellerman (su imitador inconsciente). Alekséi Nikoláievich Tolstói escribe sus novelas de memoria y las lleva hasta alrededor de 1917, sin saber qué hacer después. Pero la mayoría de los prosistas han rechazado completamente la novela y, sin temer a los reproches en la prensa y en la actualidad, escriben, inconscientemente, crónicas (Pílniak, el grupo de "los hermanos Serapión", etcétera). Se hace evidente que, por la fuerza de las cosas, el prosista se convierte en cronista y que la novela regresa a sus fuentes: El cantar de las huestes de Ígor, las crónicas y las hagiografías como Cheti-Minei. De nuevo el pensamiento del prosista se pierde, como una ardilla, por los árboles de la historia, pero no nos corresponde a nosotros tentar a esa ardilla para que regrese a su jaula.

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Ósip Mandelshtam (Varsovia, 1891-Vladivostok, 1938). La otra revista. Traducción de María del Mar Gámiz Vidiella.

lunes, 28 de agosto de 2023

george steiner / una carta de amor a la lectura


El solo hecho de que usted se haya detenido a leer esta reseña confirma que pertenece, por más casual que eso sea, al universo del libro. Olvidamos que ese universo es muy reducido en términos de espacio, de tiempo histórico —y olvidamos también que leer es un acto muy especializado. La inmensa mayoría de la humanidad ha pertenecido a culturas orales, al reino de la palabra hablada. Se trata de culturas mucho más antiguas que las culturas de la escritura y la lectura. Las definiciones contemporáneas de alfabetización básica siguen en debate; pero incluso en nuestros días leer es una destreza que cientos de millones de personas conocen sólo de modo muy elemental. La alfabetización de los países privilegiados de Occidente, desarrollados industrialmente, es sólo exterior, engañosa. Muchísimos hombres y mujeres leen con intenciones estrictamente utilitarias y propósitos inmediatos. Es prácticamente infinita la variedad de hábitos que distinguen a un lector obsesivo, que vive para leer —poseído por el libro, como diría Flaubert—, de los miles de hombres y mujeres que simplemente descifran los titulares de la prensa o le echan una ojeada a los cómics.
     Muchos miles de años precedieron a la cultura del libro, y quizá le sucederán muchos milenios. Hay inscripciones rituales, leyendas y pictografías que se remontan tal vez hasta el cuarto milenio a.C. Pero los medios que hicieron posible la lectura, y el propio acto de leer, que solemos dar por sentados, aparecieron más bien tarde en la historia. Por ciertas alusiones en algunos libros de Platón se colige que los griegos contaban con textos filosóficos en forma de rollos, y que solían consultarlos cuando les fallaba la memoria. Los eruditos no se han puesto de acuerdo sobre cuántos hombres y mujeres de la antigua Grecia podían leer algo más que las inscripciones en los monumentos públicos, o cuántos deseaban sinceramente poder leer otras cosas. La célebre anécdota de las Confesiones en la que San Agustín cita a Ambrosio de Milán, su maestro, entre los primeros hombres capaces de leer en silencio, sin mover los labios, admite hoy muchas dudas. Hay constancias indudables de que la lectura en silencio es anterior a esa época. ¿Pero cuántas personas dominaban esa destreza? Las voluminosas épicas de Homero se pudieron poner por escrito y al alcance de lectores privados hasta que el papiro debidamente tratado, o suficientes pieles de animales para fabricar papel pergamino, se volvieron técnica y económicamente accesibles. Para numerosas comunidades y en muchas lenguas, un texto escrito siguió siendo lo que con precisión denota la palabra "litografía": letras esculpidas en roca o talladas en piedra. Fue hasta la Alejandría helenística y su célebre biblioteca que el libro cobró la vida que nosotros le conocemos y se desplegó por fin en la conciencia occidental. Es difícil saber si el libro sobrevivirá y por cuánto tiempo, pero esa pregunta es absolutamente fascinante.
     Y son precisamente las incertidumbres que rodean al formato clásico del libro las que han dado pie, en las últimas décadas, a un muy vivo interés académico en la historia de la lectura. El estudio sistemático del crecimiento de las bibliotecas privadas y públicas, de la imprenta y de los libreros, de la censura y de la economía de la literatura ha fundado extensos conocimientos y reveladores hallazgos, sobre todo en Francia, donde hay vastos archivos. Conocemos hoy mucho mejor que en ningún otro momento de la historia los pormenores de cómo se fijaron por escrito y cómo se leyeron ciertos textos en la antigua Grecia y en Roma, en el París medieval, en la Venecia del Renacimiento y en los centros intelectuales de la Ilustración. La afortunada coincidencia en la era victoriana entre excelencia histórico-literaria (Dickens, Carlyle, Macaulay) y