lunes, 25 de noviembre de 2024

héctor hernández montecinos / notas para kors


Adivino, a partir de su prodigioso arte, la expresión concentrada de su rostro tenso. Inteligiblemente puedo discernir el esquema que determina la perfecta conjunción de movimientos y gesticulaciones que la música del radio convoca en el campo visual de mi mente.

Salvador Elizondo

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Deseo recordar lo que escribiré después de esta palabra. [Texto perdido]
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Lo que encuentro son retazos de lecturas en retazos de libros escritos en retazos con retazos de palabras acumuladas en retazos de mi vida.
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Vuelvo a escribir después de un largo tiempo. Me siento inseguro y no se me ocurre nada más que acotar los marcos de referencia hasta despojar al poema de un algo.
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Como si se tratase de un sueño, imágenes sin comienzo ni fin, pura alteración.
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Trabajar la oscuridad o la lucha entre el blanco de la página y la luz del sol que cae sobre ella. Un círculo sobre un rectángulo imprimiendo la mirada de un ángel.
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Escribo. Reescribo. Transescribo. No se puede evitar, el tiempo es lenguaje. Palabras arrojadas del cielo de la mente.
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Escribo con los ojos cerrados, al olvidarme del mundo, desde la muerte en vida. Afuera de mi mente no hay palabras, pura visión.
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Olvidarse de todo. La realidad finge no hacerlo. Me río de lo que en mi vida ya no existe.
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El autor se escribe (con la muerte)
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Repetir hasta olvidarse. Allí el lenguaje se multiplica en su aparición.
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Acumular todo lo que se ha olvidado. Suprimir y hacer necesario lo que quedó de una línea, de una línea imaginaria.
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La imaginación es el tercer ojo, escribir esto es ponerle música a este sueño, Kors.
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Escribo este libro en medio de un largo viaje que es una larga noche; todo lo visto ha desaparecido y ese es el chiste. Ver estas palabras no es leerlas. Un acertijo en bitácora.
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La página siguiente es una página invisible.
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Sólo saben leer quienes no acumulan nada.
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Un libro solamente existe para destruirse a sí mismo. Todo génesis es un apocalipsis, toda oscuridad es luz en una oscuridad mayor.
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La instantánea de un cambio es la eternidad. ¿Por qué escribir?: sólo sé decir que todo lo que se fue nunca existió.
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Una palabra está compuesta por las letras de otras cientos de palabras. Esquivar, equivocar. Una atmósfera es mediocre si quiere perpetuarse en los siglos propios y ajenos.
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Un instante. Eso es.
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El libro mira a sus lectores, los tolera, los soporta.
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Una biblioteca quemada, arde. Sigue su instinto de destrucción.
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Del paisaje natural fijarse en las rocas. Seguirán allí rumbo a su propio silencio.
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La ciudad está tranquila después del día de muertos. Un árbol se mueve más que toda ella. Se oye a lo lejos el silencio y acá la voz de un sueño que exclama: “Mi mente fue arrasada por un huracán de poemas”.
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Dos versiones: Ficción o muerte. I: Desaparición de algo que nunca existió y II: Desaparición de algo que siempre existió. La destrucción es una forma fascinada de escribir. Un deseo secreto respecto a lo estúpido de la vida.
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Insisto en escribir a equivocarme. Pienso en los cazadores y recolectores ¿Quién inventó el libro? El autor asesina lo que no es suyo y guarda lo que hay de sobra.
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Repugnancia por cierta gente. Escaparme ahora y aquí. Fugitivo se es cuando la vida te ama.
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No estoy obsesionado con nada, salvo con mi mente. La escritura es una necesidad de los árboles y de los monos para llegar al cielo, ese es su secreto personal.
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Avanzar en la idea de una escritura neutra. Quiero decir: olvidarse de un hecho es esencialmente estar frente a un misterio que inspira. Es una buena idea, la fiesta debe morir.
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Escribir fuera del tiempo, sin la tentación del presente. Crear es olvidarse de lo humano, como esa sonrisa en la boca de Dios cuando dice que es amor.
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Suponiendo que esto sea un poema, una prueba de que ya no me acuerdo de lo que quería decir ¿Existe aún? El work in progress no existe.
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Tratado. Un intento que ya fue. Fascinación. Sólo notas dispersas. Un poema que era otro y no éste, pero el olvido ha sido quien ha escrito, la muerte me utiliza.
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Trato de morirme y aparecen más palabras como moscas. Descomposición.
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Estas notas son para Kors, al menos eso siento ahora. Notas casi musicales de una composición de autor a modo de una buena o mala racha que se reitera como recurso literario.
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Pienso y leo lo que voy escribiendo, anotaciones que podrían leerse u olvidarse en cualquier orden; textos que conforman este poema que a la vez conforma “El machote de mi vida” que a la vez conforma Traga que a la vez conforma Debajo de la Lengua que a la vez conforma Arquitectura de la Mentalidad que a la vez conforma estalactitas de mí.
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La ficción y la muerte son incompatibles. Pero aun: la ficción es lo que me ha tocado vivir para que la muerte crea ser un viaje hacia otro lado.
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Hojear, ojear son lo indicado para contemplar el inicio del otoño de la vida que son los casi treinta años. Todo lo pasado fue imaginación o un mal poema.
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Entre lo acumulado hasta aquí sólo hay repetición y equivocaciones, un modo de caos. La ciudad está serena y mi espíritu invadido por el viento que produce el paso de una hoja a la otra.
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En el interior de esta casa todo es imaginario, los árboles, las calles, los autos, las nubes, todo lo que se mueve con ese viento.
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Dudo sobre seguir escribiendo. Es intrascendental y eso me alienta a escribir hasta la eternidad.
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No tomo en cuenta a mi voluntad. Renuncio a ella: me gusta algo sólo porque me gusta. Así vivo, atento al abandono de las cosas.
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La mente produce ruidos al funcionar, es decir al pensar incluso en el sueño que es cuando las ideas tienen forma y color.
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No sé si exista el no pensar, de ser así la escritura es un llamado. Quiero decir: mi mente me da empleo. El pensamiento no piensa, la escritura no escribe. Está bien, se cree que se existe.
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La música es un eructo del espíritu.
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En la música de hoy sólo escucho repetición, que es comprobar la importancia de lo menos importante. Kors lo sabe.
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Me he propuesto rellenar mi futuro inmediato con estas palabras, y mejor si el tiempo da vuelta con todo.
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¿Es contradictorio hacer algo para nada? Sí y no. Entre ambas no hay distancia. El secreto es real sólo cuando alguien lo destruye.
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La ficción de la escritura es una mano autómata manchando un papel con libre albedrío. Sus errores son aciertos y los aciertos los países en un mapa de un mundo paralelo, para leerlo.
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El arte de mirar las letras, sin leerlas, es un pleno ejercicio reservado a los que odian la acumulación como yo. Un libro es leído cada vez que alguien lo arroja a la basura mental.
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La exactitud es una forma de mala puntería en el blanco.
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Alguien me dice: “Voy a cortarte el...”. Es una buena demostración de que nada sobra al escribir, ni siquiera eso.
