lunes, 13 de noviembre de 2023

nicanor parra / extractos de "antiprosa"


Yo quisiera dedicar, como les decía hace algunos momentos, los minutos que nos quedan a conversar sobre este tema, el tema de la supervivencia del hombre sobre la Tierra.

Ustedes dirán lo siguiente: «Pero ¿por qué vamos a hablar sobre esto cuando nosotros hemos venido a escuchar aquí a un poeta?». Por una razón muy sencilla: ¿de qué puede hablar un poeta, o de qué debe hablar un poeta si no es de los problemas de la tribu? Y ¿cuál es el primer problema de la tribu en este momento? El problema de la supervivencia. De manera que nosotros necesariamente tenemos que aterrizar.

[...] Yo soy un convencido de que todos nuestros actos, en estos momentos, de aquí al año 2000, deben estar determinados por el pensamiento ecológico. No podemos dar un paso sin pensar en qué significa ecológicamente ese paso.

[Fragmento extraido de «Charla en Temuco. Liceo Gabriela Mistral, Temuco, 1982», transcrita en Para leer a Nicanor Parra, de Iván Carrasco.] 


*

La poesía egocéntrica de nuestros antepasados en que ellos tratan de demostrar al lector cuán estimable o repudiable es el ser humano, cuán inteligentes y sensibles son ellos, cuán dignos de consideración son los objetos de este mundo, debe ceder paso a una poesía más objetiva de simple descripción de la naturaleza del hombre. Hasta cuándo seguimos echándonos tierra a los ojos. El bohemio pálido y emocionado debe quemar su sombrero de una vez por todas; el individuo no tiene importancia en la poesía moderna sino como un objeto de análisis psicológico. [...]

Me parece que el arte no puede ser otra cosa que la reproducción objetiva de una realidad psicológica y ese fin no se consigue tratando de mostrar solo aquello que se considera revestido de cierta dignidad. Un poema debe ser una especie de corte practicado en la totalidad del ser humano en el cual se vean todos los hilos y todos los nervios, las fibras musculares y los huesos, las arterias y las venas, los pensamientos, las imágenes, las asociaciones, etc., etc. No se trata de preparar un pastel más o menos fácil de tragar; estoy en contra de los tristes y de los angustiados, de la misma manera como estoy en contra de los bufones, estilo Huidobro. También me rebelo en contra de los profetas y en contra de los pensadores proféticos estilo T. S. Elliot. Estoy convencido de que el poeta no debe interpretar; él debe ser un ojo que mira a través de un microscopio en cuyo extremo pulula una fauna microbiana; un ojo capaz de explicar lo que se ve; eso es aproximadamente el asunto, dicho a toda carrera.

[Extraído de «Carta a Tomás Lago», Oxford, 1949.]

*

En el fondo volvemos a nuestra nomenclatura inicial. Energúmenos fuimos siempre. Claro que antes éramos Energúmenos en Potencia. Ahora somos Energúmenos en Acción. El Energúmento —Sr. Presidente— es un sujeto contradictorio, rebosante de vida, en conflicto permanente con los demás y consigo mismo. De un Energúmeno chileno puede esperarse prácticamente todo. Se abanica hasta con la propia idea de revolución. Nuestros enemigos no son los marxistas ni los capitalistas, sino los "pelotudos" (sic) de siempre (no se ponga colorado), los tontos solemnes, los conformistas incondicionales tanto de derecha como de izquierda. En una palabra, los robots. El enfrentamiento definitivo —como se anuncia en el último texto de Obra gruesa— no será entre Orejas Largas y Orejas Cortas, sino que [será] entre Energúmenos y Robots. No estamos con la cubanización de Chile —Sr. Presidente—, sino con la chilenización de Cuba. O sea, somos amigos de Cuba, de Rusia, de China, de todos los países socialistas. Oremus.

[Extraído de «Carta abierta a su excelencia el presidente de la SECh (Sociedad de Escritores Chilenos)», publicada en El Mercurio en 1970.]

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Nicanor Parra (San Fabián de Alico, 1914-La Reina, 2018) Antiprosa. Santiago de Chile: Ediciones UDP, 2015. Aviones desplumados.

lunes, 6 de noviembre de 2023

roberto bolaño / literatura + enfermedad = enfermedad


para mi amigo el doctor Víctor Vargas,
hepatólogo

Enfermedad y conferencia

Nadie debe extrañarse de que el conferenciante se ande por las ramas. Pongamos el siguiente caso. El conferenciante va a hablar sobre la enfermedad. El teatro se llena con diez personas. Hay una expectación entre los espectadores digna, sin duda, de mejor causa. La conferencia empieza a las siete de la tarde o a las ocho de la noche. Nadie del público ha cenado. Cuando dan las siete (o las ocho, o las nueve) ya están todos allí, sentados en sus asientos, los teléfonos móviles apagados. Da gusto hablar ante personas tan educadas. Sin embargo el conferenciante no aparece y finalmente uno de los organizadores del evento anuncia que no podrá venir debido a que, a última hora, se ha puesto gravemente enfermo.

Enfermedad y estatura

Vayamos al grano o acerquémonos por un instante a ese grano solitario que el viento o el azar ha dejado justo en medio de una enorme mesa vacía. No hace mucho tiempo, al salir de la consulta de Víctor Vargas, mi médico, una mujer me esperaba junto a la puerta confundida entre los demás pacientes que formaban la cola. Esta mujer era una mujer bajita, quiero decir de corta estatura, cuya cabeza apenas me llegaba a la altura del pecho, digamos unos pocos centímetros por arriba de las tetillas, y eso que llevaba unos tacones portentosos, como no tardé en descubrir. La visita, de más está decirlo, había ido mal, muy mal; mi médico sólo tenía malas noticias. Yo me sentía, no sé, no precisamente mareado, que es lo usual en estos casos, sino más bien como si los demás se hubieran mareado y yo fuera el único que mantenía una especie de calma o una cierta verticalidad. Tenía la impresión de que todos iban a gatas o, como suele decirse, a cuatro patas, mientras yo iba de pie o permanecía sentado, con las piernas cruzadas, que a todos los efectos es lo mismo que estar o ir de pie o mantener la verticalidad. En cualquier caso tampoco puedo decir que me sintiera bien, pues una cosa es mantenerse erguido mientras los demás gatean y otra cosa muy distinta es observar, con algo que a falta de una palabra mejor llamaré ternura o curiosidad o mórbida curiosidad, el gateo indiscriminado y repentino de quienes te rodean. Ternura, melancolía, nostalgia, sensaciones propias de un enamorado más bien cursi, y muy impropias de experimentar en el consultorio externo de un hospital de Barcelona. Por supuesto, si ese hospital hubiera sido un manicomio, tal visión no me habría afectado en lo más mínimo, pues desde muy joven me acostumbré —aunque nunca seguí— al refrán que dice que en el país al que fueres, haz lo que vieres, y lo mejor que uno puede hacer en un manicomio, aparte de mantener un silencio lo más digno posible, es gatear u observar el gateo de los compañeros de desgracia.

