lunes, 15 de abril de 2024

sarah maguire / la poesía no hace nada


Cualquiera que visite Palestina debería ser advertido de que, de regreso a casa, en el aeropuerto de Tal Aviv, recibirá bastante atención por parte de la seguridad Israelí. Las técnicas de interrogación empleadas con amigos míos van desde tirar al piso todos sus bienes y pertenencias personales, incluidos los artículos (abiertos) de tocador (cinco minutos antes de la salida de su vuelo) hasta amenazas de que su tía anciana (enferma de cáncer) será desnudada si no revelan los nombres de los locales con quienes compartieron una cena en Ramallah. Por lo que podrán imaginar cuánto esperaba con ansias este encuentro de despedida después de mi primera visita a Palestina en septiembre de 1996 (la cual coincidió con la terrible violencia que estalló como resultado de los israelíes que abrieron el túnel debajo de la Mezquita Al-Aqsa en Jerusalén).

Eran las cuatro de la mañana. Sonreí amablemente al estudiante regordete que, ganando dinero extra, se le había asignado la feliz tarea de preguntarme qué había estado haciendo en “Judea y Samaria” (no mencionamos la palabra con P) durante los disturbios. Le mostré mi carta del Cónsul Británico explicando el propósito de mi visita (fui la primera escritora enviada a Palestina por el BC). “Entonces, ¿cuál es tu profesión?”, me preguntó. “Soy una poeta”. “¡Una poeta!”, Exclamó con entusiasmo poco profesional. “Amo la poesía, especialmente la poesía inglesa. Realmente admiro a W. H. Auden. ¿Te gusta Auden? “Sí, me gusta”, le dije. “Particularmente admiro…” Y mi mente se quedó en blanco, bueno, casi en blanco. Me encontraba de pie en el aeropuerto de Tel Aviv, en las primeras horas de la mañana, sometida a un interrogatorio israelí, y la única línea de Auden que podía recordar era: “La poesía no hace nada”.

“La poesía no hace nada” es el temor que caza a todos los poetas (1), particularmente a aquellos que vivimos en Occidente, donde la poesía a menudo es vista como una especie de entretenimiento arcano, elitista y exclusivo para los “educados”. ¿Cuál es el punto de escribir poesía? Especialmente el tipo de poesía lírica post-romántica respaldada por el canon literario, la que he venido escribiendo. Y sobre los Cuadernos de la cárcel de Gramsci en las horas pequeñas (2), si las emocionantes salidas de fin de semana fueron manifestaciones antifascistas, o cuando el amor floreció durante las sesiones plenarias de conferencias malhumoradas arruinadas por la Liga Espartaca (¿las recuerdan?).

Estoy seguro de que pueden descubrir exactamente por qué mi inconsciente había decidido dejar, en ese momento en particular, que ese pequeño verso apareciera en mi ansioso, desgastado y desnudo cerebro. Después de pasar toda mi vida laboral luchando con la afirmación de Auden, ahora me encontraba en una situación en la que esperaba que su declaración fuera leída y tratada como un evangelio, donde dedicarse a traducir poesía palestina podría interpretarse simplemente como una excéntrica debilidad literaria, y… ¿podría irme a casa ahora, por favor?

Pero ¿qué estaba diciendo Auden realmente? ¿Acaso el hombre que escribió “España 1937” en verdad estaba implicando que la poesía es realmente inútil? La problemática línea en cuestión está tomada de la segunda parte del poema de Auden ‘In Memory of W.B. Yeats’ (fallecido en enero de 1939), que dice:

                                                                        sobrevive
En el valle de su propia fabricación, donde los ejecutivos
Nunca querrían manipular, fluye hacia el sur
De ranchos de aislamiento y las aflicciones ocupadas,
Ciudades crudas en las que creemos y morimos; sobrevive
Una forma de ocurrir, una boca.

A pesar de que la poesía “no hace nada”, Auden argumenta que aún “sobrevive”, a pesar de que no parece tener un gran impacto en el mundo público y empresarial. En cambio, la poesía ocupa los lugares reales en los que habitamos, los lugares en los que crecemos y morimos, lugares solitarios y a menudo tristes. Pero lo más importante es el final de esa sección: habiéndonos dicho que “la poesía no hace nada”, Auden dice que la poesía, en cambio, sobrevive a una forma de suceder, una boca.