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No hay anécdotas, la escritura no se deja sorprender por la ordinariez de la vida.
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¿Por qué no terminar acá y empezar de nuevo mañana?
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No hay comienzo ni término. Se repite un mismo error y eso es estimulante. La imposibilidad de inventar se soluciona con la mirada.
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La ficción hace secreto lo que era eterno. Lo demás es pura mala voluntad.
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Las visiones del espíritu no importan hasta que el futuro arrase con todo lo que creíamos era posible. Un huracán de poemas se llevó mi párpado izquierdo.
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Obviamente: leo lo que escribo y veo que no hay nada más que palabras, un tanto de negligencia y un final que no tiene ganas de comenzar.
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No quiero escribir un poema, sólo quiero verlo. Sin embargo para verlo lo debo escribir. Hace mal a la vanidad, debo acabar.
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La escritura es la escritora de todo esto: se ha posesionado de todo lo que yo odiaba de mí. Me escribe y yo soy para ella una mera mano.
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Todo aquí habla de allá, de otra cosa.
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Olvidarse de todo es un modo de suicidio simultáneo: la vida se esfuma mientras más se vive ¿Es una muerte que nace del sentido revelador de la vida? Los días pasan como las nubes, el cielo sigue intacto.
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La catástrofe que significa todo esto es una forma de llegar a una meta, un origen de algo sumamente desconocido, sublime.
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El poema se exhibe desnudo y su ostentación escandalosa es su miseria.
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Escribo sobre un tema que no recuerdo, busco en mi mente detalles de las imágenes y sólo está la sensación de que algo falta. Hay huellas y marcas de lo que ya fue, no están en mí.
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Me resulto ajeno incluso yo mismo. Lo contrario de estar muerto.
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Escribí todo esto ya antes, pero ahora quiero verlo en mi mente. El papel hace lo suyo, el tiempo se llevó lo mío.
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Alguien vigila todo esto, preguntarse quién es el que junta letras, las mira o las lee según una orden recibida.
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Sacerdote del secreto total. Una ficción de una amiga que me hace decir que si hay que elegir entre vida o muerte, ya es muerte.
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Se es escritor por los errores cometidos. Las cualidades literarias están de más.
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¿Cuánto podré avanzar escribiendo esta noche?
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El sentido del humor es el sentido de la vida, dice Kors. Líquidos en el cuerpo y el espíritu. Música de sí.
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He descuidado todo lo que era importante. Las letras dan luz y sombra, un poema puede ser el sol o las tinieblas.
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Que se escriba lo que nadie habría de escribir.
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Que la estructura sustituya a la historia, que la historia sustituya a los personajes, que los personajes sustituyan las situaciones, que las situaciones sustituyan los significados, que los significados sustituyan su referente, que el referente se sustituya por una nube cargada de lluvia.
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La distancia de esta ciudad consiste en lo urgente que hay entre su fundación y su destrucción.
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Ciudad, lago, nube, águila, serpiente, cactus, lo que seas.
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Ciudad que resplandece de noche. Bosques humanos invisibles.
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También, ciudades cuyas ruinas son su único monumento.
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Ciudad en ruinas, aunque del presente que significan doscientos años, creciendo día a día. País: color imaginario de un mapa.
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Se oye el lápiz sobre el papel, se siente el viento al cambiar de página.
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Mapa y poema son estruendo en forma de rectángulo, una expresión misteriosa de la redondez quebrada.
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Dudo que el rectángulo no sea un cubo. La mirada de un ángel es el tiempo de una nota musical. Escucho el más alto silencio.
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Abstracción. Imagen de la imagen de la imagen.
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El humor y el horror se incluyen desbordados.
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Escribir, dios mío, contra el tiempo. Todo se destruye a mi alrededor y a lo lejos hay un bosque y sobre él una aurora boreal. Es la entrada a mi fin. No dejo de pensar en eso. Está todo escrito.
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La realidad es un llamado para dejarse llevar por lo que la escritura sueña despierta. Dentro de mí algo se va, pero algo también llega.
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La vida humana teme a las convenciones. Los cobardes temen al qué dirán. La escritura es mi única libertad para que la idiotez del mundo no me entre por los ojos de la historia.
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Me vigilo al soñar. Cazadores y recolectores salen a mirar mi cuerpo tendido en el bosque. Hay una irresponsabilidad caótica de figuras y sonido. Estás tú.
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El deseo de que todo se destruya es la culpa por escribir. Ser ajeno a uno mismo hace bien.
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La vida está destinada a continuar dentro de los libros: todo lo que es ya fue. El bosque está lleno de peligros. Palimpsesto destinado a una nueva vida.
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Ver una historia a lo lejos que se trataba de uno mismo.
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Ver a todos los que tienen que ver con esta historia, pero sepultados por palabras.
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Sigo avanzando y mueren ideas y ganas de decir ciertas cosas. La rapidez de la escritura es como expresa su deseo.
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Este libro exige nacer. Quiere dar a luz. O él o yo.
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Notas, retazos. Parte de mi segunda trilogía de tres. Aniquilo el secreto al escribirlo. Un trozo de mi vida, es precisamente lo que quedará como desperdicio. Un pentagrama vacío.
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Escribir para Kors, un tanto atemorizado de que el huracán se lleve absolutamente todo y el polvo sepulte mi mente.
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La mano es sangre, el papel es árbol, la tinta es océano. Todo lo que hay alrededor es vacío.
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Me dejo tentar. Es de noche y nadie viene.
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No me da miedo haberme equivocado. Era lo que había que hacer. Estoy solo y alguien me mira desde lejos. El delito es no querer ver.
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Encerrado en mí mismo todo me fue imposible, puesto que escogí al más próximo de mis semejantes.
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Reunir todas estas ideas, palabras, visiones como masas sonoras yuxtapuestas, confundidas en este borrador que es mi vida.
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Esto no se termina, comienza. Tu silencio me hace hablar solo, me hace escribir este poema.
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Mi enemigo soy yo y escribo todo lo que su soberbia me aterroriza.
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Nada hay, sólo universo mental.
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El caos es perfecto en su error y luz.
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Escribo sobre nada, me escucho.
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Escribo. Algo se oye en el caos.
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Lentamente amanece: me siento enfermo. Todo está enfermo. La luz y la tiniebla en este preciso momento son lo mismo. Se escucha lo lejos que estás.
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Escribir estas notas para todos ustedes, fantasmas. Les escribo porque no sabrán lo que quise decir debajo de estas palabras. Estoy en el momento de renacer o morir que son la misma cosa.
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Creo que acabo. Escucho como mi vida se va borrando de mi mente impidiéndome la ordinariez de ser feliz. Se cierran los ojos del sueño y sólo quiero oír el luminoso silencio. Kors, escribo con palabras que nunca lo fueron.