Pero yo no estaba en un manicomio sino en uno de los mejores hospitales públicos de Barcelona, un hospital que conozco bien pues he estado cinco o seis veces internado allí, y hasta entonces no había visto a nadie caminar a cuatro patas, aunque sí había visto a enfermos ponerse amarillos como canarios y había visto a otros que de repente dejaban de respirar, es decir, se morían, algo no inusual en un sitio así; pero a gatas no había visto, todavía, a nadie, por lo que pensé que las palabras de mi médico habían sido mucho más graves de lo que en principio creí, o lo que es lo mismo: que mi estado de salud era francamente malo. Y cuando salí de la consulta y vi a todo el mundo gateando, esta impresión sobre mi propia salud se acentuó y el miedo a punto estuvo de tumbarme y obligarme a gatear a mí también. El motivo de que no lo hiciera fue la presencia de la mujer bajita, que en ese momento se me acercó y dijo su nombre, la doctora X, y luego pronunció el nombre de mi médico, mi querido doctor Vargas, con quien mantengo una relación tipo armador griego millonario, es decir la relación de un hombre casado que ama pero que procura ver lo menos posible a su mujer, y añadió, la doctora X, que estaba al tanto de mi enfermedad o del progreso de mi enfermedad y deseaba incluirme en un trabajo que ella estaba haciendo. Le pregunté educadamente por la naturaleza de ese trabajo. Su respuesta fue vaga. Me explicó que apenas me haría perder media hora de mi tiempo y que se trataba de que yo hiciera algunos tests que tenía preparados. No sé por qué, finalmente le dije que sí, y entonces ella me guió fuera de las consultas externas hasta un ascensor de grandes proporciones, un ascensor en donde había una camilla, vacía, por supuesto, pero ningún camillero, una camilla que subía y que bajaba con el ascensor, como una novia bien proporcionada con —o en el interior de— su novio desproporcionado, pues el ascensor era verdaderamente grande, tanto como para albergar en su interior no sólo una camilla sino dos, y además una silla de ruedas, todas con sus respectivos ocupantes, pero lo más curioso era que en el ascensor no había nadie, salvo la doctora bajita y yo, y justo en ese momento, con la cabeza no sé si más fría o más caliente, me di cuenta de que la doctora bajita no estaba nada mal.

No bien descubrí esto, me pregunté qué ocurriría si le proponía hacer el amor en el ascensor, cama no nos iba a faltar. Recordé en el acto, como no podía ser menos, a Susan Sarandon disfrazada de monja preguntándole a Sean Penn cómo podía pensar en follar si le quedaban pocos días de vida. El tono de Susan Sarandon, por descontado, es de reproche. No recuerdo, para variar, el título de la película, pero era una buena película, dirigida, creo, por Tim Robbins, que es un buen actor y tal vez un buen director pero que no ha estado jamás en el corredor de la muerte. Follar es lo único que desean los que van a morir. Follar es lo único que desean los que están en las cárceles y en los hospitales. Los impotentes lo único que desean es follar. Los castrados lo único que desean es follar. Los heridos graves, los suicidas, los seguidores irredentos de Heidegger. Incluso Wittgenstein, que es el más grande filósofo del siglo XX, lo único que deseaba era follar. Hasta los muertos, leí en alguna parte, lo único que desean es follar. Es triste tener que admitirlo, pero es así.

Enfermedad y Dioniso

Aunque la verdad de la verdad, la puritita verdad, es que me cuesta mucho admitirlo. Esa explosión seminal, esos cúmulos y cirros que cubren nuestra geografía imaginaria, terminan por entristecer a cualquiera. Follar cuando no se tienen fuerzas para follar puede ser hermoso y hasta épico. Luego puede convertirse en una pesadilla. Sin embargo, no hay más remedio que admitirlo. Miren, por ejemplo, las cárceles de México. Aparece un tipo no precisamente agraciado, chaparro, seboso, panzón, bizco, y que encima es malo y huele mal. Este tipo, cuya sombra se desplaza con una lentitud exasperante por las paredes de la cárcel o por los pasillos interiores de la cárcel, al poco tiempo de estar allí se hace amante de otro tipo, igual de feo pero más fuerte. No ha habido un romance prolongado, un romance lleno de pasos y de estaciones. No ha habido una afinidad electiva tal como la entendía Goethe. Ha sido un amor a primera vista, primario, si ustedes quieren, pero cuya finalidad no difiere mucho de la finalidad buscada por tantas parejas normales o que nos parecen normales. Son novios. Sus galanteos, sus deliquios, son como radiografías. Follan cada noche. A veces se pegan. Otras veces se cuentan sus vidas, como si fueran amigos, aunque en realidad no son amigos sino amantes. Los domingos, incluso, ambos reciben las visitas de sus respectivas mujeres, que son tan feas como ellos. Obviamente ninguno de los dos es lo que llamaríamos un homosexual. Si alguien se lo echara en cara probablemente ellos se enojarían tanto, se sentirían tan ofendidos, que primero violarían brutalmente al ofensor y luego lo asesinarían. Esto es así. Victor Hugo, que según Daudet era capaz de comerse una naranja entera de un solo bocado, prueba máxima de salud, según Daudet, típico gesto de cerdo, según mi mujer, dejó escrito en Los miserables que la gente oscura, la gente atroz, es capaz de experimentar una felicidad oscura, una felicidad atroz. Según creo recordar, pues Los miserables es un libro que leí en México hace muchísimos años y que dejé en México cuando me fui de México para siempre y que no pienso volver a comprar ni a releer, pues no hay que leer ni mucho menos releer los libros de los cuales se hacen películas, y creo que de Los miserables se hizo hasta un musical. Esa gente atroz, como decía, cuya felicidad es atroz, son aquellos rufianes que acogen a Cosette cuando Cosette aún es una niña, y que encarnan a la perfección no sólo el mal y la mezquindad de cierta pequeña burguesía o de aquello que aspira a formar parte de la pequeña burguesía, sino que con el paso del tiempo y los avances del progreso encarnan, a estas alturas de la historia, a casi la totalidad de lo que hoy llamamos clase media, una clase media de izquierda o de derecha, culta o analfabeta, ladrona o de apariencia proba, gente provista de buena salud, gente preocupada en cuidar su buena salud, gente exactamente igual (probablemente menos violenta y menos valiente, más prudente, más discreta) que los dos pistoleros mexicanos que viven su amor encerrados en un penal.

Dioniso lo ha invadido todo. Está instalado en las iglesias y en las ONG, en el gobierno y en las casas reales, en las oficinas y en los barrios de chabolas. La culpa de todo la tiene Dioniso. El vencedor es Dioniso. Y su antagonista o contrapartida ni siquiera es Apolo, sino don Pijo o doña Siútica o don Cursi o doña Neurona Solitaria, guardaespaldas dispuestos a pasarse al enemigo a la primera detonación sospechosa.

Enfermedad y Apolo

¿Y dónde diablos está el maricón de Apolo? Apolo está enfermo, grave.

Enfermedad y poesía francesa

La poesía francesa, como bien saben los franceses, es la más alta poesía del siglo XIX y de alguna manera en sus páginas y en sus versos se prefiguran los grandes problemas que iba a afrontar Europa y nuestra cultura occidental durante el siglo XX y que aún están sin resolver. La revolución, la muerte, el aburrimiento y la huida pueden ser esos temas. Esa gran poesía fue escrita por un puñado de poetas y su punto de partida no es Lamartine, ni Hugo, ni Nerval, sino Baudelaire. Digamos que se inicia con Baudelaire, adquiere su máxima tensión con Lautréamont y Rimbaud, y finaliza con Mallarmé. Por supuesto, hay otros poetas notables, como Corbière o Verlaine, y otros que no son desdeñables, como Laforgue o Catulle Mendés o Charles Cros, e incluso alguno no del todo desdeñable como Banville. Pero la verdad es que con Baudelaire, Lautréamont, Rimbaud y Mallarmé ya hay suficiente. Empecemos por el último. Quiero decir, no por el más joven sino por el último en morir, Mallarmé, que se quedó a dos años de conocer el siglo XX. Éste escribe en Brisa Marina:

La carne es triste, ¡ay!, y todo lo he leído.
¡Huir! ¡Huir! Presiento que en lo desconocido
de espuma y cielo, ebrios los pájaros se alejan.
Nada, ni los jardines que los ojos reflejan
sujetará este pecho, náufrago en mar abierta
¡oh, noches!, ni en mi lámpara la claridad desierta
sobre la virgen página que esconde su blancura,
y ni la fresca esposa con el hijo en el seno.
¡He de partir al fin! Zarpe el barco, y sereno
meza en busca de exóticos climas su arboladura.
Un hastío reseco ya de crueles anhelos
aún suena en el último adiós de los pañuelos.
¡Quién sabe si los mástiles, tempestades buscando,
se doblarán al viento sobre el naufragio, cuando
perdidos floten sin islotes ni derroteros!...
¡Más oye, oh corazón, cantar los marineros!