libros más vendidos; el papel seminal de las imprentas pequeñas y semiprivadas en los movimientos modernistas; el fenómeno del samizdat o la distribución clandestina de obras prohibidas bajo el Antiguo Régimen y el despotismo soviético, la historia fulminante del libro de bolsillo, son todos, en fin, acontecimientos culturales rigurosamente investigados. Los especialistas en historia social y en estudios de género dirigen actualmente su atención hacia cuestiones tan elusivas como la accesibilidad de los libros a las mujeres de, digamos, la Edad Media o el siglo xvii. La investigación de los hábitos de lectura de los niños y de las ilustraciones de los libros ha abierto nuevos y fértiles campos de estudio. Como lo expresó el enigmático autor del Eclesiastés: "el componer libros es cosa sin fin".1
     Ahora disponemos de Una historia de la lectura de Alberto Manguel. Manguel pertenece sólo de modo marginal a esta tribu de mandarines. Es un bibliófilo apasionado, un coleccionista, un conocedor de la imaginación literaria, de obras eróticas y de literatura homosexual. Es también un antólogo políglota y traductor, cuyo origen bonaerense lo relaciona, adrede, con la cultura libresca y universal de Borges. Manguel respira en su ambiente en las librerías de Londres y de París. Pero sigue siendo, en el sentido etimológico y en el mejor sentido de la palabra, un aficionado: un amante más que un especialista o un técnico experto. Su ritmo es pausado y caprichoso. Curiosea con apasionamiento fuentes y motivos. Las ilustraciones que acompañan a esta Historia de la lectura han sido elegidas pensando en sorprender y pensando en agradar. Incluso cuando levanta el inventario de conocimientos recién adquiridos, la errancia de Manguel conserva la gracia más bien rara, el toque absolutamente personal y el sabor a menudo autobiográfico de las abundantes memorias de coleccionistas de libros de fin de siglo. Kipling, Stevenson o Henry James son para Manguel, como lo fueron también para Borges, presencias familiares y cómplices de "ese vicio impune" (como definió a la lectura Valery Larbaud, otro bibliómano y traductor de excepcional finura).
     Los capítulos se suceden uno tras otro como en un apacible laberinto. El lector pasa de sentencias más bien vagas sobre la universalidad social de la lectura —un axioma que se sostiene a condición de otorgarle a la "lectura" una connotación un tanto cuanto informe—, a las disquisiciones de un intruso sobre la psicología o la neurofisiología del acto de leer con el ojo y con el cerebro. Luego de una reflexión sobre la lectura en silencio viene una sección sobre las artes de la memoria y sobre la capacidad de los libros para preservar —más notablemente si les encomendamos una remembranza exacta— todo aquello que sin ellos se perdería en el olvido.
     El capítulo sobre el aprendizaje de la lectura contiene también anécdotas iluminadoras, sobre todo en lo que se refiere a las diferencias entre niños y niñas en las sociedades premodernas. Me pareció muy perturbadora la fotografía de Helen Keller sentada junto a la ventana mientras lee con las yemas de los dedos un ejemplar en braile. Una digresión sobre las lecturas de infancia de Kafka nos acerca a las fascinantes interacciones entre imagen y texto, a la "lectura" de las imágenes de los vitrales por iletrados medievales incapaces de descifrar la escritura de las Sagradas Escrituras. En nuestros días, las revistas de tiras cómicas, la televisión, los anuncios publicitarios dirigidos a las masas nos han devuelto a este semi (o icónico) analfabetismo. Después de varias divagaciones —imágenes de sus lecturas de Whitman, de Proust, de Colette— Alberto Manguel vuelve atrás: regresa a los rollos de papiro y a la fundación de las grandes bibliotecas del mundo helénico. La Biblioteca de Alejandría tenía fama de contener casi medio millón de rollos; otros cuarenta mil rollos se conservaban en un pabellón adjunto al Templo de Serapis. Del fértil cieno del Nilo provenía la consecuente fauna de bibliotecarios, gramáticos, editores, reseñistas de libros.
     Una breve meditación sobre el robo de libros es a la vez vívida y triste. Una sola cita vale el precio de entrada. Proviene de la biblioteca del monasterio de San Pedro en Barcelona:
      
     Aquel que roba a su propietario un libro, o lo pide prestado y no se lo devuelve, permite que el libro se le convierta en serpiente en la mano y que se le desgarre. Permite que lo ataque la parálisis, y que se marchiten todos sus miembros. Permite que languidezca de dolor suplicando piedad a gritos, y que no cese su agonía hasta que se apaguen sus murmullos. Permite a la polilla roerle las entrañas en memoria de los gusanos que no comieron. Y cuando reciba por fin su condena final, permite que se consuma en las llamas del Infierno por toda la eternidad.
      
