lunes, 25 de septiembre de 2023

hugo mujica / poiesis


Ciegos son los pensamientos
del hombre cuando busca
el camino con ingenios
del intelecto sin escuchar
a las Musas

Píndaro


I

Jamás un dios griego ha hablado de sí ni por sí mismo. Tampoco ningún dogma anuncia y fija la identidad de esas deidades, ninguna «Sagrada Escritura» registra su génesis o sus gestas ni anuncian lo que sobre ellos es necesario saber y creer para nuestra salvación. Ni un Moisés ni un Mahoma los han revelado y, no obstante, Grecia recibió el anuncio de sus dioses. Grecia recibió y vivenció a sus dioses, los palpitó como quizá ninguna otra cultura lo haya hecho antes ni después. Grecia vivió sumergida y hasta subsumida en lo numinoso, en lo Sagrado.

La Grecia arcaica acogió simple, y por tanto radicalmente, la manifestación del Ser, del ser de todo lo que es y en lo cual todo es. La religión griega, en la época presocrática que aquí nos ocupa, es, entitativamente, religión de la realidad, de la realidad como acontecer. Lo divino es lo natural, es la Naturaleza: la Phusis. El hombre griego tuvo el privilegio de vivir tan naturalmente que nada natural prescindía de la presencia de sus dioses y, sin ellos, nada le parecía natural. «Todo está lleno de dioses», leemos en Thales de Mileto. Nada en Grecia fue pro-fano, nada estuvo fuera-del-templo, Grecia entera, toda ella, fue templo de dioses.

Sus dioses, acabamos de decir, jamás han hablado de sí y así lo atestigua el célebre «Himno a Zeus» con que Píndaro trata de honrar al «Señor del fuego celeste», al padre de los dioses; el poema que, aunque perdido, conocemos en parte gracias a los fragmentos transmitidos por Filón de Alejandría:

Una vez consumada la creación, Zeus preguntó a los dioses que se hallaban sumidos en silenciosa admiración, si creían que algo faltaba a su obra para alcanzar la perfección. Los dioses respondieron que, en verdad, algo faltaba: una voz divina para laudar y manifestar tanta magnificencia y le rogaron que, para ello, engendrara a las Musas…
El padre de todo escuchó la petición y, habiendo aprobado el pedido, creó el linaje de las cantoras llenas de armonía, nacidas de una de las potencias que le rodeaban: la virgen Mnemosyné, a quien el vulgo llama Memoria.

En el Panteón griego vemos figurar una divinidad que ostenta como identidad lo que para nosotros parece una mera función psicológica: la memoria. La diosa que precederá y gestará la amplia mitología sobre la reminiscencia en la Grecia arcaica.

Mnemosyné, la «Reina de las praderas de Aletheia», la «Memoria religiosa», es, según la Teogonía de Hesíodo, una de las divinidades del mundo titánico, hija del Cielo y la Tierra, de lo celeste y lo arcaico, quien se unió con Zeus durante nueve noches, las nueve noches que fueron engendradas las nuevas Musas: Clío, Euterpe, Melpómene, Terpsícore, Erato, Polimnia, Talía, Urania y Calíope. De esta última, a la que Hesíodo llama la más excelsa de las Musas, nació Orfeo, padre e icono de rapsodas y poetas, buceador de sombras, cantor de ausencias.

Lo creado se muestra, en el «Himno» citado, como inconcluso, como inacabado, hasta no ser manifestado, hasta no ser manifestación. Su manifestación será y cumplirá la plenitud de su ser, el ser de su plenitud, será su aparecer, su Aletheia, la Verdad que aparece, que es, en primer lugar palabra, canto, celebración…

Expresar la expresión del Ser será la tarea, la misión y vocación de las Musas, vínculo y religación entre lo Original y lo originado, entre la esencia y la existencia, entre los mortales y los inmortales.

En tanto hijas de Zeus y de Mnemosyné, las Musas son portadoras de un saber original: el saber del acontecimiento de lo que eternamente es. La Teogonía hesiódica plasma este conocimiento en el anuncio que su autor mismo escuchó de las hijas de la Memoria, la fórmula que nos servirá como hilo de Ariadna a través de nuestro tránsito: las Musas anuncian «lo que es, lo que será, y, lo que fue».

 

II

Podemos barruntar ya, porque en ninguna otra parte se ha atribuido una significación tan esencial al canto y al lenguaje como en la cultura griega, al canto y al lenguaje como consumación de la esencia del Ser, la esencia tonal de la Verdad que en la palabra deviene audible, perceptiva, llega a la manifestación.

Las Musas epifanizan al Ser mismo en su voz, a la Voz del mismo Ser. Pero, las hijas de Mnemosyné, tal las plasma la mitología, tienen voz pero no tienen labios, tienen voz pero carecen de palabras. Los hombres, por su parte, tienen labios pero no tienen voz, no tienen palabras de verdad, tienen palabras habladas pero no hablantes:

Y decidme ahora —leemos en la Ilíada—, Musas que habitáis en el Olimpo, pues sois vosotras, diosas por doquier presentes, quienes todo lo sabéis, mientras que nosotros, mortales, no oímos más que ruido y nada sabemos.

Que la función poética exige una intervención sobrenatural, era algo indiscutido y asumido por los griegos. Mnemosyné es, precisamente, quien preside la actividad poética, quien origina el acto de poetizar. También, entre ellos, la poesía constituye una de las formas paradigmáticas de la posesión y del delirio divino: el estado de entusiasmo que su lengua llama manía.

Poseído por las Musas, el poeta es el intérprete de Mnemosyné, como el profeta, inspirado por el dios, lo es de Apolo. Poeta y adivino tienen en común un mismo don de videncia. El dios que les inspira les descubre la revelación que cubre la mirada humana; es por esto que, arquetípicamente, han debido pagar el precio de sus ojos: ciegos a la luz, ellos ven lo invisible, lo que la noche hace visible; así fue tanto para Homero como para Tiresias. El saber o la sabiduría que Mnemosyné dispensa a sus elegidos, a sus llamados, es una omnisciencia de tipo adivinatorio. La misma fórmula con que define Homero el arte del adivino Calcas se aplica, en Hesíodo, a las Musas, a las que cantan inspirando.

