lunes, 1 de septiembre de 2025

rolando revagliatti pregunta / claudio ferrari

COMPILADO: 21 escritores argentinos responden una misma pregunta en este Compilado propuesto y organizado por Rolando Revagliatti.

“¿EN LOS UNIVERSOS DE QUÉ ARTISTAS TE AGRADARÍA PERDERTE (O ENCONTRARTE)? O BIEN, ¿A QUÉ ARTISTAS ELEGIRÍAS PARA QUE TE INCLUYERAN EN CUÁLES DE SUS OBRAS COMO PERSONAJE O DE ALGÚN OTRO MODO?”



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Alonso Quijano es el Quijote, y también Pierre Menard de alguna manera lo es, y en esta confesión, también quisiera serlo yo. Así seríamos los cuatro, creados a imagen y semejanza de esa prefiguración llamada Cervantes: personajes que surgiríamos, en un enigma atemporal, de un único y misterioso personaje llamado Borges. Pertenecer a la dinastía de Emma Zunz o Funes o Benjamín Otárola o Rosendo Juárez o Beatriz Viterbo también me tienta. No me creo especial por querer integrar esa lista que me garantizaría la hazaña de la inmortalidad. Para Borges, siempre y cuando él mismo no haya sido el personaje de otro escritor, crearlos fue inevitable, y que le hubiese sido inevitable crearme, aunque sea en una breve mención, habría transformado mi vida. Sugiero personajes con características complejas y diversas, y por eso tan fascinantes: sin la pretensión de suponer si puede el Arte modificar la vida, acepto halagado y sin merecerlo, que habría modificado la mía. El Arte es siempre un espejo ante el cual, a veces, hay quien mira; cuando refleja suele mostrar complacido al curioso: raramente vemos como somos. Cuando se determina que una obra es un clásico universal -o sea algo parecido a la admisión de un Dios-, sucede que esa obra se ha legitimado de manera casi unánime, sea en la época que sea. Tomo el caso de Hamlet, personaje al que me hubiera encantado acompañar, no como esos que pretenden avisparlo de locuras, sino para darle la razón, porque razón tenía: el fantasma de su padre existió y seguirá existiendo: cambian las miradas e interpretaciones de la tragedia, pero coinciden teatristas, críticos, lectores y público en que hay allí algo que se ha organizado y que trasciende generaciones, conflictos y circunstancias, logrando el poeta el milagro de que lo sucesivo se haga también simultáneo. Hay en esa obra, otra vez aparentemente, múltiples temperamentos: el íntimo de Shakespeare, el de su tiempo, el de todos los personajes (principales y secundarios, todos fundamentales para que la trama se lleve a cabo), los de la historia y los temas que trata, los de cada uno de los espectadores que la vieron, los de quienes la actuaron, leído o incluso la ignoran, pero conocen su prestigio. De este modo estas peculiaridades difusas de la tragedia son desde hace siglos aceptadas haciéndola imprescindible, pero nada de esto sería posible sin la actitud enrevesada y certera de Hamlet, tal como Menard, ambos con la infinita grandeza de sus obstinaciones.

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Claudio Ferrari (Buenos Aires, 1967). Envío de Rolando Revagliatti.

lunes, 25 de agosto de 2025

rolando revagliatti pregunta / alejandro cesario

COMPILADO: 21 escritores argentinos responden una misma pregunta en este Compilado propuesto y organizado por Rolando Revagliatti.

“¿EN LOS UNIVERSOS DE QUÉ ARTISTAS TE AGRADARÍA PERDERTE (O ENCONTRARTE)? O BIEN, ¿A QUÉ ARTISTAS ELEGIRÍAS PARA QUE TE INCLUYERAN EN CUÁLES DE SUS OBRAS COMO PERSONAJE O DE ALGÚN OTRO MODO?”