     Imagino que al terminar de leer, las víctimas de semejantes saqueos susurran: "Amén".
     Una disquisición totalmente fuera de lugar sobre Rilke como traductor sirve para introducir las "lecturas prohibidas" y un epílogo sobre el tema siempre abierto, por fortuna inagotable, de la naturaleza de los libros. El espíritu vaga eternamente por la Biblioteca de Babel de Borges, cuyos infinitos laberintos alojan todos los libros posibles, incluidos los libros perdidos, los libros que vendrán y los libros que no se escribirán jamás. Porque la vida humana es también, y de modo enfático, el Libro de la Vida.
     Manguel es una generosa compañía, de modo que sería grosero detenerse en diversas inexactitudes. Lo que perturba es su desenfadada inconsciencia o su indiferencia ante los desafíos que representa su tema. Quizá no ha habido un maestro más ilustre del lenguaje que Platón, cuya crítica de la lectura no ha perdido nada de su peso desalentador. Los libros llevan al deterioro de la memoria humana, que es la mina de conocimientos de nuestro ser y la fuente del conocimiento y de la imaginación creadora. Por escrito, el discurso impreso adquiere una autoridad completamente ilegítima. Inevitablemente, por su sola disposición tiende a preservar verdades inamovibles, comprobadas, cuando dilucidar verdades de esa naturaleza debiera ser, en todo momento, un proceso dinámico, provisional, en constante rectificación. Lo peor de todo: el libro no se expone a una respuesta inmediata, al cuestionamiento, como sucede con un interlocutor oral en un diálogo en vivo. El lector no le puede responder al autor y aprovechar su cercanía para pedir una aclaración. Para Wordsworth, "el ímpetu de un bosque en primavera" era más valioso que el conocimiento adquirido en la fábrica parasitaria del aprendizaje libresco, entre el polvo de la biblioteca. Todavía más radicales, los herederos del anarquismo fundamentalista de Tolstoi sostuvieron que la obra completa de Shakespeare o de Pushkin era de mucho menor beneficio para hombres y mujeres que un buen par de zapatos. Los incendiarios de libros (los teóricos, por lo menos) no han sido siempre bandoleros totalitarios. Y sin embargo hay un punto de vista antagónico que exige ser refutado una y otra vez.
     ¿Tiene futuro la cultura del libro tal y como la conocemos? La revolución de Gutenberg aceleró la producción de textos escritos, los volvió más baratos y los multiplicó hasta el infinito. Pero no transformó, esencialmente, la naturaleza de las relaciones entre escritor, lector y libro. De otra parte, la revolución electrónica actualmente en marcha va a generar mutaciones en todos y cada uno de los aspectos de la escritura y de la lectura —en la propia estructura del significado. El CD-ROM, internet, la miniaturización en microchips de bibliotecas enteras, el acceso instantáneo a vastas bibliografías, las facilidades hasta ahora incalculables que ofrece la realidad virtual están dirigidos a atenuar el impacto del tipo móvil.
     Hasta un modesto procesador de palabras permite la recomposición de cualquier texto o el montaje de una serie cualquiera de textos que se pueden a su vez superponer, entrelazar y cruzar a voluntad. En nuestros días es posible escribir un libro, editarlo y producirlo desde casa a través de internet. Los fundamentos de la relación entre texto e imagen se han modificado por completo. La concepción del planeta como un libro viviente, como un particular depósito de información, archivo, diversión, argumento retórico —cada dominio específico interrelacionado con todos los demás vía sinapsis electrónica de reconocimiento, clasificación y traducción (como en el cerebro humano)— ha dejado de ser una mera fantasía de la ciencia ficción.
     En gran medida, ya no se disfruta de las condiciones socioeconómicas que rodeaban el acto clásico de leer —Erasmo, Montaigne, Jefferson en sus bibliotecas privadas—, o se dispone de esas facilidades únicamente en el mundo artificial de la academia. El silencio, las artes de la concentración y de la memorización, el lujo del tiempo del que depende la "elevada lectura" han desaparecido casi por completo. Los libros de bolsillo no forman bibliotecas. Con todo, incluso estas degradaciones unidas a la crisis de la enseñanza de las humanidades y los idiomas antiguos que contribuyeron a la alfabetización occidental resultan punto menos que insignificantes comparados con el mundo feliz de la electrónica. Podría ser que estamos ya en presencia de los primeros síntomas de estas transmutaciones en la práctica real de la literatura. Formas con raíces profundas en la oralidad, como la poesía y el teatro, conservan una asombrosa vitalidad. La novela tradicional, con su confianza esencial en la palabra escrita, en la lectura en silencio, en un sentido de clase media de narrativa racional y resolución (como en la música tonal), ha decaído, hasta cierto punto, en un convencionalismo empaquetado. No se trata únicamente, como proclama el posmodernismo, del "final de las grandes narraciones", sino de un cambio radical en los medios a través de los cuales se contaban y se asimilaban esas narraciones.
     Por supuesto que se siguen produciendo y publicando libros en grandes cantidades. Los manuscritos copiados e ilustrados a mano se siguieron multiplicando mucho tiempo después de Gutenberg. Es muy difícil descifrar los periodos de transición. Pero también son intensamente estimulantes. Creo intuir impactos sísmicos localizados en lo más profundo que afectan nuestras percepciones culturales del tiempo, de la muerte individual.
     Esas convulsiones van a poner en tela de juicio las pretensiones de la literatura, del pensamiento escrito, de la fama individual, de la trascendencia "para toda la eternidad". Milton solía decir que un libro debía ser la "sangre vital de un espíritu maestro" (the lifeblood of a master spirit). Sin lugar a dudas este preciado licor seguirá fluyendo, pero tal vez por cauces y tubos de ensayo completamente diferentes. Las niñas y los niños que desde los tableros de sus computadoras descubren o hacen por accidente hallazgos en lógica, en fractales, quizá no provienen de la lectura ni de la escritura en un "sentido libresco". ¿Son iletrados esos niños?