En todo lugar donde se canta, el canto humano, antes de ser voz, es escucha. El hombre, el poeta, es un oyente de las Musas, del musitar de la Memoria, de sus hijas que, en Clíos, llevan el nombre de remembranza: la remembranza que hace que el poeta recuerde. No otra cosa es el rapto inspirador, no otra cosa es la creación: el encuentro esencial y fecundante con la Verdad del Ser, el ingreso oyente es el sagrado anuncio total a partir del cual, creemos percibir, inmediata, la Voz del mundo de lo divino: lo Sagrado del mundo. Esta percepción tonal —y no olvidemos que quien ha perennizado el nombre de las Musas es la música—, la expresa claramente Schiller cuando nos habla de un estado de ánimo musical, y no la causalidad del pensamiento, como origen de su poetizar:

En un principio la sensación no tiene para mí un objeto claro y determinado, este se forma sólo mas tarde. Precede cierto estado de ánimo musical, sólo después de este, me viene la idea poética.

Este tono poético es el que arrastra al poeta a cantar, alabar y narrar el milagro del Ser, el milagro de ser. El milagro que en la palabra poética nace siempre de nuevo por única vez.

«¡Profetisa, Musa, y yo seré tu profeta!», exclama Píndaro. El poeta, cuando es poeta de verdad, usa esa verdad para testimoniar el origen de su canto:

Son ellas quienes un día enseñaron a Hesíodo —nos dice él mismo—, un bello canto mientras apacentaba sus rebaños al pie del divino Helicón. Y he aquí que las primeras palabras que me dirigieron las diosas, Musas del Olimpo: «Pastores de los campos… nosotras sabemos contar mentiras que parecen verdades, pero también sabemos, cuando queremos, proclamar verdades». Así hablaron las hijas del gran Zeus y, por báculo, me ofrecieron una vara soberbia del olivo floreciente; después me inspiraron acentos divinos para que glorificara lo que será y lo que fue, mientras me ordenaban celebrar la raza de los bienaventurados siempre vivientes y a ellas mismas, al principio y al final de cada uno de mis cantos…

A partir de este testimonio de la Teogonía, queda plasmada la imagen del poeta griego: un ser inspirado por las Musas, las Musas que le eligen para que les cante, al principio y al final, a ellas y desde ellas, a los hombres. De ellas recibe, no sólo la inspiración, sino también el skeptrom, el báculo de la sabiduría de los que enseñan la verdad, la verdad de los «bienaventurados siempre presentes», la verdad de lo siempre presente, la presencia de la Verdad.

 

III

Inspiración, entusiasmo, revelación inmediata, todos estos dones que definen la inspiración de las musas, no dispensan en forma alguna al poeta de la necesidad de una dura preparación y de un aprendizaje, pedagógico y ritual, para su misión de videncia.

Sabemos, muy vagamente, que los rapsodas vivían en lugares solitarios y silenciosos, donde se congregaban en pequeñas cofradías en torno a un guía, un maestro, que oficiaba de eslabón de la cadena iniciática. Allí recibían las técnicas de concentración mental, de métrica y métodos de rememoración.

Lo más copiosamente documentado de estas iniciaciones, son los relatos sobre el rito a través del cual, más allá de toda instrucción magistral, accedían a «las praderas de Aletheia», al reinado de Mnemosyné, acceso que realizaban penetrando en el seno mismo de la naturaleza, en lo umbrío de la Phusis: el Hades.

La consulta encubatoria se realizaba en forma de catábisis, de descenso hasta la sombría región de Hades, la comarca pintada como una vasta marisma rodeada por un cauce de agua y atravesada, encuadrada, por los ríos de lastimeros nombres: el Aqueronte, cuyo nombre tiene relación con el dolor, el Cocito o «rio de los gemidos», el Flegatón o «rio fuego» y, finalmente, el Leteo, el «agua del olvido». Atravesando estos cuatro ríos, estos pasajes dolorosos y purgativos, el bardo descenderá y permanecerá en el seno de la tierra, en la noche interior de la naturaleza, hasta que allí le sea dispensada, musitada, la palabra oracular. Sabemos, por otra parte, que ríos y arroyos, fuentes y surgentes, eran el elemento de las Musas, lugares de su epifanía, de su aparición y revelación.

El poeta se apresta a recorrer su viaje iniciático, el viaje desde lo externo —exotérico—, donde parecerían perderse los contenidos esenciales de la existencia, hacia lo interno —esotérico—, reserva interior donde se conservan las fuerzas y el conocimiento de la esencia de esa existencia.

Antes de adentrarse en el Hades, el poeta tiene la precaución de detenerse ante dos fuentes: Lethe y Mnemosyné, Olvido y Memoria, muerte y vida. Sabemos por las inscripciones de las láminas de oro llevadas por los difuntos para servirles de guía a través de los meandros del más allá, que Leteo representa, en la encrucijada de las sendas, sobre el camino de la izquierda, la fuente a la que estaba prohibido acercarse si se buscaba definitivamente «evadirse del triste ciclo de los dolores». El poeta desafiando y transgrediendo el consejo de la prudencia, bebe de la fuente del Olvido, toma el brebaje que abre las puertas de Hades, de la mansión de los muertos, de lo primordial, de la oscuridad más primigenia y, por tanto, más final. Ahora, semejante a un muerto y llevando la máscara de un difunto, se interna, via negationis, en las sombras que le iluminarán, pero, antes de entrar en ellas, ha bebido de la otra fuente, ha tomado el viático, el agua de la fuente de Mnemosyné que le otorga la facultad de seguir recordando, de seguir viviendo en medio del Olvido, de ver en medio de las sombras, de ser consciente en medio de la inconsciencia, de vivir, en síntesis, dentro del seno de la muerte. Le permitirá conservar y transmitir la memoria de su descenso cuando vuelva a ascender al reino de los vivientes, le permitirá, como a Orfeo, recordar y cantar lo original.

Pasado un cierto tiempo del trance, el poeta es tomado por los acólitos del oráculo y sentado en el «Trono de Mnemosyné»: ya el poeta es heraldo de las Musas, es su porta-voz, es «Maestro de la Verdad». Ahora sus palabras son palabras de a-letheia, es decir, palabras sin lethe, sin olvido de lo esencial, canto de lo inmortal, de lo que será porque siempre fue. Origen y destino tienen ya presente: tienen canto y celebración, son palabra, es poesía.