Un bonito poema. Nabokov le habría aconsejado al traductor no mantener la rima, dar una versión en verso libre, hacer una versión feísta, si Nabokov hubiera conocido al traductor, Alfonso Reyes, que para la cultura occidental poco significa pero que para esa parte de la cultura occidental que es Latinoamérica significa (o debería significar) mucho. ¿Pero qué quiso decir Mallarmé cuando dijo que la carne es triste y que ya había leído todos los libros? ¿Que había leído hasta la saciedad y que había follado hasta la saciedad? ¿Que a partir de determinado momento toda lectura y todo acto carnal se transforman en repetición? ¿Que lo único que quedaba era viajar? ¿Que follar y leer, a la postre, resultaba aburrido, y que viajar era la única salida? Yo creo que Mallarmé está hablando de la enfermedad, del combate que libra la enfermedad contra la salud, dos estados o dos potencias, como queráis, totalitarias; yo creo que Mallarmé está hablando de la enfermedad revestida con los trapos del aburrimiento. La imagen que Mallarmé construye sobre la enfermedad, sin embargo, es, de alguna manera, prístina: habla de la enfermedad como resignación, resignación de vivir o resignación de lo que sea.

Es decir, está hablando de derrota. Y para revertir la derrota opone vanamente la lectura y el sexo, que sospecho que para mayor gloria de Mallarmé y mayor perplejidad de Madame Mallarmé eran la misma cosa, pues de lo contrario nadie en su sano juicio puede decir que la carne es triste, así, de esa forma taxativa, que enuncia que la carne sólo es triste, que la petit morte, que en realidad no dura ni siquiera un minuto, se extiende a todos los gestos del amor, que como es bien sabido pueden durar horas y horas y hacerse interminables, en fin, que un verso semejante no desentonaría en un poeta español como Campoamor pero sí en la obra y en la biografía de Mallarmé, indisolublemente unidas, salvo en este poema, en este manifiesto cifrado, que sólo Paul Gauguin se tomó al pie de la letra, pues que se sepa Mallarmé no escuchó jamás cantar a los marineros, o si los escuchó no fue, ciertamente, a bordo de un barco con destino incierto.

Y menos aún se puede afirmar que uno ya ha leído todos los libros, pues incluso aunque los libros se acaben nunca acaba uno de leerlos todos, algo que bien sabía Mallarmé. Los libros son finitos, los encuentros sexuales son finitos, pero el deseo de leer y de follar es infinito, sobrepasa nuestra propia muerte, nuestros miedos, nuestras esperanzas de paz. ¿Y qué le queda a Mallarmé en este ilustre poema, cuando ya no le quedan, según él, ni ganas de leer ni ganas de follar? Pues le queda el viaje, le quedan las ganas de viajar. Y ahí está tal vez la clave del crimen. Porque si Mallarmé llega a decir que lo que queda por hacer es rezar o llorar o volverse loco, tal vez habría conseguido la coartada perfecta.

Pero en lugar de eso Mallarmé dice que lo único que resta por hacer es viajar, que es como si dijera navegar es necesario, vivir no es necesario, frase que antes sabía citar en latín y que por culpa de las toxinas viajeras de mi hígado también he olvidado, o lo que es lo mismo, Mallarmé opta por el viajero con el torso desnudo, por la libertad que también tiene el torso desnudo, por la vida sencilla (pero no tan sencilla si rascamos un poco) del marinero y del explorador que, a la par que es una afirmación de la vida, también es un juego constante con la muerte y que,en una escala jerárquica, es el primer peldaño de cierto aprendizaje poético. El segundo peldaño es el sexo y el tercero los libros. Lo que convierte la elección mallarmeana en una paradoja o bien en un regreso, en un volver a empezar desde cero. Y llegado a este punto no puedo, antes de volver al ascensor, dejar de pensar en un poema de Baudelaire, el padre de todos, en el que éste habla del viaje, del entusiasmo juvenil del viaje y de la amargura que todo viaje a la postre deja en el viajero, y pienso que tal vez el soneto de Mallarmé es una respuesta al poema de Baudelaire, uno de los más terribles que he leído, el de Baudelaire, un poema enfermo, un poema sin salida, pero acaso el poema más lúcido de todo el siglo XIX.

Enfermedad y viajes

Viajar enferma. Antiguamente los médicos recomendaban a sus pacientes, sobre todo a los que padecían enfermedades nerviosas, viajar. Los pacientes, que por regla general tenían dinero, obedecían y se embarcaban en largos viajes que duraban meses y en ocasiones años. Los pobres que tenían enfermedades nerviosas no viajaban. Algunos, es de suponer, enloquecían. Pero los que viajaban también enloquecían o, lo que es peor, adquirían nuevas enfermedades conforme cambiaban de ciudades, de climas, de costumbres alimenticias.

Realmente, es más sano no viajar, es más sano no moverse, no salir nunca de casa, estar bien abrigado en invierno y sólo quitarse la bufanda en verano, es más sano no abrir la boca ni pestañear, es más sano no respirar. Pero lo cierto es que uno respira y viaja. Yo, sin ir más lejos, comencé a viajar desde muy joven, desde los siete u ocho años, aproximadamente. Primero en el camión de mi padre, por carreteras chilenas solitarias que parecían carreteras posnucleares y que me ponían los pelos de punta, luego en trenes y en autobuses, hasta que a los quince años tomé mi primer avión y me fui a vivir a México. A partir de ese momento los viajes fueron constantes. Resultado: enfermedades múltiples.

De niño, grandes dolores de cabeza que hacían que mis padres se preguntaran si no tendría una enfermedad nerviosa y si no sería conveniente que emprendiera, lo más pronto posible, un largo viaje reparador. De adolescente, insomnio y problemas de índole sexual. De joven, pérdida de dientes que fui dejando, como las miguitas de pan de Hansel y Gretel, en diferentes países; mala alimentación que me provocaba acidez estomacal y luego una gastritis; abuso de la lectura que me obligó a llevar lentes; callos en los pies producto de largas caminatas sin ton ni son; infinidad de gripes y catarros mal curados. Era pobre, vivía en la intemperie y me consideraba un tipo con suerte porque, a fin de cuentas, no había enfermado de nada grave. Abusé del sexo pero nunca contraje una enfermedad venérea. Abusé de la lectura pero nunca quise ser un autor de éxito. Incluso la pérdida de dientes para mí era una especie de homenaje a Gary Snyder, cuya vida de vagabundo zen lo había hecho descuidar su dentadura. Pero todo llega. Los hijos llegan. Los libros llegan. La enfermedad llega. El fin del viaje llega.

Enfermedad y callejón sin salida

El poema de Baudelaire se llama “El viaje”. El poema es largo y delirante, es decir posee el delirio de la extrema lucidez, y no es éste el momento de leerlo completo. El traductor es el poeta Antonio Martínez Sarrión y sus primeros versos dicen así:

Para el niño, gustoso de mapas y grabados,
Es semejante el mundo a su curiosidad.

El poema, pues, empieza con un niño. El poema de la aventura y del horror, naturalmente, empieza en la mirada pura de un niño. Luego dice:

Un buen día partimos, la cabeza incendiada,
Repleto el corazón de rabia y amargura,
Para continuar, tal las olas, meciendo
Nuestro infinito sobre lo finito del mar:
Felices de dejar la patria infame, unos;
El horror de sus cunas, otros más; no faltando,
Astrólogos ahogados en miradas bellísimas
De una Circe tiránica, letal y perfumada.
Para no ser cambiados en bestias, se emborrachan
De cielos abrasados, de espacio y resplandor,
El hielo que les muerde, los soles que les queman,
La marca de los besos borran con lentitud.
Pero los verdaderos viajeros sólo parten
Por partir; corazones a globos semejantes
A su fatalidad jamás ellos esquivan
Y gritan “¡Adelante!” sin saber bien por qué.