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George Steiner (Neuilly-sur-Seine, 1929-Cambridge, 2020). Letras Libres. Traducción de Arturo Acuña Borbolla.

lunes, 21 de agosto de 2023

gabriela milone / imago vocis, ficciones insumisas


Para mis amigas Fran y Nati, únicas en su modo

 

“el líquen del umbral, sordo”
Gabriela Mistral

 

Un débil ruido. Una debilidad oída, apenas. Un ruido, quizá ese que hace la mano cuando roza la superficie de lo que escribe. Ese débil ruido es el que pensaba Michel Leiris cuando recordaba sus primeras clases de filosofía, allí donde empezaba a manejar los pensamientos tal como en la infancia se aprende a manipular las piezas de un juego. El motor que guía esos movimientos, esas manufacturas, es la asociación de ideas (una especie de enfermedad que incluso se la llega a nombrar como desproposititis) que se figura como un método de invención, o como un procedimiento singular de investigación. En el des-propósito de las invenciones que proceden por asociaciones, se juega acaso algo más que un propósito y algo menos que un par de ideas sueltas, azarosamente unidas por un paso de danza inesperado. Se ensaya un saber, se imagina una escritura. O al revés. O viceversa. En la resonancia de ese débil ruido de las asociaciones, me gustaría imaginar el desvío de una escritura tomando de Francine Masiello la idea de una imago vocis configurada en la poesía por la voz, cuando ésta se abre al paisaje de la materia, de “todos estados de materia, indomables”, como pensaba Lyotard.

Y pienso esto mientras leo un libro exquisito de Marie Colmont titulado En la naturaleza, libro armado a partir de intervenciones que esta escritora francesa desconocida realizó entre 1936 y 1938 en un semanario de izquierda llamado Vendredi, cuyo rescate y edición sin dudas se debe a una cuestión clave: estos textos fueron traducidos por el poeta argentino Juan L. Ortiz. Claro que la tentación es la de leer los rasgos y las marcas de lo traducido en la poética del traductor (y quizá, en ese sentido, lo más llamativo sea esa idea de que gozar de la belleza de la tierra no es una traición al dolor humano del mundo, sino más bien una experiencia estética y política de lo común, de esa delicadeza compartida que la voz de la poesía expone para que no sintamos vergüenza de la belleza de las flores). No obstante, no es ése el desvío que imagino. Si, como pensaba Michel de Certeau, la lectura es esa danza efímera que posibilita otro modo de producir en una zona nebular e inestable, la lectura que intento exponer acá fue asociándose a destellos que iluminan, intermitentemente, la escena de un materialismo insumiso, para decirlo en los términos de Natalia Lorio. Más acá o más allá de los acuerdos y desacuerdos sobre lo que entendemos o entendamos por materia, la escena que acaso pueda verse (y Catherine Malabou siempre estará recordándonos la pregunta por el qué sería ver el pensamiento y la escritura en la coalescencia de lo figurable y lo pensable) es la de un pliegue entre materia y poesía, allí donde la voz asume su parte en la insumisión. En este desvío, la materia insumisa diagrama un versus que no sería exclusivamente el de lo alto versus lo bajo o lo bello versus lo pútrido (desde la lectura del bajo materialismo de George Bataille que Lorio realiza en su propuesta del materialismo insumiso, el cual se expondría incluso en la misma insumisión material del lenguaje); sino el versus que se produce entre lo sonoro y lo sordo. Así, podemos ver la dis-locación de una oposición (ésa que funciona por un polo positivo, por presencia, y otro negativo, por ausencia) y en ese mismo movimiento, advertir la configuración de un cuadro de matices, de ondulaciones, ahí donde siempre podremos decir que un ruido es sordo, que es seco, que es apagado, dejando que acontezca esa magia singular que saben hacer los oxímoron, los quiasmos, las sinestesias. El débil ruido de las asociaciones se ubica en el umbral donde la versura socava ese versus para hacer de lo sonoro y lo sordo un pa(i)saje de intermitencias; ubicándose en una zona extraña también a la oposición de lo sonoro y lo semántico, e inclusive desarticulando esa dicotomía que continuamente nos vela la materia de la lengua. Y decimos la materia y no su forma (esa forma sonora, en los términos de Roman Jakobson); porque esa materia de la lengua acaso (solo) podremos pensarla –otra vez y cada vez– más allá de las categorías de la lingüística, habilitando una forma de imaginar la voz y la letra sin tener que pasar por las categorías de fonema, de significante, etc. ¿Qué ficción, qué invención deberíamos convocar para que la teoría no nos devuelva a los problemas de una disciplina que sofoca las preguntas, como un agujero negro del que ya no podemos salir; sino que posibilite un desvío hacia una indisciplina en cuyos vórtices sea posible pensar lo sonoro como materia insumisa? Hace un tiempo intento pensar en lo que me gusta llamar ficciones fónicas, una suerte de pliegue entre ficción y teoría (o ficción teórica, para decirlo con Héctor Libertella) donde se daría un materialismo singular que piensa la voz en el pasaje a la letra, en el tras-fondo de lo fónico como materialidad de la lengua. Este materialismo fónico habilitaría ficciones de lenguaje, orígenes fabulados, quiasmos teóricos donde la lengua se presenta como un bloque material, más allá de las significaciones; o, en palabras de Jean-Luc Nancy, como un “bloque o polvo de palabras mineralizadas”, “cosa sosteniéndose sola” como una piedra, como la ondulación estremecida de una superficie por el viento.