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Una de las primeras obras que me aparecen a la memoria son los libros de Henry Miller, hubiera sido muy hermoso ser parte de esos momentos, poder vivir algunos de sus viajes, compartir esos instantes de tanta bohemia, de tanto teatro, ya sea en París como en los Estados Unidos. Hay un libro de su autoría, “Pesadilla de aire acondicionado”, donde Miller recorre parte del país del norte en automóvil, ser parte de ese recorrido hubiera sido fascinante.
Siguiendo con ese momento, el poder estar en Francia, precisamente en “París era una fiesta”, título de un libro de Ernest Hemingway, todos esos años, fueron espléndidos para la poesía.
Otro momento pudo haber sido el vivir la pertenencia al grupo “Cobra”, un movimiento artístico fundado en París en 1948 y disuelto a los pocos años, pero de una pureza e intensidad muy fuertes, tanto en la pintura como en la poesía. El nombre del grupo surge de las tres ciudades de donde eran sus fundadores: Copenhague, Bruselas y Ámsterdam. Este movimiento editó diez números de su propia revista, llamada Cobra, haber estado en esos números y ser parte de esos encuentros hubiera sido maravilloso. 
Hugo Claus (uno de los integrantes del grupo, más conocido por sus novelas y sus pinturas que por su poesía), generó un mundo lleno de historias escritas con gran emoción, el habitar su literatura (como lector) me dio un mundo increíble, me trasladó a sus fantasías y a su lenguaje.
Otro tris que me hubiera gustado pertenecer o ser parte es el del surrealismo (me refiero principalmente al del surrealismo francés, el de André Bretón, aunque valoro mucho el surrealismo de esos años en la Argentina, con Enrique Molina y Aldo Pellegrini), no sólo por su riqueza poética, sino por todo lo que significó ese movimiento tan fuerte, de tanta poesía y belleza. Me parece un momento donde “la palabra” era la protagonista, como debe de ocurrir en la poesía.
Por estos lados de la tierra, pienso en Atahualpa Yupanqui, ser parte, estar a su lado debe de haber sido de un gran valor, tanto desde lo musical como desde lo poético, no son muchos los que hacen canciones y poesías al mismo tiempo, la riqueza de toda su obra hace que uno quisiera haberlo acompañado en su periplo.
Claro que no puedo dejar de pensar en Borges, en Juan Filloy, haber podido estar en sus mundos no sólo como lector hubiera significado una gran alegría, además de una infinita riqueza personal.

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Alejandro Cesario (Buenos Aires, 1967). Envío de Rolando Revagliatti.

lunes, 18 de agosto de 2025

abigael bohórquez / ¿somos poetas comprometidos?


Todo el mundo está comprometido con la realidad, sea de una y otra forma, pero​​ todos estamos comprometidos. El compromiso nace con​​ nosotros,​​ no​​ se adquiere. Sólo existen tomas​​ de posiciones diferentes. En este aspecto​​ interviene la actitud del poeta ante la vida: su ideología.​​ 

Hay dos posiciones en esta materia: una que a mi entender es reaccionaria y otra revolucionaria. Lo que no quita que pueda haber malos poetas​​ revolucionarios y buenos poetas reaccionarios. Temas, todos.​​ 

Creo, eso sí, que no​​ podrá existir poesía en los escritos que llamamos​​ poemas si en ellos no aparecen las vivencias de quien los escribe. Vivencia,​​ es decir: percepción, sensibilidad, depuración y conocimiento acabado del​​ oficio, porque la poesía es un trabajo de espíritu. ¿Lenguaje? Cada quien ha de utilizar el lenguaje que le venga en gana. Un poeta es una especie de formula química muy complicada; en él se entremezclan la voluntad, sus sentimientos, el dominio del idioma, su conducta personal y conducta para con los demás,​​ sus creencias religiosas, su postura filosófica; y toda esa argamasa intelectual y moral es distinta en cada uno. Todo ello tiene que ver necesariamente con el lenguaje, pero no puede pretenderse una escolástica lingüística. En arte, imponer recetas es negativo; tenemos experiencia de sobra.