El viaje que emprenden los tripulantes del poema de Baudelaire en cierto modo se asemeja al viaje de los condenados. Voy a viajar, voy a perderme en territorios desconocidos, a ver qué encuentro, a ver qué pasa. Pero previamente voy a renunciar a todo. O lo que es lo mismo: para viajar de verdad los viajeros no deben tener nada que perder. El viaje, este largo y accidentado viaje del siglo XIX, se asemeja al viaje que hace el enfermo a bordo de una camilla, desde su habitación a la sala de operaciones, donde le aguardan seres con el rostro oculto debajo de pañuelos, como bandidos de la secta de los hashishin. Por cierto, las primeras estampas del viaje no rehúyen ciertas visiones paradisíacas, producto más de la voluntad o de la cultura del viajero que de la realidad:

¡Asombrosos viajeros! ¡Cuántas nobles historias
Leemos en vuestros ojos profundos como el mar!
Mostradnos los estuches de tan ricas memorias

Y también dice: ¿Qué habéis visto? Y el viajero, o ese fantasma que representa a los viajeros, contesta enumerando las estaciones del infierno. El viajero de Baudelaire, evidentemente, no cree que la carne sea triste y que ya haya leído todos los libros, aunque evidentemente sabe que la carne, trofeo y joya de la entropía, es triste y más que triste, y que una vez leído un solo libro, todos los libros están leídos. El viajero de Baudelaire tiene la cabeza incendiada y el corazón repleto de rabia y amargura, es decir, probablemente se trata de un viajero radical y moderno, aunque por supuesto es alguien que razonablemente quiere salvarse, que quiere ver, pero que también quiere salvarse. El viaje, todo el poema, es como un barco o una tumultuosa caravana que se dirige directamente hacia el abismo, pero el viajero, lo intuimos en su asco, en su desesperación y en su desprecio, quiere salvarse. Lo que finalmente encuentra, como Ulises, como el tipo que viaja en una camilla y confunde el cielo raso con el abismo, es su propia imagen:

¡Saber amargo aquel que se obtiene del viaje!
Monótono y pequeño, el mundo, hoy día, ayer,
Mañana, en todo tiempo, nos lanza nuestra imagen:
¡En desiertos de tedio, un oasis de horror!

Y con ese verso, la verdad, ya tenemos más que suficiente. En medio de un desierto de aburrimiento, un oasis de horror. No hay diagnóstico más lúcido para expresar la enfermedad del hombre moderno. Para salir del aburrimiento, para escapar del punto muerto, lo único que tenemos a mano,y no tan a mano, también en esto hay que esforzarse, es el horror, es decir el mal. O vivimos como zombis, como esclavos alimentados con soma, o nos convertimos en esclavizadores, en seres malignos, como el tipo aquel que después de asesinar a su mujer y a sus tres hijos dijo, mientras sudaba a mares, que se sentía extraño, como poseído por algo desconocido, la libertad, y luego dijo que las víctimas se habían merecido lo que les pasó, aunque al cabo de unas horas, más tranquilo, dijo que nadie se merecía una muerte tan cruel y luego añadió que probablemente se había vuelto loco y les pidió a los policías que no le hicieran caso.

Un oasis siempre es un oasis, sobre todo si uno sale de un desierto de aburrimiento. En un oasis uno puede beber, comer, curarse las heridas, descansar, pero si el oasis es de horror, si sólo existen oasis de horror, el viajero podrá confirmar, esta vez de forma fehaciente, que la carne es triste, que llega un día en que todos los libros están leídos y que viajar es un espejismo. Hoy, todo parece indicar que sólo existen oasis de horror o que la deriva de todo oasis es hacia el horror.

Enfermedad y pruebas

Y ya es hora de volver a ese ascensor enorme, el ascensor más grande que he visto en mi vida, un ascensor en donde un pastor hubiera podido meter un reducido rebaño de ovejas y un granjero dos vacas locas y un enfermero dos camillas vacías, y en donde yo me debatía, literalmente, entre la posibilidad de pedirle a aquella doctora de corta estatura, casi una muñeca japonesa, que hiciera el amor conmigo o que al menos lo intentáramos, y la posibilidad cierta de echarme a llorar allí mismo, como Alicia en el País de las Maravillas, e inundar el ascensor no de sangre, como en El resplandor de Kubrick, sino de lágrimas. Pero los buenos modales, que nunca están de más y que pocas veces estorban, en ocasiones como ésta son un estorbo, y al poco rato la doctora japonesa y yo estábamos encerrados en un cubículo, con una ventana desde la que se veía la parte de atrás del hospital, haciendo unas pruebas rarísimas, que a mí me parecieron exactamente iguales que las pruebas que aparecen en las páginas de pasatiempos de cualquier periódico dominical.

Por supuesto, me esmeré mucho en hacerlas bien, como si quisiera demostrarle a ella que mi médico estaba equivocado, vano esfuerzo, pues aunque realizaba las pruebas de forma impecable la pequeña japonesa permanecía impasible, sin dedicarme ni la más mínima sonrisa de aliento. De vez en cuando, mientras ella preparaba una nueva prueba, hablábamos. Le pregunté por las posibilidades de éxito de un trasplante de hígado. Muchas posibilidades, dijo. ¿Qué tanto por ciento?, dije yo. Sesenta pol ciento, dijo ella. Joder, dije yo, es muy poco. En política es mayolía absoluta, dijo ella.

Una de las pruebas, tal vez la más sencilla, me impresionó mucho. Consistía en mantener durante unos segundos las manos extendidas de forma vertical, vale decir con los dedos hacia arriba, enseñándole a ella las palmas y contemplando yo el dorso. Le pregunté qué demonios significaba ese test. Su respuesta fue que, en un punto más avanzado de mi enfermedad, sería incapaz de mantener los dedos en esa posición. Éstos, inevitablemente, se doblarían hacia ella. Creo que dije: Vaya por Dios. Tal vez me reí. Lo cierto es que a partir de entonces ese test me lo hago cada día, esté donde esté. Pongo las manos delante de mis ojos, con el dorso hacia mí, y observo durante unos segundos mis nudillos, mis uñas, las arrugas que se forman sobre cada falange. El día que los dedos no puedan mantenerse firmes no sé muy bien qué haré, aunque sí sé qué no haré. Mallarmé escribió que un golpe de dados jamás abolirá el azar. Sin embargo, es necesario tirar los dados cada día, así como es necesario realizar el test de los dedos enhiestos cada día.

Enfermedad y Kafka

Cuenta Canetti en su libro sobre Kafka que el más grande escritor del siglo XX comprendió que los dados estaban tirados y que ya nada le separaba de la escritura el día en que por primera vez escupió sangre. ¿Qué quiero decir cuando digo que ya nada le separaba de su escritura? Sinceramente, no lo sé muy bien. Supongo que quiero decir que Kafka comprendía que los viajes, el sexo y los libros son caminos que no llevan a ninguna parte, y que sin embargo son caminos por los que hay que internarse y perderse para volverse a encontrar o para encontrar algo, lo que sea, un libro, un gesto, un objeto perdido, para encontrar cualquier cosa, tal vez un método, con suerte: lo nuevo, lo que siempre ha estado allí.

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Roberto Bolaño (Santiago de Chile, 1953-Barcelona, 2003) Proyecto Patrimonio.

lunes, 30 de octubre de 2023

mark strand / fantasía sobre las relaciones entre poesía y fotografía


I /  Sobre la tristeza de
una fotografía de familia

 