 

IV

El oficio del poeta aparece solidario a dos realidades distinguibles aunque indivisibles, dos realidades complementarias: Mnemosyné y sus hijas, la memoria y su musitar. Pareciera ínsita a esta afirmación, que la realidad poética polarizara su decir en un mero repetir, en un eco que dice lo sido, parecería agotarse en una arqueología, refugiarse en una infructuosa regresión hacia alguna infancia perdida, hacia alguna edad dorada. Pero restringir el logos de la memoria, recuerdo o pasado, a la pobreza de nuestra lógica reductiva, es desconocer la reserva de sentido de la que el lenguaje mítico esta preñado, lenguaje que celebra la polifonía sin entrojarlo en el código de la univocidad.

El esfuerzo de rememoración preconizado y exaltado en esta tradición mítica, no traduce el interés por el pasado, ni un ensayo de exploración del tiempo humano. Del discurrir temporal tal como el individuo lo experimenta y lo capta en el desarrollo de su vida afectiva, la rememoración, la anamnesis, no se preocupa sino por sustraerse a él. La memoria ensaya la transformación de este tiempo de la sucesión temporal de la vida individual —tiempo sufrido, incoherente, fragmentado e irreversible—, en un ciclo reconstruido en su totalidad. Intenta reintegrar el tiempo humano en la periodicidad cósmica y en el seno de la eternidad divina. El tiempo de la memoria, el que ella busca, es contemporáneo de la cosmogénesis, el tiempo que no pasa sino que llega.

La primera evidencia, entonces, de este rememorar poético, es la de no ser el recuerdo del pasado personal del poeta, ni siquiera ser la reconstrucción del pasado histórico de su pueblo, una tematización hímnica de gestas y héroes de antaño. Este pasado, por el contrario, es Origen, es Arche. Es Origen y no principio, presencia y no pasado: tiempo mítico, tiempo ontológico, tiempo de originar, del instaurar, nacimiento de la génesis de situaciones arquetípicas y por ello de vivencias constitutivas y constituyentes de todo tiempo, de los siempre-presente en toda vida: presencia de la vida misma.

En Hesíodo, esta búsqueda de los orígenes tiene un sentido propiamente religioso y confiere a la obra del poeta la dignidad de un anuncio sagrado. Las Musas le han enseñado el bello canto —el canto de la belleza y el cosmos—, el canto que narra el comienzo de todas las cosas, la generación de la obra de Zeus. Las hijas de Mnemosyné cantan comenzando por el principio —por el Arche—, la aparición del mundo, la génesis de los dioses, el nacimiento de la humanidad. El pasado que desvelan es mucho más importante que el antecedente causal del presente: es la fuente del presente. Remontándose hasta él, la rememoración no busca situar los acontecimientos dentro de un marco temporal, sino alcanzar el fondo mismo del Ser, des-cubrir el original, la realidad primordial de la que ha salido el cosmos y que permite comprender el devenir en su totalidad.

Así, el Origen creacional no ocurrió in illo tempore, no ocurrió en el tiempo sino al tiempo. Al tiempo que fundamenta y es cada presente, cada presente que lleva como fundamento ese mismo Origen que lo origina, ese Origen que es la permanencia surgente del tiempo, de la temporalidad.

El principio, por el contrario, es siempre pasado, mojón temporal en la linealidad puntual y horizontal del tiempo, inaugurador de las épocas que lo van dejando atrás. El Origen, contrastantemente, es oriundez vertical: manifestación. El principio es hijo de Crónos, es cronología, el Origen es Aión, no es filiación sino paternidad, no es cantidad sino cualidad, tiempo naciente, originador, y no Cronos, tiempo que gasta, tiempo hacia el morir. El Aión, como el repiquetear de las campanas, no mide el tiempo, da tiempo, no mide su pasar: salva de su paso. Salva del tiempo existencial, el tiempo donde, según el pitagórico Parón, es «donde se engendra el olvido», es decir, donde se muere, «los hombres —completa Alcmeón de Crotona— mueren por ser incapaces de unir el origen con el fin». En Platón, este olvido, que constituye la falta esencial del alma, su enfermedad más propia; este olvido no es otra cosa que la ignorancia de esa misma alma en nosotros. En las aguas del Leteo las almas pierden el recuerdo de las verdades eternas que han podido contemplar antes de volver a caer sobre la tierra, y que la rememoración, devolviéndoles a su verdadera naturaleza, les permitirá recordar.

En definitiva, el origen, «lo que fue», es lo no desplegado de lo que aun será, el pasado original es por tanto originalidad del futuro, lo por-venir que nos adviene, es Adviento Original. Recordemos ahora nuestro hilo de Ariadna, recordemos que el tiempo pretérito ocupa el espacio gramatical destinado, en nuestro lenguaje profano, al tiempo del futuro: «lo que es, lo que será, lo que fue».

¿Cuál es entonces la función de la Memoria? Ella no reconstruye el tiempo, tampoco lo anula. Transgrediendo, y haciendo caer la barrera que separa el presente del pasado, tiende un puente entre el mundo de los vivos y el más allá al cual retorna todo lo que ha abandonado el mundo de la luz, de la vida. La memoria realiza para el pasado una evocación análoga a la que efectúa para los muertos el ritual homérico de la eclesis: la invocación por parte de los vivientes que trae a la luz del día, durante un breve momento, a un difunto que ha ascendido del mundo infernal. El privilegio que Mnemosyné otorga al poeta es el contacto con el otro mundo, la posibilidad de entrar y volver a salir libremente, de entrar en el pasado como dimensión del más allá: de transitar al mundo donde se ocultan las mitades de las analogías que en este mundo no lograríamos descifrar, no llegaríamos a co-rresponder.

El poeta desciende a la muerte para ascender por vez primera a la vida, a la verdadera, la que no separa la muerte de la vida ni la vida de la muerte, la que respira a la vez el origen y el destino, el que reúne el abismo original con el abismo final, lo reúne en su palabra, la que deja de ser suya.