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Héctor Hernández Montecinos (Santiago de Chile, 1979). acheache, blog personal del autor.

lunes, 18 de noviembre de 2024

lawrence ferlinghetti / la poesía como arte insurgente (segunda mitad)


Sin embargo, los talleres de poesía pueden crear comunidades de parentesco poético en la América de las tierras oídas, donde muchos pueden sentirse solos y perdidos por falta de almas afines.

Si tienes que enseñar poesía, golpea tu pizarra con la tiza de la luz.

No hay ideas sino en los sentidos. Nihil in intellectu quod non prius in sensu.

Si quieres ser un gran poeta, asociáte con poetas que piensen. Son difíciles de encontrar.

Pensar la poesía no tiene por qué ser sin éxtasis.

Lee a los novelistas épicos, a los poetas proféticos, los grandes contadores de historias, las grandes mentes.

Frecuenta las librerías.

¿Qué hay en tu cabeza? ¿Qué tienes en mente? Abre la boca y deja de balbucear.

No seas tan abierto de mente que se te puede caer el cerebro.

Conviértete en una nueva mente y hazla novedosa.

Barre las telarañas.

Cultiva la disidencia y el pensamiento crítico. El primer pensamiento podría ser el peor.

Persigue a la ballena blanca, pero no la harponees. En su lugar, captura su canción.

Concédete vuelos deslumbrantes de imaginación escandalosa.

Supera las grandes expectativas y las peores profecías de todos.

Si quieres ser un gran poeta sé la consciencia de la raza.

Resiste mucho, obedece poco.

Desafía al capitalismo disfrazado de democracia.

Desafía a todos los credos políticos: incluyendo el populismo radical y el socialismo vándalo.

Considera el sufismo, especialmente su éxtasis tántrico cuya poesía en la lengua lleva al corazón y también al alma.

Gloria en el pesimismo del intelecto y en el optimismo de la voluntad.

No revientes las burbujas de la desesperación.

La poesía son semillas y brotes, no ramitas. Fúmala para llevarte alto.

Genera alegría colectiva frente a la tristeza colectiva.

Libera en secreto a cualquier ser que veas en una jaula.

Libera a los desposeídos y enfurece a los déspotas.

Haz sonar un aullido bárbaro sobre los techos del mundo.

Grazna el gran graznido.

Siembra tus poemas con la sal de la tierra.

Defiende a los estúpidos y a los locos.

Ve la eternidad en los ojos de los animales.

Ver la eternidad, no la otra noche, sino esta noche.

Expresa lo inexpresable.

No seas demasiado arcano para el hombre de la calle.

Sé un pájaro cantor, no un loro.

Sé un canario en la mina de carbón. (Un canario muerto no es sólo un problema ornitológico).

Sé también un gallo, despertando al mundo.

Escribe poemas cortos con la voz de los pájaros.

El canto de los pájaros no lo hacen las máquinas.

Dale alas a tu poema para que vuele hasta las puntas de los árboles.

No seas complaciente, especialmente con el público, los lectores, los editores o las editoriales.

No complazcas a la mente promedio de los Estados Unidos ni a la sociedad de consumo. Sé poeta, no vendedor ambulante.

No menosprecies a los escolásticos que dicen que un poema debe tener totalidad, armonía, resplandor, verdad, belleza, bondad.

Ve al mar en barcos, o trabaja cerca del agua, y rema tu propia barca.

¿Por qué escuchar a críticos que no han escrito grandes obras maestras?

No produzcas poesía desde Pound.

No escribas repeticiones de realidades virtuales.

Sé un lobo en el redil del silencio.

No resbales en la cáscara de plátano del nihilismo, aunque escuches el rugido de la Nada.

Llena el oscuro abismo que bosteza detrás de cada rostro, de cada vida, de cada nación.

Haz de cada experiencia un nuevo poema y supera la miopía del momento presente.

Atrapa instantes, cada segundo es un latido.

Guarda tu móvil y permanece aquí ahora.

Busca lo permanente en lo evanescente y fugaz.

Haz ondas permanentes, y no sólo en las cabezas de las mujeres con estilo.

No juguetees con tu bigote en sótanos sin esperanza, escribiendo tonterías incomprensibles.

¿Por qué vivir en la sombra? Búscate un asiento en el Barco del Sol.

No dejes que te digan que la poesía es una mierda.

No dejes que te digan que la poesía es para los pájaros.

Ríete de los que te dicen que los poetas son inadaptados o terroristas en potencia y un peligro para el Estado.

Que no te digan que la poesía es una neurosis que algunos nunca superan.

Ríete de los que te dicen que la poesía está «escrita por el Espíritu Santo y tú no eres más que un escritor fantasma». 

No creas nunca que la poesía es irrelevante en tiempos oscuros.

No dejes que te digan que los poetas son parásitos.

Ríete de los que te dicen que la poesía la paga la Seguridad Social.

No les creas cuando te digan que nadie compra el penny stock de la poesía en la bolsa de valores de nuestra cultura de casino.

Si no tienes ganas de cantar, no abras la boca.

Si no tienes nada que decir, no lo digas.

No sermonees así. No digas No.

Búrlate de los que te dicen que vives en un mundo de ensueño. Sueña tu propia realidad. Acampa en las orillas de la realidad.

Ríete de los que te dicen: « Ve a la prosa, joven, ve a la prosa».