Tengo una fotografía de mi madre, mi hermana, y yo mismo, tomada cuando rondaba yo los cuatro años y mi madre los treinta y dos, o por ahí. Mi hermana y yo estamos de pie en lo que debe ser la acera frontal de nuestra casa de entonces, frente a un seto, y mi madre en cuclillas en el medio con un brazo rodeando a cada uno de nosotros. Debe ser primavera, porque yo visto un short  y una camisa de manga larga, abotonada, probablemente como una concesión de pulcritud, hasta el cuello. Mi hermana, que tendría algunos dos años y medio, porta un abrigo que termina justo encima sus rodillas. Sus mangas son demasiado largas. Debe ser a mediodía o aproximadamente: nuestra sombra común esta directamente bajo nosotros. El cabello de mi madre es negro y ella está sonriente. La luz derrama sobre su frente y se monta en sus pómulos; un manchón de luz reposa en un lado de su mentón. La luz cae de la misma forma sobre el rostro de mi hermana y sobre el mío. Y nuestros ojos quedan en la sombra exactamente de la misma forma. He contemplado y contemplado esta fotografía, y en cada ocasión he sentido una profunda e inexplicable oleada de tristeza. ¿Es que mi madre, que nos abraza y cuya mano yo sostengo, está ahora muerta? ¿O es que es tan joven, tan feliz, tan orgullosa de sus niños? ¿Será que los tres estamos momentáneamente atados por la forma en que la luz se distribuye a sí misma de manera idéntica sobre cada uno de nuestros rostros, uniéndonos, proclamando nuestra unidad por un momento en un pasado que fue solo nuestro y que ahora nadie puede compartir? ¿O es simplemente que lucimos un poco fuera de época? ¿O que lo que sea que hayamos sido en ese momento atrapa al corazón simplemente por haberse terminado? Supongo que todas son buenas razones para sentirse triste, y deben contar en parte para mi sentir, pero hay algo más a lo que también respondo. Es la presencia del fotógrafo. Es para él que mi madre se permite estar tan espontáneamente presente, a mostrar un aspecto de sí misma que no se complica por ninguna reticencia, por ninguna muestra de pena. Y es hacia él que me inclino, hacia él que quiero correr. Pero, ¿dónde estaba él? Debió haber sido mi padre, me sigo diciendo a mí mismo, mi padre quien, en esos días, parecía siempre ausente, siempre de viaje, vendiendo alguno de los nuevos servicios a los diarios de los poblados de Pennsylvania. Así que no es el que un momento de dulzura haya pasado lo que me entristece. Es que el que más poderosamente está presente no aparece en la foto, sino que existe conjeturalmente, como una ausencia. Algo más que me conmueve de esta fotografía es lo mucho que se corresponde con el momento en que fue tomada. Como la niñez misma en su inocencia del futuro. Siento una enorme simpatía por el niño que fui, y me siento culpable de que su simpatía le haya servido años después a su ser más viejo. Yo existía, en ese momento, no para mi mirada de hoy sino para la del fotógrafo en el momento de la fotografía. En otras palabras, no estaba posando. No podría, porque no podía anticipar un futuro para ese momento; vivía, como la mayoría de los niños, en un presente perpetuo. Podía quedarme quieto, pero no podía posar. Y en mi quedarme quieto, manifestaba una tremenda impaciencia por liberarme, por ir hacia los brazos de mi padre que no aparece en la foto.

 

 

II / Sobre otra foto de familia

 

Tengo otra fotografía de mi madre, tomada cuando ella tenía veinticuatro. Está sentada en una banca con su madre en Miami. Ninguna está en traje de baño. Mi abuela lleva un suéter sobre una blusa y falda, mi madre algo oscuro, no sé exactamente qué. En el fondo hay un salvavidas sentado a un lado de su blanca estación de de vigilancia de madera con techumbre de lona. Mi madre mira directamente hacia las lentes, como obedeciendo en ese justo instante a la demanda del fotógrafo de mirar hacia la cámara. ¿Por qué es tan triste esta fotografía? Mi madre luce más bella que nunca. Y está sonriendo. Incluso su madre, de la que siempre escuché que su felicidad era inconseguible, parece feliz. ¿Qué, entonces? Es otro caso de la persona que falta. Y, en esta fotografía, yo soy el que falta.  Aun no nacía, no había sido concebido, y mi madre ni siquiera conocía a mi padre. Que mi madre estuviera felizmente viva a pesar de mi ausencia no me cae de sorpresa, pero en cierto nivel sí revoca a mi presencia y parece cuestionar mi propia importancia. Después de todo, solo la conocí en relación a mí mismo, así que hay una parte de mí que se siente dejada a un lado, incluso celoso. Hay algo más, también. La veo no como mi madre, sino como una bella y joven mujer, y pienso en cuánto desearía haberla conocido entonces. Porque pudo haberme gustado, y  yo pude haberle gustado a ella. Pudiéramos haber sido amantes, incluso. Es la imposibilidad de esta conexión erótica lo que es entristecedor. ¿Porque no es esa una forma de volverla atrás, de esperar reclamarla enteramente para mí mismo? Fantaseo con haber estado vivo antes de nacer. Cuán desolador. Uno confronta la ausencia de sí mismo, y esa pérdida se da sin dulzura, absoluta, sin revisión posible. Entonces mi madre mira hacia la cámara, probablemente sostenida por su padre. Ella sonríe seductoramente. Es en ese momento materia de confianza. Es un soleado día sin nubes en Miami. Pero cincuenta y ocho años después una sombra revolotea sobre ese momento de esplendor, de equilibrio familiar. Soy yo, es el futuro, experimentando una terrible, irreversible exclusión.

 

III / Sobre la diferencia entre las
fotos de familia y las fotos
del resto del mundo

 

Algo en las fotos familiares se mantiene aparte de las fotografías del resto del mundo. Nos fijamos en ellas de forma diferente, las sentimos más apasionadamente.  Pueden ser sobre nosotros, contribuyendo sin duda a nuestra mayor necesidad de atención, pero no tienen que ser así. Puede ser de algún cercano cualquiera, cercano suficiente para que nuestras ataduras emocionales y cambiantes afectos fácilmente nublen o coloreen nuestra visión de ellos, dejándonos en duda perpetua sobre cómo debieron haber sido vistos y haciendo que nos cuestionemos cualquier faceta de ellos que nos encontremos. Las instantáneas familiares nos ofrecen algo como lo que el crítico francés Roland Barthes llamó punctum[1]. Un punctum es algo en la fotografía, un detalle, que incita o engancha al espectador hacia una revaloración emocional de lo que ha visto. Puede ser un collar, una sonrisa imperfecta la posición de una mano –una cosa o un gesto– que se insta a sí mismo en nosotros, que obliga a nuestra visión, con repentino, inesperado patetismo. No es algo que pueda ser controlado o anticipado por el fotógrafo, puesto que es un detalle que sitúa a la fotografía en un contexto diferente a aquel de su concepción. Lo que experimentamos mirando instantáneas familiares puede no ser, estrictamente hablando, lo que Barthes quiso decir con punctum, pero se relaciona.  A menudo nos golpea algo en el aspecto de algún cercano que nos dice más de ellos mismos y pueda desafiar o confirmar la exactitud de nuestros sentimientos. Y muy a menudo la volatilidad de nuestras necesidades y expectativas cambia lo que vemos, convirtiendo las imágenes de seres amados en ocasiones para la ensoñación y los eventos que los envuelven en temas de investigación.

Estaba siendo, lo admito, un poco malicioso cuando utilicé la expresión “fotografías del resto del mundo.” Después de todo,  el mundo es grande y tan vasto por lo menos como las fotografías que de él se toman. Y cuando contrasté las instantáneas familiares con fotografías del resto del mundo, hacía categorías con bases en extremos distintos de la experiencia. Asumí que las fotografías del resto del mundo no ceden a nuestra estructura emocional tan fácilmente como los retratos familiares. Por algún motivo, nos preocupamos menos por el mundo que por lo que sucede en casa; por otro, somos capaces de arrojarnos al centro de nuestra escena doméstica, pero sería una locura imaginarnos en el centro del escenario mayor. Cuando nos confrontamos con imágenes del mundo, raramente nos incita a revisiones y revaloraciones  de nosotros mismos en relación a ello. Sentimos raramente la necesidad de llegar a acuerdos con lo que ya parece solucionado o comprendido, por exótico que esto sea.  Es probable que nuestra respuesta sea una de aceptación pasiva. Y el clima visual o el carácter de la fotografía se probará como subordinado a una codificación cultural o históricamente determinada. Aun si la fotografía revela terribles males sociales, no aparecerá inexplicablemente problemática; en cambio, para explicarse a sí misma, proporcionará inevitablemente una lectura alegórica. El bien y el mal quedarán justamente “expuestos”, y la fotografía, finalmente, apelará a nuestro entendimiento. En otras palabras, tales fotografías proveen un contexto familiar mediante el cual pueden ser leídas. “Los que no aparecen”, que en las instantáneas familiares equivalen a la revelación, quedan propiamente fuera de lugar en la fotografías del mundo.