El recordar, aparece entonces, como la instancia con la que el aedo contacta el acontecer original, su memoria, instancia donde oye las remembranzas, donde escucha el musitar, le permite recordar lo original de su propio origen, recordar lo esencial olvidado en la existencia, la estructura del sentido, del sentido que significándolo en sus palabras transforma el caos en cosmos. La memoria le permite, en última instancia, nombrar, dar nombre, dar identidad. Harto más que mera facultad psicológica donde se registra y sedimenta lo ya vivido, la memoria es facultad de lo por vivir, la potencia religiosa que religa el Verbo poético con la Voz del Ser, que le permite descubrirlo, des-velarlo. Desvelar el origen originándolo en el nombre, en el verbo que lo presentifica, que lo hace palabra, lo hace presencia del presente, lo instaura como presente futuro de todo presente. Palabra poética, palabra instauradora, palabra creacional: Poiesis.

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Hugo Mujica (Buenos Aires, 1942). La otra revista.

lunes, 18 de septiembre de 2023

aristóteles españa / la invención poética de chile


Poetas y narradores han contribuido a la búsqueda de la denominada “identidad nacional”; recreando gestas, epopeyas, cánticos donde la vida de Chile se va conformando lentamente. Somos un país joven, que construye elementos de paisajes terrenales y metafísicos. Fue Alonso de Ercilla quien describió como ninguno los lugares habitados por nuestros pueblos originarios diciendo “Aquí llegó donde otro no ha llegado”. La inmensidad de la cordillera, los bosques, ese enorme mar que inspiró a Samuel y Eusebio Lillo.

Carlos Pezoa Véliz descubrió al pintor pereza, a los vagabundos que pululaban en ríos y callejones de las ciudades que comenzaban a arder. Diego Dublé Urrutia le cantó a las tías Paulinas de Chile que tejían bufandas y sueños. Víctor Domingo Silva le puso alma a la bandera de una nación que necesitaba y necesita aún de símbolos para reconocerse.

Huidobro creó “Altazor”, ese enorme túnel por donde atraviesan los hálitos de Chile, sus costas y besos perdidos. Neruda reescribió la historia a pesar de los historiadores; Pablo de Rocka cantó a las comidas y bebidas del país, de norte a sur. Gabriela Mistral indagó en las desolaciones del austro y en el desierto florido de Coquimbo.

Andrés Sabella describió un norte riguroso y nostálgico, las ensoñaciones del desierto más árido del mundo.

Raúl Rivera, homenajeó a la mujer chilena que cría chiquillos, da comida al marido, lava la ropa, sustenta el hogar lleno de privaciones de la clase media desde tiempos inmemoriales.
Francisco Coloane da vida y más fuerza al Cabo de Hornos y construye su otra península con el Chilote Otey incomparable.

Nicanor Parra dio un remezón a la poesía de este Chile en crecimiento tenaz como dice Gonzalo Rojas y funda un corpus maravilloso en lo estético con la Antipoesía. Jorge Teillier funda la lírica de los lares inventando un lugar donde habitan mariposas y pueblos perdidos y se escuchan desde lejos los pitos de los trenes.

Nicomedes Guzmán en su “Autorretrato de Chile” da cuenta de las ilusiones y leyendas que dan vida a una comunidad tan disímil como la chilena. El pueblo Lican Antai y los Chonos son tan distintos y habitan históricamente el mismo territorio para efectos del estudio de nuestra historia y geografía.

Sólo la poderosa palabra poética y literaria nos une como el cielo, la nubes , el aire. Poesía para volver a los 17 como decía Violeta Parra. Canciones para amar como en los textos de Sergio Hernández, para imprecar como Armando Uribe Arce, para fabular con ciudades de sol como dijo Humberto Díaz Casanueva, para inventar lluvias de aire como Rolando Cárdenas, jugar con sonetos, como lo hizo Enrique Lihn, en la misma atmósfera de la poesía chilena, única en su matriz y en sus sonidos en estos días en que celebramos la independencia de un imperio... poéticamente hablando.

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Aristóteles España (Castro, 1955-Valparaíso, 2011) Proyecto Patrimonio.

lunes, 11 de septiembre de 2023

josé ángel cuevas / 30 años de poesía

Entre balazos, sirenas, allanamientos masivos y camiones cargados de muertos caminé, caminé febrilmente por Santiago vencido (ésa ha sido de algún modo de mi vida, recorrer calles y más calles, barrios, poblados.) A tres días de ocupación Militar-neofascista-empresarial vi en una muralla de la calle Exposición con grandes letras de brocha gorda "Abajo la Junta Asesina." De un día para otro se terminó la producción de libros, diarios, revistas, programas de televisión, grupos literarios, talleres poblacionales, teatro, danza. Mataron a Víctor Jara, Neruda murió de dolor, Ángel Parra y otros presos en los campos de concentración, "Intí-Illimani", "Quilapayún", Payo Grandona, Manns, huyeron, se exiliaron largas listas de artistas, los grupos Trilce, Tebaida, Escuela de Santiago; los escritores Barquero, Gonzalo Rojas, Armando Uribe, Droguett, Atias, José M. Varas, Germán Marín, Skármeta, Dorfman, Schopf, Ruiz, Soledad Bianchi, Délano, Grinor Rojo, Gonzalo Millán, Tito Valenzuela, Hernán Miranda, etc..., de todas las generaciones y grupos. Son listas y más listas que conformarían el poema de Chile. Se terminó. Es como si de un día para otro nos demolieran la casa, echaran abajo el cerro San Cristóbal con la Virgen Iluminada. Uno está acostumbrado, no es muy conciente, pero cuando desaparece, allí siente lo que perdió. Todos mis amigos se fueron, los del Pedagógico, los poetas underground y, en especial, esa vida libre, poderosa. ¡Destrozada¡ Es más, mucho más que la UP. ¿Por qué no me fui? Debí haberme ido, tenía más derechos que otros, pienso a veces arrepentido.

Hay un acontecimiento increíble de un poeta, no sé si de fines del 73 o 74. Apareció un texto en La Segunda alabando a los militares y el "pronunciamiento". Pero leído como acróstico, decía "Milicos asesinos". Rindo un homenaje a ese poeta desconocido.