Lo que creo que Auden está discutiendo ‘En memoria de W.B. Yeats’ es que estamos fundamentalmente equivocados si esperamos que la poesía tenga una función, que pueda cambiar las cosas de la manera en que las acciones políticas pueden cambiar las cosas. Si pedimos que la poesía sea política en un sentido vulgar, entonces terminamos con respuestas vulgares y poesía vulgar, específicamente respuestas marxistas vulgares y poesía estalinista que, como sabemos, en la práctica significa muchos himnos para los valientes trabajadores y diatribas sobre tractores y trigo: el tipo de poesía que no es poesía en absoluto, sino propaganda.

Pero, si la poesía no tiene una función política como tal, ¿Esto significa que tenemos que adoptar una posición respecto a las bellas artes?, ¿Una posición que argumentaría que viven en un ámbito estético herméticamente propio, inmune a la historia y la política?, ¿Una forma de decoración para llevarnos a los extremos de la anomia del siglo XXI? Este argumento del arte por el arte se deriva de la misma interpretación filosófica errónea, el mismo paradigma, que se aferra a una función reductora de la poesía. Unos dicen que la poesía debe tener una función política, otros que no puede tener una función política. El problema, por supuesto, está en la noción de función. Ambas posiciones vinculadas ven la poesía teleológicamente, examinándola desde la perspectiva de lo que se percibe como sus fines finales: entretenimiento o revolución.

En cambio, Auden nos dice que la poesía es “una forma de suceder, una boca”. Una forma de estar en el mundo, de hablar en silencio. Algo mucho menos tangible, más complejo y problemático que aquello de lo que los ejecutivos quisieran preocuparse. Pero, ¿cómo y por qué el poeta radical y comprometido escribe poesía lírica si esa poesía no hace que las cosas sucedan? ¿Cómo podría la poesía ser una forma de suceder? Por supuesto, durante todo el tiempo he estado hablando de poesía lírica, poesía que, como señala la crítica estadounidense Helen Vendler, “debe comenzar como la concentración de sí mismo en palabras” (3). De todos los géneros literarios, la poesía lírica es la más subjetiva, personal y privada. Si pensamos en la subjetividad como algo secreto e individual, separado de la historia, la sociedad y la política, entonces hay muchas posibilidades de que la poesía lírica sea conservadora, costosa, narcisista y presumida. Pero si entendemos eso, como dice Jaqueline Rose: “No hay historia fuera de su realización subjetiva … así como no hay subjetividad incolora por la historia a la que pertenece” (4). Este enfoque especial en el yo puede ser la fuerza más radical de la poesía lírica. “Lo personal”, como dice esa terminante declaración feminista, “es político”.

En su maravilloso ensayo, “La hora de la poesía”, John Berger habla sobre el “trabajo de la poesía” conectado con su “intimidad”. Precisamente porque el poema puede presentar la experiencia subjetiva más íntima y evasiva del lenguaje, es capaz de dar testimonio de lo que se excluye de los discursos dominantes. Por ejemplo, de toda la información que desde la adolescencia he aprendido sobre la Primera Guerra Mundial en películas, novelas, fotografías y documentales, siguen siendo los poemas de Wilfred Owen sobre el gas en las trincheras lo que más me atormenta. Su terror íntimo en The old lie (5), sigue siendo un ataque más visceral y efectivo que cualquier cantidad de súplicas pacifistas, o estadísticas horribles. Es la memorabilidad pura y obstinada del lenguaje de Own, la forma en que en un espacio tan pequeño recurre a tantos discursos dispares (desde la ira polémica al dolor “indescriptible”), lo que le permite articular una experiencia que es a la vez profundamente subjetiva y políticamente resonante en toda su gravísima realidad vivida. Sí, aunque los poemas de guerra de Owen responden a un evento histórico importante, impregnando así su trabajo con una urgencia particular (hay vidas en juego), esta fusión de lo elusivo subjetivo con lo implacable material no se limita únicamente a este puñado de poemas: las letras más pequeñas y aparentemente “personales” también puede ser capaces de perturbar el orden dado del mundo, hablando del deseo o la pérdida sin palabras.