IV / sobre el posar como defensa
contra el candor de la
fotografía de familia

 

Como las fotos del resto del mundo, la fotografía formal, o aquellas en las que la gente posa, se resisten al tipo de revelación personal que las instantáneas familiares ofrecen. De hecho, podría decirse que es precisamente contra la revelación personal que la pose es una defensa. El que posa quiere trascender el clima y el contexto interpersonal de la instantánea familiar. No quiere ser descubierto como ninguna otra cosa que la que él determina. No desea ser él mismo tanto como desea ser un objeto, es decir, él prefiere ser juzgado más estética que personalmente, y el mundo al que se une es el de aquella permanencia del arte. Verse vivo, para él, es verse afectado. Tiene una idea sobre la forma en que luce, y la quiere ver confirmada. Así que trata de tomar control del resultado de la toma y de anticipar, tanto como puede, el cómo lucirá. Pero su extremada autoconciencia siempre da por resultado una imagen de extrañamiento –una expresión desapasionada le nubla los ojos, parece estar en otra parte. Sus expectativas están basadas en afirmaciones engañosas que tienen relación con necesidades que van más allá del poder de satisfacción de la cámara. Por ejemplo, si nuestro posante está obsesionado con la belleza convencional, podría querer verse como una estrella de cine; si se conduce por las caracterizaciones estipuladas de la responsabilidad, podría querer verse como un estadista. El punto es que él quiere que la cámara sea sensible a una imagen, no a un ser.

Entonces, ¿a qué le teme el que posa? ¿Por qué quiere aparecer de una manera particular y no de cualquier manera?  ¿Es solo vanidad lo que lo haría lucir perfecto a cambio de sí mismo? ¿O su necesidad le concierne más a la auto preservación; es decir, la negativa a que se le recuerde su mortalidad? Del modo que sea, los resultados son los mismos. Su idealización quiere decir que él no se ubicará en el tiempo. Cuando se encuentra al fotógrafo años después, no tiene por qué sentir ni una punzada de tristeza, ni nosotros en el caso de que nuestro posante se muera. No podemos realmente sufrir su pérdida por la simple razón de que él no ha dado cuenta suficiente de sí  en la fotografía. Se ha convertido en su propio memorial eterno.

 

 

 

V / Sobre el poema de Rilke
“Retrato de mi padre cuando joven”:
evidencia de las limitaciones de posar.

 

Cuando miro la fotografía de mi madre y mi abuela, experimento una tristeza que tiene que ver con mi propia ausencia de un periodo de la vida de mi madre. En otras palabras, experimenté la muerte en reversa –nací demasiado tarde para estar ahí–. En el poema de Rilke “Retrato de mi padre cuando joven” el minucioso escrutinio  de un fotografía lleva al orador ineludiblemente a un sentimiento de su propia mortalidad

 

 

Retrato de mi padre cuando joven.[2]

En los ojos: sueño. La ceja como si pudiera sentir
algo lejano. Bordeando los labios, una gran
lozanía, seductor aunque no haya sonrisa.
Bajo los alamares de adornos trenzados
del esbelto uniforme de oficial del Imperio,
la cazoleta del sable. Ambas manos quietas,
cruzadas encima, sin ir a parte alguna, serenas
y ya casi invisibles: como si fueran
las primeras en asir la distancia y disolverla.
Y todo lo restante tan cubierto de sí mismo,
tan borroso, que no puedo comprender
esta figura que se va volviendo puro fondo.

¡Oh fotografía que te desvaneces rauda
en mis más lentamente desvanecidas manos!

 

Esas manos cruzadas sobre la cazoleta que no irán a ninguna parte, que no completarán ningún gesto –ni en la fotografía, porque está inmóvil, ni en la vida porque el padre está muerto– permanecen en calma mientras desaparecen. Forman una especie de retiro de la actividad, de la actualidad. La fotografía se desvanece: todo lo que tomó está tan cubierto de sí mismo, tan removido, que llega a ser no un momento que ha sido rescatado sino un emblema de muerte. Y como si él pudiera anticiparlo en el momento en que la foto fue tomada, sentir que se acerca el momento de la desintegración, el padre de Rilke ya había comenzado a desvincularse de lo inevitable, y a sustituirlo por otra lontananza, una generada desde adentro, el sueño cuyos orígenes y destino son más etéreos, más difíciles de definir que nuestros rasgos. Así, incluso cuando la foto estaba siendo tomada, él era otro, por eso a Rilke se le dificulta ubicarlo. Lo que Rilke encuentra en este borroso memorial de su padre, esa máscara de la cual su padre había sido removido, es solo una pose, por eso dice “no puedo comprender esta figura”. Con el fin de salvar a su padre, debe leer en la fotografía aquello que no se presenta. Así, “La ceja como si pudiera sentir algo lejano”, y “las manos como si pudieran asir (a su alrededor, según entiendo) la distancia”. Una fotografía no puede describir lo que no está ahí. Pero el lenguaje sí puede, y este es uno de los rasgos conmovedores del poema de Rilke: el deseo de saber más de lo que la fotografía probablemente puede registrar, y la dependencia última de las propiedades especulativas del lenguaje para llenarlo. El lenguaje responde a lo que está dentro o detrás o escondido, a lo que, en otras palabras, no se mira fácilmente, dando a entender que tan oscuro es el nacimiento de la invención como luminosa es su conclusión. Por lo tanto, cuando la luz de la foto se dispersa, el poema se hace cargo. Y si la mano es una metonimia por escritura, como lo es con frecuencia, entonces en este poema asume la carga de sacar adelante, por un momento, la imagen del padre de Rilke. Pero nada más por un momento, ya que el poema, también, es mortal.

 

 

 

VI / Sobre el poema de John Ashbery
“Sentimientos encontrados” y su rechazo a
la clase de tristeza a menudo asociada
con las instantáneas familiares.

 

El poema de Ashbery comienza, como el de Rilke, con la descripción de una fotografía tan difuminada que es difícil descifrarla. La urgencia y ternura en el poema de Rilke concluyen  más bien oscuramente con una confesión de la propia presencia mortal del poeta. El poema de Ashbery toma una ruta distinta; resistiendo a toda sugestión de oscuridad, termina con una afirmación de la posibilidad poética.

 

 

Sentimientos encontrados.

 

Un agradable olor a salchichas freídas
ataca los sentidos, junto a una vieja, mayormente invisible
fotografía de lo que parecen ser unas muchachas holgazaneando
alrededor de un bombardero, circa 1942 vintage.
Cómo explicarles a esas chicas, si es que fueran eso,
a esas Ruths, Lindas, Pats y Sheilas
los grandes cambios que han tomado lugar
en la fábrica de nuestra sociedad, alterando la textura
de todas las cosas en ella. Y sin embargo
Ellas de alguna forma lucen como si supieran, a excepción de
que es tan difícil verlas, es difícil entender
exactamente qué tipo de expresión están usando.
¿En qué se entretienen, muchachas? Carajo,
podría decir una de ellas, no tolero a este tipo.
Vayamos y salgamos, en alguna parte
a través de los cañones del centro de confección
hacia un pequeño café y pidamos una taza de café.
No me siento ofendido de que esas creaturas (esa es la palabra)
de mi imaginación me tengan en tan precaria estima,
me presten tan poca atención. Es parte de una complicada
rutina de coqueteo, como sea, sin duda. ¿Pero esta conversación
sobre el centro de confección? Seguramente es el sol de California
quien habla de ellos y la vieja caja con que se
han cubierto a sí mismos, difuminando su insignia del Pato Donald
hasta el punto extremo de la legibilidad.
Quizás ellas mentían pero más probablemente sus
pequeñas inteligencias no podían retener mucha información.
Ni un solo hecho, quizás. Por eso piensan
que están en Nueva York. Me gusta el modo
en que lucen y actúan y sienten. Me pregunto
cómo llegaron a ser así, pero no voy a
perder ni un instante más pensando en ellas.
Ya las he olvidado
hasta que un día en un no demasiado distante futuro
cuando nos encontremos probablemente en una sala de un moderno aeropuerto,
ellas tan sorprendentemente jóvenes y frescas como cuando esta foto fue tomada
pero llenas de ideas contradictorias, tantas estúpidas
como valiosas, mas todas inundando la superficie de nuestras mentes
mientras balbuceamos sobre el cielo y el clima y los bosques del cambio.