En la actual generación de poetas mexicanos, se nota una tendencia a usar el lenguaje cotidiano; yo lo entiendo como una característica desentrañar la realidad que nos rodea, apropiarnos definitivamente de ella. Es esta una actitud​​ que valoro, por cuanto nace de una necesidad de comunicación humana. Pero señalo también el peligro de llegar al otro extremo,​​ como es el de halagar el sentimentalismo escribiendo en estilo chabacano,​​ porque esta actitud ni es poética ni es revolucionaria, es alimentar al pueblo con migajas, con sobras de banquete y no entregarle los medios, las herramientas, la herida de luz para su elevación, elevación que es irreversible.

Desde mi ángulo, veo, hablo, participo, sueño, me confundo entre acontecimientos simples o trascendentales. Me esfuerzo por llevar a la poesía le sobresaliente y lo soterrado, entre objetos y gentes. ¿Ser escritor? Asumir​​ plenamente nuestra responsabilidad, nuestro compromiso. Todavía hay gente que confunde la literatura con un pasatiempo, un modo elegante de soslayar la tristeza, de embellecer externamente la existencia y ganarse un puesto en esa cosa impredecible, confusa, que es la posteridad…sin embargo, en nuestros días el trabajo​​ del​​ escritor tiene que ser directo, inmediato... ver la obra literaria en su conjunto, incorporar todos los recursos válidos de uno y otro género... tener conciencia de lo contemporáneo: los vuelos cosmicos, los ejércitos populares, el desempleo... la gran humanidad con sus hambres y sueños... partir de una filosofía, de una posición ante la​​ vida... comprender que una obra de arte no se hace únicamente con buenas intenciones, que el valor artístico exige​​ su parte principalísima,​​ y que su​​ primer deber es escribir. Y no como un testigo, sino como un combatiente.​​ 

Escribir es una vía expresiva. Sacar fuera lo que uno tiene dentro; ahora, con la conciencia de que lo que está adentro es un producto del choque de una sensibilidad individual con el medio, con los otros hombres y las cosas, con los sistemas sociales, políticos y económicos. Así, para mí toda literatura, toda poesía es social; revela esa doble vertiente, individual y colectiva del hombre. Aun el supuesto escape, la posible evasión tan discutible, brinda una​​ connotación de tipo social; cabe inmediatamente preguntarse ¿por qué tal escritor se propone dicha solución? Búsquese la resultante del desequilibrio entre los dos factores. Allí habrá una buena pista.

He dicho vía expresiva y no comunicativa porque la comunicación es un segundo paso importante pero complementario. Ese mismo medio que condiciona al escritor, condiciona al lector, y a veces ese condicionamiento es negativo, aislante. Puede ocurrir una expresión correcta no haga que eco, no sea recibida. A veces por largo tiempo es ignorada. Otras veces ocurre que sólo ciertas minorías pueden captar lo expresado. Habrá que ver por qué ocurre esto y no achacarlo festinadamente a supuestas actitudes exclusivistas o pequeño burguesas en el creador, sin negar que estas puedan existir. Pienso que ser escritor es emparejar a una necesidad urgente de comunicar verdades elaboradas a un oficio con características muy propias donde se llega a la autenticidad cuando en el fondo hay cosas qué decir y cuando aquel sabe cómo decirlas.

Por mí: ser yo mismo en el mundo, con las cosas y los seres humanos. Estar en la historia y a favor de ella, en lucha por ella, con mis armas. Un agarrarse a la vida con lucidez y vehemencia, lo que incluye la muerte. Toda obra humana debe ser un testimonio de conciencia, una verdad que duele a algunos; la verdad nos duele, es un fenómeno humano. El hombre siempre ha eludido la verdad; vive un mundo de dioses y mitos. Adular y mentir son palabras muy fáciles, pero caemos en el error de confundirnos y nos embriagamos de falsedad.

Mi poesía es mi verdad. Quien se sienta aludido o herido en su mundo​​ mitológico debe buscar su mundo real.​​ Mentir en los actos de conciencia​​ sería empequeñecernos y nuestro único patrimonio​​ radica en la verdad de​​ nuestros​​ conceptos y nuestros actos. Esa debe ser la verdad, escribir lo que se siente, lo​​ que se es vive. Mi poesía​​ es​​ sólo amor. Y entiendase con ello todo de lo que es capaz el amor. Este ser hombre para el amor. Nada más.