No es solo poesía lírica comprometida con la exploración de la intimidad, de la experiencia, lo que puede convertirla en una ‘forma eficaz de suceder’, sino su empleo de la metáfora (que en griego significa ‘transferir, transportar, soportar’) como la metodología definitoria. La concentración de sí mismo en palabras se logra a través de la metáfora. Utilizando metáforas, el poeta puede transferir elementos que, en la vida ordinaria, se mantienen separados, fusionando incidentes y detalles, ignorando (como hace Owen, como hacen todos los buenos poetas), la lógica de la progresión metonímica, la lógica de la separación. Como dice John Berger:

Cada poema auténtico contribuye al trabajo de la poesía … para unir lo que la vida ha separado o la violencia ha desgarrado … La poesía no puede reparar la pérdida, pero desafía el espacio que separa. Y lo hace por su continuo trabajo de reensamblar lo que se ha dispersado (6)

Este es, entonces, el trabajo de la poesía: reunir, llevar, transferir piezas de lenguaje que han sido separadas, descontextualizadas y ubicadas en diferentes categorías (subjetivas / objetivas; personales / políticas). Y lo hace a través de la figura del yo íntimo (el reparador invisible). Una manera de suceder. Una boca.

Gracias a Biyi Bandele, John Berger y Jamie McKendrick.

 
NOTAS

(1) Bueno, me gusta pensar que es el miedo que caza a todos los poetas.
(2) Lágrimas de frustración, lamento informar.
(3) Helen Vendler, The Music of What Happens: Poems, Poets, Critics (Londres y Cambridge, Massachusetts Harvard University Press, 1988), 378.
(4) Jacqueline Rose, The Haunting of Sylvia Plath (Londres: Virago 1991),8.
(5) ‘The Old Lie: Dulce et decorum est / Pro patria mori from ‘Dulce Et Decorum Est’.
(6) John Berger, ‘The Hour of Poetry’, en: The Sense of of Sight: Writings de John Berger, edición e introducción de Lloyd Spencer (Nueva York: Vintage, 1993).

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Sarah Maguire (Londres, 1957-2017). Traducción de Cristián José García Ramírez. Círculo de Poesía. 

lunes, 8 de abril de 2024

adam zagajewski / de "una leve exageración"


Momentos de alegría, pero también el peligro de producir un poema falso, lo que en inglés se llama cant (“lenguaje hipócrita y santurrón, especialmente en lo referente a la moral, religión o política”, como reza el diccionario), es decir, una retórica farisaica, una variedad de spot publicitario para asegurar que todo va sobre ruedas. El cant puede manifestarse en la poesía y es un elemento habitual en los sermones de los curas polacos…

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Ocurrió de verdad: a mediados de los años noventa, en mayo, en un pueblo de la Toscana donde las golondrinas surcaban a una velocidad inverosímil el aire de las estrechas callejuelas, entramos en una cafetería atiborrada de gente para tomar un refresco y vi que el turista alemán que ocupaba el velador de al lado estaba leyendo un librito cuyo título logré descifrar después de retorcer el cuello durante un buen rato. No debo ser el único a quien intriga qué clase de libros lee la gente con la que coincide en sus viajes. Era la Mystik für Anfänger (Mística para principiantes), una guía para los sedientos de vida espiritual (a decir verdad, la mera idea de que pueda existir un manual de estas características resultaba bastante cómica). No voy a transcribir aquí mi poema que lleva el mismo título y me limitaré a decir que experimenté una iluminación: la poesía es mística para principiantes. El turista alemán que recorría la Toscana con un libro tontorrón en el bolsillo me ayudó a comprender que la poesía difiere sustancialmente de la religión y que uno de los factores más importantes de esta diferencia radica en el hecho de que el poema se detiene en un momento dado, estrangula su exaltación, no entra en el monasterio, sino que permanece en el mundo exterior, entre las golondrinas y los turistas, entre las cosas visibles y tangibles. Describe personas y cosas, participa de la existencia concreta de la gente y de las cosas, pasea por las calles mojadas por la lluvia. Escucha la radio y nada en las caletas del Mediterráneo. La poesía recuerda a los políticos, siempre dispuestos a insistir en lo cerca que están de la vida normal y a presumir de lo bien que conocen los precios de la mantequilla, del pan y de los pasajes de autobús. Y, como ellos, mente un poco, porque a menudo añora algo distinto. 