 

Entonces uno experimenta el desgaste gradual de la ya vieja, en su mayor parte invisible fotografía de algunas chicas holgazaneando alrededor de un bombardero de 1942. El proceso de desgaste se lleva a cabo por la continua subversión no solo de la imagen fotográfica, también de lo que representa. Primero, las chicas no pueden estar consientes de los grandes cambios que  tomaron lugar desde que fueron fotografiadas, cualquier afirmación que pudiera tener se ve socavada por el presente desde el que está siendo vista. Sus expresiones también pueden ser descartadas porque sus rostros son difíciles de distinguir. El poeta, incapaz de resolverse en cuanto a cómo acercarse a las chicas, les hace una pregunta tonta sobre sus pasatiempos. Las muchachas quieren alejarse de la mayoría de estos voyeristas fuera de onda, ir hacia algún lugar que evidentemente no está en la fotografía. Y él no se ofende. ¿Por qué habría? Él es la fuente de todo lo que hacen. Podemos considerar la resistencia imaginada de las chicas como parte del complicado coqueteo que permite a los poemas ser escritos. Pero ¿cuánto podrán esas chicas, sin voluntades propias y con tan corta inteligencia, realmente resistir? Si piensan que están en Nueva York, es porque el poeta ahí las quiere, donde está el poema. Y una vez que las tiene ahí, lejos del clima californiano de la fotografía, puede olvidarlas hasta que surja la posibilidad de usarlas de nuevo. Y cuando eso suceda, se dará en un contexto puramente poético, uno que no es tan empáticamente temporal como la fotografía, que les permitirá existir con su juventud y vitalidad restablecidas. Estarán llenas de ideas contradictorias, inundando la superficie de sus mentes y la mente de la cual son parte, la mente del poeta, mientras balbucean sobre el cielo y el clima y los bosques del cambio –elementos usuales, hasta la resonancia de la metáfora final en la vida de la mayoría de los poemas líricos. Así que lo mejor está por venir. Por lo menos eso queremos creer. ¿No desplaza el poema nuestra atención de la inevitable muerte (al difuminarla) de la fotografía hacia el futuro en que será un poema? “Sentimientos encontrados” comenzó mirando atrás y termina mirando adelante. Representa una negativa a sufrir –no solo el paso de cuatro muchachas o la era que representan, sino absolutamente nada. Dice no a las demandas convencionales de la fotografía –que “ellos” (los sujetos de la fotografía) han cambiado o se han ido– que aquellos que fueron jóvenes y felices ahora están, ay, viejos o muertos. Su conclusión optimista no es un final esperado o, siquiera, muchos dirían, aceptable. Cada vez más, el poema es como el caso de la foto familiar de alguien caída en manos ajenas.

 

 

 

VII / Sobre el poema de Charles Wright
“Bar Giamaica 1959-60”:
El poema como fotografía.

 

El poema de Ashbery reconoce la gratuita y arbitraria existencia de una foto aprovechable con la misma desenvoltura con que toma nota de las salchichas freídas. El poema de Charles Wright “Bar Giamaica 1959-60” está saturado de ese tipo de tristeza que he asociado con las fotografías de la familia. No basa su fuerza emocional en la compensación de las limitaciones de la fotografía sino que se identifica con ella.

 

Bar Giamaica 1959-60

 

Gracia es el punto focal,
las puntas de su cabello desatado
como fuego de cerillo en la luz negra,
Sus manos sobre un “Esta es la iglesia…”
Ella mira a Ugo Mulas,
quien nos mira a nosotros.

Ingrid anota todo esto, y levanta la vista, y apenas puede ver.

No está claro todavía.

Estoy mirando a Gracia, y Goldstein y Borsuk y Dick Venezia
me están mirando a mí.

Yola sigue leyendo su libro.
Y se va el resto de ellos: Susan y Elena y Carl Glass.

Y Thorp y Schimmel y Jim Gates,
y Hobart y Schneeman
un tarde en Milán a finales de primavera.

Entonces Ugo finaliza la reunión, se toma un café, y todos se marchan.

Llega el verano, y el invierno;
cae la nieve y ninguno vuelve

Jamás,
todos se han ido por el filtro de estrella de la memoria,
con sus pequeños empedrados y sus mesas de metal y sus transeúntes…

Una imagen, del tipo de la fotografía familiar, se nos pone ante los ojos, y a pesar de toda la apariencia que toma lugar en el poema, nada queda claro sino hasta que todos se cuentan. Entonces, y solo entonces, pueden ser nombrados la estación y el lugar. El enfoque o claridad del poema coincide con la súbita inclusión del evento en el tiempo. El poema celebra el triste momento en que nos volvemos historia –el momento fotográfico, el momento sobre el que se escribe, el momento en que todos se marchan, cuando todos repentinamente cesan de ser lo que era. Desde luego, el mundo sigue su marcha como tiene que ser: continúan las estaciones, la vida sigue, los participantes de la pequeña fiesta toman caminos separados, nunca para reunirse de nuevo, ni en el mundo, ni en la imaginación del poeta– ese filtro de estrella de la memoria , con sus pequeñas mesas de metal y sus transeúntes. La imagen es de desamparo, incluso grave, y, con la mención de los transeúntes, logra lo extraordinario: dicta su propia posibilidad de olvido dándose a sí mismo una última mirada. Pero el momento de la pérdida, que flotaba en el fino borde del olvido, se ha salvado. El poema dice lo que la mayor parte de las fotografías que conmemoran momentos dicen, y lo que John Ashbery, en “Sentimientos encontrados” por lo menos, evita decir. Esto es: “Aquí estaban ellos, pudiste ver que aquí estaban, y ahora se han ido”. Pero más allá de eso, porque termina con una elipsis, sugiere que un escenario vacío, con sus mobiliario (mesas y transeúntes), espera ser llenado, que otra reunión, otra convocatoria de elementos del pasado, tomará lugar, y otro poema será escrito.

Los poemas de Rilke y de Ashbery asumen la carga de completar o continuar lo que ha comenzado en una fotografía. El poema de Charles Wright es un caso levemente distinto, ya que nunca nos dice que está basado en una foto. Más bien, el poema construye una fotografía en su procedimiento, de modo que puede afectarnos como lo hacen las fotografías. Incluso se desvanece al final, como abriéndose camino –al poema que es, al que será.



[1] “Punctum es también pinchazo, agujerito, pequeña mancha, pequeño corte, y también casualidad. El punctum de una foto es ese azar que en ella me despunta (pero que también me lastima, me punza)”. Roland Barthes, La cámara lúcida, Trad. Joaquim Sala-Sanahuja (Barcelona: Paidós, 1999) N. del T.

[2] De la versión en inglés de Stephen Michel “Portrait of my Father as a Young Man”.


***
Mark Strand (Summerside, 1934-Nueva York, 2014). Traducción de René Higuera. Círculo de Poesía.

lunes, 23 de octubre de 2023

kenneth goldsmith / lenguaje provisional


En el mundo digital, el lenguaje se ha convertido hoy en un espacio provisional, rebajado y transitorio, un mero material para ser acumulado, trasladado, transformado y moldeado en la forma más conveniente, solo para ser desechado más tarde con la misma facilidad.

Ya que las palabras son baratas y se producen al infinito, se vuelven desperdicios con poco significado y aún menos sentido. La desorientación causada por la copia y el spam es la norma. Rastros de autenticidad u originalidad son vez más difíci­les de detectar. Los teóricos franceses que anticiparon la desestabilización del lenguaje jamás imaginaron hasta qué punto las palabras de hoy se rehúsan a estar quietas.