Los agentes de la Dina me quitaron la casa de Ñuñoa. En ese tiempo era imposible arrendar, me fui a vivir a un costado de la población San Gregorio. Allí viví entre gente que comía perro asado cerca de un canal lleno de guarenes. El año 1975, sentado en ese canal, tomé la determinación definitiva de empezar de nuevo, la dictadura ya no sería corta. Me resolví a "escribir" como una salida ética a mi vida. Me cito: "no ha existido ninguna forma más gloriosa del vivir nacional/que/Los Extremistas 73/89/ clandestinidad/la admiro/la sueño/dar la vida total/el éxtasis extremista de la muerte/ un punto/ chequeo/ contrachequeo/ Un país ocupado/ Un París Ocupado/".

De vez en cuando iba a ver a algún sobreviviente del Pedagógico, iba donde Carlos Olivárez, que vivía en Lord Cochrane en la borrachera absoluta, unas piezas oscuras detrás de una oficina. El quería pedirle un pasaje a Skármeta para irse a Alemania, pero Skármeta nunca se lo mandó... Yo trabajaba en un liceo en la Avenida La Feria, cerca de la Victoria y José María Caro. Salía de allí y vagaba, vagaba por Estación Central, San Pablo, Conchalí, el Matadero, con mi rollo interior, hasta que comenzaba el toque de queda. La publicación de mi primer libro, el año 79, Efectos personales... y dominios públicos se lo debo a la Dina. En Mayo del 79 fui detenido en la calle, me llevaron a un lugar, y fui conminado a hacerles un contacto con gente del MIR. Se me dio una cita donde debería arreglar dicho contacto. Yo me imaginaba transformado en un delator, "salir a porotear". En realidad no tenía contacto alguno con el MIR, sólo antiguos amigos, mi relación era con el PC, en fin, estaba solo y en mi desesperación junté poemas, los llevé a una imprenta frente a mi trabajo, y me hicieron un libro amarrado con alambre y me fui a la Sech, para tener algún respaldo, como si eso hubiera sido una salvación. No volví a ver a los agentes. Después entendí las rivalidades entre el Comando Conjunto, Dina, Sifa. Empecé a ir a la Sech. Ese tiempo es el más noble de esa casa, donde hoy penan las ánimas. Era un tiempo cálido, estaba lleno de organizaciones, de familiares de desaparecidos, detenidos, mujeres por la vida, artistas por la democracia. Cada año es distinto. Del 75 al 80 hay apenas respuesta al aplastamiento. Conversando con el poeta Omar López, me cuenta que él y su grupo Andamio salían a rayar calles contra la dictadura, hacían recitales relámpagos en poblaciones. Allí nació la Unión de Escritores Jóvenes (UEJ), no sé si el 79 o el 80. Una mezcolanza donde veía a Antonio Gil, Natasha Valdés, Wilson junto a Díaz Eterovic, Pía Barros, Diego Muñoz, Esteban Navarro, Eduardo Llanos, Aristóteles España y, en especial, a Jorge Montealegre, Teresa Calderón, Carmen Berenguer, Bruno Serrano, Heddy Navarro, Elvira Hernández, hicieron revistas, publicaciones, autoediciones. Asimismo la Agrupación Cultural Universitaria (ACU), Gregory Cohen y otros.

Pasó algo curiosos con la interpretación y ruptura del sistema cultural de ese presente: hay una refundición (refundación). Entre los pocos que se quedan aquí, Floridor Pérez, Camerón, Silva Acevedo, emergen nuevos grupos en el sur por el trabajo del profesor Iván Carrasco de Valdivia, Grupo Indice, a fines de los 70 hay ya encuentros muy llenos de afectividad, (como son los de la lucha común, actos, peñas).

De la Agrupación Cultural Universitaria, recuerdo especies de recitales clandestinos en un sótano del Paradero 22 de Santa Rosa, yo me llamaba Ricardo, pero también estaba Bruno y otros, las catacumbas de Santiago, en la precariedad de la vida. Por allí nace la denominación NN creo que de Jorge Montealegre. Me duele no haber conocido a Rodrigo Lira, pero sí a Armando Rubio y su mujer. Todavía no existía el barrio Bellavista, sólo el Café Ulm donde ahora hay una casa de masajes en Alameda 121, el Normandie, el restaurante el Castillo. Comienzan las protestas, un cambio de ánimo generalizado, cierro lo ojos y escucho el golpeteo increíble a lo lejos, después del toque de queda. Tampoco conocí a nadie de la Escena de Avanzada, a Nelly Richards, Eltit, Zurita, Dávila, Rosenfeld, era otro pelaje, mucho acceso a Europa, no sé. Pero sí fui alumno y algo amigo de Patricio Marchant. Desgraciadamente nunca me acerqué a Lihn, tuve prejuicios con él, lo encontraba aristocratizante. Craso error. Recuerdo a Polhammer, un gran tipo. Me junté mucho con Rolando Cárdenas y menos con Teillier. Iba de vez en cuando a la Unión Chica, pero mis amigos eran gente corriente de donde viví, las parcelas de La Pintana, un amigo de apellido Rojas del Pedagógico, T. Valenzuela. El alcohol ayudó a sobrevivir, me acostumbré a vivir en dictadura, a sortearla, a tomar escondido, al fin y al cabo yo vivía en San Gregorio. El año 1982 publiqué Introducción a Santiago desde el fondo total de la negación y en busca de un lugar poético desde donde hablar.

En cuanto a crítica sólo existia la de El Mercurio con Alone e Ignacio Valente. En las revistas pro-regimen Ercilla, Qué pasa, escribían Miguel Arteche, Jaime Quezada, Carlos Olivárez, después en Hoy. Ya a principios de los 80 comienzan a aparecer revistas opositoras: Cauce, Análisis, Apsi. Pero Valente era quien daba el espaldarazo a un poeta, aunque sólo fuera con una línea. En las revistas nuevas escribían Lihn, Calderón. Los libros eran autoeditados. Ya después de 1982 todo empezó a cambiar, un 30% de cesantía, las quiebras masivas "Muevan las industrias", el ruido maravilloso de miles de ollas golpeando en la noche, en medio del silencio del país, después de diez años. Parecía que la dictadura iba a ser infinita. Me alegré mucho, mucho cuando apareció el FPMR y sus acciones. Cambio en la realidad. Sergio Parra escribe: "cuando el Frente Patriótico Manuel Rodríguez atentó contra el Capitán General (...) fornicaba con una chica new age en un cuarto de San Diego". Se fue conformando otro Chile en lucha dentro del Chile feo. Un Chile de ollas comunes, huelgas de hambre, Agech, Comando de Trabajadores, Asamblea de Civilidad, protestas, gente que se inmola entre las llamas. La Alianza DC-Socialistas Renovados santificada desde Estados Unidos, ayudada económicamente desde el mundo entero, privilegió también a sus artistas, aunque los políticos son muy ignorantes y les importa poco la cultura, siempre llegaban pasajes, viajes. Recuerdo "Chile Vive", en España. A Lihn le dieron pasaje a última hora.