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Una leve exageración: de hecho, es una buena definición de la poesía. Una definición perfecta para los días fríos y nublados que despuntan tarde y hacen varias promesas de sol. La poesía es una leve exageración mientras no hagamos de ella nuestro hogar, porque entonces se vuelve realidad. Y luego, cuando la abandonamos –porque nadie puede morar en ella siempre–, vuelve a ser una leve exageración.

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Recuerdo que un día, durante una estancia en Holanda –diría que en ocasión del Festival de Poesía de Róterdam–, fui en tren a Delft –el viaje no es largo– y, una vez allí, encontré el lugar desde donde Vermeer contemplaba su ciudad mientras pintaba su famoso cuadro Vista de Delft. Ahora había allí tres bancos de hormigón, uno ocupado por dos jubilados, los dos restantes vacíos.

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Vivimos tiempos de gran indiferencia; al parecer, sólo los terroristas se toman en serio sus ideas.

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Si alternamos la novela con la poesía, la larga duración o la permanencia ardua con el breve estallido que es el poema, todo parece indicar que, si bien no podemos saberlo a ciencia cierta de antemano, la muerte a la que tanto tememos pertenece a esta última categoría y vendrá a modo de verso y no como una novela. En cambio, el miedo que nos infunde se situaría en la duración, en la “novela”.

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Adam Zagajewski (Leópolis, 1945-Cracovia, 2021). Traducción de Jerzy Slawomirski y Anna Rubió Rodón. Círculo de Poesía.

lunes, 1 de abril de 2024

vera pavlova / aforismos


Mandelstam: “La poesía es la certeza de estar en lo correcto”. Brodsky: “La poesía es la escuela de la incertidumbre”. No estoy cierta respecto a ninguna aseveración.

 
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La poesía debería ser escrita del mismo modo en que se comete un adulterio: a la carrera, con astucia, en un tiempo no previsto. Y entonces llegar a casa, como si nada hubiera sucedido.

 
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Inspiración: cuando tengo confianza en mí misma.

 
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Sobre Yuri Gagarin, el primer hombre en el espacio:  su apellido deriva del ruso “gagara”, un ave que no vuela.

 
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¿Cómo me siento respecto a la gente que no entiende mi poesía? Los entiendo.

 
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Posmodernidad: vulgaridad tratando de pasar por ironía.

 
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En un poema, una palabra no es igual a su significado tal como es definido en un diccionario porque o el significado en el poema es totalmente diferente o es el mismo, pero mil veces más preciso.

 
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Tolstoi: “el hombre debe vivir como si un niño amado estuviera muriendo en la habitación contigua”. Por mi parte, yo vivo como si ese niño estuviera muriendo en mi útero.

 
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– Entiendes que el entendimiento es imposible?

– Lo entiendo.

 
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En un poema, la poesía es un invitado. A veces el invitado se queda largo tiempo, pero nunca para bien.

 
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Acomodo las palabras en los poemas a la manera en que empaco en una maleta para un viaje al extranjero, escogiendo lo estrictamente necesario, lo más presentable, lo más ligero y lo más compacto.

 
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Prosa: un partido de futbol transmitido entero.

Poesía: el mismo juego mostrando sólo las anotaciones y las jugadas de gol.

 
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No debes escribir en verso acerca de lo que desconoces o acerca de lo que sabes con certeza, sólo escribe acerca de aquello que sospechas vagamente esperando que los poemas confirmen o disipen esas sospechas.

 
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Verdaderamente hermosos son aquellos que no temen parecer feos. Lo mismo vale para los poemas.

 
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Un poema ideal: cada uno de sus versos puede funcionar como el título de un libro.

 
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Lector: Usted quiere que reconozca mi mundo cotidiano en sus poemas?

Poeta: No, yo quiero que tu mundo te parezca inhóspito una vez que separes los ojos del texto.