La lengua expone su materia como ese inmenso tejido sonoro del que hablaba Roland Barthes. Ahí no se niega el sentido ni se lo afirma como algo que vendrá, simplemente se lo aleja como un espejismo. Las palabras se mineralizan en ese tejido y suspenden la oposición entre lo semántico y lo sonoro, haciendo espacio para ficcionar un materialismo fónico ahí donde la lengua se hace piel mineral sonora, superficie de una materia insumisa compartida por las voces. Pero ¿qué voces, o de quiénes, o de qué? ¿O habrá que indisciplinarse también ante la oposición entre una voz interior (¿humana?) y una voz exterior (¿no-humana?)? ¿No será que por esa vía nos conduciríamos a una zona peligrosamente cercana a cierto esoterismo, o peor aún, a la postulación simple de la mismidad material del sonido? ¿Hacemos bien las preguntas? Claro que no; pero, en la con-fusión de las teorías, la asociación de ideas crece y el débil ruido se sostiene. Recientemente, Jean Andermann convoca la idea de “voz de afuera” de Juan L. Ortiz, mencionada en conversación con Tamara Kamenszain: “nosotros creemos que el ritmo, “la voz”, es totalmente nuestra, pero resulta que también es de afuera. Y nuestra seguridad está dependiendo de ese ritmo. Si los señores universitarios se dieran cuenta de eso…” (yo subrayo). Andermann cita este pasaje en la apertura de su propuesta del trance del mundo, trance dado en el agotamiento de ese horizonte que significaban el mundo y la naturaleza, y que abre las posibilidades de nuevas alianzas, de otras agencias posibles entre humanos y no-humanos en la vibración con-sonante de diversas materialidades. No obstante, subrayar ese “también” en la cita de Ortiz responde a la necesidad de marcar ahí una cuestión importante, acaso una clave que nos permita pensar más allá de las oposiciones, ubicándonos en la insumisión ante las dicotomías. Clave que puede verse en concomitancia con esa “pequeña voz del mundo” que Diana Bellessi con-figura para la poesía, esa voz que sería la voz del mundo en la voz del poema señalando nuestra pertenencia “a la casa de la materia” y “al pequeño pago de la lengua”. Y aquí, las asociaciones se aceleran, estimuladas por un indicio etimológico que leí en el diccionario de Corominas y que solo menciono en su serie: pago, página, país, paisaje. La tierra y la escritura, pienso, y asocio el pago de la lengua, la página de la escritura, el país de la poesía, el paisaje de la voz. Y leo, pero ahora en “Scapeland” de Lyotard: “Paisajes, pagus, esos confines en que las materias se ofrecen en crudo antes de ser domesticadas, se les decía salvajes porque siempre eran, en Europa del norte, forestas. FORIS, afuera”. El ofrecimiento de las materias en crudo, insumisas, se hacen en ese afuera de las forestas que es el afuera de la voz que también es la nuestra. ¿Cómo llegamos acá? Quizá por indisciplina, oyendo obstinadamente la debilidad de un ruido, in-citando su continuación, gracias a las asociaciones. Y donde en Lyotard leemos “foresta”, en Colmont leemos “floresta” (que Corominas remite al francés antiguo forest, selva o monte espeso y frondoso). Dice Colmont en su texto titulado “Vivaques”: “No hablemos; ¿para qué agregar una voz humana a este concierto? Todo cruje, todo chirría, todo se mueve bajo las hojas (…) Y nosotros vamos, atentos, en pleno acuerdo con todos nuestros sentidos con esta vida sorda”. La cuestión aquí no se plantea en términos de cómo decir eso que se experimenta en el escenario con-certado y con-centrado de la floresta, el problema no es lo decible. Más bien, la precaución es la de no agregar sonido a lo sonoro, la de agenciarse a una vida sorda que no lo es por ausencia o negación sino por matiz: a los ruidos sordos de la materia en crudo no agregarle voz, asumir otro modo, acaso un modo en sordina. Y vuelve esta idea en otro texto, “Floresta en otoño”: “No ha muerto todavía tu floresta; ella vive con una vida sorda y escondida”. Esta insistencia en lo sordo por un lado se desvincula de la idea pongeana de la vida muda de las cosas y de la preocupación, por caso, de cómo fabricar un prado en la escritura. Ponge, en La fábrica del prado, proyecta un modo de hacer surgir en la página una escritura del prado, escritura que tenga no solamente esa misma consistencia de alfombra apenas crujiente bajo los pies, de humedad donde sueña la materia, sino también que emerja en la página escrita así como crece un prado, esto es, desde cierto modo propio del surgimiento de la vegetación: por brotes (en el tratamiento de los prefijos y monosílabos), por capilaridad (en la irrigación etimológica de las palabras), por variaciones (en las múltiples rescrituras con mínimos añadidos). Pero, por otro lado, esa vida sorda que se expone en Colmont también se separa de la tipología de voces que Agamben recuerda de Dionisio el Tracio para exponer la compleja cuestión de la articulación de la voz. Cita Agamben en “Experimentum vocis”: “hay voces articuladas y escribibles (engrammatoi); otras inarticuladas y no escribibles como el crepitar del fuego y el fragor de la piedra o de la madera; otras inarticuladas y, sin embargo, escribibles, como las imitaciones de los animales irracionales”. Desde esta clasificación, podríamos decir: la vida de la floresta no es muda pero tampoco sería inarticulada ni sus sonidos serían inescribibles, porque su mundo sonoro es otro, es sordo y ese matiz, en lugar de exponer un oxímoron, lo que hace es situarnos ante la insuficiencia de las clasificaciones. Se trata de una voz otra, insumisa, de afuera y también nuestra, que pide que nada sonoro sea agregado. Si nuestra voz también es la voz de afuera, si hay agenciamiento entre voces, esa vibración que producen las materias dislocan tanto la contemplación mística (muda solamente por saturación denegativa) cuanto la descripción (pretendidamente) objetiva: esta vida sustraída a la mera negación suena en la frontera de lo sonoro y habilita otro tipo de afirmación. La materia en crudo de la f(l)oresta se muestra en la desarticulación de la taxonomía mudo/hablante y al mismo tiempo insubordina el par sordo/sonoro para introducir un matiz inesperado. Lo sordo no pide sonido, ya suena en un modo singular; no niega nuestra voz, la participa de ese afuera que es la foresta y lo hace en sordina, sonoro pero sin estridencias, sin lamentos por lo (in)decible.