Aparecen decenas de revistas, La Castaña, el Cient o Pies, La Bicicleta, etc.
Para qué voy a repetir la grandeza de Zurita o J.L. Martínez, consolidados en la época que comento, pero pienso en la vida feroz de Rodrigo Lira, en la irrupción de la poesía de mujer, que se distinguió durante el régimen, luchando por sus presos, sus desaparecidos, los NN, los pedazos del sueño popular de quienes nos quedamos aquí, el Exilio Interior, la poesía que Iván Carrasco llama etnocultural, los discursos de Rosabetty, Riedemann, Elicura. En realidad existen líneas paralelas de fuerza poética. Pero, ¿y estas hilachas de un país aniquilado, la lengua ebria del ex-Chile? El año 1987 publiqué Canciones rock para chilenos un sujeto poético mínimo, fragmentado pero efectivo para "presentar" un mundo. También me alegré cuando apareció un discurso poético "duro" de lengua chilena y joven dentro de esa despiadada y doble vida en curso. Sergio Parra, Guillermo Valenzuela, Jesús Sepúveda, Malú Urriola. Y los libros: Zonas de peligro, de Tomás Harris; Vírgenes in cabaret, de Alexis Figueroa; La Bandera de Chile, de Elvira Hernández; Helicóptero, de Polhammer; Karra'mawen, de Clemente Riedemann; Perro de Circo, de Juan Cameron; A media asta de Carmen Berenguer; Adiós Muchedumbres, del suscrito.

No me interesa tanto canon, tanta deconstrucción, otredad, clausura, en el correlato vida-poesía. Desde mi marginalidad no conceptual, me acerqué a la escena desde los años 80, al calor de la antidictadura, las ilusiones y las iluminaciones, el conocimiento del manejo del poder desde la dictadura homicida, pero también desde los ex-revolucionarios renovados y desde sectores feos del PC, pero esto es aparte. Los 80 son inolvidables. Botar una dictadura no es cualquier cosa, es hora "de empezar a comentar esa catástrofe de Chile" decía Patricio Marchant el año 89. Pasar desde el sueño de la Gran amistad Social de los 70 a lo que vivimos durante esos 17 años, "yo entré puro a los setenta y soy un ánima no me conozco ni a mi mismo". Rindo homenaje a los que entregaron su vida, ¡Nos estarán viendo desde algún lugar!

Un gran encuentro de todos los poetas de Chile, el año 90, organizado el Pred,una institución de gobierno u ONG. Estaban todos, desde Gonzalo Rojas hasta Rosabety Muñoz, la menor, durante tres días con ponencias, mesas, trago, en el mejor hotel de Viña, tres días. Quizás por qué, quién lo pagó, no se sabe. Recuerdo el último recital en El Cinzano, en los platos unos perniles grandes, rojos, que casi nadie quiso, Stella Díaz Varín los echó en una bolsa gigante, Juvencio Valle dormía, de pronto se paró a leer Redóles y gritó: "Viejo Culiaooo". Juvencio dio un salto... Juan Luis Martínez estaba atrás. Le di un abrazo al terminar mi lectura.. Nunca más hubo un encuentro así. Ya empezaba la transición, las grandes esperanzas en la Concertación. "Cualquiera cosa es mejor que una dictadura", decíamos. La noche del triunfo del No, y los miles y miles de héroes que dieron el pellejo. Como dice mi amigo Alvaro Monje, la aniquilación moral que el fascismo militar y capitalismo salvaje impusieron en las generaciones. Grandes esperanzas. Pronto se vio que importaban más los consensos con la derecha y cúpulas políticas para la "gobernabilidad". Lentamente se fue configurando la escena de la transición, una escena muy vacía, light, la Concertación se dedicó a administrar el sistema. La gente se fue para la casa. La gente de las protestas. No fue considerada. En cultura, no fue un Ministerio ni Instituto, sino un Fondo Concursable, pero también la pelea por ganar puestos, ir posicionándose, ello hizo que determinados personajes adquirieran gran poder. La izquierda desapareció. Recuerdo fotos de la vida de los Renovados, entrevistas en sus casas, mansiones en Lo Curro, La Dehesa, Cachagua, fuera los Palestro, Lazo, González... Las editoriales privilegiaron lo comercial, lo que vendiera. La poesía no vende. Empezaron a desaparecer las Revistas Apsi, Cauce, Análisis, y Fortín Mapocho, después La Época, y toda la prensa en manos de dos consorcios. La literatura de mercado. No sobrevivió la poesía de los 80. A principios de la transición en las invitaciones a Ferias Internacionales, encuentros poéticos, éramos representados siempre por Jaime Quezada, Jaime Hales, Floridor Pérez.., Recuerdo un duro artículo de la revista de poesía joven Piel de Leopardo, le daban duro a Quezada y Pérez, allí escribían Ernesto Cárcamo, Jesús Sepúlveda, Sergio Parra, Jaime Lizama,Vasallo, Vicuña, Guillermo Valenzuela... Mucho Bataille, Barthes, la literatura posmoderna que venía de la línea Nelly Richard, Diamela Eltit, etc... En los años 90 se llenó todo de ruido, a diferencia de los años anteriores, miles de equipos radios, televisores, autos y más autos en la vida cotidiana chilena. En los restaurantes, un televisor en cada lado.

Pero el asunto, a esta altura, en todos los planos es El Poder. Conseguirse un contacto, un pituto, invitaciones, editoriales, hacer su marketing, su empresa de poesía con dos o tres amigos, buenos contactos afuera, conseguir recursos, traer poetas extranjeros. Tomar el poder dentro. Es decir, las mismas trampas del sistema van enseñando a ponerse pillo, malo. Es la lucha, la competencia.