Sal de tu armario. Está oscuro ahí dentro.

Atrévete a ser un guerrillero poético no violento, un antihéroe.

Templa tu voz más destemplada con compasión.

Haz vino nuevo de las uvas de la ira.

Recuerda que los hombres y las mujeres son seres infinitamente extáticos, infinitamente sufrientes.

Sube las persianas, abre de par en par tus ventanas enrejadas, levanta el tejado, desatornilla los cerrojos de las puertas, pero no botes los tornillos. 

No destruyas el mundo a menos que tengas algo mejor para reemplazarlo.

Desafía a Némesis, a la diosa vengativa, a la diosa despiadada.

Comprométete con algo fuera de ti.

Apasiónate por ello.

Si quieres arrebatar la fama a las llamas, ¿dónde está tu arco ardiente, dónde tus flechas del deseo, dónde tu ingenio en llamas?

Cuando el poeta se baja los pantalones, su arse poetica* debe ser evidente, dando lugar a erecciones líricas.

La clase dominante inicia las guerras; las clases inferiores las combaten. Los gobiernos mienten.
La voz del gobierno no suele ser la voz del pueblo.

Habla. Actúa. El silencio es complicidad.

Sé el tábano del Estado y también su luciérnaga.

Y si tienes dos panes, haz como los griegos: vende uno y con la moneda del reino compra girasoles. Despierta, el mundo arde.

Que tengas un buen día.

* * *

                Oh tú recolector
                        de la ceniza fina de la poesía
                                ceniza de la blanca llama
                                                de la poesía
                Considera a quienes se han quemado
                        antes de ti
                                        en el blanco fuego
                Crisol de Keats y Campana
                        Bruno y Safo
                                Rimbaud y Poe y Corso
                Y Shelley quemándose en la playa
                                                en Viareggio
                Y ahora en la noche
                        en la conflagración general
                                la luz blanca
                                        aún nos consume
                                pequeños payasos
                                        con nuestras pequeñas velas
                                                ¡sostenidas a la llama!

* N. del T. "Arse" en inglés hace referencia al trasero, he optado por dejarlo sin traducir, para hacer juego con ars poetica.

***
Lawrence Ferlinghetti (Nueva York, 1919-San Francisco, 2021) Poetry as an insurgent art. Nueva York: New Directions, 2007. Traducción de Nicolás López-Pérez. Primera mitad en la comparecencia infinita.

lunes, 11 de noviembre de 2024

fernando pessoa / carta a jaime cortesão – 22 de enero de 1913


Lisboa, 22 de enero de 1913

Mi estimado camarada:

Una perturbación constitucional de la voluntad y un ansia, paralelamente paralizante, de decirlo todo sobre todo, sin error, falta o debilidad, hacen que ponga en todo lo que hago una demora que acaba por aterrarme hasta la acción, y que empiece esa acción con una disculpa por haberme demorado tanto. En el caso presente, lo que yo pretendía hacer era un ligero estudio epistolar sobre su individualidad, agradecimiento de razonador por la oferta que amablemente me hizo de sus dos folletos, dedicación de psicólogo al interés que su espíritu me despierta y, desde que lo leí por primera vez, me despertó, y un débil retribuir, crítico y frío, de la alta y lusitana emoción que sus versos me han dado.

Pero en el momento actual, enteramente trágico, de mi vida en el que soy el Atlas involuntario de un mundo de tedio, que casi físicamente y localmente pesa sobre mis hombros, mis facultades de análisis se me han vuelto una cosa que sé que tengo pero que no sé dónde está.

Vienen estas consideraciones egotistas para explicar que rocé, quizá tan flagrantemente, lo banal y lo poco en la apreciación que sigue de sus dos poesías. En algún punto de esa apreciación caeré — dada la imposibilidad que hay en mí de querer no analizar— en el impulso de desmenuzar y destejer, pero, no pudiendo, por las razones ya mencionadas, aplicarme a ese trabajo completamente, me evitaré ir hasta donde era mi deseo ser llevado. 

A mi entender, mi querido amigo (permítame que así lo trate) es el primero de los poetas de la novísima generación. Yo llamo, por supuesto, novísima generación a aquella que apareció posteriormente a la de Pascoaes, Correia d'Oliveira y Lopes-Vieira, a la que es propiamente ya y únicamente del siglo veinte. Entre los poetas de esa generación, creo que mi amigo es princeps. Al especial sentimiento de la naturaleza, que a todos les es peculiar, y en el cual tomaron (sin saberlo, por supuesto) la antorcha de las manos de Tennyson, iluminándola más, hasta que la llama fuera otra, mayor, en el alma altísima de nuestra raza, haciendo oscuro el brillo de los ingleses europeamente antecesores; a la sutileza de subjetividad que casi todos tienen, y que es el simbolismo traducido portuguésmente hacia lo divino, a estos dos elementos, mi amigo suma el elemento heroico que los eleva. No quiero con esto decir que entre los otros poetas de la corriente actual este elemento heroico no exista. Lo que digo es que en usted ese elemento está en pleno equilibrio con los otros, lo que hace que su vuelo lírico sea más alto, más límpido y más sostenidamente amplio. Lo que con este último adjetivo adverbializado describo es lo que, para mí, es más importante e interesante en su obra. La poesía sólo de la naturaleza, por alta que sea, saca al individuo demasiado de sí mismo para dejarle saber construir una poesía algo extensa de manera coherente: el caso de Wordsworth, que creó la poesía de la naturaleza, y, con dos excepciones, falló en toda poesía que no fuera breve, es típico. La poesía únicamente subjetiva hace que el individuo se pierda dentro de sí mismo: es, aún más que la de la naturaleza, acortadora del aliento espiritual. Me excuso de señalarle el caso representativo de los simbolistas, los más puros subjetivistas que la poesía ha tenido. Pues bien, como señalé en uno de mis artículos en A Águia, lo que da el valor especial a nuestra poesía novísima es que equilibra la poesía de la naturaleza, altamente inspirada, con la poesía del alma, sentida en un grado igualmente alto. Pero hubo algo que no dije allí, no a propósito, sino porque se me escapó en ese primer análisis del tema. Y es que hay un tercer elemento, y en ese también nuestra nueva poesía es pecadora: es la construcción, aquello a lo que se podría llamar la organicidad de un poema, lo que nos da, al leerlo, la impresión de que es un todo vivo, un todo compuesto de partes, y  no simplemente partes que componen un todo. ¿De dónde viene la construcción? — esto es, ¿de qué cualidades nace?