Y ustedes, compañeros poetas, ¿es bueno amar? Tener amor un ser humano por otro es quizás lo más difícil que nos ha sido encomendado, es lo supremo, la última prueba y examen, el trabajo ante el cual todos los otros trabajos no son más que preparación.​​ 

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Abigael Bohórquez (Caborca, 1936-Hermosillo, 1995). Círculo de Poesía.

lunes, 12 de mayo de 2025

jon fosse / la gnosis de la escritura


Entiendo muy poco. Y a medida que pasan los años entiendo cada vez menos. Eso es cierto. Pero también es cierto lo contrario, que a medida que pasan los años entiendo cada vez más. Sí, también es cierto que a medida que pasan los años entiendo muchas cosas, tantas que casi me asusto. El caso es que me desanima lo poco que entiendo y casi me asusta lo mucho que entiendo. ¿Cómo es posible que ambas cosas sean ciertas, que pueda entender cada vez menos y cada vez más al mismo tiempo?

El pensamiento reflexivo nos dirá sin duda que comprender poco es también comprender mucho, y creo que en cierto sentido, quizá en el sentido gnóstico del término, esto es cierto, a no ser que ese mismo pensamiento reflexivo nos diga que hay dos clases de comprensión. Y tal vez sea así, tal vez podamos decir simplemente que a través de esta forma de entender que recurre a los conceptos y a la teoría entiendo cada vez menos, y que el alcance de esta forma de conocimiento me parece cada vez más limitado, mientras que a través de esta otra forma de entender que recurre a la ficción y a la poesía entiendo cada vez más.

Tal vez sea así. En cualquier caso, así es como lo siento porque, después de escribir una serie de ensayos teóricos, he ido abandonando gradualmente esta forma de escritura en favor de lo que ahora es casi exclusivamente un lenguaje que no se ocupa en primer lugar del significado, sino que ante todo es, que es él mismo, un poco como las piedras y los árboles y los dioses y los hombres, y que sólo significa en segundo lugar. Y a través de este lenguaje que primero es, y sólo después significa, parece que comprendo cada vez más, mientras que a través del lenguaje ordinario, el que ante todo significa, comprendo cada vez menos.

Esto se debe principalmente a mí y a mi propia historia. Y, para que quede claro, empecé a escribir pequeños poemas e historias a una edad tan temprana que resulta embarazoso, sí, embarazoso porque la imagen del muchacho que, a los doce años, se retira a su habitación donde no lo molestan para escribir pequeños poemas e historias, encaja demasiado bien con el mito al que se supone que debe ajustarse el artista, que dice que si no se nace artista, al menos se llega a serlo en la edad más tierna. Y en lo que a mí respecta, eso es cierto. Y siempre soy escéptico ante todo lo que concuerda demasiado. Pero así son las cosas. Desde mi más tierna juventud siempre he escrito, y en cierto modo la escritura siempre ha sido su propio fin, no era una actividad a la que me dedicaba para decir algo, para expresar una opinión, sino casi como una forma de estar en el mundo, como si estuvieras en el mundo, como si estuvieras ahí de una forma satisfactoria, a través de lo que escribía, y que a su vez estaba ahí, tan evidente en su presencia. Porque cuando escribo un texto que creo que está bien escrito, algo nuevo viene al mundo, algo que no estaba antes, he creado una especie de presencia, y eso, el placer de escribir personajes e historias, incluso universos, que nadie conocía antes, ni siquiera yo, me sorprende y me deleita. Nadie lo sabía antes de que yo lo escribiera. ¿Y de dónde viene eso? No lo sé, porque también es nuevo para mí. Nunca antes había pensado en ello. La escritura, la buena escritura, se convierte así en el lugar donde algo desconocido, algo que antes no existía, empieza a existir. De eso se trata, la escritura como un estado en el que aparece y nace por primera vez algo que casi podría describirse como un universo es, sin duda, lo que más placer me produce al escribir. Cada vez que escribes algo bueno se crea todo un universo. Porque todo buen escrito, incluso un poema, es de alguna manera todo un universo, que antes no existía, y que aparece a través de la buena escritura.