Decía Bachelard que en el fondo de la materia crece una vegetación oscura y pensamos con Lyotard esa materia en crudo; y sutilizamos con Colmont el matiz de lo sordo; y evocamos ahora, finalmente, la imagen que Mistral vio: el liquen sordo en el umbral. En el umbral de lo sordo que no se opone a lo sonoro, crece esta imago vocis; y lo hace como un modo de seguir ensayando un materialismo fónico e imaginando una escritura donde las ficciones de la voz toman su parte en la insumisión de la materia.


Referencias bibliográficas

Agamben, G.,  “Experimentum vocis” en ¿Qué es la filosofía? Buenos Aires: Adriana Hidalgo, 2017.

Anderman, J. Tierras en trance. Arte y naturaleza después del paisaje. Santiago de Chile: Metales pesados, 2018.

Bachelard, G. El agua y los sueños: ensayo sobre la ensoñación de la materia. México: FCE, 2003.

Barthes, R., El susurro del lenguaje. Barcelona, Paidós, 2002.

Bellesi, D., La pequeña voz del mundo, Buenos Aires, Taurus, 2011.

Colmont, M. En la naturaleza. Entre Ríos: EDUNER, 2015.

Lorio, N. “Prólogo. Documentos de polvo y fuego” en Colectiva Materia (coord.). Indisciplina. Estética, política y ontología en la revista Documents. Buenos Aires: RAGIF Ediciones, 2018.

Jakobson, R. La forma sonora de la lengua. México: FCE, 1987.

Malabou, C. La plasticidad en espera. Santiago de Chile: Palinodia, 2010.

Masiello, F. El cuerpo de la voz (poesía, ética y cultura). Rosario, Beatriz Viterbo, 2013.

Mistral, G. Lagar. Santiago de Chile: Universidad Diego Portales, 2011.

Nancy, J-L., Lengua apócrifa, Santiago de Chile, Cuadro de Tiza, 2014.

Ortiz, J-L., Una poesía del futuro. Conversaciones con J-L Ortiz, Buenos Aires, Mansalva, 2008.

Ponge, F. La fábrica del prado en La soñadora materia. Barcelona: Galaxia Gutenberg, 2006.