Es curioso, al retirarse Ignacio Valente, el monocrítico como le llamaban, se pensaba que en democracia iba a florecer mucha crítica y variada por la llegada de los exiliados que estudiaron en las universidades europeas: Soledad Bianchi, Schopf, Naín Nómez, Grinor Rojo, pero terminó el diario la Época y con él su súplemento literario donde ellos escribían aveces, además de Carlos Olivares y Mariano Aguirre, Camilo Marks, Ramiro Rivas, Ernesto Cárcamo. Hoy hay mucha publicación, pero muy poca crítica, reseñas, algo en la Revista de Libros, Rocinante. Se pensaba que lo mejor era que los propios escritores se juzgaran entre sí, sus pares, y empezó bien el Fondec, hoy Fondart. Después el Fondo del Libro empezó a repartir 100 millones asignados por el Estado, 50 becas a escritores, pero los "pares" no son tales, son organismo obsoletos y no representativos de los escritores, por ejemplo, la Sech tiene dos miembros en dicho Consejo , y se reparten las becas de modo sospechoso, amigos, favores, busca de pago... Porque con el vacío de la sociedad de mercado, mucha, pero mucha gente se vuelca a escribir,... Lo que quiero decir es que las cosas se han echado a perder, donde hay plata y poder se forma una pugna sucia; puedo dar una cantidad de casos, todos quieren agarrrar algo, nadie se cree mal poeta o mal escritor y tampoco le importa, no hay que ser tonto. Estudíense los premios, becas, compras de libros, los jurados de estos Fondos, de allí se colegirá lo que afirmo. Con todo, editoriales como Lom han hecho un trabajo de gran valor recuperativo, y Sudamericana trabajos como la prosa de Jorge Teillier, la novela de Mellado, el libro de Germán Marín. Me pregunto a esta altura: Y ¿no será mejor corromperse? Trasgrede; Ex guevaristas presidiendo la CTC, ex stalinistas convertidos en escritores adorados por el Mercurio, ¿por que no? Hay que aprender a tomar el Poder. Autenticidad, justicia, respeto, lealtad, son tonteras antiguas. Todos somos ahora liberales, sin cortapisas. Nos pusimos malos. Lo aprendimos en los 17 años de Inteligencia militar "señores, los degollados son ajusticiamientos entre marxistas, eso es frecuente..." decían los comunicados.

¿Qué puede hacer la poesía con este mundo?: Todo. La realidad cabe en el lenguaje. Yo creo en los poetas, en algunos, mis amigos del sur; en el honor, la vieja caballerosidad, me apena que se hayan muerto Jorge Torres, Juan Luis Martínez, Jorge Teillier. Que haya vuelto Barquero, y quizás se vuelva a ir. Y Cameron, Bertoni, Elvira Hernández, Miranda.Tito Valenzuela, Carmen Berenguer, Agens, Damaris, Renato Serrano. Creo que el mejor poeta de este tiempo es Bruno Vidal en algún sentido. Me alegro que Quezada y Quilodrán hayan salido del Fondo del Libro; que Zurita se haya ganado el Premio Nacional y Rosabety el premio Neruda. Y Harris el Casa de las Américas... hace poco fui jurado del Concurso Rolando Cárdenas, de la U de Santiago : No hay nada de poesía tipo Cardenal, ni Parra, ni lárica, ni de tortura y muerte... Sólo cosas de jóvenes enamorados, carreteros, en busca de padre, contra el sistema de mierda. Se dio vuelta la página. Me alegro. Treinta años de poesía a la rápida.,.; la vida continúa. Para no ser desagradecido afirmo que en realidad hay una cantidad de publicaciones que examinan el pasado en forma acuciosa, en Gabriel Salazar, Soubercaseaux, Jocelyn Holt y especialmente Tomás Moulian.

Mi amigo Tom Valenzuela me decía: "Chile ya se chacreó". Quizás esté equivocado. En cuanto a escritura.
Chao.

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José Ángel Cuevas (Santiago de Chile, 1944). Proyecto Patrimonio. Texto de 2004.

lunes, 4 de septiembre de 2023

osip mandelshtam / el fin de la novela


La diferencia entre la novela y el relato, la crónica, las memorias o cualquier otra forma de la prosa está en que la novela es una narración cerrada, extendida y acabada en sí misma, sobre el destino de una persona o un grupo de personas. Las vidas de santos, pese a lo elaborado de las tramas, no eran novelas, pues carecían del interés mundano por el destino del personaje y lo que ilustraban era una idea general; en cambio, el relato griego Dafnis y Cloe es considerado la primera novela europea, ya que este interés aparece por primera vez en él con una fuerza motriz independiente. En el transcurso de un enorme periodo de tiempo la forma de la novela se ha ido perfeccionando y consolidando como el arte de interesar por el destino de sujetos particulares, si bien este arte se ha cultivado en dos direcciones: la técnica de composición convierte la biografía en trama, es decir, en una narración pensada dialécticamente; al mismo tiempo que la trama, se ha fortalecido la otra corriente, secundaria en esencia: la motivación psicológica. Los narradores del Quattrocento y las Cent nouvelles nouvelles se limitaron en su argumentación a la comparación con situaciones externas, lo que comunicaba a los relatos excepcional sequedad, acusada ligereza y entretenimiento. Los novelistas psicológicos, como Flaubert y los hermanos Goncourt, a costa de la trama, dedicaron toda la atención a la argumentación psicológica, y se desempeñaron brillantemente en esta tarea, de manera que convirtieron un recurso secundario en un arte que se bastaba a sí mismo.

Hasta hace muy poco, la novela ha sido la esencia y preocupación central, la forma organizada del arte europeo. Manon Lescaut, el Werther, Anna Karenina, David Copperfield, Rojo y negro, La piel de zapa, Madame Bovary eran no sólo acontecimientos artísticos, sino también de la vida social. Tenían lugar un reconocimiento multitudinario de los contemporáneos, que se miraban en el espejo de la novela, y una imitación masiva, una adaptación de los contemporáneos a los modelos típicos de ésta. La novela ha educado generaciones enteras, ha sido una epidemia, una moda social, una escuela y una religión. En la época de las guerras napoleónicas, se formó alrededor de la biografía de Napoleón un verdadero remolino de pequeños remedos biográficos que reproducían el destino de la figura histórica, cambiándola de distintas formas sin, por supuesto, explorarla en todos sus aspectos. Stendhal en Rojo y negro desarrolló una de las imitaciones biográficas de dicho remolino.