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Vera Pavlova (Moscú, 1963). Selección y traducción desde el inglés por Alí Calderón. Círculo de Poesía.

lunes, 25 de marzo de 2024

ramón lópez velarde / la derrota de la palabra


YO QUIERO hablaros esta mañana de la derrota de la palabra. Es decir, del retorno del lenguaje a la edad primitiva en que fue instrumento del hombre y no su déspota. Pienso, a las veces, que los barbaros artistas que crearon la rueda y el hacha y los vocablos para designarlas fueron espíritus menos toscos que el ciudadano del hoy, aguja de fonógrafo, aguja muerta. Me complacería despertar el horror al industrialismo de la palabra; mas protesto que se halla lejos de mí cualquier intención de propaganda, y que hasta preferiré que se opine diversamente de mi criterio. La igualdad de las ideas, uniformadas como soldados rasos, me produce el mismo malestar que me causaría ver un rostro idéntico en todas las mujeres.

Pocas cosas habrá más vanas que hablar por hablar. Y pocas cosas son tan del gusto de los mexicanos como hablar por hablar. Nos encanta el lenguaje como fin último, y todos nos difundimos en huecas tiradas, desde la tierna mecanógrafa hasta el poeta de ínfulas. En los círculos propiamente literarios, el abuso de la palabra ha sido fomentado, en ocasiones, por la hojarasca de la prosa peninsular, y en ocasiones por la inhumana tendencia de los parnasianos. Fuera de los círculos literarios, los factores que contribuyen a sostener la palabrería son menos técnicos, pero no menos efectivos. Desde luego, la vulgaridad de espíritu lleva a las gentes a declamar. Quien carece de vida interior, natural es que simule tenerla, mareando con discursos teatrales. Así, para fingir personalidad médica, gastan saliva los merolicos, recitando aparatosamente las excelencias curativas de la víbora que exhiben enroscada en un brazo. Aquí viene a pelo referirme también a la comodidad que representa, en una sociedad que no lee ni medita, repetir por boca de ganso, tercamente y profusamente, la opinión preestablecida. Siempre constituirá una facilidad democrática la compra de ropa hecha. Bien vista la cuestión, es útil el charlatán que soba y soba lo que otros han pensado; como es útil el sastre que vende ropa hecha. Y no concibo que se tolere al sastre y al mismo tiempo se deteste al periodista que, por diez centavos, nos sirve todas las mañanas poesía hecha, política hecha, reportazgo como corbata roja y editorial como falda pantalón.

La palabra se ha convertido de esclava en ama cruel. Ya no acude con docilidad cuando la llamamos. Hoy por hoy, la palabra tiraniza al hombre y pretende cabalgar a toda hora sobre él, y espolearlo, e infundirle una locuacidad cómica. Las víctimas de la palabra se cuentan por millares, he de citar una, una en quien España cifró muy grande esperanza. Todos habéis advertido, sin duda, la degeneración verbal de Villaespesa, que edita un libro cada dos meses.

La palabra, que en la niñez del mundo se plegó tan mansamente a traducir la vibración de los hijos de Adán, parece haber imitado el empleo de esas señoritas que, sumisas y blandas en el noviazgo, después de firmadas las actas se cambian en epidemia o en ley marcial. No hay quien no conozca a más de algún marido golpeado. Y si la palabra es la mujer del literato, yo os aseguro que a casi todos nuestros literatos los golpean sus mujeres.

¿Los literatos célibes? A éstos cabe mayor desventura, porque son arañados, prematuramente, por la novia.

La inversión, en el arte literario, del procedimiento racional, del procedimiento vital, ha colmado la medida de lo absurdo. Ya el espíritu no dicta a la palabra; ahora la palabra dicta al espíritu. ¡Infeliz dictado el de una esclava a su señor! Hoy se dice: Tengo esta frase que suena bien; pero ¿Qué voy a pensar o a sentir, para expresarlo, y encajar, al expresarlo, esta frase que suena bien? El académico tiene su bodega atestada de frases; el modernista ha abarrotado frases; 0pero ¿Qué pensaran o sentirán el académico y el modernista para poner en juego sus frases? He aquí el campo en que ha vencido la palabra y en que convendría su derrota.