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Gabriela Milone (San Luis, 1979). mimesis. 

lunes, 14 de agosto de 2023

giacomo leopardi / extractos de "zibaldone"



[V]

En las cosas ocultas siempre ve mejor la minoría; en las evidentes, la mayoría. Es absurdo aducir lo que llaman consenso de las masas en las cuestiones metafísicas, consentimiento que no se tiene en cuenta en las cosas físicas y sometidas a los sentidos; como por ejemplo en la cuestión del movimiento de la tierra y en otras tantas. Por el contrario, contrastar la opinión de la mayoría en materia civil es temerario, peligroso y, a la larga, inútil.

 

[VII]

Extrañamente se dice que existe un desprecio hacia la muerte y un coraje más abyecto y despreciable que el miedo: el de los comerciantes y otros hombres dedicados a hacer dinero que, muchas veces, para obtener ganancias mínimas y sórdidos ahorros, recusan con obstinación cuidados y recaudos necesarios para su conservación, y se someten a peligros extremos donde, no raramente, héroes viles perecen en una muerte vituperada. De este oprobioso coraje se vieron ejemplos insignes, a los que siguieron daños y masacres de pueblos inocentes, como la peste, llamada preferiblemente cholera morbus, que flageló a la especie humana en estos últimos años.

 

[VIII]

Uno de los errores graves en los que incurren a diario los hombres es creer que su secreto será resguardado. No sólo el secreto de lo que ellos revelan en confianza, sino también de lo que sin su voluntad, o a su pesar, es visto o sabido por cualquiera y que a ellos les convendría que se mantuviese oculto. Ahora bien, yo digo que te equivocás cada vez que, sabiendo que una cosa tuya es conocida por otros, no das por sentado que es conocida por todos, cualquiera sea el daño o la humillación que te pueda provocar. Con mucho esfuerzo, los hombres se abstienen de exponer sus asuntos ocultos, por la consideración del interés propio: pero en lo que se refiere a los otros, nadie calla. Y si querés cerciorarte de esto, examínate a vos mismo y verás cuántas veces, por disgusto, daño o vergüenza que pueda causarle a otros, te piden que no divulgues lo que sabes; que no lo hagas público, digo, si no a muchos, al menos a este o aquel amigo que va a hacer lo mismo. En el ámbito social, ninguna necesidad es más grande que la de conversar, una de las primeras necesidades de la vida y principal medio para pasar el tiempo. Y ningún argumento de charla es más raro que el que despierta la curiosidad y ahuyenta el aburrimiento, como lo hacen las cosas ocultas y nuevas. Pero tené bien en cuenta esta regla: las cosas que no querés que se sepa que hiciste, no sólo no las divulgues, no las hagas. Y las que no puedes evitar que sucedan o ya hayan sucedido, tené por seguro que se sabrán cuando menos te lo esperes.

 

[IX]

Quien, contra la opinión de otros, predijo un acontecimiento en la manera en la que efectivamente sucedió, no piense que quienes lo contradicen, aún visto el hecho, le den la razón y lo consideren más sabio o inteligente que ellos, porque o negarán el hecho o la predicción, o alegarán que esto y aquello difieren en las circunstancias, o de cualquier manera hallarán motivos por medio de los cuales se esforzarán en convencerse a sí mismos y a los demás de que su opinión era la correcta y la contraria, equivocada.

 

[XI]

Hay algunos siglos que, por no decir todo, en lo que concierne al arte y a otras disciplinas pretenden rehacer todo porque nada saben hacer.

 

[XIV]

No sería poca la amargura de los educadores, y sobre todo la de los padres, si pensaran —lo que es muy cierto— que sus hijos, más allá de su naturaleza y del esfuerzo, esmero y empeño que se destine en educarlos, luego por su experiencia de mundo, casi seguramente, si no les sobreviene la muerte, se volverán malvados. Tal vez esta respuesta sería más válida y razonable que la de Tales quien, interrogado por Solón acerca de por qué no se casaba, respondió alegando la inquietud de los padres por los infortunios y los peligros de sus hijos. Sería, creo, más válido y razonable excusarse diciendo que no se quiere aumentar la cantidad de malvados.

 

[XVII]

Así como las prisiones están llenas de personas que se dicen inocentes, del mismo modo las oficinas públicas y los cargos honoríficos de toda clase no son ejercidos sino por personas llamadas y obligadas a ello muy a su pesar. Es casi imposible encontrar a alguien que confiese haber merecido las penas que sufre o haber buscado o deseado los honores de los que goza; pero quizás es menos posible lo último que lo primero.