Yo he mostrado que tanto la poesía subjetiva como la poesía objetiva, al ser sólo subjetiva u objetiva, dan lugar a una falta, muchas veces de equilibrio, y siempre de aliento. Poseídas en grado igual estas dos formas ideativas, resulta en equilibrio con certeza, pero no resulta en aliento. Es que, tanto el sentimiento del Exterior, por intenso y complejo que sea (y cuanto más intenso o más complejo, peor), como el sentimiento del espíritu, por sutil que sea (y cuanto más sutil, peor), son, en lo posible en este caso, de naturaleza estática; y de su combinación, como se ve, nada resulta que no sea estático. Construir implica esfuerzo, sea este esfuerzo consciente o inconsciente, rápido o demorado. A base de la construcción, poética o de otro tipo, siendo por naturaleza un dinamismo, se comprende cómo los sentimientos estáticos de la naturaleza (que es sólo un complejo contemplar) y del espíritu (que es sólo un sutil contemplarse) llevan al fracaso constructivo. (Es de notar, naturalmente, que el carácter estático del sentimiento de la naturaleza y del alma es relativo; puramente estático, se quedaría sin gestos de expresión dentro de sí mismo, y nunca resultaría arte de ahí). 

Dicho esto, que la constructividad poética parte de una facultad cualquiera, dinámica en esencia, con sólo un paso más llegaremos a la comprensión de cuáles son esas facultades. El dinamismo puede ser de tres tipos, evidentemente. O es dinamismo del espíritu hacia el mundo externo, o del mundo externo hacia el espíritu, o una síntesis de estos dos dinamismos especiales. Tenemos, por tanto, que los poetas capaces de construir poseen una de tres facultades. O tienen lo que llamaré el impulso heroico, que es el
dinamismo de dentro hacia fuera, el ansia de dominar las cosas, de imponer la propia individualidad a la naturaleza. O tienen lo que llamaré el impulso religioso, que es el dinamismo de fuera hacia dentro (y que no debe confundirse con el otro sentimiento religioso, que es la manifestación más alta del sentimiento de la naturaleza, pero al cual le falta el impulso, por ser más subjetivo, únicamente meditativo), y que se convierte en un ansia, contraria a la otra, de someterse, sin abandonarse (como el místico) a un Dios; impulso de otro modo heroico también, porque esa sumisión trae consigo el sentimiento contrario hacia la naturaleza y los hombres. O, finalmente, tienen el impulso constructivo puro, que, siempre con cierto grado de conciencia, aunque inspirado, ajusta lo interior a lo exterior, el detalle al todo. Este, que es realmente una síntesis de los otros, es de tipo y origen diverso.

Los hombres del Renacimiento —que fueron, en la época moderna, los grandes constructivos, muy superiores en esto a los románticos, por mayores que fueran estos en sentir la naturaleza y el espíritu— tenían uno u otro de esos dinamismos. Los épicos de género guerrero tenían el primero: es incluso la intensidad del «dinamismo heroico» lo que sostiene y vivifica Os Lusíadas, y los salva de ser víctimas de las pequeñas facultades puramente críticas de Camões. Milton tiene el segundo tipo de dinamismo. El tercero me parece encontrarlo en Shakespeare, donde, por ejemplo, en el caso de las diversas ediciones de Hamlet, en las constantes alteraciones, claramente estudiadas y cautas, que, al mismo tiempo que desteatralizan más y más la obra, la hacen más cohesionada y una. 

Pues bien, para llegar finalmente a casa, lo que con gran alegría noto en mi amigo, como algo que lo destaca entre los nuevos poetas, es su capacidad constructiva. El género de esa capacidad es el «dinamismo heroico». Como diré más adelante, este dinamismo aún no está plenamente desarrollado en usted.

Queda, por tanto, hecha la descripción de lo que me parece ser su valor como poeta. Al elevado y religioso sentimiento de la naturaleza y al sutil sentimiento del espíritu que caracteriza a los nuevos poetas, mi amigo añade un sentimiento heroico que lo eleva por encima de ellos, aunque haya entre ellos quienes tengan un sentimiento de la naturaleza más místico y (otros) un sentimiento del espíritu más sutil.

Pasemos ahora a sus defectos. Resultan de la descripción de sus cualidades. Son tres. El primero nace de la propia naturaleza del dinamismo heroico. El segundo nace de la posesión no plena de ese dinamismo. El tercero surge de aplicaciones erróneas que de vez en cuando hace de su género de dinamismo.

Vamos al primero. A veces, mi amigo tiene tendencia a embriagarse de heroísmo: de ahí resulta que, de vez en cuando, su voz es demasiado alta para el tema o para el pasaje, las imágenes demasiado heroicas para la ocasión. En las intercalaciones que hace en Sinfonía de la tarde hay de esto. No es un defecto muy importante, y es de esos que se suelen llamar «defectos de las cualidades». 

El segundo defecto puede perjudicarle en un poema largo. En Sinfonía de la tarde, en esas mismas intercalaciones que ya cité —en el hecho de haberlas hecho, en detrimento de la curva perfecta de la poesía— hay una prueba de esta posesión incompleta de su cualidad principal. Contra este travers se necesita más cuidado. Creo que crecerá fuera de él. Es de la juventud de su impulso heroico, me parece, y no de un fallo constitucional en él.

Contra el tercer defecto es el que más me gustaría aconsejarle, con toda la franqueza y lealtad crítica que estoy poniendo en estas líneas. Pero la poesía reciente donde podía haberlo mostrado — Esta Historia... — está perfectamente libre de él, está singularmente ligada, conectada, una. Es una de las poesías de amor más perfectas que hay en la lengua portuguesa. — Donde este defecto estaba patente era en esos sonetos en tono de ternura que publicó en A Águia antigua y en la actual. Esos —permítame que le diga— son fracasos absolutos. Esencialmente heroico, su espíritu solo maneja bien el sentimiento amoroso cuando, como en Historia, puede heroicizarlo. El amor-ternura n ’est pas votre fait. Esto es lo que yo llamo una «aplicación falsa» de su dinamismo. Le señalo todo esto por lealtad. Pero no quiero que piense que este defecto disminuye el valor de su género. La clase de sentimiento amoroso que hay en Historia es, de hecho, superior a cualquier amor-ternura que se imagine. No entiendo muy bien, por tanto, cómo descendió de la altura de su inspiración para aparecer en un nivel que es inferior al suyo. 