Estos falsos artistas, que pretenden extraer de la palabra el jugo de la vida, mantienen un paralelo, no sé si lamentable o risible, con los sabios caducos que, en la abolición de su sexo, se desvelan por engendrar una sucesión plasmogénica. ¡Pobres Faustos, a cuyos hombros ningún poder diabólico ni celeste ceñirá el jubón de las fiestas viriles! ¡Pobres Faustos, que en siglos y siglos de reseca vigilia no lograrán levantar en infolios ni probetas los surtidores mágicos, los surtidores que la espada ardiente de la juventud provoca en la pena!

Tanto el escritor que sigue la tradición como el que va con la caravana actual poseen recetas dignas de envidiarse en cualquiera cocina. El escritor de actualidad posee, por ejemplo, esta receta:

Patos heroicos. Después de cocidos, se parten en cuartos, se untan de salsa de Marquina, se les cubre con una capa de versos de la “Marcha triunfal” de Darío; se dejan sazonar, y ya fuera de la lumbre, se adornan con picos de cóndores de Chocano. El tradicionalista no sabrá preparar los patos heroicos; pero es dueño de la receta que sigue, para el estofado clásico: Se corta un lomo de cerdo en trozos delgados; se pone en una sartén de las bodas de Camacho; se le mezclan perejil de don José María de Pereda y vinagre de don Juan Valera; se pone al fuego manso de una redacción de notario público, cuidado que no se queme; y se sirve adornado con arcaísmos del Cid.

Nuestros hombres de pluma aderezan párrafos y estrofas como guisotes. Así es como el ejercicio de las letras se ha vuelto industria de chalanes y filón de trapaceros.

La palabra se ha divorciado del espíritu. Apenas se toca con el por un solo punto. Se ha creído que el lujo de la expresión y, en general, el ornato retorico, deben buscarse lejos del temblor de las alas de Psiquis. Yo me inclino a juzgar que, por el contrario, para conseguir la más aquilatada elegancia de la expresión, nada hay mejor que contar la seda de la palabra sobre el talle viviente de la deidad que nos anima. Si un preciosismo artificial o una fría corrección purista nos inducen a cortar purpuras y brocados sobre patrones de gramática o de retórica, para vestir el alma, corremos el riesgo de que la armoniosa y recóndita deidad deseche el brocado y la púrpura, porque no los ajustamos previamente a su talle de mariposa. Antes de borrajear el papel, hay que consultar cada matiz fugaz del ala de mariposa. Yo pienso que el alma del hombre más rudo atesora, en sus alas, matices fugitivos y múltiples. Quien sea capaz de mirar estos matices, uno por uno, y capaz también de trasladarlos, por una adaptación fiel y total de la palabra al matiz, conseguirá el esplendor auténtico del lenguaje, y lo domeñará. Por eso resulta formidable el poder de los meditativos, desde el príncipe Góngora hasta Darío y hasta Lugones: porque ellos en su cuarto de hora de oración mental han descendido a repliegues de la conciencia no sospechados por los que, al ras del barbecho, se emboban en un parloteo fútil. Ya lo ha dicho el doctor González Martínez, con la felicidad con que él dice todo: El alma se agita con sus goces exclusivos, con su instinto propio y con su dolor particular. La traducción de esta individualidad no se consigue con proclamas de los dientes para fuera, ni con manifiestos a flor de piel.

En más de una ocasión he querido convencerme de que la actitud mejor del literato es la actitud de un conversador. La literatura conversable reposa en la sinceridad. Quienes conversan se despojan de todo propósito estéril. En la mesa de los banquetes rige la cordialidad; los vinos y los manjares, en su eficacia expansiva, consolidan la mutua confianza; los invitados procuran mostrarse unos a otros sus interiores, exactamente, naturalmente; pero al filo de los brindis, los comensales se cohíben y una rígida expectación señorea al concurso. Es que ha llegado el momento de la alocución tiesa. La vida ha dejado de vivirse y va a recitarse.