 

[XXI]

Cuando hablamos, no experimentamos un placer vivo y duradero sino cuando se nos permite discurrir sobre nosotros mismos y sobre las cosas que nos ocupan o que, de algún modo, nos pertenecen. Cualquier otro discurso en poco tiempo se vuelve aburrido. Y eso que es placentero para nosotros se vuelve un tedio mortal para quien escucha. No se gana el título de “afable” sino a costa de sufrimientos; porque afable, en la conversación, no es sino aquel que halaga el amor propio de los demás y que, ante todo, escucha mucho y calla mucho, hecho por demás tedioso. Luego, deja que los otros hablen cuanto quieran de ellos mismos y de sus cosas; es más, los introduce en ese tipo de razonamientos y hasta él mismo habla de eso; hasta que, al separarse, ellos se quedan muy satisfechos de sí mismos y él muy cansado de ellos. Porque, en definitiva, si la mejor compañía es aquella que, al separarnos, nos deja más satisfechos de nosotros mismos, eso implica que la que dejamos es posiblemente la que quedó más aburrida. La conclusión es que en la conversación, y en cualquier diálogo que no tenga otro fin que el de entretenerse hablando, casi inevitablemente, el placer de unos se vuelve aburrimiento de otros, y no se puede esperar más que fastidio o pesar, lo que es una gran suerte participar por igual de una y otra cosa.

 

[XXIII]

Lo que se dice generalmente que la vida es una representación escénica, se comprueba sobre todo en esto: en que el mundo habla constantemente de un modo y obra constantemente de otro. Porque todos hablan de algún modo y porque el endeble lenguaje del mundo no engaña sino a los niños y a los tontos, de esta comedia hoy son todos actores y casi nadie espectador, lo que implica que semejante representación se convirtió en algo totalmente inútil, aburrido y cansador sin motivo. Pero sería hazaña digna de nuestro siglo convertir la vida en una acción no simulada, sino verdadera y conciliar por primera vez en el mundo la famosa discordia entre lo dicho y lo hecho. Dicha discordia, puesto que los hechos, por experiencia, ya son suficientemente conocidos como inmutables y que no es conveniente que los hombres se cansen aún más en la búsqueda de lo imposible, se resolvería por medio de algo al mismo tiempo único y muy sencillo, aunque hasta hoy nunca se haya intentado, esto es: cambiar lo dicho y llamar de una vez por todas las cosas por su nombre.

 

 [XXIV]

O yo me engaño o es rara esa persona que, en nuestro siglo, es generalmente elogiada, cuyos elogios no hayan surgido de su propia boca. Tanto es el egoísmo y tanta la envidia y el odio que los hombres se tienen los unos a los otros, que al querer ser reconocidos, no les basta con hacer cosas elogiables, sino que también necesitan elogiarlas, o encontrar, lo que es igual, otra persona que en su lugar las predique y las magnifique continuamente, pregonándolas a viva voz en los oídos del público, para obligar a las personas ya sea mediante el ejemplo, o ya sea con coraje y perseverancia a propagar parte de esos elogios. No esperes que hablen espontáneamente, por gran valor que demuestres o por grandes actos que realices. Miran y callan eternamente y, si pueden, impiden que otros lo adviertan. Quien quiera engrandecerse, aun cuando sea por virtud verdadera, que deje de lado la modestia.

Con respecto a esto, el mundo aún es como las mujeres: con pudor y con discreción de él no se obtiene nada.

 

[XXV]

Nadie está tan desengañado del mundo, ni lo conoce tan profundamente, ni le tiene tampoco tanto odio, que si este lo mira en parte con bondad, no se reconcilie un poco con él. Del mismo modo, ninguno de nuestros conocidos es tan malvado que si nos saluda cortésmente, no nos parezca menos malvado que antes. Estas observaciones sirven para demostrar la debilidad del hombre y no para justificar ni a los malvados ni al mundo.

 

[XXVII]

No hay mayor signo de ser poco filósofo y poco sabio que pretender sabia y filosófica toda la vida.

 

[XXX]

Así como el género humano suele desestimar las cosas presentes y elogiar las pasadas, del mismo modo la mayor parte de los viajeros, mientras viajan, dicen amar su lugar de origen y lo prefieren con una cierta vehemencia a aquellos en los que se encuentran. De regreso a su tierra natal, con la misma vehemencia la subordinan a todos los otros sitios donde han estado.

 

[XXXIII]

Los engañadores mediocres, y con frecuencia las mujeres, siempre creen que sus timos han surtido efecto y que las personas han quedado impresionadas. Pero los más astutos dudan, porque conocen mejor, por un lado, las dificultades del arte y por el otro, su fuerza, y porque saben cómo aquello mismo que ellos pretenden, es decir, engañar, también es pretendido por todos. Son estas dos últimas razones las que hacen que a menudo el engañador resulte engañado. Además de que estos no subestiman a los demás, como sí suele hacerlo quien entiende poco.

***
Giacomo Leopardi (Recanati, 1798-Nápoles, 1837). Traducción realizada en el marco del proyecto de traducción colaborativa llevado adelante por estudiantes, egresados y docentes de la Facultad de Lenguas y de la Facultad de Filosofía y Humanidades: Silvia Cattoni, Ángeles Gerbaldo, Andrea Sánchez, Máximo Ramos, Julieta Scozzari, Julieta Amaya, Margherita Guastamacchia, Massimo Palmieri, Eugenia Alesso, Rodrigo Juárez, Eugenia Bottino, Luca Marzolla y Daniele Petrella. Enlace a la publicación original.