Hoy las palabras solo conocen la agitación. Las palabras actuales son burbujas, criaturas metamórficas, significantes vacíos que flotan en la invisibilidad de la web, ese gran ecualizador del lenguaje del cual tomamos todo insaciable e indiscriminadamente, llenando nuestros discos duros hasta hacerlos desbordar, solo para reemplazarlos por discos duros más grandes y baratos.

El texto digital es el doble del texto impreso, el fantasma en la máquina. El fantasma se ha vuelto más útil que lo real; si no es descargable, no existe. Las palabras son aditivas, se apilan sin fin, se vuelven indiferenciadas. En un momento, explotan en esquirlas y luego se recomponen y forman nuevas constelaciones de lenguaje, solo para volver a explotar.

El fantasma se ha vuelto más útil que lo real; si no es descargable, no existe.

La tormenta de lenguaje induce amnesia: no son estas palabras para recordar. La estasis es el nuevo movimiento. Las palabras viven en una condición simultánea de presencia y obsolescencia ubicuas, en un estado dinámico y, sin embargo, estable. Un ecosistema que se reutiliza, se reafirma, se recicla. Regurgitar es la nueva no-creatividad; en vez de crear, honramos, adoramos y acogemos la manipulación y la readaptación.

Las letras son tabiques indiferenciados ―ninguna letra tiene más sentido que otra―; vocales y consonantes se reducen a un código decimal, a constelaciones repentinas en un documento de Word, luego en un video, después en una imagen, después, quizá, de vuelta a un texto.

Tanto la irregularidad como la singularidad se construyen provisionalmente a partir de elementos textuales idénticos. En vez de tratar de extraer orden del caos, lo expresivo de hoy es extraído de lo homogéneo y lo singular es liberado de lo estándar. Toda materialización es condicional: está cortada, pegada, hojeada, forwardeada, espameada.

El oficio de la escritura alguna vez sugirió la unión (quizá eterna) de palabras y pensamientos; ahora se ha convertido en un acoplamiento transitorio a la espera de ser deshecho; un abrazo pasajero con alta probabilidad de separación, reventado por fuerzas interconectadas.

Hoy estas palabras conforman un ensayo, mañana estarán pegadas en un documento de Photoshop, la semana entrante serán una animación en una película, el año entrante parte de un remix tecno.

La industrialización del lenguaje: debido a su intenso consumo, las palabras ahora se producen de forma fanática y se administran y almacenan con el mismo fervor. Las palabras nunca duermen; torrents y robot-webs [spiders] aspiran lenguaje sin descanso.

Las palabras ahora se producen de forma fanática.

Tradicionalmente, la tipología implica la demarcación de algo, la definición de un modelo singular que excluye otros ordenamientos. El lenguaje provisional representa una tipología inversa de lo acumulativo; tiene menos que ver con la cualidad que con la cantidad.

El lenguaje drena y es drenado; la escritura se ha vuelto un espacio de colisiones, un contenedor de átomos en continuo movimiento.

Hay una manera especial de navegar por la web, al mismo tiempo sin objeto y con propósito. Ahí donde alguna vez la narrativa prometía conducirnos hacia el descanso de un final, el flujo de lenguaje de internet ahora nos ofusca y enmaraña en un matorral de palabras, nos fuerza a desviaciones indeseadas y nos devuelve al punto de partida cuando estamos perdidos: estamos en una deriva acelerada y nos hemos convertido en un flâneur veloz.

El lenguaje se ha nivelado a una misma forma de similitud e insipidez. ¿Podemos distinguir lo indiferente? ¿Podemos exagerar lo monótono? ¿Cómo? ¿Lo extendemos? ¿Lo ampliamos? ¿Lo variamos? ¿Lo repetimos? ¿Supondría una diferencia? Las palabras existen para el détournement [desvío] y la malversación: toma el lenguaje más lleno de odio que encuentres y neutralízalo; toma el más dulce y hazlo feo.

Restaura, reorganiza, reensambla, renueva, revisa, recupera, rediseña, regresa, recrea: los verbos que comienzan con re producen lenguaje provisional.

Obras enteras (autorales) ya utilizan lenguaje provisional, estableciendo regímenes de ingeniería para la desorientación calculada, con el objetivo de instigar una política de desarreglo sistemático.

Babel se ha malentendido; el lenguaje no es el problema, es solo la nueva frontera.

El lenguaje provisional pretende unir, pero en realidad fracciona. Crea comunidades, no de interés compartido o de libre asociación, sino de estadísticas idénticas y demografías inevitables, un tejido oportunista de intereses particulares.

“Maten a sus maestros”. La escasez de maestros no ha detenido la proliferación de obras maestras. Todo es una obra maestra; nada es una obra maestra.

Todo es una obra maestra; nada es una obra maestra.

Es una obra maestra si yo digo que es una obra maestra. La muerte del autor ha generado un espacio huérfano; el lenguaje provisional no tiene autor y, sin embargo, es sorprendentemente autoritario, asume sin pudor la máscara de quien lo haya robado.

La oficina es la nueva frontera de la escritura. Ya que podemos escribir en casa, la oficina quiere ser doméstica. La escritura provisional presenta a la oficina como el hogar urbano: los escritorios se vuelven esculturas, se adoptan neologismos corporativos como jerga ―“memoria de equipo” y “gestión de información”―, y un universo de posts electrónicos satura la nueva escritura.

La escritura contemporánea requiere de la pericia de una secretaria mezclada con la actitud de un pirata: copiar, organizar, cotejar, archivar y reimprimir, junto a una tendencia más clandestina hacia el contrabando, el saqueo, el acaparamiento y la distribución de archivos.

Hemos tenido que adquirir nuevas habilidades: nos hemos convertido en maestros del tecleo, exactos recopiladores del cortar-y-pegar, somos unos demonios del Reconocimiento Óptico de Caracteres [OCR]. No hay nada que amemos más que la transcripción; pocas cosas nos satisfacen tanto como recopilar.

No hay mejor museo ni librería que tu local de insumos de oficina más cercano, repleto de materia prima para la escritura: discos duros poderosos, torres de CDs en blanco, tintas y tóners, impresoras con mucha memoria y toneladas de papel barato.

El escritor es ahora productor, editor y distribuidor. Los párrafos se queman, bajan, copian, imprimen, encuadernan y se envían a la velocidad de un rayo, todo a la vez. La tradicional madriguera solitaria del escritor se ha convertido en un laboratorio de alquimia interconectado socialmente, dedicado a la tosca fisicalidad de la transferencia textual.

La sensualidad de pasar gigas de información de un disco a otro: el zumbido del disco, la agitación de materia intelectual vuelta sonido. La excitación carnal generada por el calor de la super­computación al servicio de la literatura. La rotación del escáner mientras extrae lonjas de lenguaje de la página, descongelándolo, liberándolo. Lenguaje en juego. Lenguaje fuera del juego. Lenguaje helado. Lenguaje derretido.

Lenguaje en juego. Lenguaje fuera del juego.

Esculpir con texto.

Excavar datos.

Chupar palabras.

Nuestra tarea es solo atender a las máquinas.

La globalización y la digitalización convierten todo lenguaje en lenguaje provisional. La ubicuidad del inglés: ya que todos lo hablamos, nadie recuerda su uso. La degradación colectiva del inglés ha sido nuestro logro más impresionante; le hemos fracturado la columna con nuestra ignorancia y nuestro acento, con la jerga, el slang, el turismo y la multitarea. Podemos hacer que diga lo que queramos, como un muñeco parlante.

Los reflejos narrativos, que desde el comienzo de los tiempos nos han permitido conectar puntos y llenar vacíos, hoy se han vuelto contra nosotros. No podemos dejar de prestarle atención: no hay secuencia tan absurda, trivial, sin sentido o insultante que no queramos registrar.

Encontramos sentido, extraemos significado, y leemos intenciones aun en las palabras más atomizadas. El modernismo demostró que es imposible no encontrar sentido, incluso en el sinsentido más absoluto.

El único discurso legítimo es la pérdida; antes buscábamos renovar lo agotado, ahora tratamos de resucitar lo que se ha ido.

***
Kenneth Goldsmith (Freeport, 1961) Hypermedia Magazine. Traducción de Alan Page.