Si inicialmente los personajes de la novela eran personas extraordinarias y talentosas, en el declive de la novela europea se observa el fenómeno contrario: el héroe de la novela es el hombre común, y el centro de gravedad se traslada hacia la motivación social, es decir, el verdadero personaje es ahora la sociedad, como sucede, por ejemplo, en Balzac o en Zola.

Todo esto conduce a reflexionar sobre la relación que existe entre el destino de la novela y la cuestión, en un determinado momento del destino del individuo en la historia; pero aquí no se trata de hablar sobre las oscilaciones reales de papel del individuo en la historia, sino de la forma en que, en cada época, la opinión considera este problema, en tanto que ella educa y forma el pensamiento de sus contemporáneos. 

El auge de la novela en el siglo XIX se puede colocar en directa dependencia de la epopeya napoléonica, que elevó extraordinariamente las acciones personales en la historia y que abonó el terreno a través de Balzac y Stendhal para toda la novela francesa y europea. La biografía típica del Bonaparte invasor y afortunado se le multiplicó a Balzac en una decena de así llamadas "novelas de éxito" (roman de réussite), donde la principal fuerza motriz no es el amor, sino la carrera, entendida como la aspiración de salir de las clases bajas y medias de la sociedad para alcanzar las alturas.

Es evidente que cuando entramos al territorio de los poderosos movimientos sociales, acciones de masas organizadas, las acciones individuales en la historia decaen y junto con ellas la influencia y la fuerza de la novela, para la que el reconocimiento del papel del individuo en la historia funciona como una especie de manómetro que mide la presión de la atmósfera social. La unidad de la novela es una biografía personal o un sistema de biografías. Desde sus primeros pasos, el novelista nuevo sintió que el destino aisaldo no existe y se esforzó por arrancar de la tierra la planta social que le era necesaria, con todas sus raíces, con todos sus satélites y atributos; de esta forma, la novela siempre nos ofrece un sistema de fenómenos, dirigido por un núcleo biográfico, medido en unidades biográficas y que solamente se sostiene en el plano de la composición, pues en él vive la fuerza centrífuga de ese sistema planetario, y la fuerza centrípeta que va de la periferia hacia el centro no prevalece definitivamente sobre aquélla.

Puede considerarse el Jean Christophe de Romain Rolland como el último ejemplo de novela centrífuga biográfica europea, el canto de cisne de la biografía europea que recuerda el Wilhelm Meister de Goethe por su fluidez majestuosa y la nobleza de sus sintéticas maneras. Jean Christophe cierra el círculo de la novela; con toda su modernidad, es una obra pasada de moda: en ella está reunida la antigua miel de las razas germana y latina. Para crear la última novela fueron necesarias dos razas, reunidas en la persona de Romain Rolland, pero aun así fue poco. Jean Christophe se pone en movimiento con el mismo impulso del golpe revolucionario napoleónico que toda la novela europea: a través de la biografía beethoveniana de Christophe, a través del contacto con la potente figura del mito musical, nacido de la misma inundación napoleónica en la historia.

El destino posterior de la novela no será otro que la historia de la atomización de la biografía, de la forma de la existencia personal… incluso más que atomización: será la muerte catastrófica de la biografía.

El sentido del tiempo, que le pertenece a la gente para actuar, vencer, morir, amar, constituía el tono fundamental en la resonancia de la novela europea, porque (lo repito una vez más), la medida compositiva de la novela era la biografía personal. La vida de una persona no es aún biografía ni da a la novela su columna vertebral. La persona que actuaba en los tiempos de la vieja novela europea aparece como el centro de un sistema completo de fenómenos agrupados a su alrededor.

Actualmente los europeos han sido expulsados de sus biografías como las bolas de una tronera de billar, y las leyes de sus actividades, como el choque de las bolas sobre la mesa de billar, se rigen por un principio: el ángulo de incidencia es igual al ángulo de reflexión. Una persona sin biografía no puede ser el núcleo temático de una novela, y la novela, por otra parte, es inconcebible sin el interés por el destino particular de alguien, por la trama y por todo lo que la acompaña. Además de ello, el interés por la motivación psicológica ―con el que tan hábilmente se había salvado la decadente novela, cuando ya presentía su fin― ha sido arrancado de raíz y desacreditado por la vencida debilidad de los argumentos psicológicos ante las fuerzas de la realidad, cuyo ensañamiento con la motivación psicológica se vuelve más cruel hora tras hora.

La novela contemporánea ha perdido la trama, es decir, ha perdido los personajes que pertenecían a su tiempo y la psicología, ya que ésta no valida ninguna acción. Es curioso que la crisis de la novela, es decir, de la trama cargada de tiempo, haya coincidido con la enunciación del principio de la relatividad de Einstein. Es curioso también que los novelistas estuvieran buscando una salida a la situación dada en la transposición de los planos, como, por ejemplo, hacen Andréi Biely y Bernhard Kellerman (su imitador inconsciente). Alekséi Nikoláievich Tolstói escribe sus novelas de memoria y las lleva hasta alrededor de 1917, sin saber qué hacer después. Pero la mayoría de los prosistas han rechazado completamente la novela y, sin temer a los reproches en la prensa y en la actualidad, escriben, inconscientemente, crónicas (Pílniak, el grupo de "los hermanos Serapión", etcétera). Se hace evidente que, por la fuerza de las cosas, el prosista se convierte en cronista y que la novela regresa a sus fuentes: El cantar de las huestes de Ígor, las crónicas y las hagiografías como Cheti-Minei. De nuevo el pensamiento del prosista se pierde, como una ardilla, por los árboles de la historia, pero no nos corresponde a nosotros tentar a esa ardilla para que regrese a su jaula.

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Ósip Mandelshtam (Varsovia, 1891-Vladivostok, 1938). La otra revista. Traducción de María del Mar Gámiz Vidiella.