Tengo la mano cansada y el espíritu inconexo. Esta carta es sincera, pero tiene un punto ridículo. Es que, habiéndole dicho lamentablemente que no analizaba, he seguido analizando y analizando. ¡Y de manera confusa y torpe! Mi crítica a su espíritu de poeta, por sincera que sea, ni es digna de su individualidad, y ni siquiera de las horas normales de mi razonamiento. Disculpe todo esto —desde la desconexión hasta la caligrafía— y crea que nadie más que yo admira su alma de poeta y de portugués, o desea más que ella suba siempre, hacia un arte cada vez más lusitano y perfecto. 

A su disposición siempre,

Su camarada dedicado y conmovido admirador,

Fernando Pessoa.

***
Fernando Pessoa (Lisboa, 1888-1935). Epistolario selecto (1906-1935). Évora: Edición Independiente, 2024, pp. 7-14. Traducción de Raquel Madrigal Martínez.

lunes, 4 de noviembre de 2024

elias canetti / selección de aforismos


(1) No me arrepiento de esas orgías de libros. Me siento como en la época de la expansión para Masa y poder. También entonces todo sucedió por aventuras con los libros. En Viena, cuando no tenía dinero, gastaba todo lo que no tenía en libros. En Londres, en los peores momentos, conseguía contra viento y marea, comprar de vez en cuando libros. Nunca he aprendido nada sistemáticamente, como otra gente, sino por excitaciones súbitas. Siempre empezaban con que mi mirada caía sobre algo que tenía que poseer fuera como fuera. El gesto de coger, la alegría de tirar el dinero por la ventana, el transportarlo a casa o al local más próximo, el contemplar, acariciar, hojear, el guardarlo durante años, el momento de un nuevo descubrimiento cuando las cosas se ponían serias-todo eso es parte de un proceso creativo cuyos detalles secretos desconozco. Pero en mi caso nada sucede de otro modo, y por lo tanto tendré que comprar libros hasta el último instante de mi vida, sobre todo cuando sé con seguridad que nunca los leeré.

Creo que es también parte de la rebeldía contra la muerte. Nunca quiero saber qué libros entre esos se quedarán sin leer. Hasta el final no está determinado cuáles van a ser. Tengo libertad de elección, puedo elegir en cualquier momento entre todos los libros a mi alrededor, y por ello tengo en mi mano el curso de la vida. [Fechado 1973].

(2) En la adversidad se leía mejor, era lo único que se tenía.

(3) Que nadie hasta ahora haya firmado con el diablo un pacto para la lectura: “¡Todavía he de leer tanto!”

(4) No puedo negar que me duele no ocuparme de los libros, tengo un sentimiento físico por ellos, de vez en cuando me sorprendo en diálogos de despedida con ellos. En los últimos tiempos han venido a añadirse libros completamente nuevos y valiosos, y la idea de que los he leído tan poco, casi nada, me da fuerzas. Con la mayor desenvoltura me digo en voz alta que estos libros aún sin tocar no dejarán que me vaya, y quizá es ésta su función y ya ni siquiera espero que llegue a leerlos. Una especie de penoso autoengaño se esconde en este asunto, por primera vez en mi vida tengo la sensación de utilizar los libros para un fin impreciso, y que se trate de un fin comprensible y, a la postre, nada mezquino, no arregla las cosas. Me duele pensar que los libros caerán en manos ajenas o que incluso se venderán, me gustaría que permanecieran donde están ahora y que yo pudiera visitarlos de ven en cuando sin ser visto, como un fantasma.

(5) Vivo entre muchos libros y extraigo una gran parte de mis ganas de vivir del hecho de que aún leeré la mayoría de ellos.

(6) Me acuerdo de Mazarino que se despedía de sus obras de arte, cuando creía estar a solas con ellas. ¡Qué comparación! Me puedo consolar de no ser Mazarino; pero no puedo admitir que mis libros no estén a la altura de los cuadros que hoy forman la mejor parte del museo del Louvre. Entre mis libros se encuentran los tesoros más increíbles, y además he vivido con ellos.

(7) Hay libros que tenemos a nuestro lado veinte años sin leerlos, libros de los que no nos alejamos, que llevamos de una ciudad a otra, de un país a otro, cuidadosamente empaquetados, aunque haya muy poco sitio, y que tal vez hojeamos en el momento de sacarlos de la maleta; sin embargo, nos guardamos muy bien de leer aunque sólo sea una frase completa. Luego, al cabo de veinte años, llega un momento en el que, de repente, como si estuviéramos bajo la presión de un imperativo superior, no podemos hacer otra cosa que coger un libro de estos y leerlo de un tirón, de cabo a rabo: este libro actúa como una revelación. En aquel momento sabemos por qué le hemos hecho tanto caso. Tenía que ocupar sitio; tenía que ser una carga, y ahora ha llegado a la meta de su viaje; ahora levanta su vuelo; ahora ilumina los veinte años transcurridos en los que ha vivido mudo a nuestro lado. No hubiera podido decir tantas cosas si no hubiera estado mudo durante este tiempo, y qué imbécil se atrevería a afirmar que en el libro hubo siempre lo mismo. [Fechado 1943].

(8) Quemó todos sus libros y, como un ermitaño, se retiró a una biblioteca pública. [Fechado 1949].

(9) Lee para conservar la razón, para seguir comprendiéndose a sí mismo. De no ser así… ¿adónde habría ido a parar, de no ser así? Los libros que tiene en la mano, que observa, abre, lee, son su lastre. Se agarra a ellos con toda la fuerza de un desdichado a quien un tornado se lo va a llevar. Sin los libros viviría, sin duda, con más intensidad, pero ¿dónde estaría? No sabría dónde está, no se orientaría. Para él los libros son brújula, memoria, calendario, geografía. [Fechado 1953].

(10) «La riqueza de un hombre se medía por el número de sus libros y el de los caballos que tenía en la cuadra» (Timbuktu, hacia 1500). [Fechado 1958].

(11) Sin libros las alegrías se pudren. [Fechado 1960].

(12) ¿Se vengarán los libros no leídos? Si él no les hace caso, ¿se negarán a acompañarle al fin de su vida? ¿Se precipitarán sobre los libros hartos, leídos de muchas maneras y los romperán en mil pedazos? [Fechado 1971].