Dramaturgos y novelistas echan mano de los mismos expedientes embusteros. El dramaturgo, valiéndose de una estrategia superpuesta, calculará, como cualquier tribuno de conmemoración cívica, el pasaje en que el público debe aplaudir. No importa que el recurso traspase las lindes de lo burdo. Un marido habrá salido de casa, el seductor se habrá colado en ella, como el más aventajado discípulo de los burladores de Sevilla; la pérfida consorte acogerá al nieto de don Juan de Mañara. De pronto, el marido los sorprenderá. Habrá entonces un rugido con una variante de aquello del Drama nuevo: ¡Tiembla la esposa infiel, tiembla la ingrata! La adúltera se arrojará sobre el marido y le tapará los ojos. El seductor, aprovechando la coyuntura, se esconderá adentro de un armario. El marido, echando por tierra a su Alicia, disparará su revólver a diestra y siniestra. Uno de los tiros atravesará el armario y dará muerte al burlador. El público aplaudirá el castigo del culpable.

En la novela, se busca igualmente el efectivismo. No parece sino que todos los caballeros de pluma en ristre se proponen como modelos a esos pretendientes sin blanca que para asaltar la caja fuerte de una acaudalada, virgen o viuda, explotan la linda estampa, y discurren por ahí hechos unos brazos de mar. Hoy, como siempre, con desplantes fanfarrones, se desembarca en la isla ruidosa de la fama y en el puerto de un matrimonio cotizable. Los candidatos al laurel y al tálamo se ponen a escote.

El alma solitaria en lo más íntimo de su castillo abrupto atina a distinguir el paje sincero del pretendiente mercenario. Si yo quisiera hablar en este día con mi alma, la diría así: “Te amo por tu milagrosa facultad del silencio, porque tácitamente viertes sobre mí tu emoción, y te envuelves en la mía, recostándote sobre los minutos, como sobre esclavos sordomudos. Solitaria y orgullosa, sólo te cuelgas de mi cuello cuando somos una pareja perdida en el vacío de la soledad y en el caos del silencio. Nuestras miradas se cruzan en un efluvio teosófico y se copian como dos espejos paralelos. Mis labios terrenales no te han hablado y ya sabes el orden en que besaría yo tu boca y tu nuca y tus párpados. ¡Oh alma, sibila inseparable, ya no sé donde concluyes tú y donde comienzo yo: somos dos vueltas de un mismo nudo fulgurante, de un mismo nudo de amor! Por volcánica, me adhiero a ti; por taciturna, me espantas. Paréceme que en tu odio a la palabra llegarás a mutilarme arrancándome de cuajo la lengua, y precipitándola, desde la ojiva, sobre los perros de tu feudo. En tu boca, sedienta de placer, no se enlaza la vocal con la consonante; cuando el placer se encona como un cauterio, prorrumpes en un grito inarticulado. Ya que nos abrazamos en un vaivén de eternidad, en un columpio de tinieblas, sobre un desfiladero de tinieblas, que sea con nosotros el silencio absoluto. Que la paz de las criptas en que duermen las estatuas yacentes nos invada. Que como en las criptas, se tamice en nosotros la sonrisa de la luz. Y que nuestro beso, como el beso de mármol de las estatuas yacentes, sea insaciable y sin tregua.”

Quizá la más grave consecuencia del lenguaje postizo y pródigo consista en el abandono del alma. Bajo el despilfarro de las palabras, el alma se contrista, como una niña que quiere decirnos su emoción y que no puede, porque se lo impide el alboroto de un motín. Sabe callar el alma como una enamorada, pero la aflige que su galán sea desatento, y que por esparcirse en oratorias superficiales, la olvide neciamente. De mi parte, confieso que para recibir el mensaje lacónico de mi propia alma, me reconcentro con esa intensidad con que en el abismo de la noche sentimos el latido infatigable de nuestras sienes y estamos escuchando el roce metódico de nuestra sangre en la almohada. El alma finca sus delicias en transmitirnos su confidencia; pero exige para ello una soledad y un silencio de alcoba. Yo anhelo expulsar de mí cualquier palabra, cualquiera sílaba que no nazca de la combustión de mis huesos. Y si me urge desterrar el más borroso vestigio de cosas extrañas a mis sustancias, es porque en mi alma convulsa hay una urgencia de danza religiosa y voluptuosa de un rito asiático. Y la danzante no abatirá sobre mis labios su desnudez ni su frenesí mientras oiga mascullar una sílaba ociosa.

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Ramón López Velarde (Jerez de García Salinas, 1888-Ciudad de México, 1921) Círculo de Poesía.