A menudo pienso en la escritura como una desviación, como si la escritura fuera la manifestación misma de esa desviación, un poco como una adicción, porque igual que uno puede ser adicto a cualquier cosa, ya sea a una colección de sellos o al juego o a la heroína, también puede ser adicto a la escritura. De cierta manera es tan sencillo como eso. Ciertamente aprecio el reconocimiento que obtengo, quizá más de lo que quiero admitir, pero al mismo tiempo me molesta, porque cuando escribes mucho y te conviertes en poeta, novelista y dramaturgo de cierto renombre, cuando incluso consigues ganarte la vida decentemente con esta desviación, con esta escritura, cabe preguntarse si no es por eso por lo que escribes, para ganar dinero, o para alcanzar la fama y la gloria, como suele decirse. Y sin embargo, no. No me produce ninguna satisfacción, simplemente no quiero ser mejor que los demás, incluso me produciría un cierto placer criminal ser peor que ellos. Pero sobre todo me gustaría estar donde están los demás, lo menos visible posible. Me gustaría ser como los demás y que me dejaran en paz conmigo mismo, con mi familia y con mi escritura.

Y luego resulta que ser escritor no es eso. En Noruega, al menos, si escribes, si eres escritor, o bien es que eres peor que los demás, ya que escribes en cierto modo porque no encuentras tu lugar en la vida, y escribir significa que estás cerca de la enfermedad mental, si no has cruzado ya la línea, o bien que eres mejor que los demás, que tienes un talento especial, algo que te convierte en alguien digno de admiración, que hace que lo que escribes merezca ser enseñado en las escuelas, que te reporta prestigiosos premios y te transforma en vida en una especie de fenómeno clasificado del que la gente presume cuando se reúne en sus cafés de moda.

El desánimo me invade. Y de nuevo, como a los doce años, te refugias en la escritura. Ese lugar que nos hemos creado en la vida, ese lugar en el que, renunciando a los conceptos y a las teorías, así como al consenso social y a sus jerarquías de valores, intentamos acercarnos a un lugar en el que no comprendemos, de una ausencia casi total de comprensión, y desde el que, a través del movimiento y del ritmo o de lo que sea, intentamos hacer surgir algo que solamente es y que de esa manera es también una especie de comprensión, no una comprensión que corresponda a este concepto o a aquel, a esta teoría o a aquella, sino una comprensión que haga que el lenguaje signifique una cosa y su contraria, y luego otra. El lugar de donde procede la escritura es un lugar que sabe mucho más que yo, porque como persona sé muy poco, y quizá tenga razón Harold Bloom cuando dice que el lugar de la escritura, lo que el lugar de la escritura sabe, se parece a lo que sabían los antiguos gnósticos, a lo que estaba en el origen de su gnosis. Un conocimiento que es el orden de lo indecible. Pero que tal vez sea posible expresar por escrito. Un conocimiento que no es algo que sepamos, o poseamos, en el sentido habitual del término, porque tales conocimientos tienen siempre un objeto, sino por el contrario un conocimiento sin objeto, que sólo es. Así que lo que no podemos decir, tenemos que escribirlo, como dijo una vez un filósofo francés no precisamente desconocido (Derrida), parafraseando las palabras de un filósofo austriaco (Wittgenstein).

Y, por supuesto, hablar de la gnosis de la escritura no es más que un intento de decir algo sobre lo que la escritura sabe. Sin embargo, sin considerarme gnóstico (ni nada por el estilo), creo que es justo decirlo así. Y el hecho de que escribir, escribir bien, es similar, como se ha dicho, a una oración, me parece bastante obvio. Pero entonces parece un tipo de oración casi criminal.

Abril de 2000

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Jon Fosse (Haugesund, 1959) Rialta.