(13) Los libros malos, en su infierno, los sirven demonios bromistas. [Fechado 1972].

(14) El ademán del saber: uno saca un libro de la biblioteca va abriendo rápidamente por distintos pasajes y a todos tiene algo que decir. El otro, que no puede seguir todos estos saltos, se queda asombrado y le envidia. [Fechado 1968].

(15) La característica inequívoca de un gran libro: que al leerlo uno se avergüenza de haber escrito alguna vez una línea; no obstante, no tiene más remedio que escribir, aun en contra de su voluntad y además como si no hubiera escrito jamás una línea [Fechado 1953].

(16) El leído. A B., no le queda tiempo para esfuerzos. No le gusta trabajar. No le gusta estudiar. Es curioso y por eso de vez en cuando lee un libro. Pero tiene que estar escrito de un modo muy sencillo, con frases sencillas, cortas, directas. No debe contener palabras rebuscadas, y por supuesto todo deben ser oraciones simples. No debe tropezar en nada, todo tiene que entrarle fácilmente, sin necesidad de reflexionar. Lo mejor sería que, con la vista, pudiera abarcar de golpe una página entera. En realidad B. está buscando páginas así. Abre un libro por alguna parte, hacia atrás, hacia delante o por la mitad, y mira una página. La página se defiende. No le gusta entregarse al primer envite. Quiere que uno esté con ella veinte o treinta segundos. Ella lo toma como modestia; él es de otra opinión. Su resistencia le molesta; da la vuelta a la página y, si todavía no está demasiado enfadado, hinca el diente en la página siguiente. Las más de las veces ocurre que se repite la misma experiencia. Esto para él es demasiado, y, con creciente indignación, deja esa parte del libro. La castiga, abriendo por otro pasaje, cien páginas más adelante o más atrás. No deja que se le imponga ninguna página y lee donde le parece. De esta manera va dando saltos por el libro de un lado para otro. Como tiene su manera de tratar los libros, no es de extrañar que se vea a sí mismo como un conocedor más experto que todos estos honrados plebeyos que leen los libros una página tras otra. Realmente, de esta manera llega a tener una idea propia de un libro. Si éste más o menos le dice algo, llega a conocer pasajes de diez o quince páginas, pasajes formados por páginas tomadas de las partes más diversas del libro y siempre en un orden insólito. [Fechado 1958].

(17) De vez en cuando tiene ánimos para salir con sus originales ideas y dejar pasmados a los que le conocen. Con un loco más de método podría llegar a conseguir reputación de espíritu voluntarioso y obstinado. Le bastaría con hacer esto con un poco más de asiduidad, coger un libro al mes, digamos. Para él, naturalmente, es demasiado, y la cosa se queda en dos o tres libros al año. Pero hay además otro obstáculo que no debe silenciarse. Carece totalmente de originalidad en el momento de seleccionar los libros. Sólo le interesan aquellos de los que todo el mundo habla. Primero tienen que haber dado su veredicto unánime todos los críticos reputados de todos los periódicos reputados; primero tiene que ocurrir que este veredicto sea tal que todo el mundo coja este libro y que todo bicho viviente sepa de él; que el nombre del autor se oiga con tanta frecuencia que en cierto modo sea de buen tono conocerlo; luego, y no antes se siente tentado a empezar a hojear.

Pero no empieza enseguida. Va a su librería, que está en la calle más elegante de Londres, donde las duquesas hacen sus compras. Conoce bien al dueño. Él es uno de sus mejores clientes. De vez en cuando, el librero, por su cuenta, le manda un libro que podría, interesarle, y aunque ya lo tenga, jamás se lo devuelve. Sin embargo, y sobre todo desde que vive en el mundo del espíritu, prefiere informarse personalmente en la librería. Se hace enseñar este o aquel libro; rechaza éste o aquél con ademán aburrido, sin mirar, y luego, con gesto triunfante, pide el libro del que desde hace quince días habla todo el mundo. Dice el título de un modo aproximado, el nombre del autor no lo sabe bien; no hay que rendir excesivo culto a este tipo de celebridades de todos los días que no pueden gloriarse de generaciones de antepasados. Las más de las veces este libro estaba ya entre los que el librero le había enseñado y que él, de un modo arrogante, había rechazado. Hace falta tener tacto para que no se dé cuenta, porque sabe lo que quiere y quiere que la gente lo note.

Entonces, de un modo negligente y despreocupado, coge el libro bajo el brazo y lo echa en el asiento de su Bently. En casa, en una habitación suntuosa, enorme, en cuyas paredes cuelgan los cuadros de sus antepasados, coloca el libro sobre una gran mesa ovalada en la que, como en un escaparate, se encuentran los libros del mes anterior, los que merecieron especial favor a los ojos de los críticos. Allí está este libro, al lado de sus semejantes, y jamás hay otra cosa. Todo es nuevo y reluciente, y a alguien podría parecerle muy fuera de lugar la nueva edición de una obra antigua que, gracias a los buenos oficios de los suplementos dominicales, ha ido a parar allí. De esta forma ha conseguido poner los libros que están de moda en medio de sus antepasados. Ellos no pudieron saber lo que él tiene aquí; es lo único que en su presencia tiene él y es lo único en lo que les aventaja.

Ahora es cuando puede hacer su selección de entre las obras maestras de la vida moderna. Es capaz de entusiasmarse, pero no es amigo de alabar lo que no le gusta de verdad; porque en sus juicios pone también sinceridad y honradez. En un momento dado, coge el libro que ha adquirido. Lo hace con gran rapidez, como todo lo que hace, con el movimiento decidido de un ave de rapiña. Para empezar, los libros que tienen frases subordinadas quedan excluidos. Para esto tiene una vista de lince y no conoce compasión alguna. Pero depende también un poco del tema. Todo lo que no tenga que ver con él le parece falso. Quiere la verdad; a los autores embusteros los desenmascara rápidamente.

A veces se encuentra con autores que le penetran con la mirada. Si lo hacen de un modo ágil le impresiona. Pero al final acaba buscando una página que se le entregue al primer envite. Si el tema de esta página es él, y si la primera página que abre la capta a la primera ojeada, ya no necesita seguir leyendo. Ha descubierto una obra maestra, su obra maestra, y a partir de este momento lo dirá a todo el mundo. [Fechado 1958].

(18) He montado una biblioteca para trescientos años y más, y todo lo que necesito ahora son esos años. [Fechado 1964].

(19) No puedo renunciar a la vivienda en Thurlow Road. Aunque no esté nunca allí, tengo que saber que puedo estarlo.

Se encuentra un tanto abandonada y no es bonita. Miles de libros se acumulan allí, los leo como si los fuese a perder pronto y luego me asombra reencontrarlos. Una biblioteca que no se utiliza durante semanas y en ocasiones durante meses lo espera a uno con una fuerza terrible. Me sorprende salir de allí con vida. No obstante, es de esperar que algún día me maten de un golpe, sean los libros, sea alguien que en mí se venga de ellos. [Fechado 1979].

(20) ¿Qué haré si me dicen: no tiene usted nada? Llamaré a Veza, después iré a pasear un rato por el centro de la ciudad y tal vez me compraré unos libros. Porque sin comprar libros no existe ninguna emoción para mí, es como para otros el beber. Luego, esta misma noche me pondré a escribir como un poseso y produciré un determinado número de páginas diarias, un número que no podrá ser pequeño, cinco como mínimo.

¿Qué haré si el médico me dice: usted tiene cáncer? Llamaré a Veza y le diré lo mismo que en el caso anterior. Tal vez con un tono más alegre para convencerla mejor. En vez de ir a pasear me sentaré en un café y mantendré un soliloquio. No me compraré más libros. Al atardecer, antes de que se haga de noche, me pondré a trabajar, a escribir. Produciré como mínimo diez páginas diarias. En tres meses una novela inmensa estará acabada. Entretanto viajaré a París para hablar con mi hermano. En verano viajaré con Veza. Quiero ir a París y a Zúrich, a Múnich y a Viena. Por fin viviré como siempre tendría que haber vivido, en un estado de actividad febril, y aunque sólo me quede un año de vida, dejaré la novela más grande de nuestra época de la cual no existe aún ni una sola palabra, y muchas cosas más. [Fechado 1960].

(21) La mayor pérdida de Usama, un caballero árabe de la época de las cruzadas: su biblioteca de 4.000 volúmenes.

«¡Cuatro mil tomos, escritos valiosísimos! ¡Mientras viva, su pérdida seguirá siendo una herida en mi corazón.»

(22) En mí la lectura se propaga mediante la lectura, jamás obedezco a estímulos externos, o sólo después de mucho tiempo. Deseo descubrir lo que leo. El que me recomienda un libro me lo quita de las manos, el que lo alaba, me priva de su lectura durante años. Sólo confío en los espíritus que realmente venero. Ellos pueden recomendarme cualquier cosa para despertar mi curiosidad, basta con que citen algo en un libro. Pero sobre lo que otros citan con sus ligeras lenguas pesa una especie de maldición muy eficaz. Por eso he tenido dificultades en dar con los grandes libros, ya que lo realmente grande ha pasado a ser objeto de un culto generalizado. La gente va proclamándolos, como los nombres de sus héroes, y al llenarse la boca con ellos —desean saciarse— arruinan lo que me resultaría tan importante conocer.

(23) En la vejez se comentan los grandes libros. Son los mismos que de jóvenes quisimos romper en pedazos. Como no lo logramos, lo intentamos de nuevo. Luego los dejamos a un lado. Los olvidamos. Y ahora vuelven a surgir. Los años de olvido nos han hecho merecedores de ellos. Contemplamos sus excelencias. Les hablamos. Ahora, pensamos, habría que comenzar una nueva vida para poder entender uno solo.

(24) Uno tendría en sí mismo material suficiente para veinte libros, si no le resultara demasiado aburrido mostrarlo todo. [Fechado 1992].

(25) [Refiriéndose a Franz Steiner]. Uno de los dos, él o yo, sorprendía gustoso al otro con algún libro que llevaba largo tiempo buscando, pero aún no conocía. Y aquello acabó convirtiéndose en una competencia de la que ya no podíamos prescindir. Las librerías de los alrededores del Museo Británico eran inagotables, y buscando libros de viejo pasábamos no menos tiempo que enfrascados en nuestras conversaciones.

Entre todos esos días de búsqueda hubo uno en el que pude mostrarle Specimens of Bushman Folklore de Bleek y Lloyd, una de las joyas de la literatura universal, sin la que no querría seguir viviendo. Yo acababa de descubrirlo antes de que nos encontrásemos en el club, y él no podía creerlo; se lo di y se puso a hojearlo con manos literalmente temblorosas, felicitándome como se felicita a alguien por algún acontecimiento crucial en su vida.

Pero también había momentos de generosidad, en los que uno le regalaba al otro algún libro del que había encontrado un segundo ejemplar además del propio. [Fechado 1992].

(26) No deberá ser el último libro. No quieres un canto del cisne.

No quieres morir en absoluto ni, en modo alguno, resignado. [Fechado 1992].

(27) Demasiada alabanza. Demasiado agradecimiento. En la relectura te subyugan libros que tienes en tu casa hace cincuenta años. [Fechado 1992].

(28) Pasa por indecente desde que uno de sus libros es leído. Pero eso no lo incomoda, y él vuelve a escribirlo. [Fechado 1993].

(29) Los antiguos libros de viajes, ¡cómo suenan cada vez más inverosímiles, más fantásticos, más espléndidos!

Ya no podrá haberlos nunca más. Son cada vez más únicos e incomparables, pero todos se pueden leer juntos, una y otra vez, mientras se van desplegando ante uno. Van creciendo, cada cual por separado, hasta convertirse en un único viaje.

¿Habremos perecido con él, con ellos? [Fechado 1993].

Fuentes:

N° 1 al 5: Apuntes 1973-1984. Barcelona, Galaxia Gutenberg, 2000. El N° 1 también se publicó en El libro contra la muerte.

N° 6: La orgía de libros. Apuntes sueltos 1973-1984. Traducción de José María Pérez Gay. En Nexos, 1 julio 2000. https://www.nexos.com.mx/?p=9693

N° 7 al 17: La provincia del hombre. Carnet de notas 1942-1972. Madrid, Taurus Ediciones, 1982.

N° 18 al 20: El libro contra la muerte. Barcelona, Galaxia Gutenberg, 2017 (edición digital).

N° 21 al 23: El suplicio de las moscas. Madrid, Anaya y Mario Muchnik, 1994.

N° 24 al 29: Apuntes 1992-1993. Madrid, Anaya & Mario Muchnik, 1997.

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Elias Canetti (Ruse, 1905-Zúrich, 1994) Selección de mundobiblio.